La
biopolítica y la necropolítica en la seguridad ciudadana de Tijuana
Biopolitics and Necropolitics on the Northern Border
R. GUY EMERSON
Universidad
de las Américas, Puebla, México
Resumen: Este artículo explora el funcionamiento
de la seguridad ciudadana. Se desarrolla haciendo referencia a las iniciativas
en Tijuana, México, y revela cómo la seguridad ciudadana opera a través de
tecnologías que, simultáneamente, generan tanto ciudadanos compatibles, como
no-ciudadanos abyectos. Ambos grupos se vuelven parte integral de la seguridad
ciudadana y funcionan dentro de una lógica a través de la que se intenta
asegurar la vida de los primeros (la biopolítica) y se genera la exclusión de
los segundos (la necropolítica). Desde la biopolítica, la población es entendida
a través de medidas de vigilancia que permiten la acumulación de información y
el análisis de datos. Estos conciernen a los patrones de comportamiento
observados dentro de esta población, con el objetivo de gestionar eventos
aleatorios y poblaciones fuera de lo que es empíricamente normal. Estas
poblaciones anormales son entonces reguladas a través de iniciativas compuestas
por el Programa Nacional de Prevención del Delito (PRONAPRED), con el propósito
de darles ciertas capacidades de vida para superar sus situaciones de riesgo.
Por su parte, los no-ciudadanos son tratados con base a una inclusión
excluyente (la necropolítica). En la práctica, esto implica que la población
no-ciudadana sea vista como un objeto de vigilancia jerárquica. Ésta última está
diseñada para regular el movimiento y limitar el peligro que estos
no-ciudadanos representan para la seguridad pública. De manera similar, los
individuos no-ciudadanos son marginados en la medida en la que su inclusión en
los programas de seguridad del PRONAPRED, hace posible su eventual expulsión de
México. Es así que el artículo concluye que la seguridad ciudadana determina y
exacerba la distinción ciudadano/no-ciudadano, una distinción que puede
significar la vida o la muerte.
Palabras clave: Biopolítica, Necropolítica, Seguridad
ciudadana, Tijuana.
Abstract: This article explores the functioning of citizen security. It is developed
with reference to the initiatives in Tijuana, Mexico, and reveals how citizen
security operates through technologies that simultaneously generate both
compatible citizens and abject non-citizens. Both groups become an integral
part of citizen security and operate within a logic through which one tries to
ensure the life of the former (biopolitics) and the exclusion of the latter is
generated (the necropolitics). From biopolitics, the population is understood
through surveillance measures that allow the accumulation of information and
the analysis of data. These concern the observed patterns of behavior within
this population, with the aim of managing random events and populations outside
of what is empirically normal. These abnormal populations are then regulated
through initiatives composed of the National Program for the Prevention of
Crime (PRONAPRED), with the purpose of giving them certain life skills to
overcome their risk situations. On the other hand, non-citizens are treated
based on an exclusionary inclusion (the necropolitics). In practice, this
implies that the non-citizen population is seen as an object of hierarchical
surveillance. The latter is designed to regulate movement and limit the danger
that these non-citizens represent for public safety. Similarly, non-citizen
individuals are marginalized to the extent that their inclusion in the
PRONAPRED security programs makes possible their eventual expulsion from
Mexico. Thus, the article concludes that citizen security determines and
exacerbates the citizen / non-citizen distinction, a distinction that can mean
life or death.
Keywords: Biopolitics, Citizen security, Necropolítica, Tijuana.
Recibido: 22 de febrero de 2019. Aceptado: 10
de abril de 2019
Introducción
Para comenzar, es necesario entender que
este artículo analiza la seguridad ciudadana con referencia a la seguridad
biopolítica, entendida como la gestión de la vida ante el riesgo. En contraste
con la seguridad geopolítica y su enfoque territorial, la seguridad biopolítica
se centra en la vida y su producción por medio de políticas públicas de
seguridad. De esta forma, se puede decir que la seguridad biopolítica intenta
garantizar la vida de la población maximizando el flujo de variables
productivas, mientras disminuye la circulación de los elementos de riesgo. Este
enfoque en la vida de la especie se complementa con medidas que se
centran en los cuerpos individuales de la población. De esta manera se tiene la
anatomopolítica del cuerpo, que es una conjunción de elementos que
promueve un tipo de conducta individual frente al riesgo. El resultado es el
autogobierno de ciudadanos que se conectan con los imperativos del gobierno,
donde la vida no solamente se securitiza, sino que también es producida
por medio de la seguridad ciudadana.
Poniendo esto en perspectiva, en el caso
específico del Programa Nacional de Prevención del Delito (PRONAPRED), se puede
decir que a los ciudadanos se les reconoce como tal desde la administración
preventiva de riesgo. Al igual que la seguridad biopolítica, la seguridad
ciudadana interpreta y entiende a la población a través de medidas de
vigilancia que permiten la acumulación y el análisis de datos. Estos tienen
relación directa con los patrones de comportamiento que se observan con el
objetivo de gestionar eventos aleatorios y poblaciones que se encuentran fuera
de lo que es empíricamente normal (la vida de la especie). De esta manera, el
cuerpo es regulado a través de talleres destinados a estas poblaciones
abyectas, con el propósito de otorgarle ciertas capacidades de vida
(anatomopolítica). En este caso, y como sucede en el caso del sujeto
biopolítico, se le coloca dentro de un contexto de seguridad que se constituye
a través de un modo de ser que es consistente con, y generativo de, gobernanza
de seguridad.
Sin embargo, la seguridad ciudadana
también se extiende más allá de su equivalente biopolítico, debido al
entendimiento que se tiene de sus dos referentes principales: la ciudadanía en
vez de la población. Esta diferencia se vuelve importante en el sentido de que
pone en evidencia la discriminación que existe entre distintos segmentos de la
población (ciudadanos y no-ciudadanos, sean migrantes o refugiados) y la
inclusión excluyente (sigiuendo Giorgio Agamben) de los migrantes al PRONAPRED.
Mientras que se promueven las capacidades vitales de los primeros, los demás se
identifican exclusivamente con la amenaza que representan. La seguridad
ciudadana introduce la identidad política como la base de la gestión de
riesgos, enfatizando la división ciudadano/no-ciudadano y señalando a los
sujetos activos de las poblaciones que requieren ser removidos.
Adicional a ello, es importante
mencionar que la seguridad ciudadana opera a través de un registro
explícitamente preventivo. Es así que el PRONAPRED no solo gobierna la vida de
los ciudadanos, sino que también interviene en las condiciones para el
surgimiento de la vida. En la práctica, esto interfiere con lo planteado desde
la biopolítica al introducir una nueva dimensión espaciotemporal. Como será
demostrado, una perspectiva preventiva cambia el enfoque de la intervención
desde la interacción de elementos empíricos, a la creación de ciertos espacios
que generan una vida segura. Además, tal y como sucede con la seguridad
biopolítica, la seguridad ciudadana gobierna a través de la contingencia. Sin
embargo, más que reconocerla como una parte de la vida emergente, la seguridad
ciudadana identifica a la contingencia como la base para manipular las
condiciones de emergencia. Es decir, la contingencia se extiende más allá de la
vida en sí, lo que coincide con lo que Brian Massumi (2015) llama la
onto-política: una inversión activa en la contingencia del futuro. Así,
PRONAPRED toma la posibilidad futura de la violencia y el crimen en el
presente, para hacerlo productivo ontológicamente.
