Antropoceno, naturaleza y seguridad en el Sudeste asiático: una aproximación Eco-crítica a los conflictos del Mar de China meridional

PABLO PAREJA-ALCARAZ

Profesor Serra Hunter de Relaciones Internacionales, Universitat Pompeu Fabra, España

Title: Anthropocene, Nature, and Security in Southeast Asia: An Eco-Critical Approach to the Conflicts in the South China Sea

Resumen: En los últimos años, el concepto de “Antropoceno” y sus implicaciones teórico-prácticas han permeado la Teoría de las Relaciones Internacionales, y muy especialmente los estudios centrados en la seguridad internacional. Todavía escasas, la mayor parte de las reflexiones se circunscriben a trabajos de orientación teórica, aunque cada vez son más los que exploran su potencial para comprender casos, desafíos y conflictos concretos. Partiendo de la aceptación de que la actividad humana tiene un variado y profundo impacto sobre la ecología y la geología del planeta y, al mismo tiempo, del convencimiento de que la comprensión de la seguridad internacional contemporánea exige analizar la conflictividad con una nueva mirada que se haga eco de esta realidad, este artículo ofrece una aproximación eco-crítica a la dimensión medioambiental de los conflictos del Mar de China meridional. El análisis arroja dos conclusiones principales. La primera es que la naturaleza no sólo no está siendo objeto de protección en el Mar de China meridional, sino que a menudo está siendo sacrificada en aras de acciones ligadas a la conflictividad (como la construcción de islotes artificiales o la militarización) y, lo que resulta más paradójico, de iniciativas orientadas al fomento de la cooperación y la resolución de los conflictos existentes (como los acuerdos para la explotación conjunta de las reservas pesqueras o de los recursos de petróleo y gas natural). La segunda es que, pese a la mayor sensibilidad que los Estados de los actores no estatales locales y regionales frente a la agenda de la transnacionalidad y a su énfasis retórico en los aspectos no convencionales de la seguridad, las diferentes estrategias de gestión y resolución de conflictos que han impulsado estos actores durante los últimos años también han relegado a la naturaleza y a las consideraciones ecológicas a una posición marginal.

Palabras clave: Antropoceno, Seguridad internacional, Conflictividad, Mar de China meridional, Medio ambiente.

Abstract: In recent years, the concept of the ‘Anthropocene’ and its theoretical and practical implications have permeated International Relations Theory, and especially studies focused on international security. Still scarce, most of the reflections are limited to theoretically-oriented works. However, more and more are exploring its potential to understand specific cases, challenges and conflicts. This work offers an eco-critical approach to the environmental dimension of conflicts in the South China Sea based on two main assumptions: first, the acceptance that human activity has a profound and varied impact on the planet’s ecology and geology; second, the profound conviction that understanding contemporary international security requires a fresh and reflective analysis of conflict. The analysis yields two main conclusions. The first is that nature is not only not being protected in the South China Sea, but is often being sacrificed for the sake of different actions: actions directly linked to conflict dynamics (such as the construction of artificial islets or the recent process of militarisation); and, more paradoxically, actions aimed at promoting cooperation and the resolution of existing conflicts (such as agreements for the joint exploitation of fishing reserves or oil and natural gas resources). The second is that the different management and conflict resolution strategies developed by non-state actors over the past few years have also relegated nature and ecological considerations to a marginal position. This despite the higher sensitiveness of local and regional non-state actors to the agenda of transnationality compared to that of States and the former’s rhetorical emphasis on non-conventional aspects of security.

Keywords: Anthropocene, International Security, Conflict, South China Sea, Environment.

Para citar este artículo/To cite this article: Pablo Pareja-Alcaraz, <<Antropoceno, naturaleza y seguridad en el Sudeste asiático: una aproximación Eco-crítica a los conflictos del Mar de China meridional>>, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 7, No. 1, (2021), pp. 61-81. DOI: http://dx.doi.org/10.18847/1.13.6

La irrupción del “Antropoceno” en la Teoría de las relaciones internacionales

Los últimos veinte años han sido testigos de intensos debates en torno a la adecuación del término “Antropoceno” para reflejar los importantes cambios experimentados por el planeta a lo largo de los últimos dos siglos y a sus implicaciones teórico-prácticas. Aunque el concepto ya había sido acuñado con anterioridad, la primera formulación que hizo fortuna apareció el año 2000 de la mano del trabajo de Paul Crutzen y Eugene Stoermer. Ésta ponía énfasis en el papel central de la actividad humana en la transformación ecológica y geológica de la Tierra a través de múltiples ejemplos y, tras advertir de la más que probable durabilidad de esta tendencia, reivindicaba la necesidad de replantear la manera de entender el mundo y de desarrollar nuevas investigaciones a fin de articular estrategias efectivas orientadas a garantizar la sostenibilidad de los ecosistemas (Crutzen & Stoermer, 2000). La noción tardó poco tiempo en hacerse hueco en discusiones académicas y políticas, y muchos vieron en ella un valioso instrumento para aumentar el grado de concienciación sobre la emergencia climática y la urgencia de adoptar medidas ambiciosas. En paralelo, otros tantos vieron en el “Antropoceno” una provocación superficial, ambigua y poco elaborada teóricamente. Con el tiempo, el debate ha ido ganando en profundidad y en riqueza, alumbrando diferentes definiciones, distinguiendo varios niveles de análisis y facilitando su gradual consolidación como una suerte de zeitgeist cultural desde hace una década (Malhi, 2017; Mendes, 2020; Rice, 2017). Así, si bien no existe una visión compartida del alcance del término y de su utilidad, sí es posible hablar de un cierto consenso en torno a dos ideas nucleares que, en parte, devuelven los debates a sus momentos iniciales. La primera es que el impacto de la actividad humana es hoy mucho más importante sobre el planeta que en cualquier otro período histórico. La segunda es que la amplitud y profundidad de este impacto han alcanzado una intensidad tal que lo han convertido en el principal factor de transformación ecológica y geológica de la Tierra.

