Lecciones militares estratégicas de la Guerra de Ucrania

YAGO RODRÍGUEZ

Universidad Pablo de Olavide, España

Title: Strategic Military Lessons of Ukraine War

Resumen:La mayor guerra europea desde la Segunda Guerra Mundial es una fuente natural de lecciones para cualquier ejército. En el siguiente estudio ofrecemos una tamización de las lecciones estratégicas estrictamente militares que nos ha dejado la guerra a partir de la disección de la historia militar de la misma.

Palabras clave: Lecciones; Militares; Estrategia; Ucrania.

Abstract: The largest European war since World War II is a natural source of lessons for any army. In the following study we offer a list of its military strategic lessons through the analysis of the known history.

Keywords: Lessons; Military; Strategy; Ukraine.

Para citar este artículo/to cite this article: Yago Rodríguez, <<Lecciones militares estratégicas de la Guerra de Ucrania>>, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 10, No. 1, (2024), pp. 17-38. DOI: http://dx.doi.org.10.18847/1.19.3

Introducción

Para destilar las lecciones más relevantes de la Guerra de Ucrania hemos establecido un análisis deductivo a partir de la historia conocida del conflicto, a tal fin el documento consta de dos partes:

  • La primera parte expondrá un resumen de los principales hitos bélicos de la guerra, que serán relatados en orden cronológico y resaltando todo aquello destacable en el orden táctico y sobre todo estratégico. 
  • En la segunda parte se tamizará lo expuesto aplicando el método deductivo y desgranando aquellas lecciones que hemos deducido como más estratégicas, especialmente para nuestras Fuerzas Armadas.

Así, para construir la primera parte hemos elaborado el siguiente esquema de hitos que permitirán ejecutar lo explicado en los párrafos anteriores.

  • Batalla de Kiev, campaña del sur de Ucrania y primera parte de la Batalla del Mar Negro
  • Las batallas por Jarkov y Lugansk
  • Ofensiva del Donbás 2022
  • Ofensivas ucranianas de Jarkov y Jersón
  • La reacción rusa: movilización y generación de fuerzas
  • Ofensiva de invierno rusa: Bajmut y Ugledar
  • Refuerzos para Ucrania en el invierno de 2022-2023
  • La Ofensiva de verano ucraniana
  • Segunda parte de la batalla del Mar Negro

La elección de las lecciones relevantes deviene de que solo nos interesa aquello novedoso, ya que lo ya sabido no merece mayor esfuerzo, mientras que lo estratégico nos sirve para establecer el valor de la lección, esto es su importancia sobre el campo de batalla y por tanto su potencialidad para discernir aquello que será destacadamente relevante en las guerras del futuro. 

Primera parte: hechos

Batallas de Kiev, y el sur de Ucrania

El 24 de febrero los rusos lanzan su campaña en dos frentes. El primero y más importante se dirige contra Kiev, el centro de gravedad de Ucrania, y para ello aprovecha dos ejes de avance principales. El primero y más directo parte de Bielorrusia y se bifurca en dos avenidas, una en cada margen del río Irpin. Un segundo eje de avance provenía del noreste, de Rusia, desde donde se introdujeron las principales reservas operacionales rusas, y especialmente al 1er Ejército de Tanques una vez el asalto inicial fracasó (Colom, 2022).

A su vez, como parte de la maniobra de apertura de la guerra se lanzó un asalto aéreo sobre el aeródromo de Gostomel a fin de establecer una cabeza de puente y avanzar rápidamente hacia la capital en conjunción con las columnas mecanizadas llegadas de Bielorrusia.

En la parte ucraniana, parece probado que esperaban el ataque, aunque no por ello dejaba de reinar la incertidumbre provocada por las operaciones de inteligencia rusas sobre los jefes de diversas unidades e instituciones ucranias (Oficina del Fiscal General, 2022), o el papel de los saboteadores rusos que operaron en la retaguardia durante las primeras horas del conflicto (Zabrodsky et al., 2022: 13).

De entrada, la 61ª Brigada Jäger ucraniana (Ponomarenko, 2019), contaba con adiestramiento occidental y estaba diseñada para combatir en zonas boscosas y pantanosas como la de Prípiat para ralentizar el asalto sobre la capital, sin embargo, la unidad estuvo completamente desaparecida, y al igual que sucedió en el sur, como veremos, es posible que fuera víctima de una operación de inteligencia que anuló a la unidad.

Algo parecido sucedió con las unidades que custodiaban Gostomel, que permitieron que un primer escalón aerotransportado de la VDV ocupara las pistas permitiendo, casi, que desembarcara el segundo escalón del asalto aéreo con la fuerza principal, lo que podría haber cambiado el signo de la batalla y de toda la guerra.

A partir de ahí es bien sabido lo que sucedió: la aparición de Zelensky en los medios de comunicación y la supervivencia del mando, control y comunicaciones del Estado y el ejército permitieron que su mensaje se propagara como la pólvora, alentando al país a resistir. La defensa aérea ucrania mantuvo a raya a la aviación rusa, el ataque con misiles de largo alcance inicial no fue decisivo, y la guerra cibernética no paralizó el C3 (mando, control y comunicaciones), entre otras cosas gracias al apoyo de empresas estadounidenses como Amazon y StarLink (Amazon, 2023).

En paralelo, Ucrania recibió ingentes cantidades de armamento antitanque occidental, aunque se ha reconocido que fueron sus brigadas de artillería soviética las que llevaron el peso de la defensa que posibilitó la victoria (Zabrodskyi et al., 2022: 2).

Con esto y con las apresuradas y mal coordinadas tácticas de ataque rusas, las fuerzas mecanizadas de Moscú se consumieron a un ritmo alarmante, solo superado por la destrucción de su aparato logístico en abundantes emboscadas e incluso ataques con drones (Singh, 2022: 4).