Mientras los ciudadanos están
construidos en formas que corresponden con la vida de la especie (la población),
la anatomopolítica (el cuerpo) y la onto-política (las condiciones de
emergencia de la vida), los no-ciudadanos son puestos en una posición precaria
con el objetivo de ser excluidos. Regresando a la vida de la especie, si la
ciudadanía se conforma a partir de estadísticas vitales y su relación con el
riesgo, la población no-ciudadana es tratada como este objeto sujeto a la
vigilancia jerárquica, diseñada para regular su movimiento y limitar el peligro
que representan para la seguridad pública. Similarmente, a nivel
anatomopolítico, los ciudadanos se empoderan para gobernarse a sí mismos en
cuestión de seguridad, mientras que los no-ciudadanos son marginados en la
medida en la que su inclusión en programas de seguridad hace posible su
expulsión eventual de México. Y finalmente, a pesar de que las tecnologías
onto-políticas proyectan futuros peligrosos para ciudadanos y no-ciudadanos,
para los primeros esto permite la intervención en las condiciones de la vida,
mientras que para los segundos legitima su abandono. El capítulo concluye que
la seguridad ciudadana determina y exacerba la distinción
ciudadano/no-ciudadano, una distinción que puede significar la vida o la
muerte.
La seguridad
ciudadana en América Latina
América Latina puede ser considerada
como una región pionera en la aplicación de la seguridad ciudadana. A pesar de
que la seguridad ciudadana se originó en la España posfranquista durante la
reforma de sus servicios de seguridad, este concepto se desarrolló más
ampliamente en América Latina. Así, se renovaron los enfoques de seguridad
experimentados durante el autoritarismo y las doctrinas de seguridad nacional.
Distintos gobiernos dentro de la región implementaron la seguridad ciudadana
para reestructurar el aparato represivo del Estado, reestructurar la fuerza
policial y confrontar el legado de desconfianza en los sistemas jurídicos
(Gasper y Gómez, 2015: 107). Para finales de 1990, ambos, gobierno y
organizaciones no gubernamentales, utilizaron la seguridad ciudadana para
describir preocupaciones concernientes al mejoramiento de la seguridad pública.
El enfoque de seguridad se trasladó de amenazas, hacia regímenes de gobierno,
así como de los peligros planteados por la violencia incremental, hacia un
orden socio-político (Neild, 1999: 1). Como apunta Michelle Bonner (2014: 261),
la seguridad ciudadana se convirtió en un término sombrilla adoptado por
actores, tanto nacionales como internacionales, para reconciliar la seguridad
con la democracia. Hacia la primera década del siglo XXI, y observando de cerca
la duplicación de la tasa de homicidios en Latinoamérica –de 12.5 homicidios
por cada 100,000 residentes en 1980 a 22.8 en 2016 (Gagne, 2017)- la demanda de
mayor seguridad por la sociedad civil generó un sentido de urgencia por la
seguridad ciudadana.
El Programa de las Naciones Unidas para
el Desarrollo (PNUD) ha surgido como portavoz en este sentido. En una
publicación emblemática Seguridad Ciudadana con Rostro Humano, el PNUD
sitúa la seguridad ciudadana como “la
causa y consecuencia de los problemas de desarrollo, que enfrentan América
Latina y el Caribe”. Consistente con un marco de seguridad humana, el reporte
yuxtapone “el trabajo en la justicia y el orden público” con “medidas
preventivas como la generación de oportunidades de empleo y la promoción de la
inclusión social” (UNDP, 2013: III). El reporte plantea la primacía de la vida
humana sobre la seguridad del Estado y confirma un enfoque multidimensional al
posicionar la seguridad pública de la mano de “crecimiento económico, empleo,
salud, educación y desarrollo social” (UNDP, 2013: 13). Así también, el Banco
Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), promovieron medidas de
prevención. El segundo de los mencionados, realizó más de 130 programas en 24
países a través de América Latina desde los años noventa (Aguirre y Muggah,
2017; Frühling, 2012). Algunas de las medidas más prominentes implementadas
incluyen: Fica Vivo (Brasil) (Arias y Ungar, 2009), Plan Cuadrante (Colombia)
(Rincón Morera, 2018), Barrio Seguro (Dominican Republic) (Cunningham et al.,
2008), el Sistema Metropolitano de Seguridad Ciudadana (Ecuador) (Torres
Angarita, 2011), y negociaciones relacionadas con pandillismo en El Salvador
(Bruneau, 2014). En Perú, por ejemplo, las iniciativas de seguridad ciudadana reemplazaron
aquellas represivas políticas de mano dura, con énfasis en la prevención social
y el control, con el objeto de limitar la proliferación de la violencia
(Instituto de Defensa Legal, 2003). En cada instancia, la seguridad ciudadana
tiene el objeto de mitigar el impacto del crimen mediante el fortalecimiento de
las capacidades del Estado y alentar la activa participación ciudadana.
Perspectivas similares son evidentes en
México. Aunque múltiples gobiernos estatales y municipales reconocieron el concepto
de seguridad ciudadana a mediados de 1990 -muchos de ellos cambiaron el nombre
de Secretarías de Seguridad Pública a Secretarías de Seguridad Ciudadana-
nacionalmente, la seguridad ciudadana se volvió un tema prominente desde 2010
(Solórzano Peña y Contreras Acevedo, 2015: 859). En ese año, el presidente
Felipe Calderón implementó “Todos somos Juárez: Reconstruyamos la Ciudad”, para
reducir la violencia en Ciudad Juárez. Más recientemente, en 2014, el gobierno
de Enrique Peña Nieto estableció el “Reglamento de la Ley General para
Prevención Social de la Violencia y la Delincuencia”. El artículo 22 de dicho
reglamento está dedicado a la seguridad ciudadana del individuo, estableciendo
que: “La obligación de la seguridad ciudadana del Estado es garantizar la
seguridad del individuo, actuando en relación a las causas de la violencia, la
delincuencia y la inseguridad”.