La Teoría de las Relaciones Internacionales no ha escapado a estos debates (ver Torrent, la presente monografía), aunque el nivel de atención ha sido discreto y, salvo en contadas excepciones, las reflexiones en torno al “Antropoceno” en revistas y publicaciones especializadas continúan siendo hoy limitadas. Un número significativo de estos trabajos está relacionado con el resurgir de planteamientos geopolíticos y la reivindicación de la geografía como un elemento central de las relaciones internacionales del siglo XXI. No es de extrañar, pues, que el grueso de estas contribuciones, que generalmente han optado por la interdisciplinariedad, se haya concentrado en el ámbito de los estudios de seguridad (Dalby, 2007, 2015; Fagan, 2017; Günter Brauch & Scheffran, 2012; Holley et al. 2018; Oswald Spring & Günter Brach, 2021; Trombetta, 2021; ver también Hardt, la presente monografía). No obstante, tal y como sugieren en su reciente artículo Eva Lövbrand, Malin Mobjörk y Rickard Söder, atendiendo a sus postulados ontológicos, sus principales temas de análisis y sus preferencias ideológicas, entre el limitado pero variado volumen de reflexiones realizadas desde la Teoría de las Relaciones Internacionales cabe distinguir al menos tres enfoques, discursos o narrativas (Lövbrand, Mobjörk & Söder, 2020: 3-5).

El primero de ellos, el enfoque del mundo en extinción (endangered world), toma como punto de partida el carácter negativo e irreversible del impacto de la actividad humana sobre el planeta, al que describe como un entorno cada vez más hostil, propicio a la competitividad y al conflicto. Este impacto ha agravado desafíos multidimensionales, difusos, interconectados y transnacionales que ya existían con anterioridad y, en paralelo, ha alumbrado nuevos retos que se suman a los anteriores. En conjunto, ya sea de forma directa o indirecta, todos ellos merman la seguridad humana y generan inestabilidad política en todos los rincones del planeta, pero muy especialmente en aquellos países y regiones que padecen una situación de mayor debilidad estructural. El objeto de referencia de la seguridad internacional es, en todo caso, la biosfera global, a la que ven en peligro. De ahí que, más que preocuparse por la incidencia de actores específicos y/o de actividades humanas concretas, su principal motivo de inquietud sea el efecto agregado de la humanidad sobre la Tierra y que, por extensión, apunten a la sobrepoblación como un factor especialmente desestabilizante. De ahí también que, en línea con la idea de interdependencia compleja y los postulados del institucionalismo liberal, aboguen con fuerza por el papel determinante de organizaciones internacionales y de estructuras de gobernanza multinivel capaces de transcender los intereses particularistas de los Estados y de avanzar en la construcción de estrategias globales basadas en el conocimiento científico. Cabe situar en esta línea el Manifiesto ecomodernista impulsado por diversos autores en 2015 (Asafu-Adjaye et al. 2015).Son también ilustrativos de este primer enfoque algunos trabajos centrados en el negativo impacto del cambio climático y de otros procesos motivados por la acción humana sobre los ecosistemas y la geopolítica del espacio ártico (Young, 2012) o de algunas islas del Océano Pacífico (Willcox, 2016).

El segundo enfoque, el del mundo enredado (entangled world), comparte con el anterior la percepción de que vivimos en un mundo complejo, interdependiente y difícilmente predecible en el que se solapan múltiples retos y desafíos de carácter transnacional. En contraste, como claramente reflejan los editores Elizabeth Johnson y Harlan Morehouse al inicio del monográfico centrado en las implicaciones teóricas y prácticas del Antropoceno (Johnson & Morehouse, 2014), parte de una concepción más pesimista e irreversible del proceso de degradación del planeta causado e impulsado por la actividad humana. Es, además, un enfoque que va más allá de la defensa de una visión post-estatocéntrica de las relaciones internacionales y de la necesidad de superar la arraigada concepción de la seguridad que pone el acento en la defensa de los Estados o los individuos frente a las amenazas externas. En este sentido, el enfoque del mundo enredado rompe con la distinción binaria entre el ser humano y la naturaleza, a los que entiende tan profundamente interpenetrados que llega a considerar al primero responsable y víctima de su actividad, poderoso y, a la vez, profundamente débil (Fagan, 2017). Esta lógica lo sitúa cerca de los planteamientos post-humanistas de la Teoría de las Relaciones Internacionales que ponen en entredicho la narrativa o las narrativas de la modernidad y, en su versión más extrema y rupturista, cuestionan abiertamente la ontología y los fundamentos sobre los que se construye la disciplina (Cudworth, Hobden & Kavalski, 2018). Es por ello que no basta con apostar por organizaciones internacionales y estructuras de gobernanza multinivel para hacer frente a los enormes desafíos que plantea la situación actual. La búsqueda de soluciones, si las hay, exige aceptar la profunda complejidad del mundo en que vivimos, interiorizar la condición del ser humano como una especie más en un conjunto más amplio y plural, diseñar estrategias orientadas a reconciliarnos con el planeta –única vía para asegurar nuestra propia supervivencia– y, en definitiva, abogar por una política de planeta o una política mundana (worldly politics) que ponga el acento en las interrelaciones entre múltiples especies, no sólo entre los seres humanos y las demás (Burke et al. 2016; Lövbrand, Mobjörk & Söder, 2020: 4).

El tercer enfoque es el del mundo extractivo (extractive world), que entronca directamente con el paradigma estructuralista y las aproximaciones neo-marxistas de la Teoría de las Relaciones Internacionales. Para los defensores de esta visión, el planeta se ha convertido en un lugar inseguro, hostil, pero no tanto como consecuencia de la degradación de los ecosistemas como de un sistema global capitalista que fomenta la desigualdad y la destrucción. Desde esta perspectiva, la emergencia climática es esencialmente el reflejo de un modelo de producción que mercantiliza tanto a los seres humanos como a la naturaleza, entendiéndolos como productos (ver Mateos, la presente monografía). Es por ello que, en contraste con el enfoque del mundo en extinción, su principal motivo de preocupación no es el impacto agregado de la humanidad sobre la Tierra, sino el ligado a la voluntad y a las acciones de determinados grupos sociales que buscan perpetuar su posición de privilegio en una sociedad estratificada que se sustenta gracias a la explotación de los grupos más vulnerables y de la naturaleza. A este respecto, resulta muy ilustrativa la reflexión de Cara Daggett sobre la interconexión entre la explotación de combustibles fósiles, la masculinidad, la crisis ecológica y el auge de discursos populistas y autoritarios (Daggett, 2018). De esta lógica deriva la reivindicación de una profunda revisión crítica de nuestra manera de entender la realidad que preste especial atención a las transformaciones materiales, apueste por la descarbonización y se enfrente abiertamente a los discursos que defienden estrategias de modernización supuestamente ecológicas, pero que legitiman y perpetúan el sistema capitalista de explotación global. La clave, en definitiva, pasa por denunciar la trampa de la despolitización que acompaña al término “Antropoceno” y por repolitizar el debate (Swyngedouw & Ernstson, 2018).

