JOSÉ LUIS GORDILLO
Universidad de Barcelona, España
Title: The NATO and the Limits to Growth
Resumen: La nueva guerra fría, cuya primera batalla parece estar librándose en Ucrania, se produce en un contexto muy diferente al de la guerra fría del siglo veinte. En la tercera década del siglo veintiuno, el mundo se enfrenta a las consecuencias de la superación de buena parte de los límites de sostenibilidad, cuyas principales manifestaciones son el cambio climático, el agotamiento de muchas materias primas y la crisis energética. Este hecho puede conducir a una lucha desesperada por los recursos limitados entre países y regiones. En estas circunstancias, una nueva confrontación planetaria entre potencias nucleares es lo que menos necesita la humanidad para poder afrontar con éxito los grandes problemas globales. En este artículo se propone una reflexión crítica sobre estas cuestiones con el fin de reivindicar el retorno a las políticas de cooperación internacional y de resolución pacífica de los conflictos.
Palabras clave: OTAN, nueva guerra fría, recursos limitados, políticas de cooperación internacional.
Abstract: The new Cold War, whose first battle seems to be taking place in Ukraine, is happening in a very different context to the 20ht century one. In the third decade of the 21st century, the world is facing the consequences of exceeding most of the sustainability limits, its principal manifestations being climate change, raw materials shortage, and the energy crisis. This can lead to a desperate fight for limited resources between countries and regions. Under such circumstances, a new confrontation on a planetarian scale between nuclear powers is the last thing humanity needs in order to be able to successfully face the great global challenges. This article provides a critical analysis about such matters with the aim of revindicating international cooperation policies and peaceful resolution of conflicts.
Keywords: NATO, new Cold War, limited resources, international cooperation policies.
Para citar este artículo/To cite this article: José Luis Gordillo, <<La OTAN y los límites del crecimiento>>, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 8, No. 2, (2022), pp. 109-124. DOI: http://dx.doi.org.10.18847/1.16.7
Introducción
Hacia mediados de la década pasada, se convirtió en un lugar común señalar el declive del mundo unipolar impuesto por EE. UU. y sus aliados europeos, tras la implosión de la URSS en 1991, y el surgimiento de un nuevo mundo multipolar. Lo que hacía verosímil ese análisis era, sobre todo, el espectacular ascenso económico de China, hecho que fue decisivo para el éxito académico y periodístico de la metáfora histórica sobre la trampa de Tucídides[1] (Allison, 2015) con el fin de dar cuenta de la creciente hostilidad de EE. UU. hacia el gigante asiático. También le daba credibilidad la reacción de Rusia a las políticas occidentales en lugares como Georgia, Siria o Ucrania después de una etapa en la que la Federación Rusa había aceptado sumisamente los dictados de Washington.
Existe la tentación de valorar positivamente ese naciente mundo multipolar por el mero hecho de serlo, por su mera existencia (Zamora, 2022). Sin embargo, tal vez habría que comenzar a sopesar cuidadosamente los pros y los contras de ese nuevo orden internacional, dado que, si éste acaba cristalizando en un gran enfrentamiento global entre EE. UU./OTAN y Rusia/China semejante a la guerra fría del siglo pasado, más bien habría que empezar a considerarlo como un orden muy peligroso para el futuro de la humanidad, en especial si tenemos en cuenta los problemas materiales que va a plantear -que está planteando ya- el inexorable descenso energético y, más en general, la superación o sobrepasamiento[2] de los límites de sostenibilidad que evidencian el agotamiento de muchas materias primas, el cambio climático o la brutal reducción de la biodiversidad. No para defender el retorno al orden unipolar declinante que, entre otras cosas, tiene en su haber las desastrosas aventuras neocoloniales de Afganistán, Irak y Libia, sino para explorar líneas de acción y reflexión que cuestionen las lógicas militaristas de las potencias nucleares, que siempre conducen hacia la colisión bélica, y reivindiquen las políticas de cooperación internacional para hacer frente a los problemas globales. Todo lo que sigue es una reflexión crítica sobre este ramillete de cuestiones.
Hacia una nueva guerra fría
El nuevo concepto estratégico de la OTAN, aprobado en la cumbre de Madrid el 29 de junio de 2022, señala a Rusia como una “amenaza militar directa” y a China como un “desafío sistémico” a los “valores, intereses y reglas” de los países occidentales. Es la primera vez, desde el final de la guerra fría del siglo XX, que la OTAN señala a otras potencias nucleares como amenazas o desafíos. Los riesgos y amenazas que se señalaban en los conceptos estratégicos de 1991, 1999 o 2010 eran más abstractos y genéricos: la inestabilidad en algunas regiones derivada de las rivalidades étnicas o de las dificultades económicas, políticas y sociales; el terrorismo; la proliferación de armas de destrucción masiva; los ciberataques; las consecuencias del cambio climático; las migraciones; los obstáculos al libre comercio, etcétera. Recordemos que, hace doce años, cuando se aprobó el concepto estratégico de 2010, los dirigentes atlantistas todavía calificaban a Rusia como “socio estratégico” y a China ni siquiera la mencionaban.
Es claramente, por tanto, el inicio de un nuevo período histórico de tensión mundial entre potencias nucleares, tanto más cuanto que esas declaraciones van acompañadas de propuestas muy concretas de rearme y de aumento de los presupuestos militares, así como del envío masivo de 300.000 soldados de la Alianza Atlántica a la frontera con Rusia.
Ciertamente, ese documento se aprueba en un momento de escalada militar en la guerra de Ucrania, tras la invasión rusa del pasado febrero. Este hecho ha permitido a los dirigentes de la OTAN presentar su rearme como una reacción necesaria al ataque ruso. Sin embargo, no parece difícil mostrar el uso instrumental que los dirigentes atlantistas han hecho de dicha guerra.
