El islam en Rusia: desafíos a la seguridad y respuestas estratégicas

MARÍA JOSÉ PÉREZ DEL POZO

Universidad Complutense de Madrid, España

Title: Islam in Russia: Security Challenges and Strategic Responses

Resumen: El islam forma parte de la historia y de la cultura rusas desde el siglo VII, colaborando activamente en el proceso de construcción del Estado, desarrollando relaciones con otros grupos sociales, con los que ha compartido espacios, historia y políticas de asimilación. Sin embargo, la comunidad musulmana ha tenido un papel asimétrico frente a otros grupos étnicos y culturales del Estado, ocupando, durante largos periodos históricos, una posición periférica en asuntos políticos, militares y económicos.

A lo largo de los años 90, la religión se convirtió en un elemento de reivindicación nacionalista contra el poder federal, incentivado por la entrada de un islam transnacional radical importado de los países de Oriente Medio de predominio sunita. Las dos guerras chechenas y la posterior gestión de la zona por parte de Moscú han favorecido la aplicación de un nuevo esquema de análisis basado en la etnicidad-seguridad, que generaliza una interpretación negativa del islam en Rusia. La división de las instituciones religiosas musulmanas tampoco ha facilitado la interlocución interétnica ni la relación con el Kremlin.

El estudio de las estrategias rusas frente al desafío del islam se ha orientado tradicionalmente al análisis de la dimensión de seguridad, enfocándose en las respuestas militares de los órganos de seguridad del Estado ruso, ya que, la propia disfuncionalidad del sistema político y la ausencia de políticas basadas en al respeto a los derechos individuales ha impedido la aparición de otras iniciativas que consideren la convivencia interétnica e interreligiosa en un Estado declarado laico.

Sin embargo, podemos estudiar también las iniciativas rusas aplicando el enfoque del estudio de la política exterior de los Estados para analizar la utilización de la diversidad religiosa en la obtención de determinados objetivos de política exterior. En este sentido, el trabajo aborda la función de los grupos militares procedentes del Cáucaso, integrados en las fuerzas federales rusas, dentro del conflicto sirio. Finalmente, los programas vinculados a la Prevención del Extremismo Violento (PEV) en el Cáucaso Norte, con sus limitaciones, muestran también un cierto cambio en la implementación y gestión de nuevos métodos para frenar la insurgencia regional.

Palabras claves: Rusia, Islam transnacional, Seguridad, Prevención, Cáucaso Norte.

Abstract: Islam has been part of Russian history and culture since the 7th century, actively collaborating in the process of building the State, developing relationships with other social groups, with whom it has shared spaces, history, and assimilation policies. However, the Muslim community has played an asymmetrical in the State, occupying a peripheral position in political, military, and economic affairs, for long historical periods.

Throughout the 1990s, religion became an element of nationalist vindication against federal power, fueled by the entry of a radical transnational Islam imported from the predominantly Sunni Middle Eastern countries. The two Chechen wars and the subsequent management of the area by Moscow have favored the application of a new analysis scheme based on ethnicity-security, which generalizes a negative interpretation of Islam in Russia. The division of Muslim religious institutions has not facilitated inter-ethnic dialogue or relations with the Kremlin.

The study of Russian strategies to face the challenge of Islam has traditionally been oriented to the analysis of the security dimension, focusing on the military responses of the security organs of the Russian State, since the dysfunctionality of the political system and the absence of Policies based on respect for individual rights have prevented the appearance of other initiatives that consider inter-ethnic and interreligious coexistence in a state declared secular.

However, we can also consider the study of Russian initiatives applying the approach of the study of the foreign policy of states to analyze the use of religious diversity in the achievement of certain foreign policy objectives. In this sense, the work addresses the role of military groups from the Caucasus, integrated into Russian federal forces, within the Syrian conflict. Finally, the programs related to the Countering Violent Extremism (CVE) in the Northern Caucasus, with their limitations, also show a certain change in the implementation and management of new methods to stop the regional insurgency.

Keywords: Russia, Transnational Islam, Security, Prevention, Northern Caucasus.

Recibido: 4 de octubre de 2020. Aceptado: 18 de octubre de 2020.

Para citar este artículo/To cite this article: María José Pérez del Pozo, «El islam en Rusia: desafíos a la seguridad y respuestas estratégicas», Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 6, No. 2, (2020), pp. 45-61. DOI: http://dx.doi.org/10.18847/1.12.3

Introducción y planteamiento metodológico

El islam es la segunda religión más importante de Rusia, por detrás de la ortodoxa[1].  Pese a su carácter de minoría, la población musulmana ha formado parte del territorio ruso prácticamente desde mediados del siglo VII, y en el siglo X el Islam se proclamó oficialmente como la religión de los habitantes de la actual república de Tatarstán. Aunque no existen datos exactos del número de ciudadanos musulmanes en Rusia, la cifra comúnmente aceptada por los investigadores gira en torno a los 20 millones, contando un elevado porcentaje de población flotante de emigrantes procedentes de los países de Asia Central y del Cáucaso[2].

La geografía tradicional del islam en Rusia sitúa sus poblaciones en la región del Volga-Urales, las repúblicas de Tatarstán y Bashkortostán, así como en varios oblasts de esa región (Perm, Samara, Astrakhan, etc.) que, junto con las comunidades musulmanas de Siberia y Moscú, se adscriben a la escuela liberal del hanafismo. Por otro lado, está la comunidad musulmana del Cáucaso Norte, con una gran fragmentación étnica y militancia política, gran parte de ellos seguidores del shafiismo. La mayoría de los musulmanes en Rusia son sunnitas, con pequeños grupos chiitas en Daguestán. Sin embargo, esta segregación geográfica se está viendo transformada por una creciente presencia de poblaciones musulmanas en las grandes ciudades, particularmente Moscú, donde se calcula que viven alrededor de 3,5 millones, gran parte de ellos procedentes de Asia Central y Azerbaiyán (Rubin, 2012: 7), pero también en el Lejano Este, en ciudades del Ártico, en la República de Yakutia, en los okrugs centrales de Yamal-Nenets y Khanty-Mansiysk[3] o en áreas rurales del sur de Rusia. Estas transformaciones muestran, en opinión de Laruelle y Hohmann (2020: 9), el dinamismo y la gran adaptabilidad de las comunidades musulmanas a entornos muy industrializados y urbanizados y, por consiguiente, su compromiso con el futuro del país y su participación en las transformaciones sociales.

