Cuando la paz depende de los objetos cotidianos

POL BARGUÉS

CIDOB (Barcelona Centre for International Affairs), España

Title: When Peace Depends Upon Everyday Objects

Resumen: Este artículo acude al pragmatismo filosófico para dar sentido a las crecientes sensibilidades “neo-materialistas” o “socio-naturales” en los procesos de construcción de paz. Se ha evolucionado de la idea de paz liberal, en que organizaciones internacionales trataban de imponer transiciones liberales y democráticas en sociedades afectadas por el conflicto, hacia intervenciones que promueven procesos de paz inclusivos y que dan importancia a los elementos materiales sobre los que se edifica el día a día de las gentes. Estos procesos son mucho más experimentales, inciertos e imprevisibles. El pragmatismo de James y Dewey sirve tanto para entender las limitaciones y las críticas a la paz liberal, así como para intuir las oportunidades y riesgos que se toman cuando la paz depende de los objetos cotidianos.    

Palabras clave: paz liberal, pragmatismo, objetos, James, Dewey.

Abstract: This article draws on philosophical pragmatism to examine the growing “new materialist” and “socio-natural” sensitivities in international peacebuilding processes. There has been a shift from the idea of liberal peace, in which international organizations tried to impose liberal and democratic transitions in societies affected by conflict, towards interventions that promote inclusive peace processes and put a premium on the material elements of the everyday. In turn, these processes are much more experimental, uncertain and unpredictable. The pragmatism of James and Dewey is useful both to understand the limitations and criticisms of liberal peace, as well as to anticipate the opportunities and risks that are taken when peace depends on everyday objects.

Keywords: Liberal peace, pragmatism, objects, James, Dewey.

Para citar este artículo/To cite this article: Pol Bargués, <<Cuando la paz depende de los objetos cotidianos>>, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 7, No. 1, (2021), pp. 1-10. DOI: http://dx.doi.org/10.18847/1.13.2

Introducción

En los estudios sobre paz y resolución de conflictos se observa una tendencia a valorar los procesos que son inclusivos de diferentes actores, nacionales e internacionales, y que tienen en cuenta los enredos cotidianos entre humanos y no humanos. Autores críticos, por ejemplo, resaltan el liderazgo de grupos de mujeres, tradicionalmente ignoradas o relegadas a un rol de víctimas tanto en la guerra como en la paz (Quesada Castro, 2014; Martin de Almagro, 2018), o destacan la multitud de objetos (desde drones, móviles y mapas digitales a vehículos 4×4, mercancías, o virus) que condicionan las respuestas a crisis humanitarias (Mac Ginty, 2017; Bargués-Pedreny, Chandler & Simon, 2019). Las organizaciones internacionales que intervienen en sociedades en conflicto como la Organización de Naciones Unidas (ONU) y sus agencias también han desarrollado sensibilidades parecidas. “Sostener la paz”, el nuevo modus operandi de la ONU, promueve procesos inclusivos y que se adaptan a contextos y circunstancias locales (UN, 2015). Lejos de querer que sean las élites internacionales y del país quienes impongan soluciones, las misiones internacionales de paz trabajan con multitud de grupos de la sociedad civil, en proyectos e iniciativas que pretenden atender las inquietudes del día a día y que valoran los objetos cotidianos (De Coning & Peter, 2019; Pospisil, 2019).

