Migraciones, deportaciones, colonización y geopolítica durante las guerras dácicas de Trajano (101-106 d.C.)

DAVID SORIA MOLINA

Universidad de Murcia, España

Title: Migrations, Deportations, Colonization and Geopolitics during Trajan’s Dacian Wars (101 -106 AD)

Resumen: Las guerras dácicas de Trajano (101-106 d.C.) implicaron múltiples movimientos de población por parte de todos los contendientes, que afectaron al desarrollo y desenlace del conflicto, condicionando muchas de las decisiones de las potencias implicadas. Del mismo modo, la intensidad y escala de la conflagración, que se extendió a lo largo y ancho de la Europa danubiana y póntica, se saldó con cuantiosas pérdidas de población, consecuencia directa e indirecta de los enfrentamientos armados. Finalmente, el proceso de consolidación del poder romano en Dacia tras la conquista y sus particularidades supusieron la deportación y desplazamiento intencional de grupos de población nativa, migraciones hacia zonas libres de la ocupación romana y otros problemas de orden sociopolítico y demográfico resueltos por el Imperio romano mediante una colonización planificada del nuevo territorio y toda una serie de arreglos diplomáticos concluidos en 119 d.C. En este artículo abordamos, a través de las fuentes literarias, epigráficas, numismáticas, arqueológicas e iconográficas disponibles, estos procesos demográficos, las realidades derivadas de los mismos y sus consecuencias en el marco de las guerras dácicas de Trajano, procesos que condicionaron la situación geopolítica de la región y, por lo tanto, la futura configuración de la Europa del Este.

Palabras clave: Dacia, Guerras dácicas de Trajano, Sarmizegetusa Regia, Sármatas, Pueblos germánicos.

Abstract: The Trajanic Dacian Wars (101-106 AD) implied multiple expansionist population movements by all contestants, that affected the development and result of the conflict, conditioning many of the implied powers’ decisions. In the same way, the intensity and scale of a conflagration that spreaded throughout Danubian and Pontic Europe, finished with heavy population losses as a direct and indirect consequence of armed clashes. Finally, the consolidation of Roman power in Dacia after its conquest and its particularities supposed the deportation and intentional displacement of native population groups, migrations to zones free from Roman occupation and other sociopolitical and demographical problems solved by the Roman Empire through a planned colonization and the varied diplomatic agreements signed on 119 AD. In this essay we are going to deal, through literary, epigraphic, numismatic, archaeological and iconographical fonts, with this demographical processes, the actualities derived from them and its consequences in the framework of Trajan’s Dacian Wars, processes that conditioned the region’s geopolitics and, therefore, the future composition of Eastern Europe.

Keywords: Dacia, Trajan’s Dacian Wars, Sarmizegetusa Regia, Sarmatians, Germanic peoples.

Recibido: 2 de septiembre de 2020. Aceptado: 17 de septiembre de 2020.

Para citar este artículo/To cite this article: David Soria Molina, «Migraciones, deportaciones, colonización y geopolítica durante las guerras dácicas de Trajano (101-106 d.C.)», Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 6, No. 2, (2020), pp. 1-16. DOI: http://dx.doi.org/10.18847/1.12.1

Introducción

Todo conflicto armado, sea cual sea su naturaleza y causas, acaba implicando desplazamientos de población a diversas escalas y por diversos motivos: refugiados huyendo de las siempre terribles circunstancias de la vida en una zona de guerra, gentes intencionalmente desplazadas por invasores o por los triunfadores de un violento cambio de poder, migraciones de pueblos con fines expansionistas y hasta auténticos éxodos violentos de grupos completos en busca de una existencia mejor. Además, durante la Antigüedad, el carácter marcadamente difuso que, por lo general, separaba el ámbito civil del militar hacía también de los movimientos de los ejércitos en campaña auténticos movimientos de población directamente vinculados a la guerra.  

Las guerras dácicas de Trajano[1], que entre los años 101 y 106 d.C. culminaron un dilatado proceso de reajuste geopolítico en el espacio danubiano y dirimieron el pulso por la hegemonía regional entre el Imperio romano y el Estado dacio (véase mapa 1), no escaparon a esta cruel realidad histórica, conteniendo ejemplos claros de casi todas sus múltiples facetas. En el sangriento proceso de reimponer y consolidar la hegemonía romana en la Europa del Este, las guerras dácicas de Trajano contemplaron a gentes que abandonaron sus hogares escapando del horror del conflicto, grupos de población expulsados, deportados y/o forzosamente reubicados (en el marco del sistemático desmantelamiento del reino dacio y sus instituciones tras la conquista romana), migraciones de pueblos (como los bastarnos o los sármatas yácigos) en busca de nuevas tierras que ocupar y colonizar, así como, por supuesto, los consabidos movimientos de tropas por parte de ambos bandos, los cuales, en ciertos contextos, también supusieron auténticas migraciones agresivas.

Muchas de estas realidades fueron recogidas y documentadas intencionalmente o quedaron plasmadas en las fuentes escritas e iconográficas clásicas con diversos fines. Otras tantas pueden extraerse entre líneas y, sobre todo, a través de la información aportada por la investigación arqueológica moderna, permitiéndonos reconstruir con cierta precisión las realidades de un conflicto en el que los desplazamientos de población a consecuencia de la guerra constituyeron una de sus características más destacadas.

Durante la guerra: escapando del conflicto

Al describir la situación de la provincia romana de Dacia a comienzos del imperio de Adriano (117-138 d.C.), el historiador romano Eutropio recalcaba que esta había requerido una notable afluencia de colonos procedentes de otras partes del imperio, para suplir la acusada despoblación que sufría la región tras las dos breves pero intensísimas guerras dácicas de Trajano[2]. Aunque la situación del territorio dacio, tras la conquista romana, debe de atribuirse también a otras causas no menos relevantes (que abordaremos más adelante), el despoblamiento testimoniado por Eutropio y documentable también a través de la epigrafía y la arqueología[3], es fiel reflejo e ineludible consecuencia de uno de los fenómenos más comunes ligados a cualquier conflicto armado: la huida de población “civil” de aquellas zonas afectadas por los combates.

