JOSEP BAQUÉS
MARIO TOBOSO
CARLES ORTOLÀ
Universidad de Barcelona, España
Title: The Terrorist Manifesto as an Instrument for Analyzing the Radicalization Process: The Case of the Extreme Right
Resumen: En los últimos años se han sucedido diversos atentados terroristas protagonizados por individuos que se suelen vincular a la “extrema derecha”. En realidad, los atentados dan algunas pistas, en función de cuáles sean sus objetivos. Pero lo que más información aporta son los manifiestos que algunos de esos terroristas nos han dejado. A partir de esa premisa, este artículo desarrolla un análisis de los contenidos de varios de ellos, planteando hasta qué punto puede hablarse de que existe una ideología detrás de los mismos; hasta qué punto esa ideología es la misma en todos los casos; y hasta qué punto se corresponde con tesis de extrema derecha o, más bien, se aproximan más a otras de corte fascista. Tras ese análisis, y atendiendo a los marcos teóticos empleados se puede responder afirmativamente a los dos primeras preguntas, mientras que la tercera respuesta delata la presencia de importante componentes de fascismo en los proyectos de sociedad anhelados por esos terroristas.
Palabras clave: terrorismo, extrema derecha, diferencialismo, racismo.
Abstract: In recent years there have been various terrorist attacks carried out by individuals who are usually linked to the «extreme right». Actually, the attacks give some clues, depending on what their objectives are. But most of the information available is in the manifests that some of those terrorists have left us. Based on this premise, this article proposes an analysis of the contents of several of them, considering to what extent it can be said that there is an ideology behind them; to what extent is that ideology the same in all cases; and to what extent it corresponds to the theses of the extreme right or, rather, they are closer to others of a fascist nature. After this analysis, and taking into account the theoretical frameworks used, the first two questions can be answered in the affirmative way, while the third answer reveals the presence of important components of fascism in the societal projects desired by these terrorists.
Keywords: Terrorism, Far Right, Diferentialism, Racism.
Para citar este artículo/To cite this article: Josep Baqués, Mario Toboso y Carles Ortolà, <<El manifiesto terrorista como instrumento de análisis del proceso de radicalización: el caso de la extrema derecha>>, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 8, No. 1, (2022), pp. 143-163. DOI: http://dx.doi.org.10.18847/1.15.9
Introducción
En los últimos años se han sucedido los atentados terroristas protagonizados por activistas que, genéricamente, han sido ubicados en la “extrema derecha”.[1] Lo que estos hechos han puesto de relieve es que el primer atentado de la saga -el de Anders Breivik, en verano de 2011- no fue un hecho aislado. Por el contrario, lo sucedido en Oslo y la isla de Utoya ha estimulado la secuencia posterior, que se prolonga hasta la actualidad. Esta oleada se viene asociando con individuos, en lugar de grupos terroristas. Como sucediera con Mohamed Merah -que fue objeto de emulación en el yihadismo- el patrón de Breivik se ha ido repitiendo durante los últimos años: un terrorista que actúa en solitario -bebiendo de fuentes como Luis Beam o Tom Metzger y de su resistencia sin lideres- y que deja un manifiesto -en forma de dossier, carta o video- donde desgrana sus motivaciones y su visión del mundo. Estos manifiestos han proliferado debido a dos factores:
El primero, de carácter instrumental, ya que, al no integrarse en una organización, esos terroristas no disponen de un aparato comunicativo que pueda reivindicar y explotar propagandísticamente sus acciones. De hecho, la propia acción se convierte en el mensaje para estimular o inspirar a otros.
El segundo, referido al tipo de trascendencia perseguido. Los yihadistas no legan manifiestos. Como mucho, y por recomendación de sus líderes, graban un video, o difunden una prueba de autenticidad de su acción (o de la baya de fidelidad al líder yihadista). Su recompensa es trascendente, en el sentido estricto de la entrada en el paraíso con prerrogativas para el shahid y sus familiares. En cambio, en el terrorista individual de extrema derecha, el refuerzo religioso apenas tiene influencia. Todo se resume en la trascendencia en vida, buscando que la acción perpetrada sirva de modelo, inspiración o catalizador para otros comprometidos con la causa. No en vano, son modelos de éxito en la planificación de atentados terroristas.
Sin embargo, en comparación con el conocimiento y la experiencia que poseen las agencias antiterroristas en materia yihadista, el terrorismo de extrema derecha aún presenta muchas incógnitas, sobre la selección de objetivos, los perpetradores, las condiciones facilitadoras, el proceso de radicalización y su discurso. El déficit depublicaciones académicas sobre el terrorismo de extrema derecha sugiere una evaluación tibia de la amenaza (Schuurman, 2019) a la par que delata un punto ciego potencialmente peligroso. De ahí el sentido de este artículo.
La comprensión de este fenómeno requiere de diversas aproximaciones. La nuestra se desarrolla en el campo de la ciencia política en sentido amplio y, más concretamente, en el de la teoría política. Nuestra meta no es profundizar en su modus operandi, ni tampoco desarrollar un trabajo de corte victimológico. Dejaremos esa parte para otras disciplinas. En cambio, planteamos nuestra contribución atendiendo al llamado de algunos expertos (Ehsan & Stott, 2020: 4), que reclaman una mejor comprensión de las “motivaciones ideológicas” de este terrorismo.
Marco teórico y metodología
Para ello, hemos seleccionado cuatro casos, a partir de su relevancia práctica, a saber, los atentados cometidos por Roof (2015), Tarrant (2019), Crusius (2019) y Rathjen (2020). Nuestro objetivo consiste en desentrañar las raíces ideológicas de estos terroristas a partir del análisis de sus respectivos manifiestos, que operan a modo de fuente primaria. Pero también consiste en poner de relieve los puntos que tienen en común y, cuando se dé el caso, las diferencias existentes entre ellos. O, lo que es lo mismo, identificar, si procede, la existencia de un denominador común que se esté consolidando como núcleo duro de un movimiento que, atendiendo al origen de los individuos seleccionados, tiene un claro cariz transnacional.
Siendo esas las preguntas de investigación, la hipótesis propuesta es que existe una coherencia interna sólida, transversal a todos los activistas trabajados, tanto en lo que respecta a sus referentes, como en lo que respecta al proyecto defendido. Así como que la pretensión de que el término “extrema derecha” sea suficiente para catalogarlos es discutible, en la medida en que esos manifiestos puedan incorporar elementos discursivos que no se dejen atrapar por ese criterio. No se pretende que los manifiestos objeto de estudio se correspondan con individuos adecuadamente formados en términos académicos. No es el caso. Pero eso no es ninguna novedad: lo mismo ocurría cuando se analizaba el perfil de los etarras, años atrás, o de los yihadistas, en tiempos recientes. Lo que aquí se busca (como siempre, en estos casos) no es la finezza intelectual de los terroristas, pues eso sería en vano. Lo que se pergeña es tan simple -e importante- como poner de relieve la ideología que subyace a sus actuaciones.
La mera posibilidad de que compartan proyecto, y de que sus discursos se retroalimenten (a partir de algunas intuiciones comunes, y entre sí) no es -objetivamente hablando- una buena noticia (teniendo en cuenta su vis destructiva). Pero mejor es disponer de un diagnóstico realista que minimizar el impacto de unas ideas que pueden tener mucho recorrido. La identificación de estos componentes puede contribuir a la articulación de mejores y más afinados elementos de contranarrativa.[2]
A pesar de sus diferencias, el salafismo yihadista y los terroristas de extrema derecha tienen sinergias. Derivan su fuerza de una narrativa extremista violenta similar; creen que están inmersos en una crisis existencial que amenaza su forma de vida, y que el único camino para garantizar su autoconservación es la violencia. La investigación de Julia Ebner que documenta incidentes en los EEUU, Australia, Francia, Alemania y el Reino Unido (Ebner, 2017) ha demostrado que los ataques terroristas de extrema derecha y salafistas yihadistas tienden a aumentar al mismo tiempo creando un círculo de ira y terror.[3]
Para articular mejor la explotación de los resultados de la investigación -en beneficio tanto de la heurística, como de la exposición- hemos optado por generar un tipo ideal como resultado final de la misma (Weber, 1974: 60-61). Se trata de una herramienta útil para, en el futuro, cotejar los resultados obtenidos a partir de esta primera muestra con nuevos casos que puedan surgir. Para ello, hemos seleccionado un conjunto de variables (explicativas o independientes) procurando que no sean muchas (Lijphart, 1971: 682) pero, al mismo tiempo, procurando que puedan ser consideradas como “variables-clave” (Lijphart, 1971: 692) desde una perspectiva politológica.
Esto nos ha permitido, en una primera fase, rellenar de contenido esas variables en función de las definiciones, proyectos y expectativas de cada uno de los implicados. Para, en una segunda fase (que en este artículo se corresponde con las conclusiones) realizar las comparaciones pertinentes, con la mirada puesta en alcanzar ese denominador común. Pero también nos ha permitido, cuando ello ha sido necesario, traer a colación los matices de cada discurso. Por consiguiente, la identificación de ese núcleo duro compartido permite dotar de contenido a la variable explicada o dependiente. Asimismo, en el caso de que aparezcan algunos elementos diferenciales entre discursos, se ha procedido a aislar la (o las) variable(s) interviniente(s) que den cuenta de ello.