Estas sensibilidades “neo-materialistas” o “socio-naturales”, que aprecian los enredos entre humanos y no humanos, sociedad y naturaleza, se ha intensificado con los discursos sobre el Antropoceno que valoran la influencia que la geología y los ecosistemas de la tierra tienen para el pensamiento y el devenir de la especie humana (Gibson, Bird Rose & Fincher, 2015; Haraway, 2016). En los estudios sobre paz y conflictos, esta sensibilidad pretende avanzar la práctica de los procesos de paz y distanciarse de la idea eurocéntrica, abstracta y dominante de la paz liberal (Torrent, la presente monografía). ¿Pero cómo se avanza con esta mirada más inclusiva y orientada a lo material, a lo concreto y terrenal? ¿Y que implicaciones tiene alejarse de un ideal de paz original? Este artículo intenta teorizar esta tendencia utilizando como lente el “pragmatismo”, que fue una escuela de pensamiento filosófico que enalteció los procesos prácticos y colectivos como rutas hacia el conocimiento, y que unía a pensadores tan diversos como Charles Sanders Pierce, Chauncey Wright, Oliver Wendell Holmes, William James o John Dewey, en Estados Unidos, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX (Menand, 2001). La intención es utilizar especulativamente unas reflexiones tardías en las carreras de James y Dewey para ayudarnos a pensar tanto en la crítica a la paz liberal como en los procesos de construcción de paz actuales. Estos se implementan sin un marco teórico al que seguir, de forma más experimental, procesal, y procuran conciliarse con las pautas locales. El hecho contrastado de que a menudo estos procesos “de abajo hacia arriba” también fracasan y tienen resultados perjudiciales, al igual que las misiones de la paz liberal (Randazzo, 2021), no es tan importante para este artículo como adivinar las posibles implicaciones de las sensibilidades socio-naturales en los procesos de paz.

El artículo se divide en dos partes. La primera utiliza un ejemplo de James – en el que intenta ilustrar qué es el pragmatismo – para captar lo que los estudios críticos consideran como las limitaciones de la paz liberal. Estos apuntan que la idea de la paz liberal fracasó porque se diseñó desde la experiencia occidental, pero nunca se tuvieron en cuenta las dinámicas históricas, socio-naturales y culturales de las poblaciones afectadas por el conflicto. La segunda parte recurre a Dewey como lente para pensar la evolución hacia procesos de paz que aprecian la inclusión de diferentes perspectivas y el valor constitutivo de los objetos. Estos procesos de paz aceptan la prolongación y complejidad de los conflictos y la transitoriedad de las soluciones logradas.

Los límites de la paz liberal: ¿demasiado ideal?

William James dio una serie de clases magistrales en el Instituto Lowell de Boston entre noviembre de 1906 y enero de 1907 para explicar lo que él entendía como “pragmatismo”. Estaba en el atardecer de su exitosa carrera como profesor en psicología y filosofía en Harvard. Tenía 64 años ­– se retiraría ese mismo año y moriría de un ataque al corazón en 1910 – y seguía siendo un orador impecable, pedagógico y cautivador, como recuerdan sus alumnos (o un “#HistoricalHottie” [belleza histórica], como se destaca en los debates virtuales de nuestro tiempo [véase ilustración 1]). James empezó su segunda sesión con un ejemplo para ilustrar el pragmatismo que podremos utilizar después para hablar de las tendencias socio-naturales en estudios sobre paz y conflictos.

Ilustración 1. Captura de Tweet realizada por el autor

Cuenta James (2012) que un día encontró a un grupo de amigos entretenidos en un problema metafísico en el que no hallaban solución ni se ponían de acuerdo. El dilema giraba en torno a una ardilla que estaba en el tronco de un árbol y de una persona justa al lado opuesto, de manera que el tronco impedía que el animal pudiera ser percibido. La persona daba vueltas al árbol para lograr ver a la ardilla, pero no lo lograba ya que el roedor también giraba y a la misma velocidad que la persona. La pregunta que dividía al grupo era la siguiente: “¿ha podido la persona rodear a la ardilla?”. James dijo a sus amigos que no conseguían llegar a un acuerdo porque se quedaban en una discusión abstracta en vez de buscar un sentido práctico a sus dudas:

Quien tiene la razón … depende de lo que significa en la práctica «rodear» a la ardilla. Si uno se refiere a pasar de estar al norte del animal al este, luego al sur, luego al oeste y finamente al norte de nuevo, obviamente el hombre rodea al animal, porque ocupa todas las posiciones sucesivamente. Pero si, por el contrario, uno se refiere a estar primero frente al animal, luego a la derecha, luego detrás, luego a su izquierda y finalmente al frente nuevamente, es también obvio que el hombre no logra rodearlo, porque mediante los movimientos compensatorios que hace la ardilla, mantiene su vientre volteado hacia el hombre todo el tiempo y su espalda hacia atrás. (James, 2012: 21, émfasis en el original).