A pesar de la importante aportación histórica y cultural al Estado ruso, la comunidad musulmana está situada en la periferia del sistema político y económico. La importación de un islam transnacional procedente de Oriente Medio ha contribuido, en los últimos veinte años, a aumentar la consideración de esta religión como una amenaza a la seguridad del Estado. Sin embargo, las elites políticas rusas encuentran muchas dificultades para crear y gestionar respuestas equilibradas y coherentes que abarquen todos los ámbitos de la convivencia interétnica e interreligiosa en un Estado declarado laico.

A partir de un marco metodológico propio de la disciplina de las Relaciones Internacionales, este trabajo aborda desde una perspectiva histórica la situación de los musulmanes en URSS/Rusia y su relación con el poder político. Relación, por otra parte, absolutamente condicionada por los cambios estructurales del Estado ruso y su necesidad de supervivencia. Posteriormente, bajo un enfoque analítico, se estudia el impacto del islam transnacional en las comunidades musulmanas locales, particularmente en el Cáucaso, y la gestión que el Estado lleva a cabo sobre este nuevo y desafiante escenario. Por último, se analizan dos respuestas del Estado ruso a la amenaza que percibe en el islam del Cáucaso: la utilización de formatos militares y religiosos para proyectar su política exterior hacia países musulmanes, a la vez que ofrece una oportunidad profesional a los jóvenes chechenos y, en segundo lugar, la aproximación rusa al trabajo de Prevención del Extremismo Violento (PEV) en determinados grupos sociales de la región caucásica.

Recorrido histórico del islam en Rusia

A lo largo de la historia rusa, el Estado ha exhibido un constante recelo hacia el islam, manteniendo un modelo de relación político-religioso paralelo al modelo étnico-religioso; los musulmanes eran sometidos con frecuencia a campañas de conversión y su religión no tuvo un estatus legal hasta el reinado de Catalina II[4].  Esta política de rechazo se vio incrementada a medida que las conquistas territoriales, especialmente en el Cáucaso, aumentaban el número de musulmanes pertenecientes al imperio, reproduciendo el esquema de relación entre la metrópoli y las colonias anexionadas. Se desarrolló una cierta modernización en la región del Volga[5] y en los campos petrolíferos de Bakú, pero la mayoría de la población musulmana se situaba en la periferia geográfica y económica del imperio (Prazauskas, 2005).

A finales del siglo XIX y principios del XX, como respuesta al paneslavismo, aparecieron movimientos intelectuales defensores del panturquismo y del panislamismo, que fueron suprimidos tras la Revolución de 1917. El ateísmo bolchevique inicia a mediados de los años 20 una persecución generalizada de todas las religiones, como oponentes ideológicos del Estado y de la modernidad que éste defendía; en el caso del islam, en 1929 se reemplazó el alfabeto árabe por el romano, primero, y más tarde por el cirílico, como un intento de aislar culturalmente a la población de sus fuentes religiosas y culturales escritas. De esta forma, la religión quedó circunscrita al ámbito doméstico, donde se mantuvieron los ritos familiares. A pesar del carácter antirreligioso, en la etapa soviética se mantuvo la Administración Espiritual de los Musulmanes como elemento de control sobre la comunidad musulmana, que se mostró leal a la construcción de la URSS. La institución sigue vigente hoy en Rusia, aunque hay otras fórmulas institucionales más influyentes en el país (Derrick, 2015: 3017-3038). Durante la II GM, Stalin focalizó a los enemigos internos especialmente en las poblaciones musulmanas, tras las de origen alemán, ejecutando masivas políticas de deportación y traslado entre los tártaros, los ingushes, los balkares, los calmucos y los chechenos, entre otros, hacia Asia Central, especialmente a Kazajistán.

Estas políticas de adoctrinamiento antirreligioso, junto a la ausencia de literatura religiosa, incluido el Corán, favorecieron cambios sociológicos en las comunidades musulmanas urbanas, así como una significativa pérdida de identidad étnica y religiosa. Estas carencias fueron parcialmente equilibradas a partir de los años 50 con un aumento de los contactos con el mundo musulmán a través de visitas mutuas entre delegaciones de países musulmanes y la URSS, favorecidas por la dinámica de guerra fría y la posición soviética en los conflictos de Oriente Medio.

Si la instrumentalización de la religión y de sus instituciones por parte del poder político ha sido siempre una constante en Rusia/URSS, en los años 80 esa conexión se ve agudizada como consecuencia de la revolución iraní y la invasión soviética de Afganistán, hechos que revelan a los viejos dirigentes soviéticos el impulso político y contestatario de la religión musulmana con un discurso dual, útil tanto como arma de resistencia antisoviética como expresión revolucionaria antioccidental.

La perestroika contribuyó a transformar la religión en un aliado del Estado al considerarla un valor moral, reducto de una borrosa identidad que podía ser útil en el nuevo contexto de construcción nacional. A principios de los años 90, el islam aparece conectado con la identidad nacional, especialmente en el Cáucaso Norte, una región de difícil asimilación a las estructuras estatales del país. La aparente movilidad social que permite el colapso del comunismo genera una cierta ilusión en las aspiraciones individuales que, sin embargo, se va a ver frustrada al beneficiarse del ascenso social únicamente las viejas élites comunistas. Ese proceso permite, a su vez, a la religión actuar como refugio ante la decepción que la nueva situación política y la crisis económica provocan en la sociedad.

