El multialineamiento indio y su influencia en la política china

DR. ÁNGEL GÓMEZ DE ÁGREDA

Coronel (en reserva) del Ejército del Aire y del Espacio, España

Title: India’s Multi-Alignment and Its Influence on Chinese Foreign Policy

Resumen: Los documentos oficiales chinos suelen tratar a India con un cierto desdén, como un escenario secundario. No obstante, más allá de las ocasionales tensiones a lo largo de la Línea de Control Real (LAC) que separa ambos países, los intereses de ambas potencias se entrelazan de forma creciente en los últimos años. El Indo-Pacífico o, más concretamente, el Océano Índico y sus accesos, ha ganado relevancia en las políticas de Nueva Delhi y de Beijing. Iniciativas como la Franja y la Ruta (BRI), el llamado Collar de Perlas, o la construcción de determinadas grandes infraestructuras ponen a prueba los límites de uno y otro en el control de los tráficos y tránsitos comerciales y estratégicos en el continente. Curiosamente, a pesar de compartir una larga frontera terrestre, ambos países parecen destinados a trasladar buena parte de sus disputas a ese ámbito marítimo.

El artículo pone el foco en la relación transhimalaya y en el punto de vista desde ambos lados de la cordillera. Se trata de un panorama complejo en el que la política de multialineamiento india añade numerosos matices a las relaciones entre dos países que, frecuentemente, se han empeñado en vivir de espaldas al otro. La autonomía estratégica que impulsa Modi se ve muy condicionada por alianzas minilaterales -especialmente el QUAD – que les vinculan a intereses de contención de China.

Palabras clave: Multialineamiento; Indo-Pacífico; Sudeste Asiático; India; China.

Abstract: Chinese official documents often treat India with a certain degree of disdain, as a secondary player. However, beyond the occasional tensions along the Line of Actual Control (LAC) that separates the two countries, the interests of both powers have become increasingly intertwined in recent years. The Indo-Pacific—or, more specifically, the Indian Ocean and its access routes—has gained prominence in the policies of New Delhi and Beijing. Projects such as the Belt and Road Initiative (BRI), the so-called String of Pearls, or the construction of certain major infrastructure projects are testing the limits of both nations’ control over commercial and strategic traffic and transit on the continent (Gómez-de-Ágreda, Á., Feijóo González, C., 2023). Interestingly, despite sharing a long land border, both countries seem destined to shift much of their disputes to the maritime sphere.

The article focuses on trans-Himalayan relations and the perspectives from both sides of the mountain range. It is a complex landscape in which India’s policy of multi-alignment introduces numerous nuances into relations between two countries that have often insisted on turning their backs on one another. The strategic autonomy promoted by Modi is heavily influenced by minilateral alliances—especially the QUAD—which link them to interests in containing China.

Keywords: Multialignement; Indo-Pacific; SouthEast Asia; India; China.

Para citar este artículo/To cite this article: Ángel Gómez de Ágreda, <<El multialineamiento indio y su influencia en la política china>>, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 12, No. 1, (2026), pp. 115-134. DOI: http://dx.doi.org.10.18847/1.23.7

La frontera terrestre del Himalaya

China e India son dos grandes potencias separadas por la mayor cordillera montañosa del planeta y por una línea de control real (LAC Line of Actual Control) delineada por -¿cómo no?- el Imperio Británico y formalmente asumida por ambos bandos (Agreement Between the Government of the Republic of India and the Government of the People’s Republic of China on Confidence-Building Measures in the Military Field Along the Line of Actual Control in the India-China Border Areas, 1996).

Las disputas fronterizas terrestres entre ambos países -con el caso del valle de Galwan como ejemplo más reciente y significativo- (Embajada de la República Popular China en India, 2025) podrían llevar a pensar que el equilibrio militar entre ambos fuese relevante para la disuasión mutua. El acuerdo de patrullaje y desescalada firmado en 2024 llegó solo más de cuatro años después del incidente y no restauró la confianza mutua ni, por supuesto, resolvió el contencioso.

No obstante, a pesar de la muy significativa disparidad de medios y capacidades entre ambos, existen numerosos factores que convierten esta ecuación en algo mucho menos relevador de lo aparente.

En primer lugar, ninguna de las dos potencias es expansionista en el sentido geográfico de la expresión. Los condicionantes geográficos de ambas las convierten en naciones autocontenidas, aunque con límites imprecisos. China es, a todos los efectos, una isla (Evans, 2008). A su límite marítimo oriental se suma uno meridional marcado por la presencia de antiguos reinos asentados en las junglas tropicales y por las casi impenetrables alturas de los Himalayas. El Indo-Kush da continuidad a esos límites por el Oeste antes de morir en la aridez desértica y helada del Norte. Los límites pueden resultar imprecisos (incluso, como en el caso de la región de Tibet, de una enorme amplitud), pero se han mantenido estables -con sus idas y venidas- durante milenios.

El caso de India es, quizás, más claro todavía en lo que respecta a la geografía. No en vano, el Subcontinente tiene sus propias dinámicas y apenas si ofrece dos vías de acceso al mismo. A efectos prácticos, de hecho, la única viable ha sido la occidental, a través de la cual se recibió la influencia persa y mogola. Esa vía se encuentra ahora clausurada por la rivalidad y enfrentamiento intermitente con Pakistán.

El segundo motivo por el cuál la relación de fuerzas militares entre ambos países tiene una importancia relativa es por la complejidad de la relación entre ambos. La política de autonomía estratégica de India se traduce en una doctrina de multialineamiento en el que tienen cabida diferentes alianzas de carácter minilateral, como veremos. India necesita el contrapeso de China (y de Europa) para limitar la influencia de Estados Unidos en el país y en la región. Sus fuertes vínculos con Japón -probablemente su aliado más cercano- sirven también para contrarrestar el papel de Pakistán como aliado de China en la propia retaguardia india. Así, China sirve de campo gravitatorio para evitar ser engullido en la esfera estadounidense, pero Japón y Pakistán actúan a su vez como topes respecto de la atracción que puedan ejercerse los dos grandes actores asiáticos entre ellos. Dentro de este contexto, el factor militar ve muy matizada su relevancia.

Finalmente, si bien las fuerzas convencionales chinas tienen una considerable superioridad tecnológica y operativa sobre las indias, la capacidad mínima de disuasión nuclear que mantiene Nueva Delhi resulta suficiente como para elevar dramáticamente la apuesta en caso de un conflicto terrestre de gran magnitud entre ambos. Cuando los ecos de las acciones transfronterizas puntuales alcanzan las capitales respectivas generan un suficiente impacto negativo como para resultar disuasorias de cualquier veleidad de escalada ulterior. A pesar de lo contenido de sus efectos, la diplomacia entre ambos se resiente y ralentiza durante largos periodos después de cada incidente.

