GEORGINA HIGUERAS
Directora del Foro Asia en la Fundación Foro de Foros, España
Title: China and Russia: A Marriage of Convenience
Resumen: China y Rusia se encuentran abocados a entenderse frente a un Occidente hostil, que no reconoce el peso de ambos en las instituciones internacionales y se niega a tratarles de igual a igual. Ambos sostienen que el mundo ha entrado en un proceso de transición con el hegemonismo estadounidense en declive y por razones distintas, tanto históricas como por la misma idiosincrasia de sus líderes, están dispuestos a estrechar fuerzas para acelerar ese declive y poner en marcha un nuevo orden internacional que pretenden sea más justo, inclusive y sostenible. Los dos países están convencidos de que frente a la inestabilidad actual tienen que mantenerse unidos y atraer hacia sus intereses al Sur Global. Sin embargo, la creciente dependencia rusa de China revela las aristas de esta unión táctica y no ayuda a construir la confianza y la amistad sin límites que declaran a los cuatro vientos tanto Xi Jinping como Vladímir Putin.
Palabras clave: China; Rusia; Xi Jinping; Vladímir Putin; Occidente; OTAN; Sur Global; asociación estratégica; orden multipolar; avance tecnológico.
Abstract: China and Russia are forced to reach an understanding in the face of a hostile West that refuses to recognize their respective weight in international institutions and denies them equal treatment. Both maintain that the world has entered a transitional phase with declining US hegemony, and for different reasons—historical and due to the idiosyncrasies of their leaders—they are willing to join forces to accelerate this decline and implement a new international order they envision as more just, inclusive, and sustainable. Both countries are convinced that, faced with current instability, they must remain united and draw the Global South to their interests. However, Russia’s growing dependence on China reveals the flaws in this tactical alliance and does little to foster the boundless trust and friendship that both Xi Jinping and Vladimir Putin proclaim.
Keywords: China; Russia; Xi Jinping; Vladimir Putin; the West; NATO; the Global South; strategic partnership; multipolar order; technological advancement.
Para citar este artículo/To cite this article: Georgina Higueras, <<China y Rusia, un matrimonio de conveniencia>>, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 12, No. 1, (2026), pp. 93-113. DOI: http://dx.doi.org.10.18847/1.23.6
Introducción
Acabada la Guerra Fría y tras el hundimiento de la Unión Soviética, Rusia y China optaron por el pragmatismo para encarar unas relaciones bilaterales llenas de altibajos. A la firma del Tratado de Buena Vecindad y Cooperación Amistosa de 2001, siguió el trazado definitivo de una de las fronteras más largas del mundo, 4.300 kilómetros, alcanzado en 2004 después de décadas de negociaciones. Esto facilitó enormemente el acercamiento y la cooperación bilateral.
“La solución del litigio fronterizo entre China y Rusia representará una garantía segura para la amistad de generación en generación, la buena vecindad y la cooperación entre ambos pueblos” (Ministerio de Relaciones Exteriores de la R.P. China, 2004), señala el comunicado oficial del acuerdo fronterizo emitido en Pekín[1]. El país más extenso de la Tierra y el entonces más poblado aparcaron desde ese momento sus numerosas y profundas divergencias para poner sobre la mesa unos intereses comunes, que el renacimiento de la geopolítica y el caos de un mundo en transición no dejan de multiplicar.
En febrero de 2022, Xi Jinping y Vladímir Putin se encargaron de proclamar a los cuatro vientos la “amistad sin límites” entre sus países. La visita de Putin a Pekín sirvió para elaborar el documento que mejor refleja la decisión mutua de aunar fuerzas para crear un nuevo orden internacional. Titulado La entrada de las relaciones internacionales en una nueva era y el desarrollo global sostenible (Extramuros, 2022), el texto señala que hay una tendencia hacia la redistribución del poder en el mundo, asegura que entre Rusia y China no hay ámbitos de cooperación “prohibidos” y critica el unilateralismo, la expansión de la OTAN, la creación del AUKUS[2], la utilización de la democracia, la formación de bloques, la mentalidad de la Guerra Fría y los juegos de suma cero.
El largo comunicado conjunto tuvo un enorme impacto en todo el mundo y muy especialmente en Occidente. Supuso el más claro intento de controlar por Moscú y Pekín el relato de sus relaciones bilaterales en una coyuntura de fuerte expansión, que se posiciona en el convencimiento de que Occidente ha iniciado un declive irreversible que juega a favor de China y Rusia. Ambos países apostaban por fortalecer sus lazos para establecer una nueva gobernanza global más acorde a sus propios intereses y fuera del control de Estados Unidos. Satisfechos de sus regímenes autoritarios, que rechazan los valores occidentales y el orden liberal, quisieron poner en negro sobre blanco una narrativa que busca alinear a las potencias medias y al Sur global para relanzar la economía y el desarrollo mundiales y establecer un sistema multipolar.
Cuando 20 días más tarde los tanques rusos invadieron Ucrania, todas las miradas de Occidente se volvieron hacia Pekín para tratar de averiguar si “la amistad sin límites” significaba la coparticipación china en el inicio de la guerra o si Putin buscó el aval de Xi para la invasión. China criticó la expansión de la OTAN y las sanciones a Rusia, pero defendió la “integridad territorial de Ucrania” y negó que Moscú le hubiese pedido ayuda militar o/y financiera. Pese a ello, el presidente Joe Biden la amenazó con sanciones directas si enviaba armas a Rusia. Muchos vieron en la cooperación sin ámbitos prohibidos de que hablaba el comunicado conjunto una alianza encubierta frente a un Occidente en declive.
Los intentos de Donald Trump de emular la jugada de Nixon con China con otra que pondría límites a la amistad ruso-china y colocaría a Rusia en la esfera occidental resultaron baldíos. En este resurgir de los imperios, la característica más común es la desconfianza. Las formas de Trump y la furiosa hostilidad europea reforzaron el convencimiento de Vladímir Putin de que a corto y medio plazo Rusia estará más segura en la esfera de influencia de Pekín, que en la de Washington.
El historiador británico residente en Hong Kong Philips Snow señala que el enfrentamiento de ambas potencias con Occidente por tierra y mar y su infiltración en distintos países mediante las últimas técnicas de espionaje y guerra cibernética hacen que las dos sean vistas como el “Mordor euroasiático”. Pero advierte de que esa “demonización por sí misma no es una respuesta constructiva a sus amenazas”.
Memoria para la desconfianza
En los bastidores del poder de China y Rusia permanecen cuatro siglos de historia de sus relaciones bilaterales, que revelan la fragilidad de los lazos comunes y los agravios insuperados. La política exterior del Partido Comunista Chino (PCCh) se nutre del llamado Siglo de la humillación, que comienza con la primera Guerra del Opio (1839) –lanzada por el imperio británico para equilibrar la balanza de pagos con el imperio Qing– y termina en 1949, con la fundación de la República Popular China por Mao Zedong.
En este periodo de extrema debilidad de la reinante dinastía manchú (1644-1912), el imperio zarista prosiguió su avance hacia el este y presionó a China hasta lograr la adjudicación de más de un millón de kilómetros cuadrados, a través del Tratado de Aigún (1858) y la Convención de Pekín (1860). Otros tratados también forzaron a China a ceder a Rusia 500.000 kilómetros cuadrados de la parte occidental del país, en la provincia de Xinjiang, con la excusa de apagar la rebelión de los turcomanos, que se habían levantado en esa zona. La actitud del imperio zarista hacia su vecino Qing fue predominantemente expansionista, oportunista y colonialista. Se aprovechó de la debilidad interna de los Qing para forzar la entrega de vastos territorios y la concesión de privilegios comerciales.
El PCCh no ha cuestionado la validez jurídica de esos documentos, pero los sigue denominando “tratados desiguales” porque se obtuvieron bajo coerción, pero esto revela que ni perdona, ni olvida. En esas tierras escasamente pobladas, los zares fundaron entre otras, la ciudad de Vladivostok, el principal puerto y base naval rusa de Asia-Pacífico, que alberga su estratégica flota del Pacífico, lo que convierte la zona en vital para Rusia.