Las variables explicativas elegidas son:
- los mecanismos de radicalización;
- la autodefinición ideológica;
- el “mito” elegido para sostener el proyecto político defendido;
- la construcción del “enemigo” y, finalmente,
- el modelo deseado de sociedad.
Por lo demás, aunque Weber nos ofrece una herramienta analítica adecuada para el caso que nos ocupa, la construcción del marco teórico de este artículo parte de la herencia de Carl Schmitt. Especialmente de su dialéctica “amigo-enemigo”. Schmitt aduce que ésa es la característica fundamental de la política: la clave de su definición, lo que la identifica y distingue de otros ámbitos de la vida o del conocimiento. De ahí la diferenciación que él hace entre las nociones de hostis e inimicus, decantándose por favorecer la primera, en el ámbito político (Schmitt, 2009: 58-59). Así, esa dialéctica (la de la “hostilidad”) conlleva -de modo inherente al concepto de política que él sostiene- la posibilidad de la eliminación física del “otro”, en un contexto marcada y explícitamente “guerracivilista” (Schmitt, 2009: 63).
Sin perjuicio de que las aportaciones de Schmitt sobrevuelen constantemente nuestro análisis, su aproximación sigue siendo demasiado básica (en un sentido del término no peyorativo, sino arquitectónico) como para detallar adscripciones y proyectos. En esta línea, algunos autores han mostrado el modo en que esa misma lógica subyace a la violencia política engendrada desde el ámbito de la extrema izquierda (Baqués, 2019). Por ello es necesario considerar otros referentes para completar nuestro marco teórico.
El autor de mayor relieve académico al que dos de los interpelados en nuestra investigación aluden de modo explícito (aluden, más bien, a su obra El Gran Reemplazo) es Renaud Camus (Camus, 2018),[4] con su conocida tesis de un Occidente “invadido” por los inmigrantes. El temor a ese fenómeno se remonta, como mínimo, a la obra de Maurice Barrès (Joly, 2015; Weil y Truong, 2015). Pero Camus es especialmente locuaz en la defensa de su postura:
Nocencia [que es la voluntad de hacer daño, del latín nocere] es el instrumento del Gran reemplazo (…) es el camino y son los medios de la actual colonización. Haciendo la vida imposible y un calvario insoportable para la población nativa [en este contexto, la occidental] (Camus, 2018: 52).
La aproximación de Camus se sustenta en la teoría del diferencialismo, cuyas raíces se hallan en la obra de Alain de Benoist (De Benoist, 2015a: 99-100), aunque él mismo apele, a su vez, a antecedentes, más o menos controvertidos, como Lévy-Strauss o Lefebvre (De Benoist, 2015b: 134). De Benoist es un firme defensor de la idea de raza, contra viento y marea:
La tesis según la cual la ciencia moderna considera inoperante la idea de raza (inexistente, sin fundamento, etc) y mantiene que sería racista sostener lo contrario, se encuentra con numerosos problemas (…) trata la ciencia como un campo de conocimiento donde las posiciones son unánimes, que ciertamente no es el caso (…) [y] es la más firme propuesta por eruditos cuyas disciplinas están más alejadas de la antropología (…) un gran número de periodistas, un considerable número de sociólogos y psicólogos (De Benoist, 2015a: 87).
Ahora bien, el diferencialismo se caracteriza por compatibilizar la pertinencia del concepto “raza” con la negación del “racismo” (De Benoist y Champetier, 2015: 4). Eso lo comparte con el racialismo, es decir: la afirmación de las razas, pero negando jerarquías entre ellas. Sin embargo, De Benoist, aunque más próximo al racialismo que al racismo, también es crítico con el primero. El racismo, en efecto, es criticado por esencialista -al pensar que las razas no evolucionan y al deducir que existen razas superiores y razas inferiores- y por reduccionista -al no tener en cuenta los criterios de tipo cultural que contribuyen a diferenciar las sociedades- (De Benoist, 2015a: 77-78). Mientras que el racialismo, habiendo solventado el primer problema, sigue anclado en el segundo. En definitiva, De Benoist trata de justificar la existencia de razas, sin caer en los excesos, ni del racismo, ni del racialismo.
Entonces, la defensa que De Benoist hace del diferencialismo ofrece una perspectiva menos grosera de la cuestión racial que, por ese mismo motivo, es susceptible de ser aprovechada por quienes desean mantener este cleavage en el epicentro de sus propuestas políticas. Y lo hace dificultando, además, hipotéticas acusaciones de delitos de odio. Ni qué decir tiene que esto se plantea al margen de cuál sea la opción a la que se acoja cualquier activista, que puede seguir anclada en planteamientos bastante menos sofisticados del racismo.
De todos modos, entre los principales expertos en esta materia no faltan quienes apuntan que De Benoist, pese a sus esfuerzos, estaría aplicando la misma lógica racista de siempre, empleando -si acaso- parámetros más aceptables a nivel discursivo (Wieviorka, 2009: 14 y 47-50).[5] O, como mucho, está sustituyendo el viejo racismo biológico -del que ciertamente reniega- por otro de tipo cultural, que plantearía diferencias relevantes con el primero, pero sin dejar de incurrir en algunos de sus errores. Así, el a veces denominado paleorracismo (Taguieff, 1985: 81) acabaría siendo sustituido por un neorracismo diferencialista (Taguieff, 1985: 73). En todo caso, Taguieff admite que buena parte de la capacidad de seducción de este neorracismo vendría dada por su narrativa, de carácter heterófilo/raciófilo. Porque, en principio, el diferencialismo no se plantea “contra” nadie, sino en favor de mantener la diversidad racial. Incluso la de los inmigrantes.[6]
Por último, tendremos presente la aproximación de Huntington en relación con la definición y dinámica de las civilizaciones. En este caso, porque una primera lectura de los diversos manifiestos al uso muestra una tendencia notable de todos ellos a la defensa de un criterio más etno-cultural que propiamente nacionalista, en términos similares (aunque no idénticos) a los propuestos por el teórico estadounidense.
Recordemos que la tesis fundamental de Huntington es que, tras el mundo bipolar de la Guerra Fría, la fuente principal de conflicto a nivel mundial pasaría a ser de corte identitario, cuyo protagonismo recaería en unas “civilizaciones” de matriz etno-cultural, que además tendrían una tendencia al enfrentamiento entre ellas (Huntington, 1997: 22). El islam es especialmente cuestionado en su obra, pero también advierte de la vis expansiva de los movimientos “indigenistas” o del creciente peso de la inmigración no-occidental en los Estados occidentales.[7] A fortiori, aunque las tesis de Huntington estén lejos del racismo, sí son cercanas al diferencialismo:
los monoculturalistas a escala mundial pretenden hacer el mundo como los EEUU. Los mutliculturalistas pretenden hacer EEUU como el mundo (…) un norteamericano multicultural es imposible porque unos EEUU no occidentales no son estadounidenses (Huntington, 1997: 381).
Ahora bien, a renglón seguido, el propio Huntington manifiesta la conveniencia de trabajar para lograr una “moralidad mínima tenue”, a modo de “norma de los atributos comunes” inter-civilizacionales (Huntington, 1997: 382 y 384) que atenuarían el enfrentamiento potencial entre civilizaciones y allanaría el camino hacia algunas reglas, aunque muy básicas, de carácter universal.
En ese sentido, el marco teórico aporta términos para centrar el debate, para estimular las comparaciones, para perfilar mejor los discursos analizados, detectando no solo sus méritos, sino también sus carencias, sus lagunas, sus derivaciones o sus exageraciones. Es decir, aunque de acuerdo con la hipótesis planteada, puedan hallarse criterios de coherencia interna entre las fuentes inspiradoras de ciertos discursos y entre esos mismos discursos, eso no significa que la lectura que se va consolidando de esas fuentes sea la más adecuada a lo que los precursores (de perfil más académico) habían pretendido.
Por no salirnos del ámbito civilizacional, está por ver -por ejemplo- que el discurso de los terroristas sea compatible con la delimitación que de las civilizaciones hace Huntington. Pero se puede decir lo mismo con respecto a la tentativa de Benoist de separarse del racismo y hasta del racialismo, para desarrollar argumentos diferencialistas. O, con más razón, con las apelaciones de Renaud Camus a evitar respuestas que conlleven atentados terroristas. En todo caso, para avanzar en esa dirección es necesario proceder al análisis de los discursos recogidos en esos manifiestos, filtrados a través de las variables-clave seleccionadas para ello.