Partiendo del reconocimiento de la pluralidad de enfoques o narrativas acerca del Antropoceno y sus implicaciones teórico-prácticas que conviven en el seno de la Teoría de las Relaciones Internacionales, el presente trabajo se construye sobre dos premisas complementarias. La primera es el reconocimiento de que la actividad humana tiene hoy un variado y profundo impacto, sin precedentes, sobre la ecología y la geología del planeta. La segunda es el convencimiento de que, por un lado, este impacto obliga a repensar las fronteras y las relaciones entre el ser humano y la naturaleza y de que, por otro, la comprensión de la seguridad internacional contemporánea exige analizar la conflictividad con una nueva mirada que se haga eco de esta compleja realidad. Sobre estas premisas, el artículo ofrece una aproximación eco-crítica a la dimensión medioambiental de los conflictos del Mar de China meridional. Esta aproximación se sitúa a medio camino entre los estudios críticos de seguridad y los enfoques teóricos menos transgresores ligados a la noción de “Antropoceno”. Es, en este sentido, una suerte de aproximación soft o blanda que se construye sobre las líneas de coincidencia y continuidad entre ambas visiones o planteamientos teóricos. Aunque pueda tildarse de conservadora –y quizá para algunos también de insuficiente–, esta propuesta tiene el potencial de ayudar a romper con la visión dicotómica que se tiene de unas y otras posiciones y, por extensión, facilitar un diálogo más fluido y constructivo entre sus respectivos defensores. No se persigue, pues, desarrollar un trabajo en la línea del planteado por Emma Lecavalier y Cameron Harrington para explorar las múltiples interconexiones entre el carbón, la seguridad energética y la materialidad en la India (Lecavalier & Harrington, 2017), sino de plantear un ejercicio más modesto que escape al peligro de ligar inexorablemente las críticas que subyacen a los enfoques ligados al concepto de Antropoceno con la ruptura definitiva con planteamientos y visiones previos de las relaciones entre la naturaleza, el ser humano, el planeta y la seguridad.

Para alcanzar este objetivo, el siguiente apartado explora brevemente el Mar de China meridional desde una doble perspectiva: en primer lugar, como espacio natural con una alta riqueza y con un importante peso en la biosfera global; en segundo lugar, como escenario de varios conflictos solapados en los que participan varios actores y sobre los que incide un conjunto diverso de factores. Esta exploración da pie al tercer apartado, que analiza la dimensión medioambiental de los conflictos del Mar de China meridional, prestando especial atención a las iniciativas individuales y colectivas orientadas a su gestión y resolución. El último apartado recoge las conclusiones más importantes que se derivan de este trabajo. La primera es que la naturaleza no sólo no está siendo objeto de protección en el Mar de China meridional, sino que a menudo está siendo sacrificada como consecuencia de acciones ligadas a la conflictividad y, lo que resulta más paradójico, como resultado de iniciativas supuestamente orientadas a fomentar la cooperación y la resolución de los conflictos. La segunda es que, pese a la mayor sensibilidad que los Estados de los actores no estatales locales y regionales frente a la agenda de la transnacionalidad y a su énfasis retórico en los aspectos no convencionales de la seguridad, las diferentes estrategias de gestión y resolución de conflictos que han impulsado estos actores durante los últimos años han relegado a la naturaleza y a las consideraciones ecológicas a una posición marginal.

El Mar de China meridional como espacio natural y como escenario de conflictos

El Mar de China meridional es un mar semicerrado: el 90% de su perímetro está delimitado por tierra y tanto en su zona norte como en su zona sur está acotado por dos importantes estrechos, el de Taiwán y el de Malaca. Su extensión total cubre un área aproximada de 3,5 millones de km2 en la que es posible identificar cuatro archipiélagos principales: las islas Dongsha, el Zongsha Qundao (o Banco Macclesfield), las islas Paracelso y las islas Spratly. Cada uno de estos archipiélagos incluye una agrupación variable de islas, islotes sumergidos, arrecifes, atolones y bancos, siendo el más grande el de las islas Spratly, con algo más de 5 km2 de superficie emergida. Los países y territorios ribereños de este mar son la República Popular China, Taiwán, Vietnam, Filipinas, Camboya, Tailandia, Singapur, Malasia, Brunei e Indonesia. Tiene una profundidad media de 1,2 km y es, a la vez, uno de los ecosistemas marinos más grandes del mundo y uno de los lugares más disputados del planeta.

La riqueza del Mar de China meridional como espacio natural

El Mar de China meridional es un gran ecosistema complejo que ocupa un 2,5% de la superficie total del planeta y en el que coexisten diferentes subregiones ecológicas altamente interconectadas. Bajo sus aguas alberga casi el 5% de la superficie mundial de arrecifes de coral, en la que conviven al menos 570 especies diferentes, una cifra que representa el 76% del total de especies de corales existentes en el planeta (Trajano et al. 2017: 5) y convierte a este mar en una de las zonas más extensas y biodiversas del mundo, con apenas 30 especies menos que la Gran Barrera de Coral situada en la costa este de Australia. La mayor variedad se encuentra en los arrecifes situados al oeste de la isla filipina de Luzón y frente a la costa del sur de Vietnam, en los que habitan más de 400 especies; en el resto de arrecifes, la cifra se sitúa algo por debajo de las 300 (Huang et al. 2016: 332). Esta riqueza contribuye a crear unas condiciones especialmente óptimas para la proliferación y reproducción de al menos 3.365 especies de peces distintas agrupadas en 263 grandes familias, más de 1.500 tipos diferentes de esponjas (en su mayoría exclusivas de este mar), cerca de 1.000 especies de equinodermos, una veintena de especies de algas marinas, 45 especies de mangles o arbustos acuáticos y, al menos, 7 de los 12 tipos identificados de almejas gigantes en el planeta (Ferse, Mumby & Ward, 2016: 13). Además, las zonas marinas y costeras del Mar de China meridional dan cobijo a más de un centenar de especies vertebradas diferentes de los peces, de las que un 36% son mamíferos marinos, un 36% aves marinas y un 27% reptiles (Sorongon & Palomares, 2010). En algunas de las islas se han identificado también diferentes tipos de vegetación tropical, bosques de arbustos y varias especies de tortugas (WWF, 2021).