El renacimiento religioso, si bien facilitó una cierta identificación de la comunidad musulmana como parte de un grupo religioso global, tratando de superar cierta territorialización, sin embargo, ha perpetuado dos elementos negativos de esta comunidad: por un lado, la politización de la religión y su orientación hacia la radicalización del activismo islámico, particularmente en el Cáucaso Norte; por otro, la ausencia de una única comunidad de creyentes o ummah en el interior del país. Este débil vínculo de pertenencia a una comunidad religiosa rusa ha estado también propiciado, entre otros, por los siguientes factores: la dispersión geográfica en amplias zonas, la variedad de tendencias y prácticas religiosas entre los musulmanes, su división según las lealtades étnicas, la ausencia de una autoridad religiosa centralizada y, por último, la rivalidad entre las comunidades y líderes para captar fondos procedentes de los países del Golfo para la construcción de mezquitas, educación, etc. El Estado ruso, por su parte, ha fomentado también esta división al crear cierta competencia entre las comunidades musulmanas y premiar a los grupos más leales y colaboradores con la administración.

La dispersión de las instituciones musulmanas

Desde el punto de vista institucional, el Consejo Religioso Central de los Musulmanes Rusos, con sede en Ufa (Bashkortostán), representa a los distintos Consejos territoriales musulmanes, aunque no es un órgano unificado dada la rivalidad entre distintas facciones geográficas e ideológicas. De hecho, hay un desequilibrio de poder entre los distintos Consejos regionales, algunos de los cuales tienen gran influencia social y política. También existe la Administración Espiritual de los Musulmanes de Cáucaso Norte, con sede en Makhachkala (Daguestán). Por otro lado, en abril de 1996 se constituyó el Consejo de los Muftis de Rusia, con sede en Moscú, para tratar de consolidar las organizaciones religiosas musulmanas de Rusia y definir las relaciones con las autoridades federales y locales, así como con otras instituciones extranjeras. Este Consejo ha sido acusado por el líder del Consejo Religioso Central de prestar ayuda a organizaciones wahabistas extranjeras. Sin embargo, el líder del Consejo mantiene una relación cercana a Putin y apoya su política en Chechenia (Smith, 2006).

Parece que el Consejo de los Muftis de Rusia ha conseguido una posición de superioridad sobre las otras instituciones musulmanas, aspirando a representar a los musulmanes rusos en el ámbito internacional para lo que crea, en el año 2007, su propio Departamento de Relaciones Exteriores. Probablemente ha contribuido a esta situación, el hecho de que el líder del Consejo Religioso Central hiciera un llamamiento a la yihad contra EEUU, tras la invasión de Irak en 2003 (Curanovic, 2012: 10). El Consejo de los Muftis de Rusia se enfrenta, por otro lado, con el Consejo Musulmán del Cáucaso, con sede en Bakú, que es el principal socio del Patriarcado Ortodoxo de Moscú en el diálogo interconfesional y en el Consejo Interreligioso de la Comunidad de Estados Independientes. A nivel interno, aunque no es comparable con la posición de la iglesia ortodoxa rusa, el Consejo de los Muftis de Rusia, según Merati (2015: 91) ha establecido muy buenas relaciones con el Kremlin y participa en la actividad diplomática del Estado en las visitas de representantes de países musulmanes.

Junto con la iglesia ortodoxa y por inspiración de las autoridades federales, el Consejo de los Muftis de Rusia despliega gran actividad a la hora de trasladar una imagen convincente de Rusia como país amable y tolerante con los musulmanes, a la vez que legitima las acciones políticas y militares del Kremlin. Sin embargo, es la iglesia ortodoxa rusa la institución religiosa que mejores relaciones mantiene con Irán, confirmando su capacidad para ejercer el poder blando, como respaldo a la política exterior del país. La división y la dispersión de las instituciones religiosas musulmanas limitan su potencial transnacional y su papel en el diálogo interconfesional promovido por el gobierno ruso.

El Estado ruso ha tratado también de tender puentes ante la comunidad musulmana tradicional con su incorporación como país observador a la Organización para la Cooperación Islámica en 2005, cuando las operaciones militares rusas en la segunda guerra de Chechenia mostraban una estrategia represiva como única forma de abordar la complejidad del islam en un país laico. Tanto el Consejo de los Muftis de Rusia como la iglesia ortodoxa rusa han apoyado esta acción diplomática internacional; para la iglesia ortodoxa, es una forma de defender la posición de los cristianos ortodoxos en los países musulmanes.

El resultado más importante de la presencia de Rusia en la Organización para la Cooperación Islámica ha sido la creación del Strategic Vision Group: Russia and the Islamic World, en 2006, para promover relaciones entre Rusia y 27 países musulmanes a través de proyectos de cooperación intercultural e intercivilizacional (Strategic Vision Group).

Islam “tradicional” versus islam “transnacional”

En la Rusia postsoviética se incrementaron los recelos hacia la población musulmana debido a la importación de nuevas tendencias de radicalismo religioso, percibidas y tratadas por el Estado como una amenaza a la seguridad e integridad del territorio. De esta forma, se ha incorporado al análisis un modelo de interpretación basado en la dualidad etnicidad-seguridad. Algunos investigadores rusos del islam subrayan que el temor hacia esta religión por parte de las autoridades se debe a la incapacidad de los musulmanes para entregar su lealtad incondicional al Estado debido al creciente sentimiento de pertenencia a una comunidad religiosa global que usa la religión como expresión de protesta política y social. Si esta protesta no puede ejercerse a través de los mecanismos democráticos, como partidos de oposición y parlamento, el islam se convierte en el vehículo para canalizarla (Malashenko, 2014).

Las tradiciones islámicas de Rusia se categorizan, de forma simplificada y un tanto arbitraria, en dos grupos: el islam local o tradicional y el islam no tradicional o transnacional (Malashenko, 2015). El islam tradicional o local se considera parte de la historia rusa, apoya las tradiciones étnicas de cada región, es más conservador, está avalado por una escuela ideológica de pensamiento y una tradición religiosa. A principios de los años 90, las autoridades rusas consideraban que no podían darse tendencias universales o globales en el islam dentro del país por ser ajenas a un entorno multicultural ruso donde la población musulmana ha compartido un espacio común con los cristianos ortodoxos durante siglos.