Los mecanismos de radicalización
Dylann Roof es un joven estadounidense sureño, que asegura no tener antecedentes familiares políticamente radicalizados. Sus orígenes se corresponden con los de cualquier “chico normal” de su zona, en la que sigue latente la cuestión de la relación entre blancos y negros, pero sin especial inquina para con los segundos. Pero confiesa haber sido protagonista de un proceso de radicalización rápido, cuyo punto de partida no fue, curiosamente, ningún daño causado a la población con la que él se identifica. Al revés, en su caso todo comenzó con la muerte a tiros de un afroamericano, en 2012.[8] ¿De qué modo? Al detectar un exceso de victimismo por parte de los negros de su propia sociedad. Concretamente, al comprobar en internet los muertos por causa de la violencia inter-étnica en los EEUU, el autor de los asesinatos de Charleston habría descubierto que, pese a las quejas de los afroamericanos, eran muchos los blancos que habían caído víctimas de la violencia de los negros (Roof, 2015).
En el caso de Tarrant, la clave fue el asesinato de una niña sueca, en 2017, perpetrado por un uzbeko vinculado al DAESH.[9] Es interesante destacar que el proceso de radicalización habría durado apenas un mes, y que Tarrant afirma que algunos videojuegos -que cita- fueron importantes para conectar su radicalización cognitiva con la necesidad de pasar al empleo de la violencia contra sus “enemigos” (claramente, en el sentido schmittiano del término).
La gamificación[10] de la violencia de los terroristas individuales de extrema derecha es una variable[11] que opera a tres niveles (Brockmyer, 2015):
- Desensibilización a la violencia: los videojuegos podrían facilitar los procesos de radicalización en la medida que los populares juegos de tirador en primera persona desensibilizarían hacia la violencia., ya que, como muestra Bandura (2019) el control moral puede ser activado y desactivado selectivamente.
- Desprendimiento moral: los videojuegos violentos se asocian a una baja empatía, perceptible tanto a nivel neurológico como de comportamiento, así como a una reducción en las respuestas cognitivas y emocionales hacia estímulos violentos.
- Percepción de eficacia propia: se trata de la creencia en la habilidad de uno mismo para producir el resultado deseado (es la confianza que uno tiene en su propia capacidad). Los videojuegos facilitarían esa convicción en relación con la comisión de violencia, porque, al ver continuamente al avatar, la naturaleza interactiva conlleva la identificación con el personaje que uno controla. A medida que el jugador avanza con éxito en la pantalla, siendo recompensado por sus acciones violentas, la confianza en su habilidad para ejecutar acciones similares aumenta.
Así que la familia de Tarrant tampoco le influyó. Pero él llega más lejos que Roof, y sostiene con desdén que sus parientes y amigos más cercanos eran gente “apática” y “apolítica” (Tarrant, 2019: 17). Internet volvió a ser una pieza importante, pero en su caso ese proceso se dio, incluso, contra los estándares de quienes le rodeaban. Por lo demás, confiesa haber leído el manifiesto de Roof, y haberse inspirado en las ideas de Breivik (Tarrant, 2019: 18).
Crusius, como Roof, es un joven estadounidense sureño (esta vez, de Texas) que (re-)problematiza las relaciones entre la población de origen anglosajón y aquellos a quienes no considera como auténticos americanos. Aunque, a diferencia de Roof, su principal enemigo son los hispanos. Pero Crusius no apela a ningún caso concreto como detonante de su proceso de radicalización: alude al manifiesto escrito por Tarrant como factor decisivo para la comisión de su propio atentado -en el plano ideológico- así como a los atentados de Christchurch como fuente de inspiración – en el plano práctico- (Crusius, 2019: 1). De hecho, admite que esa lectura tuvo en él efectos fulgurantes: no estaba en contra de la comunidad hispana antes de leerlo. Ese texto le habría abierto los ojos. Lo cual nos advierte a las claras sobre la capacidad de seducción que pueden llegar a tener textos y sucesos que, en la mayoría de la gente generan sensaciones de rechazo.
Finalmente, Rathjen constituye el caso más atípico, puesto que alude a un proceso de radicalización de muy largo recorrido, aunque finalmente cristaliza -también en este caso- debido a sus propias búsquedas por la red. Como Roof, opina que quienes se quejan de la violencia racista blanca no están exentos de responsabilidad. Así, Rathjen acusa a los inmigrantes -especialmente a los musulmanes- de cometer la mayoría de los delitos sufridos en países occidentales como el suyo (Rathjen, 2020: 5).
Todos ellos coinciden en la criminalización de inmigrantes. Pero también detectamos un factor adicional a tener en cuenta: tienen (mucha) prisa. En todos los manifiestos aparecen llamadas muy explícitas a actuar (violentamente) “sin esperar” (Roof, 2015) para no dejar el “problema a las generaciones futuras” (Rathjen, 2020: 6). Cuando este llamamiento viene acompañado de reflexión, se alude a que el baby-boom occidental está llegando a su fin (Tarrant, 2019: 11, 57 y 63; Crusius, 2019: 1 y 5) y, con él, las posibilidades reales de frenar lo que identifican como una “invasión” extranjera.
El concepto de “invasión” extranjera, no es novedoso en los discursos extremistas.[12] Pero sabemos que Renaud Camus es el intelectual contemporáneo que más incentiva esta interpretación de las cosas, ya que su tesis no es precisamente neutra -no se trata de una expresión, más o menos fundada, acerca de una cuestión demográfica- sino que viene acompañada de la consideración de que se trata de una “invasión” más difícil de revertir que lo que pudo hacer el viejo colonialismo y, además, de la consideración de esos “invasores” como “fuerzas de ocupación” (Camus, 2018: 45).
La autodefinición ideológica
No todos los terroristas trabajados en este artículo ponen el mismo énfasis en esta cuestión. Roof es de los que menos insiste, aunque, como contrapartida, es muy claro: se define como un “nacionalista blanco” (Roof, 2015). El hecho de no tocar otros puntos (sus silencios) también es significativo: no parece que el debate en el eje izquierda-derecha le interese especialmente o, al menos, no parece que le interesen las ideologías,[13] digamos, clásicas. En este momento es adecuado recordar que uno de los grandes teorizadores (complacientes)[14] de la obsolescencia del eje izquierda-derecha es Benoist, aduciendo que “la derecha ha perdido su enemigo: el comunismo. La izquierda ha elegido transigir con el suyo: el capitalismo” (De Benoist, 2010: 49). Dicho lo cual, como quiera que la hipotética “nación” blanca no existe como tal, sería más apropiado tildar a Roof de pan-nacionalista, sin perjuicio de su proximidad a una lógica más bien “civilizacional” que estrictamente nacionalista… aunque Huntington no se atreva a plantear el tema de esta manera -con apelaciones al color de la piel-.
En cambio, Tarrant es muy prolífico. Pero eso no significa que sus conclusiones sean tan diferentes. Su efervescencia ideológica es de tal magnitud que conviene desarrollar una labor interpretativa partiendo de sus “síes” y “noes”. Por ejemplo, no se considera nazi, ni neo-nazi, pero elogia a Mosley y no hace ascos al fascismo -por descarte del nazi, hay que entender que se refiere a su primigenia versión italiana, y sus derivados- (Tarrant, 2019: 15-16); rechaza la democracia, al considerar que está en manos de las grandes corporaciones empresariales (Tarrant, 2019: 20-21); rehúye el cristianismo, aunque recuerde nostálgicamente algún Papa de la era de las cruzadas (Tarrant, 2019: 26), lamentando al unísono que ese fulgor haya desaparecido de la órbita cristiana; también se aparta, en fin, del marxismo, aunque apunta que él flirteó con el comunismo, antes de su conversión.
Como señalan varios expertos en fascismo clásico, una de las características más notables de esta corriente de pensamiento es que se explica más fácilmente a partir de sus rechazos, que de sus afirmaciones (v. gr. entre otros, Nolte, 1967: 423; Payne, 1982: 13; Mosse, 1999: 42).[15] Ahora bien, en el caso de Tarrant, una vez se han identificado las negaciones y toda vez que alude a conversiones, es conveniente plantearse… conversión, ¿a qué?
Tarrant se define como “etno-nacionalista” (Tarrant, 2019: 10 y 18) y añade “eco-fascista” o “nacionalista verde” (Tarrant, 2019: 18 y 38). Lo primero es coherente con lo ya planteado por Roof, aunque esta vez de modo más argumentado. Lo segundo, es todo un hallazgo, porque el fascismo clásico era una de las ideologías más productivistas que se hayan conocido.
Volveremos sobre su proyecto político en el apartado correspondiente de este artículo. Por el momento, conviene tomar nota de que Tarrant, como Roof (y como los fascistas clásicos) no desea participar del debate en el eje izquierda-derecha, por considerarlo estéril. Tanto, que manifiestan sus propias dificultades para ubicarse en ese eje. Tarrant está convencido de que su aproximación puede contener atributos de “derechas”, pero también argumentos de “izquierdas”. De nuevo, como en el caso de Roof, el nacionalismo es el protagonista y así evita tener que posicionarse a favor de una u otra clase social. Lo más importante es, pues, la adscripción “etno-nacional” de cada quién. Pero Roof es muy crítico con el nacionalismo cívico, al que despectivamente tilda de “casi-nacionalismo” y de blando (Roof, 2015: 8),[16] mientras que él mismo se adscribe a un nacionalismo volkgeist, con base racial (Roof, 2015: 13 y 14-15).