Más allá del valor de su biodiversidad, la importancia del Mar de China meridional en tanto que espacio natural está asociada también a su alta capacidad de producción marina, una capacidad que año tras año le sitúa entre los cinco primeros espacios marinos con más producción del mundo y en la primera posición entre los mares que bañan las costas asiáticas. En los últimos años, las capturas de peces en sus aguas se han situado entre los 10 y los 18 millones de toneladas por año, lo que aproximadamente representa el 12% del total de capturas en el mundo (Sumaila & Cheung, 2015: 1-3). Si tenemos en cuenta la suma de todas las capturas entre 1950 y 2014, por otro lado, la cifra asciende a 504,6 millones de toneladas, más de 215 millones de toneladas por encima del segundo gran ecosistema marino asiático, el Mar de China oriental (288,3), más de 220 millones de toneladas por encima del tercero, el Mar de la Bahía de Bengala (282,5), y 276 millones de toneladas por encima del cuarto, el Mar de Japón (228,7) (Varley et al. 2020). Esta elevadísima capacidad de producción juega un papel esencial en la alimentación y, por extensión, en la seguridad alimentaria de los centenares de millones de seres humanos que viven en los espacios terrestres colindantes. A modo de ejemplo, la proteína de los peces capturados en las aguas del mar que bordean Tailandia suponen un 38% del consumo total de la población que vive en esta subárea y un 28% del consumo total de otras poblaciones cercanas. Estos porcentajes son vitales para los más de 40 millones de personas que viven en situación de pobreza en un radio de 100 quilómetros de estas costas del Mar de China meridional (McManus et al. 2016: 4). En los casos de Filipinas e Indonesia, por otro lado, el consumo humano de proteína animal procedente de las capturas de peces y mariscos en este mar representa respectivamente el 40% y el 50% del consumo humano total de proteína en cada país (FAO, 2014).  

El espacio natural del Mar de China meridional es también determinante en los procesos de absorción de dióxido de carbono, necesarios para mantener el equilibrio de la biosfera global. Junto a los demás mares y océanos, las aguas de este espacio ayudan a la absorción de algo más del 23% de las emisiones de CO2 derivadas de la actividad humana, así como de más del 90% del exceso de calor provocado por esa misma actividad (Naciones Unidas, 2020). En un contexto regional y global en que las emisiones de dióxido de carbono tienden a aumentar como consecuencia de múltiples factores (modelos de crecimiento económico apoyados en una fuerte industrialización, aumento de la navegación aérea y marítima, crecimiento poblacional, etc.), resulta difícil exagerar la importancia de esta contribución del Mar de China meridional y de sus diferentes subregiones ecológicas no sólo para la supervivencia de una multiplicidad de especies – entre ellas la de los seres humanos-, sino también para asegurar la sostenibilidad y la viabilidad de la vida en el planeta.

Los conflictos por y en el Mar de China meridional[1] 

El Mar de China meridional es escenario de diversos conflictos marítimos y territoriales, algunos de carácter bilateral (principalmente los relacionados con la soberanía de las islas Paracelso, las islas Dongsha i el Zongsha Qundao) y otros de carácter multilateral (entre ellos, el más importante, el que afecta a la soberanía de las islas Spratly). En la actualidad, los países o territorios que reivindican parte o la totalidad de este espacio son seis: la República Popular China, Vietnam, Filipinas, Malasia, Taiwán y Brunei. Cada uno esgrime diferentes argumentos históricos y/o jurídicos (Ba, 2011; De Gurung, 2018; Hong, 2013). Los dos primeros son los que presentan reclamaciones más extensas geográficamente y, junto con Filipinas, son los que hasta la fecha se han visto implicados en más incidentes violentos. El número y la intensidad de estos incidentes ha aumentado durante los últimos años coincidiendo con el impulso de una política exterior más asertiva por parte de Pequín, el aumento del gasto de defensa de buena parte de los países de la región y la creciente presencia militar de Estados Unidos en este mar, bien a través de sus bases militares terrestres, bien mediante su flota naval en aguas del Pacífico. Con todo, la intensidad de la conflictividad en torno al Mar de China meridional se mantiene en unos niveles notablemente bajos. A ello contribuye que ninguno de los actores regionales y extra-regionales ve con entusiasmo esta posibilidad por las múltiples ramificaciones domésticas, regionales y globales que hoy por hoy acarrearía un enfrentamiento militar. A nadie se le escapa, sin embargo, el creciente riesgo de escalada.

En su etapa contemporánea, durante las últimas siete décadas, la conflictividad en el Mar de China meridional ha atravesado cuatro etapas principales (García, Ibáñez y Pareja, 2009: 79-82). La primera, entre finales de la segunda guerra mundial y principios de la década de los setenta del siglo pasado, se caracterizó por la desatención generalizada de los distintos países y territorios ribereños hacia las aguas de este mar, así como por el bajo tono de sus reivindicaciones. A ello contribuyeron factores como el convulso contexto internacional, la inestabilidad regional del Sudeste asiático, el desconocimiento acerca de los recursos de hidrocarburos subyacentes y las entonces moderadas dependencias de los recursos energéticos de las economías de los principales Estados implicados. En contraste, la segunda etapa, entre mediados de los años setenta y finales de los ochenta, fue testigo de una creciente intensificación de la conflictividad. Ya embarcados en importantes procesos de industrialización y conocedores de la potencial riqueza del Mar de China meridional, algunos de los actores –especialmente la República Popular China, Vietnam y Filipinas– elevaron el tono de sus reclamaciones, construyeron pequeñas edificaciones en algunas de las islas y fijaron una presencia militar más o menos continuada. Esta escalada derivó en varios incidentes armados y, en ocasiones, en la pérdida de vidas humanas. En parte como consecuencia de estos cambios, la tercera etapa asistió al alumbramiento de las primeras iniciativas de gestión multilateral de la conflictividad entre finales de los años ochenta y mediados de la década de los noventa. Aunque algunos países no cejaron en su empeño de hacerse con el control de algunas islas e islotes, sobre todo la República Popular China, el nuevo contexto regional e internacional favoreció la construcción de un clima de mayor confianza, una mayor implicación de la ASEAN en la gestión de los distintos conflictos, la articulación de diversos mecanismos de la vía no oficial o second-track para facilitar la cooperación y la puesta en marcha de las primeras iniciativas para la explotación conjunta de parte de las reservas pesqueras y de hidrocarburos. Todos estos avances se han mantenido en la cuarta y, hasta la fecha, última etapa de la conflictividad en el Mar de China meridional. Entre los factores que más han contribuido a la cooperación destacan la firma por parte de la República Popular China de la Convención de Naciones Unidas sobre Derecho del Mar en 1996, la firma por parte de ese mismo país y de los miembros de ASEAN de la Declaración sobre la conducta de las partes en el Mar de China meridional en 2002 y el impulso de varios acuerdos para la explotación de los recursos de hidrocarburos subyacentes a partir del año 2005. En sentido contrario, entre los factores que han alimentado la confrontación destacan la militarización reciente de las aguas de este mar, la mayor asertividad de Pequín (que incluye la construcción de bases militares artificiales en torno a diferentes islas), el incremento de los presupuestos de defensa de los distintos países implicados en los conflictos y la creciente presencia militar de Estados Unidos. Este segundo grupo de factores ha ido ganando peso durante los tres últimos años, contribuyendo así a la cada vez más generalizada percepción de que el Mar de China meridional es uno de los escenarios con mayor riesgo de desembocar en un conflicto armado de alto impacto y alcance internacional (Stares, 2019: 6).