Ninguna de las fuentes literarias disponibles permite documentar de forma directa la partida en masa de grupos de población desde sus hogares en busca de un lugar seguro hasta que la guerra llegara a su fin, tuvieran o no la suerte de sobrevivir para emprender el retorno posteriormente. Sin embargo, sí que disponemos de testimonios iconográficos, especialmente en torno al regreso de refugiados a sus tierras de origen una vez acabado el conflicto, siendo los relieves de la Columna Trajana nuestra principal fuente de información en este sentido. En primer lugar, la Columna Trajana permite documentar la huida y/o evacuación de población dácica de las principales zonas de conflicto, especialmente durante la primera guerra dácica de Trajano (101-102 d.C.), al mostrar precisamente a estos mismos desplazados, hombres, mujeres y niños, regresando a casa acompañados por sus rebaños de ganado al término de esta primera conflagración (Escena LXXVI de la Columna Trajana; Depeyrot, 2008: 122; Lepper & Frere, 1988: 120 y 121; Pogorzelski, 2012: 91). Aunque no existen testimonios directos, podemos considerar que esta misma población civil procedió de una forma análoga al estallar la segunda guerra dácica (105-106 d.C.) y desencadenarse una nueva y definitiva invasión romana, realidad que puede vincularse a aquellas escenas que muestran al ejército dacio quemando poblaciones y fortificaciones antes de abandonarlas al enemigo (Escenas CXIX y CXXII de la Columna Trajana; Depeyrot, 2008: 186 y 187; Lepper & Frere, 1988: 168 y 169; Opreanu, 2006: 120; Pogorzelski, 2012: 122 y 123; Soria, 2016: 287; Stefan, 2005: 661; Zerbini, 2015: 66 y 67). Del mismo modo, la ocupación romana de una parte del territorio dacio tras la paz de 102 d.C. permite considerar que una porción importante de los desplazados dacios durante la primera guerra dácica no regresó a sus hogares[4].

La Columna Trajana, además, permite documentar una realidad mucho menos conocida: la de los grupos de población de las provincias romanas afectadas por la contienda, que se vieron obligados también a huir de sus hogares en diversas fases de las guerras dácicas, especialmente cuando el conflicto se trasladó a suelo romano con devastadoras consecuencias. Durante los meses de verano y otoño del año 101 d.C., el ejército dacio y sus aliados, sármatas roxolanos, bastarnos y fuerzas navales de las ciudades griegas de Tyras y Olbia, invadieron la provincia romana de Mesia Inferior, llegando al extremo de ocuparla en su mayor parte y haciéndose con el control de múltiples fortalezas y ciudades de diversa entidad en el proceso (Escenas XXXI-XXXII de la Columna Trajana; Plinio el Joven, Epist., X. 74. 1; Amiano Marcelino, XXXI. 5. 16; Ardevan y Zerbini, 2007: 25-26; Daicoviciu, 1984: 171-172; Jordanes, Get., XVIII. 101; Mangas, 2003: 156; Oltean, 2015: 103;Soria, 2016: 234-240; Stefan, 2005: 559-568; Zerbini, 2015: 49). Estos hechos provocaron sin duda el éxodo de aquella parte de la población civil que tuvo tiempo de escapar hacia áreas circundantes. Cuando el contraataque liderado por el emperador Trajano logró liberar las regiones ocupadas y expulsar a los invasores de regreso al norte del Danubio (Escenas CXI XXXIII-XLIV de la Columna Trajana; metopas I-VII, X-XXVII, XXXI, XXXV y XL-XLIII del Tropaeum Traiani;Amiano Marcelino, XXXI. 5. 16; Ardevan y Zerbini, 2007: 25 y 26; Daicoviciu, 1984: 171-173; Jordanes, Get., XVIII. 101; Oltean, 2015: 103-111; Soria, 2016: 241-247; Stefan, 2005: 559-568; Zerbini, 2015: 50-51), los refugiados que tuvieron la fortuna de no ser alcanzados por las fuerzas de la entente dácica durante la campaña pudieron iniciar el regreso a sus poblaciones de origen, siendo este el acontecimiento convenientemente mostrado al público por la Columna Trajana [5].

No fue, sin embargo, la única vez en que la población civil de las provincias romanas de Mesia Inferior y Superior se vio obligada a emprender precipitadamente la huida de sus hogares ante la inminencia de una temida ofensiva dácica. Tras décadas de conflictos entre la entente dácica y el Imperio romano, saldadas con varias invasiones dácicas (Ardevan y Zerbini, 2007: 19-20 y 25-26; Daicoviciu, 1984: 130-136, 160 y 170-178; Oltean, 2015: 34-36; Soria, 2016: 32-33, 192-199, 203-208 y 234-240; Stefan, 2005: 392-395; 399-424 y 559-568; Zerbini, 2015: 25, 29-35 y 49-51), los habitantes de las provincias romanas limítrofes debían de estar acostumbrados a escapar a lugares seguros a la más mínima señal de inseguridad procedente de la orilla opuesta del Danubio: cuando, al estallar la segunda guerra dácica, el soberano dacio, Decébalo, logró derrotar a las fuerzas romanas de ocupación y reconquistar buena parte del territorio perdido durante el conflicto precedente (Daicoviciu, 1984: 192; Soria, 2016: 277-281; Stefan, 2005: 648-658), el temor a que las armas dacias resonaran de nuevo sobre suelo romano empujó a las gentes inermes de Mesia y las regiones ocupadas a una nueva huida, siendo representadas en la Columna Trajana acogiendo y aclamando a un recién llegado Trajano como su salvador ante el infortunio [6].