Por un lado, se ha aprovechado la ocasión para señalar a China como potencia hostil a Occidente, cuando China claramente no tiene ninguna responsabilidad directa o indirecta en el desencadenamiento de la guerra de Ucrania y tampoco ha amenazado a ningún país miembro de la Alianza Atlántica. Y recordemos que tan sólo un mes y medio después de la aprobación del nuevo concepto estratégico de la OTAN, durante la primera semana de agosto de 2022, se generó una crisis internacional con motivo de la visita a Taiwán de la presidenta del Congreso de los EE. UU., Nancy Pelosi, lo que provocó una reacción airada del gobierno chino que incluyó una serie de maniobras militares entorno a dicha isla y la decisión de suspender la cooperación con EE. UU. en materias como el cambio climático, la seguridad marítima o los movimiento migratorios.
Por otro lado, la OTAN ha dejado claro de forma reiterada que no va a intervenir en la guerra de Ucrania o, dicho de una forma más pedagógica, que la OTAN como tal no le va a salvar la vida ni a uno solo de los ucranianos que padecen los ataques del ejército ruso. Y mejor que no lo haga, pueden pensar las personas prudentes, ya que su intervención podría llevar a una escalada militar que podría culminar en una guerra nuclear que no liberaría a nadie y achicharraría a todo el mundo. Una reflexión que compartimos plenamente, pero si la OTAN se muestra impotente ante situaciones como la que padece Ucrania, ¿a qué viene tanto autobombo sobre su necesidad e importancia?
No obstante, dado que desde febrero las poblaciones occidentales han sido objeto de un alud propagandístico propio de las grandes ocasiones (Serrano, 2022)[3], conviene ampliar la argumentación sobre este último punto para dejar sentado que estamos yendo hacia una nueva guerra fría en la que la guerra de Ucrania puede acabar cumpliendo una función similar a la que cumplió la guerra de Corea de 1950-1953.
La guerra de Ucrania como guerra subrogada
Como sabemos, los dirigentes de la OTAN y muchos creadores de opinión occidentales han presentado la guerra de Ucrania como un conflicto que sólo tiene un responsable: Putin. Que el gobierno de la Federación Rusa es soberanamente responsable de sus decisiones político-militares, lo que ahora incluye una grave violación del artículo 2.4 de la Carta de la ONU, diversos actos constitutivos de presuntos crímenes de guerra y un incremento de la tensión entre potencias nucleares, es tan verdad como que la política de expansión de la Alianza Atlántica hacia el este, el emplazamiento del escudo antimisiles en países fronterizos con Rusia, el asesoramiento y apoyo militar occidental al gobierno de Kiev desde el estallido de la guerra civil en 2014 (Poch-de-Feliu, 2022: 33-57; Morales, 2016: 265-293), así como el enroque de EE. UU. en la defensa de la entrada de Ucrania en la OTAN en las negociaciones previas al ataque ruso, han sido decisiones políticas que no han ayudado precisamente a dar garantías de seguridad común o compartida a Rusia.
Como ha señalado Noam Chomsky (2022), la diferencia entre la invasión angloamericana de Iraq de 2003 y la invasión rusa de Ucrania de 2022 es que, siendo ambas constitutivas de un crimen de agresión, en la primera no hubo provocación previa y en la segunda sí que la ha habido de forma muy clara. Son muy reveladoras en ese sentido las siguientes palabras de George Beebe, antiguo analista de la CIA y antiguo asesor de Richard Cheney, el topoderoso vicepresidente de Bush II: “La elección que nosotros [EE. UU.] hemos tenido respecto a Ucrania –y uso el pasado intencionadamente- era inducir a Rusia a ejercer su veto a la entrada de ese país en la OTAN en la mesa de negociaciones o en el campo de batalla. […] Y nosotros elegimos asegurarnos de que el veto se ejerciera en el campo de batalla con la esperanza de que Putin perdiera esa mano o que la operación militar fracasara” (Aleem, 2022).
La guerra de Ucrania ha sido, desde el punto de vista occidental y desde su inicio como guerra civil en 2014, una guerra subrogada, subsidiaria, vicaria o por delegación entre EE. UU. y Rusia porque reúne todas las características propias de ese tipo de guerras y porque así lo han reconocido explícitamente significados dirigentes estadounidenses. Así Lloyd Austin, actual secretario de Defensa norteamericano, declaró el 25 de abril de 2022 que para EE. UU. esa guerra tenía como objetivo prioritario debilitar a Rusia (Bertrand et al., 2022). Con anterioridad, Leon Panetta, antiguo director de la CIA y antiguo secretario de Defensa con Obama, afirmó sin pelos en la lengua que para EE. UU. la guerra de Ucrania era una “proxy war” contra Rusia (Macmillan, 2022), que es la expresión inglesa con la que se designa lo que aquí se ha llamado guerra subrogada, subsidiaria, vicaria o por delegación.
El origen de las guerras subrogadas se pierde en la noche de los tiempos, pero éstas se hicieron muy frecuentes durante la guerra fría del siglo pasado, siendo la primera de ellas la guerra de Corea. Entonces, las potencias nucleares, para resolver sus conflictos de poder y evitar al mismo tiempo un choque militar frontal que les podía conducir a la mutua destrucción asegurada, delegaban en terceros la defensa política y militar de sus intereses geopolíticos. Para ello, las potencias nucleares establecían relaciones de dependencia y dominación con los terceros subrogados mediante el asesoramiento político-militar, el aprovisionamiento de armas, la cobertura diplomática y mediática o mediante la provisión de información de interés militar (un factor vital en las guerras contemporáneas).