La comunidad musulmana de Tatarstán, junto a las de otras regiones de la cuenca del Volga, sur de los Urales y Siberia representan históricamente el islam más moderado, universal y tolerante, con una larga trayectoria de convivencia interétnica e interreligiosa. Junto a ese elevado nivel de integración, promovido por las propias instituciones islámicas, hay que destacar también la permanente tensión entre los líderes institucionales, con la creación de la Administración Espiritual de Tatarstán, alejada del Consejo Religioso Central de los Musulmanes rusos.

El islam juega un papel importante en la autonomía de la república, que cuenta con un tratamiento especial en materia de impuestos y de legislación, conseguido a cambio de aceptar Tatarstán su incorporación al Tratado Federal, en 1994. En la renovación del tratado en 2007 consigue nuevos privilegios económicos, como la gestión conjunta con las autoridades federales del petróleo de la república, así como derechos en lo que a la utilización del idioma tártaro se refiere. Estas concesiones rompen, en cierta medida, la supuesta igualdad constitucional de todos los entes territoriales de la federación.

El líder tártaro Rafael Khakimov ha desarrollado el concepto de “Euro-Islam”, como una nueva definición de la religión que implicaría una modernización mediante la integración de elementos orientales y occidentales. El “Euro-Islam” tiene una perspectiva mucho más cultural que religiosa, y considera a los tártaros como una civilización más ilustrada que otras sociedades musulmanas de Oriente Medio (Tardivo, 2015: 43). Sin embargo, hay síntomas evidentes de un aumento del islam radical en Tatarstán desde hace al menos dos décadas. Desde principios de los años 90, jóvenes tártaros estudian en instituciones musulmanas de Oriente Medio y algunos han adoptado ideologías radicales e incluso se alistaron en la resistencia armada chechena o se unieron a los talibán. En el año 2012 varios atentados terroristas asesinaron en Kazán a un líder musulmán que apoyaba al Kremlin e hirieron al Mufti de Tatarstán. De ahí que, a partir de ese año, los investigadores rusos del islam comenzaran a hablar de la “Caucasianizacion” o “Dagestanizacion” de la región del Volga y particularmente de Tatarstán (Malashenko, 2013).

El islam transnacional está vinculado a grupos con conexiones fuera de Rusia, especialmente en Oriente Medio y Asia, que forman parte de redes islámicas muy amplias. Incluyen grupos muy diversos en métodos y en discursos. Dentro de este islam encontramos las ideologías salafistas, wahabistas y fundamentalistas. Algunos de estos grupos defienden tácticas terroristas, como los yihadistas salafistas, que han atentado contra la comunidad musulmana tradicional en Daguestán y Tatarstán en 2011 y 2012. Sin embargo, otros grupos, como Hizb ut-Tahrir (Partido Islámico de Liberación), Hermanos Musulmanes o el movimiento Fethullah Gülen, trabajan por un cambio social desde la educación o la interacción y el trabajo social y los medios de comunicación (Münster, 2014: 4). Hizb ut-Tahrir al Islamiyya fue fundado en 1953 en Jerusalén Este; su presencia en Rusia llega desde Asia Central, donde ha mantenido su influencia, especialmente en Uzbequistán (Malashenko & Yarlykapov, 2009: 5).

La mayor parte de los grupos del islam no tradicional son considerados una amenaza a la seguridad del Estado, que ha respondido de forma uniforme contra ellos a través de su prohibición y de la estrecha vigilancia por los servicios de seguridad. Los salafistas fueron uno de los primeros grupos transnacionales prohibidos en Rusia, en el año 2002; los Hermanos Musulmanes, en 2003; el grupo Hizb ut-Tahrir, en 2004, aunque ha conservado en años posteriores capacidad para distribuir sus publicaciones y mantener numerosas webs y canales en YouTube. El movimiento Fethullah Gülen fue también ilegalizado en 2008; sus escuelas, que actuaban tanto en el Cáucaso Norte, como en Tatarstán y Bashkortostán, fueron cerradas en 2001; sin embargo, según A. Münster (2014: 6), ha mantenido también una presencia informal a través de redes de familiares y amigos, así como acceso a las mezquitas locales.

En la geografía del islam en Rusia debemos tener en cuenta también el cambio que la migración provoca en las grandes ciudades, como Moscú, donde hay una incipiente concentración de población musulmana en distritos con su propio comercio halal. El crecimiento migratorio alimenta, en la población étnica rusa, una relación directa entre inmigración e inseguridad. La generalización de estos fenómenos está favoreciendo el crecimiento de la islamofobia y muestra los límites del multiculturalismo. La respuesta del gobierno es generalmente endurecer la entrada de inmigrantes, así como su prohibición para que trabajen en lugares públicos. Sin embargo, no parecen darse niveles significativos de radicalización entre los musulmanes en Moscú, ya que, puesto que muchos de ellos son inmigrantes ilegales, no quieren llamar la atención sobre ellos o, en el mejor de los casos, manifiestan su colaboración con las autoridades.

Finalmente, debemos mencionar otro grupo minoritario formado por los rusos étnicos convertidos al islam que, al carecer de tradición religiosa, tienen mayor tendencia a radicalizarse. Parece que este proceso de conversión puede estar motivado bien su antiamericanismo o bien por una búsqueda de identidad. Se han detectado radicales de este grupo en zonas de Stavropol, Samara o Rostov.

El universo sociológico y religioso del Cáucaso Norte

Aunque no hay una geografía diferenciada en el establecimiento del islam local y el transnacional, la versión más radical del salafismo apareció en el Cáucaso Norte, expandiendo la insurgencia desde Chechenia, cuya frontera con Oriente Medio es muy porosa. En el Cáucaso Norte el discurso radical encontró un terreno propicio para crecer, alimentado por la crisis económica, la falta de referentes de autoridad y la enorme fragmentación étnica de la región. Las dos guerras chechenas han actuado como catalizadores de un proceso en el que las respuestas represivas del Estado ruso y de las autoridades locales no han contribuido a reducir la amenaza político-militar que el islam militante supone para Rusia, especialmente en la República de Daguestán. Shterin (2012) acusa a la participación exterior del auge del salafismo o el wahabismo en el Cáucaso ruso con un objetivo geopolítico. Según M. Laruelle (2017: 18), la versión rebelde del salafismo fue introducida en la región por guerrilleros extranjeros, sobre todo de Arabia Saudí, que venían de combatir con los muyahidines en Afganistán y después en Tajikistán. Habían liderado batallones árabes antes de convertirse en líderes en las guerras en Chechenia. Dos de los más destacados fueron asesinados por los servicios secretos rusos en 2002 y 2005. 