Eso sí, Ucrania sufrió grandes bajas durante la batalla, los rusos lograron retirarse en orden sin ser interceptados y la defensa aérea rusa, aunque falló durante las primeras horas, tardó sólo 4 días en poner fuera de combate a los drones Bayraktar (Rodríguez, 2022).

Por último, se desconoce el papel exacto jugado tanto por la información provista por los civiles como el de la entregada por Estados Unidos, aunque a esta última se le suele conferir un notable papel en el resultado de la batalla.

Mientras Kiev ardía, en el sur de Ucrania una hábil operación de inteligencia anulaba a las fuerzas que defendían el cuello que conecta Ucrania con Crimea (Oficina del Fiscal General, 2022), facilitando que el Frente Sur ruso perforara la línea defensiva ucraniana y efectuara una maniobra de explotación en “flor”, avanzando en dirección norte, este y oeste.

Hacia el oeste, las fuerzas mecanizadas rusas se apoderaron de Jersón y de sus vitales cruces en 24 horas y avanzaron hasta Mykolaiv con la intención de capturarla rápidamente para, finalmente, capturar Odesa, y con ella toda la costa del Mar Negro ucraniano. Serían detenidos en Mykolaiv y forzados a retirarse a Jersón.

Hacia el norte, tomaron Melitopol y avanzaron sobre Zaporiya, quedándose a medio camino por falta de fuerzas, si bien lograron apoderarse de la vital central nuclear de Energodar.

Hacia el este, el ejército ruso capturó toda la costa del Mar de Azov y enlazó con las tropas de la República Popular de Donetsk a la altura de Mariupol, sorteando la línea fortificada ucraniana del Donbás y poniendo sitio a la ciudad, cuyo último reducto caería en mayo.

Mientras todas estas maniobras se realizaban, la Flota del Mar Negro efectuó fintas mediante sus brigadas de infantería de marina y sus buques de superficie para simular un asalto anfibio en la costa occidental de Ucrania, así como en el Mar de Azov, generando un importante dilema a las presionadas Fuerzas Armadas de Ucrania y llegando a desembarcar refuerzos en puertos como Berdyansk.

Las batallas por Jarkov y Lugansk

Cuando los rusos iniciaron la invasión, Jarkov se convirtió en un objetivo secundario, al igual que el óblast de Lugansk, o el Donbás en su conjunto, por lo que el número de fuerzas desplegadas por Rusia en la zona era pequeña, a lo que se sumaba la presencia de una densa línea fortificada ucraniana que se correspondía con el frente congelado de 2014, combinado con una segunda línea fortificada que discurría entre Avdiivka, Bajmut y el meandro del río Siversky Donets al oeste de Severodonetsk.

Durante las operaciones, Rusia gozó de un importante apoyo aéreo los primeros días, ya que hasta el 90% de la defensa aérea ucraniana en la zona fue destruida (Serhiy Melnyk, 2023), si bien es posible que el mal clima propio del invierno dificultara las misiones de la aviación.

En cualquier caso, aunque las tropas rusas llegaron a controlar los principales cruces de carreteras alrededor de Jarkov en las primeras horas de la guerra, más pronto que tarde las columnas de blindados y los retenes fueron emboscados y sufrieron golpes de mano que forzaron su desmantelamiento, lo que, combinado con la situación en Kiev, forzó al mando ruso a establecer una postura defensiva.

En paralelo, un poco más al sur las fuerzas mecanizadas rusas junto a las tropas de la República de Lugansk envolvieron el norte de la línea fortificada ucraniana de 2014, tomaron lo que restaba del óblast de Lugansk, enlazaron con las unidades desplegadas en Jarkov por medio del punto de paso de Kupiansk y prosiguieron su avance hasta Izyum con la intención de tomar Kramatorsk y Slaviansk para culminar la ocupación del Donbás (Singh, 2022: 3).

En este punto es probable que los rusos esperaran un avance rápido desde el sur para rodear el Donbás y aniquilar la línea fortificada ucraniana por medio de un envolvimiento desde el norte y el sur, pero la inesperada resistencia y la dispersión de los esfuerzos rusos en un frente de miles de kilómetros lo impidió, más al contrario, en abril, el ejército ruso tuvo que suspender las operaciones y dar un respiro a su ejército.

Esta primera fase de la guerra se caracterizó por los combates de encuentro y la guerra mecanizada, las tácticas defensivas de infantería operando a partes iguales en terreno urbano y rural, junto a la predominancia del fuego artillero defensivo. Una guerra de maniobras con superioridad aérea local ruso precedida por un ataque preparatorio con armas de largo alcance, sabotajes y ataques cibernéticos sobre las telecomunicaciones, unidades y el mando y control de Ucrania.

Mantener alta la moral ucraniana -cuando era difícil tenerla- fue el gran triunfo de las operaciones psicológicas estratégicas de Ucrania en su frente interno, al igual que lo fue el apoyo recabado de la Unión Europea y Estados Unidos, en buena medida gracias a la actuación de los medios de comunicación tradicionales y a las acciones ucranianas en las redes sociales que explotaron un evento de alto impacto psicológico como era la guerra (Singh, 2022). Un ejemplo de maniobra cognitiva.

Desde el punto de vista de la inteligencia estratégica, operacional y táctica, podemos tener certeza de que la primera fue clave tanto en el fracaso ruso como en el éxito ucraniano, al prever acertadamente el calendario y las maniobras del invasor. Conocer de antemano las maniobras de las fuerzas mecanizadas rusas dio a Ucrania una ventaja clave para desplegar el esfuerzo defensivo de una manera extremadamente eficiente.

Ofensiva del Donbás de 2022

A finales de abril, el ejército ruso trató de reorganizarse tras su retirada a Bielorrusia. Rusia aún mantendría la iniciativa estratégica, pero esta vez su objetivo era mucho más humilde: capturar el Donbás, lo que incluía cuatro ciudades aún en poder de Ucrania, a saber: Lysichansk, Severodonetsk, Kramatorsk y Slaviansk.

