La fragmentación geopolítica de la Unión Europea en la multipolaridad

ALEJANDRO SÁNCHEZ BARRERA

Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), España

Title: The Political Fragmentation of the European Union in Multipolarity

Resumen: El panorama geopolítico de Europa está experimentando una profunda transformación mientras el continente navega por las complejidades de un mundo multipolar, intensificadas por el conflicto ruso-ucraniano. Este artículo sostiene que la Unión Europea carece de una estrategia geopolítica cohesionada, ya que las divisiones internas entre los Estados miembros impiden la formación de una política común en materia de asuntos exteriores, energía y seguridad. El análisis explora cómo las distintas realidades geográficas, históricas y políticas de los países de la UE dificultan una política exterior unificada. Además, el estudio examina las implicaciones de la autonomía estratégica europea frente a la emergencia de potencias globales como Rusia, China e India, así como la continua dependencia de Estados Unidos. Se utiliza el método prospectivo para evaluar las posibles trayectorias geopolíticas y el futuro de Europa en un orden internacional cada vez más fragmentado.

Palabras clave: Unión Europea; Conflicto ruso-ucraniano; Multipolaridad; Realismo político y geopolítica.

Abstract: The geopolitical landscape of Europe is undergoing a profound transformation as the continent navigates the complexities of a multipolar world, intensified by the Russian-Ukrainian conflict. This paper argues that the European Union lacks a cohesive geopolitical strategy, as internal divisions among member states prevent the formation of a unified foreign, energy, and security policy. The analysis explores how the distinct geographical, historical, and political realities of individual EU countries hinder a common approach to external challenges. Additionally, the study examines the implications of Europe’s strategic autonomy in the face of emerging global powers like Russia, China and India, as well as the continued dependence on the United States. The prospective method is employed to assess potential geopolitical trajectories and the future of Europe in an increasingly fragmented international order.

Keywords: Europe Union; Russian-Ukrainian conflict; Multipolarity; Political realism and geopolitics.

Para citar este artículo/To cite this article: Alejandro Sánchez Barrera, <<La fragmentación geopolítica de la Unión Europea en la multipolaridad>>, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 10, No. 2, (2024), pp. 47-65. DOI: http://dx.doi.org.10.18847/1.20.5

Introducción

En un contexto global cada vez más complejo, la Unión Europea (UE) enfrenta un desafío clave: definir su lugar en un mundo que transita de la unipolaridad a la multipolaridad. Ante estas circunstancias, surge una pregunta central: ¿hacia dónde debería dirigirse Europa? A pesar de los intentos fallidos de proyectar una política exterior común, la realidad interna de la UE refleja una fragmentación política significativa. Los intereses nacionales divergentes de los Estados miembros, así como sus distintos enfoques sobre cuestiones críticas como la seguridad y la defensa, la energía, el reto migratorio y las relaciones exteriores, obstaculizan la posibilidad de una geopolítica común.

Este trabajo sostiene que no existe una estrategia geopolítica unificada en la UE debido a las profundas divisiones internas. Desde la guerra en Ucrania se han ido revelando estas fisuras, especialmente en temas como la dependencia energética de Rusia, la respuesta militar y las alianzas con actores externos como Estados Unidos. Aunque algunos Estados miembros, como Polonia, los países bálticos, Suecia y Finlandia, abogan por una postura firme frente a Moscú, otros, como Austria, Hungría y Eslovaquia, mantienen posiciones más pragmáticas o conciliadoras debido a sus intereses políticos, económicos y energéticos.

Además, la emergencia de potencias globales como Rusia, China e India, así como la ampliación de los BRICS, sitúa a Europa en una posición vulnerable, sin una dirección clara que permita competir de manera efectiva en un orden mundial en reconfiguración. En este escenario, la idea de una «autonomía estratégica europea” carece de apoyos en el seno de la organización. 

Este análisis examina las causas y consecuencias de esta fragmentación geopolítica y argumenta la dificultad de que la Europa de los veintisiete supere sus divisiones internas. Es posible que la UE haya llegado a sus límites y el objetivo de tener relevancia internacional no pasa por una geopolítica común.   

Metodología: el método prospectivo

En la presente investigación, la elección del enfoque metodológico es clave para entender y proyectar las posibles trayectorias de la reconfiguración geopolítica de Europa. La naturaleza dinámica y compleja de los actuales acontecimientos, como la guerra en Ucrania y sus consecuentes efectos en Europa, requiere un análisis prospectivo que permita anticipar escenarios futuros y explorar las implicaciones de diferentes rutas geopolíticas.

El método prospectivo ha sido el seleccionado como herramienta principal de análisis, ya que se centra en la identificación de tendencias, riesgos y oportunidades a medio y largo plazo. La aplicación de la prospectiva permite “la definición de políticas y la toma de decisiones” en panoramas con alto grado de incertidumbre (Rodríguez, 2001: 14).

La prospectiva se basa tanto en los estudios objetivos como en las opiniones de expertos pertenecientes a diferentes áreas del conocimiento, con el objetivo de vislumbrar escenarios plausibles y tomar las mejores decisiones de forma previa (Rodríguez, 2001). En este caso la prospectiva y la construcción de escenarios se utilizarán para comprender la interacción entre actores clave y las posibles variables globales que determinarán el futuro del continente europeo en un orden mundial multipolar.

Primero, se desarrollará un marco teórico y conceptual que servirá como los cimientos de la investigación científica. Para ello se ha recurrido a una exhaustiva revisión bibliográfica de los principales textos en la materia. Se comenzará con una conceptualización de lo que se entiende por Europa como entidad geográfica y se analizará si es posible hablar de una Europa política unificada.

A continuación, se llevará a cabo un análisis de las tendencias geopolíticas que configuran el contexto europeo. Estas tendencias están profundamente influenciadas por las políticas exteriores de los Estados europeos, sustentadas en principios de cooperación y unidad, pero también marcadas por divisiones internas y una fragmentación política significativa. A nivel global, la transición hacia un mundo multipolar, la emergencia de potencias organizadas en torno a los BRICS, y la creciente tensión entre Occidente y Rusia son factores clave que están definiendo el entorno internacional, mientras Europa busca posicionarse entre sus propios intereses nacionales y su compromiso con el bloque occidental. A nivel regional, la variedad de respuestas dentro de la Unión Europea, especialmente en torno a cuestiones como la guerra en Ucrania y la dependencia energética de algunos Estados miembros respecto a Rusia, revelan las divisiones que dificultan la construcción de una política exterior común (Baqués, 2023b).

Asimismo, se considerará la evolución de las relaciones entre Europa y Moscú, la influencia externa de Estados Unidos, y la posibilidad de que Europa redefina su rol geopolítico en un orden internacional en reconfiguración. Estos eventos pueden alterar radicalmente el equilibrio de poder en Europa, forzando a la región a reevaluar su posición en un mundo cada vez más caracterizado por la competencia entre potencias emergentes y la necesidad de preservar la soberanía nacional.