La colaboración entre grupos extremistas locales organizó una estructura formal en torno a 2005 que da lugar en octubre de 2007 al grupo radical Emirato del Cáucaso, adscrito a las tácticas terroristas de Al-Qaeda, causante de numerosos ataques en distintas regiones de Rusia dirigidos contra líderes islámicos que trabajaban con las autoridades rusas y contra las agencias de seguridad. El Emirato ha sido uno de los mayores desafíos a la seguridad a los que se ha enfrentado Rusia tras el fin de la segunda guerra chechena. Sin embargo, la aparición de grupos yihadistas pro-ISIS en la región en vísperas de los Juegos Olímpicos de Sochi en 2014 provocó choques y divisiones internas en el Emirato del Cáucaso. A principios de septiembre de 2014, el ISIS difundió un vídeo en Internet en el que amenazaba a Putin bajo la promesa de liberar Chechenia y el Cáucaso (Quinn, 2014). Según Zhemukhov (2019: 4), la falta de apoyo de la población local y el hecho de que sus líderes hayan sido eliminados por los servicios de seguridad de forma consecutiva y sistemática han contribuido significativamente a la creciente pérdida de importancia del Emirato, como desafío a la autoridad federal, y parecen reducir el número de seguidores del islam radical en las repúblicas del Cáucaso Norte.

Sin embargo, a partir de 2014, gran parte de los combatientes rusos en Siria en las filas del ISIS procedían de Chechenia. Algunos estudios cifraban en 2017 el número de estos combatientes en Siria e Irak en torno a los tres mil quinientos, aunque se calcula que cuatrocientos ya han retornado al país. Por su parte, a principios de 2017, el presidente Putin declaraba que el 10% de los nueve mil desplazados de Rusia y de antiguas repúblicas de la URSS habían regresado (Barrett, 2017). De hecho, tras la crisis del ISIS, Rusia ha sido un país pionero en la repatriación de sus nacionales, especialmente de las mujeres y los niños, desde diciembre de 2018 (Sahuquillo, 2019). El líder checheno, Ramzán Kadírov, ha sido muy activo en los programas de retorno de combatientes del Cáucaso.

El Estado ha condenado la colaboración de combatientes rusos con el ISIS y ha aplicado respuestas punitivas a nivel regional y federal: desde el control exhaustivo de las fronteras en el Cáucaso Norte hasta la aplicación del artículo 359 del Código Criminal Ruso de 1996 que declara ilegal la actividad mercenaria (Marten, 2019: 183) y prohíbe a los ciudadanos rusos unirse a conflictos o ejércitos extranjeros[6]. En 2013 se modificó también la Ley Antiterrorista de 2006 para considerar como delito criminal la participación en grupos armados extranjeros que tengan objetivos contrarios a los intereses de Rusia (Vidino, 2014: 14). En julio de 2016, un paquete de enmiendas conocido como Ley Yarovaya, por el nombre de su promotora, la diputada Yrina Yarovaya, del partido oficialista Rusia Unida, impone nuevas medidas antiterroristas, en el contexto del conflicto con Ucrania; la nueva ley, en aplicación desde julio de 2018, además de reducir la edad de responsabilidad penal a los catorce años, contempla penas de siete años de cárcel por expresar aprobación con actividades consideradas terroristas, aumenta también de cuatro a ocho años la pena por acusación de extremismo y limita ciertas actividades religiosas a zonas designadas específicamente para ese fin (Luhn, 2016).

Internet ha sido y es el medio principal para difundir ideas radicales en Rusia, igual que en el exterior. Los combatientes que se han trasladado a Siria o Irak, uniéndose al ISIS, son muy activos en las redes, una de las cuales, Vkontakte (VK), es la segunda mayor red social en Rusia. Sin embargo, los servicios de seguridad tienen un control muy directo sobre los mensajes y los medios vinculados a contenidos del islam, tanto radicales como moderados. Las leyes de control de Internet se agudizaron y generalizaron a partir de 2011 y 2012, tras las manifestaciones celebradas durante las elecciones parlamentarias y presidenciales. La Ley Yarovaya de 2016 establece la obligatoriedad de que las operadoras de comunicaciones guarden las comunicaciones durante seis meses y proporcionen las herramientas de descifrado a las autoridades. Pero, sin duda, el mayor control gubernamental sobre Internet entró en vigor en noviembre de 2019, con la llamada “Ley de Internet soberano”, que puede llevar a una desconexión de Rusia de la red para funcionar de forma autónoma (Roth, 2019). Estos instrumentos legales, junto con la extraordinaria actividad que lleva a cabo Rusia en el terreno ciber, permiten a los servicios de seguridad endurecer y mantener un estrecho cerco sobre contenidos que puedan considerarse amenazantes para la seguridad.

La utilización de la cuestión religiosa en actividades militares

El fenómeno de “la primavera árabe”, que se inicia en 2011, ha tenido también su impacto en el interior de Rusia, mostrando a la comunidad musulmana el papel de la religión como herramienta para conseguir cambios políticos. Pero ha presentado también otro corolario decisivo para la posición del país en el escenario internacional: la intensificación de una política exterior muy activa en países musulmanes, tanto de orientación sunita como chiita. Cualquier elección entre estos dos mundos religiosos le acarrearía a Rusia la enemistad del rival y la consiguiente pérdida de contratos comerciales y económicos. La guerra en Siria es el escenario más visible de las operaciones rusas y del despliegue de una enorme y complicada actividad diplomática con todos los actores internos e internacionales involucrados en el conflicto. Su alianza y el equipamiento militar prestado a distintas milicias chiitas pro-Assad (Hezbollah, milicias afganas o iraquíes) no le impiden a Rusia participar en la formación militar de grupos sunitas que apoyan también a Assad, como la Brigada palestina Al-Quds (Leviev, octubre 2016).