La seguridad
ciudadana y la biopolítica
Un enfoque político de seguridad
ciudadana se sobrepone con el concepto de seguridad biopolítica. Michael
Foucault introduce esta perspectiva en sus ponencias: Hay que Defender la
Sociedad, Seguridad, Territorio, Población, así como El
Nacimiento de la Biopolítica y el primer volumen de La Historia de la
Sexualidad. Los intereses de Foucault fueron las racionalidades políticas y
las tecnologías del poder involucradas al regular la vida, ya sea entendidas
individualmente –a lo que llamará anatomopolítica - o a través de la población
– la vida de la especie. Regular a una población involucra poder controlar la
circulación de la vida y muerte -y sus elementos relacionados- dentro de un
determinado entorno y en este supuesto, decodificar el riesgo. Establecido en
un aparato de seguridad que se preocupa de crecientes circulaciones, las
probabilidades de la violencia y crimen son calculados estadísticamente
(Foucault, 2003: 246-7; 2007: 20-1). Si la población es administrada por esta
“ciencia de la seguridad” (O’Malley, 2010), entonces la vida individual se
coloca en lo que Michael Dillon llamaría (2015: 105) la ontología moderna
de la seguridad: ciudadanos surgiendo de la incertidumbre asociada por vivir en
medio (y previniendo) de violencia potencial. Con base en el riesgo, los
sujetos son atraídos gradualmente hacia el Estado, no mediante represión, sino
a través de un poder más productivo que instala capacidades de vida consistente
a las racionalidades sobre la prevención del crimen. Parafraseando a Foucault y
su enfoque anatomopolítica (2003: 30), el ciudadano es “uno de los primeros
efectos del poder”. Los ciudadanos ensamblarán información, materiales y
prácticas en conjunto, para generar estrategias que identifican y minimizan el
riesgo; estrategias que emanan y contribuyen a la gobernanza de la seguridad
(O’Malley, 2000: 465). Además, y más allá de la perspectiva sobre la población
y sujetos individuales, es evidente observar que hay un énfasis en las
condiciones necesarias para la vida –que más adelante llamaremos la
onto-política-. Esto no se refiere a la administración de la vida per se,
sino a una forma sutil de gobernar aquello que no ha acontecido, pero podría
suceder. Al operar mediante un registro preventivo, la seguridad ciudadana
excede a la biopolítica para decretar lo que Brian Massumi (2015) llama una
onto-política: una inversión activa en amenazas no especificadas, ni aparentes
aún, que, sin embargo, se mantiene efectiva en el presente para ser
ontológicamente productiva. La incertidumbre es secuestrada por la seguridad
ciudadana, convirtiéndose en una tecnología clave para moldear la forma en que
la vida se desarrollará.
La seguridad ciudadana se alquila
mediante esta administración de poblaciones (la vida de la especie) y por
sujetos individuales (anatomopolítica) en relación con el PRONAPRED. La primera
parte de éste detalla cómo la población es interpretada a través de la
acumulación de datos concernientes a patrones de crimen y asesinatos violentos.
La población se hace visible a través de ópticas relativas a la seguridad, así
el Estado percibe una imagen de la ciudadanía que proviene directamente de los
requisitos para la gobernanza de la seguridad. Bajo este supuesto, aquellas
poblaciones que no forman parte, que son consideradas como empíricamente
normales, se convierten en el objeto de atención a posteriori. Es aquí
donde la seguridad ciudadana tiene un enfoque en las poblaciones periféricas,
dirigidas por medio de intervenciones específicas que condicionan su
existencia. La segunda parte explora estas intervenciones, ya sea con módulos
de entrenamiento, cursos o proyectos de infraestructura dentro del PRONAPRED
que moldean a la ciudadanía. Sin embargo, más que un enfoque hacia la vida del
individuo, en concepto de seguridad ciudadana presta atención a las
condiciones por las cuales la vida emerge. Lo anterior se refiere a que la seguridad ciudadana no sólo
se enfoca en la vida inmediata, sino que opera dentro de un registro preventivo
en donde la probabilidad de crímenes obliga a futuras intervenciones en las
comunidades con el fin de condicionar el desarrollo de la vida.
PRONAPRED
como la vida de la especie: visibilizando a la población
El PRONAPRED fue diseñado e implementado
entre 2013 y 2016, generando un contraste interesante con la militarización que
caracterizó la administración previa de Felipe Calderón. Con el objetivo de dar
un giro a la forma en la que se atendía la seguridad, el PRONAPRED buscó
adoptar un enfoque social para reducir la violencia. Ésto queda claro al
retomar lo que el entrante Presidente Peña Nieto esclareció al tomar posesión:
la violencia y el crimen ‘no deben ser sólo combatidos con la fuerza. Es
esencial que el estado realice un esfuerzo colectivo para reconstruir el tejido
social’ (México Evalúa, 2014). El PRONAPRED se convirtió entonces en la pieza
clave para la adopción de un nuevo enfoque, basado en la prevención, para el
combate de la inseguridad. Este giro fue de tal relevancia, que incluso se le
introdujo dentro del Plan Nacional de Desarrollo 2013-2018,
planteando que se trabajaría en dos campos complementarios: la prevención
social de la violencia y la contención del crimen. Esta sección revela cómo la
construcción de la ciudadanía ocurre al basarse en datos empíricos a nivel
nacional. Este análisis del PRONAPRED proviene del documento ‘Anexo Único’,
específicamente para el caso de Tijuana. De acuerdo con este documento, queda
demostrado que el PRONAPRED se une en tres dimensiones: 1) la demarcación
de municipios prioritarios; 2) la construcción de polígonos en estos municipios
en relación al riesgo; y, 3) la aplicación de políticas para la prevención del
delito dentro de éstos polígonos. Es a través de estos primeros dos elementos
que la población se construye como un elemento numérico, compuesto por
estadísticas vitales y tasas de crimen y homicidio.
En el año 2013, el PRONAPRED dio inicio
con la selección de 57 demarcaciones para intervenciones de prioridad en todo
México, además de otros 43 casos que fueron clasificados como áreas secundarias
para acción. Mientras que la selección de estos 57 se llevó a cabo de acuerdo
con tres criterios (población, tasas de crimen, y territorio) no hay
información disponible acerca de la metodología y la lógica utilizada para
llevar a cabo esta delimitación. Lo que sí queda
claro es que la población terminó siendo visibilizada y caracterizada a partir
de un patrón estadístico y de la distribución de elementos relacionados con la
seguridad. En lugar de observaciones locales, o modelos desarrollados para el
caso particular de Tijuana, para el PRONAPRED, la seguridad ciudadana se
convierte en un tipo de racionalización inflexible que se fundamenta en datos
masivos. Sin embargo, en vez de convertir a toda la población en el objeto de
intervención, estos datos hacen posible la visibilización del riesgo en las
poblaciones que exceden la normalidad. Por exceder la media, la probabilidad de
que ciertas poblaciones sean afectadas por crimen se vuelve predecible. Ésto,
como un perfil inductivo que vuelve a todos los cuerpos dentro de estas
demarcaciones potencialmente vulnerables a la violencia.