Durante esta ofensiva Rusia presionó en dos ejes principales. Desde el norte, desde Izyum, se presionó hacia Kramatorsk y Slaviansk, mientras que desde el óblast de Lugasnk se trató de romper la primera línea de fortificaciones a la altura de Popasna con el fin de rodear Lysichansk y Severodonetsk. Entretanto, a medio camino entre ambos objetivos -a la altura de Lyman- también ejercieron presión e intentaron cruzar el río Siversky Donets y establecer una cabeza de puente desde la que lanzar ataques para capturar Slaviansk y Kramatorsk (Cózar y Colom, 2023).

En este periodo, las armas de largo alcance rusas estuvieron presentes y trataron de dañar la retaguardia ucraniana bombardeando vías férreas, puentes y objetivos similares, aunque no lograron un éxito reseñable.

Esta ofensiva se alargó hasta la segunda semana de julio y culminó con un sonoro fracaso, pues sólo el eje de avance de Popasna cumplió su objetivo operacional de romper la línea ucraniana, y amenazar con rodear Severodonetsk y Lysichansk, que tras varias semanas de combates terminarían por ser capturadas, si bien Ucrania logró evacuar sus fuerzas de manera ordenada. Entretanto, el avance desde Izyum fue mínimo, y la defensa ucraniana en los bosques al norte de Kramatorsk cosechó un gran éxito, pues lograron rechazar un audaz cruce del Siversky Donets por más de un batallón mecanizado ruso que terminó masacrado cuando las fuerzas especiales ucranianas lo localizaron y solicitaron artillería de precisión -cortesía de los cañones «Triple 7» de origen estadounidense- sobre la cabeza de puente, masacrando a la fuerza que había cruzado el río (Stashevskyi & Keyton, 2022).

Nuevamente, el dominio psicológico fue fundamental, ya que Ucrania con apoyo de sus aliados -principalmente de Estados Unidos y Reino Unido- logró que la simpatía mediática se tradujera en apoyo militar, a la vez que institucionalmente, el este de Europa y la mismísima Alemania se volcaban en el esfuerzo de guerra.

Fue así como llegaron los obuses M777 de 155 mm con munición de precisión o sobre todo, los lanzacohetes HIMARS que con su alcance de 80 km sirvieron para darle la estocada definitiva a la agotada ofensiva del Donbás rusa (López, 2022).

Entretanto, la aviación rusa volvió a tener un papel meramente testimonial, y toda la campaña estuvo protagonizada por la ya familiar combinación de artillería e infantería con apoyo ocasional de blindados salpicados por un puñado de operaciones mecanizadas regimentales.

Desde que empezara la invasión hasta el final de esta campaña habían pasado cerca de cinco meses de intensos combates, con una diferencia crucial: Ucrania había adoptado la movilización general desde el día 24 de febrero, mientras que Rusia seguía sin hacer lo propio.

Nadie sabe en qué estado se encontraba el ejército profesional ruso, pero lo cierto es que en las filtraciones datadas en febrero-marzo de 2023 se estimaba que sobre unos 160 batallones del ejército profesional, solo una cuarta parte se consideraban “eficaces”, con lo que para agosto de 2022 podemos pensar que Rusia tenía menos de 60 batallones “eficaces” (The Political Room, 2023).

Ofensivas ucranianas de Jarkov y Jersón

Tras aprovechar julio y agosto para prepararse y recepcionar material occidental y munición, los últimos días de agosto Ucrania inició una lenta ofensiva sobre la cabeza de puente rusa en Jersón, en lo que parecía una suerte de batalla de desgaste. Pero no duraría mucho.

Una semana después, los ucranianos abrieron una segunda batalla por sorpresa atacando en el otro extremo del frente en dirección a Kupiansk, y logrando la victoria más impresionante de toda la guerra. En menos de cinco días rompieron las líneas rusas, penetraron más de 40 km, se apoderaron de centenares y centenares de blindados, forzaron una desordenada retirada rusa y ocuparon los vitales cruces de Kupiansk -y sus puentes- e Izyum, eliminando de paso la posición desde la que Rusia amenazaba Kramatorsk y Slaviansk.

Poco después, ante el desgaste del frente ruso y el temor a una derrota, Vladimir Putin ordenó la movilización parcial, mientras que el General Surovikin ejecutó un brillante repliegue en el que abandonó -de manera casi humillante- la ciudad de Jersón y toda su cabeza de puente (Congressional Research Service, 2023: 15).

En ese periodo Ucrania también lanzó una segunda ofensiva de continuación en el norte, saldándose con otro éxito que permitió reconquistar la práctica totalidad del oblast de Jarkov, superar la línea defensiva que planteaba el río Oskil y adelantando la línea del frente hasta los ríos Krasnaya y Zherebets a la altura de la localidad de Zarichne.

En noviembre concluyeron las últimas operaciones exitosas de la ofensiva ucraniana que había empezado dos meses antes.

Invierno de 2022/2023: movilización y generación de fuerzas

Para septiembre el ejército profesional ruso estaba desfondado tras siete meses de combates ininterrumpidos y un grado de desgaste no visto desde la Segunda Guerra Mundial.

Los soldados de contrato o “contraktniki” podían dejar el ejército de manera voluntaria y legal, motivo por el cual una cifra indeterminada de veteranos renunció a su contrato una vez regresaron a Rusia para reconstruir sus unidades tras la Batalla de Kiev, a ello se sumaba el cansancio de las unidades que tuvieron que liderar las distintas ofensivas, y por supuesto, la apabullante pérdida de material que se produjo en el mismo periodo y que determinadas fuentes cifran en más de 5.247 plataformas de todo tipo a fecha de 21 de agosto del 2022 (Oryx, 2022).