Cabe concluir que las disputas territoriales en la frontera sino-india tiene un potencial limitado de disrupción. Enfrentamientos puntuales, como el de Galwan, tienen escasas posibilidades de escalada debido al diseño intrínseco de los órdenes de batalla de ambos países y a lo remoto de los escenarios en que tienen lugar. China tiene una amplia ventaja en cuanto a capacidad para acumular fuerzas y refuerzos en la frontera, pero la misma geografía limita las opciones de explotar un éxito inicial antes de la reacción india. No cabe pensar, por otro lado, en ninguna ganancia territorial -siquiera permanente- que justificase una confrontación entre potencias nucleares.

No por ello es probable que estas escaramuzas vayan a desaparecer. Mantienen su valor en cuanto a ejercer de mecanismos de reafirmación, tanto interna como frente a la otra parte. China es muy dada a escenificar gestos tácticos que refuercen su narrativa estratégica, tanto en este escenario como en otros. La actividad transfronteriza mantiene vivo el relato de la disputa y los argumentos legales sobre las reclamaciones en una suerte de lawfare que resulta quizás más evidente en otros teatros como el del Mar del Sur de China (Gómez-de-Ágreda y Feijóo González, 2023). Las concesiones -o las meras omisiones- se perciben como algo más que una pérdida de prestigio o poder relativo, sugieren también cesiones de legitimidad con alcance a largo plazo (Ramachandran, 2024).

Las disputas futuras tienen una mayor probabilidad de ocurrencia como consecuencia de la aparición o la explotación sobrevenida de recursos estratégicos que como medio para obtener ganancias territoriales, por mucho que se mantenga el discurso formal de la discrepancia con la línea de separación de McMahon (basada en el hecho de que se estableció entre el Imperio Británico y el, entonces independiente, Tibet).

En concreto, la construcción de presas y centrales hidroeléctricas en el curso del Brahmaputra o Yarlung Tsangpo, es el ejemplo más claro. El proyecto tiene potencial de convertirse en casus belli. Se trataría de un caso similar al de los incumplimientos del Tratado del Indo (entre India y Pakistán), salvo que, en este caso, implicaría también a otro país de casi doscientos millones de habitantes como Bangladesh. Estas infraestructuras pueden tardar años en tener efectos aguas abajo, pero afectan a un recurso muy crítico y pueden suponer riesgos importantes de seguridad humana. Igual que en el caso de la presa del Renacimiento, en Etiopía, los Estados riparios suelen tener posturas muy marcadas respecto del uso de los recursos.

Otro factor desequilibrante en el frente terrestre es el desarrollo de infraestructuras de transporte en el lado chino de la frontera, insuficiente y tardíamente contrarrestadas al Sur de la misma. La capacidad actual de acumulación de fuerzas por parte de China duplica con creces el rimo que puede seguir India. Con independencia de su voluntad de empleo de las fuerzas, la mera congregación de unidades en las proximidades de la línea de demarcación -o, simplemente, la existencia de infraestructuras que lo permitan- generaría fricciones y contribuiría a la disminución de la confianza entre ambos.

Las rutas marítimas y la libertad de navegación en el Indo Pacífico

Una buena parte de la competición geopolítica entre las dos potencias se ha trasladado al ámbito marítimo, especialmente al Ocano Índico. La competición se concreta en los esfuerzos por controlar -o impedir el control por la otra parte de- los cuellos de botella que suponen los principales estrechos de acceso al mismo y por obtener garantías de acceso a determinadas infraestructuras -normalmente, puertos de aguas profundas- clave de la región.

Paradójicamente, esta rivalidad no surge de la contestación por parte de China de un dominio anterior de India -dominio que no ha existido nunca-, sino como respuesta india al resurgimiento del poderío marítimo y naval chino, y a sus ambiciones en la región.

Esta presencia china en el Índico no se producía de forma significativa desde las famosas siete expediciones navales del Almirante Zheng He en la primera mitad del siglo XV. Tras el desmantelamiento posterior de la flota, China volvió a ser una potencia terrestre con muy limitadas ambiciones navales.[1]

En el frente naval es de la máxima importancia subrayar el hecho de que la Vª Flota de Estados Unidos constituye la fuerza naval más representativa en aguas del Índico. La base permanente estadounidense en la isla de soberanía británica de Diego García altera también significativamente los equilibrios que pudiera haber entre otros actores.[2] A este respecto, es importante tener en cuenta que la pertenencia india al QUAD (Quadrilateral Security Dialogue) (Departamento de Estado de Estados Unidos, sin fecha) no la convierte en aliada de Estados Unidos (aunque sí, de alguna manera, en rival de China). En este sentido, los intereses indios se encontrarían alineados con los estadounidenses en cuanto a limitar la presencia china en el Índico (aunque diverjan en cuanto a la misma presencia estadounidense en el mismo océano).

La fuerza naval india se ha reforzado sustancialmente en los últimos años casi al mismo tiempo que su industria naval. Partiendo frecuentemente de diseños rusos o alemanes, India ha seguido los pasos de China en la construcción autónoma de sus propios portaaviones. Aun así, el tamaño de ambas marinas -e industrias- es muy diferente.

El diferencial de capacidades se refleja en las estrategias seguidas por ambas. Mientras que China está proyectando su presencia sobre la base de la ruta marítima de la BRI (Belt and Road Initiative) (Belt and Road Portal, sin fecha), India está focalizando su presencia en los estrechos clave de esta ruta. Su despliegue en las islas Andaman y Nicobar responden, precisamente, a la vecindad de estas respecto de las aproximaciones al estrecho de Malaca. La misma razón está detrás de la celebración de ejercicios navales conjuntos en el Mar de Andaman junto con socios de la región o del QUAD. Malaca es un eje estratégico vital para ambas economías, igual que para muchas otras en la región y más allá. El proyecto del Canal de Kra, en Tailandia, formaría parte de los esfuerzos chinos por diversificar sus rutas y garantizar su disponibilidad.

La presencia china en la región se apoya en las “perlas” del collar de puertos y bases logísticas que dan lugar a la ruta marítima de la BRI (Sohail Sha, 2024).[3] Myanmar, Sri Lanka y Pakistán son escalas principales a lo largo del Índico. Chabahar, en Irán, y Salalah, en Omán, se postulan como escalas alternativas con funciones específicas (Salalah para apoyo a las operaciones de libertad de navegación en el Mar Arábigo y en el Golfo de Adén como complemento a la base de Yibuti).

Rivalidad en el espacio aéreo y más allá

La competición se traslada también al dominio aeroespacial. Tanto dentro como fuera de la atmósfera, China ostenta por el momento una clara superioridad frente a India.