Durante la época soviética, las relaciones tampoco transcurrieron con sosiego. La alianza surgida entre los dos gigantes comunistas no tardó en agrietarse. Lo único permanente fue la desconfianza. El resentimiento latente de la época anterior agravó la cautela china y su rechazo a algunas de las políticas de Jrushchov, como la negativa a apoyar la nuclearización de China, la desestalinización y la neutralidad durante el conflicto chino-indio (1962). Todo ello, confirmó la aspiración de Mao Zedong de convertirse en un líder independiente al margen de la esfera de influencia soviética.
En 1969, el diferendo fronterizo desembocó en un choque militar en el río Usuri por la isla de Zhenbao, que situó en cada uno de los lados de la frontera a más de un millón de soldados. Los enfrentamientos se extendieron a la zona fronteriza de Xinjiang, mientras crecían los indicios que presagiaban el choque entre China y la Unión Soviética. La animosidad entre los dos vecinos alentó numerosos gestos encubiertos entre Washington y Pekín. El presidente Richard Nixon llegó al convencimiento de que “una guerra chino-soviética en la que China quedara ‘aplastada’ iría contra los intereses estadounidenses”.
Un año de diplomacia chino-estadounidense secreta brindó a Henry Kissinger la oportunidad de convencer al liderazgo chino de que un acercamiento estratégico a Estados Unidos era la mejor forma de contrarrestar la amenaza de la revisionista Unión Soviética. El consejero de Seguridad Nacional de Nixon también ofreció a Pekín romper el aislamiento de la República Popular facilitando su ingreso por la puerta grande en Naciones Unidas, es decir, como miembro del Consejo de Seguridad, para lo que hubo que expulsar al que hasta entonces ocupaba el puesto, el Gobierno nacionalista de Chiang Kai-shek, refugiado en la isla de Taiwán tras perder la guerra civil (1945-1949). La geopolítica exigía un cambio de aliados y, como comunistas y nacionalistas defendían el mismo principio de “una sola China”, en Naciones Unidas no podía haber dos.
Los ánimos se calmaron y no hubo guerra chino-soviética. La década de los ochenta del pasado siglo estuvo marcada por el estancamiento económico de Moscú, el fracaso en Afganistán del hasta entonces considerado invencible Ejército Rojo y el colapso del sistema pese a la perestroika (reestructuración económica) y la glasnot (transparencia) de Mijaíl Gorbachov. Por el contrario, la primavera eclosionó en Pekín. Muerto Mao, Deng Xiaoping logró imponer al PCCh su teoría de las cuatro modernizaciones (agricultura, industria, ciencia y tecnología y defensa), con la que China inició su ascenso irrefrenable hacia el podio mundial.
Para Deng era urgente poner fin a la autarquía maoísta, abrir el país y reformar sus estructuras. El ansia de apertura le permitió recoger la rama de olivo que le brindó Brezhnev para descongelar las relaciones, pero impuso tres condiciones: 1) que las tropas soviéticas salieran de Afganistán, 2) las vietnamitas, de Camboya y 3) que se redujesen las divisiones soviéticas estacionadas al otro lado de la frontera común. No hubo avances reales “hasta que Gorbachov concedió prioridad al acercamiento a China” (Sutter, 2012).
Al igual que Deng, Gorbachov estaba muy necesitado de estabilidad externa para poder dedicarse a los problemas internos del país y no dudó en facilitar la normalización de las relaciones abordando la solución de los “tres obstáculos”. En 1989 se convirtió en el primer líder soviético en viajar a Pekín en tres décadas. Dos años antes, habían comenzado las negociaciones para resolver las disputas fronterizas, que propiciaron la firma en 1991 de un primer acuerdo fronterizo. El trazado no resolvió las distintas disputas, pero fue la base sobre la que se siguió negociando hasta alcanzar, 23 años después, el acuerdo definitivo. Las transformaciones militares y políticas de las relaciones chino-soviéticas estuvieron acompañadas de un importante crecimiento comercial y de acuerdos para que decenas de miles de obreros chinos trabajaran en la construcción de infraestructuras y otros proyectos en Siberia.
Con las heridas de la crisis de Tiananmen aún sangrantes, el hundimiento de la URSS en 1991 fue visto por China como una catástrofe. El historiador Orlando Figes considera que los “acontecimientos de 1991 no fueron una revolución sino una abdicación del poder por parte del Partido Comunista” (Figes, 2022). Esto precisamente fue lo que resultó incomprensible para un partido que tuvo como modelo al PCUS. Para el PCCh, el colapso de la URSS fue la peor de sus pesadillas.
Una de las primeras promesas que hizo Xi Jinping al convertirse en secretario general del partido, en noviembre de 2012, fue asegurar que el PCCh no sufriría el mismo destino que el PCUS. Achacó la caída de la URSS a la falta de disciplina partidaria y a la falta de control ideológico (BBC Mundo, 2022). Criticó también la debilidad de Gorbachov y los errores cometidos en la aplicación de las reformas.
Pese a la memoria histórica, Rusia y China atraviesan un periodo de marcado acercamiento en los ámbitos político, económico y diplomático, sobre todo después de que firmaran el acuerdo “sin límites” y ante la creciente hostilidad de Occidente. Ambos se refuerzan mutuamente con el objetivo de desafiar el orden mundial liderado por Estados Unidos.
Asociación estratégica
Tras la matanza de Tiananmen, China quiso romper el aislamiento que le impuso Occidente. Necesitaba recuperar la confianza internacional, ganar influencia y estrechar las relaciones con países que la ayudasen a fomentar el comercio, las inversiones y la multipolaridad. El nuevo secretario general del PCCh, Jiang Zemin, deseaba dejar claro al mundo que las puertas de China permanecían abiertas a la creciente globalización y que la República Popular seguía empeñada en la reforma de sus estructuras económicas. Para ello decidió en 1993 crear una nueva categoría diplomática: la asociación estratégica. Una distinción que valoraba el compromiso de cooperación y el avance de los lazos bilaterales, pero se mantenía lejos de una alianza formal, que habría obligado a China a implicarse en una guerra que no era suya. El primer país agraciado fue Brasil, aunque no supuso un cambio notable en el peso de las relaciones bilaterales.
Sin embargo, cuando tres años después volvió a activar el club estratégico para invitar a la Federación Rusa, la marcha de las relaciones entre el oso y el dragón se incrementó considerablemente. Preocupada por la seguridad para garantizar su desarrollo, China era consciente de que la desestabilización del país más extenso de la Tierra tendría efectos muy negativos en su entorno. Con casi 4.300 kilómetros de frontera, Pekín ya había calificado en 1994 las relaciones con su gran vecino del norte de “asociación constructiva de buena vecindad y cooperación de beneficio mutuo” (Higueras, 2025).
La búsqueda de seguridad para defender el desarrollo pacífico chino había llevado al Gobierno de Jiang Zemin a impulsar los primeros acuerdos militares con Rusia. Contaba con la buena disposición del presidente Borís Yeltsin, quien desde el inicio de su mandado fue muy proclive a impulsar las relaciones bilaterales y ya en 1992 realizó su primer viaje oficial a China. Con la economía en bancarrota, Yeltsin aceptó vender a China todo el armamento que necesitara para modernizar su Ejército.
Buques de la Flota del Norte china visitaron Vladivostok en mayo de 1994 y, en agosto del mismo año, unidades de la Flota del Pacífico rusa fueron invitadas al puerto de Qingdao, unos 600 kilómetros al sur de Pekín. Un mes más tarde, China y Rusia acordaron el principio de ‘no ser el primero en usar armas nucleares contra el otro’. Además, decidieron desvincular el territorio del contrario del punto de mira de sus respectivos misiles nucleares (Sutter, 2012).
La cooperación militar tuvo una gran importancia en las primeras décadas del siglo XX porque proveyó a China de todo tipo de armamento cada vez más avanzado y facilitó que la República Popular lo fabricase por su cuenta. El entendimiento militar impulsó la intensificación de las relaciones bilaterales, lo que llevó al Gobierno chino en 2011 a establecer con su vecino del norte una Asociación Estratégica Integral de Coordinación. Además, conforme los lazos entre los dos países se han ido estrechando a lo largo de estos años, Pekín ha ido añadiendo adjetivos a su relación con Rusia. Así, desde 2019 se denomina Asociación Estratégica Integral de Coordinación China-Rusia para una Nueva Era.