No obstante, aunque Rusia no había declarado ninguna clase de movilización, las autoridades ya estaban adoptando medidas para preservar el núcleo de su fuerza y refrescarlo con nuevos reclutas, así, se obligó a muchos “contraktniki” a permanecer en servicio activo, se intensificó la campaña de reclutamiento, se puso en marcha el proceso para devolver al servicio el material almacenado en los viejos depósitos de herencia soviética.

Que la guerra se estaba intensificando no era una sorpresa para nadie, pues también se aprobaron diversos paquetes legislativos en aras de facilitar la coordinación de grandes emergencias por el Ministerio de Defensa, leyes para permitir turnos adicionales en las fábricas (Ismailov, 2023), para forzar a las empresas a firmar contratos con las Fuerzas Armadas en el marco de la Operación Militar Especial, condecoraciones para civiles y militares por su participación en la susodicha operación, etcétera.

Lo más notorio fue que a partir del 21 de septiembre, se hizo evidente que Vladimir Putin había tardado demasiado en rubricar el decreto de movilización, pues en aquel entonces y para crear un frente más sólido, los rusos se vieron forzados a abandonar la cabeza de puente de Jersón, incluida la valiosa ciudad.

Aquél humillante repliegue formaba parte de la estrategia de teatro del General Surovikin, quien gracias a su decisión no sólo acortó el frente un 20%, pasando de más de 1.100 km a 900 km, sino que logró que unos 400 km de dicho frente se apoyaran en la infranqueable barrera del río Dniepr, facilitando así los esfuerzos defensivos en los 600 km restantes.

El propio Surovikin, que actuó como una suerte de Von Model moderno, concibió la enorme línea fortificada que Rusia había de construir en el corredor terrestre, y especialmente en el tramo que va de Vasylivka hasta Polohi, una decisión que a la larga se demostró acertada.

Las medidas del General fueron acompañadas por la rúbrica del decreto de movilización parcial, que pese a ser secreto se filtró -bien que parcialmente- a la prensa (Novaya Gazeta, 2022). Dicho decreto contemplaba una leva de 300.000 hombres, de los que 150.000 “estaban en el frente a las cinco semanas del decreto” y otros 150.000 “recibieron adiestramiento intensivo antes de su despliegue” (MINDEF Estonia, 2023: 4-7). Asimismo, el articulado del decreto autorizaba un reclutamiento a futuro de hasta un millón de efectivos; a los que cabría sumar la recluta voluntaria anual del propio ejército ruso.

En paralelo, se estableció un régimen de movilización parcial de la industria tras diversas reuniones del gobierno con los gerifaltes del complejo militar-industrial con los que se acordó un notable incremento de la producción de guerra en diversos sectores, destacando especialmente la producción de munición de artillería, de misiles y de blindados. Por ejemplo, en materia de artillería se estima que los rusos disfrutaban de (MINDEF Estonia, 2023: 8) 7 millones de proyectiles en sus polvorines y una producción que superaría holgadamente 1,7 millones de disparos de artillería anuales.

Pero junto a la movilización industrial y humana tradicionales se adoptaron otras medidas más heterodoxas pero igualmente relevantes. Para empezar, se recurrió a Irán para obtener determinados equipos y especialmente drones suicida de largo alcance de la clase Shaheed-136, de hecho, se estableció un importante proyecto de cooperación industrial que fructificaría en el verano de 2023 cuando los primeros drones “Geran-2” -la versión rusa del Shaheed-136- atacaron Kiev (Conflict Armament Research, 2023).

En paralelo, se autorizó a la compañía militar privada Wagner PMC -que tan buenos servicios había prestado en África- a iniciar procedimientos de recluta atípicos, incluyendo el uso de mano de obra presidiaria. Todo fuera con tal de generar fuerzas adicionales (Reuters, 2023).

Por último, pero no menos importante es fundamental recalcar la labor de la infraestructura de depósitos y reservas de las Fuerzas Armadas de Rusia, que fueron capaces de poner en marcha blindados y cañones almacenados en depósitos desde hacía décadas para equipar a las nuevas unidades de “moviks” (The Moscow Times, 2023).

En contraposición, los ucranianos, con sus 39 millones de habitantes llevaban en estado de movilización general desde el 24 de febrero, si bien el grueso de su industria había sido aniquilada (Kyiv School of Economics, 2023: 4-8) y su red de depósitos y reservas era mucho más pequeña que la de Rusia, aunque es cierto que se hicieron esfuerzos para engrosar las filas del ejército mediante los voluntarios de la Legión Extranjera de Voluntarios y estableciendo talleres para fabricar drones o naves para poner a punto blindados.

Además, la masa demográfica disponible para Ucrania calló por debajo de los 33 millones de habitantes debido a los 6,2 millones de desplazados en el extranjero (ONU, 2023).

Ya en noviembre de 2023, el gobierno de Zelensky anunció la elaboración de un nuevo “Plan Integral de Movilización” (Interfax, 2023) para aumentar la recluta mediante dos compañías de reclutamiento privadas y diversas medidas para asignar de manera eficiente al personal dispuesto a combatir en el frente y la retaguardia respectivamente.

Aquel mismo mes, Ucrania celebró una iniciativa industrial que buscaba atraer a empresas de defensa de todo el mundo -y de la propia Ucrania- a fin de alcanzar el doble objetivo de regenerar la base industrial nacional por medio del Foro de Industrias de Defensa, y de paso contribuir a aumentar el esfuerzo industrial ucranio -muy maltrecho debido a los bombardeos rusos sobre los complejos fabriles- (Gledhill, 2023).