Crusius, por su parte, no es tan amigo de las etiquetas como Tarrant, pero el eje conductor de su manifiesto es, también, claramente (pan-)nacionalista etno-cultural (Crusius, 2019: 1 y 8), mientras se adhiere a las lógicas ecologistas que propicia Tarrant (Crusius, 2019: 4) y abunda en la crítica, a diestro y siniestro, de republicanos y demócratas (Crusius, 2019: 1-2). De hecho, se siente tan incómodo como su precursor cuando, debido a los temas puestos de relieve, el debate en el eje izquierda-derecha amenaza con aflorar. Todo lo cual sugiere que el alineamiento entre Tarrant y Crusius es muy preciso.
Por último, Rathjen opta por huir de cualquier atisbo de autoubicación ideológica, aunque, de nuevo, un discurso machaconamente etno-nacionalista (v. gr. Rathjen, 2020: 6 y 10) delata sus prioridades en este campo, mientras soslaya cualquier debate en relación con las ideologías clásicas.
El mito fundacional
El mito (político) como alternativa a la utopía, a la racionalidad, y como catalizador de la movilización -incluso violenta- de los adeptos, con la mirada puesta en destruir el orden establecido, para liberar a la sociedad de los vicios de los reformistas burgueses, es algo que tiene una amplia trayectoria en el campo de las ideologías extremistas. Conocida es la aproximación de Sorel siendo como es, a su vez, un autor de transición entre el marxismo y la extrema derecha, para terminar elogiando a Mussolini al final de sus días.[17] En ese sentido, que los protagonistas de nuestra investigación busquen elementos catalizadores prestos a ser empleados del mismo modo no deja de ser parte de una estrategia muy consolidada. Su precursor aludía al mito como “expresión de voluntades” en vez de ser una “descripción de las cosas”, de modo que “poco importa conocer su contenido concreto”, siendo más relevante la presencia de “imágenes que “evocan instintivamente” violencias y hasta “manifestaciones de la guerra” (Sorel, 1978: 38, 127 y 129).
Roof propicia una defensa de los EEUU como prolongación de Europa. Es decir, una defensa de lo “blanco” y de la parte de su propio país que todavía se identifica con ello (Roof, 2015). Por consiguiente, denosta a quienes dificultan la continuidad de dicho proyecto, con especial énfasis en los negros. Las cuestiones religiosas no tienen peso alguno en su planteamiento: el atentado que llevó a cabo lo fue contra afroamericanos… cristianos.[18] Así que la cuestión del islam es residual en su percepción de las cosas. Mientras que su descontento con los gobiernos de los EEUU, de los que reniega, se debe a que no serían consecuentes con esa causa: no contribuirían a la realización del proyecto civilizacional “blanco”, sino que estarían haciéndole el juego a los colectivos que lo entorpecen.
Tarrant parte de la misma idea: una Europa que se prolonga hacia EEUU, Australia y Nueva Zelanda. Él tiene raíces británicas, pero (o precisamente por ello, de acuerdo con su percepción de las cosas) habla de los problemas de los EEUU como si fueran propios. No es muy distinta su aproximación a la situación de los “auténticos franceses” frente a la inmigración africana (Tarrant, 2019: 7). Asimismo, alude a Ebba Akerlund como “my people” (Tarrant, 2019: 8). E incluso, para que no haya dudas, extiende su ideal a los países de Europa del Este, e incluso a los blancos de ciertos Estados latinoamericanos -cita Argentina y Venezuela- (Tarrant, 2019: 16, 46 y 55, respectivamente).
Nótese que cuando Huntington alude a sus civilizaciones, la occidental incluye a los EEUU, Europa occidental y central, Australia y Nueva Zelanda (Huntington, 1997: 189), pero no a los países eslavos ortodoxos del Este de Europa. En cambio, para Tarrant, todos ellos integrarían una misma comunidad, definida por compartir un “alma”, una cultura, una raza (léxico volkgeist) como si, además, esos aspectos fueran indisociables y excluyentes de otras posibilidades. Todos ellos serían “étnicamente europeos” aunque suele referirse a ellos como Western Society (Tarrant, 2019: 6). Recordemos, en esta línea, que Benoist califica la 1ª guerra mundial como “guerra civil europea” (De Benoist, 2010: 219) sin que la participación de los estadounidenses en esa guerra sea un dato relevante en aras a cambiar ese veredicto. Por todo ello, estaríamos hablando de una sociedad occidental (en el sentido civilizacional) con credenciales europeas. Consecuentemente, Tarrant plantea la conveniencia de expulsar a Turquía de la OTAN, por no tratarse de un Estado auténticamente europeo (Tarrant, 2019: 6 y 28).
Este veredicto es coherente con la explicación huntingtoniana de los problemas que plantean los Estados desgarrados.[19] Pero tambiñen tiene conexiones con la percepción de otros intelectuales cuya obra estuvo a caballo entre la extrema derecha y el fascismo, caso de Évola. Porque, de acuerdo con su planteamiento, los conceptos vinculados al nacionalismo clásico, de corte estatal, no explican bien los alineamientos etnoculturales. En cambio, en su obra ya aparecen alegatos favorables a una versión paneuropea y panoccidental de las civilizaciones, basada en una “Santa Alianza” moral, antes que económica, superadora del nacionalismo clásico (Évola, 1971: 250-253).
En este punto, Crusius sigue operando como un apéndice de Tarrant. Dice luchar por “América y Europa” (Crusius, 2019: 8). Lo que llama la atención -algo similar sucedía con Roof- es esta percepción tan favorable a Europa, manifestada por un estadounidense al que se supone de extrema derecha. Aunque a estas alturas del artículo entendemos que se justifica, precisamente, como parte del mito fundacional: apela a los “ancestros europeos” (Crusius, 2019: 1) porque, sin Europa, América no sería “blanca”.
Por su parte, Rathjen levanta la bandera de los Western States, cuyo núcleo duro serían Europa (de nuevo, no solamente los países anglosajones) y los EEUU (Rathjen, 2020: 9-10), enfrentados al resto de sociedades, que amagan con diluir la unidad y homogeneidad etno-culturales occidentales. Como ya sucediera en el caso de otros terroristas, algo que podría pasar desapercibido, siendo relevante, es que Rathjen, siendo alemán, afronte los problemas de los EEUU como algo propio. La misma sensación de comunidad de Tarrant y Crusius. En todos los casos, la escasa relevancia dada a las fronteras estatales es muy sincera, espontánea e, insistimos, coherente con un enfoque de carácter marcadamente transnacional. Enfoque que, con la semántica al uso en épocas no tan pretéritas, bien podríamos definir como internacionalista, aunque esta vez no esté fundado en premisas de clase, sino etno-culturales.[20]
La construcción del enemigo
Enemigo lo es quien ponga en peligro la continuidad del mito fundacional. La connotación sugerida está claramente alineada con las tesis de Carl Schmitt: no hay tregua… el enemigo debe ser eliminado, de un modo u otro. Pero eso no significa que los interpelados en este análisis coincidan a la hora de determinar la amenaza principal.
Roof cree que son los afroamericanos, sin otras connotaciones (que hablen inglés, que no sean musulmanes, o que estén integrados… si eso fuera posible). Él opone lo negro a lo blanco, y conviene plantearlo así, porque sus términos son así de maniqueos. Roof emplea un lenguaje típicamente racista, sin atisbo de diferencialismo. Ni siquiera de racialismo. En su visión de las cosas, los negros son seres inferiores (con un coeficiente intelectual más bajo que el de los blancos… pero con más testosterona (mala combinación). Lo plantea como un problema estructural: no tiene solución. Compara los negros a los “perros”; advierte que el mestizaje solamente trae la “brutalización” de los blancos, y añade que hay que tener cuidado con los negros porque, aunque “violentos y estúpidos”, también son muy “astutos” (Roof, 2015). Nótese que se trata de una definición aplicable a cualquier especie animal (no humana), a la que consideremos como potencialmente peligrosa.
Los negros serían, pues, una especie invasora, especialmente en los EEUU, y son la prioridad, cuando de adoptar soluciones drásticas se trata. Básicamente, matar a algunos para que los demás se vayan. Pero en la construcción del enemigo, Roof no se detiene en los negros. También los hispanos conforman su target. Es importante tener en cuenta ambas cosas: la extensión del enemigo, pero también el orden lexicográfico sugerido.
De hecho, a Roof le cuesta un poco más catalogar a los hispanos como “enemigos” (aunque finalmente lo hace, explícitamente). Asume que hay hispanos “buenos y malos” y desearía salvar a las “elites blancas” de países como Argentina, Uruguay y Chile… e incluso llega a citar a Brasil (Roof, 2015). Sin embargo, se decanta por impugnar el mundo hispano en general. Esta tentativa de reconocer las bondades personales de la víctima potencial, para terminar condenándola de todos modos, sin compasión, en función del color de su piel, también contiene resabios fanonianos.