Uno de los puntos que más dolores de cabeza ha dado al liderazgo chino en su matrimonio de conveniencia con Rusia ha sido el belicismo del Kremlin, agravado por la tensión que mantenía con Occidente. China, empeñada en una política pacifista para centrarse en el crecimiento económico, se encontró en una delicada situación ya que uno de los principios básicos de su diplomacia es el respeto a la integridad territorial, por lo que los avances territoriales de Rusia sobre Ucrania la incomodaron, además de dañar sus relaciones con Europa.
Según el profesor de la Universidad de Kent (Reino Unido) Richard Sakwa, Washington y Bruselas se encargaron de alentar (Sakwa, 2015) las protestas que han sido el detonante de los distintos episodios del conflicto bélico, que aún perdura, entre Rusia y Ucrania. Los disturbios se iniciaron en 2013, cuando Rusia presionó al entonces presidente ucraniano, Víctor Yanukovich, para que el país ingresara en Unión Económica Euroasiática (UEE) –ahora vinculada a la Franja y la Ruta–, que Moscú, en pleno desencanto con Estados Unidos y Europa, acababa de formar en un intento de presentar un contrapeso a Occidente. Por el contrario, los manifestantes exigieron que Kiev firmase un acuerdo con la Unión Europea y no con la UEE. La violencia precipitó la huida de Yanukovich y dio origen a la guerra ruso-ucraniana, cuyo último episodio sigue por escribir.
Aunque Pekín critica duramente la expansión de la OTAN y las sanciones unilaterales impuestas a Rusia, nunca ha reconocido la anexión rusa de Crimea, ni apoya la invasión de Ucrania, pese a que cada día percibe ese conflicto como la antesala de otro por Taiwan con Estados Unidos. El ministro de Exteriores Wang Yi, durante un viaje a Bruselas en 2025, le dijo a la alta representante europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Kaja Kallas, que “China no quiere que Rusia pierda la guerra en Ucrania”. Wang Yi rechazó la acusación de que Pekín esté apoyando materialmente el esfuerzo bélico de Moscú financiera o militarmente, e insistió en que, de ser así, “el conflicto habría terminado hace mucho tiempo” (Bermingham, 2025).
China no se cansa de repetir que la línea roja de su política exterior es el apoyo a la independencia de Taiwan, isla que considera territorio inalienable de la República Popular. Por ello, su mayor punto de fricción con Estados Unidos es el principio de “ambigüedad estratégica” adoptado por Washington en defensa de la República de China (Taiwán) a la hora de romper las relaciones diplomáticas para establecerlas con Pekín, en enero de 1979. El PCCh teme que Estados Unidos quiera jugar la baza de Taiwán para debilitar a China, de la misma forma que ha usado Ucrania para debilitar a Rusia y ante la posibilidad de un conflicto chino-estadounidense, para Pekín es fundamental sentir que tiene las espaldas cubiertas con su relación estratégica con Rusia.
Moscú sigue siendo el principal proveedor de armas de Pekín, suministrando el 66% de sus importaciones de armamento (Choi, 2026). Sin embargo, China está eliminando rápidamente el armamento ruso en favor de su propia tecnología, incluidos helicópteros y motores de aviones. El rápido avance tecnológico militar de China, que va permitiendo sustituir las compras de armas extranjeras por las de fabricación nacional, y la guerra de Ucrania, que ha frenado las exportaciones de armas de Rusia, han provocado que las importaciones de armas de Pekín se hayan desplomado casi tres cuartas partes en los últimos cinco años, según un informe del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI). China, que desde 1991 se encontraba entre los 10 mayores compradores de armamento del mundo, ha descendido al puesto 21º (George et al., 2026).
Pese a la reducción en el suministro de armamento, desde el punto de vista militar, la asociación estratégica entre Rusia y China sigue siendo hoy en día la más importante para Pekín, aunque el Gobierno chino pergeña todo tipo de asociaciones para asegurarse unas relaciones más profundas y diversificadas con los países que le interesan y para posicionarse como un actor clave en el escenario internacional. A través de las diversas asociaciones fortalece su influencia global y trata de reducir la de Estados Unidos. El PCCh, guardián de la ortodoxia diplomática, no explica lo que representa en concreto cada una de las calificaciones, pero el club estratégico se expandió de forma considerable desde finales de los años noventa y cuenta con más de medio centenar de miembros. Ninguno de ellos lo ha abandonado y muchos han sumado calificativos.
China y Rusia también han comenzado a gestar distintas asociaciones a largo plazo, entre las que destaca por su valor estratégico la del Ártico, que levanta ampollas en Washington, consciente de que ha dejado que Rusia y China le tomen la delantera es esta importante vía. China no tiene costas en ese océano, pero quiere aprovechar su progresivo deshielo para su Ruta de la Seda Polar, que le permitirá reducir el tiempo del transporte de sus mercancías y escapar a los cuellos de botella de los estrechos, que la guerra contra Irán de Estados Unidos e Israel ha colocado en primer plano. Como en otros sectores, la cooperación ruso-china en el Ártico es pragmática, asimétrica y centrada en intereses concretos. Pekín aporta financiación, tecnología y demanda, y Moscú, territorio, acceso y control logístico. Las dos potencias están invirtiendo fuerte en rompehielos y puertos para hacer la ruta navegable todo el año.
En 2026 se conmemora el 30º aniversario de la Asociación estratégica de cooperación entre China y Rusia y el 25º aniversario del Tratado de buena vecindad y Cooperación amistosa. Con motivo de los preparativos de la celebración, el presidente Xi recibió en abril en el Gran Palacio del Pueblo al ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov. Durante la entrevista le subrayó que, en un panorama internacional turbulento, la estabilidad y la certeza de las relaciones entre Pekín y Moscú son especialmente valiosas. “Ambas partes deben implementar plenamente el importante consenso que alcancé con el presidente Putin, sobre fortalecer la comunicación estratégica, mejorar la coordinación diplomática e impulsar la asociación estratégica integral de coordinación chino-rusa para que se consolide, avance con mayor firmeza y llegue más lejos.” (China Daily, 2026), declaró el presidente de la República Popular.
Imagen 1. Nuevas rutas de conectividad chino-rusas en el Ártico

Fuente: MERICS.
La OCS y los BRICS
A la expansión de las relaciones bilaterales ha contribuido enormemente la participación conjunta en organizaciones regionales, como la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), y en foros de cooperación, como los BRICS que agrupan a las principales economías emergentes. Tanto Moscú como Pekín los utilizan no solo como herramientas de cooperación sino como auténticos dispositivos de poder. Para Rusia, representan una vía para evitar el aislamiento; para China, un instrumento para ampliar su influencia sin recurrir a alianzas formales. Para ambos, constituyen el andamiaje de un poder global en transición.
La OCS nace formalmente en 2001 cuando Uzbekistán se une al grupo de cinco países — China, Rusia, Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán–, que llevaba cinco años compartiendo información de inteligencia en el contexto de la posguerra fría y de la necesidad de estabilizar las nuevas repúblicas de Asia Central surgidas de la implosión de la URSS. Su objetivo es la seguridad fronteriza y sus “miembros se comprometieron a luchar contra el terrorismo, el separatismo y la radicalización religiosa” (Snow, 2025), las tres grandes obsesiones de China. También comparten una preocupación: evitar vacíos de poder en una región históricamente permeable a la injerencia externa.
Esta organización regional ha articulado un espacio donde Moscú y Pekín pueden gestionar simultáneamente cooperación y competencia. Rusia aporta profundidad militar, redes de seguridad heredadas del espacio postsoviético y una cultura estratégica centrada en la estabilidad del “extranjero cercano”. Por su parte, China introduce capacidad financiera, dinamismo económico y la proyección de la Franja y la Ruta, que atraviesa precisamente todo el corazón centroasiático.