Además de participar en la guerra siria y copatrocinar, junto a Turquía e Irán, su particular plan de paz en el Proceso de Astaná, Rusia muestra un importante liderazgo en la región MENA y una profundización en las relaciones con países musulmanes. Mantiene con éxito alianzas con grupos antagónicos: con Irán o Hamás, en Palestina, a la vez que un cordial entendimiento con Israel; con el Egipto de los Hermanos Musulmanes y con el de Al Sisi; con Turquía y con las milicias kurdas de las Unidades de Protección Popular (YPG); una controvertida presencia en el caos de Libia, una relación pragmática con Arabia Saudí y los países del Golfo, una aceleración de relaciones con Marruecos y Argelia. Estas exhibiciones diplomáticas, entre otras, son una manifestación de la reorientación de la política exterior rusa, menos ideológica y más económica y pragmática.

En este contexto, la expansión de la guerra híbrida ha impulsado una subcultura de las milicias promovidas por instituciones afines al aparato político ruso (Laruelle, 2019). Y la religión no está al margen de este fenómeno. El régimen ruso instrumentaliza las diferencias religiosas para conseguir sus objetivos políticos y militares y mantener el consenso social en torno a sus élites. Al igual que la iglesia ortodoxa se ha implicado en la actividad paramilitar (Laruelle, 2019: 24), la comunidad musulmana, particularmente la chechena, tiene un activo papel en la política exterior rusa en Oriente Medio.

Hay una creciente participación militar musulmana en operaciones exteriores rusas, tanto con fuerzas oficiales como en sociedades o empresas militares privadas. Sarah Fainberg (2017: 20) documenta el despliegue, al servicio del gobierno sirio, del grupo “Spetsnaz URSS”, en abril de 2017, según medios de comunicación rusos. Este grupo estaría compuesto por entre ochocientos y mil doscientos musulmanes y turcófonos procedentes del Cáucaso Norte, Cáucaso Sur, Azerbaiján y Asia Central. Dentro de este grupo de “voluntarios” estaría el batallón musulmán Turan, con base en las proximidades de la ciudad siria de Hama. Sin embargo, otras fuentes han tratado de mostrar a través de comparaciones fotográficas que el grupo Turan es una creación artificial de una agencia de noticias abjasia (Leviev, 2018). En opinión de Fainberg (2017: 21), el despliegue de los “Spetsnaz URSS” tiene una dimensión de guerra psicológica, al mostrar a los combatientes islamistas y a los rebeldes sirios la animadversión hacia esos grupos de los musulmanes del espacio postsoviético.

Como fuerzas oficiales, los chechenos están presentes en Siria desde diciembre de 2016 con un batallón de la policía militar que forma parte de las fuerzas del Ministerio de Defensa ruso (Souchkov, 2017). En menor medida, también están presentes brigadas ingushes (Nauer, 2017). El propio Kadírov, algunos de sus asesores más cercanos y el muftí de Chechenia tienen una activa presencia en el entorno presidencial sirio, y son frecuentes la visitas entre líderes políticos y religiosos sirios y chechenos. Algunas fuentes diplomáticas recogidas por Souchkov (2017), destacan que la presencia chechena, además de una intensa conexión religiosa, tiene otras implicaciones que son muy beneficiosas para Rusia: por un lado, proporciona cierta seguridad a la población suní de Siria, bombardeada con frecuencia por grupos chiítas aliados de Rusia; por otro lado, ha permitido a Rusia contrarrestar a las fuerzas iraníes en la toma de Alepo  -precisamente, las fuerzas chechenas llegan a Siria en medio de esta operación-   y asegurar su presencia y el control de una parte de la ciudad; por último, la presencia chechena busca también modificar la imagen que la población siria (y la rusa) tiene de los chechenos como terroristas que han luchado junto a grupos radicales como el ISIS.

A pesar de aparecer designadas como “policía militar”, las fuerzas chechenas e ingushes proceden de formaciones de élite de Spetsnaz de las fuerzas armadas chechenas, que han participado ya en otros escenarios bélicos al lado de Rusia, como Ucrania o la guerra de Georgia de 2008.

Desde el punto de vista estratégico, resulta significativa la participación de las tropas chechenas e ingushes en operaciones que tratan de limitar las aspiraciones tanto de Irán como de Turquía. En este último caso, las fuerzas del Cáucaso Norte han protegido a las unidades kurdas para limitar las ambiciones turcas en el norte de Siria (Hauer, 2017). Además de los beneficios militares que la participación chechena presenta para los intereses rusos, el Kremlin obtiene también ventaja de la utilización del islam suní como un instrumento de compromiso social vinculado al poder blando en Oriente Medio y evita el coste político que podría tener si todas las bajas militares en el conflicto fueran de etnia rusa (Nauer, 2017). Por otro lado, el reclutamiento de jóvenes chechenos en fuerzas afines al Estado ofrece un contrapeso al reclutamiento de estos jóvenes por parte de grupos terroristas externos, como el ISIS, o internos, como el Emirato del Cáucaso.

La actividad de Kadírov encierra también otras bazas religiosas y diplomáticas para Rusia, como su intermediación entre el Kremlin y los gobiernos sunitas del Golfo (Fainberg, 2017: 23), aprovechando sus frecuentes visitas a Jordania, Bahréin, Emiratos o Arabia Saudí; Kadírov consigue atraer inversiones de estos países hacia Grozni (Nauer, 2017), y ejerce también cierto poder blando a través de operaciones humanitarias de ayuda a la población siria, u otro tipo de colaboración, como la restauración de la Gran Mezquita de Alepo, destruida por el ISIS (Souchkov, 2017).

Además, del protagonismo del Cáucaso Norte en ciertas actividades exteriores, conviene también resaltar que el área prioritaria de la política exterior rusa ha sido siempre el espacio postsoviético, dentro del cual los países de Asia Central, mayoritariamente musulmanes son el centro de la acción exterior rusa donde se focalizan las iniciativas económicas, como la Unión Económica Euroasiática, y las político-militares, con la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva.