Fundamentos teórico-conceptuales para comprender la geopolítica europea en la multipolaridad

Para abordar los desafíos contemporáneos que enfrenta la Unión Europea en un contexto multipolar, resulta fundamental enmarcar esta investigación en teorías y conceptualizaciones clave de las Relaciones Internacionales. El marco de referencia conceptual se basará en la distinción entre unipolaridad y multipolaridad; aproximación al Estado posmoderno y el realismo en Relaciones Internacionales. Este enfoque permitirá analizar cómo el fin de la hegemonía liberal y la emergencia de un orden multipolar —catalizado por la guerra en Ucrania— reconfiguran las alianzas, las rivalidades y las amenazas existenciales que enfrenta Europa, con especial atención al papel de Rusia, Estados Unidos y China en la nueva geopolítica europea.

En primer lugar, es importante partir de una distinción conceptual entre unipolaridad y multipolaridad. Ambos conceptos hacen referencia a formas distintas de distribución del poder en una sociedad internacional:

el medio interestatal que existen entre las diferentes unidades (los Estados)[1] que actúan sobre la escena mundial como las poseedoras del poder público y como la expresión de los deseos y aspiraciones de los individuos y grupos que las componen (Hoffmann, 1993: 46).

El poder estaría definido como una dominación sobre las conductas y las opiniones (Baqués, 2023a) si bien el poder no es algo que se posea como tal, sino que se ejerce (Foucault, 1994). Este poder puede ejercerse por uno o varios actores o polos. Tras las dos guerras mundiales, la Guerra Fría generaría un orden mundial bipolar basado en la confrontación ideológica de dos superpotencias: EE. UU. y la URSS (Diesen, 2024). Dicho de otra forma, “comparabilidad simétrica de la potencial paridad económica y estratégico-militar de los bandos en guerra, estadounidense y soviético” (Dugin, 2018: 4). Dos potencias hegemónicas rodeadas de satélites con una relación prácticamente de vasallaje (Dugin, 2018).

Tras el fin de la Guerra Fría (1989- 1991) (Pereira, 2001: 326-327) comenzó el llamado orden unipolar: un sistema en el que solo existe una única potencia y no teme que otra pueda amenazar su posición de dominio (Mearsheimer, 2023). La particularidad de este sistema unipolar es que fue dominado por la política exterior liberal entendida como paradigma que promueve la cooperación internacional, el multilateralismo y la interdependencia entre los Estados (Mearsheimer, 2023). Se fundamenta en el respeto a los derechos humanos (entendidos como valores universales), el fomento de la democracia, el libre comercio y el fortalecimiento de instituciones internacionales (Mearsheimer, 2023).

La multipolaridad, sin embargo, alude a un sistema global en el que el centro predominante (Estados Unidos, Europa y el conjunto del Occidente global) se ve desafiado por la aparición de nuevos actores competidores (Dugin, 2021). Estos “nuevos centros de poder” (Putin, 2022), tradicionalmente relegados a una posición subordinada frente al “primer mundo”, ahora desafían su hegemonía. Este desafío a la hegemonía occidental requiere repensar el concepto de “espacialidad de poder” (Agnew, 2005).

El concepto de “campo de fuerzas” es conveniente para comprender la dinámica del poder entre los Estados. Este término puede entenderse como un modelo de espacialidad del poder determinado por las circunstancias políticas, económicas y tecnológicas predominantes (Agnew, 2005). En este modelo, los Estados son percibidos como nodos rígidos de naturaleza territorial, en los que sus capacidades de poder están en constante competencia. El aumento de poder de un Estado suele ocurrir a expensas de los demás, en un entorno donde se asume que los Estados ejercen control absoluto sobre sus respectivos territorios (Agnew, 2005). Este enfoque es comparable a la dinámica de un campo de fuerzas en la mecánica clásica, donde las interacciones entre los Estados generan tensiones que dependen de factores como la población, los recursos naturales y las alianzas estratégicas (Agnew, 2005).

El éxito geopolítico, por (lo) tanto, no se limita a los recursos intrínsecos de cada Estado, sino que también se fundamenta en su capacidad para establecer coaliciones estratégicas, redes clientelares y en la habilidad para identificar y explotar las vulnerabilidades de sus adversarios (Agnew, 2005). En este contexto, la fuerza y su potencial uso se erigen como el principio rector que rige las relaciones internacionales más allá de las fronteras territoriales. La territorialidad estatal sigue siendo la forma predominante de organización espacial, en la que los límites políticos encapsulan la mayoría de las actividades sociales, políticas y económicas (Agnew, 2005). Por ende, el campo de fuerzas geopolítico refleja una realidad en la que la competencia entre Estados por el poder se materializa tanto en términos de fuerza bruta como en la creación y gestión de alianzas estratégicas, redes clientelares y la gestión eficaz de los recursos y posiciones geopolíticas críticas, que son fundamentales para mantener o incrementar su posición en el sistema internacional (Agnew, 2005).

El paradigma más adecuado para analizar esta realidad es el realismo político, cuyo núcleo central radica en que el Estado, y más específicamente el Estado moderno, es el actor principal y el referente fundamental para la organización de la sociedad humana (Baqués, 2023a). Este enfoque considera al Estado como la forma histórica más avanzada de organización política (Calduch, 1991). Desde la creación del moderno sistema de Estados surgidos tras la Paz de Westfalia (1648), “el Estado se ha caracterizado por servir de cápsula protectora y delimitadora de una sociedad que además comienza a tomar conciencia de tal gracias a la clausura de su territorio” (Vallespín, 2000: 93). El factor externo (afuera) como interno (adentro) fue imprescindible como elemento constitutivo de la identidad (Vallespín, 2000). El amigo es aquel que pertenece al propio grupo o la comunidad, mientras que el enemigo es el que representa una amenaza existencial para la identidad y la supervivencia del grupo (Schmitt, 1991).

Ahora bien, el Estado moderno decimonónico, basado en los principios de la Paz de Westfalia, se define como una entidad soberana, reconocida por sus pares en el sistema internacional, que ejerce el control exclusivo sobre su territorio y población (Villamar, 2017). Su soberanía implica el derecho a determinar las leyes, instituciones y religión dentro de sus fronteras sin la interferencia externa, consolidando la autonomía política frente a influencias imperiales o religiosas. El Estado se convierte en la unidad fundamental del orden internacional, donde el equilibrio de poder entre las grandes potencias es esencial para evitar conflictos (Kissinger, 2016 [1994]). Esta estructura política, surgida tras los tratados de 1648, pone fin a las guerras religiosas y establece una Europa que, al menos en principio, respeta las fronteras y la integridad territorial de cada Estado. Así, la soberanía, la no injerencia y la diplomacia se consolidan como los pilares del nuevo orden internacional, manteniéndose relevantes en la teoría política y jurídica hasta siglo XIX (constitución del Estado-nación) (Villamar, 2017).

Tras haber realizado esta aproximación al Estado moderno, resulta pertinente establecer una distinción entre el Estado premoderno y el Estado posmoderno (Cooper, 1996).