La ofensiva de Bajmut en febrero de 2023

La ofensiva invernal rusa empezó por el ataque contra la infraestructura energética ucraniana a lo largo del otoño, para lo que se hizo un uso cada vez más intenso de los drones Shaheed-136, a fin de generar dilemas a la defensa aérea ucraniana, que tenía la difícil misión de proteger las infraestructuras críticas y objetivos de alto valor de Ucrania a la vez que proporcionaba un paraguas antiaéreo a las tropas del frente.

En paralelo a esta “batalla de salvas” la Fuerza Aérea Rusa incapaz de obtener la superioridad aérea mediante una campaña de supresión de la defensa aérea tradicional (Zabrodskyi et al., 2022: 2), optó por una estrategia de desgaste en la que buscaba agotar las existencias de misiles antiaéreos ucranianos en el largo plazo, para lo que se usaron estratégicamente los misiles, drones kamikaze de largo alcance y aviación tripulada a fin de provocar dilemas y gastos exorbitados de misiles interceptores ucranianos (Congressional Research Service, 2023: 17).

Sorprendentemente, durante el otoño -unos 2 meses- la batalla terrestre se aplazó y poco a poco los rusos empezaron a recuperar una tímida iniciativa estratégica que usarían para centrar sus esfuerzos en el avance hacia Kramatorsk y Slaviansk, a fin de asegurar el Donbás. En este sentido se planteó un avance poco imaginativo que empezaría por capturar la ciudad de Bajmut, (Congressional Research Service, 2023: 20-21) que sin embargo terminaría monopolizando todos los esfuerzos de la campaña.

Para tomar Bajmut mientras el ejército se reconstruía, se confió en Wagner, que con su habilidad para subcontratar carne de cañón y gracias al apoyo del ejército logró tras medio año de lentos avances asegurar la urbe, no sin antes padecer una despiadada batalla urbana.

En ese mismo periodo de tiempo Wagner pulió -efectuó adaptaciones- sobre las tácticas usadas en la Ofensiva del Donbás del 2022, creando la nueva figura de los destacamentos de asalto, en un claro paralelismo con los Sturmtruppen de la Gran Guerra (Roblin, 2023).

En paralelo, durante febrero y para capturar el sur del Donbás ucraniano el ejército planificó una ofensiva mecanizada que caería sobre la pequeña ciudad de Ugledar, a fin de romper el frente. La acción se saldó con un sonoro fracaso que no logró el más mínimo avance.

En mayo de 2023 Bajmut caería.

Más madera: el apoyo a Ucrania en el invierno de 2023

La Unión Europea y Estados Unidos pusieron en marcha diversas medidas -incluyendo el aumento de la producción de munición de artillería y de misiles antiaéreos-, y sobre todo, Ucrania logró que los aliados de la OTAN comprometieran abundante material blindado con el que equipar a las brigadas ucranianas que liderarían la esperada ofensiva de primavera/verano (Congressional Research Service, 2023: 18).

Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, España, Polonia… El material llegó poco a poco a lo largo del primer trimestre de 2023, pero tan importante como este fueron los programas de adiestramiento que se pusieron en marcha por toda Europa, a fin de entrenar a los ucranios.

Entretanto, el encuentro entre Vladimir Putin y Xi Jinping en febrero garantizaba el respaldo chino a Rusia, la estabilidad financiera del Estado ruso e incluso la iniciativa de paz del país mandarín (Gan, 2023). En ese mismo periodo se produjeron las famosas filtraciones que indicaban que Ucrania se estaba quedando sin misiles antiaéreos, y que se habían generado 12 brigadas para la ofensiva estival, de las que 9 estaban adiestradas por la OTAN y 3 por Ucrania (The Political Room, 2023).

En este periodo, la Unión Europea inició los planes para producir más de un millón de disparos de 155 mm al año (EU Council, 203), favoreciendo los planes de ampliación industrial de las fábricas de municiones del viejo continente, algo parecido a lo que sucedió con la producción de artillería estadounidense y -aunque menos conocido- con las fábricas de calibre soviético en Europa del este.

Finalmente, gracias a la mediación de Estados Unidos, Corea del Sur entregó grandes cantidades de munición a Ucrania, mientras que ese mismo verano Rusia hizo lo propio firmando distintos acuerdos de suministro con Irán (Bennet & Ilyushina, 2023) y Corea del Norte (Faulconbridge & Choi, 2023).

La Contraofensiva: 5 de junio a octubre de 2023

El 5 de junio de 2023 comenzó la esperada ofensiva ucraniana de verano. 5 meses de preparativos, centenares de blindados de origen occidental, decenas de miles de soldados y una apuesta de decenas de miles de millones en juego. Además, como regalo adicional Ucrania recibió bombas planeadoras y sobre todo misiles de crucero Scalp-G/Storm Shadow que disparaban gracias a su escuadrilla de bombarderos tácticos Su-24M que habían sido rápidamente adaptados para tal propósito (Militarnyi, 2023).

Frente a los ucranianos, una formidable defensa de 20 km de espesor en todo el corredor terrestre apuntalada por abundantes reservas, helicópteros de ataque Ka-52 con capacidad de batir objetivos a distancias de hasta 10 km gracias a sus misiles Vikhr y el uso masivo de determinados ingenios, como los lanzadores de minas Zelemdeliye (Washington Post, 2023). Se trataba de la línea Surovikin que el general había empezado a levantar 8 meses antes, tras la retirada de Jersón.

Los ucranianos abrieron tres ejes de avance: el primero y más importante apuntaba directamente al corazón del corredor, a la ciudad de Tokmak, el segundo más importante era el del saliente que se había generado entorno a Velyka Novosilka y apuntaba hacia Mariupol, y el tercero y secundario era el que se centraba en Bajmut, cuya finalidad era forzar a los rusos a distraer tropas en defender una ciudad no estratégica, pero sí muy simbólica.