No es una alianza militar, porque carece de cláusulas de defensa colectiva, pero sí constituye un marco de coordinación estratégica cada vez más interconectado. Con Moscú y Pekín como principales actores, la OCS comenzó en 2002 a realizar maniobras militares conjuntas, que se han constituido en uno de sus instrumentos más visibles. Ejercicios como Peace Mission han servido para ensayar interoperabilidad limitada, intercambio de inteligencia y coordinación antiterrorista (China.org.cn, 2010).
Para Rusia, especialmente tras el deterioro de sus relaciones con Occidente por la anexión de Crimea en 2014 y de forma más aguda desde la invasión de Ucrania en 2022, estas maniobras ofrecen un escaparate de continuidad estratégica. En cuanto a China, representan una forma de normalizar su presencia militar en entornos regionales sensibles sin asumir compromisos formales de alianza. Han aumentado tanto en frecuencia como en complejidad, incluyendo simulaciones de guerra regional, uso compartido de bases y despliegues en escenarios sensibles desde el mar de Japón al Mediterráneo o el Báltico Estos ejercicios, más que preparar un conflicto inmediato, buscan enviar un mensaje: la capacidad de actuar conjuntamente frente a la presión occidental.
La creciente influencia de la geopolítica ha impulsado una progresiva ampliación de la OCS. A la entrada de India y Pakistán en 2017, se sumó la de Irán en 2023 y la de Bielorrusia en 2024. Juntos conforman la mayor organización regional del mundo en términos de población y extensión. Abarcan buena parte del continente euroasiático, con más del 40% de la población global y alrededor de una cuarta parte del PIB mundial.
Este aumento no es casual: India es el gran aliado de Rusia y Pakistán, el de China, mientras que Irán comparte querencias y Bielorrusia es apenas un apéndice ruso. La expansión responde al interés común de construir un entramado institucional que legitime un nuevo orden internacional más justo, inclusivo y solidario, que el liderado por Occidente. En ese sentido, la OCS funciona como el laboratorio de un mundo multipolar, donde la soberanía estatal y la no injerencia se erigen en principios rectores frente al universalismo liberal. Además, actúa como un mecanismo de gestión de la rivalidad latente por Asia Central y evita que esta derive en conflicto entre Moscú, que quiere preservar su influencia histórica, y Pekín, que avanza su locomotora financiera y comercial.
La dimensión económica de la OCS tampoco es menor. El comercio entre China y los demás países de la organización ha crecido exponencialmente desde su fundación, alcanzando cifras récord en los últimos años. No solo el comercio China-Rusia se ha disparado, sino que la iniciativa de la Franja y la Ruta, conocida como la Nueva Ruta de la Seda, ha permitido a China “consolidarse como el principal socio comercial y fuente de inversión en Asia Central” (Mikovic, 2025). A esto se suma la decisión de desdolarizar sus economías utilizando en el comercio yuanes, rublos y las monedas locales.
El fuerte dinamismo económico de estos años consolidó en 2025 la pretensión de Pekín de dotar a la organización de un banco propio, como ya hizo con los BRICS. Se denominará Banco de Desarrollo de la OCS y también tendrá como objetivo impulsar proyectos de infraestructura y desarrollo económico dentro de la región. Con esto se busca fortalecer la soberanía económica de los miembros y reducir la dependencia económica de las instituciones occidentales y del dólar.
Según el analista Nikola Mikovic, los avances de China en Asia Central chocaron con las ambiciones de Donald Trump, quien guiado por los importantes recursos energéticos de esta región convocó a los cinco dirigentes centroasiáticos a una cumbre en la Casa Blanca en noviembre de 2025, con el objetivo de atraer esos países a la zona de influencia de Washington y frenar su desdolarización. De momento, no ha habido resultados notorios.
Precisamente en el terreno económico y financiero es donde la cooperación entre los países adquiere una dimensión más estructural. Las grandes economías emergentes, agrupadas por el economista Jim O’Neill, de Goldman Sachs, en el acrónimo BRIC —Brasil, Rusia, India, China— decidieron oficializarse como grupo y añadir a Sudáfrica en 2010, de manera que pasaron a denominarse BRICS. Tras la ampliación de 2024, con la entrada de Irán, Egipto, Etiopía y Emiratos Árabes Unidos, más la de Indonesia en 2025, el grupo se ha convertido en una plataforma de contestación del orden económico liberal dominado por Occidente y en una evidente alternativa al G7, cuyo porcentaje del PIB mundial se va reduciendo desde el 70% en 1975, al 45% en 2025.
Los BRICS se enmarcan en el diálogo Sur-Sur y forman “una asociación integral estratégica de concertación y cooperación económica, comercial, financiera y política a escala internacional, que emergen como alternativa ante un orden económico internacional muy complejo e inseguro. El grupo no solo persigue el desarrollo socioeconómico de sus países miembros y la promoción de un desarrollo justo y equitativo del conjunto de países subdesarrollados y emergentes, sino además contribuir a la estabilidad y la paz mundial.” (Muñoz et al., 2024).
Para Moscú, los BRICS, que con la ampliación han reforzado su peso energético y su proyección global, son una importante vía de escape frente a las sanciones occidentales. Pekín, a su vez, encuentra en esta plataforma un instrumento para internacionalizar su moneda y reducir la dependencia del dólar, a lo que contribuye especialmente la puesta en marcha del Nuevo Banco de Desarrollo. Esta entidad financiera pretende crear circuitos financieros paralelos que, sin sustituir aún a las instituciones de Bretton Woods controladas por EE. UU. –el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial–, erosionan su monopolio. Entre sus objetivos destaca financiar los proyectos de infraestructura de los BRICS para impulsar el desarrollo de los países miembros.
En la cumbre de Johannesburgo (2023), el grupo no aceptó la propuesta rusa de crear una moneda común, pero acordó buscar fórmulas para eludir las restricciones a las transacciones internacionales realizadas en dólares, que están sujetas a sanciones occidentales contra Rusia e Irán. Los avances en este campo han sido muy notables, como el comercio en monedas locales, sobre todo de Rusia (rublos), China (yuanes) e India (rupias). Destaca también la plataforma multidivisa promovida por Rusia (BRICS Bridge) de pagos entre los miembros, que utiliza monedas digitales de bancos centrales y tecnología blockchain sin necesidad de bancos corresponsales en EE. UU. Además, en 2026 ha comenzado a operar el sistema de mensajería descentralizado (DCMS), que permite esquivar el sistema occidental SWIFT.
Es evidente que los BRICS representan un modelo de desarrollo muy atractivo para numerosos países de bajas rentas per capita, de ahí el que muchos hayan llamado a sus puertas. Pese a las divergencias internas, con el bando muy antioccidental de Rusia y China y el de no alineamiento que lideran India y Brasil, todos sus integrantes tienen la voluntad de poner freno al unilateralismo estadounidense y luchar por un mundo multipolar en el que sus intereses estén mejor representados. Por estas y otras razones, “el grupo se ha vuelto vital para sus miembros” (Gavuev & Stuenkel, 2024).
El director del Centro Carnegie Russia Eurasia, Alexander Gavuev, y Oliver Stuenkel, profesor de la fundación brasileña Getulio Vargas, tras analizar la creciente influencia de los BRICS en el Sur Global, advierten a los responsables de las políticas occidentales contra minimizar el poder y la influencia del grupo en el Sur Global. Los BRICS han logrado convertirse en la referencia de la lucha contra el dominio hegemónico, que sin restricciones representa una amenaza a la estabilidad global y el desarrollo que esos países tanto ansían.
Las críticas, sin embargo, abundan. Mariano Aguirre, miembro asociado de Chatham House, sostiene que “incluir a Rusia y China dentro de los emergentes es un error o confusión conceptual, que Moscú y Pekín aprovechan para actuar, a la vez como grandes potencias y como si fueses países del Sur”. Afirma que ambas potencias persiguen objetivos distintos a los de países emergentes como Brasil, India o Turquía, que no plantean “una ruptura con el modelo capitalista neoliberal” (Aguirre, 2023).
El trasfondo común de la OCS y los BRICS es claro: construir un entramado institucional que diluya la centralidad del G7, donde se sientan las potencias occidentales, sin necesidad de confrontarlo directamente. Frente a la cohesión normativa del G7, Rusia y China promueven estructuras más flexibles, donde la soberanía nacional prevalece sobre cualquier intento de gobernanza supranacional.