La idea que quiere transmitir James es que los dilemas no pueden resolverse si nos quedamos en lo abstracto. El pragmatismo nos invita a buscar las soluciones a los problemas preguntándonos por su aplicación práctica, estudiándolos en su contexto, y teniendo en cuenta las implicaciones de cada opción que tomemos. El pragmatismo insta a pasar de las verdades abstractas y los dilemas teóricos a las preocupaciones reales, mundanas. Como lo resumió James, es «un método para resolver disputas metafísicas que de otro modo podrían ser interminables» (James, 2012: 22).

El argumento que quiero desarrollar en este escrito es que las conceptualizaciones de paz más recientes han asimilado la lección pragmática de James para desmarcarse de las ideas abstractas que dominaron las misiones de paz desde el fin de la Guerra Fría. La idea de la “paz liberal” se basó en la ilusión de que las sociedades afectadas por el conflicto podrían estabilizarse y progresar si iniciaban procesos de democratización y liberalización de sus economías. El modelo liberal quedó legitimado por el colapso del socialismo al final de la Guerra Fría. Como había funcionado en las sociedades occidentales, ahora debía exportarse a otros países para lograr una paz internacional (Ikenberry, 2001). Desde la administración Clinton a la de Obama en Estados Unidos, junto con otros países occidentales y cooperando con organizaciones internacionales y regionales de todo tipo (desde las agencias de la ONU, a instituciones financieras y compañías militares privadas), intervenciones internacionales trataron de “promover la democracia liberal”. Países con regímenes autoritarios o estados frágiles, fallidos o en conflicto debían democratizarse para progresar y resolver sus problemas. El modelo ideal hacia el que aspirar y avanzar era “Dinamarca”, como sugirió Francis Fukuyama (2011). Así pues, los actores externos no solamente ayudaron a organizar elecciones, sino que promovían el estado de derecho, políticas inclusivas, libertad de prensa, inversiones extranjeras, o procesos de la justicia de transición. La desilusión con estas misiones no tardó en llegar. Crecieron las críticas en la academia y en los espacios públicos. También los autores liberales como Fukuyama o John Ikenberry matizaron su confianza en la universalidad de los valores occidentales. Después de más de dos décadas de intervenciones internacionales, los resultados no habían sido satisfactorios ni para los contribuyentes ni para los recipientes (Chandler, 2017).

Una de las claves principales del fracaso de la paz liberal, como se ha apuntado desde los estudios críticos, tiene resonancias con el pragmatismo: se quisieron resolver los problemas de sociedades en conflicto a base de implementar modelos ideales de paz, sin tener en cuenta los aspectos socio-naturales ni la política ni la cultura local, ni las implicaciones que comportarían los procesos de paz supervisados por misiones externas (Bargués, 2020; Juncos & Joseph, 2020). Como los amigos de James, que quisieron zanjar un conflicto en lo abstracto, los procesos de paz se idearon desde los despachos de Nueva York, Bruselas o Berlín y en base a las teorías de la paz liberal, pero no se pensó en lo que implicaría su implementación en Bosnia, Iraq, o Sierra Leona.

La obra de Séverine Autesserre, con trabajo de campo en Timor Oriental y la República Democrática del Congo, es ilustrativa de cómo las misiones de paz liberales fracasaron en la práctica. Autesserre (2014) observa cómo los procesos de construcción de la paz se desvían inexorablemente de las aspiraciones de las organizaciones internacionales y de los principios profesados por autores liberales. Esto ocurre por la incertidumbre, volatilidad y complejidad de la situación, que genera innumerables infortunios imposibles de anticipar. A menudo, advierte Autesserre, los profesionales reciben instrucciones vagas de los superiores, utilizan información tergiversada, politizada, o que se pierde a través de intermediarios, no hablan idiomas locales o carecen de conocimientos culturales (2014: 115–30). Aunque bien intencionados y comprometidos con la resolución del conflicto, en los avances hacia la paz se generan todo tipo de dinámicas impredecibles, algunas negativas. Los procesos de paz son erráticos, híbridos, y siempre difieren de como se imaginaban en la teoría de la paz liberal (Dunn, 2021; Moe & Geis, 2020).