En cambio, Roof se muestra algo más condescendiente con los judíos que, para él, constituyen un “enigma”. Los contempla como blancos, pero lamenta su insistencia en defender la “identidad” judía. Así que su veredicto depende de una anulación conceptual de los judíos: esta vez no hay un problema estructural… serían reciclables… si dejaran de ser judíos. En realidad, la aproximación hacia los judíos realizada por estos terroristas suele ser tan ambigua como la desplegada, en sus últimas obras, por el propio Camus. Éste, aunque lejos de considerarlos como el núcleo duro de la sociedad occidental, critica reiteradamente tanto el Holocausto, como a los negacionistas del mismo (Camus, 2018: 14-15; 30, 134, etc) mientras que de los ejemplos históricos propuestos se deduce que los considera “europeos” (Camus, 2018: 23).
En el caso de Tarrant, detectamos la intención de abrazar la causa diferencialista (o, a lo sumo, racialista). Por ello, matiza más, aduciendo que él no actúa contra la diversidad, sino como su campeón.[21] Dice no ser “islamófobo” -como hizo Benoist, que considera la islamofobia “una siniestra estupidez”- (De Benoist, 2015b: 133)- y defiende la “autonomía étnica” (Tarrant, 2019: 14 y 18) como punto de llegada: cada raza con su espacio, respetado por las demás. Como colofón, dice no odiar a los musulmanes que “viven en sus [propias] tierras” (Tarrant, 2019: 12-13). Pero esto ya es sospechoso, porque suena a discurso racista clásico, no de corte asimilacionista, sino segregacionista. Sucede que los matices diferencialistas de corte benoistiano, perfectamente detectables en el manifiesto de Tarrant, se agotan pronto. Lo que emerge es un discurso duro, especialmente con los musulmanes, que enfatiza su rol de “invasores”, su “bajo intelecto” y “suciedad”, calificándolos de “víboras” (Tarrant, 2019: 9, 48 y 53).
Vemos que las cosas cambian en relación con Roof. No en cuanto al empleo de técnicas social-constructivistas -que comparten-,[22] dedicadas a procesar la realidad como “genocidio blanco” (siguiendo la estela de Camus), pero sí en lo referente a la prelación de enemigos. No es la misma: el color de la piel ya no es lo principal. De hecho, Tarrant es especialmente contundente con los políticos occidentales que, a su entender, traicionan a su pueblo. Merkel está en su punto de mira,[23] por permitir la inmigración masiva en Europa, quedando ubicada al nivel de (enemistad de) Erdogan o de Sadiq Khan (Tarrant, 2019: 24-25 y 39).
Lo que subyace es una inquina solamente comparable, después de la segunda guerra mundial, al odio destilado por los textos de Fanon:[24] hay que “echar a los invasores” e “impedir que entren más”, aunque para ello haya que “polarizar” nuestras sociedades, provocando estallidos de violencia entre los “europeos” y los “otros” (Tarrant, 2019: 6). Así, “no hay inocentes en una invasión (…) todos los colonizadores son culpables” (Tarrant, 2019: 13), siendo los que están desarmados, los peores, incluyendo a… ¡“los hijos de los invasores”!, que deben ser eliminados por ser los llamados a “multiplicar” los efectos de esta colonización (Tarrant, 2019: 22 y 53). Mientras que, en caso de que uno de esos invasores/colonos viole a una mujer blanca, la solución pasaría por “asesinarlo” y “ahorcar a sus familiares” (Tarrant, 2019: 32).[25]
Crusius, en cambio, opta por soluciones menos drásticas (el listón de Tarrant está muy alto). Sabemos que su principal target no coincide con el de Tarrant: esta vez son los hispanos. Pero también los tilda de “invasores“, contra los que defenderse (Crusius, 2019: 1). Crusius también se adhiere al mensaje diferencialista: afirma actuar, no contra la diversidad racial, sino para protegerla (Crusius, 2019: 8). Por eso rechaza a los partidarios del melting-pot. Entonces entran en escena, como parte del enemigo, los blancos “desvergonzados” que contribuyen a la “mezcla de razas”. Pero, tras flirtear con la idea de una “deportación” masiva de hispanos (Crusius, 2019: 3), advierte que otra solución aceptable pasaría por la segregación de ambas comunidades, de modo que algún Estado de los EEUU pudiera reunir a esos hispanos, manteniéndolos al margen de la comunidad blanca (Crusius, 2019: 7).
Por último, Rathjen es anti-musulmán, en primer lugar, y anti-hispano, en segundo lugar. Conviene plantearlo de este modo porque, de hecho, él alude a dos fases diferentes de su peculiar versión de la “solución final”. Nótese que su retórica recuerda sobremanera a la nazi: “achieve the ultimate goal of the solution to the puzzle” (Rathjen, 2020: 6; el subrayado es nuestro). Aquí no hay atisbos de diferencialismo: no caben las sutilezas…
Los musulmanes son descartados como potenciales ciudadanos europeos porque, a lo largo de la historia, no habrían estado a la altura: serían “poco eficientes” (Rathjen, 2020: 5). Además, serían “destructivos”, ya que estarían detrás del 90% (sic) de los atracos a entidades bancarias (Rathjen, 2020: 6 y 7). Es decir, coincide con sus precursores en el empleo de una narrativa social-constructivista propensa a generar problemas entre esos colectivos, con la mirada puesta en crear (construir) enemigos donde no tiene porqué haberlos, partiendo de una información deficiente y/o manipulada.
La única solución factible, según Rathjen, sería, en una primera etapa, la “expulsión” masiva de musulmanes. Es la misma solución propuesta, sin ambages, por Camus, que la define como remigration (Camus, 2018: 45). En eso coinciden, pero no en las formas, pues Camus dice no querer repetir lo que los argelinos les hicieron a los pieds noirs (Camus, 2018: 49). El francés es partidario de explorar medios no tan “brutales” que demuestren la diferencia existente entre las dos “civilizaciones” enfrentadas (adviértase, una vez más, el léxico huntingtoniano).
De la limpieza de Rathjen no se salvan ni los judíos. En su imaginario, forman parte del “otro” por ser un pueblo semita. En una segunda fase, habría que hacer lo propio con los centroamericanos, los caribeños, los sudamericanos, y los africanos (son las categorías que emplea Rathjen),[26] mientras que el tenor de su discurso no aclara si bastaría con expulsarlos del mundo occidental (siendo ése su programa de mínimos) o si, a largo plazo habría que plantear la “completa destrucción” de sus propios países (v. gr. Rathjen, 2020: 6).
Rathjen también muestra su desprecio hacia el “enemigo interno” (léase, blanco) que, como él mismo recalca, “puedes ser tú mismo, o tu propia gente” (Rathjen, 2020: 12). De nuevo, está alineado con las tesis de sus antecesores. Aunque no es un rasgo específico de ningún extremismo en concreto. Está presente en la obra de Schmitt (Schmitt, 2009), mientras que Fanon solía decir que había “negros más blancos que los blancos”, aludiendo, ceteris paribus, al mismo tipo de percepción (Fanon, 1963: 88).
El proyecto político elegido
Es importante considerar esta variable, para ubicar a los terroristas en el entorno ideológico, más allá de su auto-posicionamiento. Lo que se repite, en mayor o menor medida, es un discurso anti-capitalista, sin llegar a ser socialista o comunista. En puridad, ni siquiera se trata de una crítica al mercado como tal, sino que se centra en las grandes corporaciones y en el capitalismo financiero. Pudiendo incluir, en ocasiones, a gobiernos de Estados occidentales, que serían los fieles servidores de ese poder económico.
Ese tipo de discurso, a caballo entre capitalismo y comunismo, crítico con el liberalismo y con el marxismo, que busca una síntesis entre la defensa de la propiedad privada y la garantía del Estado para que todos los individuos (pertenecientes a la propia comunidad) tengan su sustento garantizado, es un rasgo más fascista que “de derechas”. Está presente en la obra de los principales ideólogos del fascismo italiano y del nazismo (Del Vecchio, 1939: 100; Panunzio, 2014: 2;[27] Feder, 1990: 63-64;[28] Rosenberg, 1928: 63); como lo está también la inquina contra el poder financiero internacional y las multinacionales (Panunzio, 2014: 16-17; Feder, 1990: 67 y 87-92; Rosenberg, 1928: 47 y 74-79). Muchas son las fuentes indirectas que ratifican esa idea (Hildebrand, 1988; Payne, 1982; Sternhell, 1994;[29] Bracher, 1995). Aspectos, todos ellos, por cierto, reproducidos en los principales herederos de esa tradición que persisten en la actualidad (v. gr. Casa Pound). Pero… ¿hasta qué punto esta lógica ha arraigado en los interpelados en este análisis?
Roof lamenta que países como el suyo trabajen para los “judíos”. Pero sabemos que él no identifica nada que se parezca a un “problema judío” como tal, de modo que está haciendo referencia al extendido tópico de que los judíos controlan las finanzas mundiales (Roof, 2015). Le irrita que un poder extraño domine la agenda estadounidense, en detrimento -según su entender- de los blancos, que tienen sus propias necesidades (también económicas) que no pueden ser cubiertas debido a ese tipo de injerencias.