Como se puede ver, es exactamente el tipo de relación que han establecido los gobiernos occidentales con el gobierno de Kiev desde 2014[4]. Eso no implica afirmar que el gobierno de Kiev carezca de agenda política propia. La tiene sin lugar a dudas, pero ésta necesariamente se debe subordinar a los proyectos de quienes le proporcionan las armas, la información, la cobertura mediática, diplomática, etc., pues de lo contrario Kiev corre el riesgo de quedar inerme frente a Rusia. De todo ello se deriva, dicho sea de paso, que la guerra de Ucrania perfectamente puede finalizar -y no sería el peor final de todos los finales posibles- mediante un acuerdo entre el gobierno de EE.UU. y el de la Federación Rusa, hipotético acuerdo que los ucranianos y el resto de europeos no tendrían más remedio que aceptar y suscribir.
En todo caso y respecto a lo que aquí interesa, conviene subrayar que en el proceso anterior a la invasión rusa del 24 de febrero las responsabilidades por la escalada de la violencia en Ucrania están bastante repartidas entre los gobiernos de Kiev, Moscú, Washington y Londres, cuando menos. Por tanto, si estamos en los inicios de una nueva guerra fría y en Ucrania se está peleando su primer round es por decisión de todos los dirigentes de los estados y de las potencias nucleares implicadas en ella, no solamente por decisión de Putin.
Entrada en la era del descenso energético
Esta incipiente nueva guerra fría, cuya primera batalla parece estar librándose en Ucrania y cuya segunda batalla puede tener como escenario Taiwán, se produce en un contexto muy diferente al de la primera guerra fría. Ahora nos encontramos en los prolegómenos de la era del descenso energético (Turiel y Bordera, 2022; Bordera y Turiel, 2022: 69-77) como consecuencia del agotamiento progresivo de los combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón, los cuales constituyen junto al uranio las 4/5 partes de las fuentes de energía de nuestras sociedades). De este contexto se derivan unos riesgos que no existían en el gran conflicto bipolar del siglo XX.
Antes y después del ataque ruso, varios países han comenzado a padecer los efectos de la escasez energética. Entre otros, se puede mencionar a Reino Unido, Hungría, Sri Lanka, Laos, India, Pakistán, Kenia, Senegal, Sudáfrica, Venezuela, Brasil, Perú, Ecuador, Bolivia y Argentina (Turiel, 2022). Las sanciones aplicadas por EE. UU. y la UE contra la Federación Rusa, como castigo por su ataque a Ucrania (que, visto su efecto bumerán sobre la economía occidental, tal vez habría que comenzar a llamar autosanciones), no ha hecho más que agravar un problema que ya se venía manifestando con anterioridad en forma de alzas en el precio del gas y del petróleo. Así, por ejemplo, en los primeros días de febrero de 2022 el precio del barril de petróleo Brent estaba ya muy cerca de los 95 dólares (Expansión, 2022) y el del gas, de los 175 mWh (Megías, 2022).
Por consiguiente, no todos los problemas energéticos se pueden atribuir de forma exclusiva a las acciones y reacciones de las potencias implicadas en el conflicto ucraniano, por más que sea cierto que aquellas han actuado como un acelerador de un proceso que había comenzado tiempo atrás por razones estrictamente físicas. Globalmente considerado, el descenso energético debe entenderse como un movimiento tectónico de fondo, causado por el carácter finito del planeta y de los recursos que hay en él, que interactúa con la financiarización de la economía, las burbujas especulativas, los intereses de los oligopolios del sector energético y también con las políticas de hostigamiento y confrontación entre potencias.
La Agencia Internacional de la Energía (AIE), organización creada en 1974 por los estados de la OCDE después de la crisis del petróleo de 1973 con el objetivo de asesorarles en asuntos energéticos, ya admitió en su informe anual de 2010 (IEA, 2010) que el llamado petróleo crudo o convencional (el más fácil de extraer, de mejor calidad, más versátil, con menos necesidad de refino) había alcanzado su techo de producción en 2005. Desde entonces, su extracción ha ido declinando a un ritmo de entre un 2% y un 4% anual (Cochet, 2019: 81). El impulso dado desde hace quince años a la explotación del llamado petróleo no convencional -o lo que algunos llaman sucedáneos del petróleo-, como el obtenido mediante fracturación hidráulica, de los biocombustibles o de las arenas bituminosas, tendría que ver con un intento de compensar dicho declive.
Un objetivo no alcanzado. En su informe anual de 2018 (IEA, 2018) la Agencia Internacional de la Energía advirtió que, si las grandes compañías petroleras no hacían un gran esfuerzo de inversión en el hallazgo y explotación de nuevos yacimientos, el consumo de todo tipo de petróleo podía pasar de los casi 100 millones de barriles diarios en 2019, a 20 millones de barriles diarios en 2040, lo cual equivaldría a una disminución de un 80% en la producción de petróleo en un período de veinte años.
La advertencia de la AIE era muy oportuna porque desde 2014 las grandes compañías petroleras han ido reduciendo en más del 60% sus inversiones destinadas a encontrar nuevos yacimientos (Bordera y Turiel, 2022: 72-73). Lo han hecho por considerar que esa es una actividad energéticamente ruinosa al tratarse de yacimientos cuya explotación (perforación, extracción, refino, almacenamiento, etcétera) necesita más consumo de energía que la que se va a extraer de ellos. Dicho de una forma un poco más técnica: porque la tasa de retorno energético (TRE) prevista para dichos yacimientos es negativa, y, si dicha tasa es negativa, entonces lo que se está haciendo es acelerar el agotamiento del petróleo en lugar de poner más petróleo en el mercado.
Hay que dar por descontado que todos esos datos los conocen los gobiernos occidentales ya que, como se ha dicho, los informes de la AIE se hacen fundamentalmente para asesorarles a ellos. En todo caso, con certeza sabemos que hay al menos uno, el que preside Emmanuel Macron en Francia, que parece haber tomado nota de lo que dicen ese y otros informes sobre temas similares. El 24 de agosto de 2022, Macron advirtió que estábamos viviendo “el fin de la abundancia”, de la “abundancia de tierras, de materias y del agua” (Bassets, 2022).