Por un lado y siguiendo el criterio weberiano, el Estado premoderno haría referencia a esta forma de organización en la que las funciones del aparato estatal son autoritarias y débiles ya que no tiene el monopolio legítimo de la violencia (Cooper, 1996). El Estado premoderno no tiene ni la capacidad para suponer una amenaza por sí mismo ni tampoco tiene la capacidad de imponer su autoridad sobre los grupos paraestatales que actúan dentro de él (Palacios, 2022). Los Estados premodernos están sumidos en guerras civiles cuando no en un caos generalizado (Vallespín, 2000).

Por otro lado, en el Estado posmoderno la frontera entre poder doméstico e internacional es difusa. Ejemplo de Estados posmodernos serían aquellos que integran la UE que, por regla general, son más propensos a “someter su política de defensa a tratados internacionales” (Vallespín, 2000: 110) esto limita en gran medida su autonomía estratégica. Este tipo de Estados son más sensibles a la opinión pública, han desmantelado parte de su industria, lo que ha reducido su autonomía económica, y su forma de gobierno provoca que la toma de decisiones en contextos de presión competitiva sea lenta (Cooper, 1996).

En su forma ideal, se trata de Estados-nación donde las elecciones se celebran mediante sufragio universal, existe una pluralidad de partidos, la libertad de prensa está garantizada, se respeta la regla de la mayoría y se protegen los derechos de las minorías. Los representantes elegidos actúan en representación del pueblo que los ha elegido, entre otras características (Todd, 2024).

Si el evento constitutivo del Estado moderno fue la Paz de Westfalia, los tratados constitutivos del Estado posmoderno fueron: el Tratado de Roma (1957) y Tratado sobre Fuerzas Armadas Convencionales en Europa (1989) (Cooper, 1996). Para Robert Cooper estos dos tratados significan acabar con el equilibrio de poder europeo que definían el Estado moderno bajo principios westfalianos (1996). En el caso del Tratado de Roma su objetivo era crear un marco supranacional para la cooperación entre los países europeos. Al fomentar la integración económica y reducir las barreras nacionales, promovió la apertura y la dependencia mutua, que son características clave del Estado posmoderno (Cooper, 1996). Sentó las bases para la UE, es decir, la representación de la visión posmoderna de cooperación internacional que trasciende las nociones tradicionales de soberanía (Cooper, 1996). En el caso del Tratado sobre FACE introdujo un sistema de transparencia y confianza mutua en los asuntos militares, rompiendo la lógica estratégica tradicional de secretismo y enemistad (Cooper, 1996). Este tratado exigía que los Estados limitaran y declararan abiertamente sus capacidades militares, permitiendo inspecciones y verificación (Cooper, 1996). El aspecto posmoderno del Tratado sobre FACE radica en su desafío a la soberanía clásica de los Estados, introduciendo la idea de que la seguridad puede lograrse mediante la cooperación, la apertura y la supervisión internacional, en lugar de mediante el equilibrio y la disuasión militar.

El realismo considera que la naturaleza se encuentra gobernada por unas leyes objetivas que, por ejemplo, justifica que la política —ya sea nacional o internacional— se mueve por intereses definidos en términos de poder relativos (Baqués, 2023a).

En cuanto a la supervivencia, esta puede ser conceptualizada de dos maneras: en primer lugar, como valor máximo, incluso por encima de la libertad pues quien no existe no puede disfrutar de libertad. Esto se relaciona con la necesidad de tomar decisiones racionales, es decir, la prudencia[2] como virtud superior en la política (Baqués, 2023a). En segundo lugar, Waltz reconoce la supervivencia como condición de posibilidad para otros objetivos, aparte de mantenerse como entidad política (1979). El autor plantea que existen Estados que no actúan siempre para buscar su supervivencia, sino que se integran con otros para asegurar su forma (Waltz, 1979: 92). Ejemplo de ello podría ser la República Democrática Alemana (RDA) y su unificación con la República Federal Alemana (RFA). Esto justificaría la idea de Waltz de que existen Estados que no solo buscan la supervivencia de forma aislada, sino que pueden integrarse con otros para garantizar su estabilidad, su forma política o su bienestar. En definitiva, se entiende la supervivencia como un valor instrumental y no como máxima.

Las verdades absolutas no pueden existir ya que no existe una moral universal (Baqués, 2023a), pues sólo en los matices del mundo se revela la esencia de lo múltiple. Cada Estado posee una concepción particular de lo que constituye su interés nacional, en relación con otros actores. Los Estados tienen concepciones diferentes respecto a los otros en torno a lo que consideran que es su interés. Sin embargo, no todos pueden llevar sus intereses hasta las últimas consecuencias, es decir, no tiene la misma capacidad Francia o Alemania que por ejemplo Luxemburgo o Bulgaria. Esto indica que hay una desigualdad estructural entre los diferentes actores.

El realismo en Relaciones Internacionales concibe el sistema global como anárquico, en el sentido de que no existe una autoridad central que regule el comportamiento de los Estados. En este contexto, cada Estado debe priorizar su interés nacional sobre el de los demás, siguiendo la premisa de que el poder es el valor supremo (Kissinger, 2016 [1994]). La sociedad internacional carece de un soberano, de manera similar a cómo Hobbes describe el “estado de naturaleza”, caracterizado por la ausencia de una autoridad central que imponga orden (Hobbes, 2017 [1651]). En el Leviatán —publicado tres años después de la Paz de Westfalia— Hobbes argumenta que el contrato social, diseñado para evitar la “guerra de todos contra todos”, no se extiende más allá de las fronteras de los Estados (Kissinger, 2016, [1994]), es decir, “la ley de las naciones y la ley de la naturaleza son una y la misma cosa” (Hobbes, 2017, [1651]: 291).

La Paz de Westfalia inaugura una Europa hobbesiana en el sentido de que busca establecer el equilibrio de poder como sistema. Este equilibrio de poder como sistema se diferencia del equilibrio de poder como hecho, ya que en la Europa prewestfaliana el equilibrio de poder entre principados, reinos y las ciudades-estado existía solo en la práctica (Kissinger, 2016, [1994]). Para Kissinger cualquier orden internacional que se quiera llamar como tal tiene que aspirar alcanzar un equilibrio pues, de lo contrario, “se encontrará en constante conflicto armado” (2016, [1994]: 43).

Dentro del realismo en las Relaciones Internacionales existen dos corrientes neorrealistas (Baqués, 2023a): el realismo defensivo y el realismo ofensivo. Ambos enfoques comparten varios principios fundamentales, como el hecho de que los Estados operan en un sistema internacional anárquico y que la seguridad y la supervivencia son sus principales preocupaciones, entre otros. Sin embargo, estos dos enfoques se diferencian en su visión respecto a los objetivos principales de los Estados. El realismo en su vertiente defensiva describe el funcionamiento del equilibrio de poder de la siguiente manera: cuando una potencia comienza a acumular demasiada influencia, los demás actores internacionales tienden a formar coaliciones para contrarrestar ese ascenso y evitar que alcance la hegemonía, preservando así un equilibrio de poder entre las naciones (Waltz, 1979). El realismo ofensivo sostiene que el objetivo fundamental de los Estados es maximizar su poder, lo que implica acumular mayor influencia y capacidades a costa de otros Estados. Las grandes potencias, aquellas con suficiente capacidad militar para desafiar a la potencia dominante, buscan consolidarse como la fuerza principal dentro del sistema internacional (Mearsheimer, 2001).