Aunque comparte esa misma inquietud, el dueto formado por Tarrant y Crusius es aún más incisivo. Tarrant (2019: 21) se define como “anti-capitalista”, mientras ambos denuncian el papel de las corporaciones o grandes empresas que son las que estarían detrás de la inmigración masiva hacia las sociedades occidentales, por motivos puramente crematísticos: les interesa disponer de mano de obra barata y fácil de explotar (Tarrant, 2019: 3; Crusius, 2019: 4-5). También son críticos con el papel desempeñado por los políticos conservadores que legitiman a esas mismas corporaciones. Por ello, Tarrant anuncia y celebra la “muerte” del conservadurismo (Tarrant, 2019: 25) y Crusius delata la “complicidad” del Partido Republicano en esta cuestión Crusius, 2019: 2).
La traición de los partidos conservadores radica en que habrían admitido que la economía sea la que dirija la política. Los terroristas interpelados estarían más bien en la línea opuesta. Tienen la misma sensación que tenía Panunzio, hace años y la reproducen con sus mismas palabras. El problema radica en que todas las ideologías habrían aceptado, aunque por diversos motivos, la defección del Estado (Panunzio, 2014: 17). De modo que la solución pasa porque el Estado discipline al resto de actores, pero muy especialmente a los económicos.
Es por eso que Tarrant exige un amplio programa social de apoyo a la gente pobre (siempre y cuando sea blanca) que cada vez abunda más en las sociedades occidentales. La expulsión de los inmigrantes atraídos por esas empresas paliaría la situación de los jóvenes blancos sin empleo. Pero Tarrant no se queda anclado a ese tópico. Quiere que el Estado intervenga, a través de sus políticas públicas, para generar un colchón social en beneficio del colectivo con el que ellos se identifican. Tarrant es incisivo: exige un incremento del salario mínimo interprofesional blindado por ley; así como un mayor protagonismo y protección para los sindicatos; la reducción de los beneficios empresariales (Tarrant, 2019: 68)[30] y, hasta se muestra abierto a discutir sobre… ¡la propiedad de los medios de producción! (Tarrant, 2019: 16).
Por su parte, Crusius está especialmente sensibilizado con el problema de los estudiantes universitarios que se endeudan para cursar sus carreras, para encontrarse, una vez licenciados, con títulos académicos devaluados y sin un empleo o un sueldo dignos que les permita devolver a los bancos el dinero prestado (Crusius, 2019: 3). Se trata de un problema muy extendido en los EEUU, pero no exclusivo de ese país. Entonces, Crusius aboga por la garantía de una “renta universal” (UBI, por sus siglas en inglés), combinada con la extensión de la sanidad pública y gratuita a todos los ciudadanos… blancos (Crusius, 2019: 2-3).
Esos inputs de marcado carácter social (máxime cuando pensamos en sociedades como la estadounidense) se completan con la defensa que hacen del medio ambiente. Son frecuentes las críticas al exceso de productivismo típico de la insensibilidad capitalista. Pero añaden que la “izquierda” ha sido, por el mismo motivo, igual de insensible con la naturaleza (Tarrant, 2019: 38). Mientras que, al favorecer la entrada masiva de inmigrantes, bajo la pátina de los derechos humanos, habría traicionado a los blancos pobres de esas mismas sociedades.
Crusius parece especialmente preocupado por la cuestión ecológica, trayendo a colación el problema del exceso de plásticos, o la dificultad para destruir los desechos electrónicos, e incluso el impacto negativo del fracking (Crusius, 2019: 4) pese a que esta técnica de extracción de hidrocarburos está siendo fundamental para la seguridad energética de su propio país.
En cambio, aunque sea partidario de sostener una batalla conceptual en este ámbito -hasta el punto de hablar de environmental warfare (Tarrant, 2019: 38)- el neozelandés carga más las tintas sobre otro bloque de políticas públicas, esto es, la necesidad de proceder al fomento de la natalidad en tierras occidentales (Tarrant, 2019: 4 y 58). Preocupado como está por el “gran reemplazo” del que nos hablara Renaud Camus, en detrimento de la población blanca, tiene lógica. Ahora bien, Tarrant no lo plantea como algo meramente cuantitativo -aunque también lo sea- sino que propugna regenerar por completo nuestras sociedades, a nivel moral, atacando el “consumismo”, el “hedonismo” o la “pedofilia” que habrían invadido al mundo occidental con malas influencias. Por ello, también exige medidas contundentes contra los traficantes de drogas (conectando ambas realidades), incluyendo la implantación de la pena capital o incluso a lo que da en llamar la “justicia popular”, asumiendo que de ahí pueda resultar la muerte de los traficantes (Tarrant, 2019: 34-35), sin que ese detalle parezca importarle mucho.
Finalmente, Rathjen se suma a la denuncia contra las grandes corporaciones o “companies”, y lo hace por uno de los motivos aducidos por sus precursores: serían las principales responsables de la llegada masiva de inmigrantes a Occidente (Rathjen, 2020: 10). Por ello, critica los tratados de libre comercio firmados por los EEUU (v. gr., el NAFTA) que conllevan facilidades a la entrada de extranjeros.
Conclusiones
En el siguiente cuadro aparecen recogidas las principales comparaciones, estructuradas en función de las variables seleccionadas, con la mirada puesta en corroborar las preguntas de investigación y la hipótesis planteadas en el apartado correspondiente de este artículo:
| ROOF | TARRANT | CRUSIUS | RATHJEN | |
| Radicalización | Rápida (internet) | Rápida (emulación atentados previos) | Rápida (lectura manifiestos) | Lenta |
| Autodefinición | Nacionalista blanco | Etnonacionalista (Volkgeist) Eco-fascista Nacionalista verde | Etnonacionalista (Volkgeist) | Etnonacionalista (Volkgeist) |
| Mito | Europa (+USA prolongación de los “blancos”) | Europa (+USA, NZ, AUS) prolongación de los “blancos” | Europa (+USA, NZ, AUS) prolongación de los “blancos” | Europa (+USA, NZ, AUS) prolongación de los “blancos” |
| Enemigo | 1º) Afroamericanos (aunque cristianos) vs “perros” 2º) hispanos 3º) con condiciones (judíos) | 1º) Musulmanes vs “víboras” 2º) blancos amigos de los musulmanes | 1º) Hispanos 2º) blancos que favorecen mestizaje | 1º) musulmanes y judíos 2º) Hispanos 3º) blancos “traidores” |
| Modelo sociedad | Contra capitalismo financiero transnacional | Anticapitalismo y políticas sociales Anti multinacionales Environmental warfare Natalismo Anticonsumismo, antipedofilia | Anticapitalismo Pro Renta Básica Ecologismo | Anti multinacionales |
Al retomar la hipótesis, advertimos que existen coincidencias muy significativas en 4 de las 5 variables analizadas. A saber: radicalización (con la única excepción de Rathjen), autoidentificación, mito fundacional, y modelo de sociedad. En cambio, se aprecian algunas diferencias relevantes concernientes a la concreción del enemigo o bien, en ocasiones, concernientes a la prelación de esos enemigos. En ocasiones se trata de los afroamericanos -aunque sean cristianos- (Roof), otras veces se trata de los musulmanes (Tarrant y Rathjen) o incluso de los hispanos (Crusius), manteniéndose una postura bastante más ambigua en relación con los judíos.
Pese a ello, es factible aislar una variable interviniente, tal y como habíamos anunciado en el apartado metodológico de este artículo. En efecto, el factor compartido (es decir, la inquina hacia cualquiera que ponga en peligro la homogeneidad blanca), queda modulado por el lugar de “Europa” con el que (más) se identifique el terrorista. Sobre todo, en función de su lugar de residencia. Así, Crusius es antihispano porque reside en Texas, pero, dada su ideología, lo más probable es que fuera fundamentalmente anti-musulmán si residiera en Francia. Lo mismo sucede con Tarrant, pero al revés: no hay opción de que cargue las tintas contra los hispanos ya que, como neozelandés, el escenario de una hipotética “invasion” hispana cae demasiado lejos (hasta rozar lo inverosímil) de sus preocupaciones ordinarias. Lo importante, de acuerdo con la interpretación de las cosas sostenida argumentalmente en este artículo, es que la diferente definición del enemigo (que se plantea, indefectiblemente, en términos carlschmittianos) no es óbice para seguir afirmando una gran comunalidad discursiva. Lejos de ello, se trataría de adaptaciones locales de un mismo paradigma.
Del trabajo desarrollado se infiere, asimismo, que no estamos ante una mera reproducción de los argumentos académicos que han servido de inspiración. Ese trabajo sugiere la presencia de una adaptación interesada de discursos )que ciertamente se prestan a ello) mediante una lectura selectiva e intencionada, generadora de su propia interpretación de unas intuiciones que remodelan o extrapolan según sus propias necesidades.
Así, en esos manifiestos apenas hay rastro de las apelaciones de Camus contra los atentados, del celo de Benoist para desmarcarse del racismo (o del racialismo) o del alegato huntingtoniano en favor de una “moralidad mínima” inter-civilizacional (aunque sea “tenue”). Sin embargo, tampoco se trata de un proyecto nuevo. Porque esas bases teóricas compartidas generan un substrato compartido, que posteriormente es reforzado por las coincidencias programáticas existentes entre los manifiestos trabajados.