Con base en estas medidas predictivas, Tijuana, además de los otros 56 municipios
seleccionados, se mapea y se identifican polígonos, que son las zonas más
riesgosas dentro de cada demarcación. Cabe destacar que los criterios de
selección de las demarcaciones permanecen opacos, lo que provoca que así
también sean los polígonos. Como resultado de esta falta de transparencia, se
entiende que dichas zonas son producto de una selección arbitraria, que influye
tanto la territorialidad de los polígonos como en la asignación de fondos para
cada uno. Un primer ejemplo de ello es que los documentos oficiales a menudo
fallan en la especificación de las comunidades que conforman los polígonos, y
en su lugar, crean mapas genéricos que carecen de coordenadas geográficas
claramente identificables. En Tijuana, el nombre de uno de sus dos polígonos se
identifica como 0200401_14; 02, que es el código del Estado (Baja California
Norte): 004 el código municipal (Tijuana); 01 el primer polígono de la
demarcación, y _14 el año (2014) para el que se crea el polígono. Segundo, esta
demarcación abstracta recibe fondos exclusivamente con base en las tasas de
población y homicidio. Cada demarcación recibe una suma fija que asciende al
50% de sus fondos totales (MXN$10,344,552.4 en 2016), y una adicional 25%
basado en la tasa de homicidios del año anterior, en contraste con la de otras
demarcaciones (MXN$36,143,391.7 correspondiente al 2015 por Tijuana). El 25%
restante basado en el tamaño de su población, también en proporción a la de
otras demarcaciones (MXN$16,693,139 cómo el 2010 para Tijuana).
En lugar de las marcas topográficas
locales, las epistemologías estadísticas priorizan enormes conjuntos de datos
desde los cuales los municipios se dividen y se vuelven a ensamblar en los
polígonos, para alinearse con los objetivos de la gobernanza de seguridad. Las
apreciaciones locales se descartan para dejar espacio a la aplicación de un
modelo utilizado que detecta patrones de crimen y violencia que poco tiene que
ver con las perspectivas locales. El mapeo preventivo del riesgo, en
consecuencia, generaliza por medio de unificar los términos de la seguridad
entre todos los habitantes de los polígonos seleccionados. Incluso las
diferencias sutiles, ya sea entre individuos o sus entornos, son minimizadas en
favor de la que supone ser una imagen de la población entera. En este sentido,
se extrajo desde este paradigma estadístico, la posibilidad de intervenir en
éstos polígonos. Intervenciones que se explorarán en la siguiente sección.
Antes de hablar de estas intervenciones,
hay que reconocer que la construcción de la ciudadanía va más allá de un marco
biopolítico; una diferencia que vislumbra la discriminación hacia los
no-ciudadanos. Típicamente, la población se da a conocer a través de una matriz
compleja de elementos relacionados con la contingencia de la vida de la
especie, en lugar de cuestiones de identidad (Dillon, 2015: 49). Sin embargo,
la seguridad ciudadana en Tijuana difiere en que se introduce una identidad
política: el ciudadano; una identidad que se convierte en la plataforma sobre
la cual se divide a las personas. Más aún, las técnicas que lo hacen visible
son diferentes. En contraste con las múltiples variables que constituyen a la
ciudadanía, los no-ciudadanos son tratados como un solo elemento: por ejemplo,
la Acción 2.4.1.1 del PRONAPRED titulada ‘Elaboración de estudios en materia de
violencia y delincuencia en migrantes’. Ésta, que es una de las dos acciones
dirigidas a los migrantes, identifica a los no-ciudadanos exclusivamente como
contribuyentes potenciales a la inseguridad.[1] La Acción propone además
una evaluación en forma de un documento diagnóstico que permita conocer la
situación en materia de violencia y delincuencia de los migrantes. Dicho
documento contempla lo siguiente: un ‘documental sobre la migración, La
migración en Tijuana, La migración en Tijuana y sus consecuencias, Correlación
entre migración, Adicción e indigencia y La migración y sus afectaciones
en materia de Seguridad Pública’. Es así que en lugar de construir una
población a través de varios elementos, plantea que ya existe un supuesto
previo sobre la identidad del migrante. Además, PRONAPRED entiende a los
migrantes exclusivamente en cuanto a su capacidad de contribuir a ‘la violencia
y la delincuencia’, en vez de propiedades reproductivas. El migrante no es
descifrado a través de características vitales, sino exclusivamente ‘con
respecto a la seguridad pública’. Si la ciudadanía emerge a través de las
capacidades de la vida dentro de un contexto de riesgo, el migrante adopta este
potencial para interrumpir la vida del ciudadano. Dicho crudamente, para los
no-ciudadanos, la vida no es más el objeto de interés de la gobernanza de
seguridad, sino más bien el potencial de la muerte.
Mientras ambas
categorías -ciudadanos y no-ciudadanos- están mapeadas por medio riesgo,
en el caso del segundo grupo, su riesgo permite la exclusión. El empleo de técnicas de vigilancia dirigidas por los mismos
ciudadanos, resulta en el reconocimiento de facetas predecibles de la
variabilidad humana, en relación a los datos empíricos de escala nacional. Es
entonces que el hacer visibles a los no-ciudadanos, requiere del uso de métodos
de vigilancia más estrictos. Específicamente, esta información corresponde al
movimiento de transmigrantes y la localización de residentes temporales en
espera de cruzar a Estados Unidos. La acción estipula la realización de un
diagnóstico con el cual ‘se recopilará información nacional e internacional, se
realizarán estudios de campo para medir el número de migrantes que entran de acuerdo
con las cifras oficiales y no oficiales; después, se analizará y procesará la
información para conocer con mayor exactitud el fenómeno migratorio y realizar
acciones que funcionen como un factor positivo’ en su resolución. En contraste
con el perfil estadístico de los ciudadanos, los no-ciudadanos son ubicados en
modelos jerárquicos de vigilancia que requieren del conocimiento de puntos de
entrada, salida y rutas transitables. Las redes de migrantes deben ser
conocidas para ser controladas, para así facilitar su partida. Siguiendo a
Peter Nyers (2003: 1069), las tecnologías de control (basadas en la jerarquía
de vigilancia) están ligadas a las estrategias de exclusión. La vigilancia
entonces se convierte en una base para la discriminación, irrumpiendo en la
población para inclusivamente excluir a los no-ciudadanos: la inclusión
excluyente. Los no-ciudadanos están incluidos en el PRONAPRED para ser
limitados. Como José Bengoa (2000: 53) puntualmente remarca, ‘el mapa de la
exclusión va de la mano con el mapa de la seguridad ciudadana’.
PRONAPRED
como anatomopolítica del cuerpo: capacidades de vida y potencialidades de
muerte
Un enfoque en el cuerpo complementa las
tecnologías de vigilancia para generar capacidades que mejoren la vida de los
ciudadanos. Por medio de PRONAPRED, estas intervenciones operan persiguiendo
tres objetivos: (1) ‘incrementar la corresponsabilidad con la ciudadanía y
actores sociales en la prevención social mediante su participación y desarrollo
de competencias’; (2) ‘Reducir la vulnerabilidad ante la violencia y la
delincuencia de las poblaciones de atención prioritaria’; y (3) ‘Generar
entornos que favorezcan la convivencia y seguridad ciudadana’. Como se
explicará, las diferentes acciones dentro de estos objetivos impulsan al individuo
a comportarse en maneras que se alinean con la razón del Estado. No obstante,
como se verá a continuación, para el no-ciudadano, el PRONAPRED no invierte en
sus capacidades vitales, sino que confirma su exclusión.