Esta evolución se explica en parte por la creciente importancia geoestratégica del mar en un contexto marcado por los altísimos niveles de dependencia energética de un buen número de países, la emergencia climática, la rivalidad hegemónica entre Estados Unidos y la República Popular China y los temores que suscita entre sus vecinos la consolidación de esta última como superpotencia. También inciden sobre ella muchos otros factores domésticos e internacionales, tangibles e intangibles, que recomiendan una aproximación teórica ecléctica y multidimensional a la conflictividad del Mar de China meridional (Regilme, 2018). En todo caso, conviene apuntar aquí tres elementos que dan cuenta de su interés económico, político y geoestratégico. El primero está relacionado con las reservas subyacentes de diferentes minerales y recursos, principalmente de petróleo y gas natural, que algunos estudios estiman en más de 11.000 millones de barriles y 190 billones de metros cúbicos respectivamente (EIA, 2013a). El segundo elemento tiene que ver con la importancia de las vías de navegación. Con un valor anual cercano a los 3,5 billones de dólares, el comercio marítimo que atraviesa sus aguas representa un tercio del global y hace de este mar la segunda vía marítima más transitada del planeta (UNCTAD, 2016, 2020). Su relevancia es todavía mayor para los Estados y territorios ribereños, y muy especialmente para aquellos que, como Filipinas o Indonesia, ven en él la vía principal y casi exclusiva para sus exportaciones e importaciones. Por si ello fuera poco, en algunos sectores estratégicos del comercio global, el Mar de China meridional ocupa una posición determinante: en 2017, por ejemplo, más del 40% del comercio mundial de gas natural licuado cruzó sus aguas (EIA, 2017). Por último, el tercero de los elementos se asocia al peso de los recursos pesqueros del Mar de China meridional a escala global y regional. Como vimos con anterioridad, las capturas de peces en este espacio suponen algo más de una décima parte de las capturas globales anuales y la seguridad alimentaria de millones de personas depende de ellas. Además, el sector pesquero da empleo directo a más de 3,7 millones de personas en la región e indirecto a varios millones más. No en vano, para las economías de algunos países ribereños, la pesca y las industrias asociadas constituyen uno de los sectores centrales (FNI, 2017). Y todo ello sin tener en cuenta el conjunto de actividades pesqueras ilegales que escapan el radar de las estadísticas, cuyas capturas podrían alcanzar entre el 70 y el 80% de las que reflejan los registros oficiales (Sumaila & Cheung, 2015: 3).

La dimensión medioambiental de los Conflictos del Mar de China meridional

Los conflictos del Mar de China meridional han sido objeto de numerosos análisis y reflexiones desde la Teoría de las Relaciones Internacionales y, más concretamente, desde los estudios de seguridad. Con frecuencia, estos trabajos se han centrado en su importancia geoestratégica, el papel que juega en ellos la República Popular China o la incidencia de las rivalidades entre Washington y Pequín por la hegemonía regional. Desde hace más de veinte años, sin embargo, varios autores han apuntado la necesidad de prestar más atención a los aspectos medioambientales (Magno, 1997; Rosenberg, 1999, 2008) y cada vez son más los que, desde dentro o acercándose a los enfoques teóricos en torno al concepto de Antropoceno que describíamos en el primer apartado de este trabajo, revindican una comprensión más crítica y compleja que ponga el foco en el impacto de las tensiones sobre la sostenibilidad del ecosistema complejo del Mar de China meridional (Basu & Chaturvedi, 2021; Sumaila & Cheung, 2015; Smith et al. 2019; Stephens, 2017; Trajano et al. 2017).

Es innegable que la preocupación por la dimensión medioambiental ha formado parte de los debates regionales desde hace al menos tres décadas. Esta preocupación se ha visto reflejada también en un número significativo de las iniciativas oficiales y no oficiales de gestión de los conflictos en este mar (Chen, 2013; Majumdar, 2015; Næss, 2001; Suharman & Karo, 2020). Entre las oficiales destacan especialmente tres: el Proyecto del Mar del sur de China coordinado por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP) y el Foro Mundial para el Medio Ambiente (GEF) desde febrero de 2002 en el marco de una estrategia más amplia iniciada a mediados de los años noventa del siglo pasado y en el que participan la República Popular China, Camboya, Vietnam, Tailandia, Filipinas, Malasia e Indonesia[2]; la Declaración para una década de protección del medio ambiente costero y marino en el Mar del sur de China (2017-2027), acordada entre la ASEAN y China el 13 de noviembre de 2017 en el marco de la 20ª cumbre celebrada en Filipinas; y la más reciente Declaración de Bangkok sobre la lucha contra los vertidos marinos en la región de ASEAN, suscrita por todos los miembros de la organización regional el 22 de junio de 2019 en el marco de la 34ª Cumbre ASEAN. No obstante, resulta significativa la práctica omisión de las cuestiones medioambientales por parte de la iniciativa orientada a resolver pacíficamente los conflictos del Mar de China meridional más relevante hasta la fecha, a saber, la Declaración sobre la conducta de las partes en el Mar del sur de China,firmada el 4 de noviembre por todos los miembros de ASEAN y la República Popular China. Entre las decenas de iniciativas no oficiales lideradas o impulsadas por actores no estatales, por otro lado, merece la pena destacar el importante papel jugado por los seminarios o talleres del Mar del sur de China (South China Sea Workshops) que desde principios de los años noventa reúnen a expertos en diferentes disciplinas que, vinculados informalmente a sus respectivos gobiernos, han conseguido impulsar diversos acuerdos de cooperación en materia de investigación científica, vigilancia y rescate marítimos, protección medioambiental y tratamiento de vertidos (Djalal & Townsend-Gault, 1999). Así mismo, desde sus inicios estos seminarios han facilitado la articulación de zonas de cooperación marítima que incluyen temas medioambientales entre Indonesia y algunos de sus vecinos (Djalal, 2001).