El enfrentamiento entre cazas indios y paquistaníes en 2025 tiene escasa lógica más allá de la voluntad de tentar las capacidades del adversario. De ser cierto ese escenario, Pakistán habría jugado un papel casi al dictado de Beijing en el que Islamabad obtendría una victoria disuasoria o, al menos, intimidatoria, mientras que Beijing habría consolidado la percepción de las capacidades de su industria aeronáutica de defensa y habría lanzado un serio aviso a terceros no implicados en el incidente.

Después de este primer combate aéreo, el conflicto se mantuvo todavía durante unos días. Durante este periodo, India realizó varios ataques contra bases aéreas paquistaníes con sus misiles supersónicos BrahMos. Apenas si ha trascendido alguna información relativa al resultado final, pero parecen haber quedado claras las limitaciones de Islamabad para contrarrestar esta amenaza supersónica india.

Más allá de la atmósfera, transcurrieron cuatro años y medio desde el aterrizaje de la nave china Chang-e 4 en la cara distal de la Luna (un logro sin precedentes) y el de la Chandrayaan-3 india en el Polo Sur lunar (también una primicia). Significativamente, ambos se adelantaron a planes estadounidenses similares, aunque en el caso de la visita al lado oculto del satélite el vuelo norteamericano fuera tripulado. El Polo Sur, además, reúne unas características (existencia de agua helada) que lo hacen particularmente atractivo para posteriores misiones tripuladas y estaciones permanentes. Ambos países parecen guiados por el pragmatismo al tiempo que por la competitividad.

En el ámbito militar, la superioridad actual de China tenderá probablemente a reforzarse en los próximos años, aunque más como reflejo del poderío estadounidense que en preparación para una confrontación con su vecino. La razón subyacente es que ambos contingentes están diseñados también con fines distintos: China proyecta capacidades a un entorno cada vez más amplio, India pretende garantizar una cierta capacidad de resiliencia progresiva apoyándose en la construcción de una industria bélica propia (GlobalMilitary.net, s. f.).

El aspecto industrial también está muy desarrollado en China, pero hay que recordar que, hace apenas una década, Beijing seguía dependiendo de la tecnología rusa o de la ingeniería inversa para buena parte de sus desarrollos más sofisticados. La capacidad de proyección de sus fuerzas se extiende a la par de la de su industria de defensa, con productos muy atractivos en muchos mercados. Esta sofisticación le permite adquirir superioridad frente a muchos adversarios en la integración de sus sistemas de vigilancia, inteligencia y reconocimiento, así como en su capacidad de proyección (GlobalFirePower.com, 2026).

El presupuesto de defensa chino (314.000 millones de dólares) es también muy superior al indio (86.000 millones), aunque las cifras oficiales pueden resultar engañosas.

Posicionamientos opuestos: centralidad y excentricidad

La prioridad absoluta de la política india es el multialineamiento y la autonomía estratégica. Esto se traduce en el establecimiento de numerosas relaciones con diferentes actores que persiguen intereses concretos en cada caso, sin extenderse dicha cooperación más allá de su consecución. Es la fórmula denominada “minilateralismo” y que parece estar ganando tracción como modelo alternativo al multilateralismo imperante en las últimas décadas y todavía perseguido nominalmente por China de un modo, como siempre, sui generis.

Estas distintas prioridades de cada uno de los dos actores se traducen en la visión que tienen sobre el otro. China se percibe como una potencia mundial, un near peer de Estados Unidos, con intereses globales y ambiciones de recuperar el centro gravitatorio mundial. En su visión, Beijing no se postula como dominador mundial ni como el dictador de las políticas de los países (papel que se reserva a las pretensiones de Washington en la narrativa china). Más bien, apuesta por ejercer un papel de referencia necesaria y centro de gravedad de todas las relaciones y transacciones. La relación con India tiene lugar, por lo tanto, desde una posición de respeto, pero también de primacía percibida.

Esta centralidad tiene su representación paradigmática en la BRI (Belt and Road Portal, sin fecha), la moderna Ruta de la Seda cuyos tentáculos emanan desde el Imperio del Centro, y sus complementos financieros (el Asian Infrastructure Investment Bank- AIIB) (Portal del Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras , sin fecha) y digital. La negativa de Nueva Delhi a formar parte de esta colosal infraestructura es clara consecuencia de su búsqueda por la preservación de su autonomía, pero también de la de la creación de un sistema propio. Modi, en su famoso discurso en el Foro de Diálogo de Shangri-La en 2018 (Ministerio de Asuntos Exteriores de India, 2018), vinculó la BRI con el pasado imperial chino.

India y Japón presentaron de forma conjunta una alternativa a la ruta marítima de la BRI. El Asia-Africa Growth Corridor (AAGC) (Economic Research Institute for ASEAN and East Asia, 2017), no obstante, ha conseguido pocos avances hasta el momento por los clásicos problemas operativos y burocráticos que han lastrado muchas iniciativas indias en el pasado.

Un Indo Pacífico Libre y Abierto

Igual negativa a adoptar un alineamiento claro se produjo inicialmente frente a la iniciativa del Primer Ministro Abe Shinzo de un Indo Pacífico Libre y Abierto (FOIP), que apuntó en un discurso en el parlamento indio ya en 2007 (Abe, 2007), nueve años antes de diseñar la estrategia FOIP formalmente. El también Primer Ministro Kishida Fumio siguió los pasos del líder, asesinado 16 años después en el mismo escenario (Kishida, 2023).

La adopción de la expresión -FOIP- y del objetivo por parte de Estados Unidos (Departamento de Estado de Estados Unidos, 2019) por parte de India habría vinculado de forma demasiado evidente a Nueva Delhi con Washington. De este modo, se habrían dificultado sustancialmente los lazos con Beijing y con otros actores clave para la estabilidad y autonomía india. En su lugar, India mantiene sus políticas de Look East (Sinha, 2016) y de Act East (Oficina de Información a la prensa de India, 2014). Con ellas se acerca a la península indochina de un modo independiente al de las otras potencias integradas en la doctrina FOIP y mantiene allí su propio pulso de influencia con China.

La errática e inconsistente política de la actual administración estadounidense arroja mayor incertidumbre en Nueva Delhi, muy especialmente cuando India -igual que China- es uno de los mayores perjudicados por las medidas adoptadas por Estados Unidos. El cierre temporal del estrecho de Ormuz se suma a la presión arancelaria que venía sufriendo el país por su adquisición de hidrocarburos procedentes de Rusia. Estas circunstancias afectan ciertamente a la relación bilateral con China, cuya imagen (deliberadamente) moderada y estable sale muy reforzada por contraste con las políticas de la Casa Blanca.

A pesar de todo, la mera existencia de la FOIP -o, a esos efectos, del QUAD, organismo que había permanecido en estado catatónico durante muchos años- permite a India mantener abiertas opciones geopolíticas eludiendo la excesiva dependencia de ningún socio. Esta misma pretensión, como veremos, da lugar al establecimiento de vínculos con potencias medias o agrupaciones de estas que la habiliten para generar una tercera vía en caso de que la confrontación sino-estadounidense fuera a exigir un posicionamiento más firme.