Las dos primeras semanas de junio los ucranianos quisieron poner a prueba la moral de combate de los “moviks” rusos, la fortaleza de sus líneas defensivas y la capacidad de las reservas del ejército profesional, para lo que lanzaron una serie de asaltos mecanizados en los tres ejes citados, pero especialmente en el primero (The Economist, 2023b). Aunque se lograron ciertos avances en el saliente de Velyka Novosilka, lo cierto es que se pagó un alto precio por ello y a partir de la segunda semana los ucranianos reajustaron su estrategia y adoptaron una suerte de plan be.

Si las líneas rusas eran suficientemente sólidas como para resistir un asalto acorazado tradicional en el que Ucrania se jugaría la victoria al todo o nada en apenas unas semanas, parecía lógico tratar de diversificar el riesgo y contemporizar, lo que se tradujo en forzar una batalla de desgaste buscando debilitar a los rusos hasta el punto de hacer viable la perforación de sus líneas.

Pero los rusos -muy confiados en sus renovadas fuerzas- terminaron por reaccionar con una contraofensiva en diferido, un modo defensivo nominado “defensa activa” en el que Rusia lanzó contraataques constantes en diversos sectores por todo el frente, y muy especialmente al norte, entre Kremina y Kupiansk, a fin de aprovechar la superioridad numérica generada por la movilización parcial.

La contraofensiva rusa provocaba un enorme desgaste propio, pero a la vez imponía notables dilemas al Estado Mayor ucraniano, que hubo de hacer verdadero equilibrismo para dedicar el máximo de brigadas a la batalla del corredor terrestre, mientras guarnecía el resto del frente, no obstante, los rusos obtuvieron un éxito menor al lograr expulsar a los ucranianos de casi toda la orilla oriental del río Zherebets, recuperando de paso varias aldeas y pueblos y forzando un repliegue de Kiev en la otra margen de dicha corriente (Meduza, 2023).

Al menos desde finales de junio, los ucranianos convirtieron su ofensiva en un duelo artillero y de recursos humanos en el que los blindados veían mermada su importancia, especialmente ante la aparición de un número creciente de drones de carreras kamikaze capaces de efectuar una suerte de interdicción a varios kilómetros de distancia.

Para vencer en el duelo artillero los ucranianos obtuvieron acceso a la reserva estadounidense de disparos de racimo de 155 mm DPICM, (U.S. DoD, 2023) y solicitaron los misiles de largo alcance ATACMS, cuya entrega iba de “unas decenas” -como prometía Estados Unidos- a “varios centenares” como pedían las autoridades ucranianas (The Economist, 2023a). Simultáneamente, se insistió en la entrega de cazas F-16, cuya puesta a punto se confirmó en septiembre por parte de Países Bajos y Dinamarca.

Durante la ofensiva ucraniana, la aviación rusa pudo obtener intermitentemente la superioridad aérea local entorno a la margen derecha del río Dniepr controlada por Ucrania, donde Kiev había desplegado menos sistemas antiaéreos que en el corredor terrestre o en las grandes ciudades.

En el periodo que duraba la ofensiva también se produjo el estrambótico pronunciamiento de Yevgeny Prygozhin al mando de su compañía de mercenarios, rebelión que fue sofocada y que desembocaría en la partición y liquidación de Wagner PMC.

Aunque mientras duraron los combates el ciclo de observación y ataque de la artillería ucrania mejoró notablemente, logrando hacer fuegos eficaces en la retaguardia profunda rusa e incluso llegar a interceptar columnas de refuerzos en movimiento, lo cierto es que su éxito se demostró insuficiente como para sortear la derrota, de tal forma que las fortificaciones y la superioridad material y numérica rusa se impusieron.

La Segunda Batalla del Mar Negro

Mientras la ofensiva en tierra fracasó, en el mar las cosas le fueron mucho mejor a Ucrania.

La fabricación nacional de drones de superficie suicida permitió poner en jaque las salidas de las grandes unidades de superficie rusas, que cada vez se refugiaban más en puerto, donde al menos estaban protegidas por las defensas de Sebastopol. Paralelamente, el puente de Kerch resultó atacado y dañado en numerosas ocasiones, y la audacia de los drones marinos ucranios llegaría a golpear a la mismísima ensenada de Novorossyísk, donde un buque logístico de la clase Ropucha fue inutilizado en un ataque (Lister, Butenko & Voytovych, 2023). Entretanto, a partir de julio Rusia confirmó que no renovaría el acuerdo del grano, reimponiendo de facto el bloqueo naval sobre Ucrania.

Fue en este contexto cuando en septiembre las fuerzas especiales ucranias tomaron varias plataformas petrolíferas en pleno Mar Negro y se apoderaron de diversos radares de vigilancia marítima, como un Neva-B (TSN, 2023) cegando así a la alerta temprana del puerto de Sebastopol. De hecho, unos días antes diversas instalaciones de la defensa aérea rusa fueron atacadas con éxito junto al cuartel general de la Flota del Mar Negro.

Inmediatamente después de la hazaña, los drones marítimos y aéreos lanzaron un ataque combinado sobre Sebastopol apoyados por un nuevo “amigo”, los misiles de crucero Storm Shadow, que dejaron fuera de combate al submarino de la clase Kilo “Rostov el Don” (H I Sutton, 2023), y a otro buque de la clase Ropucha, bloqueando de paso los únicos diques secos de Rusia en toda Crimea, y demostrando la vulnerabilidad de los navíos en puerto.

Lo cierto es que los Storm Shadow llevaban tiempo siendo usados para golpear centros de mando en la retaguardia rusa, así como los nodos logísticos y puentes en el límite geográfico de Crimea (Vinograd & Nechepurenko, 2023), pero sin adentrarse en la propia península.

Si los drones marinos y los pequeños drones aéreos ponían en jaque la supremacía naval rusa en el Mar Negro, la llegada de los Storm Shadow forzó a la Flota del Mar Negro a evacuar una parte de su fuerza a la estación naval de Feodosia y a la base naval de Novorossyísk.