Para entender esta situación es necesario
hablar primero del ciudadano. En este caso, el primer objetivo de
‘corresponsabilidad’ es promovido a través de dos estrategias específicas. La
primera de ellas (1.2) es ‘Desarrollar competencias en la ciudadanía y en OSC
de cultura de paz, cultura de la legalidad y convivencia ciudadana’. Esta
estrategia tiene nueve acciones, siete de las cuales involucran establecer una
Cultura de Paz que implica un cambio en el comportamiento individual: la Acción
1.2.1.4, por ejemplo, plantea el intercambio de juguetes bélicos por juguetes
didácticos ‘para evitar actitudes de violencia entre los niños’. Otras acciones
promulgan medidas que promueven la participación por medio de una red difusa de
actores. Hay redes para la prevención de violencia entre los niños y
adolescentes que establecen relaciones entre las familias y las autoridades
locales (Acción 1.1.2.1), Redes Ciudadanas (1.1.1.5) y Comités de Comunidades
Vigilantes (1.1.3.3). En vez de reemplazar los enfoques de protección centrados
en el Estado, esta apreciación relacional los traslapa para promover una
seguridad ciudadana auto-organizada. El Programa crea vínculos entre una red de
actores y autoridades locales, los cuales modifican la conducta individual por
promover relaciones de afinidad e identificación que se alinean con la lógica
oficial.
El PRONAPRED también enfatiza la
responsabilidad personal para la seguridad. Los talleres que se centran en ‘la
prevención de conductas delictivas y de alto riesgo’ (Acción 1.1.4.1) promueven
una relación con uno mismo, basada exclusivamente en una conducta securitizada,
identificando el ‘entrenamiento de la ciudadanía’ dentro de la ‘prevención
social’ de la violencia. El individuo trabajará y se evaluará a sí mismo de
acuerdo con estos objetivos de seguridad, delimitando esa parte de sí mismo
contrariamente a la configuración securitizada y regulando su conducta a través
de cómo se compromete con la violencia. En las palabras de PRONAPRED,
reconocerá ‘la importancia de la prevención de las conductas delictivas, empezando
por los factores que se originan en el hogar hasta llegar a la comunidad’. Más
brevemente, los ciudadanos deben reconocerse a sí mismos dentro de esta lógica
oficial.
Otro caso sería la segunda estrategia
(1.2) - ‘Desarrollar competencias en la ciudadanía y en OSC de cultura de paz,
cultura de la legalidad y convivencia ciudadana’ - y su Acción 1.2.4.1: un
taller titulado ‘Campaña de la Cultura de la legalidad y la denuncia’. El
taller cuestiona a los participantes: ‘¿Por qué el estado de derecho es importante
en la sociedad?’ Su meta es educar al individuo en ‘normas y leyes de
conducta’, y también explica ‘¿Por qué el estado de derecho es importante en la
sociedad?’. Además propone una serie de preguntas con las que el ciudadano es
obligado a darse cuenta por sí mismo, respecto a la ley: ‘¿Por qué el
estado de derecho es violado?’ y ‘¿Por qué es importante para mi?’ La ley
provee el ‘medio’ a partir del cual el autogobierno de individuos autónomos se
conecta con los imperativos del Estado (Rose, 2001: 18). El resultado es un
ciudadano capaz de gobernar su propia conducta en pos del mantenimiento del
‘estado de derecho’. La perfección del individuo ahora asegura la perfección
del Estado.
Situada en un marco biopolítico, la
seguridad ciudadana se vuelve un punto de contacto donde las tecnologías de
vigilancia y modulación condicionan el surgimiento del ciudadano. Esa
intersección con la seguridad biopolítica no debería venir como sorpresas, pues
como Rose (2007: 24-25) nos recuerda, la ciudadanía está conformada por las
características vitales de la vida de la especie. El traslape entre las
tecnologías biopolíticas y las de la ciudadanía se hace visible, ya que el
ciudadano surge a través de la vigilancia y las políticas dirigidas al cuerpo.
El ciudadano - como la población objetivo de la seguridad biopolítica - es
menos un ente jurídico-político, y más un objeto tecno-político de
administración. El ciudadano se entiende entonces como un nodo dentro de una
serie de elementos que siempre se expanden, dentro de un contexto donde los
patrones de las constantes irregularidades son reconocidos, incluso en
accidentes (Foucault, 2007: 70, 74). Además, como la seguridad biopolítica, la
gobernanza del cuerpo asegura que el ciudadano se realice por medio de la adopción
de una ‘conducta apropiada’. Los talleres del PRONAPRED promueven el
auto-gobierno del ciudadano en términos securitizados: ya sea con una ‘Cultura
de Paz’ que ‘promoverá los valores, y acciones sociales’ (Acción 1.2.1.3),
talleres en ‘la prevención de conductas delictivas y de alto riesgo’ (Acción
1.1.4.1) o en una ‘Cultura de la legalidad y la denuncia’ (Acción
1.2.4.1). El gobernarse a uno mismo se convierte en este punto de interacción
continua entre el gobierno y la subjetividad.
Pero, ¿qué sucede con los no-ciudadanos?
Los migrantes no están incorporados dentro del proyecto de la ciudadanía, ni
están considerados dentro de los talleres que fomentan las capacidades
productivas de la vida. Más bien su situación puede analizarse, nuevamente, con
el tema de la inclusión excluyente. Por ejemplo, la Estrategia 2.4 estipula:
‘Promover la creación de mecanismos y acciones para prevenir la violencia y la
delincuencia en poblaciones migrantes’. A pesar de que la Acción (2.4.3.2)
plantea ‘Programas de inclusión de las personas migrantes a la comunidad’, en
la práctica es una manera de excluirlos. Esto define a los migrantes como una
‘población vulnerable’, de modo que les ofrece servicios sociales, pero
condicionados. Mientras que la Acción propone un tratamiento psicológico,
asistencia legal y servicios de salud, les exige su registro y regreso a su
lugar de origen. Los servicios sociales están disponibles para migrantes, pero
sólo bajo la condición de su salida eventual. Los no-ciudadanos son una
categoría diferente, quienes, si no son una amenaza para la población, son
desechables. Mientras que se admite la promoción de la responsabilidad de los
ciudadanos para sí mismos, aunada a su participación en redes particulares,
para los no-ciudadanos tanto la participación como la afiliación son negadas.
El PRONAPRED institucionaliza la
participación diferencial en donde se fomentan las capacidades de vida de los
ciudadanos, en contraste con los no-ciudadanos desechables. Las facultades de
la vida productiva de los migrantes son ignoradas, o reconocidas solo para ser
descartadas. Así, la seguridad ciudadana inserta políticas de identidad dentro
de la gobernanza de seguridad, estableciendo una división entre ciudadanos
activos y poblaciones abyectas. Si los polígonos territorializan a los
ciudadanos, también promulgan una topología de crueldad dentro de la cual los
migrantes son discriminados (Mbembe, 2003). Esta topología de crueldad
disciplina el movimiento de migrantes - sus puntos de entrada, salida y rutas
de tránsito - y permite el conocimiento de los mismos para que puedan ser
controlados y así facilitar su salida. En contraste con la biopolítica que
divide poblaciones con base en ‘aquellos que aprovechan la oportunidad de
mejora y aquellos que no lo hacen’, para la seguridad ciudadana ciertas
poblaciones ya están destinadas a ser dóciles (Dean, 2010: 158). Las
características fluctuantes de las categorías liminales en la seguridad
biopolítica se vuelven cada vez más rígidas para la seguridad ciudadana. En
resumen, puede no haber movimiento desde la desechabilidad necropolítica al
valor biopolítico, ya que su identidad como no-ciudadanos ya predispone a los
migrantes para la exclusión.