Un aspecto del gran problema que tenemos por delante es que el oro negro sigue siendo fundamental para el funcionamiento de las sociedades modernas. Un aspecto tan básico para la globalización económica como es el transporte masivo de mercancías y personas por tierra, mar y aire sólo ha sido posible gracias al consumo de ingentes cantidades de petróleo y sus derivados. Pero hay muchas más cosas que dependen de él: la producción de plásticos, fibras de vidrio, fibras sintéticas, telas asfálticas, aceite industrial, pinturas, lubricantes, parafinas, medicinas diversas y un largo etcétera. Asimismo, la producción de alimentos depende muy directamente del petróleo, en especial en aquellos países en que se ha sustituido masivamente mano de obra humana por maquinaria (tractores, cosechadoras, empaquetadoras, etc.) en el sector primario de la economía, y en el que también se utilizan abundantes fungicidas, herbicidas, abonos y fertilizantes derivados del petróleo para incrementar la productividad de las cosechas. Por último, el petróleo y el resto de combustibles fósiles son imprescindibles para llevar a cabo la transición energética porque también son muy necesarios para la fabricación, transporte e instalación de placas solares y aerogeneradores, por ejemplo.
Al agotamiento de todo tipo de petróleo, cuyo techo de producción parece que se alcanzó en 2018, se le puede añadir el del gas, cuyo pico de producción se espera que se produzca entre el 2023 y el 2027 (Turiel, 2020: 69); el del carbón, cuyo pico de producción se espera entre el 2040 y el 2050 (Turiel, 2020: 76); o el del uranio, que ya se alcanzó en 2016 (Turiel, 2020: 86). Por otra parte, la energía de fusión nuclear se espera que sea operativa dentro de 50 años, tiempo que es más o menos el mismo período que sus valedores prometían … hace 50 años. Los más optimistas, no obstante, vaticinan que puede haber un reactor de fusión nuclear operativo en 2050 (Turiel, 2020: 89), pero incluso esa fecha ya sería demasiado tarde para resolver los problemas de aprovisionamiento de energía del futuro inmediato.
Asimismo, estamos ya cerca de los picos de extracción de minerales agotables como el cobalto, litio, níquel y manganeso, que son necesarios para, por ejemplo, la fabricación de baterías para los vehículos eléctricos, o de la plata, cadmio, cromo, galio, indio, plomo, platino, teluro y zinc, que también son materiales agotables pero esenciales para la electrónica, para la fabricación de baterías eléctricas y por ello para la expansión de las energías renovables. Y para extraerlos, almacenarlos y manipularlos, por cierto, también se necesita a los combustibles fósiles (Valero, Valero y Calvo, 2021).
A todo ello hay que superponer las consecuencias del cambio climático (Wallace-Wells, 2019), resultado del incremento exponencial de la contaminación atmosférica, en forma de aumento de la temperatura global, subidas del nivel del mar, fenómenos meteorológicos extremos, sequías prolongadas -que, entre otras cosas, van a dificultar la producción de energía de origen hidráulico-, lluvias torrenciales, incendios forestales devastadores, difusión de enfermedades tropicales o menor acceso al agua potable.
Por eso, algunos hablan ya de la superación, no sólo del pico del petróleo, gas, carbón, uranio y determinados minerales, sino del peak everything (Heimberg, 2014: 133-193), del pico de todo. Eso sería lo mismo que afirmar que estamos traspasando los límites de sustentabilidad del planeta y, por consiguiente, que ya se están cumpliendo las proyecciones del primer informe al Club de Roma publicado en 1972 y titulado justamente Los límites del crecimiento (Meadows et al., 1972), informe de prospectiva que a la vista de lo que está ocurriendo lleva camino de convertirse en el documento científico más importante del siglo XX.
En esas difíciles circunstancias, la humanidad debe afrontar la sustitución acelerada de los combustibles fósiles por fuentes alternativas y renovables de energía, las cuales, por su propia naturaleza, no permiten hacer las mismas cosas que hemos podido hacer gracias a los combustibles fósiles. En consecuencia, al cambiar de base energética, también nos veremos obligados a cambiar el modo de producir y satisfacer las necesidades humanas; en definitiva, nos veremos obligados a cambiar de sociedad. Que esa sociedad futura basada en energías renovables sea más jerárquica, desigual y autoritaria o más igualitaria, justa y democrática que la actual, depende de cómo lleguemos a ella -y la importancia del debate sobre el colapso tiene que ver con este relevante asunto (Servigne & Stevens, 2015; Taibo, 2020)-, de las decisiones políticas que se adopten en los próximos tiempos y de los proyectos y de las fuerzas sociopolíticas que los sostengan, así como del resultado de la confrontación entre ellas. Nos guste o no, nos entusiasme o nos deprima, estamos entrando de lleno en un período histórico que puede ser muy revolucionario o muy contrarrevolucionario.
En todo caso, de entrada, vamos hacia un mundo que va a tener que echar las cuentas con el final de la era del exceso energético, por utilizar la terminología de Michael T. Klare (2009). Y dado que no hay actividad económica sin consumo de energía y materias primas, el descenso energético y el agotamiento de determinados minerales va a provocar inexorablemente decrecimiento económico.
¿Cómo se van a enfrentar los gobiernos de la OTAN y de otros países a los problemas sociales que van a generar el cambio climático, el descenso energético, la escasez de minerales y el inevitable decrecimiento económico? Pues es posible que, como mínimo, tomen nota de lo que ha ocurrido en Sri Lanka.