Pero estas dos plataformas no están exentas de tensiones. En los BRICS, las diferencias y el conflicto fronterizo entre India y China limitan la cohesión estratégica. En la OCS, la expansión introduce actores con agendas divergentes. Incluso en el ámbito económico, la asimetría entre la economía china y la rusa genera dependencias incómodas para Moscú. Y, sin embargo, pese a esas fricciones, el conjunto del entramado de ambas asociaciones cumple una función esencial: ofrece a Rusia y China un ecosistema donde ensayar un orden internacional alternativo. No uno completamente nuevo, sino una versión más fragmentada, más plural y menos predecible.
Además de las plataformas mencionadas, existen otras menos visibles, pero relevantes sobre todo en el aspecto económico, en las que también participan Rusia y China, como el foro APEC (Cooperación Económica Asia-Pacífico), donde se encuentran con Estados Unidos y otras economías del Pacífico. El APEC ofrece un espacio de diálogo económico más amplio, aunque menos cohesionado políticamente. Allí, Pekín y Moscú no marcan la agenda, pero sí aprovechan para proyectar su narrativa de cooperación inclusiva frente a bloques excluyentes.
Es también muy interesante la intersección entre la Unión Económica Euroasiática —fundada e impulsada por Moscú— y la Franja y la Ruta de China. Aunque no se trata de una organización conjunta en sentido estricto, la coordinación entre ambas refleja un intento de armonizar intereses en Asia Central, una región donde la competencia podría haber sido inevitable. En lugar de confrontar, han optado por superponer proyectos, en una suerte de pragmatismo geopolítico.
El oso y el dragón
No hay duda de que la llegada de Xi Jinping a la secretaría general del PCCh, en noviembre de 2012, supuso un espaldarazo a las relaciones con Rusia. Desde el inicio de su mandato, Xi encontró en Vladímir Putin la horma de su zapato como líder. Casi podría decirse que el buen entendimiento entre ambos se convirtió en el motor de una asociación estratégica que se extiende por las distintas esferas del poder de sus países y en uno de los ejes más relevantes de la política internacional contemporánea. Ambos están convencidos de que la buena marcha de las relaciones entre el oso y el dragón es “un factor determinante en la política mundial” (Urbansky y Wagner, 2026).
Los dos dirigentes se han reunido medio centenar de veces y se han comunicado por teléfono otras tantas más, cultivando una relación que describen como cercana y basada en la confianza mutua. Según la BBC, aunque Xi es parco en su expresividad, ha llegado a definir a Putin como “su mejor amigo y compañero” (BBC, 2019), algo poco habitual en la diplomacia entre grandes potencias. El mismo Putin declaró en 2018, en una entrevista con la televisión china, que intimaron durante la cumbre del APEC celebrada en Bali (Indonesia) en 2013, que coincidió con su cumpleaños y el presidente chino acudió a la invitación para celebrarlo con un pastel.
En sus vidas se detecta un cierto paralelismo: Tienen casi la misma edad (Putin es nueve meses mayor que Xi); sus respectivos padres lucharon en la Segunda Guerra Mundial; están imbuidos de un fuerte nacionalismo; los dos sufrieron penurias en la adolescencia, ambos tienen hijas y destilan un orgullo patrio cercano al narcisismo. No ocultan su simpatía mutua y han intercambiado los más altos reconocimientos intelectuales de sus más prestigiosas instituciones: el doctorado honoris causa por la Universidad Estatal de San Petersburgo (en la que estudió Putin) entregado a Xi y el de la Universidad de Tsinghua (en la que se licenció Xi), recibido por Putin. Los dos concedidos en 2019.
En diciembre de 2020, después de una llamada telefónica a su “mejor amigo”, Xi afirmó que los lazos “entre China y Rusia no pueden ser rotos por ningún por tercero y que resisten todo tipo de turbulencias internacionales” (Snow, 2025). Las ampulosas declaraciones de ambos líderes simbolizan el esfuerzo común por desterrar la profunda desconfianza que existe entre sus pueblos y la necesidad de unirse para hacer frente a Estados Unidos, ese rival que tanto Moscú como Pekín preferirían tener de aliado.
Precisamente, lo que amalgama la relaciones entre Putin y Xi es el sentimiento compartido del rechazo por parte de Occidente. El presidente ruso dejo claro al iniciar su presidencia en el año 2000 que su prioridad era Occidente y se mostró dispuesto a integrar Rusia en la OTAN y en la UE. Sin embargo, tanto EE. UU. como Europa miraron a Moscú como el perdedor de la Guerra Fría y así se relacionaron con él, algo inadmisible para Putin. Las sanciones impuestas a Rusia por su participación en el conflicto de Ucrania y su anexión de Crimea en 2014 socavaron aún más las relaciones con Occidente y propiciaron el giro del mandatario hacia el este. Conservador, tradicionalista y defensor de la grandeza rusa, Putin se sintió traicionado por un Occidente que se negaba a ver a los rusos como iguales y que aprovechaba sus momentos de debilidad para despreciarles.
Si la expansión de la Alianza Atlántica a Polonia, República Checa y Hungría en 1999 había sido un golpe para Moscú, después de que el secretario de Estado James Baker prometiese a Gorbachov que, si facilitaba la reunificación de Alemania dentro de la OTAN, esta “no se ampliaría hacia el este ni una pulgada”(National Security Archive, 2017)[3], la inclusión en 2004 de los países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania, que formaban parte de la URSS), Eslovaquia, Rumanía, Eslovenia y Bulgaria fue para Rusia un amargo trago difícil de digerir. Serguéi Lavrov, que ese año inicio su larga carrera la frente del Ministerio de Exteriores, reconoció una década después que la diplomacia rusa históricamente mira al este (China) cuando se siente rechazada por el oeste (Europa).
Y así, sin quererlo, Putin se encontró con una China en plena ebullición que le abría las puertas de par en par para que le proporcionase gas y petróleo con los que acelerar su industrialización. Al mismo tiempo, la industria china generaba un fructífero comercio fronterizo que mantenía a centenares de miles de rusos activos y ayudaba a paliar la catastrófica situación económica en que había quedado Rusia tras el hundimiento de la URSS y la llamada “terapia de choque” (1992) de Yegor Gaidar, que arruinó a millones de rusos y con su corrupta política de privatizaciones facilitó la aparición de los oligarcas durante el mandato de Borís Yeltsin.
A su vez, Xi Jinping, desencantado de un Occidente que insiste en imponer a China sus valores y frenar su crecimiento económico, encontró en Putin un socio estratégico incondicional, que no solo le asegura recursos naturales críticos y un importante mercado donde vender sus manufacturas, sino que también lidera una potencia convencida de la urgencia de establecer un nuevo orden internacional multipolar.
Relaciones económicas y comerciales
Las relaciones económicas entre Rusia y China han experimentado una transformación profunda desde el final de la Guerra Fría y la normalización de las relaciones bilaterales en 1989. El comienzo fue lento debido a que Rusia, en la transición postsoviética, había iniciado una rápida integración en la economía occidental y “al profundo escepticismo de Moscú hacia Pekín” (Kluge, 2024). La insaciable demanda china de productos energéticos, que llevó a la construcción de un importante oleoducto en la primera década de este siglo y la oferta china de unas manufacturas cada vez más avanzadas convirtieron a la República Popular en una alternativa interesante para Rusia al deteriorarse sus relaciones con Occidente.
Desde la primera década de este siglo, las relaciones económicas han pasado de una cooperación limitada a una interdependencia estratégica asimétrica, impulsada por intereses pragmáticos más que por afinidad ideológica. Este proceso se intensificó desde el comienzo de la segunda década, en la que conforme se desmoronaban las relaciones de Rusia con Occidente –que en 2014 le imponía las primeras sanciones por la anexión de Crimea—, crecía la importancia de China. El punto de inflexión lo marcó la invasión de Ucrania en 2022.