La percepción cruzada entre las potencias

La mirada empañada con tintes soberbios de China sobre India coloca a esta última un escalón por debajo en la competición geopolítica. Uno, sin embargo, que puede resultar molesto y limitante para el modelo de gobernanza que plantea Beijing. Mientras que China ve en Estados Unidos a un rival por el liderazgo mundial, India representa la alternativa al modelo chino, pero solo entre los países del Sur Global. La creciente asertividad india, especialmente en África y en Oriente Medio, pretende establecer una vía de desarrollo y gobernanza alternativa a la de los dos grandes y entra en directa competencia con los intereses chinos; quizás más que con los estadounidenses, que quedan perfectamente delimitados y fuera de su alcance.

Lejos de ser un aspecto secundario, la limitación en la extensión de los tentáculos desde su posición central que puede representar para Beijing la penetración india en mercados y en posiciones de influencia en gobiernos de terceros países supone un desafío para él. Desde esa óptica se interpretan todas las iniciativas en las que se participa (excepción hecha de las que incluyen todavía a Estados Unidos) como herramientas más o menos sesgadas en favor de los intereses chinos.

La aparición de un modelo alternativo en el seno de los BRICS, o de la SCO, supone un desafío implícito a la autoridad que los demás asumen como indiscutible. China percibe estas plataformas como instrumentos al servicio de la expansión de su influencia global y como constructos diplomáticos que contrarrestan a otros de los rivales y que permiten a Beijing mostrarse como líder de un bloque sin tener que imponer dicho liderazgo a sus participantes.

Nueva Delhi, sin embargo, entiende su participación en las mismas como un modo de equilibrar sus relaciones con Occidente al tiempo que reafirma su autonomía estratégica; todo ello sin necesidad de un compromiso apreciable en ningún sentido. Sus intenciones pasan más por tender puentes que por utilizarlos.

Para China, resulta evidente que India no va a aceptar una posición subordinada apoyándose en los múltiples vínculos exteriores que la sostienen. La búsqueda de la autonomía estratégica por parte de India le garantiza, por otro lado, que Nueva Delhi también tiene interés en mantener los vínculos con Beijing como contrapeso. El equilibrio implica renunciar a un aliado firme y evitar injerencias ofensivas con el fin de garantizar un socio circunstancial y un mercado suculento (Foreign Policy, 2025).

Geopolíticamente, Beijing tiene pues que conjugar el carácter de competidor sistémico (o estructural) de Estados Unidos en el entorno global y el de India en el contexto del Sur Global. Todo ello sin perder de vista la necesidad de gestionar una coexistencia que se antoja muy importante dado el tamaño del mercado indio y su orientación reciente (Bajpae & Yu, 2025).

La gestión de un vecino molesto -pero potencialmente rentable-, convertido en potencia emergente, pero apoyado en una civilización milenaria es un escenario complejo al que no tiene que hacer frente Estados Unidos por su privilegiada posición geográfica. India es un pez demasiado grande para ser engullido o para ser ignorado sin más. Además, Beijing -a diferencia de Washington- valora este estatus civilizacional particularmente. Las influencias filosóficas y religiosas indias sobre China son innegables, aunque no tengan necesariamente que ser reconocidas de forma explícita, y llevan adosadas filias y fobias a partes iguales.

La solución de Beijing ha sido el establecimiento dos corredores hacia el Índico -a través de Myanmar y de Pakistán- que sortean la posición central india (que sigue siendo una vía menos viable por consideraciones orográficas que protegen sus accesos logísticos, pero también posibles agresiones). Vincularlos estratégicamente a la suerte de China vía su dependencia logística de ella conlleva el valor añadido de convertirlos en aliados en las disputas con Nueva Delhi, establecer una suerte de Golden share sobre sus políticas económicas o, como se vio en el caso del enfrentamiento aéreo de 2025 entre India y Pakistán, en señuelos y demostradores de poder indirectos.

Económicamente, Beijing se ha encontrado con la horma de su propio zapato. Resultaría muy oneroso prescindir del enorme mercado indio. Es un factor que él mismo ha utilizado como palanca en numerosas ocasiones en sus relaciones con el resto del mundo. Las tendencias demográficas apuntan a un rápido crecimiento de este diferencial de población que, por primera vez en la Historia, le resulta desfavorable.

La penetración del capital chino en India está seriamente limitada, aunque esta última sí mantiene una clara dependencia respecto de numerosas materias primas y manufacturas chinas. Hay, por lo tanto, un margen para ejercer presión sobre la base de su potencia industrial y manufacturera, y también otro para el incremento de las actividades financieras en el país. La aspiración de Beijing sería que estos intercambios tuviesen lugar de forma preferente en yuanes al igual que ocurre con los que tienen lugar con Rusia. Para India, la mera elección de la divisa en que se paguen y cobren las transacciones ya supone un posicionamiento. Si bien el dólar siempre puede considerarse la divisa por defecto, una transición sistemática al renmimbi señalaría un acercamiento a su vecino que Nueva Delhi no quiera probablemente explicitar.

Beijing se decanta por una gestión competitiva de una potencia a la que ve como un rival con un alto grado de complejidad derivado de su política de evitar compromisos firmes con ninguna parte concreta. La presión militar y las relaciones económicas tienen que resultar compatibles con el mantenimiento de unos vínculos suficientes como para evitar fomentar la migración política de India al campo estadounidense. Sin embargo, medidas puntuales como los ejercicios conjuntos de naturaleza antiterrorista “2019 China India Hand-in-hand” (Ministerio de Defensa de la República Popular China, 2019) resultan más sintomáticas por lo esporádico de su naturaleza que por el hecho de que se produjesen.

La tendencia actual puede verse muy afectada por la personalidad de los dos líderes y, también, por la del presidente estadounidense; muy especialmente después de los excelentes resultados electorales de Modi en los comicios regionales más recientes y el refuerzo de su posición al frente del Ejecutivo.

La sensación de ser dos potencias víctimas de las políticas de la Casa Blanca -por ejemplo, en cuanto a los aranceles y a tasas específicas vinculadas a la importación de petróleo ruso o la exportación de precursores del fentanilo- puede crear vínculos que, de otra forma, serían mucho más débiles. En especial, puede empujar a Nueva Delhi a buscar la seguridad poniendo un mayor énfasis en las relaciones con aquellos que considere más confiables o consistentes.