En Sri Lanka, país situado al sur de la India y habitado por 22 millones de personas, la escasez energética ha provocado que se haya racionado la energía, hasta el punto de que la población sólo dispone de 11 horas diarias de electricidad. Por otra parte, para poder utilizar sus vehículos a motor, los esrilanqueses deben levantarse de madrugada para hacer largas colas en las gasolineras y, con un poco de suerte, poder llenar el depósito de sus coches 10 u 11 horas después. Todo eso, en una sociedad profundamente atravesada por la desigualdad social y con un estado muy endeudado y minado por la corrupción, ha provocado un intenso malestar social, huelgas y disturbios de forma generalizada (Meyer, 2022: 20-21) La respuesta del gobierno ha sido declarar el estado de excepción, el cual, de todos modos, no ha logrado aplastar una revuelta social que ha acabado derribando al gobierno en cuestión. El ciclo de acontecimientos que ha ocurrido en Sri Lanka se puede repetir en otros países aquejados por males parecidos.
El descenso energético y el consiguiente decrecimiento económico no se va a producir de forma simultánea en todo el globo. Hay que tener en cuenta la dispar situación energética en la que se encuentran las diferentes regiones del planeta. Hay países que ahora son autosuficientes energéticamente (ya veremos dentro de unos años) y no dependen económicamente de la exportación de energía; hay países que son autosuficientes energéticamente, pero dependen mucho de la exportación de energía; por último, hay países que no son autosuficientes energéticamente y por ello dependen dramáticamente de la importación de energía, como le ocurre a la mayoría de los estados de la Unión Europea.
Los que no son autosuficientes son los primeros que van a tener que enfrentarse a las consecuencias del descenso energético, como ya les está sucediendo a la mayor parte de los países de la UE. La Comisión Europea ya ha anunciado un plan para ahorrar energía en comercios, oficinas y edificios públicos aduciendo como justificación un hipotético y no verificado cierre de la importación del gas ruso por decisión de Putin. En realidad, dicho plan tiene que ver sobre todo con los problemas de fondo del descenso energético determinado por causas naturales y por el “fin de la abundancia”, para decirlo con las palabras de Emmanuel Macron citadas más arriba.
La lucha desesperada por los recursos limitados
El descenso energético puede radicalizar hasta extremos muy peligrosos “la lucha desesperada por los recursos limitados”, tal y como se vaticinaba en el segundo informe al Club de Roma titulado La humanidad en la encrucijada (Mesarovic y Pestel, 1975: 115-134).
La lucha por el control de los recursos limitados puede generar conflictos a vida o muerte entre países y regiones porque se van a generar situaciones de suma cero: los recursos serán accesibles para unos o para los otros, pero no para todos por igual. Con toda seguridad, la nueva guerra fría no consistirá en una confrontación entre diferentes proyectos de sociedad, como se supone que ocurrió en la guerra fría del siglo XX, sino entre dos versiones diferentes de un mismo proyecto crecentista y, por ello, ecológicamente insostenible porque persigue el crecimiento indefinido en un planeta que no va a aumentar de tamaño. Como se explicaba en La humanidad en la encrucijada: “Si los recursos no fueran limitados, podría haber una posibilidad de evitar conflictos. Pero el mismo fenómeno de crecimiento sobre nuestro planeta finito implica competencia por la obtención de recursos; por lo tanto, el crecimiento sólo puede crear circunstancias que conduzcan al conflicto” (Mesarovic y Pestel, 1975: 115).
El énfasis puesto en el concepto estratégico de la OTAN de 2022 en la función de garantizar la seguridad energética, función que no es nueva porque la OTAN ya la había asumido con anterioridad pero que ahora adquiere mucha más importancia por el contexto de descenso energético, pone de manifiesto que sus dirigentes son muy conscientes de ese problema y también que ellos ya han decidido que la lucha por los recursos escasos se va a resolver mediante la confrontación militar y no mediante la cooperación internacional. Según el punto 26 del nuevo concepto estratégico de la OTAN:
«Buscaremos un enfoque más sólido, integrado y coherente para construir una amplia resiliencia nacional y de toda la Alianza frente a las amenazas y desafíos militares y no militares a nuestra seguridad, como una responsabilidad nacional y un compromiso colectivo establecido en el Artículo 3 del Tratado del Atlántico Norte. Trabajaremos para identificar y reducir las vulnerabilidades estratégicas y la dependencia, incluso respecto a nuestras infraestructuras, cadenas de suministro y sistemas de salud esenciales. Mejoraremos nuestra seguridad energética e invertiremos en suministros, proveedores y fuentes de energía estables y fiables. Garantizaremos la preparación civil para facilitar la continuidad del gobierno, la entrega de servicios básicos a nuestras poblaciones y el apoyo civil a nuestras fuerzas armadas. Impulsaremos nuestra capacidad de preparación, resistencia, respuesta y rápida recuperación frente a crisis y alteraciones estratégicas, y garantizaremos la continuidad de las actividades de la Alianza» (NATO, 2022).
Lo cual se debe complementar con las alusiones que se hacen en el mismo documento a ese comodín, a ese gran cajón de sastre, que son las llamadas tácticas híbridas, que permite calificar cualquier cosa como amenaza militar. En relación con ellas se dice que pueden justificar incluso la activación del famosos artículo 5 del Pacto Atlántico. Entre dichas tácticas híbridas, se encuentran las que pueden afectar a “la seguridad marítima [que] es clave para nuestra paz y prosperidad”. Por eso, la OTAN preservará “la libertad de navegación” con la finalidad de “asegurar las rutas comerciales marítimas y proteger nuestras principales vías de comunicación”. A lo que hay que añadir las amenazas procedentes de los enemigos que “manipulan el suministro de energía” o que recurren al uso coercitivo de tácticas “energéticas” (NATO, 2022).
Entre los medios militares a los que pueden recurrir los estados de la OTAN se encuentran los medios nucleares. Así se afirma en el punto 29 de su concepto estratégico, donde se recuerda que las fuerzas nucleares constituyen la “garantía suprema de la seguridad de la Alianza” porque permiten ejercer la “disuasión nuclear”.