Estrategia rusa en la prevención del extremismo violento (PEV)

Con independencia de las tendencias políticas, que se asocian históricamente a una posición geográfica, el islam en Rusia sigue un patrón de interpretación basado en la correlación etnicidad-seguridad. Esta percepción está generalizada tanto por parte de las autoridades como por una parte considerable de la población no musulmana. Como ya hemos visto, la presencia del islam se está diversificando en muchas regiones de Rusia, por un lado, por la tendencia a las migraciones internas y la búsqueda de trabajos más cualificados en regiones o ciudades donde la población musulmana no era habitual y, por otro lado, por la fuerte inmigración procedente de las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central. Estos cambios muestran su dinamismo y adaptabilidad. Además, las tradicionales tendencias regionales se están haciendo cada vez más difuminadas, en la medida en que el islam transnacional y, particularmente, las tendencias radicales y violentas, que se asociaban al Cáucaso Norte, se encuentran presentes en mayor o menor medida en todas las áreas en las que hay comunidades musulmanas.

En Chechenia, el jefe de la república, Kadírov, ha tenido éxito en la pacificación y reconstrucción del territorio, a costa de crear un enclave totalitario en el que hay una apropiación y subordinación del islam radical con el pretexto de promover un islam tradicional. Sin embargo, el conflicto se ha extendido a las repúblicas vecinas de Ingushetia, Kabardino-Balkaria y, especialmente, a Daguestán, convertida en el centro del wahabismo radical, exportando la violencia hacia otras regiones del país y a Moscú. A finales de los años 90, varias jamaats (comunidades) se autoproclamaron como “estado islámico independiente de Daguestán” con escaso éxito debido al rechazo del islam radical por las élites políticas y una parte importante de la población.

El origen de la insurgencia del Cáucaso Norte se focaliza principalmente en razones socioeconómicas y políticas: las consecuencias de dos guerras y una actividad de contrainsurgencia tremendamente violenta por parte de la autoridades federales, el impacto de la modernización del islam en una región poco urbanizada, los conflictos entre las diferentes tendencias religiosas y étnicas, la falta de democracia y de calidad de la vida política, el subdesarrollo económico y falta de movilidad social, la corrupción política, la ausencia de una sociedad civil fuerte y de formas de participación política y social, o el auge nacionalista de las minorías étnicas paralelo al nacionalismo ruso son algunos factores que afectan particularmente a los jóvenes de la región. A la complejidad de estos procesos hay que añadir el efecto que provoca el retorno de los combatientes desplazados a Siria e Irak (Sokirianskaia, 2020a). Conviene tener en cuenta también que la elevada demografía musulmana (Grim & Karim, 2011), frente al decrecimiento demográfico de los rusos, es también una causa de radicalización: se espera que Rusia sea en 2030 el país de Europa con mayor número de habitantes musulmanes.

Las respuestas tradicionales para controlar la insurgencia han estado siempre vinculadas a la represión y a la actividad de las agencias de seguridad, sin abordar soluciones ancladas en la raíz del problema. Desde 2010, comenzaron a implementarse medidas más suaves tanto en Daguestán como en Ingushetia, donde se crearon comisiones para la rehabilitación de los combatientes (Gurevich, 2020: 9). Con ciertos altibajos desde entonces, a partir de 2015, se han puesto en marcha, con distinto éxito, planes para la PEV[7] en el Cáucaso Norte.

Los proyectos que tienen como objetivo la PEV se basan en la Estrategia de la Federación Rusa sobre Prevención del Extremismo Violento 2015-2025 (McDermott, 2014), y se gestionan a nivel federal a través de actores gubernamentales y organizaciones no gubernamentales. La Estrategia considera la propaganda y las contranarrativas como los únicos instrumentos de prevención de la violencia, dando por supuesto una relación causal entre la ideología y los actos violentos.

Los proyectos de PEV en el Cáucaso Norte suelen ser ejecutados por agentes gubernamentales, ministerios de educación y deportes, organizaciones juveniles, imanes, la propia Administración Espiritual de los Musulmanes, junto a ONG progubernamentales y, más recientemente, algunas ONG independientes. Es una propaganda dirigida a los jóvenes y, en menor medida, a las mujeres.

En Chechenia, la propaganda es muy directa y emocional, haciendo uso de retórica amenazante (Sokirianskaia, 2020b); se canaliza a través de los medios de comunicación, internet, universidades, colegios, charlas directas e institutos. Los imanes suelen combinar en sus discursos la propaganda política con la antiextremista. En Daguestán, Ingushetia y Kabardino-Balkaria se organizan también reuniones en distintos foros, con participación de funcionarios, clérigos o activistas de ONG, en las que se recurre a distintos métodos de propaganda para condenar el extremismo. Los campamentos de verano y las actividades de voluntariado entre los jóvenes pretenden ser también canales de orientación para la juventud (Caucasian Knot English, 2019).

Sin embargo, algunos especialistas reconocen que algunos de estos proyectos de PEV consiguen un efecto opuesto al que buscan debido a una metodología poco atractiva y un tanto tediosa, en algunos casos, mientras que, en otros, porque recurren a interlocutores poco creíbles para los destinatarios (Sokirianskaia, 2020b: 4). Las ONG independientes que están empezando a trabajar en la zona están utilizando recursos materiales y metodológicos más atractivos y efectivos (Dzeitova, 2020).

Los profesionales y analistas coinciden en afirmar que el recurso exclusivo a la propaganda tiene muchas limitaciones en la prevención de la violencia, especialmente entre jóvenes, que necesitan nuevas oportunidades al margen de las tradicionales opciones militares y patrióticas que ofrece el Estado (Sokirianskaia, 2020b: 5). Por otro lado, los programas de PEV no pueden sustituir a la negociación y solución de los conflictos históricos irredentos de la región. Por esta razón, algunos autores advierten del riesgo de reanudación del conflicto en el Cáucaso Norte, dada la falta de soluciones a los factores individuales, sociales, políticos o económicos que conducen a la radicalización (Sokirianskaia, 2020b: 2).

En este sentido, uno de los activistas de derechos humanos que trabaja en proyectos PEV en Kabardino-Balkaria es muy contundente al denunciar la falta de formación en pensamiento crítico entre los jóvenes: “There are no such authentic discussions because in the end, we will anyway come to the conclusion that we would not have such problems if we had free media, independent courts and real elections” (Sokirianskaia, 2020b: 4).