Una de las preocupaciones principales para ambos lados es el límite a la dependencia india de los productos y servicios chinos. Además del ámbito financiero, Nueva Delhi está tratando con exquisito cuidado la penetración de vectores digitales de influencia en forma de aplicaciones, redes sociales o tecnologías propietarias chinas. La influencia cultural encuentra, por otro lado, un terreno poco fértil en un ecosistema indio rico en manifestaciones propias (como la industria cinematográfica de Bollywood). Otro asunto muy distinto es el de las aplicaciones digitales, algunas de las cuáles han sido prohibidas al Sur de la cordillera para mitigar una posible exfiltración de datos e infiltración de relatos.

Por su parte, India ve en China una referencia (quizás la única referencia por cuanto a tamaño y trayectoria histórica), un modelo imperfecto para sus aspiraciones de crecimiento, al mismo tiempo que una amenaza sistémica. Su interpretación del vecino septentrional ha evolucionado de una mirada crítica y cautelosa a otra más caleidoscópica en la que se mezcla la convergencia de intereses con la competición. Nueva Delhi no quiere entrar en la órbita de Beijing, pero utiliza la gravedad que proyecta este para compensar la procedente de Washington y mantener de ese modo su autonomía. El incidente de Galwan despertó recelos que condujeron a una confianza más vigilante que incluía la construcción de infraestructuras que permitiesen, en su caso, una reacción más ágil.

Relatos internos y externos

Nominalmente la mayor democracia del planeta, India se ve limitada en la aplicación de sus políticas de un modo que no tiene equivalente en su rival. Ante dicha constricción en su libertad de acción, el Primer Ministro Modi ha acertado a conseguir una estabilidad de su poder lo suficientemente prolongada y libre de trabas como para encauzar el modelo de crecimiento. El hecho de que haya tenido que hacerlo sobre la base de un nacionalismo hinduista excluyente fragiliza la continuidad de su labor y la puede tornar menos visualmente atractiva dentro y fuera del país.

El relato de ambas potencias puede parecer coincidente en algunos aspectos, como el de la libertad de navegación marítima y el mantenimiento de las rutas logísticas. No obstante, la postura china resulta excluyente en determinadas aguas (como el Mar del Sur de China), mientras que exigente del libre tránsito en otras cuyo dominio resulta más disputado (Gómez-de-Ágreda y Feijóo González, 2023). India percibe esta política como un intento chino de ampliar su dominio naval desde el Pacífico sudoccidental hasta el Índico en detrimento de sus pretensiones de supremacía regional.

Allá donde la densidad de las “perlas” del collar chino se hace menos densa, China se vuelve más defensora del orden y las reglas internacionales; allá donde es más densa tiende a interpretar dichas reglas desde una óptica de poder. Se trata de una lógica excluyente sobre lo propio e inclusiva sobre lo ajeno muy consistente con la visión que Beijing tiene sobre sí mismo.

Es cierto, por otro lado, que el papel geoestratégico que juega el Mar del Sur de China -que podría considerarse un equivalente del que corresponde al Caribe para Estados Unidos- resulta absolutamente vital para el país. Mientras tanto las rutas que transitan el Índico (y, muy especialmente, sus cuellos de botella en forma de estrechos de importancia estratégica) son intereses compartidos con otras numerosas potencias que también -o, incluso, en mayor medida que Beijing- dependen de su funcionamiento para su sostenimiento logístico (en particular, Corea del Sur, Japón y Taiwán).

La inversión china en puertos de aguas profundas a lo largo de esta ruta es muestra, sin embargo, de la importancia estratégica que tienen los suministros que llegan a través de esta vía (Liu, 2024). En sus cálculos a medio plazo probablemente incluyan que el deshielo ártico supone una ruta alternativa para las exportaciones chinas hacia Europa, pero resulta muy poco práctica para la llegada de insumos desde África y el Golfo. Esto convierte estas inversiones portuarias en difícilmente negociables o renunciables.

India es, sin duda, el principal obstáculo que encuentra China en su dominio de las rutas en el escenario índico. No tanto, quizás, por la potencia de su escuadra naval como por la legitimidad como potencia central del océano que lleva su nombre. El dominio marítimo no es, en cualquier caso, el único en el que compiten ambas potencias. Como hemos visto, el ámbito espacial también está siendo testigo de una carrera a tres bandas en que ambas naciones asiáticas están muy implicadas. En cada una de estas competiciones es preciso mantener un equilibrio entre lo obtenido y lo comprometido en razón del distanciamiento político que pueda provocar dicha ganancia.

La capacidad de India de mantener el pulso con su vecino dependerá en muy buena medida de distintos factores:

  • la materialización de planes concretos de modernización tecnológica e industrial,
  • de la potenciación de las infraestructuras de uso civil y las de uso dual,
  • de la modernización de sus fuerzas armadas y
  • de consolidación de una burocracia más eficiente que permita incrementar la eficiencia de la gestión.

Este último punto se antoja como la clave de bóveda que permitirá -o no- concretar los avances en los demás.

India -como todos los países a su manera- es prisionera de su idiosincrasia tanto para lo bueno como para lo malo. Además de estas trabas burocráticas y operacionales, mal endémico histórico del subcontinente, India adolece de una falta de suficiente integración económica. Pocos países tienen una mayor riqueza y diversidad cultural que India, pero esa riqueza no se traduce en otra de carácter económico, sino que lastra el potencial del país. En comparación con China, las capacidades indias están muy rezagadas, en un estado muy incipiente de desarrollo.

Finalmente, la flexibilidad y resiliencia que confiere la apuesta minilateralista y multialineada india limita su capacidad para generar confianza en proyectos a largo plazo sobre los que construir alianzas comerciales y económicas (Tzinieris et al., 2023). Igual que el animal que la representa, el elefante, India se mueve normalmente con pesadez y rotundidad; a diferencia de él, no lo hace en manada. Cabe pensar, no obstante, que la progresiva ganancia de masa política y económica de India actuará como fuerza gravitatoria que la convierta en polo de atracción de negocio sin que precise renunciar a su modelo.

Por el momento, la consecuencia que se sigue es que el modelo de acercamiento que tienen que seguir los potenciales socios de Nueva Delhi pasa por:

  • la modularidad,
  • la especificidad del sector de negocio y
  • el respeto por la no exclusividad o por el no alineamiento unívoco por parte india.

Es más, cabe entender que estos condicionantes lo serán tanto más cuanto mayor sea el tamaño y la importancia geopolítica del socio. De entre todos los postulantes, Japón parece ser el que mejor ha entendido los límites y los ritmos indios. Así, en numerosas ocasiones ha terminado llevando a cabo una labor de intermediación o apaciguamiento vetada a cualquier otro país. Su Primer Ministro ha tomado el relevo del Presidente de Estados Unidos -también durante la legislatura de J. Biden- en varias ocasiones cuando las negociaciones se habían estancado. 

Relación a tres

A grandes rasgos, Estados Unidos sigue manteniendo una ventaja tecnológica, financiera y, sobre todo, militar. China les ha desbordado en cuanto a capacidad manufacturera y a la construcción de infraestructuras. De hecho, una buena parte de la geoeconomía actual hay que entenderla partiendo del 11 de diciembre de 2001, fecha del ingreso de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC).