Contra la nueva la guerra fría
La consecuencia de todo ello puede ser la repetición, en un contexto mucho más peligroso, de todos los males de la vieja guerra fría del siglo XX, lo que no deja de generar estupor por la banalización que implícitamente supone de ese terrorífico período de la historia de la humanidad. Conviene, pues, refrescar la memoria.
EE. UU. y sus aliados europeos fueron quienes iniciaron la guerra fría del siglo XX. Y no solamente porque la OTAN se fundó en 1949 y el Pacto de Varsovia en 1955 como respuesta a la misma, sino también porque, como sabemos hoy con buena apoyatura empírica, el principal objetivo político del lanzamiento de las primeras bombas atómicas fue mucho más intimidar a la URSS que obligar a rendirse al gobierno japonés, el cual, desde la primavera de 1945, ya había decidido hacerlo ante la imposibilidad de resistir a los ataques norteamericanos (Watson, 2020).
Con los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, el gobierno de EE. UU. dio el pistoletazo de salida a una carrera armamentística que se aceleró cuando la URSS primero y Gran Bretaña, Francia, China, India, Pakistán, Israel y Corea del Norte unos cuantos años después, siguieron los pasos de los estadounidenses y se dotaron asimismo de armamento atómico. Todo ello ha supuesto dedicar a la preparación de la guerra una cantidad ingente de recursos económicos y tecnológicos que no se pueden utilizar para fines sociales, tales como la educación, la sanidad o para erradicar la pobreza del mundo. Más en concreto, ha comportado dedicar muchos recursos a fabricar un tipo de armas cuyo mejor uso, decían y dicen sus propagandistas, era y es … no ser empleadas. La carrera de armamentos alcanzó su cenit en los años ochenta del siglo XX con la acumulación de unos 60.000 artilugios nucleares, con los cuales, decían los estudiosos de la cosa armamentística, era posible matar 12 veces consecutivas a cada uno de los 5.000 millones de seres humanos que entonces habitaban la Tierra (Leger-Sivard, 1986: 9).
También comportó que, en varios momentos entre 1949 y 1991, se estuviera muy cerca del holocausto nuclear por decisión política de alguna de las partes enfrentadas (Ellsberg, 1981: 4), por errores o por los peligrosísimos accidentes derivados de la manipulación del armamento atómico (Bohigas y Fortuny, 2014: 113-147).
Asimismo, la estrategia de la disuasión nuclear exigió, para hacerla creíble, llevar a cabo costosísimos “ensayos nucleares” que han provocado una contaminación radioactiva causante de un espectacular incremento de los cánceres en todo el mundo. Recordemos que entre 1945 y 2013 el planeta Tierra ha padecido más de 2.000 explosiones atómicas (Bohigas y Fortuny, 2014: 75-112). Casi la mitad de ellas fueron ordenadas por los gobiernos de EE. UU., Gran Bretaña y Francia, esto es, por las potencias nucleares de la OTAN. A partir de un estudio epidemiológico del Instituto para la Investigación de la Energía y del Medio Ambiente, con sede en Maryland (EE. UU.), se puede afirmar que 2.400.000 personas habrían fallecido como resultado de la contaminación radioactiva provocado por dichos “ensayos”, en especial por los llevados a cabo a cielo abierto (Lichtenstein y Helfand, 1995: 122). Como se puede ver, la guerra fría no fue tan fría como mucha gente cree.
Esa experiencia ni se puede banalizar ni mucho menos glorificar. Por eso es importante que ahora las poblaciones de todos los países se pregunten: ¿queremos de verdad que el mundo vuelva a sumergirse en una dinámica parecida cuando, además, estamos traspasando los límites de sustentabilidad?
El final de la guerra fría del siglo pasado hizo posible firmar acuerdos de desarme que conllevaron una reducción sustancial de los arsenales nucleares: se pasó de los 60.000 vectores nucleares mencionados más arriba, a los 12.705 actuales. De los cuales, Rusia posee 5.977; EE. UU., 5.428; China, 350; Francia, 290; Gran Bretaña, 225; Pakistán, 165; India, 160; Israel, 90, y Corea del Norte, 20 (Kristensen, Korda y Norris, 2022).
Con la nueva hostilidad entre la OTAN y Rusia/China, Europa vuelve a ser ahora la principal zona de fricción entre potencias nucleares, aunque pasado mañana a Europa se le puede añadir la región del Indo-Pacífico. Pero, hasta que eso no ocurra, el riesgo de ataques nucleares es mayor en Europa, ya que en él se encuentra ubicada una parte sustancial de las armas nucleares de rusos, por un lado, y de estadounidenses, franceses y británicos, por otro, las cuales se apuntan entre ellas.
Fue muy descorazonadora, en ese sentido, la pérdida de vigencia del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (Tratado INF). Como se sabe, era éste un Tratado firmado por Gorbachov y Reagan en 1987 que contribuyó decisivamente al final de la guerra fría e hizo posible la retirada de los famosos euromisiles. Con ellos, decían los estrategas norteamericanos de los años ochenta, era posible librar y ganar (aunque los europeos la perderían seguro) una guerra nuclear limitada al teatro europeo (Thompson, 1982: 153). Fue también una importante victoria del movimiento por la paz de la última década de la guerra fría, victoria que por cierto ha sido silenciada y hurtada a la memoria colectiva. El Tratado INF perdió su vigencia por la decisión unilateral de los EE. UU. de retirarse del mismo adoptada en agosto de 2019, en los tiempos de la presidencia de Donald Trump, a lo que Rusia respondió con la misma moneda. Si ya no hay limitación legal para la instalación y uso de misiles de corto y mediano alcance en Europa y vuelve a haber una situación de mucha tensión con Rusia, entonces también vuelve a ser posible una guerra nuclear limitada al territorio europeo.