En las próximas páginas se buscará delimitar Europa como entidad geográfica y tratar de explicar Europa como realidad política, partiendo de una concepción de un sistema que no es autónomo, es decir, sensible a las dinámicas externas. En este sistema europeo conviven una serie de Estados que compiten siguiendo sus propios intereses nacionales, lo que no impide que puedan llegar a formar coaliciones y definir intereses comunes.

¿Geopolítica europea?

El concepto de “geopolítica” fue acuñado por el politólogo sueco Rudolf Kjellén en 1916, marcando el inicio de una disciplina que vincula de manera estrecha la geografía con la política, especialmente en el ámbito internacional (Cuéllar, 2012). Desde sus orígenes, el desarrollo epistemológico de la geopolítica ha sido objeto de debate. Un aporte significativo fue el del general y profesor Karl Haushofer, quien consolidó el estudio de esta disciplina durante la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, sus estudios se vieron estigmatizados por la instrumentalización que de ellos hizo el III Reich, particularmente en la justificación del concepto de Lebensraum (Cuéllar, 2012; Weigert, 1944). Haushofer, pese a haber sido exonerado en los Juicios de Núremberg y a haber rechazado cualquier conexión con el Partido Nazi, cargó con el peso de estas asociaciones, afirmando hasta el final de su vida que su visión de la Geopolitik difería sustancialmente de la que Hitler promovía en el Mein Kampf (Cuéllar, 2012).

Algunas de las definiciones de geopolítica atribuidas a Haushofer y sus colaboradores Weigert la presenta como:

la ciencia que trata de la dependencia de los hechos políticos con relación al suelo. Se basa sobre los amplios cimientos de la geografía, en especial de la geografía política, doctrina de la estructura espacial de los organismos políticos (…) La geopolítica aspira a proporcionar las armas para la acción política, y los principios que sirven de guía en la vida política (…) La geopolítica debe convertirse en la conciencia geográfica del Estado (1944: 24).

En la actualidad, la geopolítica ha retomado su lugar en el análisis de las Relaciones Internacionales, aunque con una aproximación más despojada de las connotaciones ideológicas que adquirió en el siglo XX. Josep Baqués ofrece una definición más contemporánea, subrayando que el enfoque geopolítico se fundamenta en que «la variable explicativa básica del comportamiento de los Estados es la geografía» (2023a: 245). De acuerdo con esta perspectiva, la geopolítica establece una conexión causal entre la geografía física y los fenómenos políticos, siendo la política una variable dependiente que “se define en función de los factores geográficos de cada Estado” (Cuéllar, 2012: 62).

Dicho esto, para comprender la geopolítica europea en su totalidad, es fundamental dividir el análisis en dos niveles: primero, la Europa como entidad geográfica, donde se exploran los condicionantes físicos que influyen en las decisiones políticas y estratégicas de los Estados europeos; y segundo, la Europa política, donde se examina cómo los actores dentro de este espacio geográfico interactúan, cooperan y compiten entre sí, dando forma a una Europa a veces fragmentada y a veces unida en sus intereses.

Europa como entidad geográfica

En los últimos años, la investigación geopolítica se ha centrado principalmente en África y Oriente Medio (Kaplan, 2015). Esto se debe a que son áreas de interés marcadas por tensiones derivadas del aumento de conflictos armados, la competencia por recursos estratégicos, la influencia de potencias extranjeras y la intervención de actores no estatales. Sin embargo, tras la invasión de Ucrania, ha surgido un renovado enfoque en la geopolítica europea. Figuras como Josep Borrell y Ursula Von der Leyen han popularizado el concepto de un “despertar geopolítico de Europa” (Benedicto, 2024). No obstante, persiste un debate sobre la capacidad de Europa para definir una seguridad y defensa autónomas que priorice lo militar (hard power) frente a las sanciones económicas (soft power), especialmente considerando su dependencia de la Alianza Atlántica (Baqués, 2023b). Con la guerra ruso-ucraniana, la OTAN ha adquirido un renovado protagonismo, especialmente tras la reciente adhesión de Finlandia y Suecia, así como la elección de Mark Rutte[3] como Secretario General, lo que refuerza la dificultad para imaginar una defensa europea al margen de la Alianza.

Este enfoque pone de manifiesto que al menos hay una voluntad política por parte de los líderes de la UE de que exista algo como una geopolítica europea. Sin embargo, la realidad interna de la Unión presenta una serie de desafíos que complican la búsqueda de una seguridad y una política exterior unificada. La UE ha ido buscando desde su nacimiento ir progresando hacia una “unión más estrecha” (Marshall, 2017: 107). Sin embargo, la organización “seguirá viéndose acosada por sus divisiones internas” (Kaplan, 2015: 182). Aunque a priori las desavenencias o las tensiones en el seno de la Unión pueden parecer que se deben a cuestiones fundamentalmente económicas, Kaplan sugiere que la causa principal es lo que él denomina “la venganza de la geografía”. Esta idea plantea que para trazar una hoja de ruta que marque el rumbo geopolítico de un ente político es necesario tener en cuenta las variables geográficas. Kaplan defiende que el contexto geográfico es una pieza clave para explicar tanto el pasado como el presente, así como para intuir el futuro (2015).

La Europa continentalse divide en un total de cinco subregiones con modelos de desarrollo diferentes: Europa Central (Mitteleuropa), Europa del Sur, Europa Balcánica (Europa del Sureste), el Este de Europa y Europa Occidental. Estas divisiones se han ido trazando a lo largo de la historia y han estado determinadas por la complejidad geográfica europea (Kaplan, 2015). Gracias a esta diversidad, en Europa han entrado en conflicto y, en ocasiones, han coexistido, distintos grupos cada uno con sus particularidades lingüísticas y culturales. Esta realidad seguirá contribuyendo en que haya diferencias de intereses políticos y económicos independientemente de los esfuerzos de las instituciones europeas (Kaplan, 2015).

Este epígrafe busca responder a dos preguntas: ¿Qué es Europa continental desde una perspectiva geográfica, y cómo su geografía condiciona a los Estados que la conforman?

La definición de Europa desde una perspectiva geográfica está delimitada por unas características físicas claras. Europa está limitada al este por los montes Urales, el río Ural y el Cáucaso, al sur por el mar Mediterráneo, al oeste por la Península Ibérica, y hacia el norte se extiende hasta Escandinavia. Según Robert Kaplan (2015), Europa no es más que un extenso apéndice de Asia, una península que forma parte de un gran conjunto eurasiático. Prueba de ello es que la Europa geográfica que se está definiendo está compuesta por un total de cuarenta y nueve países de los cuales cinco de ellos son compartidos con Asia: Azerbaiyán, Georgia, Kazajistán, Rusia y Turquía (CIA, 2024).