Durante la guerra: migraciones, invasiones y ejércitos

Como hemos señalado al comienzo de nuestro estudio, durante la Antigüedad los espacios civil y militar se confundían frecuentemente. Esta era una realidad evidente para la mayor parte de los pueblos aliados del Estado dacio (véase mapa 1) durante los conflictos que lo enfrentaron al poder romano entre los años 69 y 106 d.C.[7] Los ejércitos de entidades preestatales, como las tribus y confederaciones germánicas, solían estar constituidos por levas de guerreros extraídos directamente de lo que hoy en día entendemos como “población civil”, organizados en torno a las mismas estructuras sociales que regían los restantes aspectos de sus vidas cotidianas y que, muchas veces, acudían a los campos de batalla acompañados por una parte de sus familiares “no combatientes” (Soria, 2016: 126-136; Todd, 2004: 28-43). Además, grupos seminómadas o medianamente sedentarizados, como los sármatas roxolanos o los bastarnos, solían materializar sus ansias expansionistas enviando periódicamente sus excedentes de población a invadir y ocupar nuevos espacios a costa de sus vecinos, incluidos los dominios del Imperio romano.

En el contexto de las guerras dácicas de Trajano, roxolanos y bastarnos, principales aliados del reino dacio, trataron una vez más de satisfacer sus propias ansias expansionistas para, en el marco de la prevista invasión dácica de Mesia Inferior del verano-otoño de 101 d.C., enviar en migración a una parte de su población para que ocupara todos los espacios que se pudieran conquistar por las armas[8]. De nuevo, son las fuentes iconográficas nuestra principal fuente de información al respecto: las escenas de la Columna Trajana (Escena XXXVIII de la Columna Trajana; Depeyrot, 2008: 64 y 65; Lepper & Frere, 1988: 85; Pogorzelski, 2012: 58) y las metopas del Tropaeum Traiani (Metopas IX, XXXV y XL-XLIII del Tropaeum Traiani; Alexandrescu-Vianu, 2006: 212-215) muestran a las fuerzas roxolanas y bastarnas acompañadas por carromatos cargados con sus bienes y, sobre todo, con las familias de los combatientes, evidenciando una migración expansionista en toda regla a costa de las poblaciones locales. La derrota de las fuerzas de la entente dácica en las batallas de Nicopolis ad Istrum y Tropaeum Traini supusieron el fracaso no solo de las pretensiones territoriales de Dacia sobre suelo romano, sino el fin de las ambiciones roxolanas y bastarnas sobre estos mismos espacios (Escenas XXXIII-XLIV de la Columna Trajana; Metopas I-VII, X-XXVII, XXXI, XXXV y XL-XLIII del Tropaeum Traiani;Amiano Marcelino, XXXI. 5. 16; Alexandrescu-Vianu, 2006: 212-215; Ardevan & Zerbini, 2007: 25-26; Daicoviciu, 1984: 171-173; Jordanes, Get., XVIII. 101; Oltean, 2015: 103-111;Soria, 2016: 241-247; Stefan, 2005: 559-568; Zerbini, 2015: 50-51) y un trágico destino para las poblaciones implicadas en este movimiento migratorio: tanto la Columna como el Tropaeum muestran sin pudor la masacre indiscriminada de mujeres y niños a manos de las tropas romanas entre los carromatos de los indefensos campamentos enemigos (Escena XXXVIII de la Columna Trajana; metopa XXXV del Tropaeum Traiani).

No solo las fuerzas de los aliados germánicos y sármatas del Estado dacio solían ir acompañadas por grupos de población “civil” de diversa entidad: bien conocida es la tendencia del ejército romano a arrastrar consigo a un variopinto grupo de no combatientes, desde las familias ilegítimas de los propios soldados, pasando por comerciantes de toda clase, hasta meros grupos de oportunistas a la espera de beneficiarse de la presencia de las tropas y/o de las consecuencias del conflicto[9]. El ejército dacio, formado por ciudadanos-soldados y pequeñas secciones más o menos profesionalizadas, no debía de escapar en absoluto a esta realidad, por lo que sus contingentes en movimiento también hubieron de desplazar consigo a toda clase de grupos de civiles[10]. Estas poblaciones, que acompañaban a las fuerzas armadas en la mayor parte de sus movimientos, solían constituir (al menos en el caso del ejército romano altoimperial) la primera fuente de colonos para los territorios ocupados junto a los veteranos licenciados, por lo que, en buena medida, tanto ellas como el personal militar suponían desplazamientos de población (potenciales o reales) en sí mismos, directamente vinculados a un conflicto armado, dependiendo siempre, por supuesto, de la suerte de las armas de cada bando en la batalla.

En el caso de las guerras dácicas de Trajano, la derrota total sufrida finalmente por el Estado dacio (que se saldó con su destrucción y sistemático desmantelamiento, como veremos), impidió que los grupos de seguidores de sus fuerzas armadas acabaran por constituir la vanguardia de la ocupación de parte del territorio romano o de sus aliados. El triunfo romano, por contra, supuso el primer paso de la colonización de la nueva provincia romana por parte de los vencedores, inaugurada con la consabida instalación de plazas fuertes y otros asentamientos castrenses en diversos espacios del reino dacio tras los años 102 y 106 d.C., proceso cuyo desarrollo y principales consecuencias expondremos más adelante.