El comercio bilateral pasó de aproximadamente 8.000 millones de dólares en 2000 al récord de 245.000 millones de dólares en 2024, un 66% más que en 2021, impulsado en parte por un aumento de las exportaciones chinas de bienes de doble uso civil-militar, como equipos informáticos y de telecomunicaciones, máquinas herramienta avanzadas y equipos de fabricación de chips. Las importaciones chinas de crudo ruso alcanzaron un récord de 62.260 millones de dólares, un 54% más que en 2021, un año antes de que Estados Unidos, la UE y otros países del G7 sancionaran las exportaciones de petróleo ruso.
Gráfico 1. Fuerte incremento del comercio chino-ruso desde la invasión de Ucrania

Fuente: MERICS.
En 2025, hubo un pequeño descenso en el volumen comercial al situarse en 234.000 millones de dólares, pero esta cifra refleja que China se ha consolidado como principal socio comercial de Rusia. La energía, los coches y las manufacturas siguen impulsando las compraventas bilaterales. Sin embargo, la estructura del comercio, con Rusia exportando materias primas y China, manufacturas, revela la desigualdad entre los socios y el desequilibrio estructural de sus relaciones, aunque la fortaleza del comercio afiance la alianza estratégica entre ellos.
En ese sentido, Filip Rudnik, investigador de MERICS, principal instituto europeo sobre estudios chinos, señala que “la dinámica actual de la relación comercial entre China y Rusia pone de manifiesto la naturaleza desigual de su asociación” (Rudnik, 2025). China representó el 57% de las importaciones rusas en 2024, más del doble de su nivel del 23% en 2022. Moscú, al ser el socio más débil en la relación, se ve obligada a aceptar que Pekín tiene ventajas en las negociaciones que están permitiendo a China absorber grandes volúmenes de petróleo y gas rusos con descuento, ya que los ingresos por exportaciones de materias primas siguen siendo cruciales para la economía rusa.
El desplome de las exportaciones a Europa urgió a Moscú a buscar alternativas en Asia. Pero China, empeñada en la diversificación de los suministros de energías fósiles, la electrificación y las energías renovables, se ha resistido durante años a aprobar la construcción del gasoducto Poder de Siberia 2, que finalmente obtuvo luz verde en el otoño de 2025, y del que será la principal beneficiaria, por delante de Rusia. El acuerdo alcanzado prevé completar el nuevo gasoducto en 2027.
El Poder de Siberia 2 atraviesa Mongolia desde los yacimientos de gas de Yamal, en el Ártico, y aunque tendrá una capacidad de 50.000 millones de metros cúbicos anuales, no compensará a Moscú la pérdida del mercado europeo. Sobre todo, porque “el hecho de que el precio del gas que suministre no se haya incluido en el documento firmado, revela que el Kremlin tendrá que aceptar condiciones favorables a Pekín, lo que pone de relieve la menor influencia de Rusia y su creciente dependencia de China” (Mikovic, 2025).
Pese a ello, el comercio con China tiene un valor estratégico adicional para el Kremlin: le proporciona acceso a bienes de doble uso que posteriormente emplea en sus esfuerzos bélicos. Pekín no proporciona armamento a Rusia para sus batallas, pero la provee de tecnología y bienes de consumo que reemplazan a los occidentales, lo que contribuye a la economía y la estabilidad interna rusas, de manera que se ha constituido casi en un salvavidas al proporcionar a Rusia la principal vía de exportación de sus materias primas energéticas y la fuente industrial que alimenta su maquinaria bélica. Para China, la relación es más matizada, pero a la larga, el aumento de dependencia rusa de China en la estructura del comercio puede resultar muy incómoda. Esta asimetría se ha intensificado a partir de 2022, cuando China absorbió volúmenes crecientes de petróleo ruso con descuento, consolidándose como el primer comprador.
A corto plazo no se perciben riesgos en el comercio bilateral, pero el medio y largo están condicionados por la evolución de las restricciones geopolíticas y la obsesión china con la seguridad, la diversificación de las fuentes de suministro y su cautela frente a escenarios bélicos. Si no se producen grandes sobresaltos, la tendencia a medio plazo será la profundización del comercio energético, el aumento selectivo de la cooperación tecnológica y la expansión del uso del yuan.
Casi el 40 por ciento del comercio internacional de Rusia está ahora denominado en yuanes, frente al dos por ciento de enero de 2022, pero el cambio más espectacular se ha dado a partir de 2024, en las transacciones del comercio bilateral ruso-chino, que se realizan entre el 90-95% en yuanes y rublos. Esto tiene profundas implicaciones políticas y económicas, y marca un cambio estratégico hacia la desdolarización y el fortalecimiento de la asociación estratégica geopolítica ruso-china.
Por otro lado, si el buen entendimiento entre Moscú y Pekín se ha estrechado cada vez más en política exterior, seguridad y relaciones comerciales, las grandes empresas chinas se han mostrado siempre reacias a invertir en Rusia, sobre todo debido a las sanciones impuestas por Occidente. Temen que una inversión en el vecino del norte pueda afectar a los negocios que tienen en EE. UU. y Europa. Es por ello que la inversión ha jugado un papel muy secundario en el auge de las relaciones económicas Rusia-China. Solo en torno a la frontera se han establecido numerosas empresas, la mayoría pequeñas.
En resumidas cuentas, según Bobo Lo, escritor e investigador australiano del instituto Lowy, desde una perspectiva geoeconómica, la relación chino-rusa debe interpretarse en el contexto de la competencia sistémica con Occidente. No se trata de una alianza formal, sino de una “entente pragmática, calculadora y limitada” basada en intereses convergentes frente a Estados Unidos y la Unión Europea. Esta convergencia, sin embargo, no implica simetría: China posee una economía casi diez veces mayor que la rusa, lo que condiciona el equilibrio de poder (Lo, 2017).
A la búsqueda de un orden multipolar
En el estrechamiento de las relaciones bilaterales China-Rusia, la búsqueda de un nuevo orden internacional que ponga fin al establecido por Estados Unidos al final de la Segunda Guerra Mundial juega un papel fundamental. En los últimos años, ambos países han emergido como actores clave en la articulación de discursos y prácticas orientadas a cuestionar la estructura unipolar consolidada tras el fin de la Guerra Fría y la necesidad de redefinir el equilibrio de poder global. No obstante, sus interpretaciones del orden multipolar y sus estrategias para alcanzarlo presentan diferencias significativas.
Tal vez la divergencia mayor sea que Rusia es un agente disruptor, que quiere el fin inmediato y total del orden existente, mientras que China, es un agente transformador, porque es consciente de que ha sido la gran beneficiada del orden liberal, pero lo considera obsoleto y busca como irlo cambiando por uno que represente el mundo actual y sea más favorable a sus propios intereses y a los del Sur Global. Los dos países están descontentos con la hegemonía estadounidense y con el estatus internacional que el hegemón les permite y en el que se ven comparativamente disminuidos. Por tanto, ambos coinciden en la defensa del mundo multipolar, pero difieren en los medios para conseguirlo.
Es evidente, sin embargo, que Xi Jinping siempre ha concedido un enorme valor a reforzar las relaciones con su gran vecino del norte como fórmula para avanzar en la lucha por la multipolaridad. “Unas relaciones chino-rusas de alto nivel y fuertes no solo responden a los intereses de ambas partes, sino que también constituyen una importante garantía para mantener el equilibrio estratégico internacional y la paz y la estabilidad mundiales” (Xi, 2014), sostiene el líder que decidió poner a China en el centro de la esfera internacional.
La trayectoria de ambos países desde el final de la Guerra Fría es determinante en su búsqueda de un nuevo orden internacional. Desde la perspectiva rusa, la multipolaridad implica la existencia de varios polos con capacidad efectiva de influencia, donde el reconocimiento de esferas de interés resulta fundamental para garantizar la estabilidad del sistema. El profesor Richard Sakwa, al igual que otros realistas como Mearsheimer, considera que esa visión responde, en gran medida, a la percepción de “traición” y pérdida de estatus tras la desintegración soviética y a la expansión y “radicalización” de instituciones occidentales –especialmente la OTAN, pero también la UE– hacia su entorno geopolítico inmediato (Sakwa, 2023).