En resumen, uno de los mayores problemas de las intervenciones internacionales, según los académicos críticos (y cada vez más aceptado por las organizaciones internacionales), es la intención de aplicar principios teóricos para tratar de resolver situaciones prácticas y concretas. Como apuntaba James (2012), las soluciones no pueden encontrarse anticipadamente, no hay verdad separada de la experiencia o de la utilidad que se le otorgue. También Dewey (1954: 94) hablaba de una insalvable “disparidad” entre lo que creemos en teoría y lo que encontramos en la práctica. El pragmatismo sirve para entender los límites de la paz liberal y, como veremos en la segunda parte, también para anticipar los problemas que puede generar un giro socio-natural en las misiones de paz.

Hacia procesos de paz experimentales ¿soluciones transitorias?

John Dewey fue uno de los intelectuales públicos de Estados Unidos más célebres de la primera mitad del siglo XX. Publicó en revistas académicas y en prensa e influyó sobre los grandes temas de la actualidad, como la intervención estadounidense en la Primera Guerra Mundial o los derechos de las mujeres. Escribió libros sobre filosofía psicología, democracia, ética, educación, lógica, religión y arte.

Fuera de la filosofía, Dewey es recordado por su contribución a crear una nueva forma de educación que rechazaba el método tradicional en el que el profesor transmite conocimiento abstracto a los niños y niñas que lo aprenden a base de repetición y memorización. En 1896 creó la Escuela Laboratorio de la Universidad de Chicago que se centraba en transmitir conocimientos concretos, aplicados, y experimentaba con métodos participativos e interactivos. Los niños desarrollaban actividades grupales y manualidades, y así desarrollaban saberes y quehaceres. Su idea central era que el conocimiento es inseparable de lo que hacemos, de nuestra actividad social. La escuela fue un éxito rotundo, nacional e internacional, hasta el punto de que sus avanzados métodos se han convertido en clichés en los debates virtuales actuales (véase ilustración 2).

Ilustración 2. Captura de Tweet realizada por el autor

Sus escritos sobre filosofía, sobre el acceso al conocimiento, popularizaron y revitalizaron el pragmatismo inicialmente propuesto por James y Pierce, y es el foco de interés en este artículo. Dewey publicó The Quest for Certainty: A Study of the Relation of Knowledge and Action en 1929, en base a las conferencias Gifford que dio en Edimburgo ese mismo año. Tenía setenta años y se retiraría un año más tarde, pero estaba en pleno esplendor productivo (escribiría una decena de libros más hasta su fallecimiento en 1952). En Edimburgo, Dewey (1929) trató de corregir a las teorías que elevaban el conocimiento abstracto e inmutable (el pensamiento ideal y teórico al que sólo podían acceder los filósofos) y despreciaban la acción y los asuntos prácticos, mundanos. Justo al contrario, Dewey pretendía valorar lo que hacemos como clave para conocer y existir colectivamente, a pesar de que admitía la falta de seguridad y éxito en cualquier actividad práctica. Es decir, el camino hacía la certidumbre era, para Dewey, inseparable de la experiencia, pero a su vez el camino siempre era sinuoso, impredecible, largo. Las certezas siempre son transitorias, conllevan implicaciones y generan nuevas preguntas. En palabras de Dewey: “Cuando actuamos abiertamente, aparecen las consecuencias; independientemente de si nos gustan o no, ahí siguen. Estamos enredados con el resultado de lo que hacemos; tenemos que afrontar sus consecuencias” (Dewey, 1930: 145). La sugerencia de Dewey de abandonar las pretensiones de certeza absoluta de los teóricos y experimentar con procesos prácticos y sus impredecibles desviaciones ­está detrás de las sensibilidades socio-naturales que han irrumpido en la última década en las propuestas sobre construcción de paz (Chandler, 2018; Mac Ginty, 2017; Smirl, 2015). El argumento a continuación es que con esta creciente sensibilidad los procesos de paz están descubriendo a las gentes, los objetos, y la incertidumbre.