Tras la guerra: prisioneros, expulsiones, movimientos y deportaciones

Uno de los colectivos desplazados más importantes, antes incluso del final de la contienda, fue el de los prisioneros de guerra tomados en ambos bandos. En el año 89 d.C. el tratado de paz suscrito entre los beligerantes al finalizar la guerra dácica de Domiciano (85-89 d.C.) especificaba que el Estado dacio había de devolver todos los prisioneros hechos durante el conflicto (Casio Dión, LXVII. 7. 2; Soria, 2016: 200; Stefan, 2005: 432; Zerbini, 2015: 24).  Aunque las fuentes disponibles no mencionan la devolución de prisioneros entre las condiciones impuestas a los dacios y sus aliados tras la victoria romana en la primera guerra dácica de Trajano, sabemos que la entente dácica había tomado cautivos romanos durante la guerra[11], por lo que resulta lógico que su repatriación constara entre las imposiciones romanas. Conocemos con cierto detalle, incluso, la particular y accidentada historia de uno de estos prisioneros, Calídromo, esclavo del legado de Mesia Inferior M. Laberio Máximo, capturado por los sármatas roxolanos durante la invasión dácica de esta provincia en 101 d.C. Calídromo fue entregado a Decébalo por parte de sus aliados y, una vez acabada la guerra, enviado como un obsequio más al soberano parto, Pacoro II, por parte de la embajada dácica a cargo de negociar una alianza con Partia que nunca llegó a materializarse. Calídromo logró escapar del Imperio parto y regresar al Oriente romano para, finalmente, ser capturado e identificado por Plinio el Joven en 112 d.C. (Plinio el Joven, Epist., X. 74. 1; Ardevan y Zerbini, 2007: 25 y 29; Carbó, 2007: 291-304; Bennett, 1997: 96; Daicoviciu, 1984: 173 y 174; Mangas, 2003: 163; Opreanu, 2006: 115; Soria, 2016: 70 y 71; Stefan, 2005: 526 y 560; Zerbini, 2015: 50, 59 y 60). Más allá de la prolongada epopeya vivida por el protagonista de esta historia, estos hechos evidencian que no todos los prisioneros romanos fueron devueltos (o ni tan siquiera reclamados) durante los años de paz entre las dos guerras dácicas de Trajano y que, además, una parte de ellos sirvieron como moneda de cambio y/o fueron comercializados con diversos fines por sus captores.

La derrota del Estado dacio en la primera guerra dácica de Trajano y su conquista tras la segunda guerra dácica (véase mapa 2), sin embargo, pusieron en manos del poder romano la mayor parte de los prisioneros hechos durante las dos guerras. Son las fuentes iconográficas disponibles, una vez más, las que aportan la mayor parte de detalles en este sentido, haciendo ostentación de los cautivos hechos por las fuerzas romanas durante el desarrollo de las operaciones: son múltiples las escenas de la Columna Trajana las que muestran a dacios de toda condición recluidos en lo que parecen ser auténticos campos de prisioneros (Escena XLIII de la Columna Trajana; Depeyrot, 2008: 74; Lepper & Frere, 1988: 89 y 90; Pogorzelski, 2012: 65 y 66), a soldados romanos trasladando a cautivos hasta sus líneas (Escenas XVIII, XL, LXVIII, CXLVI, CXLVIII-CLII de la Columna Trajana; Depeyrot, 2008: 33, 69, 110, 111 y 217-223; Lepper & Frere, 1988: 66, 88, 89, 108, 176, 177, 180 y 182; Pogorzelski, 2012: 44, 59, 85 y 136-139) o, incluso, tropas romanas tomando prisioneros en pleno combate, durante los coletazos finales de la segunda guerra dácica (Escena XCV de la Columna Trajana; Depeyrot, 2008: 148; Lepper & Frere, 1988: 143-145; Pogorzelski, 2012: 104); las metopas del Tropaeum Traiani abundan también en representaciones de prisioneros dacios, roxolanos y bastarnos [12]; finalmente, el impresionante conjunto del Foro de Trajano estuvo coronado originalmente por gran número de esculturas de bulto redondo de prisioneros dacios, tanto aristócratas (los llamados pileati) como gentes del común (los llamados comati)[13].

Los desertores y tránsfugas atrajeron especialmente la atención de los historiadores clásicos de las guerras dácicas, en particular aquellos que, procedentes de las filas del ejército romano, acabaron engrosando el ejército dacio (Casio Dión, LXVII. 7. 4 y LXVIII. 9. 5-6, 10. 3 y 11. 3). Enrolados como unidades de mercenarios, instructores o asesores militares de todo tipo, estos desertores[14] fueron reclamados por el Imperio romano al Estado dacio en todos los tratados de paz y, probablemente, nunca repatriados totalmente hasta la victoria final romana en 106 d.C. (Ardevan y Zerbini, 2007: 26; Casio Dión, LXVIII. 9. 6; Soria, 2016: 262; Stefan, 2005: 624; Zerbini, 2015: 52). Aunque inicialmente no se les puede considerar desplazados forzosos, los desertores se trasladaron de un bando a otro por razones directa o indirectamente vinculadas a la guerra y, en el momento de su repatriación o captura, pasaron a convertirse en auténticos deportados, víctimas de un infausto, vengativo y ejemplarizante destino a manos de las autoridades de sus lugares de origen.

A diferencia de lo sucedido en otros espacios conquistados y ocupados por el Estado romano a lo largo de la historia del periodo altoimperial, la romanización de Dacia no se sustentó sobre la instrumentalización y asimilación de las élites nativas dácicas, ni sobre la ocupación y refundación del tejido urbano y protourbano dacio preexistente[15]. La aristocracia político-religiosa dácica constituyó una parte esencial de las instituciones y mecanismos del Estado dacio, encontrándose, además, estrechamente identificada con los fundamentos ideológico-religiosos del mismo[16]. En consecuencia, cuando el Estado dacio fue desarticulado la aristocracia dácica hubo de ser destruida con él (Ardevan y Zerbini, 2007: 43-47; Bennett, 1997: 173-176; Carbó, 2010: 275-290; Ellis, 1998: 228-230; Soria, 2016: 292-294; 2017: 342-246; Stefan, 2005: 667; Zerbini, 2015: 69 y 95-97). Los elementos supervivientes de la élite rectora del reino dacio, por razones de índole religiosa e ideológica, no resultaban útiles para constituir pilares sobre los que impulsar la construcción de una nueva sociedad daco-romana, por lo que hubieron de ser neutralizados, desplazados o eliminados. Los elementos restantes de población nativa dácica, cuya demografía se había visto duramente castigada a causa de los sangrientos y duros conflictos que habían sido necesarios para ejecutar la conquista romana de Dacia, quedaron recluidos fundamentalmente en los espacios rurales, apartados de la vida urbana (y, por lo tanto, de los centros que impulsarían la nueva realidad socio-política de la provincia) o se vieron obligados a emigrar hacia los espacios de Dacia que quedaran fuera de la nueva provincia romana (véase mapa 2)[17].