La guerra fría del siglo XX, con su descomunal e irracional acumulación de armamento, fue la máxima expresión del sinsentido que supone una concepción unilateral y meramente militar de la seguridad. Según dicha concepción, el estado A se siente muy seguro porque amenaza con muchas armas al estado B. El estado A momentáneamente se siente muy seguro, pero sólo hasta que el estado B consigue dotarse del mismo tipo de armamento que el estado A. Una vez llegados a este punto, el estado A, que entonces vuelve a sentirse muy inseguro, intentará subir la apuesta con armas más destructivas y de tecnología más avanzada, lo cual será contestado con la misma receta por el estado B y así sucesivamente hasta situar al mundo al borde del precipicio de la catástrofe mundial.
La concepción unilateral y meramente militar de la seguridad conduce a una espiral de riesgos, peligros y amenazas que únicamente genera inseguridad global. Por más armas que se acumulen, nadie consigue sentirse seguro. Esa es, al menos, la lección que algunos aprendimos de la experiencia de la guerra fría del siglo pasado. Otros, por lo que parece, no aprendieron nada de ella y siguen repitiendo el viejísimo dogma del “si quieres la paz, prepara la guerra” con un fanatismo propio de los fundamentalistas religiosos.
Renovar la apuesta por la cooperación internacional y la resolución pacífica de los conflictos
Como ya se ha apuntado al principio, todo lo dicho hasta aquí tampoco debe interpretarse como una expresión de nostalgia respecto al orden unipolar que estamos dejando atrás. Desde la perspectiva de la lucha por la supervivencia y la emancipación humanas, el orden unipolar que debía ser la antesala de un nuevo siglo americano, con sus guerras neocoloniales, Guantánamos varios, asesinatos con drones sin juicios y sin pruebas y globalización ecocida, ha sido un período de avance de la barbarie en el que la prepotencia de los vencedores de la guerra fría ha contribuido de forma decisiva a la situación de tensión mundial en la que nos encontramos. Los vencedores de la guerra fría, en lugar de aprovechar la disolución del Pacto de Varsovia para hacer realidad los buenos propósitos contenidos en la Carta de las Naciones Unidas, optaron por intentar construir un imperio de alcance planetario tal y como Zbigniew Brzezinski (1997) propuso sin complejos en El gran tablero mundial.
Graham Allison (2015), en el artículo extenso en el que explicó con detalle la aplicación de la metáfora sobre la trampa de Tucídides a la creciente rivalidad entre EE. UU. y China, aducía que su propósito último era invitar a todo el mundo a extraer directrices prácticas de los pocos casos históricos (4 de los 16 estudiados) en los que la competencia entre una potencia ascendente y otra declinante no había acabado en guerra. Concluía su trabajo con la siguiente reflexión sobre la rivalidad entre EE. UU.-Esparta y China-Atenas vista desde la perspectiva de la hiperpotencia en declive:
«El auge de una civilización de 5.000 años de antigüedad con 1.300 millones de personas no es un problema que deba solucionarse. Es una condición fáctica, una condición crónica que tendrá que ser gestionada durante una generación. El éxito requerirá no sólo un nuevo eslogan, sino también cumbres de presidentes más frecuentes y reuniones adicionales de grupos de trabajo departamentales. Gestionar esta relación sin guerra exigirá una dedicación sostenida, semana a semana, al más alto nivel en ambos países. Supondrá una profundidad de entendimiento mutuo como no se había visto desde las conversaciones entre Henry Kissinger y Zhou Enlai en la década de 1970. Y lo que es más importante: implicará cambios más radicales que los que nadie ha imaginado hasta ahora en las actitudes y acciones tanto de los líderes como de la opinión pública».
Este politólogo estadounidense y antiguo miembro de la Comisión Trilateral no citaba la Historia de la guerra del Peloponeso de Tucídides para abogar por las políticas que ahora están impulsando EE. UU. y la OTAN, sino justamente para hacer todo lo contrario: para apostar por la cooperación dialogada con el gigante asiático. Una acertada propuesta que no hacía más que aplicar al caso concreto del conflicto entre EE. UU. y China la reflexión general expresada en La humanidad en la encrucijada con palabras que conviene recordar: “[…] el conflicto entre dos bandos en el dilema de los recursos finitos es más aparente que real. A largo plazo, cuando todos los factores importantes son tomados en cuenta y los beneficios futuros se han evaluado, la cooperación es la única forma sensata y benéfica para todos los participantes” (Mesarovic y Pestel, 1975: 133-134).
En consecuencia, antes que resucitar la narrativa decimonónica sobre el peligro amarillo y la necesidad de rearmarse frente a él, parece más conveniente revitalizar todos los foros internacionales existentes y crear todos los que sean necesarios para poder afrontar con éxito los problemas globales, los problemas de especie, a los que deberemos enfrentarnos en el siglo XXI.
La alternativa a la concepción unilateral y militar de la seguridad es la seguridad global, común o compartida. En esa otra concepción, los componentes no militares de las relaciones entre estados y los mecanismos no violentos de resolución de los conflictos adquieren un gran protagonismo, tal y como se propuso en la Carta de París para una Nueva Europa de 1990, un documento que la expansión de la OTAN hacia las fronteras rusas convirtió en papel mojado a pesar de que en su concepto estratégico de 1991 se la citaba laudatoriamente.
Decía la Carta de París que “la seguridad es indivisible y la seguridad de cada Estado participante está inseparablemente vinculada a la de todos los demás”. Por eso, los estados firmantes, que eran todos los europeos, incluyendo a la URSS, más EE. UU. y Canadá, se comprometían a “cooperar en el fortalecimiento de la confianza y la seguridad entre nosotros y a fomentar el control de las armas y el desarme”. Todo eso después de haberse comprometido a “arreglar las controversias por medios pacíficos” (OSCE, 1990).