De ahí que, entre las diferencias fundamentales en la manera en que China y Rusia encaran la construcción del orden multipolar, Moscú adopta una postura más revisionista y centrada en la seguridad, mientras Pekín se posiciona como un actor reformista con énfasis en el desarrollo económico. Los instrumentos de proyección de poder de ambas también difieren: Rusia privilegia herramientas geopolíticas y militares, mientras que China recurre principalmente a mecanismos económicos, tecnológicos y diplomáticos. Según la terminología del politólogo estadounidense Josep Nye, Rusia prima el poder duro y China, el blando.
La campaña de seducción de China, sobre todo en los últimos años, marcha al ritmo vertiginoso de su avance económico. En ella destaca como fundamental instrumento geoeconómico y uno de los más importantes del mundo la iniciativa de la Franja y la Ruta, puesta en marcha por Xi en 2013, a la que se han acogido más de 160 países. La promoción de la lengua a través de los institutos Confucio y un fuerte impulso cultural en cine, televisión, artes marciales, patrimonio histórico y gastronomía son algunas de las herramientas de seducción de China.
Es evidente que la aproximación de Pekín al orden multipolar se inscribe en una lógica más compleja, que combina elementos del institucionalismo liberal con una visión pragmática del poder, al que une conceptos de su civilización milenaria para impulsar “la modernización con características chinas”. El discurso oficial vincula la multipolaridad con conceptos como “cooperación ganar-ganar” y “comunidad de destino compartido”, subrayando la interdependencia económica y la necesidad de una gobernanza global más justa, inclusiva y sostenible. Con el impulso a iniciativas como la Franja y la Ruta que a través del comercio promueven tanto el desarrollo propio como el de los demás países, Pekín apoya la globalización y la expansión de infraestructuras y redes comerciales que refuercen la centralidad de China sin recurrir a la confrontación directa ni a la injerencia en los asuntos internos de otros países.
El ministro de Exteriores chino, Wang Yi, en una conferencia de prensa celebrada tras la reunión anual del pleno de la Asamblea Popular Nacional, afirmó que China se opone a la mentalidad del Guerra Fría y el establecimiento de un G2. Por el contrario, defiende: la construcción de un “mundo multipolar igualitario y ordenado” donde naciones de todos los tamaños participen en igualdad de condiciones bajo reglas universalmente reconocidas y basadas en la Carta de las Naciones Unidas” (Shi, 2026). Aunque reconoció fallos en el liderazgo de la ONU, el jefe de la diplomacia china se manifestó a favor de mantener y fortalecer la organización sin permitir que “círculos minoritarios” menoscaben su trabajo.
En la lucha por ese mundo multipolar igualitario y ordenado, la formalización de plataformas comunes con las que Rusia y China se relacionan con la comunidad internacional se ha convertido no solo en un vínculo bilateral, sino también en la vía para reforzar su empeño contra el sistema establecido, fortalecer el papel de las economías emergentes y aunar fuerzas con el Sur Global para impulsar el avance hacia el nuevo orden multipolar. Destacan, como hemos visto, la Organización de Cooperación de Shanghái, los BRICS y las organizaciones financieras del Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras y el Nuevo Banco de Desarrollo. Estas últimas ofrecen alternativas a las instituciones financieras dominadas por Occidente y facilitan a sus miembros una mayor autonomía económica.
Conclusión
Las relaciones entre China y Rusia se encuentran en un momento álgido de su historia, auspiciado por el buen entendimiento entre sus líderes, Xi Jinping y Vladímir Putin, por el declive de Occidente y por las turbulencias que azotan el orden internacional. Desde 2019 mantienen un Asociación Estratégica Integral de Coordinación China-Rusia para una Nueva Era con un crecimiento exponencial de sus intercambios comerciales. Esta asociación, la más estrecha que mantiene China con otro país, procede de la decisión de Pekín de invitar a Moscú en 1996 a su club estratégico. Con ella, daba por sentado que se habían acabado los tiempos en que se vio obligado a aceptar, tanto del régimen zarista como del soviético, los intentos de dominación de Moscú.
En medio de la vorágine de cambios globales que atraviesa el Planeta, los dos grandes vecinos se han comprometido a trabajar juntos para defender los intereses legítimos de uno y otro, salvaguardar la unidad del Sur Global y cumplir con las responsabilidades de las grandes potencias y los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU.
Moscú y Pekín divergen en la forma de hacer frente a la hegemonía unilateral de Estados Unidos, pero los dos se han declarado dispuestos a impulsar una colaboración multilateral más sólida y han reafirmado su compromiso con el multilateralismo. Ambos sostienen la necesidad de establecer un mundo multipolar basado en el respeto y la igualdad entre los países, la no injerencia y la defensa de la soberanía. Pero, aunque se declaran contrarios a la política de suma cero y a una nueva Guerra Fría, cada día se hace más evidente su defensa de las zonas de influencia.
Para el profesor Claudio Feijoo, “la fuerza actual de China reside en la existencia de un plan a largo plazo” (F. González, 2021), en el que cada día va cobrando mayor importancia su influencia y su voluntad de demostrar que el modelo de organización política que promueve es el mejor posible para China y para muchos otros países del Sur Global. En el afán por convertirse en la primera potencia económica del mundo, también ha intensificado sus esfuerzos por proyectarse como un centro diplomático indispensable y un actor clave para la estabilización en medio de la incertidumbre global.
Frente a ese envolvente poderío chino, la política exterior rusa enfatiza la necesidad de limitar el poder hegemónico de Estados Unidos y de promover un orden internacional basado en la soberanía estatal y el equilibrio estratégico. Rusia busca no solo seguridad, sino también reconocimiento como gran potencia, lo que explica su preferencia por un sistema en el que las decisiones globales sean el resultado de la negociación entre actores con capacidades comparables. La realidad, sin embargo, muestra que la invasión rusa de Ucrania está derivando en una evidente dependencia rusa de China, que a la larga puede dificultar las relaciones entre los dos países. Además, los más de cuatro años de guerra están debilitando a Vladimir Putin y dejando al Kremlin con menos margen de maniobra política, económica y estratégica.
Sin quererlo, el segundo mandato de Donald Trump ha fortalecido enormemente los lazos entre Moscú y Pekín. En abril pasado, Xi afirmó que la agitación en Oriente Próximo y la creciente incertidumbre mundial, instan a China y Rusia a elevar su asociación estratégica a nuevas cotas, profundizando la cooperación integral y revitalizando la autoridad de Naciones Unidas. El presidente chino destacó la importancia de hacer de esas relaciones una fuerza estabilizadora, impulsada por la coordinación estratégica y comprometida con la configuración de un orden multipolar. En ese mismo mes, Xi Jinping, durante una reunión con el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, reiteró que no se debe permitir que el orden internacional se deslice hacia “la ley de la selva”.
Pese a las ampulosas declaraciones sobre “la amistad sin límites” entre los dos países, las tensiones estructurales son evidentes. Rusia teme la expansión económica china en Asia Central y en el Ártico, sus tradicionales esferas de influencia. China evita compromisos de seguridad que puedan arrastrarla a conflictos regionales. Esta asimetría convierte la relación en una asociación estratégica sin plena convergencia, más cercana a una coexistencia interesada que a una alianza orgánica. Se trata de un matrimonio de conveniencia, ligado por fuertes intereses materiales, pero sin lazos ideológicos o afectivos que lo consoliden.
El oso se siente constreñido por el abrazo del dragón, pero metido en el barrizal de Ucrania no tiene más alternativa que permanecer junto a la potencia vecina y tratar de movilizar su paralizante cautela geopolítica. Rusia quiere acabar ya con el orden liberal que siente que la ha maltratado, mientras que China es consciente de que se ha beneficiado enormemente de él y le asusta el desorden que el colapso puede acarrear. No quiere vacíos de poder, sino la construcción paulatina de un orden multipolar más justo, inclusivo y sostenible en el que sus intereses estén mejor representados.
Sobre la autora:
Georgina Higueras es Directora del Foro Asia en la Fundación Foro de Foros, periodista especializada en Asia (Máster en 1981 por la Universidad de Pekín en Historia de las Relaciones Internacionales de China 1839-1949), escritora y profesora asistente en diversas universidades españolas y en la Universidad de Hubei (Wuhan, R.P.China). Corresponsal de la Agencia EFE en Pekín, Washington y Estrasburgo; de la Cadena SER en Moscú (1997-2001), enviada especial de EL PAIS para Asia durante 20 años y directora general de Comunicación de la Defensa (2009-2010). Autora de ensayos y analista internacional en varios medios e instituciones, su primera obra de ficción es la novela histórica En busca de mi hermana china.