PRONAPRED
como onto-política: las condiciones necesarias para la vida y el abandono
Como ya se ha comentado, la seguridad
ciudadana es un punto de contacto en el cual la incertidumbre se desarrolla
ante un ciudadano emergente. Las epistemologías asociadas con la vigilancia de
la población sostienen talleres en los que el individuo surge a través de su
participación en la prevención del crimen. A continuación, se explora cómo la
seguridad ciudadana también interviene en las condiciones necesarias para la
vida. Esto no para eliminar la existencia de un enfoque biopolítico, sino para
reconocer cómo se remite a la vida futura. El eje no es la administración de la
vida en sí misma, sino una gobernanza frágil sobre lo que aún no ha sucedido,
pero podría suceder. La seguridad ciudadana opera en la formación de la vida.
Es decir, la contingencia de la vida futura es un sitio de intervención para
informar cómo se desarrolla la vida. Sin embargo, en el caso del no-ciudadano,
esta contingencia futura justifica aún más su expulsión. Si la incertidumbre
del riesgo futuro permite la inclusión del ciudadano, nuevamente facilita la
exclusión del no-ciudadano.
Comenzando por el traslape con la
biopolítica, las intervenciones de las que habló Foucault en Seguridad,
Territorio, Población, son evidentes en Tijuana. El tercer objetivo de
PRONAPRED - ‘generar entornos que favorezcan la convivencia’ - se refiere a
acciones que indudablemente corresponden con intervenciones vitales.
Parafraseando a Foucault (2007: 21), las intervenciones afectan a ‘una
multiplicidad de individuos que fundamental y esencialmente existen vinculados
biológicamente a la materialidad dentro de la cual viven’. La compleja
interconexión de los objetos y cuerpos relacionados es reconocida en la medida
en que se crean o rehabilitan espacios que permitan una existencia segura. Es
decir, la intervención se dirige a la materialidad en la que se encuentra el
sujeto, en vez de al sujeto en sí mismo. La Estrategia 3.2, por ejemplo, está
diseñada para ‘fomentar la apropiación de espacios públicos para fortalecer la
convivencia y la seguridad ciudadana’. Esta estrategia se divide en varias
acciones, que van desde la ‘rehabilitación de espacios deportivos’ (3.1.3.13)
hasta el ‘equipamiento de centros comunitarios’ (3.1.3.16) que buscan la
‘optimización de espacios para promover el desarrollo del arte, la cultura y el
deporte, con el objetivo de canalizar las preocupaciones de la población
artísticamente, reducir los conflictos y fortalecer el tejido social’. No es la
vida individual la que se interviene, sino la materialidad con la que está
conectada. Con el apropiamiento de espacios públicos, se establecen las
condiciones necesarias para que las comunidades pueden interactuar de forma
segura. La atención se desvía de la vida misma hacia las condiciones de la
vida, condiciones que ahora son objeto de la intervención.
Sin embargo, también estas acciones
superan las intervenciones típicamente asociadas con la biopolítica. Las
Acciones 3.1.3.13 y 3.1.3.16 se apropian de los espacios públicos. Sin embargo,
esta es una apreciación diferente del entorno entendido por Foucault en la
regulación de la vida de la especie. La intervención en el entorno es menos la
administración de circuitos de intercambio, y más la construcción de ambientes
particulares para generar la vida. Sí, en una clave biopolítica, tales acciones
reconocen la compleja interconexión que existe entre los objetos relacionados
con la seguridad. Sin embargo, la intervención en el entorno no regula la
circulación de elementos, sino que crea o rehabilita espacios de los que puede
derivarse una existencia segura y adecuada. La intervención ha cambiado de la
realidad de los elementos en un entorno hacia la generación de espacios más
propicios para la vida. En lugar de ‘trabajar dentro de la realidad de las
fluctuaciones entre abundancia/escasez... y no tratando de prevenir por
adelantado’, si hay un enfoque en la prevención por adelantado (Foucault, 2007:
37). El ‘prevenir por adelantado’ construye una nueva realidad o, en palabras
de la Acción 3.1.4.3, interviene ‘con el objetivo de crear condiciones y opciones
de vida libres de violencia’.
Además, construir esta nueva realidad
convierte la incertidumbre futura en la causalidad presente. De nuevo, esto es
similar a la biopolítica, pero con un cambio. En lugar de una ruptura del
objeto epistémico de seguridad biopolítica (contingencia), la seguridad
ciudadana lo ubica en un registro futuro para condicionar el presente. Es
decir, a diferencia de operar dentro de la realidad empírica de las
fluctuaciones en la población y concentrarse en los efectos de tales
circulaciones, el PRONAPRED enfatiza estos efectos para darles una fuerza
operativa. Anteriormente, los efectos que resultaban de la abundancia o escasez
de elementos particulares demarcaban posibles futuros: tasas de homicidios y
delincuencia más elevadas significaban la existencia de un polígono más
peligroso. Esto proyectó un futuro posible y luego permitió llevar a cabo una
acción en el presente. Donde PRONAPRED expande estos efectos, es que ahora sus
proyecciones futuras se basan no sólo en aproximaciones estadísticas de casos
pasados, sino también en eventos que aún no han sucedido. La necesidad de tomar
medidas preventivas surge debido a que la criminalidad podría continuar si no
se toman medidas inmediatas. En lugar de establecer una base empírica de
riesgos futuros, la gobernanza de seguridad proyecta escenarios peligrosos para
exigir la atención actual. La relación con el futuro no está sólo condicionada
por las posibilidades relacionadas con el pasado (estadísticamente apreciado),
sino también por las potencialidades que emanan de los futuros imaginarios
relacionados con el riesgo. Estos imaginarios operan menos en relación con el
entorno per se, y más a través de un proto-entorno: ambientes peligrosos
proyectados, que no existen, pero que de igual forma condicionan la gobernanza
de seguridad (Massumi, 2015: 39-40). Enfatizar estos efectos promueve ciertos
escenarios para que la proyección de un futuro incierto, modifique el
comportamiento del ciudadano en el presente.