Del mismo modo que la sociedad indígena fue convenientemente depurada y desplazada por parte del poder romano, durante el proceso de ocupación y consolidación de la provincia, los asentamientos, ciudades y centros protourbanos prerromanos fueron completamente abandonados tras la conquista. En este sentido, el tejido urbano de la Dacia romana habría de ser levantado ex novo por completo, evitando sistemáticamente superponerse o situarse en las proximidades de anteriores asentamientos dácicos. Igualmente, en ningún caso las nuevas fundaciones romanas implicaron la continuidad de ninguna ciudad o centro protourbano dacio preexistente[18].

La religión y la cultura prerromanas, tal y como habían estado configuradas en el Estado dacio, tampoco sobrevivieron a la conquista romana: no existen testimonios de ninguna clase que permitan al investigador moderno considerar la pervivencia de elementos religiosos o ideológicos propios de la Dacia prerromana tras las guerras dácicas de Trajano (Carbó, 2010: 289-290).

Estas tres circunstancias se encuentran estrechamente interrelacionadas y partieron, además, de una misma premisa: el desmantelamiento del Estado dacio por parte del poder romano como parte ineludible del proceso de ocupación y puesta en marcha de la romanización de Dacia (Ardevan y Zerbini, 2007: 43-47; Bennett, 1997: 173-176; Carbó, 2010: 275-290; Oltean, 2007: 55; Soria, 2016: 293-295; 2017: 342-246; Stefan, 2005: 667; Zerbini, 2015: 69 y 95-97). Al igual que la aristocracia político-religiosa del Estado dacio hubo de desaparecer con él, la estrecha relación entre la religión, la ideología estatal dácica y los grupos de poder que la instrumentalizaron y defendieron respectivamente obligaron a las autoridades romanas a desarticularla también (Critón, Get. (FGrHist, II: 932, fragmento 5); Casio Dión, LXVIII. 8. 3; Jordanes, Get., V. 40, XI. 71 y XIII ). Por su parte, las ciudades y ciudadelas del reino dacio habían constituido los centros del poder político y religioso del antiguo Estado dacio y, por lo tanto, uno de los mayores símbolos de su poder y de la expresión del mismo. En tales circunstancias, el poder romano no podía permitirse la continuidad de ningún asentamiento susceptible de poder ser un recordatorio de la existencia del reino dacio y, por lo tanto, de acabar convirtiéndose en foco de resistencia contra el Imperio (Bennett, 1997: 170; Carbó, 2010: 278-281; Soria, 2016: 292-294; Zerbini, 2015: 95-96). Sarmizegetusa Regia y su desmantelamiento constituyen el principal ejemplo de este proceso: como sede del Estado dacio, de su poder, así como de su religión, la ciudad fue arrasada y sus ruinas puestas bajo la supervisión de una guarnición romana permanente (Ardevan y Zerbini, 2007: 44; Soria, 2016: 293; 2017: 245; Stefan, 2005: 101-111, 331-355 y 667; Zerbini, 2015: 95-96). Los restantes centros urbanos o protourbanos dacios, aunque no sufrieron un destino de similar rigor, fueron despoblados y abandonados, sus élites rectoras aniquiladas y la población nativa superviviente, despojada de cualquier referente sobre el pasado, debidamente relegada al mundo rural.

Tras la guerra: ocupación y colonización de la Dacia romana

Las consecuencias directas de la destrucción del Estado dacio y sus instituciones, de la gestión del territorio y su población de cara a facilitar la ocupación romana, sumadas a las propias de dos breves pero intensas guerras a gran escala, dejaron a Dacia con una demografía seriamente mermada[19] y carente del tejido urbano necesario para la puesta en marcha de una provincia romana. En este sentido, el poder romano sentó los primeros cimientos de la colonización de Dacia ya en el año 102 d.C. partiendo de buena parte de las plazas fuertes y campamentos militares empleados por el ejército durante la contienda. Desde 106 d.C. este proceso se intensificó y amplió significativamente, estimulándose una inmigración masiva de población romana procedente de otras provincias, inaugurado primeramente con el asentamiento en la provincia de buena parte de los veteranos procedentes del mismo ejército que había servido para conquistar y ocupar el territorio[20].

Hacia 110 d.C. la que sería la capital de la Dacia romana (véase mapas 2 y 3), Colonia Ulpia Traiana Sarmizegetusa fue oficialmente fundada precisamente a partir de uno de los mayores campamentos fortificados romanos de la contienda[21]. La elección de su nombre pretendía convertirla, además, no sólo en un adecuado reemplazo de Sarmizegetusa Regia, sino también en un elemento de legitimación del nuevo poder romano dirigido a la población indígena. Otros múltiples centros urbanos, muchos también erigidos en torno a fortalezas del ejército, la siguieron, como Tibiscum, Porolissum, Apulum, Romula Malva, Napoca o Micia[22]. Su distribución en el territorio, sin embargo, no obedeció a prioridades demográficas, es decir, a cubrir los vacíos dejados por las comunidades indígenas, sino a impulsar la explotación de los abundantes recursos naturales (principalmente minerales) de Dacia, así como a facilitar el transporte del mismo y el control de rutas comerciales estratégicas (Carbó, 2010: 284).

La afluencia de colonos romanos a la joven provincia de Dacia no solo sirvió para empezar a llenar el vacío dejado por la población que había perecido durante el conflicto, que había huido para no volver o que había sido deportada: cuando la crítica situación de Dacia en el año 117 d.C. llevó al nuevo emperador Adriano a plantearse su completa evacuación y abandono, esta iniciativa fue finalmente descartada dada la notable presencia de población romana en la región, la cual habría quedado abocada a una crítica situación de desamparo en caso contrario. En este sentido, si podemos dar crédito a los testimonios literario greco-romanos, podríamos afirmar que la supervivencia de la provincia de Dacia como tal descansó en muchos sentidos sobre un último y significativo movimiento de población a consecuencia de la guerra: la de los colonos que acudieron a ella con el retorno de la paz[23].