Europa se sitúa en una ecozona favorable, ubicada entre el desierto africano y las capas de hielo árticas, lo que la convierte en una región geográficamente idónea para el desarrollo humano (Kaplan, 2015). Esta ventaja geográfica se ve reforzada por su clima, regulado por la Corriente del Golfo, que ha sido fundamental para la prosperidad de la región. Tim Marshall destaca que las condiciones climáticas en Europa ofrecen temperaturas adecuadas para el trabajo agrícola, con precipitaciones suficientes para cultivar a gran escala. Este equilibrio climático ha permitido cosechas abundantes que, a su vez, han favorecido un crecimiento demográfico sostenido (2017). El excedente de producción contribuye al desarrollo del comercio y a la consiguiente interacción entre las diferentes comunidades humanas tanto dentro como fuera de la región. Dicho esto, también las temperaturas moderadamente frías han contribuido a reducir la proliferación de gérmenes, a diferencia de en otras regiones lo cual supone uno de sus principales problemas (Marshall, 2017).

Desde una perspectiva física, Europa carece de desiertos extensos y sus zonas heladas y deshabitadas se limitan al extremo norte, lo que permite una mayor habitabilidad en comparación con otras regiones del mundo. Sus recursos naturales son abundantes, incluyendo madera, piedra, metales y pieles (Kaplan, 2015). Además, su accidentado litoral, que abarca más de 37.000 kilómetros de costa, cuenta con una gran cantidad de islas y penínsulas, ofreciendo numerosos puertos naturales, otro factor determinante para el desarrollo del comercio en la región y la consiguiente interactividad (Kaplan, 2015).

Europa se distingue por su compleja red fluvial plana y navegable con ríos como el Rin, el Elba y el Danubio que atraviesan la península europea. Sin embargo, los grandes ríos europeos no están interconectados, lo que ha contribuido a la fragmentación política y a la existencia de múltiples Estados-nación en un espacio relativamente reducido (Marshall, 2017). Tim Marshall sostiene que la falta de conexión entre los principales ríos europeos ha propiciado la formación de fronteras naturales y esferas de influencia económica (2017).

El caso del Danubio —el segundo río más largo de Europa después del Volga— es particularmente relevante. Este río fluye desde la Selva Negra en Alemania hasta el Mar Negro, atravesando o delimitando las fronteras de hasta dieciocho países. Su cuenca ha sido históricamente una frontera, como el Imperio Romano respecto a los territorios bárbaros o como entre los Imperios austrohúngaro y otomano (Marshall, 2017). El Danubio hace de frontera natural actualmente entre naciones como Eslovaquia y Hungría, Croacia y Serbia, o Rumanía y Bulgaria, contribuyendo a la configuración política y geográfica de Europa (Marshall, 2017).

Además de los ríos, otros accidentes geográficos han definido las fronteras y la movilidad en Europa. Ejemplos de ello son la Puerta Morava (paso natural entre los Sudetes y los Cárpatos), el paso del Brennero (paso de los Alpes entre Italia y Austria) y la extensa llanura que se extiende desde Francia hasta el valle del Ródano (Kaplan, 2015). Estos corredores naturales han facilitado el movimiento de personas y ejércitos a lo largo de la historia, permitiendo tanto la interacción como los conflictos entre los distintos pueblos europeos (Kaplan, 2015). La llanura del norte de Europa, que se extiende desde Francia hasta los montes Urales en Rusia, ha sido una vía crucial para la expansión y los conflictos. Esta vasta región limita al norte con los mares Báltico y del Norte, y ha sido escenario de importantes movimientos militares y comerciales a lo largo de los siglos. La tesis de Kaplan (2015) es que Europa ha sido históricamente un continente de intercambios y rivalidades, donde los paisajes geográficos han influido en el desarrollo de sus culturas y políticas.

Como se ha podido comprobar la geografía europea está caracterizada por una interrelación constante entre tierra y agua. El acceso al océano Atlántico y la proximidad a mares cerrados o semicerrados, como el Mediterráneo, el Negro, el Báltico y el del Norte, han sido factores clave en el dinamismo comercial de Europa y en la interacción entre sus pueblos. Esta configuración geográfica ha permitido a Europa desarrollarse como un centro de intercambio económico y cultural (Kaplan, 2015).

Sin embargo, la diversidad de paisajes ha llevado a la creación de comunidades muy distintas entre sí. Las diferencias geográficas y climáticas (hasta seis zonas diferentes) han favorecido el surgimiento de pueblos guerreros como los atenienses, espartanos, romanos, íberos, fenicios y escitas, hasta los conflictos modernos entre rusos, alemanes y franceses (Kaplan, 2015). Estas variaciones en el terreno han sido fundamentales en lo que Kaplan llama la configuración de la política del poder en Europa (2015).

A diferencia de Estados Unidos, que se expandió hacia el oeste bajo la doctrina del “Destino Manifiesto”, construyendo un Estado unificado de océano a océano, Europa se constituyó a lo largo de siglos a través de procesos orgánicos y a menudo conflictivos. Sin embargo, para Mackinder la civilización europea es exclusivamente es el producto de la lucha contra las invasiones asiáticas (2010, [1904]).

Las diversas tribus de la Península Ibérica se vieron limitadas en su expansión hacia el norte debido a la presencia de los Pirineos como barrera natural (Marshall, 2017). Los procesos históricos que ocurrieron en este territorio, caracterizados por la coexistencia de distintos pueblos, culturas y religiones, dieron lugar a la formación de las entidades políticas que hoy conocemos como España y Portugal o incluso Andorra. De manera similar, Francia también se vio influenciada por barreras geográficas, como los Pirineos, los Alpes, el río Rin y el océano Atlántico, que condicionaron su desarrollo político y territorial (Marshall, 2017).

A lo largo de su historia, la geografía ha sido un factor determinante en el devenir de Europa, influyendo no solo en su desarrollo político, económico y cultural, sino también en la interacción entre sus pueblos y la configuración de sus fronteras estatales. Este condicionamiento geográfico, que en el pasado favoreció la fragmentación y la diversidad de modelos estatales, continúa siendo un elemento clave en el presente y lo será también en el futuro. Las tensiones actuales, como la diferencia de intereses dentro de los Estados miembros de la Unión Europea o el renovado protagonismo de la OTAN, son ejemplos de cómo las dinámicas geopolíticas en gran parte han podido ser determinadas por las características física del continente.

La geografía europea, con sus barreras naturales, corredores estratégicos y abundantes recursos, no solo explica el pasado conflictivo de la región, sino que también será crucial para entender los desafíos futuros. Factores tales como las brechas norte-sur o este-oeste, la vulnerabilidad de las fronteras orientales o el drama migratorio de sus fronteras meridionales y la dependencia energética respecto a Rusia, continuarán condicionando el papel de los Estados europeos en el sistema internacional. Aunque las élites políticas de la UE declaren el despertar geopolítico de Europa todos estos condicionantes parece que dificultarán sobremanera algo como una geopolítica unificada. Realmente esto no se debe exclusivamente a una falta de voluntad política por parte de las instituciones europeas, sino que ante una cantidad de recursos limitados en un contexto tan incierto y volátil el uso de estos de la manera más eficiente determinará el devenir de cada Estado en la multipolaridad.