En conjunto, estas iniciativas oficiales y no oficiales han fomentado la percepción de que, en la búsqueda de soluciones a los conflictos del Mar de China meridional, conviene atender también a las derivadas medioambientales. Así mismo, junto con instrumentos jurídicos, económicos y políticos, desde hace más de una década han ayudado a la gradual construcción de una suerte de régimen cooperativo de gestión que incluye un pilar medioambiental cada vez más robusto (Bateman & Emmers, 2009). Todos estos esfuerzos, sin embargo, no han conseguido frenar la degradación del ecosistema complejo de este mar, que, en no pocas ocasiones, se ha visto acelerada por acuerdos e iniciativas oficiales y no oficiales orientados precisamente a fomentar la confianza y la cooperación entre los actores en conflicto, a aumentar la estabilidad regional y, en definitiva, a buscar soluciones a las difícilmente reconciliables reivindicaciones de soberanía. Esta degradación del Mar de China meridional en tanto que espacio natural de enorme valor ecológico ha llevado a Caitlin E. Werrell y Francesco Femia a considerarlo uno de los tres epicentros del “nuevo escenario geoestratégico del Antropoceno” (Werrell & Femia, 2017). Sea o no uno de estos epicentros, la magnitud y relevancia del proceso resultan evidentes a la luz de tres indicadores. En primer lugar, el volumen total de peces que viven en sus aguas ha experimentado una reducción de entre el 70 y el 95% durante las últimas siete décadas y algunos estudios ya apuntan la desaparición de algunas especies que, a escala global, se encuentran en peligro de extinción (Basu & Chaturvedi, 2021: 5-7; Sumaila & Cheung, 2015: 2). A modo de ejemplo, un trabajo realizado en 2008 cifraba en un 25% el volumen de la biomasa de peces ya colapsada, en otro 25% el de la biomasa sobreexplotada y en un 50% el de aquella explotada al máximo (en Greer, 2016). No es de extrañar, pues, que las capturas de peces en las aguas del Mar de China meridional se hayan reducido en casi un tercio durante las últimas tres décadas y que, de seguir la tendencia actual de destrucción, para el año 2045 la caída se acerque a los dos tercios (Basu & Chaturvedi, 2021: 6). El Mapa I ilustra el nivel de agotamiento de las reservas de peces en distintos lugares de este mar.

Mapa I. Nivel de agotamiento de la biomasa de peces en el Mar de China meridional

Fuente: Baker, en Basu & Chaturvedi (2021: 7)

En segundo lugar, la degradación del gran ecosistema complejo del Mar de China meridional también se manifiesta en la destrucción de una parte importante de los arrecifes de coral. La superficie que ocupan estos arrecifes ha ido mermando a un ritmo del 16% por década desde mediados del siglo pasado (Sumaila & Cheung, 2015: 2) y se estima que la superficie total seriamente dañada o completamente perdida supera los 160 km2 (Salleh, 2020). Algunos estudios sugieren que la devastación podría ser aún mayor, especialmente en las zonas costeras, donde los arrecifes podrían haber perdido más del 80% de la superficie que tenían hace apenas cuatro o cinco décadas (Greer, 2016). El impacto de esta pérdida de superficie y del debilitamiento de los arrecifes que sobreviven sobre el conjunto del ecosistema es dramático, pues su presencia es esencial para la vida de múltiples microorganismos y para garantizar la reproducción de muchas de las especies de peces que viven en estas aguas, pero también para la producción de oxígeno y la capacidad del conjunto del mar para absorber emisiones de CO2.

Por último, el tercer indicador está relacionado con el deterioro de la calidad de las aguas del Mar de China meridional, que cada vez se ven más afectadas por el impacto de la actividad humana y, de manera más concreta, por el aumento de la temperatura y de los niveles de contaminación. Una clara muestra es la creciente presencia de microplásticos en sus aguas, que en algunas zonas superan las 360 partículas por m2 (Careem, 2018), y de resistentes plásticos de mayor tamaño en sus fondos marinos (Dasgupta et al. 2021). La peor calidad del agua y la alta contaminación no sólo dificultan la capacidad de reproducción de los peces en este mar, sino que también repercuten negativamente sobre otras especies animales y vegetales, limitan la capacidad de regeneración de los arrecifes de coral y, en definitiva, merman todavía más la capacidad del conjunto del ecosistema para absorber CO2.

Sin duda, los factores que contribuyen a los procesos que acabamos de describir son múltiples y muchos de ellos tienen su origen fuera de la región o se vinculan a dinámicas relativamente ajenas a los conflictos del Mar de China meridional. Ello no obsta que la mayoría mantengan un estrecho vínculo con la actividad humana: el carácter intensivo en recursos energéticos de los procesos de industrialización de la República de China y los países del Sudeste asiático, el aumento del comercio intrarregional y con otras regiones, la multiplicación de vuelos comerciales, la minería, la proliferación de acuocultivos, la actividad portuaria, la producción y consumo de plásticos, etc. (Trajano et al. 2018: 5-7). En todo caso, es indudable que la perpetuación de los conflictos y los mecanismos adoptados para gestionarlos hasta la fecha han contribuido a empeorar la frágil situación de este ecosistema a través de al menos cuatro vías o formas complementarias (Houdre, 2018). La primera de ellas está relacionada con el proceso de construcción de “islas artificiales” en torno a algunos de los islotes del mar a partir de mediados de 2013. Este proceso ha sido objeto de una notable atención mediática y académica en los últimos años, sobre todo con relación a la nueva asertividad internacional de la República Popular China, su rivalidad con Estados Unidos y las implicaciones que podría tener sobre la evolución de los conflictos en los próximos años. Por suerte, aunque muchos persiguen objetivos que poco o nada tienen que ver con la protección del medio ambiente, cada vez son más los estudios que prestan atención también su efecto sobre el gran ecosistema marino del Mar de China meridional, del que incluso se hizo eco la Corte Permanente de Arbitraje en 2016 en respuesta al caso presentado por Filipinas frente a la República Popular China. El contenido de estos trabajos no deja lugar a dudas: la construcción de islas artificiales tiene un efecto devastador sobre los niveles de contaminación de las aguas, la regeneración de los arrecifes de coral y la supervivencia y reproducción de las distintas especies marinas que conviven en este espacio (Basu & Chaturvedi, 2021: 11-12; Chu Hoy & Hai Dang, 2018; Smith et al. 2019; Stephens, 2017; Trajano et al. 2017). Es el caso de las diferentes construcciones desarrolladas por la República Popular China en los archipiélagos de las islas Paracelso y las islas Spratly, en los que el transporte de materiales de construcción en pequeñas embarcaciones a motor, las labores de dragado y las actividades de construcción son responsables de enturbiar las aguas colindantes, alterar los niveles de sedimentación (dificultando con ello la reproducción de especies marinas) y dañar de modo irreversible entre el 8 y el 10% de la superficie de arrecifes de coral en aguas poco profundas (Ghu Hoy & Hai Dang, 2018: 11).  