Tras el fracaso de la paz liberal, que se basaba en una fórmula prestablecida y copiada de los imaginarios occidentales, hay una creciente sensibilidad sobre la necesidad de incluir a una mayor variedad de actores en los procesos de toma de decisiones en las transiciones hacia la paz. No solamente son académicos críticos los que han llegado a esta conclusión (Randazzo, 2021). Existe un consenso generalizado en las organizaciones internacionales, regionales y locales de que tanto la prevención del conflicto como la consolidación de la paz deben forjarse desde abajo, a partir de una participación constructiva de la sociedad civil en su conjunto y con atención a las múltiples dimensiones del conflicto (Torrent, 2019). Por ejemplo, grupos de mujeres diversos estaban relegados a víctimas en las intervenciones liberales para la construcción de estados fuertes y eficientes (Mújika, la presente monografía). ­Ahora se perciben como actores determinantes para liderar proyectos de todo tipo, desde iniciativas diplomáticas para la prevención de violencia a la reconciliación, rehabilitación o consolidación de la paz (Bargués-Pedreny & Martin de Almagro, 2020; McLeod & O’Reilly, 2019; Schulz, 2020). Detrás de esta sensibilidad hacia la mayor inclusión de actores está la idea pragmática de dar importancia al colectivo y a un proceso de pensamiento, negociación y cooperación constante. Como no hay una verdad absoluta (ni mucho menos una verdad que se pueda imponer desde fuera, a partir de un modelo ideal y abstracto), todas las perspectivas, propuestas e intuiciones son necesarias. Todo son aproximaciones, todo son “errores”, pero los errores tienen su función en la búsqueda de certezas que funcionen para el proceso de paz.

Una mirada socio-natural escapa necesariamente de una mirada antropocéntrica (Hardt, la presente monografía). Dewey (1954) fue influyente en explicar como las sociedades siempre se movilizan y evolucionan en torno a la politización de un “asunto” específico, que tiene dimensiones materiales ­– pensemos en el alcantarillado, en el ferrocarril o las vacunas (vea la influencia de Dewey en el neo-materialismo y otras filosofías orientadas a los objetos, Harman 2014: 161–78). De manera parecida, los estudios críticos otorgan a los elementos materiales el rol de actores principales que condicionan el desarrollo de los conflictos y la búsqueda de la paz. Por ejemplo, el patógeno del coronavirus, tan invisible como letal, ha visibilizado las vulnerabilidades y los enredos socio-naturales y socio-económicos de las zonas de conflicto durante la pandemia, amplificando la violencia y las discriminaciones en algunos contextos, y aportando cambios esperanzadores en otros (Bell, Epple & Pospisil, 2020).

Otros estudios han destacado como los objetos materiales son herramientas de análisis que nos dan información valiosa sobre las dinámicas de los conflictos y los procesos de paz. Roger Mac Ginty, por ejemplo, ha analizado las implicaciones que tiene el uso de vehículos 4×4 en Darfur. Mac Ginty (2017) observa que estos objetos no solo aportan seguridad y presencia a las agencias internacionales (y un distanciamiento casi divino con las comunidades locales), también milicias rebeldes los utilizan como elemento de prestigio, poder y resistencia al orden establecido. Como apunta Mac Ginty, y como han reconocido otros más allá de los estudios de paz, la clave no es estudiar a los objetos por un lado y a las personas en el otro, sino redescubrir sus enredos y entresijos (Cudworth & Hobden, 2015; Chandler, 2018; Haraway, 2016).

El movimiento hacia aspectos concretos ha facilitado un tercer descubrimiento, que está relacionado con los dos anteriores. Para ponerlo de forma sencilla: a más gente involucrada, más diferentes son las percepciones y las demandas, mayores las sorpresas; y cuantos más objetos o asuntos se tratan, mayores los laberintos y la incertidumbre (Maldonado, 2020). Esto es así porque los objetos aumentan o disminuyen su valor, se canjean y cambian de propietarios, se reinterpretan de mil maneras, se rompen o se pierden. Como recuerdan ontologías orientadas a los objetos, de los objetos sólo conocemos una parte, son esencialmente misteriosos, opacos, y a su vez tienen una influencia determinante (Haraway, 2016; Harman, 2014; DeLanda & Harman, 2017). Si la paz liberal proyectaba y trataba de imponer certezas y verdades universales, los procesos de paz actuales asumen una mayor apertura hacia las sociedades en conflicto, sus enredos y dinámicas socio-naturales. Por consiguiente, descubren que existe una gran imprevisibilidad en todo proceso. El reconocimiento de que los procesos de paz son inciertos es motivo tanto para criticar la aparente certeza y previsibilidad de los modelos de la paz liberal ­– basados en reglas universales y causales e inconscientes de todo aquello sorpresivo – como para reconceptualizar la paz como un proceso experimental, de prueba y error. Autesserre (2014: 115) lo describe como un proyecto en el que se avanza “a tientas en la oscuridad”.