La Carta de París era, en buena medida, la plasmación práctica de las propuestas formuladas en el informe elaborado por el Comité Olof Palme titulado Seguridad Mundial: un programa para el desarme, hecho público en 1982 (Palme, 1982), que también inspiró a Gorbachov y Reagan para negociar el Tratado INF. Dicho informe propuso 6 principios para concebir la seguridad en la era nuclear: 1) todas las naciones tienen el derecho legítimo a la seguridad; 2) la fuerza militar no es un instrumento legítimo para resolver las disputas entre naciones; 3) la moderación es necesaria en las expresiones de la política nacional; 4) la seguridad no puede alcanzarse mediante la superioridad militar; 5) las reducciones y las limitaciones cualitativas de armamentos son necesarias para la seguridad común; 6) deben evitarse los vínculos entre las negociaciones sobre armas y los eventos políticos. El 21 de abril de 2022 se hizo público el informe Seguridad Común 2022: nuestro futuro compartido, cuya pretensión básica era actualizar aquel informe cuarenta años después. Los puntos clave de esta actualización eran: 1) fortalecer la arquitectura global para favorecer la paz; 2) revitalizar el control de las armas nucleares y avanzar hacia el desarme global; 3) obtener de todo ello un nuevo dividendo de la paz para favorecer el desarrollo (Internationa Peace Bureau, 2022).
Pero hasta que el mundo no vuelva a estar regido por estos sensatos principios hay que evitar el choque militar entre potencias nucleares. Otra vez nos encontramos en una situación similar a la que se refería el historiador británico Edward Palmer Thompson cuando advertía en la última década de la guerra fría del siglo pasado: “Un impulso acelerador ha situado a las superpotencias en una ruta de colisión” (Thompson, 1982: 110). Frente a ello, Thompson propuso poner en pie un movimiento internacional por la paz. Eso significó entonces -y vuelve a significar ahora- impulsar una movilización social lo más amplia e internacionalista posible a favor de la paz, el desarme y la resolución pacífica de los conflictos. Esa movilización debía y debe tener un programa político propio que no debe supeditarse a la política exterior y de defensa de ninguna potencia nuclear. Negarse a ser el apéndice de la política exterior de alguna potencia atómica es central para establecer alianzas internacionales entre colectivos de la sociedad civil de todo el globo y, de este modo, hacer posible el resurgimiento de un movimiento por la paz como actor influyente en la escena internacional.
El descenso energético dará inicio a un período convulso de la historia humana. Existe el peligro de que se produzcan estallidos sociales que sean incapaces de proponerse fines realizables, como ejemplifica la movilización de los chalecos amarillos en Francia. Ahora más que nunca se necesitan organizaciones con un programa científicamente bien fundamentado. Ese hipotético programa racional no puede prometer ya la abundancia de todo tipo de bienes y el consiguiente fin de todos los conflictos, porque el descenso energético y el agotamiento de las materias primas, junto con el cambio climático, son los síntomas más visibles de que estamos traspasando los límites de sustentabilidad que hacen posible la vida humana en el planeta Tierra.
Todos aquellos que quieran legar a las generaciones futuras un planeta habitable deben intentar coaligarse de nuevo en torno a un programa común realista que vuelva a entrelazar las reivindicaciones sociales con las favorables a la resolución pacífica (o lo más pacífica posible) de los conflictos. En lo inmediato, habría que exigir con fuerza un alto el fuego en la guerra de Ucrania y el inicio de unas negociaciones que permitan salvar vidas de la población de ese desgraciado país. Como muy bien ha señalado Pascual Serrano (2022: 170), sólo parece haber tres finales posibles para la guerra de Ucrania: la victoria de Rusia tras haber arrasado Ucrania, la victoria de Ucrania tras haber padecido una terrible devastación o un acuerdo de paz con concesiones de quién más tenga que perder si continúa la guerra y más que ganar si mañana cesan los combates. Habrá que presionar a todas las partes implicadas para hacer realidad la tercera de estas opciones lo más rápidamente posible.
Nota sobre el autor:
José Luis Gordillo es Profesor Titular de Filosofía del Derecho de la Universidad de Barcelona e investigador del Centro Delàs de Estudios por la Paz. Correo electrónico: jlgordillo@ub.edu
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[1] Como es sabido, la trampa de Tucídides es la expresión que Allison utiliza para describir la tendencia al enfrentamiento bélico cuando una potencia emergente se encuentra en grado de sustituir a una gran potencia hegemónica que teme perder su posición dominante. Según el politólogo estadounidense, dicha expresión se puede utilizar ahora para describir la relación entre EE. UU. y China.
[2] Por utilizar el neologismo al que recurrió el traductor al castellano de Más allá de los límites del crecimiento (Meadows et al., 1992), la actualización del primer informe al Club de Roma publicada cuando se conmemoraba los veinte años de Los límites del crecimiento.
[3] Bastante parecida, aunque de menor duración e intensidad, a la que siguió a los atentados del 11-S en 2001.
[4] Con antecedentes en políticas de gobiernos ucranianos anteriores, los cuales basculaban entre la rusofilia y la rusofobia. Recordemos, por ejemplo, que Ucrania envió unidades militares a Afganistán en 2002 para apoyar la operación estadounidense de cambio de régimen en ese país del Asia Central, y que Ucrania también formó parte de la coalición de los dispuestos que ocupó Iraq en 2003. Por otra parte, la Federación Rusa, presidida ya por Putin, dio muchas facilidades logísticas a EE. UU. para su intervención político-militar de 2001 en Afganistán y, aunque se opuso a aprobar una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que legalizase la invasión de Iraq, más tarde votó a favor de varias resoluciones que legalizaron su ocupación. Así pues, ni EE. UU., ni Rusia, ni tampoco Ucrania, han destacado por practicar un respeto escrupuloso al principio de la libre determinación de los pueblos reconocido en el artículo 1 de la Carta de la ONU.