La segunda vía a través de la cual los conflictos del Mar de China meridional ponen en serio peligro la viabilidad del gran ecosistema marino pasa por la sobreexplotación pesquera y el uso de técnicas altamente contaminantes para aumentar las capturas. Bien porque algunos de los acuerdos regionales permiten la explotación pesquera conjunta de este espacio, bien porque, en ausencia de ellos, los diferentes países y territorios ribereños se han lanzado a sacar el máximo beneficio de la pesca masiva, o bien porque muchos de estos actores son conniventes con la extendida pesca ilegal, la pesca ininterrumpida en este mar ha sido determinante en el proceso de reducción de la biomasa de peces que veíamos con anterioridad y, en el caso de algunas especies concretas, de su desaparición. La carrera por hacerse con parte del suculento botín –se estima que los beneficios derivados de la pesca en estas aguas se sitúan cada año entre 20.000 y 30.000 millones de dólares– ha convertido el Mar de China meridional en el más transitado por embarcaciones pesqueras, en su mayoría de pequeño tamaño: de los 3,2 millones de embarcaciones pesqueras que faenan en los mares y océanos del planeta, casi 1,8 millones, el 55% del total, lo hace en él (Sumaila & Cheung, 2015: 8-9). Los efectos negativos de la sobreexplotación se ven acentuados por el uso de técnicas de pesca con explosivos o con sustancias venenosas como el cianuro que, buscando aumentar las capturas, producen una contaminación casi irreversible que deteriora la calidad del agua y resulta mortal para muchas especies animales y vegetales (Basu & Chaturvedi, 2021: 6; McManus et al. 2016: 6; Sumaila & Cheung, 2015: 4).

La tercera vía pasa por la intensa explotación de los recursos de hidrocarburos y de otros materiales que subyacen a las aguas del Mar de China meridional. En ausencia de acuerdos sobre la soberanía de los distintos archipiélagos –y aprovechando los derechos que les confieren sus zonas económicas exclusivas–, durante las últimas tres décadas casi todos los países con reivindicaciones sobre este espacio han dado luz verde a proyectos para la prospección y extracción de petróleo y gas natural. Desde Petroleum Brunei hasta Petrovietnam, pasando por la malaya Petronas, la indonesia PT Pertamina, la filipina PNOC, la tailandesa PTTEP y las chinas CNOOC, Sinopec y CNPC, el número y la magnitud de las operaciones energéticas en este mar han derivado en una de las mayores concentraciones de actividades vinculadas al sector energético del planeta. Amparadas por diferentes acuerdos formales e informales entre los países en litigio, además, las grandes empresas energéticas nacionales asiáticas no han dudado en firmar importantes contratos para la explotación conjunta de los recursos de hidrocarburos con otras empresas regionales y, sobre todo, con empresas extra-regionales como ExxonMobil, Shell, ConocoPhillips, Chevron, BP, BG Group, Santos, Mitsubishi Corporation, Total o Kulczyk Oil Ventures (EIA, 2013b: 4-5). Esta suerte de “fiebre del oro” en las aguas del Mar de China meridional se ha intensificado todavía más en los últimos años. Son ejemplos ilustrativos los acuerdos alcanzados entre diferentes empresas energéticas vietnamitas y estadounidenses para establecer plataformas conjuntas (Hiep, 2020), la decisión de Filipinas de poner fin a la prohibición temporal de explotar las reservas de hidrocarburos bajo sus aguas colindantes en octubre de 2020 (Gomez, 2020), el acuerdo entre la filipina PNOC y la china CNOOC para llevar a cabo actividades de prospección conjunta ese mismo mes (Lepic, 2020) o el más reciente anuncio de la misma empresa energética china por el que pone en funcionamiento la plataforma central Lufeng 14-4 a unos 200 km al sudeste de Hong Kong (Wang, 2021). El enorme impacto ambiental de las múltiples actividades asociadas a la explotación de los recursos subyacentes (perforación, fracturación hidráulica [hydrofracking], construcción, transporte, tratamiento de residuos, etc.) sobre el ecosistema del Mar de China meridional es incuestionable. La emisión de nocivas y grandes cantidades de CO2, el vertido de productos químicos altamente contaminantes sobre las aguas del mar, la destrucción de parte de la superficie de los fondos marinos o la emisión de ruidos que merman la capacidad reproductiva de los peces son sólo algunos ejemplos (Basu & Chaturvedi, 2021: 12; Song, 2008).

La cuarta vía importante está relacionada con la intensa navegación a través del mar y, en paralelo, con el proceso de militarización de este espacio natural. Como vimos anteriormente, además de la navegación ligada a las actividades pesqueras y de extracción de recursos energéticos, cada año atraviesan el Mar de China meridional centenares de miles de barcos y cargueros de transporte marítimo, reforzando así su posición como la segunda vía de navegación más importante del mundo. Estos últimos son los responsables de la mayor parte de vertidos tóxicos a sus aguas. Por si eso fuera poco, en el contexto de creciente militarización de los conflictos, el número de embarcaciones, actividades y ejercicios militares, que también contribuyen a la contaminación, va en aumento en distintas zonas del mar (Acosta, 2021; Jennings, 2021). En 2016 los enclaves militares en islas e islotes eran cerca de cuarenta y la cifra no ha dejado de crecer en los últimos cinco años (Morton, 2016). Aunque no existen estudios concluyentes sobre el peso específico que tiene la militarización en la degradación ecosistema del Mar de China meridional, sí existen análisis que vinculan ambos procesos en otras regiones del planeta (Watson Institute, 2019), por lo que cabe deducir que también en este espacio natural uno y otro están íntimamente conectados. De hecho, así lo han reconocido algunos de los principales actores envueltos en los conflictos (Associated Press, 2020).