La consolidación definitiva de la presencia romana al norte del Danubio a largo plazo no fue conseguida tan solo mediante el esfuerzo bélico. Tras imponerse en el campo de batalla entre los años 117 y 119 d.C., el emperador Adriano reestructuró por completo el territorio adquirido por Roma en la región durante las guerras dácicas de Trajano, tanto a nivel interior como exterior (véase mapa 3). En este sentido, los cambios más importantes radicaron en la evacuación y cesión de una parte de los dominios de la Dacia romana, satisfaciendo las reclamaciones de antiguos aliados soliviantados como los sármatas yácigos, o de viejos enemigos como los sármatas roxolanos[24]. Estas concesiones, que implicaron tanto el fin del casus belli enarbolado por estos pueblos, como una racionalización y optimización de la presencia territorial romana y su gestión, significaron un último movimiento de población consecuencia de las guerras dácicas: el retorno o la llegada ex novo de colonos de las entidades beneficiarias a las áreas cedidas o abandonadas por el poder romano, sin que sepamos exactamente qué fue de las poblaciones dácicas nativas que pudieran haber quedado en las mismas.

Conclusiones

Algunas de las consecuencias más significativas de los movimientos de población vinculados a las guerras dácicas de Trajano son palpables todavía en la actualidad. La desaparición, desplazamiento y exterminio intencional de la mayor parte de las élites políticas, religiosas y culturales del Estado dacio, unidas al desarraigo de la población nativa superviviente, provocaron la disolución de la cultura geto-dacica, absorbida por sus contemporáneas, lenta pero inexorablemente, hasta su desaparición como tal. El vacío que dejó fue llenado por una poderosa e incontestada dosis de latinidad traída en su bagaje por los colonos romanos, cuyo impacto sobrevivió a la caída y evacuación de la provincia en la segunda mitad del s. III d.C. y a la afluencia de oleadas sucesivas de nuevos pobladores en la región, hasta el punto de que sus modernos habitantes, los rumanos, son un pueblo eslavo parlante de una lengua incontestadamente latina que, además, tienen por gentilicio un consciente y orgulloso recuerdo de la presencia romana en la zona, paradógicamente, la más breve de toda la historia del Imperio romano en Europa.

Esta realidad es, como hemos visto, hija indiscutida de los desplazamientos de población de toda clase y categoría vividos por la Europa danubiana durante las guerras dácicas de Trajano, los conflictos que las precedieron y sus consecuencias inmediatas. Como en cualquier contienda de la Antigüedad y de cualquier periodo histórico, grupos de población abandonaron sus lugares de origen por unos u otros motivos, muchas veces no excluyentes entre sí, por su propia voluntad o empujados por otros, por miedo a la guerra o con objetivos predatorios y, casi siempre, en busca de una vida mejor (aún a costa de cualquiera que se interpusiese en su camino). Estos movimientos entretejieron el futuro de los territorios a los que afectaron, transformándolos irremediablemente de cara a una nueva etapa en su historia, hasta el punto de sellar su destino tan a largo plazo como para que sus consecuencias sean muy palpables todavía en la actualidad.

Mapas

Mapa 1:El Imperio romano, el Estado dacio y sus respectivos socios, clientes y aliados en vísperas de la primera guerra dácica de Trajano (101-102 d. C.)  
Mapa 2: Situación del limes danubiano tras la segunda guerra dácica de Trajano (105-106 d. C.)
Mapa 3: El limes danubiano al término de las reformas de Adriano (119 d. C.)

Nota sobre el autor:

David Soria Molina es doctor en Historia Antigua por la Universidad de Murcia. Su campo de investigación tiene por objeto el estudio de la Historia político-militar del Imperio romano y sociedades contemporáneas al mismo. Actualmente sus investigaciones se centran en las dinámicas geopolíticas, estratégicas y de conflicto en el limes danubiano y sus espacios colindantes a lo largo del Alto Imperio romano, en el marco de las cuales es autor del libro Bellum Dacicum. Geopolítica, estrategia y conflicto en el Danubio bajo Domiciano y Trajano (85-106 d.C.) (2016), así como de diversos artículos. Correo electrónico: davidparmenio@yahoo.es

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[1] Para una perspectiva actualizada y pormenorizada sobre las guerras dácicas de Trajano véase principalmente: Ardevan y Zerbini, 2007: 23-33; Bennett, 1997: 87-105; Blázquez, 2005: 19-55 y 2003: 110-113; Carbó, 2010: 275-292; Daicoviciu, 1984: 159-202; Oltean, 2015: 70-136; Opreanu, 2006: 115-120; Soria, 2016: 187-312; Stefan, 2005: 505-693; Wheeler, 2011: 191-219; Wheeler, 2010: 1185-1227; Zerbini, 2015: 45-74.

[2]Idem de Dacia facere conatum amici deterruerunt, ne multi ciues Romani barbaris traderentur, propterea quia Traianus uicta Dacia ex toto orbe Romano infinitas eo copias hominum transtulerat ad agros et urbes colendas. Dacia enim diuturno bello Decibali uiris fuerat exhausta.” (Eutropio, VIII. 6. 2).

[3] En efecto, entre otros factores, la epigrafía y la arqueología permiten constatar la total ausencia de la aristocracia nativa dacia (y de buena parte del resto de la población) de todo registro epigráfico, la inexistencia de cualquier clase de pervivencia o de referencia a cultos prerromanos, así como de civitates nativas propiamente dichas, pues ningún asentamiento prerromano tuvo continuidad tras la conquista, manifestación todo ello de una acusada despoblación a consecuencia de la guerra y de los procesos que tuvieron lugar inmediatamente después, como se verá más adelante (Ardevan y Zerbini, 2007: 43-47; Carbó, 2010: 280-282 y 285-290; Glodariu, 2006: 118 y 119; Oltean, 2007: 55; Soria, 2016: 292-294; 2017: 342-346; Stefan, 2005: 101-111, 331-355 y 667; Zerbini, 2015: 69 y 95-97).