Este registro preventivo ofrece una
nueva perspectiva onto-política para explorar PRONAPRED y la construcción del
ciudadano. Emblemáticas son la Estrategia 2.2: ‘orquestar acciones que
disminuyen los factores de riesgo en adolescentes y jóvenes que viven en
situaciones de violencia y riesgo’, y su Acción 2.2.4.5 que otorga ‘becas a
jóvenes en riesgo de abandono’. Sí, la Acción, en la medida en que opera dentro
del mapeo poligonal de Tijuana, se basa en aproximaciones estadísticas que
demarcan estas zonas como propensas a riesgos futuros. Sin embargo, también sus
medidas exceden las intervenciones ya elaboradas: condicionan la emergencia del
individuo en medio de la incertidumbre futura construida por PRONAPRED. La
Acción 2.2.4.5 comienza destacando la necesidad de realizar talleres y capacitaciones
‘en el marco del programa de prevención, [buscando] fortalecer el capital
social, reducir los factores de riesgo en estos adolescentes y jóvenes,
incentivando con ello el desarrollo de capacidades y la reducción de riesgo de
participar en actividades delictivas’. Este incentivo, así como la reducción de
los factores de riesgo y el fortalecimiento del capital social, sólo funcionan
mediante la proyección de futuros peligrosos (‘participar en actividades
delictivas’) si la intervención actual no se realizara. Se incorpora un imagen
del futuro por lo cual la vida en el presente toma una forma determinada basada
en esta violencia potencial. La seguridad ciudadana enfatiza un futuro
específico, anticipa lo que está por venir y prevé futuras amenazas, con el fin
de dar forma al surgimiento actual de ‘adolescentes y jóvenes’.
La seguridad ciudadana ejerce un poder
sobre el futuro. La gobernanza de seguridad limita la incertidumbre inherente
al futuro, al hacer que se desarrolle en un terreno ya establecido y congruente
con sus lógicas. Más que una simple incertidumbre, la seguridad ciudadana se
apropia de un futuro violento para fomentar un tipo particular de ontología. El
resultado es un traslape entre un futuro no vivido y un presente securitizado,
en el que la adaptación a las nuevas situaciones opera a través de un ‘discurso
del futuro’ oficialmente mediado (Schott, 2013: 213). Estas proyecciones de un
futuro inseguro, operan como una fuerza que objetiviza a los ciudadanos para
forjarlos dentro de imaginarios creados por el PRONAPRED.
Si la seguridad
ciudadana interviene en el surgimiento de los ciudadanos, para los
no-ciudadanos genera un caso de abandono. Como lo atestigua Marcelo Moriconi
Bezerra (2011: 619), los no-ciudadanos no están incluidos en las políticas
preventivas y sus vulnerabilidades nos son explotadas por la gobernanza de
seguridad. La incertidumbre futura no debe detenerse para fomentar
disposiciones que maximicen la vida en el presente, sino que, por el contrario,
los no-ciudadanos son abandonados a la precariedad.
Hasta ahora, los no ciudadanos han
estado sujetos a una intervención desigual. En ocasiones son liberados de
tecnologías disciplinarias y biopolíticas, pero también se ven atrapados
esporádicamente en ellas. Ya sean tecnologías de vigilancia que exigen un
control del movimiento, una disposición general promulgada mediante su
exclusión de estrategias que maximizan la vida, o, las consecuencias del
abandono que se analizarán a continuación, los no-ciudadanos terminan siendo marginados
por la seguridad ciudadana. Sin embargo, como se mencionó, esta es una
exclusión inclusiva, un término tomado de Giorgio Agamben. Parafraseando a
Agamben (1998: 109-10), la exclusión es lo que entrega al no-ciudadano al poder
estatal, lo que habilita una relación que presupone una no relación. Es decir,
el no-ciudadano, a través de su exclusión es ‘entregado a su propia separación
y, al mismo tiempo, entregado a la misericordia de quien lo abandona’. El
migrante es ‘a la vez excluido e incluido, eliminado y, al mismo tiempo,
capturado’. Esta exclusión inclusiva se ve reflejada en el tratamiento que
reciben los migrantes haitianos. Aunque los haitianos no son el objetivo del
PRONAPRED, su exclusión inclusiva sigue demostrando el lado oscuro de la seguridad
ciudadana: ya sea su construcción como amenaza, como excluible o, como se
explicará, cómo desechable basado en una política de futuro que proyecta un
porvenir de una manera que no merece atención inmediata.
Los migrantes haitianos comenzaron a
llegar en Tijuana en mayo de 2016 debido a dos factores principales. El primero
fue el deterioro económico en Brasil, combinado con los permisos de trabajo que
expiraron para los haitianos después de la Copa Mundial (2014) y los Juegos
Olímpicos (2016). El empleo ofrecido en Brasil fue un gesto humanitario
producto del terremoto de 2010 que azotó a Haití. Un gesto que fue replicado
por Estados Unidos con la provisión de visas humanitarias para aquellos que
huían de la devastación. En segundo lugar, y también producto del manejo de las
condiciones producidas por el desastre natural en Haití en 2016, los actos
humanitarios similares dejaron de ocurrir, lo que provocó un aumento del número
de migrantes en Tijuana. No solo los haitianos que se encontraban en Brasil viajaban
al norte para llegar a EE.UU., sino que las visas humanitarias que muchos
haitianos creyeron que les serían otorgadas después del huracán Matthew, no se
les proveyeron. Con resultado, se dejó a la gente varada en la frontera por
hasta cinco meses si buscaban una entrevista con U.S. Citizenship and
Immigration Services. A mitad del año 2016, 15,000 migrantes,
principalmente haitianos, cruzaron México para llegar a los EE.UU., y a finales
de 2016 el Instituto Nacional de Migración (INM) en México había registrado la
llegada de 19,328 migrantes en total (Ayala, 2017). Si bien la mayoría
eventualmente regresaría a su país de origen, aproximadamente 4,300 haitianos
permanecieron en Tijuana, y al final del año se distribuyeron en los 33
albergues de la ciudad.
El abandono al que fueron condenados los
migrantes no era un espacio concentrado y claramente delimitado. La
territorialidad de la exclusión en Tijuana no es análoga al campamento de
Agamben (1998: 168-169, 170-171) como una zona físicamente demarcada, sea
ghetto, campo de concentración o de refugiados, sino que es una zona de
excepción en la que la vida desechable es reproducida. Este tratamiento fue
notable incluso antes de que la carga de alojamiento de los 4.300 haitianos
recayera únicamente en los grupos de la sociedad civil. De hecho, el descuido
de los inmigrantes generó críticas a lo largo de 2016. Christopher Gascón,
representante de la Organización Internacional para las Migraciones, criticó a
los funcionarios y dijo que ‘la forma en que México maneje esto será un aspecto
preocupante’. Ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos se presentaron
quejas similares, denunciando que el gobierno federal estaba violando los
derechos de los migrantes al no ayudar en la crisis (Semple, 2017). Durante una
entrevista, Melba Adriana Olvera Rodríguez, de la Comisión Estatal de Derechos
Humanos, dejó en claro esta crítica (Entrevista 1): ‘En este momento, muchas
cosas se han salido de control, y en mi opinión, se ha debido principalmente a
que los tres niveles de gobierno no han prestado la debida atención al tema de
la migración’. Hablando en referencia al primer punto álgido, con llegadas el
26 de mayo de 2016, Olvera describió el abandono oficial, señalando
“Yo
me contacté con el delegado del INM, y me comunicó “no van a llegar, no se
preocupen, 400 han llegado en un mes, pero no llegarán este fin de semana”. Y
llegaron el fin de semana. Entonces, lo que tenía que hacer era pedir ayuda a los
albergues, pero ese fin de semana llamamos a las brigadas médicas del gobierno
estatal, a los hospitales para que preparasen los refugios, y como nadie
organizó una reunión para coordinar la ayuda humanitaria, nosotros la
convocamos”.