En paralelo, Rusia trataba de blindar el Mar de Azov, que se había convertido en la autovía más segura y eficiente para desplazar grandes cargas hasta el corredor terrestre, lográndolo hasta el momento de redactar estas líneas en octubre de 2023.

Por último, pero no menos importante, los buques mercantes Resilient Africa y Aroyat fueron los primeros en disfrutar de un corredor naval temporal abierto unilateralmente por Ucrania (Ben Farmer, 2023), en lo que constituía la primera ruptura en toda regla del bloqueo naval ruso desde que este fuera impuesto en febrero de 2022 (Harmash, 2023).

Segunda parte:  lecciones

Movilización y generación de fuerzas

El número de efectivos es importante, especialmente a medida que se consumen los pequeños ejércitos profesionales en tiempo de paz, una lección que han notado ambos ejércitos.

En el caso ucraniano la movilización general se decretó el mismísimo día 24 de febrero, ya que para detener al potente ejército ruso era necesario un esfuerzo nacional, en este sentido la Guardia Nacional y los territoriales, así como los reservistas y reclutas forzosos del ejército regular tuvieron un papel muy importante para frenar la invasión rusa pero sobre todo, permitieron a Ucrania crear un pie de ejército con el que resistir los meses posteriores.

En el caso ruso, se ha achacado el fracaso de la invasión inicial a una cifra de tropas -supuestamente- baja como para vencer en un país tan extenso como Ucrania, aunque quizás fue incluso peor la incapacidad de Moscú para ordenar la movilización en los meses inmediatamente posteriores a la derrota de Kiev.

La tardanza de Vladimir Putin para movilizar, y su empeño en lanzar la ofensiva del Donbás de 2022, a costa de quemar a sus fuerzas, llevaron a que en septiembre los ucranianos lograran una brillante victoria ofensiva en Jarkov, a la vez que los rusos se veían forzados a adoptar duras medidas para rectificar la línea del frente y hacerla más defendible, caso de la retirada de Jersón.

La llamada “movilización parcial” de Rusia supuso la recluta -en teoría- de 300.000 hombres y fue acompañada de los inestimables trabajos de Wagner PMC, la compañía privada que ofreció al Kremlin los mejores servicios para “subcontratar” el reclutamiento, llegando incluso a “arrendarle” un sector del frente en Bajmut.

Nadie sabía cuan efectiva sería la campaña de reclutamiento rusa, pues a esas alturas Ucrania llevaba en estado de movilización general desde febrero, lo que implicaba que disfrutaban de 7 meses de ventaja sobre sus adversarios.

Tras la movilización el frente se estancó durante varios meses y el ritmo de las operaciones se redujo, pero a poco a poco, a medida que los rusos incorporaban más y más fuerzas, Moscú empezó a recuperar la iniciativa estratégica, centrándose en capturar la ciudad de Bajmut para luego tomar las capitales del Donbás ucranio en Slaviansk y Kramatorsk.

¿Cómo es posible que con una movilización parcial de sólo 3 meses Rusia pudiese reponer y superar todo lo generado por Ucrania en 10 meses de movilización general y ley marcial? Es difícil explicar el motivo de este hecho, ya que, a tenor de los 39 millones de habitantes de Ucrania en aquel momento, deberían haber logrado generar una inercia tal que una mera movilización parcial rusa hubiese sido insuficiente, no ya para recuperar la iniciativa, sino siquiera para defenderse. En este sentido, cabe recordar el modelo de movilización soviético que sacrificaba la operatividad de las unidades y el equipo en favor de una respuesta a largo plazo más potente y capaz de poner más “divisiones” sobre el campo de batalla, y es que el modelo ruso a medio camino entre un ejército profesional europeo y un ejército de recluta de la Guerra Fría había mantenido una infraestructura en tiempo de paz con una propiedad clave: la escalabilidad (Thee, 1989: 84-85).

Efectivamente, el ejército ruso estaba acostumbrado a efectuar al menos dos levas anuales -la de otoño y la de primavera- con más de 100.000 reclutas cada una, que se sumaban a las fuerzas del ejército profesional (Stepanenko, Kagan & Babcock-Lumish, 2022), por lo que contaban con infraestructuras, instructores y medios logísticos como para incrementar el tamaño del ejército en unos meses, de hecho,  miles de blindados almacenados en depósitos de la Guerra Fría fueron rápidamente puestos en servicio y entregados a las unidades de movilizados, y al ejército profesional que estaba reconstruyéndose.

En cambio, en el caso ucraniano, la incapacidad para escalar el tamaño de su ejército al ritmo necesario probablemente se debió al pobre estado de esa misma infraestructura de reclutamiento en tiempo de paz, mucho menos engrasada que su contraparte rusa, por lo que una vez empezó la guerra -con los efectos que ello entrañó sobre la calidad y disponibilidad de instructores, las plantas de reparación de la industria o los depósitos de equipamiento- la escalabilidad del ejército fue mucho más lenta que la de los rusos.

La movilización ha demostrado ser estratégica en el dominio terrestre, sin embargo cabe argüir que no ha sido el caso en el dominio naval o aéreo, en el que la naturaleza técnica de sus misiones exigía de personal adiestrado que debía buscarse en la “reserva” de exmilitares profesionales, que podríamos asemejar a nuestra “reserva de alta disponibilidad”.

Por tanto, existen aquí dos lecciones de cara a la generación de fuerzas: en primer lugar, que el ejército profesional solo puede resistir un desgaste limitado antes de tener que efectuar una movilización. En el caso ruso, su ejército profesional pudo resistir durante 7 meses sin una leva forzosa.

El anterior párrafo apunta a una lección aprendida en las guerras mundiales que parecía haberse olvidado en las últimas décadas (Georgii Samoilovich, 2013): los ejércitos profesionales necesitan de una gran reserva para resistir conflictos largos.