Referencias
Aguirre, Mariano (2023), Guerra fría 2.0 Claves para entender la nueva política internacional, Icaria, Más Madera, pp. 43-65.
BBC (2019), “China’s Xi praises ‘best friend’ Putin during Russia visit”, June 6. https://www.bbc.com/news/world-europe-48537663
BBC Mundo (2022), ““Un país fuerte debe tener un Ejército fuerte”: 3 lecciones que sacó Xi Jinping del colapso de la URSS (y como marcan su gobierno en China)”, October 23. https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-63308910
Bermingham, Finbarr (2025), “China tells UE it does not want to see Russia lose its war in Ukraine: sources”, SCMP, July 4. https://www.scmp.com/news/china/diplomacy/article/3316875/china-tells-eu-it-cannot-afford-russian-loss-ukraine-war-sources-say
CHINA.org.cn (2010), “Peace Mission 2010 proof of SCO military cooperation”, September 20. http://www.china.org.cn/world/2010-09/20/content_20972793.htm#:~:text=In%20June%202007%2C%20SCO%20defense,taking%20part%20in%20the%20drill.
China Daily (2026), “Xi urges closer, stronger China-Russia strategic coordination to defend interests, uphold Global South unity”, April 15. https://global.chinadaily.com.cn/a/202604/15/WS69deeb5ca310d6866eb437ca.html
Extramuros (2022), “Declaración conjunta de la Federación Rusa y la República Popular China sobre las relaciones internacionales que entran en una nueva era y el desarrollo global sostenible”, 25 de marzo. https://extramurosrevista.com/declaracion-conjunta-de-la-federacion-rusa-y-la-republica-popular-china-sobre-las-relaciones-internacionales-que-entran-en-una-nueva-era-y-el-desarrollo-global-sostenible/
Choi, Seong Hyeon (2026), “Why China’s arms imports plummeted by 72% over the past five years?”, SCMP, March 9. https://www.scmp.com/news/china/military/article/3345868/why-have-chinas-arms-imports-plummeted-72-over-past-5-years
F. González, Claudio. (2021), El gran sueño de China Tecno-socialismo y capitalismo de Estado, Madrid: Editorial Tecnos, pp. 275-279.
Figes, Orlando (2022), La historia de Rusia, Madrid: Taurus, pp. 358-402
Gavuev, Alexander & Stuenkel, Oliver (2024), “The battle for the BRICS Why the future of the bloc will shape global order”, Foreign Affairs, September 24. https://www.foreignaffairs.com/russia/battle-brics?utm_medium=newsletters&utm_source=twofa&utm_campaign=Israel%20and%20Hezbollah%20Are%20Escalating%20Toward%20Catastrophe&utm_content=20240927&utm_term=EWZZZ003ZX#author-info
George, Mathew; Djokic, Katarina; Hussain, Zain; Wezeman, Pieter D. & Wezeman Siemon T. (2026), “Trends in international arms transfers, 2025”, Stockholm International Peace Research Institute. https://www.sipri.org/sites/default/files/2026-03/fs_2603_at_2025.pdf
Higueras, Georgina (2025), “Las asociaciones estratégicas integrales en la política exterior china”, en Ríos, Xulio (Ed.), China y España: un futuro compartido Enfoques sobre la Asociación Estratégica Integral (2005-2025), Madrid: Editorial Popular, pp. 31-41
Kissinger, Henry (2012), China, Barcelona: Random House Mondadori, S.A., pp. 219-252.
Kluge, Janis (2024), “Russia-China economic relations”, Stiftung Wissenschaft und Politik. https://www.swp-berlin.org/10.18449/2024RP06/
Lo, Bobo (2017), A wary embrace: A Lowy Institute paper, Penguin eBooks.
Mikovic, Nikola (2025), “As US and China turn their eyes to Central Asia, Russia losses out”, SCMP, November 18. https://www.scmp.com/opinion/asia-opinion/article/3332544/us-and-china-turn-their-eyes-central-asia-russia-loses-out
- (2025), “Why China, not Russia, will gain most from Power of Siberia 2 pipeline”, SCMP, September 10. https://www.scmp.com/opinion/world-opinion/article/3324450/why-china-not-russia-will-gain-most-power-siberia-2-pipeline
Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Popular China (2004), “China y Rusia emiten una declaración conjunta y anuncian la determinación de toda la alineación de su frontera común”, 14 de octubre. https://www.fmprc.gov.cn/esp/zxxx/200410/t20041014_734950.html
Muñoz González, Roberto; Vissetaca, Bonifácio y Muñoz González, Nibian (2024), “Los BRICS en las dinámicas de la economía internacional y la construcción de un mundo multipolar”, Encrucijada Americana, Vol. 16, No. 1, pp. 80-100. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=9657723
National Security Archive (2017), “NATO expansion: What Gorbachev heard”, December 12. https://nsarchive.gwu.edu/briefing-book/russia-programs/2017-12-12/nato-expansion-what-gorbachev-heard-western-leaders-early
Rudnik, Filip (2025), “China-Russia trade asymmetrical, yet indispensable”, MERICS, May 7. https://merics.org/en/comment/china-russia-trade-asymmetrical-yet-indispensable
Sakwa, Richard (2015), Frontline Ukraine: Crisis in the borderlands, London: I.B. Tauris.
- (2023), The lost peace: How the West failed to prevent a Second Cold War, London: Yale University press, pp. 1-11
Shi, Jiangtao (2026), “What’s wrong with G2? Wang Yi lays out China’s case against great-power rivalry”, SCMP, August 3. https://www.scmp.com/news/china/diplomacy/article/3345895/whats-wrong-g2-wang-yi-lays-out-chinas-case-against-great-power-rivalry
Snow, Philip (2025), China & Russia Four centuries of conflict and concord, London: Yale University Press, pp. XVIII-XXII y pp. 497-527.
Sutter, Robert G. (2012), Chinese foreign relations Power and Policy since the Cold War, (3ª Edc.), New York: Rowman & Littlefields publishers, INC. pp. 267-282.
Urbansky, Sören y Wagner, Martin (2026), “¿Pueden Rusia y China ser realmente aliadas? Notas sobre la canibalización imperial”, El Grand Continent, 9 de enero. https://legrandcontinent.eu/es/2026/01/09/pueden-rusia-y-china-ser-realmente-aliadas-notas-sobre-la-canibalizacion-imperial/
XI, Jinping (2014), Xi Jinping: La gobernación y administración de China, Pekín: Foreign Languages Press, pp. 333-344.
[1] El anuncio oficial sobre la firma del acuerdo fronterizo se incluyó en el comunicado final del viaje a Pekín del presidente Vladímir Putin realizado en octubre de 2004. El acuerdo puso fin a décadas de disputas territoriales en el lado oriental de la frontera. Rusia aceptó dividir casi al cincuenta por ciento los 375 kilómetros disputados, que fueron cedidos a China.
[2] El AUKUS es una alianza estratégica militar formada en 2021 entre Australia, Reino Unido y Estados Unidos con el fin de frenar la influencia de China en el Indo-Pacífico y compartir tecnología avanzada de defensa, entre la que se encuentran los ocho submarinos nucleares comprometidos para entregar a Australia.
[3] Los documentos desclasificados por EE. UU. en 2017 de los Archivos de Seguridad Nacional muestran una cascada de garantías sobre la seguridad soviética y la expansión de la OTAN dadas a Gorbachov y a otros funcionarios soviéticos por los líderes occidentales de EE. UU., Francia, Reino Unido y Alemania durante todo el proceso de la unificación alemana en 1990 y 1991. Entre ellas se incluye la promesa de Baker a Gorbachov, realizada el 9 de febrero de 1990, de no extender la OTAN hacia el este ni una pulgada si Gorbachov facilitaba la reunificación pacífica de Alemania dentro de la OTAN.