Como último paso para cubrir los objetivos planteados al inicio de este análisis, podemos reconstruir el tipo ideal pergeñado:
Se trata de terroristas que, atrapados por un proceso de rápida radicalización en la que internet juega un papel más relevante que sus círculos de amistad/familiares, defienden un pan-nacionalismo etnocultural (Volkgeist) para sostener el mito de una Europa blanca (de la que también forman parte EEUU, Australia y Nueva Zelanda) contra una supuesta invasión de otras civilizaciones (musulmanes, afroamericanos y/o hispanos), defendiendo un modelo antiliberal y anticomunista, crítico con la banca y las grandes corporaciones, y avaladora de un Estado intervencionista en tres áreas principales: las políticas sociales (para los blancos), el fomento de la natalidad y el ecologismo.
Nota sobre los autores:
Josep Baqués es profesor de la Universidad de Barcelona, ha sido profesor visitante en las universidades de Lyon II (enero 2007), “Pablo de Olavide” (febrero-septiembre 2009) y profesor invitado en la Universidad de Granada (marzo-abril 2010). Colaborador habitual de diversas instituciones relacionadas con el ámbito de la seguridad internacional tales como el Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE), el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado (IUGM), el Real Instituto Elcano (RIE) o el Mando de Adiestramiento y Doctrina del Ejército de Tierra (MADOC). Correo electrónico: jbaquesq@ub.edu
Mario Toboso es Doctor en Seguridad Internacional, Profesor Asociado en la Universidad de Barcelona y Experto Universitario en Análisis de la violencia política y terrorismo. Correo electrónico: mario.toboso@cchs.csic.es
Carles Ortolà es Ingeniero Aeronáutico y Máster en Intelligence and Security Studies por la Brunel University de Londres. Profesor de Inteligencia Estratégica e Inteligencia Criminal en la Universidad de Barcelona.
Referencias
Baqués, Josep (2019), “El discurso de la radicalización en la obra de los teóricos de la Revolución”, Revista de Estudios Políticos, No. 185, pp. 13-43.
Bandura, Albert (2019), “Selective Activation and Disengagement of Moral Control”, Journal of Social Issues, Vol. 46, No. 1, pp. 27-46.
Bracher, Karl (1995), La Dictadura alemana, Madrid: Alianza Editorial.
Brokmyer, Jeanne F. (2015), “Playing Violent Video Games and Desensitization to Violence”, Child and Adolescent Psychiatric Clinics of North America, Vol. 24, No. 1, pp. 65-77.
Camus, Renaud (2018), You Will Not Replace Us! Plieux: Chez l´auteur.
Casanova, Iker (2017), ETA, 1958-2008. Medio siglo de historia, Orkoien (NA): Txalaparta.
Crusius, Patrick (2019), Walmart Shooter Manifesto. Manifiesto autopublicado.
De Benoist, Alain (2010), Más allá de la derecha y de la izquierda. El pensamiento político que rompe esquemas,Barcelona: Áltera.
De Benoist, Alain (2015a [1986]), “Pero, ¿qué es el racismo”, en De Benoist, Alain (ed.), El derecho a la diferencia. Para acabar con el racismo, Torredembarra: Ediciones Fides, pp. 61-108.
- (2015b), “¿Para acabar con el racismo?”, en De Benoist, Alain (ed.), El derecho a la diferencia. Para acabar con el racismo, Torredembarra: Ediciones Fides, pp. 125-139.
- (2015c [1993]), “El derecho a la diferencia”, en De Benoist, Alain, (ed.), El derecho a la diferencia. Para acabar con el racismo, Torredembarra: Ediciones Fides, pp. 55-60.
De Benoist, Alain y Champetier, Charles (2015 [2000]), “Contra el racismo: por el derecho a la diferencia”, en De Benoist, Alain, (ed.), El derecho a la diferencia. Para acabar con el racismo, Torredembarra: Ediciones Fides, pp. 47-48.
Del Aguila, Rafael (1982), Ideología y Fascismo, Madrid: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.
Del Vecchio, Giorgio (1939), El Estado Nuevo y sus bases jurídicas, Valladolid: Satarén.
Eatwell, Roger (1995), Fascism: A History, London: Chatto & Windus.
Ebner, Julia (2017), The Rage: The Vicious Circle of Islamist and Far-Right Extremism, London: I.B. Tauris.
Ehsan, Rakib & Stott, Paul (2020), Far-Right Terrorist Manifesto: a Critical Analysis, London: Centre on Radicalisation & Terrorism.
Évola, Julius (1971), Cabalgar el Tigre, Buenos Aires: Biblioteca Internacional Martin Heidegger.
Fanon, Frantz (1963 [1961]), Los condenados de la tierra, México DF: Fondo de Cultura Económica.
Feder, Gotfried (1990 [1927]), El programa nacional-socialista, Barcelona: Librería Europa.
Gentile, Emilio (2004), Fascismo. Historia e Interpretación, Madrid: Alianza.
Hildebrand, Klaus (1988), El Tercer Reich, Barcelona: Cátedra.
Huntington, Samuel (1997), El Choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, Barcelona: Paidós.
Joly, Laurent (2015), Naissance de l´Action Française, París: Grasset.
Lijphart, Arend (1971), “Comparative Politics and Comparative Method”, American Political Science Review, Vol. LXV, pp. 682-693.
Mosse, George (1999), The Fascist Revolution. Toward a General Theory of Fascism, New York: Howard Fertig.
Nolte, Ernst (1967), El fascismo en su época, Barcelona: Península.
Panunzio, Sergio (2014 [1939]), Teoria generale dello stato fascista, Edición a cargo de Marco Piraino en Lulu.com
Payne, Stanley (1982), El fascismo, Madrid: Alianza Editorial.
Rathjen, Tobias (2020), Manifiesto autoeditado.
Roof, Dylann (2015), rtf88.txt & lastrohdesian.com. Manifiesto autoeditado.
Schmitt, Carl (2009), El concepto de lo político, Madrid: Alianza Universidad.
Schuurman, Bart (2019), “Topics in terrorism research: reviewing trends and gaps, 2007-2016”, Critical Studies on Terrorism, Vol. 13, No. 3, pp. 463-480.
Sorel, Georges (1978 [1906]), Reflexiones sobre la violencia,Buenos Aires: La Pléyade.
Sternhell, Zeev (1983), Ni Droite ni Gauche: l´Iideologie Fasciste en France, París: SEUIL.
Taguieff, Pierre-André (1985), “Le néo-racisme différentialiste. Sur l’ambiguïté d’une évidence commune et ses effets pervers”, Langage & Société, No. 34, pp. 69-85.
Tarrant, Brenton (2019), The Great Replacement. Towards a New Society, Manifiesto autoeditado.
Toboso, Mario (2016), Una aproximación a la contranarrativa yihadista,Granada: Análisis GESI, 12/2016
Weber, Max (1974 [1902]), Sobre la teoría de las ciencias sociales, Barcelona: Península.
Weil, Patrick y Truong, Nicolas (2015), Le sens de la République, París: Grasset.
Wendt, Alexander (1999), Social Theory of International Politics, Cambridge University Press. Wieviorka, Michel (2009 [1998]), El racismo: una introducción, Barcelona: Gedisa.
[1] Por razones didácticas, empleamos la expresión “extrema derecha”. Pero, como también sucede cuando se alude a la “extrema izquierda”, se trata de conceptos susceptibles de ser mejor afinados en términos teóricos. Procederemos de este modo a lo largo de este análisis, de modo que también irán apareciendo las correspondientes apelaciones a la teoría fascista, a partir de sus propios autores y textos de referencia. En todo caso, este trabajo parte de la base que es conveniente distinguir ambos fenómenos, cuando menos en el ámbito académico.
[2] Tarea indispensable, pero delicada. La RAN (Radicalisation Awareness Network), advierte del riesgo de retroalimentar la polarización. Debe evitarse la trampa del “nosotros y ellos”, para centrarse en la crítica a la manipulación interesada de los argumentos en la narrativa violenta. Siendo así, se puede desafiar al extremismo en el debate, sin tener que dejarlo todo en manos de la persecución (o la clandestinidad) de las ideas. Basándose en esta premisa, en Alemania existen iniciativas como EXIT Deutschland, para la desradicalización/desvinculación de neonazis.
[3] Existen otros fenómenos interesantes, cuyo análisis extrapola el objeto de nuestra investigación, pero que señalamos para otras futuras. En los EEUU ha surgido una hidra de movimientos extremistas de carácter miliciano, como los “Boogaloo Boys”, “Proud Boys” o “Patriot Prayer”, espoleados en foros de internet -como Reddit o 4Chan- dotados de una ideología heterogénea que incluye conspiracionismo, supremacismo y aceleracionismo, así como su oposición al gobierno federal. Asimismo, el movimiento INCEL puede actuar como catalizador para todos ellos.
[4] Empleamos para este artículo la versión en inglés escrita por Camus, porque es la que con más probabilidad llegará a manos de este perfil de activistas, dada su procedencia geográfica. Aunque conviene recordar que la primera edición de esta obra, en francés, es de 2011.