Conclusiones

El islam forma parte de la historia y de la cultura rusas, con su propia evolución doctrinal y sus escuelas religiosas según el área geográfica, pero ha tenido siempre un papel asimétrico en la construcción del Estado asociando a este grupo religioso dinámicas propias de la colonización. De esta forma, la comunidad musulmana ha ocupado una posición periférica tanto en los asuntos político-militares como en los económicos. Incluso hoy Rusia mantiene una actitud recelosa ante la aprobación de una legislación que permita la implantación de las Finanzas Islámicas (Hoggarth, 2016: 129).

A pesar de las marcadas diferencias étnico-religiosas entre ortodoxos eslavos y musulmanes no eslavos, como un modelo permanente de interpretación de las relaciones sociales, en determinadas áreas del país la comunidad musulmana colaboró en la construcción de sólidas relaciones con otros grupos sociales, compartiendo durante siglos historia, espacios y políticas de asimilación, en ocasiones muy dirigidas e instrumentalizadas por las autoridades políticas.

En el periodo soviético, el islam sufrió una marginación similar a las otras religiones, incluida la ortodoxa, y actuó como refugio de ritos privados y familiares. Fue objeto de persecución y castigo, como en el caso de distintas comunidades étnicas musulmanas del Cáucaso Norte durante la II GM, lo que contribuyó a mantener el carácter irredento que la región ha tenido siempre y mantiene hoy dentro del Estado.

Con la desaparición del comunismo, la religión vivió un renacimiento como un componente de identidad cultural, pero también política. Y en el caso del Cáucaso Norte acabó por convertirse en un elemento de reivindicación nacionalista contra el poder federal, incentivado por la entrada de un islam transnacional importado de los países de Oriente Medio de predominio sunita, que dio lugar a tendencias radicales y violentas del salafismo y el wahabismo. Las dos guerras chechenas y la gestión de Moscú de esos conflictos han favorecido la exportación de esas tendencias terroristas a toda la región del Cáucaso. Un nuevo esquema de análisis basado en la etnicidad-seguridad se ha impuesto definitivamente en la interpretación del islam en Rusia. La división de las instituciones religiosas musulmanas tampoco facilita la interlocución interétnica ni profundiza en la relación con el Kremlin, que mantiene una firme alianza con la Iglesia Ortodoxa. Pese a todo, la consideración del islam como potencial amenaza a la seguridad del país no es distinta a la que existe actualmente en gran parte de Europa.

Sin embargo, sí hay algunas diferencias en cuanto a las respuestas: en primer lugar, la falta de gradualidad y la equiparación de medidas para el islam moderado y el radical han contribuido a la radicalización de una parte de la comunidad musulmana y a su expansión incluso por regiones, como Tatarstán, que fueron la cuna del islam moderado. En segundo lugar, la opacidad y la falta de debate sobre una estrategia coherente hacia la religión musulmana en un Estado laico impide repensar nuevas aproximaciones que aporten soluciones más eficaces, sin alimentar fobias religiosas. Por último, las particulares del sistema político ruso permiten interpretar la violencia contra la comunidad musulmana como una consecuencia más del escaso desarrollo de los derechos individuales y el ejercicio de una vertical del poder que opera en muchos más ámbitos de la vida en Rusia, no solo en lo religioso.

Realmente, el islam supone un verdadero desafío para las autoridades rusas no sólo por la extensión del islam político, su radicalización y violencia, sino sobre todo por la necesidad de articular respuestas múltiples, no reactivas, que abarquen todos los ámbitos de la convivencia interétnica e interreligiosa. En este sentido, la implementación de programas de PEV está contribuyendo a mejorar las respuestas del Estado ruso frente al discurso extremista. Aunque hay muchos aspectos que deben mejorarse en este ámbito para limitar el protagonismo del Estado, en algunos programas implementados en el Cáucaso Norte se empiezan a crear nuevas dinámicas entre los jóvenes que buscan oportunidades lejos de los tradicionales patrones militares.

Nota sobre la autora:

María José Pérez del Pozo. Doctora en Ciencias de la Información. Profesora de la Universidad Complutense de Madrid en el área de Relaciones Internacionales. Especialista en Rusia y espacio postsoviético. Miembro del grupo de investigación Estudios Rusos Complutense. Participa en varios proyectos de investigación nacionales y europeos. Autora de numerosos artículos, entre ellos: “La expansión de la guerra informativa rusa (2000-2018)”, Revista Electrónica de Estudios Internacionales, No. 39, (2020), “La política exterior de Rusia en Oriente Medio, ¿continuidad o cambio”, Unisci Discussion Paper, No. 41, (2016). Recientemente ha publicado “El poder blando y la desinformación en la política exterior de Rusia” en: AAVV.: El sistema internacional del siglo XX. Dinámicas, Actores y Relaciones Internacionales”, ed. Tirant lo Blanch. Correo electrónico: mjperezp@ucm.es

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[1] En Rusia se consideran como religiones tradicionales las siguientes: iglesia ortodoxa, islam, budismo y judaísmo.

[2] No hay datos exactos sobre el número de ciudadanos musulmanes en Rusia. El censo de 2010 no incluía preguntas sobre las creencias religiosas.

[3] Estos okrugs son las principales zonas productoras de petróleo y gas del país.

[4] Catalina II crea también la Administración Espiritual de los Musulmanes, institución centralizadora de las organizaciones musulmanas, en un intento de integrar el islam en la estructura confesional del Estado y de garantizar su lealtad al Imperio.

[5] En 1804, el Emperador Alejandro I funda la Universidad de Kazan.

[6] La aplicación de este artículo resulta muy controvertida como consecuencia de la proliferación de compañías militares rusas, como el grupo Wagner, utilizadas por el Estados ruso. La propia Duma y el gabinete ministerial han debatido la legalización de estas compañías, sin llegar a un acuerdo.

[7] El Plan de Acción para prevenir el extremismo violento fue aprobado en Naciones Unidas en diciembre de 2015.