La excusa para su ingreso -mucho más naif todavía cuando es vista en retrospectiva- fue la creencia en que el intercambio comercial impulsaría el crecimiento económico y, a su vez, el desarrollo democrático en el país. A este relato oficial cabe contraponer el atractivo de la explotación de la ingente masa laboral china en beneficio de Occidente.

La primera premisa no se cumplió, como era previsible. Es más, los modelos sociales occidentales parecen ahora buscar mimetizarse con el chino una vez demostrada la eficacia del mismo y a medida que se desarrollan las herramientas para estrechar el control sobre los ciudadanos. La segunda pecó de cortoplacismo y falló en el establecimiento de límites. Eso permitió a Beijing gamificar las reglas de la organización hasta el punto de hacerlas inasumibles para Occidente. La trampa que Occidente cavaba con la deslocalización terminó por encerrarle.

El modelo dejó de funcionar, pero las reglas seguían vigentes. Se imponía desarrollar mecanismos alternativos que permitiesen abandonar las normas que ahora beneficiaban a Beijing. Así lo mostraron iniciativas como el Transatlantic Trade and Investment Partnership (TTIP) o el Trans-Pacific Partnership (TPP), orientadas a sustituir -o, más bien, a prescindir- de la OMC. Las instituciones no se desmantelan, sino que se vacían de contenido.

India se muestra en la actualidad como un pozo de talento y de provisión de servicios. Las divergentes trayectorias económicas de las potencias -ejemplarizadas en el crecimiento de sus economías- invita a llevar la comparación entre ellos más allá del momento presente. En este triángulo, las rutas marítimas están (¿estaban hasta el desafío iraní?) claramente bajo el control de Estados Unidos y sus once grupos aeronavales, las terrestres en el continente las ha monopolizado China sobre la base de su BRI; a India le gustaría arrogarse el papel de guardián de los pasos estratégicos en una región clave, la suya, cuya importancia ha vuelto a evidenciar la guerra en Irán. No obstante, más allá de su posición geográfica, Nueva Delhi carece todavía de los medios para arrogarse esa prerrogativa.

El segundo foco fundamental en la configuración geopolítica -tras el ingreso de China en la OMC- tiene su personificación en India. A este se llega unos años más tarde, en la segunda década del siglo XXI: la revancha poscolonial.[4] Mientras China describe abiertamente su objetivo de dejar atrás el siglo de humillación, India incuba un resentimiento anticolonial contenido como parte del resurgir nacionalista y, también, como ejemplo para los países en los que quiere basar su crecimiento. Las generaciones activas en la actualidad conocen la etapa colonial solo como una referencia histórica y como un condicionante (en ocasiones disonante) cultural.

Las interdependencias entre las tres grandes potencias obligan por el momento a equilibrios que transitan desde la cooperación a la competición pasando por la búsqueda de la autonomía estratégica (Estados Unidos en determinados minerales, China en semiconductores e India en varias tecnologías). Las negociaciones tras la imposición de tarifas y aranceles por parte del presidente Trump sacaron a la luz las debilidades de una interpretación de suma cero en la relación entre los tres. Las pretensiones de todos pasan por neutralizar sus dependencias al tiempo que mantienen sus ventajas respectivas para eliminar sus vulnerabilidades.

La carrera por los desarrollos tecnológicos será clave en este empeño, de ahí el interés, por ejemplo, en conseguir la supremacía en el campo de la inteligencia artificial. Junto con los avances en la generación y almacenamiento de energía, esta tecnología será determinante para el mantenimiento o no del equilibrio entre potencias. De nuevo, China parece haber entendido la naturaleza del juego y apostado por la sustitución de los semiconductores de la estadounidense NVIDIA para favorecer el crecimiento basado en los desarrollados por HUAWEI.[5]

En cualquier caso, de una forma más clara (India)[6] o matizada (China), ambos países se perciben como competidores estratégicos en el medio y largo plazo. Sería muy prolijo entrar a detallar las formas en que China busca contener a India en una acción que refleja las políticas estadounidenses respecto de ella misma. La penetración de las industrias estratégicas chinas en el tejido económico indio están teniendo a su vez ya respuesta por parte de las autoridades de Nueva Delhi en forma de restricciones a su uso.

De forma muy interesante, el lenguaje más directo e incisivo sobre las relaciones entre los dos suele aparecer en documentos de segundo o tercer nivel, y en estudios y análisis doctrinales y estratégicos. Es probable que la percepción real de cada uno de ellos respecto del otro responda más a esta versión menos edulcorada del relato y que la narrativa oficial refleje los equilibrios necesarios para gestionar la complejidad de la relación. En cualquier caso, la desconfianza entre ambas capitales es patente y, con ella, la posibilidad real de cooperación estructurada en cualquier esfera.

El factor ruso

Para los parámetros chinos o indios, Rusia es un recién llegado a Asia. Los primeros encuentros de ambas con la potencia venida del occidente resultan hechos históricos de gran trascendencia y que mantienen a estas alturas cicatrices abiertas. Es significativo que Sheila Miyoshi Jager vincule ambos desde el título de su libro: The Other Great Game: The Opening of Korea and the Birth of Modern East Asia (Tantor Media Inc., 2023).

La llegada de Rusia al Pacífico se produjo en el contexto de la gran expansión que tuvo lugar en las postrimerías del siglo XIX y lo hizo a lomos de la construcción del ferrocarril transiberiano. China mantenía una soberanía muy limitada sobre su territorio y muy condicionada por la presencia de potencias occidentales que imponían sus intereses al tiempo que extraían concesiones y territorios clave. San Petersburgo, ya bajo su último zar, Nicolás II, se autoinvitó al reparto y condicionó la frontera común a la conveniencia del trazado de las vías férreas fagocitando territorio bajo soberanía formal china. El levantamiento de los boxers facilitó finalmente la ocupación de Manchuria por parte rusa.

A esta nueva humillación se añaden los efectos que tuvo la presencia de las tropas zaristas en la frontera septentrional de la península de Corea y que propiciaron la invasión de esta por parte de un occidentalizado ejército japonés, el posterior choque de este con Rusia y su intervención en China. La acumulación de acontecimientos desembocó en la caída de la dinastía Qing unos años después. Tokio llega a China casi por accidente, pero prolonga su invasión hasta su rendición al final de la segunda guerra mundial y dejando tras de sí alrededor de veinte millones de muertos, en su mayor parte civiles.