[4] Esta es la hipótesis alternativa ofrecida por Lepper y Frere sobre la escena LXXVI de la Columna Trajana, planteando la posibilidad de que la población civil allí representada no fueran en realidad refugiados regresando a sus hogares, sino desplazados procedentes de las zonas ocupadas por el ejército romano al término de la primera guerra dacia (1988: 120). Sobre la ocupación romana de parte del territorio dacio mediante la paz de 102 d. C., véase: Ardevan y Zerbini, 2007: 26-28; Bennett, 1997: 97 y 98; Casio Dión, LXVIII. 9. 6; Daicoviciu, 1984: 184; Oltean, 2015: 136; Opreanu, 2000: 396-401; 2006: 118 y 119; Soria, 2016: 262; Stefan, 2005: 624-633, 639 y 640; Zerbini, 2015: 53.

[5] Escena XXXIX de la Columna Trajana (Lepper & Frere, 1988: 88; Pogorzelski, 2012: 91). No obstante, Depeyrot propone una interpretación alternativa donde los personajes representados en la escena acudiendo ante el emperador Trajano no son sino nobles y civiles dacios capitulando (2008: 122). Desde nuestro particular punto de vista, dicha interpretación resulta improbable, teniendo en cuenta que en ninguna otra escena de la Columna se representa a los dacios o a sus aliados capitulando acompañados por mujeres y niños. Resulta mucho más razonable, siguiendo el criterio predominante en la historiografía más reciente, que los civiles representados en esta escena sean habitantes de Mesia refugiados regresando a sus hogares tras los combates habidos en la región. Este aspecto, además, concordaría con la finalidad laudatoria del monumento, presentando a Trajano como benefactor, salvador y protector de las poblaciones bárbaras ubicadas bajo el poder romano.

[6] Escenas LXXXIX-XCI de la Columna Trajana. Sin dejar de considerar total o parcialmente la propuesta aquí planteada, Lepper y Frere (1988: 137-139) y, en menor medida, Depeyrot (2008: 137-141) y Pogorzelski (2012: 100-102), han propuesto también que los civiles bárbaros esculpidos en esas escenas sean, dado su aspecto, dacios sometidos al poder romano durante la contienda precedente y que, por tanto, las imágenes estén representando en realidad a Trajano siendo aclamado por poblaciones recientemente conquistadas en suelo dacio. Sin embargo, la inmediata proximidad de la escena que representa el desembarco de Trajano en la costa del Adriático procedente de Italia (escenas LXXX-LXXXVIII), siendo recibido por las autoridades locales, así como la situación posterior de las escenas correspondientes a un sacrificio previo al inicio de la contraofensiva contra las fuerzas de Decébalo (escenas XCI-XCVII) y de otro sacrificio a orillas del Danubio (escenas XCVIII-XCIX) hace que resulte mucho más lógico considerar que las escenas LXXXIX-XCI se desarrollan enteramente en Mesia Superior, es decir, al sur del Danubio, y que, por lo tanto, los bárbaros que aclaman entusiásticamente a Trajano en ellas no sean sino moradores de dicha provincia. Para una reconstrucción pormenorizada de los acontecimientos de la segunda guerra dácica durante el año 105 d. C., véase Soria, 2016: 277-284 y Stefan, 2005: 645-658.

[7] Aparte del Estado dacio, que constituía su eje indiscutible, la entente dácica estuvo integrada entre 85 y 105 d. C. por los sármatas roxolanos, las tribus germánicas de los bastarnos, buros, cuados y marcomanos, los vasallos del reino dacio (carpos y costobocos) y las ciudades griegas de Olbia y Tyras. Para un estudio detallado y actualizado de la cuestión, véase Soria, 2016: 59-71 y 77-141.

[8] Acerca de las pretensiones expansionistas de la entente dacia sobre suelo romano durante la primera guerra dácica de Trajano (101-102 d. C.) y las operaciones militares a ella vinculadas, véase: Escenas XXXI-XXXII de la Columna Trajana; Plinio el Joven, Epist., X. 74. 1; Amiano Marcelino, XXXI. 5. 16; Ardevan y Zerbini, 2007: 25-26; Daicoviciu, 1984: 158-161 y 171-178; Jordanes, Get., XVIII. 101; Mangas, 2003: 156; Oltean, 2015: 103-114;Soria, 2016: 211-221 y 234-240; Stefan, 2005: 559-568; Zerbini, 2015: 49-51.

[9] La presencia de grupos de civiles acompañando a las diversas unidades del ejército romano a lo largo de su historia está sobradamente documentada, habiendo sido objeto de minuciosa investigación en múltiples estudios especializados, razón por la cual no abordaremos aquí esta cuestión.

[10] Sobre el ejército dacio y sus características en los albores del s. I d. C. véase principalmente, Soria, 2016: 37-59.

[11] La escena XLV de la Columna Trajana representa claramente a prisioneros romanos torturados a manos de mujeres dacias (Depeyrot, 2008: 78; Lepper & Frere, 1988: 90; Pogorzelski, 2012: 65 y 66). Más allá del carácter propagandístico de la imagen, esta ofrece un claro testimonio de la toma de cautivos por parte de las fuerzas de la entente dácica, especialmente durante la invasión de Mesia Inferior en el verano-otoño de 101 d. C., a pesar de que su devolución no conste en el único testimonio detallado de las cláusulas de la paz que puso fin a la primera guerra dácica de Trajano (Casio Dión, LXVIII. 9. 4-7 y 10. 1).

[12] Se trata de las metopas del almenado superior del monumento (Alexandrescu-Vianu, 2006: 215 y 224-226).

[13] Jordanes (Get., V. 39; XI. 71) explica que la nobleza geto-dácica se caracterizaba y distinguía por vestir un gorro llamado pileus, término que le proporcionó su más reciente denominación de grupo: pileati o “portadores del pileus”. Aquellos no pertenecientes a la aristocracia eran conocidos como comati o “capilados”, por quedar sus cabellos al descubierto, al no cubrir sus cabezas gorro distintivo alguno. Que la nobleza dácica se distinguiera por vestir el pileus queda de manifiesto también en las alusiones de Casio Dión (LVIII. 8. 3; 9. 1) en torno a las negociaciones mantenidas por Decébalo con Trajano durante la primera guerra dácica, pues el autor destaca como un acto de gran deferencia el hecho de que Decébalo enviara como embajadores a los “tocados con gorro” y no a los “capilados”.