Europa política: ¿unidad o fragmentación?

En la sección anterior se han definido las particularidades geográficas de Europa con el objetivo de destacar la diversidad del territorio. Esto permite evidenciar que, dentro de la Unión Europea, los Estados miembros, debido a sus distintas realidades geográficas e históricas es más probable que tengan enfoques divergentes a la hora de abordar los principales desafíos que enfrenta la organización. Actualmente, los principales problemas que tienen que afrontar son: seguridad y defensa, crisis energética y migratoria. Es perfectamente normal que en torno a esto surjan las siguientes dudas: ¿es la política exterior europea simplemente la suma de los intereses de los veintisiete Estados miembros? ¿Existen realmente intereses comunes, o algunos países persiguen activamente sus propios objetivos, mientras que otros adoptan una postura más subordinada y de seguidismo?  Por ejemplo, España tiende a favorecer el consenso entre las partes, si en algún caso lo hubiera (Baqués, 2023b).

La UE está formada por un total de veintisiete Estados muy dispares entre sí. Por lo tanto, es normal que cada uno de estos países tengan intereses y desafíos iguales, compatibles o incompatibles respecto a los otros. La tesis principal de este epígrafe sostiene que, aunque la Unión Europea se presenta como una organización de integración regional orientada hacia una cooperación cada vez más estrecha, el cambio de paradigma global y la crisis sistémica del modelo hegemónico liberal están provocando crecientes fricciones entre Estados que, en el pasado, se consideraban aliados.

Para comenzar la exposición se partirá de dos definiciones: en primer lugar, política exterior nacional y, en segundo, la definición que da la UE para su Política Exterior y de Seguridad Común.

La política exterior nacional es “aquella parte de la política general formada por un conjunto de decisiones y actuaciones mediante las cuales se definen unos objetivos y se utilizan los medios de un Estado para generar, modificar o suspender las relaciones con otros actores de la sociedad internacional” (Calduch, 1993: 3). De forma general, los Estados persiguen unos fines que pueden resumirse en: la seguridad del Estado, el bienestar económico y social de su población y la protección y el fomento de los valores y la cultura de la sociedad (Calduch, 1993). Los Estados deben realizar un cálculo racional de sus capacidades para definir su política exterior. Como resultado, algunos Estados establecen objetivos más ambiciosos que otros, en función de sus recursos y potencial. Lo esencial es optimizar el uso de las capacidades disponibles para maximizar sus beneficios en el ámbito internacional.

Para definir los objetivos e intereses de la política exterior la escuela realista y neorrealista han recurrido, por regla general, a “la doctrina del interés nacional”. Uno de sus mayores defensores en Relaciones Internacionales ha sido Hans Morgenthau (Calduch, 1993). El interés nacional actúa como la guía principal que debe orientar a los líderes y es la fuente de legitimidad de la política exterior de los Estados. Según este autor, el interés nacional de un país solo puede definirse en términos de supervivencia y poder (Morgenthau, 2005; Herrero, 2010). Siguiendo los principios del realismo, la política exterior y la diplomacia deben centrarse en la definición, protección, promoción, defensa y consecución de los intereses nacionales, en un contexto de anarquía internacional, donde los Estados dependen únicamente de sí mismos para garantizar su seguridad. Esto excluye cualquier preocupación por otros asuntos internacionales (Herrero, 2010).

El concepto de interés nacional, tal como se ha señalado, podría ajustarse a la concepción del Estado moderno, donde la soberanía y la seguridad son las prioridades centrales. No obstante, como se explicó anteriormente siguiendo las tesis de Cooper, en el Estado posmoderno los objetivos han cambiado. El enfoque ya no se centra exclusivamente en la defensa de los intereses nacionales individuales, sino en la cooperación supranacional. La integración económica, la reducción de barreras nacionales y la dependencia mutua se han convertido en características esenciales del Estado posmoderno, como lo ejemplifica la Unión Europea. Esta visión trasciende las nociones tradicionales de soberanía nacional. (Cooper, 1996). Por lo tanto, ¿se está produciendo un cambio de paradigma hacia una recuperación del interés nacional y no injerencia en los asuntos internos?

La cuestión es que en el plano teórico la doctrina del interés nacional ha suscitado críticas mientras que en el plano práctico aún los gobernantes siguen apelando a este interés nacional (Calduch, 1993). Resulta difícil que el interés nacional sea objetivo y válido para todo el conjunto de una sociedad (Calduch, 1993). De cierta forma el contrato social de la comunidad política es incapaz de expresar la voluntad general, siguiendo las tesis de Rousseau (1988, [1762]). Cada vez son más voces que ponen el foco en que los intereses de los gobernantes y los gobernados en las democracias liberales occidentales son irresolubles.

En los últimos años, las democracias liberales han evolucionado hacia lo que algunos autores describen como “oligarquías liberales” (Todd, 2024: 117). En los países occidentales, la creciente desconexión entre los intereses de la élite política y el sentir mayoritario de la población cuestiona la autenticidad de sus sistemas democráticos. Sin embargo, esto no significa que hayan abandonado sus estructuras formales, ya que siguen teniendo elecciones periódicas, sufragio universal y la existencia de parlamentos, libertad de prensa etc. (Todd, 2024).

La crisis derivada de la guerra en Ucrania ha acentuado estos problemas, agravando los precios y afectando de manera desproporcionada a las clases populares. Mientras tanto, los gobiernos occidentales están cada vez más distantes de las preocupaciones de sus ciudadanos. En lugar de fomentar un diálogo que incluya a Rusia como parte del proceso de resolución, han optado por una estrategia de confrontación prolongada. Esta falta de negociación no solo perpetúa el conflicto, sino que también profundiza la inflación y eleva el costo de vida, impactando especialmente a los sectores más vulnerables.

La gestión desorganizada de la diplomacia en este contexto refleja una crisis entre las élites políticas occidentales. La incapacidad de pactar un alto el fuego que permita iniciar negociaciones serias y el rechazo de Rusia como interlocutor han dificultado la consecución de una paz estable y sostenible (Todd, 2024). Las conferencias de paz celebradas en Copenhague, Jeddah, Malta y Davos, que excluyen a Rusia del diálogo (Zajanova, 2024), parecen haber tenido como principal objetivo pasar revista de los aliados con los que cuenta Occidente.

Estas negociaciones, además, han sido ineficaces al no tratar el conflicto de manera equitativa. Las propuestas que incluyen la retirada de las tropas rusas a las fronteras de 1991, la rendición de cuentas ante la justicia internacional y el pago de reparaciones a Ucrania han sido rechazadas ya que se perciben como desproporcionadas (Zajanova, 2024). En este marco, los dirigentes occidentales parecen más enfocados en las dinámicas electorales y los conflictos internos de sus parlamentos que en comprender y gestionar con eficacia las complejas relaciones internacionales que requieren una planificación estratégica y una visión a largo plazo (Todd, 2024).