Consideraciones finales

El análisis desarrollado a lo largo de las páginas anteriores pone de relieve que la perpetuación de los conflictos del Mar de China meridional y los diferentes mecanismos de gestión adoptados tienen un efecto perverso sobre este espacio natural y la sostenibilidad del gran ecosistema marino que representa. Aunque preocupante, esta constatación no resulta sorprendente, pues como señalamos al inicio de este trabajo, resulta difícil encontrar voces académicas que aún cuestionen el impacto de la actividad humana –y los conflictos son parte de ella– sobre la ecología y la geología del planeta. Quizá menos intuitivas son las cuatro consideraciones finales que recogen brevemente los párrafos siguientes.

La primera observación es que la naturaleza no sólo no está siendo objeto de una efectiva protección en el Mar de China meridional, sino que a menudo está siendo sacrificada por acciones ligadas a las dinámicas de la conflictividad y, lo que resulta más sorprendente, por acciones orientadas al fomento de la cooperación y la búsqueda de soluciones. Forman parte de las primeras la construcción de islotes artificiales por parte de algunos países o el aumento de su presencia militar. Son parte de las segundas, en cambio, los diferentes acuerdos regionales que amparan iniciativas empresariales para la explotación conjunta de hidrocarburos o los pactos que establecen cuotas de pesca para los distintos países que desoyen la rápida reducción de la biomasa de peces en este mar. Ya sea unilateralmente, bilateralmente o multilateralmente, los diferentes países implicados en los conflictos del Mar de China meridional siguen anclados en estrategias nacionales de seguridad que prestan poca atención a las cuestiones medioambientales y que no reconocen debidamente el profundo vínculo entre la seguridad del Estado, la seguridad humana y la seguridad del planeta, un vínculo que en la era del Antropoceno las convierte en prácticamente indistinguibles e indisociables.

La segunda es que, pese a la mayor sensibilidad que los Estados de los actores no estatales a cuestiones como la defensa de los Derechos Humanos o la búsqueda de respuestas a la emergencia climática y a su énfasis retórico en los aspectos no convencionales de la seguridad, las diferentes estrategias de gestión y resolución de conflictos que han propuesto estos actores durante los últimos años también han relegado a la naturaleza y a las consideraciones ecológicas a una posición marginal. Como señalamos al inicio del tercer apartado, iniciativas no oficiales como los seminarios del Mar del sur de China han articulado diferentes propuestas de cooperación medioambiental orientadas a paliar la degradación de este ecosistema marino. No obstante, la mayoría de ellas, como las impulsadas recientemente por el Foro sobre la gestión y los recursos pesqueros del Mar del sur de China (SCS Fisheries Resources and Management Workshop), encuentran en el ser humano su principal objeto de referencia y se orientan principalmente a garantizar su seguridad, no la sostenibilidad o la supervivencia de la Tierra como conjunto integrado (Chang et al. 2020). Así mismo, algunas de estas redes informales de actores no estatales también están detrás de la puesta en marcha de diferentes acuerdos para la explotación conjunta de los recursos subyacentes a este mar que, buscando generar confianza entre los actores en litigio esquivando el espinoso asunto de la soberanía, derivan en un aumento de la actividad humana y de su impacto sobre el Mar de China meridional.

La tercera observación está ligada a las dos anteriores y apunta a la ausencia de una auténtica y profunda convicción por parte de los distintos actores estatales y no estatales implicados en estos conflictos acerca de la necesidad de repensar la relación entre el ser humano y la naturaleza, la concepción de la seguridad regional y las estrategias de gestión de la conflictividad que derivan de ella. Estos actores forman parte de una tendencia global. Si bien puede afirmarse que en los últimos años estamos asistiendo a una creciente universalización de la percepción según la cual la actividad humana juega un papel fundamental en el deterioro del planeta, todavía existen muchas resistencias. Pero es que, además, en sí misma la existencia de una percepción compartida es insuficiente. Para conseguir que la protección de la biosfera global deje de ser un factor tangencial y se convierta en un elemento nuclear de las relaciones entre los seres humanos y la naturaleza, es necesario que esta percepción sea interiorizada por un número significativo de actores y que estos, desde la convicción, el compromiso y el reconocimiento de la interconectividad de los ecosistemas del mundo, formulen estrategias locales, estatales, regionales e internacionales claras en esta dirección. No existe, en definitiva, una verdadera toma de conciencia de las implicaciones del Antropoceno y de su enorme relevancia.

La cuarta observación se aleja un poco del contexto regional del Mar de China meridional y pone énfasis en las implicaciones teóricas de éste y muchos otros casos para la Teoría de las Relaciones Internacionales. Al comienzo de este trabajo poníamos de relieve cómo los debates en torno al concepto de Antropoceno se han hecho hueco y han encontrado eco en algunas voces ligadas a la disciplina. No obstante, esta última está lejos de asumir el efecto transformador de la noción sobre sus planteamientos ontológicos, epistemológicos e incluso metodológicos: aún con todas sus debilidades y contradicciones, es obligatorio reevaluar nuestra manera de leer y entender las relaciones internacionales. Hacen falta más estudios que, trascendiendo los corsés que imponen los clásicos paradigmas de la Teoría de las Relaciones Internacionales, reivindiquen el importante papel de esta última en la comprensión del mundo. No es meramente una cuestión de orgullo, sino principalmente de supervivencia. La disciplina sólo tendrá sentido en la medida en que pueda dar respuesta a las grandes cuestiones y desafíos a los que el planeta debe hacer frente. Sin querer ser revolucionario o rupturista, el análisis eco-crítico de los conflictos del Mar de China meridional que recoge este trabajo busca ser una modesta contribución en esta dirección.  

Nota sobre el autor:

Pablo Pareja es profesor Serra Húnter Relaciones Internacionales en la Universitat Pompeu Fabra, donde investiga sobre teoría de las Relaciones Internacionales y seguridad internacional en Asia Oriental. Correo electrónico: pablo.pareja@upf.edu

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[1] Parte del contenido de este apartado refleja el análisis y las reflexiones desarrollados con anterioridad en el monográfico publicado por el autor junto a Caterina García y Josep Ibáñez (García, Ibáñez y Pareja, 2009).

[2] Para una descripción más detallada de los orígenes del proyecto, sus objetivos y las diferentes medidas que incluye, ver la página oficial del mismo: http://www.unepscs.org/ (última fecha de consulta: 20 de mayo de 2021).