[14] En torno al papel de los desertores y tránsfugas romanos en el ejército dacio, véase Oltean, 2015: 70-71; Rankov & Austin, 1995: 73-81; Soria, 2016: 50, 51 y 262; Stefan, 2005: 527 y 531.

[15] Sobre las particularidades del proceso de romanización e integración de Dacia en el Imperio romano, véase especialmente Ardevan y Zerbini, 2007: 43-47; Bennett, 1997: 173-176; Carbó, 2010: 275-290; Ellis, 1998: 228-230; Eutropio, VIII. 6. 2; Oltean, 2007: 55; Soria, 2016: 292-294; 2017: 342-246; Stefan, 2005: 667; Zerbini, 2015: 69 y 95-97.

[16] Respecto de la vinculación de la élite político-religiosa dacia con las instituciones del Estado y la influencia de la religión en sus pilares ideológicos, véase Ardevan y Zerbini, 2007: 14-17; Carbó, 2010: 285-290; Casio Dión, LXVIII. 8. 3; Crişan, 1978: 92-106; Critón, Get. (FGrHist, II: 932, fragm. 5); Daicoviciu, 1984: 63-72, 102-122 y 154-156; Eliade, 1985: 67-76; Jordanes, Get., V. 40, XI. 71 y XIII. 78; Mangas, 2003: 154; Oltean, 2015: 70-72; Soria, 2017: 337-346; Zerbini, 2015: 18-20 y 39.

[17] En torno a las consecuencias sociales y demográficas de las guerras dácicas de Trajano y de la política aplicada por la administración romana para la romanización de la provincia de Dacia, véase principalmente: Ardevan y Zerbini, 2007: 43-47; Bennett, 1997: 173-176; Carbó, 2010: 275-290; Eutropio, VIII. 6. 2; Soria, 2016: 292-294; Stefan, 2005: 667; Zerbini, 2015: 69 y 95-97. No obstante, Ellis ha propuesto que la despoblación documentada en Dacia tras el final de la segunda guerra dácica no fue tan intensa como se ha venido defendiendo, ni mucho menos intencionalmente provocada por el poder romano (1998: 228-230). Su hipótesis, sin embargo, no permite desmentir que la población nativa fuera despojada de sus élites, relegada de los espacios urbanos y apartada de cualquier resorte de poder por los conquistadores, con la clara intención de blindar la nueva provincia frente a posibles levantamientos “nacionalistas”, realidad sobradamente testimoniada por la patente ausencia en las fuentes disponibles de cualquier mención a levantamientos dacios organizados a gran escala.

[18] Sobre el abandono y desmantelamiento sistemático del tejido urbano prerromano en Dacia, sus objetivos y su significado, véase especialmente: Bennett, 1997: 170; Carbó, 2010: 278-281; Soria, 2016: 293 y 294; Zerbini, 2015: 95-96. En este sentido, la destrucción de Sarmizegetusa Regia constituye un caso paradigmático (Ardevan y Zerbini, 2007: 44; Soria, 2016: 293; 2017: 245; Stefan, 2005: 101-111, 331-355 y 667; Zerbini, 2015: 95 y 96).

[19] Sobre los problemas demográficos de la Dacia romana inmediatamente después de la conquista, véase Ardevan y Zerbini, 2007: 43-47; Bennett, 1997: 173-176; Carbó, 2010: 275-290; Ellis, 1998: 228-230; Eutropio, VIII. 6. 2; Oltean, 2007: 55; Soria, 2016: 293 y 294; Zerbini, 2015: 69 y 95-97.

[20] En torno a la primera colonización romana de Dacia y la política de urbanización de la provincia durante el reinado de Trajano, véase Ardevan y Zerbini, 2007: 45-47; Aurelio Víctor, 13. 4; Bennett, 1997: 170-173; Blázquez, 2003: 154-158; Carbó, 2010: 281-283; Eutropio, VIII. 6.2; Oltean, 2007: 58 y 164-175; Stefan, 2005: 667; Zerbini, 2015: 97-100.

[21] Sobre la fundación de Colonia Vlpia Traiana Sarmizegetusa, véase Ardevan y Zerbini, 2007: 45-47; Bennett, 1997: 170-173; Blázquez, 2003: 154-156; Carbó, 2010: 282; Oltean, 2007: 58 y 164-175; Stefan, 2005: 667; Zerbini, 2015: 98 y 99.

[22] Sobre las poblaciones romanas de Apulum (actual Alba Julia, Rumanía, condado de Alba), Micia (actual Veţel, Rumanía, condado de Hunedoara), Napoca (actual Cluj-Napoca, Rumanía, condado de Cluj), Porolissum (actual Moigrad, Rumanía, condado de Sălaj), Romula Malva (actual Reşca, Rumanía, condado de Olt) y Tibiscum (actual Jupa, Rumanía, condado de Caraş-Severin), véase principalmente Blázquez, 2003: 157 y 158; Oltean, 2007: 164-175; Soria, 2016: 514-535.

[23] Sobre los conflictos que sacudieron la Dacia romana y su entorno entre 117 y 119 d. C., véase Ardevan y Zerbini, 2007: 51-52; Batty, 2007: 357 y 359; Carbó, 2010: 278 y 282; CIL III, 32 y 33; Frontón, Princ. Hist., II. 198-218. 10; Lebedynsky, 2002: 54; Orosio, Hist. ad. Paganos, VII. 13. 3; SHA, Hadr., VI. 6-8; Soria, 2016: 295-299; Wilkes, 1983: 275; Zerbini, 2015: 103-106.

[24] En torno a la reforma administrativa y militar de la Dacia romana por Adriano, véase principalmente Ardevan y Zerbini, 2007: 51-54; Oltean, 2007: 55; Soria, 2016: 299 y 300; Zerbini, 2015: 106-108.