Lejos de ser un problema, la aceptación de la incertidumbre obliga a los actores a ser más prudentes sobre lo que saben y a no querer trasladar lecciones o imponer reglas de oro de un contexto a otro. Las organizaciones internacionales operando en procesos de paz están aprendiendo a aceptar y a convivir con la idea de que sus políticas sólo aportan éxitos parciales, que los conflictos se prolongan y casi nunca se resuelven (Pospisil, 2019). Una vez se admite que el fracaso es parte del proceso, estas organizaciones prestan más atención a las consecuencias inadvertidas de sus acciones que gusten o no, “ahí siguen”. Como sugería Dewey, la aceptación de la incertidumbre exige la valentía de ocuparse de nuevas dudas y preguntas y siempre mirar hacia delante: “en lugar de seguir con las proposiciones que funcionaron en el pasado”, Dewey proponía “acción” para “cultivar la creación de un futuro” (Dewey, 1930: 289). Las implicaciones son la ejecución de procesos de paz más lentos, menos pautados y más impredecibles. Pero a su vez las prácticas son las que generan respuestas colectivas y generan nuevas oportunidades y objetivos a perseguir.

En resumen, la crítica “pragmática” a la paz liberal está reorientando los estudios de paz a apreciar los enredos socio-naturales. Los procesos de paz han dejado de ser el producto de una idea original sobre la paz para ser procesos colectivos, que intentan incluir un gran número de perspectivas y que dan importancia a los elementos materiales sobre los que se edifica el día a día de las sociedades. Al mismo tiempo, estos procesos nunca están definidos de antemano, sino que adquieren una índole experimental y se adaptan a los misterios que brindan los objetos, a las incertezas que generan los ejercicios prácticos.

Conclusión

Este artículo ha investigado las ideas pragmáticas que sostienen las sensibilidades socio-naturales en los estudios de paz, a partir de una analogía con el pragmatismo filosófico de James y Dewey. Al rechazar soluciones abstractas y universales, los procesos de paz buscan resolver los dilemas en sus implicaciones prácticas y concretas, de acuerdo con los enredos entre sociedad y naturaleza. La complejidad de los conflictos hace imposible que se puedan resolver rápida y definitivamente, y las iniciativas y proyectos para consolidar la paz consisten en procesos largos, que raramente son lineales (de Coning, 2018). Estas intervenciones internacionales intentan incluir a grupos diversos y se adaptan a sus intereses, percepciones y a la riqueza de los objetos que influyen en el día a día.

Lo que descubrimos es que en el descenso a lo concreto y práctico para explorar los enredos socio-naturales, los procesos de paz no dan con ninguna varita mágica. “Lo que caracteriza a la actividad práctica”, decía Dewey, “y que es tan inherente que no puede eliminarse, es la incerteza que la envuelve” (1930: 10). En los procesos prácticos que buscan soluciones concretas, y que se ocupan de las consecuencias surgidas en estas soluciones, no hay descanso, ni certezas, ni final. Los procesos requieren lentitud y sensibilidad. El dilema clave que nos plantean las sensibilidades socio-naturales, cuando se interrogan desde la lente del pragmatismo, es si los procesos de paz son capaces de convivir con la incertidumbre radical, en la oscuridad. En ocasiones, vemos como los diferentes actores de los procesos de paz sí que aceptan la transitoriedad y parcialidad de sus acuerdos, reconocen sus errores y los de los demás (Pospisil 2019); en otras ocasiones, tienen más prisa y quieren imponer aquello que creen que saben.

Agradecimientos

Quería agradecer a los demás autores de esta monografía, a los revisores y a Ignasi Torrent por sus comentarios a este artículo y por las reflexiones sobre la paz socio-natural. Sin ellos los objetos seguirían ocultos, en silencio.

Nota sobre el autor:

Pol Bargués es investigador principal en el CIDOB (Centre d’Estudis i Documentació Internacionals a Barcelona), donde trabaja en el proyecto UE-LISTCO (dentro del programa Horizonte 2020 de la UE). Correo electrónico: pbargues@cidob.org

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