Hasta aquí se ha evidenciado que dentro de los propios Estados es complicado que exista algo como un interés nacional que sirva como hoja de ruta para la política exterior de un país. Esto no quiere decir que no haya Estados dentro de la UE que tengan una política exterior más o menos definida, en muchas ocasiones determinada por un desarrollo histórico y cultural concreto, cuestiones geográficas o coyunturales. Un ejemplo claro es el reciente ingreso de Suecia y Finlandia en la OTAN ante la inseguridad que les creaba la proactividad rusa (Baqués, 2023b).

Una vez definida la política exterior estatal, la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) de la Unión Europea fue formalmente positivizada a través del Tratado de Maastricht, firmado en 1992. Este tratado estableció el marco institucional para la cooperación en materia de política exterior y seguridad entre los Estados miembros, y su entrada en vigor en 1993 marcó el inicio de un esfuerzo concertado para dotar a la Unión de una voz única en el ámbito internacional (Malovec, 2024). Esto implica que la PESC tiene como objetivo principal facilitar que los veintisiete Estados miembros de la Unión Europea actúen de manera coordinada en el plano internacional, aumentando su peso y capacidad de influencia en comparación con la actuación individual de cada Estado por separado (Malovec, 2024). Además, otros de sus objetivos son: mantener la paz y reforzar la seguridad, promover la democracia, el Estado de Derecho y el respeto a los Derechos Humanos y las libertades en todo el mundo (Malovec, 2024).

El objetivo principal de la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) es lograr que los intereses de los Estados miembros converjan en una posición unificada. Esto permitiría que la Unión Europea proyecte una voz coherente y sólida en el escenario internacional. Sin embargo, los veintisiete Estados miembros no comparten siempre los mismos intereses, lo que dificulta la formulación de una política exterior común. Además, si bien la PESC está orientada a la defensa de valores universales como la paz, la democracia, el Estado de Derecho y los Derechos Humanos, el compromiso actual con estos principios podría ser cuestionado. En el caso del conflicto en Ucrania, el envío de armas y el apoyo político se justifican con la intención de defender la democracia y el Estado de Derecho. No obstante, algunos autores, como Todd (2024), argumentan que Ucrania está lejos de ser una democracia plena. Según su análisis, tras los acontecimientos de 2014, el país ha evolucionado hacia una “organización militar-policial financiada por Washington”, caracterizada por una “alianza entre el ultranacionalismo del oeste y el anarco-militarismo del centro en oposición a la parte rusófila del país” (Todd, 2024, pp. 78-81). Por lo tanto, el objetivo de esta guerra es alejar a Ucrania de la órbita de influencia rusa e introducirla en el campo occidental (Mearsheimer, 2014).

Sea como fuere y volviendo a las cuestiones concretas, la diversidad de agendas refleja la dificultad de articular una política exterior común coherente y unificada en la UE. Como señala Baqués (2023b), “no se puede hablar de que la UE sea una unidad política” (p. 106), ya que no existe un interés europeo claramente definido, sino una multiplicidad de prioridades que varían según las circunstancias de cada país.

La heterogeneidad de posturas dentro de la Unión Europea se manifiesta de manera clara en el ámbito de la política energética y la dependencia de algunos Estados miembros respecto a Rusia. Durante la Guerra Fría, las alianzas defensivas europeas se construyeron en torno a la percepción de un enemigo común, que en ese contexto fue la URSS (Baqués, 2023b). Sin embargo, en la actualidad, cada vez son más las voces dentro de la UE que están reconsiderando su postura hacia Rusia, especialmente en el marco de la crisis energética actual.

Países como Hungría y Eslovaquia, así como otros Estados que dependen significativamente del gas ruso, están revisando sus posiciones, buscando equilibrar sus necesidades energéticas con las dinámicas geopolíticas en curso. Esto plantea la cuestión de qué Estados dentro de la UE, tras dos años de conflicto, estarían dispuestos a establecer una relación más estrecha con Rusia en el futuro. A pesar de las tensiones marcadas por la guerra en Ucrania, algunos países europeos podrían estar más inclinados a mejorar sus vínculos con Rusia debido a factores geográficos, económicos, culturales y, especialmente, energéticos. Estos elementos, más que ideológicos, parecen ser determinantes en la evolución de las relaciones entre ciertos Estados de la UE y Moscú.

El mercado del gas natural licuado (GNL) es altamente volátil y se ve influenciado por diversos factores, como las fluctuaciones en la oferta y la demanda, condiciones meteorológicas extremas, incertidumbre económica, problemas operativos y conflictos armados (IEEFA, 2024). En los últimos tiempos, acontecimientos geopolíticos como la invasión de Ucrania por parte de Rusia, la guerra en Gaza y los disturbios en el Mar Rojo han mostrado que el mercado del GNL no solo responde a factores económicos fundamentales, sino también a la incertidumbre provocada por la escalada de estos conflictos y su impacto potencial en el comercio global de combustible (IEEFA, 2024)

La reducción de la demanda de gas ha sido un factor crucial para garantizar la seguridad del suministro energético en Europa. Entre agosto de 2022 y enero de 2023, los países de la Unión Europea redujeron su consumo de gas en un 19% en comparación con el mismo período de 2017 a 2022 (IEEFA, 2024). Esta disminución no ha sido el resultado directo de sanciones impuestas al gas ruso, sino más bien de decisiones voluntarias de los Estados miembros de la UE para diversificar sus fuentes de suministro. Según DW, esta estrategia busca reducir la dependencia energética de Rusia y evitar posibles situaciones de coacción por parte de Moscú, fortaleciendo así la resiliencia energética europea ante futuras interrupciones (Sullivan, 2024)

Durante el primer semestre de 2024, el clima templado y el aumento en la producción de energías renovables y nuclear contribuyeron a reducir la demanda de gas en Europa, tanto para calefacción en invierno como para la generación de energía. Como resultado, el consumo europeo de gas cayó un 5,4% en términos interanuales y las importaciones de GNL disminuyeron un 20% (IEEFA, 2024).

Según datos de la UE la proporción de gas ruso que llegaba a la UE por gaseoducto cayó un 40% en el año 2021 y alrededor del 8% en el 2023 (Consejo Europeo, 2024). Sin embargo, las necesidades de gas siguen estando presentes entre los Estados dependientes de Rusia. Por lo tanto, se buscó diversificar la llegada de gas incrementando los pedidos de gas licuado de petróleo (GLP) a EE. UU. y a Noruega (Consejo Europeo, 2024).

Como se ha evidenciado la dependencia energética de Europa respecto al gas ruso ha sido uno de los temas más críticos en la configuración de las políticas exteriores de los Estados miembros de la Unión Europea, dos casos paradigmáticos son Alemania y Austria. Ambos países, hacen frontera sur y norte respectivamente, tienen enfoques políticos diferentes y han mantenido una relación estrecha con Rusia debido a su elevada dependencia del suministro de gas. Alemania, como motor económico de Europa y llamado a ser la potencia regional (Baqués, 2023b), ha tenido dificultades para abastecerse de gas. Mientras tanto Austria, históricamente neutral en lo militar, ha mantenido su dependencia del gas ruso como una pieza clave en su estrategia de seguridad y estabilidad económica (Lidón, 2024). Esta dependencia ha condicionado las posturas de ambos países centroeuropeos en el contexto de la crisis energética y geopolítica provocada por la invasión rusa de Ucrania, reflejando las tensiones entre la necesidad de asegurar el suministro energético y las presiones geopolíticas.