Durante las décadas anteriores, Rusia había consolidado su poder sobre Asia Central y entrado en contacto con las posesiones británicas en India. El enfrentamiento entre ambos imperios no llegó a producirse de forma abierta, pero mantuvo un tira y afloja activo hasta la derrota rusa frente a Japón en 1905. Dos años después se estabilizó el frente anglo-ruso. Las consecuencias geopolíticas también perduran hasta la actualidad:

  • Afganistán se fija como estado colchón sobre unas fronteras artificiales forzando su extensión hasta China
  • El establecimiento de la Línea Durand como límite del Imperio Británico fractura el territorio pastún incubando conflictos posteriores que implican a Pakistán e India actuales
  • Tibet, entonces un protectorado laxo de Beijing, es formalmente reconocido por ambos imperios como parte de China con el único objetivo de excluirlo de la confrontación entre ellos

Rusia ha condicionado, pues, buena parte de la historia moderna china e india. En apenas unas décadas, su mera presencia reconfiguró los equilibrios geopolíticos de buena parte de Asia. En aquel momento lo hacía como potencia occidental en expansión; hoy sigue siendo una pieza clave en la dinámica continental, pero desde el repudio de Occidente y el declive económico. Su pertenencia a los BRICS o a la OCS es siempre desde una posición subordinada, y su papel se circunscribe al aprovisionamiento de materias primas y a permitir un contrapeso estratégico a las dos potencias demográficas.

En el caso de China, Moscú aporta músculo y profundidad estratégica para intentar contrarrestar la hegemonía estadounidense. En el de India, una alternativa potente más en la que apoyar sus aspiraciones de alineamiento débil. Beijing necesita, ante todo, evitar que se repita a la inversa el momento Nixon-Kissinger que desenganchó a los aliados comunistas en la guerra fría. Nueva Delhi pretende mantener un equilibrio en sus suministros que le permita no depender de tecnologías estadounidense o europeas de forma exclusiva.

Las relaciones entre las tres se rigen por criterios pragmáticos, pero también por una gran desconfianza mutua. Apenas hay sustento ideológico y la convergencia de intereses afirmativos es muy limitada. En esa situación, el mayor factor de cohesión puede ser la contención de la influencia estadounidense. La situación de debilidad sobrevenida tras la larga campaña militar asociada a la invasión de Ucrania no rompe esta dinámica, sino que enfatiza la subordinación rusa a sus contrapartes.

No cabe descartar que Beijing desempolve a su debido tiempo viejos contenciosos territoriales también en su frontera norte. No hay que olvidar tampoco las aspiraciones árticas de China, que serán tanto más intensas cuanto mayor sea la viabilidad de explotar los recursos y rutas de la región. El desequilibrio demográfico entre ambos lados de la frontera ilustra a la perfección la presión que puede llegar a sufrir el Lejano Oriente ruso.

El marco estratégico indio

Resulta muy llamativa la dispersión del pensamiento y la doctrina estratégica de India. No existe un documento centralizado que recoja las líneas generales de su estrategia de seguridad, ni esta puede deducirse tampoco de la agregación de documentos sectoriales que tratan distintos aspectos de esta política. La razón principal es que la falta de unidad temporal, siquiera en un marco cronológico amplio, restaría coherencia a dicha fusión.

Esto deja al país en una postura básicamente reactiva frente a los acontecimientos, con unas pocas líneas maestras como única guía. Incluso la planificación de tipo económico e industrial abandonó con el actual presidente, Narendra Modi, el modelo de planes quinquenales adoptados de la tradición soviética y que China mantiene vigentes. En su lugar, Nueva Delhi establece una planificación sectorial que atiende solamente a ámbitos de particular criticidad u oportunidad.

Los ciclos de planificación económica son de entre cinco y siete años, pero las Agendas de Acción son trianuales -además de sectoriales. La encargada de coordinar todas estas ideas es NITI Aayog (National Institution for Transforming India) (Gobierno de India, Portal Nacional de India, sin fecha). Muy en línea con su modelo general, NITI Aayog apareció para impulsar la coordinación dentro de un sistema federal en el que las iniciativas evolucionan bottom-up, desde la periferia y los estados hacia el gobierno central. En realidad, su función es meramente de centro de pensamiento y de asesoramiento al gobierno central y a los gobiernos estatales. De nuevo, un modelo que probablemente aporta una gran resiliencia al conjunto del sistema a costa de una eficiencia limitada.

En el marco exterior, India centra la mayor parte de su interés en los países que constituyen la ASEAN (Asociation of South East Asian Nations). Se trata de un enfoque económico, pero también geopolítico. Su política Look East (Sinha, 2016), transformada más recientemente en una mucho más asertiva Act East (Oficina de Información a la prensa de India, 2014), entra en colisión directa e inevitable con las equivalentes verticales de China.

El Sudeste Asiático es una potencia conjunta de 680 millones de habitantes con algunas de las mayores tasas de crecimiento del planeta. Las encuestas muestran una importante polarización entre aquellos países que muestran sus preferencias por China y aquellos que lo hacen por Estados Unidos. Mientras que en 2025 los números globales favorecieron al país asiático, el desglose por países concretos y el grado de afinidad dentro de ellos es mucho más matizado (Leo, 2026). Los estrechos que vinculan al Océano Índico con el Mar del Sur de China -principalmente los de Malaca, Lombok y Sonda- son una de las principales arterias comerciales del mundo (y, en el caso de los tres mencionados, las únicas rutas viables para los submarinos).

En este mismo escenario, India decidió (2019) no participar en el acuerdo de libre comercio RCEP (Regional Comprehensive Economic Partnership) (ASEAN, 2020) -precisamente apoyada en el informe contrario de NITI Aayog- ante el temor de que pudiera incrementar, todavía más, su déficit comercial con China. India claudicaba así, de alguna manera, frente a Beijing y renunciaba a competir con ella en foros multinacionales en la región.

Igual de significativo, si no más, es el modelo de participación indio en el IPEF (Indo Pacific Economic Framework for Prosperity) (Departamento de Comercio de Estados Unidos, 2022), modelo alternativo al RCEP en el que se encuentra Estados Unidos. Nueva Delhi participa en los verticales soft de este acuerdo, pero se mantiene fuera del más importante de ellos: el de comercio. Una vez más, el temor a la competencia que puedan suponer economías más competitivas y su deseo de mantener un cierto grado de autonomía estratégica se encuentran detrás de esta decisión.

Las relaciones económicas indias pasan principalmente a través de acuerdos bilaterales. La inversión directa japonesa mantiene un crecimiento constante y acorde al buen entendimiento político entre los dos países. Otro tanto ocurre con las inversiones surcoreanas en el subcontinente, siempre en competición directa con sus rivales nipones. Los tratos bilaterales con las dos grandes economías asiáticas ayudan a compensar su ausencia del RCEP y del IPEF.