Lejos de habitar un campo de refugiados
en el que una política de excepción se compensa al menos con la provisión de
servicios básicos, el gobierno mexicano no pudo o no quiso ocuparse del
problema de los migrantes.
Preocupaciones sobre el rechazo oficial,
la incompetencia y la falta de preparación aumentaron con el paso del año y
llegaron a un punto crítico el 16 de Septiembre, con la entrada de 500
haitianos en una semana. Soraya Vázquez, portavoz para el Comité Estratégico de
Ayuda Humanitaria, expresó preocupaciones en cuanto a los fondos agotados y la
incapacidad de alojar a nuevos migrantes. Ella estimó que aproximadamente 4,000
migrantes haitianos fueron distribuidos en los 33 albergues, pero también
agregó: ‘En los albergues hay muchas carencias
tanto de infraestructura como de alimentación, no tienen qué comer’. Estando
los albergues no gubernamentales en un punto crítico, Vázquez procedió a hablar
de cómo la falta de reconocimiento oficial sólo contribuía a la condición
precaria de la vida migrante. ‘Es una situación muy complicada’, continuó,
‘porque como no tienen su situación de manera regular y tampoco pueden trabajar
para comprar comida, entonces cómo resolvemos el tema’ (Ayala, 2017). La
renuencia inicial a dar visas temporales de trabajo a los migrantes no sólo
agravó su precario estado, sino que también demostró la naturaleza transitiva
con la que se veía a los haitianos. En vez de promover sus vidas, o simplemente
dar alojamiento básico, la predisposición a su partida significó que durante su
estancia en Tijuana ellos tenían que sobrevivir por sí mismos. Este abandono
pondría a los no-ciudadanos en situaciones de vulnerabilidad extrema, por las
cuales los migrantes fueron excluidos del acceso a servicios médicos adecuados,
condiciones de alojamiento, y la comida necesaria. La futura incertidumbre en
cuanto a la existencia del migrante no sería explotada, pero sí sería la base
de su rechazo continuo. La expectativa de su partida justificó la falta de
atención con la que los haitianos fueron recibidos.
Si bien ésta es una visión limitada de
las dificultades enfrentadas por los migrantes haitianos, demuestra un segmento
de la población despojado de las protecciones ofrecidas a los ciudadanos.
Incluso los intentos de promover un asentamiento permanente revelan esta
precariedad. La construcción de 22 residencias llamadas ‘La Villa Haitiana’
repiten el abandono oficial y la peligrosa existencia de la no-ciudadanía.
Administradas por la iglesia de los Embajadores de Jesús, las residencias son
para las familias haitianas que permanecen en Tijuana. Sin embargo, su
ubicación a las afueras de la ciudad, con poco acceso al transporte público, es
una preocupación para los residentes. El olor, la basura, las llantas, los
animales de granja, el lodo producido por la lluvia y los desechos humanos,
contribuyen a la existencia de las malas condiciones de vida que 300 individuos
experimentan día a día (Cisneros, 2017; Martínez, 2017). Dicha negligencia
promueve su propia violencia, la cual contribuye a la precariedad en la que se
vive diariamente. Puede provocar que los crímenes contra los no-ciudadanos
no sean reportados (por miedo a ser excluidos al contactar y colaborar con las
autoridades); que las comunidades sean explotadas (los no-ciudadanos tienden a
no poseer documentación oficial); y que, a su vez, se mantengan las condiciones
de precariedad general. Bajo estas circunstancias, la negación oficial de la
existencia del sujeto se ejemplifica con el acceso limitado a salud, educación
y servicios legales. Nuevamente, si la politización del futuro fuera una
tecnología de seguridad ciudadana para intervenir actualmente en la vida de los
ciudadanos, en el caso de los no-ciudadanos, la predisposición a su futura
salida daría lugar a políticas que aumentarían su vulnerabilidad. Parafraseando
a João Biehl (2001: 140), los migrantes haitianos se mueven alrededor de un
mundo de alto riesgo y muerte, sin formar tampoco parte del mundo de los
fallecidos.
Conclusión
Se ha revelado una presencia conjunta de
vida y muerte que la seguridad ciudadana manifiesta a través de la división del
ciudadano/no-ciudadano. La seguridad ciudadana, en contraste con la seguridad
biopolítica, inserta una identidad política en la gobernanza de seguridad. Con
ésto separan a los cuerpos entre los que reciben atención para minimizar su
inseguridad y los que son abandonados al frente de ella. Al nivel de la vida de
la especie, la ciudadanía es entendida a través del análisis estadístico de
cualidades reproductivas y sus interconexiones con índices de riesgo, mientras
que el no-ciudadano se maneja como una variable única que se hace visible
exclusivamente en relación a la amenaza que representa para la seguridad
pública. A nivel de la anatomopolítica, la seguridad ciudadana institucionaliza
la responsabilidad personal de los ciudadanos y la eventual expulsión de los
no-ciudadanos; mientras a nivel onto-política, si bien la inestabilidad de vida
es productivamente utilizada por los ciudadanos, para los no-ciudadanos esta es
la condición por la cual son abandonados. La seguridad ciudadana activa la
administración de la vida o la muerte, dependiendo de la identidad política. La
vigilancia traza el fenómeno vital de la población y adquiere un carácter
discriminatorio (el migrante como amenaza); la participación en los talleres
promueve las capacidades de vida y facilita la segregación (el migrante como
excluido); y, el futuro prolifera para condicionar el presente o abandonarlo
(el migrante como desechable). La seguridad ciudadana, entonces, está tan
influenciada por la necropolítica, como por la biopolítica.
Nota sobre el autor
R. Guy Emerson es Doctor en Política y Relaciones Internacionales por la Universidad
Nacional Australiana. Actualmente, es profesor de tiempo completo en Relaciones
Internacionales en la Universidad de las Américas Puebla. Sus intereses
profesionales son critical security studies y su aplicación a América Latina. Y
sus temas de investigación se centran en la necropolítica y la construcción de
subjetividades securitizadas. Es autor del libro Necropolitics: Living Death in Mexico y recientemente, ha publicado
en Politics, Journal of International Relations & Development, y Latin American Perspectives.
Entrevista citada
1, Melba Adriana Olvera Rodríguez, President of State Commission
of Human Rights, State Commission of Human Rights, Tijuana, 10 October 2016.
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[1] Mientras el PRONAPRED no define con claridad
quién o en que momento se es considerado como ciudadano y no-ciudadano, en la
practica cualquier individuo que no cuente con residencia en México, sea
temporal o permanente, está visto como no-ciudadano