[5] Wieviorka aduce que el empleo del vocablo “etnia”, en lugar de “raza”, esconde el interés por seguir defendiendo los mismos parámetros de exclusividad, desigualdad y jerarquía, de un modo menos polémico (Wieviorka, 2009: 32). De ahí que acepte la expresión “racismo cultural” para significar el cambio de estrategia (Wieviorka, 2009: 42-43). Por esa misma razón, es crítico con el diferencialismo.
[6] Taguieff incluso admite que el diferencialismo podría ser una buena herramienta para luchar contra el colonialismo, especialmente en la medida en que históricamente haya permitido o haya estimulado la erosión de la identidad de los nativos (Taguieff, 1985: 85). Conviene remarcar que la relación entre Taguieff y De Benoist, pese a las críticas cruzadas, es de gran respeto intelectual.
[7] Huntington plantea que “algunos pensadores occidentales, entre ellos el presidente Bill Clinton, han afirmado que Occidente no tiene problemas con el islam, sino sólo con los extremistas islamistas violentos. Mil cuatrocientos años de historia demuestran lo contrario” (Huntington, 1997: 249), mientras que, citando a terceros, apela al temor “de los occidentales” a estar sufriendo una “invasión” (Huntington, 1997: 237).
[8] Se trata de Trayvon Martin. Quien realizó los disparos (George Zimmerman) suele ser presentado como un ciudadano “blanco”, sin más. Pero es un estadounidense de madre peruana, con abuelos afroperuanos. Lo cual muestra las aristas de estos temas. Iremos desgranando la compleja relación entre estos activistas y el mundo hispano, al que unos denostan más que otros.
[9] Se trata de Ebba Akerlund, que tenía 12 años, aunque en ese atentado murieron otras cuatro personas y hubo que lamentar más de una docena de heridos.
[10] Gamificación es el uso de mecánicas propias de juegos en entornos no lúdicos.
[11]Esta gamificación de asesinatos en masa no es nueva en el terrorismo. El ataque terrorista de Magnanville en Francia en junio de 2016, en el que un yihadista asesinó a dos policías en su hogar, incorporó la transmisión en vivo después de los ataques, mientras que otros atacantes yihadistas, especialmente Mohamed Merah, Mehdi Nemmouche, y Amedy Coulibaly, también intentaron filmar sus crímenes.
[12] Fanon tenía la misma idea de los pieds-noirs, colonos civiles de origen francés, establecidos desde hacía varias generaciones en Argelia… con conclusiones similares: “el colono no deja de ser nunca el enemigo, el antagonista, precisamente el hombre que hay que eliminar” (Fanon, 1963: 29). A través de la lectura de Fanon, eso llegó a ETA, que en sus primeras asambleas empleaba ese mismo apelativo para referirse a los trabajadores inmigrantes que llegaban al País Vasco procedentes del resto de España (Casanova, 2017: 57-58), de modo que, partiendo de ahí, se les consideraba también como “enemigos” (Casanova, 2017: 59).
[13] A lo largo de este análisis, empleamos la palabra ideología en su sentido de Weltanschaung, es decir, sin ninguna connotación peyorativa o polémica. Para un debate sobre los diversos usos de este lexema, vid. Del Águila, 1982: 25-58.
[14] Ha habido otros intelectuales que han avalado esta tesis, desde un punto de vista empírico, buscando su hueco en el “centro” (v. gr. el consenso “social-liberal” de Dahrendorf o la “tercera vía” de Giddens) pero ninguno de ellos pretendía sustituir ese eje por otro, de corte diferencialista, o hasta racista.
[15] El discurso del fascismo aspiró a generar una alternativa tanto a las derechas como a las izquierdas (Sternhell, 1983: 273-274). Para ello, buscó su propio hueco entre el capitalismo y el comunismo. Pero a falta de un ideario propio tan denso como el que el liberalismo aportaba al primero, y el marxismo al segundo, optó por posicionamientos a sensu contrario. Nolte indica que las tres “negaciones” que caracterizan al fascismo son anti-liberalismo, anti-marxismo y anti-conservadurismo; Payne, matiza algo y apunta a que el fascismo es anti-liberal, anti-comunista y anti-conservador/anti-capitalista; mientras que Mosse destaca su anti-liberalismo y su anti-socialismo, considerando, en cambio, que la relación que tenía con el conservadurismo era más fluida.
[16] Emplea para ello un coloquialismo inglés (”milquetoast”), que puede traducirse por blandengue, flojo y/o sin carácter.
[17] Tras un pasado marxista, en 1911 comenzó a escribir en la revista Action Française de Charles Maurras, aunque en 1914 renunció a esa complicidad, por considerar que Maurras era poco crítico con la democracia. En cambio, elogió a Mussolini, como última esperanza de acabar con la sociedad de su época, demasiado pusilánime a ojos de Sorel.
[18] Roof lamenta que el KKK no tenga la fuerza que tuvo antaño. Eso podría explicar que el atentado se diera en un templo cristiano, ya que el KKK surge como movimiento protestante, explícitamente anti-católico (a fuer de anti-negro). Pero no es el caso, ya que la iglesia metodista está separada de Roma. Eso refuerza la idea de que el factor religioso no es importante para él. Lo importante es que, en esa parroquia, los feligreses eran negros.
[19] Aquellos que tratan de cambiar de civilización, con la consiguiente pérdida de contacto con la civilización a la que habían pertenecido, así como con la civilización a la que pretenden incorporarse, aunque normalmente sean rechazados (Huntington, 1997: 175-176).
[20] Benoist ya dijo que “la función de la raza, en la ideología racista opera de la misma manera que la función de la clase en la ideología marxista”, de manera que, al final, “para los teóricos racistas, la lucha de clases debe interpretarse en términos raciales; para los teóricos marxistas es la lucha racial la que se ha de interpretar en términos de clase” (De Benoist, 2015a: 79 y 81). Se entiende, pues, que ambos planteamientos tengan esa facilidad para superar fronteras.
[21] Nótese que es el típico argumento de Benoist (De Benoist, 2010: 205-209; 2015a: 99 y 100; 2015b: 131; 2015c: 59, etc), perfectamente compatible con el clamor de Camus por la preservación de todas las razas (Camus, 2018: 83-83), manteniendo así su “homogeneidad racial y cultural” (Camus, 2018: 132).
[22] En la obra de Wendt Social Theory of International Politics hallamos buenos ejemplos del empleo de esta técnica para denostar al “otro”, con funestas consecuencias, incluyendo casos de profecías autocumplidas.
[23] Sus críticas al “enemigo interior” son reiteradas, especialmente contra Macron (Tarrant, 2019: 8). Más allá de nombres propios, Tarrant detesta a los “débiles de Occidente” así como a los “conversos al islam” (Tarrant, 2019: 30 y 12). Esta última apelación es clara, pero la primera recuerda que, como tantos otros extremistas (y como sugiriera Carl Schmitt), no acepta posturas neutrales, pasivas o condescendientes con el enemigo.
[24] Que empieza diciendo que “es necesario que los extranjeros se vayan”, para terminar abogando por la “violencia absoluta” contra los colonos, violencia que califica de “positiva, formativa” y “desintoxicante” (Fanon, 1963: 80, 21, 56 y 57, respectivamente).
[25] Sabemos que Tarrant tiene permanentemente en mente a los EEUU. En ese contexto, estas palabras son especialmente luctuosas, ya que recuerdan la práctica del linchamiento, tan frecuente a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, en ese caso contra los afroamericanos.
[26] Rathjen es crítico con el tratado NAFTA y la apertura de fronteras con México… como también lo fue Huntington, cuando apenas se estaba iniciando esa política (Huntington, 1997: 370). Puede comprobarse que, de nuevo, el factor religioso no es el fundamental (todos son cristianos).
[27] Panunzio decía que el fascismo no era lo contrario del socialismo, sino el único camino a través del cual se podrían realizar algunos ideales del socialismo, que compartirían. Pero sin renunciar a la propiedad privada -por un lado- y con una mayor confianza en el Estado que la demostrada por los marxistas, por otro lado. Una de sus definiciones favoritas del fascismo era la “síntesis entre sindicalismo y nacionalismo” (Panunzio, 2014: 6).
[28] Feder defendía el Volkswirtschaft, una “economía comunitaria” destinada a satisfacer las “necesidades del pueblo”, a costa de la “rentabilidad del capital” (Feder, 1990: 78).
[29] La tesis de Sternhell es interesante, ya que explica los orígenes de esta síntesis, a partir de la confluencia de sindicalistas revolucionarios (procedentes del entonces marxista PSI) y los nacionalistas corporativistas de la ANI. Sorel sería el intelectual que más habría influido en dicha síntesis.
[30] Tarrant hace suya la conocida retórica izquierdista (v. gr. Graeber, 2014) que enfrenta a la mayoría de la sociedad con el 1% de los más ricos… aunque ese 1% incluya, como es de esperar, a muchos blancos (Tarrant, 2019: 24-25). Se trata de uno de los principales eslóganes de Occupy Wall Street.