De hecho, con escasas excepciones, las políticas económicas indias -igual que sucede en la mayor parte de los países últimamente, están fuertemente vinculadas a los aspectos de seguridad. SAGAR (Security and Growth for All in the Region) (Kumar, 2025) y MAHASAGAR (Mutual and Holistic Advancement for Security and Growth Across Regions) (Pant & Bhattacharya, 2025) representarían la versión india de la FOIP. SAGAR limitaba su acción en 2015 a la región más próxima al país y a posicionar a India como proveedor global de seguridad frente a la creciente presencia de la Marina del Ejército Popular de Liberación de China en sus aguas. Un lustro más tarde, MAHASAGAR incorpora ya de forma explícita el Pacífico Occidental y refuerza su contenido en materia de seguridad económica.

La primera, SAGAR, es coincidente en el tiempo con la Indian Maritime Security Strategy (IMSS, 2015), “Ensuring Secure Seas,” (Marina de la India, 2015), lo que deja una referencia temporal muy clara del despertar indio a sus responsabilidades -y, sobre todo, oportunidades- en el Índico.

La segunda, MAHASAGAR, surge poco después de la Indo-Pacific Oceans Initiative (IPOI) (Indian Council of World Affairs, 2023). Esta última se estructura en siete pilares:

  • Seguridad marítima,
  • Ecología,
  • Recursos,
  • Construcción de capacidades,
  • Reducción de riesgos ante desastres,
  • Cooperación científico-académica, y
  • Comercio y transporte.

Nueva Delhi impulsa también multitud de acuerdos minilaterales: India-Francia-Australia, India-Francia-Emiratos Árabes Unidos, etc. Igualmente, mantiene acuerdos bilaterales con Estados Unidos y un tratado de libre comercio y asociación estratégica con su antigua potencia colonial, el Reino Unido, de cuya Commonwealth forma parte.

Las estrategias de futuro de China y de India: China 2049 y Viksit Bharat 2047

Civilizaciones milenarias, India y China celebrarán en lo que queda de esta década el 80 aniversario de la que es, hasta ahora, su última declaración de independencia. Ambas han delineado también sus objetivos a largo plazo teniendo como referencia el centenario de su refundación: 2047 en el caso de India, 2049 en el de China.

Al contrario de lo que ocurre con las estrategias de seguridad o desarrollo, en este caso fue India la que formalizó su visión en un documento: Viksit Bharat 2047 (Gobierno de India, 2023). Mientras tanto, China recoge sus objetivos para el centenario en distintos discursos de Xi Jinping y en la “Visión 2035”, que actúa como descansillo intermedio o como punto de control. De hecho, China ha celebrado ya el centenario del Partido Comunista Chino (2021), el otro importante hito señalado en sus calendarios.

Los objetivos de ambos países son muy distintos, así como sus estadios actuales de desarrollo y sus idiosincrasias. India aspira a conseguir un desarrollo inclusivo y capacidad estatal. Sus metas volantes están en la prosperidad, inclusión, infraestructura, empleo, educación, salud, sostenibilidad y autosuficiencia. La reducción de la pobreza y de las brechas sociales son su principal aspiración, objetivos que China ya marcó como conseguidos en su aniversario del partido. Su preocupación es de carácter socioeconómico y está enfocada al desarrollo interior.

China busca liderazgo a nivel mundial y reafirmación del papel del Partido; es decir, la recuperación de su estatus como potencia mundial capaz de ejercer el liderazgo exterior desde la fortaleza de un modelo socialista moderno. Sus metas son estratégicas, basadas en el crecimiento, la innovación, la tecnología, la industria y la resiliencia (autosuficiencia) económica. Alcanzada la prosperidad moderada, pretende alcanzar la prosperidad común y la primacía económica al final del ciclo. El Partido actúa como catalizador de las capacidades internas para conseguir esos fines. En consonancia con esta voluntad de proyección, la seguridad y la defensa están más presentes en los objetivos chinos que en los indios.

Conclusión

China e India son dos bloques civilizacionales que han vivido tradicionalmente de espaldas el uno del otro, pero que se observan con recelo a través de las cumbres del Himalaya y, crecientemente, a lo largo de las rutas marítimas del Indo-Pacífico. India siempre será un condicionante estratégico para Beijing; su ambición de mantener una autonomía estratégica frente a las dos grandes potencias configura una relación compleja de equilibrios inestables en los que la competición domina a la colaboración. Nueva Delhi juega con su peso específico cargándolo en el platillo ora de uno, ora del otro mientras construye su papel como referente -que no como líder- de una tercera vía multialineada.

Más que en su frontera terrestre, de un valor más simbólico que real, la competición se traslada al control sobre las rutas en el Índico -especialmente en sus estrechos estratégicos- y a los mercados del sudeste asiático. China mira hacia el Sur e India hacia el Este, y allí es donde convergen sus miradas. El otro escenario de competición es el de los mercados del Sur Global, en los que Beijing presentaba un modelo alternativo al occidental que puede entrar en competencia con el ofrecido por la otra gran potencia asiática.

Sobre el autor:

Ángel Gómez de Ágreda es Coronel en la reserva del Ejército del Aire y del Espacio. Ha sido paracaidista y piloto de aviones de transporte. Fue profesor de Estrategia y Relaciones Internacionales en el Centro Superior de Estudios de la Defensa, jefe de cooperación en el Mando Conjunto de Ciberdefensa, Jefe del Área de Análisis Geopolítico del Ministerio de Defensa y Agregado de Defensa en las embajadas de España en Corea del Sur y Japón.

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[1] Aunque es un tema que no corresponde al estudio que hacemos aquí, esta renuncia china a mantener una presencia militar -e, incluso, comercial- en los mares más allá de su órbita inmediata pone en entredicho buena parte de sus reclamaciones territoriales insulares en el Pacífico. De hecho, estas se basan muchas veces en la existencia de registros de presencia de pescadores chinos en las aguas ahora en disputa. Por otro lado, este control oficial tampoco puede ser acreditado por ninguno de los otros reclamantes. Cabe, a este respecto, plantearse la validez de los postulados de corte occidental en la resolución de disputas en estas regiones y la necesidad de mecanismos propios de su idiosincrasia.

[2] Reino Unido estaba estudiando la devolución de las islas Chagos a sus legítimos propietarios, a los que desplazó forzosamente en su día. Las presiones de Estados Unidos han demorado, por el momento, esta decisión. En cualquier caso, es de esperar que cualquier acuerdo conlleve la conservación del acceso estadounidense a las instalaciones que posee en la isla.

[3] La firma de consultoría Buzz Allen Hamilton popularizó la expresión “collar de perlas” en un informe de 2005 para describir las infraestructuras logísticas portuarias que China estaba desplegando a lo largo de lo que después sería la BRI.

[4] Una idea similar apunta Andrea Rizzi en “La era de la revancha” (Anagrama, 2025).

[5] https://www.nytimes.com/2026/05/12/business/china-semiconductor-ai-deepseek.html

[6] China se define en los documentos indios como un “clear and abiding adversary”.