La construcción de los gaseoductos Nord Stream y Nord Stream II son dos demostraciones de la política pragmática llevada a cabo, aunque de forma diferente, de los gobiernos de Schröder y Merkel (Cusumano, 2022). Sin embargo, la dependencia alemana respecto al gas ruso ha sido objeto de críticas y debates dada la coyuntura actual.

En un intento de diversificar sus fuentes de suministro energético, Alemania propuso el proyecto MidCat, un gasoducto transpirenaico que permitiría transportar gas desde la Península Ibérica hacia el centro de Europa. Este gasoducto, similar a los corredores de Biriatou en el País Vasco y Narran en Navarra, tenía como objetivo reducir la dependencia alemana del gas ruso (Ser, 2024). No obstante, Francia se opuso al proyecto, argumentando que su elevado costo (3.100 millones de euros) y el tiempo necesario para su finalización no serían suficientes para enfrentar la crisis energética a corto plazo. Además, Francia considera que la guerra en Ucrania no durará para siempre y la situación se restaurará (SER, 2024).

Este rechazo también pone de relieve la cuestión de la solidaridad energética europea, ya que el proyecto podría haber beneficiado a varios países del centro y norte de Europa. Sin embargo, Francia defiende otras alternativas que considera más rentables y sostenibles, como la construcción de terminales de gas metanero en países con salida al mar en el norte de Europa, lo que permitiría la importación de gas desde el Golfo Pérsico o Estados Unidos sin necesidad de un gasoducto que atraviese su territorio (SER, 2024). De esta opinión se pueden extraer dos conclusiones: en primer lugar, Francia no quiere hacer un desembolso de dinero para proveer de gas a Centro Europa y menos pasando el gaseoducto por su territorio. En segundo lugar, el MidCat sería una oportunidad para España para estar más conectada con Europa Central y que dependan de ella para el suministro de gas (Caballero, 2022).

En octubre de 2022, Francia comenzó a suministrar gas a Alemania, lo que fue presentado por algunos medios, como DW (2022), como un gesto de solidaridad europea. No obstante, es importante destacar que este suministro no es gratuito, y responde a acuerdos comerciales.

Por otro lado, Rusia, afectada por la pérdida de hasta un 80% de su mercado de gas en Europa, ha comenzado a reorientar su estrategia hacia China. Sin embargo, este cambio aún no se ha materializado plenamente, ya que Pekín se ha mostrado reacio a firmar nuevos contratos que puedan compensar la pérdida del mercado europeo (El Grand Continent, 2024).

A diferencia de países como Finlandia y Suecia, que han optado por integrarse en la OTAN, Austria ha mantenido una postura neutral en la política de seguridad europea, en gran parte debido a su significativa dependencia del gas ruso (Velert, 2024). Esta neutralidad, adoptada oficialmente en 1955 como una medida para preservar su soberanía frente a la URSS, sigue influyendo en su política exterior y en sus relaciones energéticas (Lidón, 2024).

Austria se encuentra en una posición de equilibrio entre su neutralidad histórica y sus intereses económicos con Rusia. Aunque no genera tanto debate público como Hungría o Eslovaquia en términos de sus relaciones con Moscú, Austria sigue siendo un actor relevante en este ámbito. Actualmente, el 83% del gas consumido en Austria proviene de Rusia, lo que evidencia la fuerte dependencia energética del país (Lidón, 2024).

La relación entre Austria y Rusia también reviste importancia estratégica para Moscú debido al principio de unanimidad en la toma de decisiones de la política exterior y de seguridad de la Unión Europea (Tratado de la Unión Europea, 1992). Rusia se beneficia de su relación con Austria, al igual que con Hungría, ya que ambos países pueden actuar como aliados clave para obstaculizar o dividir el consenso dentro de la UE en temas relacionados con la seguridad energética o las sanciones (Lidón, 2024). Esto refuerza la influencia de Moscú en Europa, utilizando a países como Austria y Hungría como posibles contrapesos dentro del bloque europeo.

Conclusiones

Europa debe reconsiderar los principios westfalianos como base para su política exterior y de seguridad. El equilibrio de poder es esencial para garantizar la estabilidad en el continente, evitando así futuros conflictos en suelo europeo y guerras subsidiarias en otras regiones. Para ello, se requiere el respeto a la soberanía de los Estados y el reconocimiento de otros actores internacionales como pares, en particular en el caso de Rusia, con el objetivo de facilitar una paz negociada en Ucrania. Las alianzas estratégicas deberían formarse con aquellos Estados que compartan objetivos comunes en política exterior, fortaleciendo así una política coherente y alineada.

Las divisiones entre los Estados miembros de la Unión Europea en áreas como política exterior, energía y seguridad, reflejan su diversidad geográfica. Factores como los imaginarios de seguridad, las fronteras naturales y políticas, los mares, ríos y la climatología, crean diferencias entre las subregiones del continente. La vulnerabilidad de las fronteras orientales, el drama migratorio en las fronteras meridionales y la dependencia energética de Rusia subraya la brecha entre el norte-sur y el oeste-este de Europa. Estas variables geográficas continúan condicionando la capacidad de la UE para articular una política común en asuntos clave, lo que refuerza la necesidad de un sistema de equilibrio de poder que respete las particularidades de cada Estado miembro.

Nota sobre el autor:

Alejandro Sánchez es graduado en Relaciones Internacionales por la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) y máster en Teoría Política y Cultura Democrática por la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Actualmente, es doctorando en el Programa de Doctorado en Análisis de Problemas Sociales de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Su dirección de correo electrónico es asanchez6104@alumno.uned.es

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[1] La aclaración es del autor del presente artículo.

[2] La prudencia para Aristóteles era un saber eminentemente político (1985: 64) y la definía como la capacidad para deliberar lo que es bueno, recto y conveniente para uno mismo (1985: 273).

[3] Mark Rutte, ex primer ministro de los Países Bajos, país conocido por su alineación atlantista, ha expresado en sus primeras declaraciones una postura firme hacia China, debido al apoyo de Pekín a Rusia en el contexto del conflicto en Ucrania. Asimismo, ha reiterado su completo respaldo a Ucrania en dicha confrontación. En cuanto a la política estadounidense, Rutte ha elogiado a ambos candidatos a la presidencia de Estados Unidos. Ha destacado a Donald Trump por su insistencia en que los países europeos aumenten su gasto militar y ha valorado positivamente a Kamala Harris, quien es la favorita entre los líderes europeos, al considerar que ha desempeñado un papel destacado como presidenta. Rutte tiene claro que la defensa de Europa depende del esfuerzo militar estadounidense y no puede permitirse elegir candidato ante el clima de incertidumbre (Navarro, 2024).