La segunda lección sirve para poner en valor la existencia de una infraestructura de reclutamiento permanente, acompañada por una red de depósitos con material abundante, por mucho que esté obsoleto. Gracias a ambos factores un ejército puede formar soldados y equipar unidades a un ritmo muy alto, en cambio, si dichos preparativos no se han efectuado en tiempo de paz, la capacidad de generación de fuerzas será pequeña y llevará meses -e incluso años- engrasarla.

Aliados e industria

Casi en paralelo a la generación de fuerzas y tras superar el primer año de guerra ha sido obvio que para sostener el conflicto no bastaba con proveer material almacenado, y que por tanto era necesario aumentar la producción militar.

Indudablemente, las categorías que han resultado más críticas -y en las que se han centrado los esfuerzos industriales de ambos contendientes- ha sido la munición de artillería y sus componentes asociados, así como la munición aérea de largo alcance y de precisión para Rusia, y la de misiles antiaéreos para Ucrania.

En este sentido, tanto la Unión Europea como Estados Unidos han efectuado una importante inversión en materia de ampliación industrial y desembolsos para adquirir y fabricar un número creciente de proyectiles de artillería -¡un millón en un año quería producir la UE!- si bien, ha sido inevitable recurrir a los restos de la industria de herencia soviética en Europa del este para sumarse a este esfuerzo, y pese a lo anterior, ha sido imprescindible recurrir a la compra inmediata de municiones de terceros, caso de Corea del Sur, principalmente.

Con todo, la ampliación industrial ha sido algo lenta por varios motivos, para empezar la no participación directa de la OTAN y la necesidad de decisiones unánimes -o al menos acordadas- han hecho que la dimensión política y burocrática haya consumido mucho tiempo, además, la existencia de pedidos ya en cartera de las industrias -caso de la alemana Rheinmetall- ha impedido entregar toda la producción a Kiev (European Parliament, 2023), y por último, los cuellos de botella de Europa fruto de políticas pasadas o impedimentos ecológicos y burocráticos para la producción de componentes -caso de la pólvora, por ejemplo- ha provocado problemas y retrasos: recordemos que Sudáfrica se negó a vender pólvora a Alemania si esta se destinaba a munición para Ucrania.

En el caso ruso, los incrementos constantes en la fabricación de munición antes de la guerra, sumados a las existencias que se venían acumulando desde tiempos de la Unión Soviética han otorgado mayor comodidad a Moscú, asimismo, la localización de sus fábricas en los Montes Urales -bien resguardados del armamento ucraniano- han sido estratégicos para que Rusia pudiera sostener el esfuerzo bélico por si sola.

La unidad política rusa también ha sido importante, ya que ha permitido un proceso de adaptación industrial impulsado desde el Kremlin que no ha sido posible en la democrática UE, siempre pendiente de un grado de acuerdo que cuesta alcanzar. De hecho, el Kremlin gracias a los ingresos de los hidrocarburos ha podido elevar el presupuesto de Defensa sin necesidad de provocar grandes sacrificios en la economía de consumo -y por tanto en el día a día de la ciudadanía-.

Con todo, incluso Rusia se ha visto obligada a recurrir a Corea del Norte -a compras inmediatas- para sostener su ratio de consumo a partir del segundo año de guerra.

Eso sí, llegados este punto conviene que hagamos dos grandes apreciaciones relativas a la filosofía industrial soviética y la seguridad de las instalaciones industriales, respectivamente.

La filosofía militar soviética posterior a 1945 se fragua entorno a un sesudo estudio de las lecciones de la Segunda Guerra Mundial, lecciones por otra parte interiorizadas por la ciudadanía y los bureaus de diseño soviéticos de posguerra.

Es decir, que en la mentalidad soviética la capacidad de producir mucho y almacenar mucho recibía prioridad sobre la calidad del producto, asimismo, la facilidad de puesta a punto derivada de la simplicidad o el almacenamiento de enormes cantidades de material para un masivo ejército de leva, eran una perspectiva natural.

Es más, la llegada del misil y de las armas nucleares en la década de 1950 dieron una vuelta de tuerca adicional a esta filosofía industrial, ya que en caso de conflicto con la OTAN se esperaba que los complejos fabriles de los Urales sobrevivieran durante poco tiempo, por lo que lo fundamental era haber dejado fabricado todo el material posible.

Que esa filosofía ha sido clave para ambos bandos es una cuestión de hondas implicaciones que exige un profundo estudio, pero resulta claro que la capacidad para absorber la pérdida de miles de blindados por parte de Rusia -y de seguir reparando material a gran velocidad- son impensables en Occidente, asimismo, la simplicidad de mucho de su material -caso de la artillería de tubo- les ha permitido compensar las bajas sufridas, así como contar con piezas de repuesto en abundancia.

En el caso ucraniano, habida cuenta de su magra inversión en Defensa -apenas el 2% de su PIB en 2021- resulta sorprendente que pueden haber combatido durante un año disponiendo de cerca de un millar de carros de combate -principalmente T-64-, así como blindados BMP-1 y 2 o misiles de largo alcance para el sistema S-300, cuyas líneas de producción solo existen en Rusia.

Es decir, si España hubiera tenido un conflicto serio ¿tendríamos blindados almacenados y sencillos de poner a punto como para igualar a una Ucrania que gastaba una fracción de nuestro presupuesto militar?

La segunda cuestión tiene que ver con los bombardeos constantes de Rusia sobre la industria pesada ucraniana, y la dificultad de construir centros fabriles a tiro del armamento de largo alcance adversario. La industria ucraniana era fácil de atacar, la rusa en los Urales, no. ¿Hay alguna posibilidad de remediar esa vulnerabilidad?, ¿es posible dispersar la producción de la industria pesada? ¿Es posible ocultarla hoy día? ¿Acaso se pueden buscar productos sustitutivos cuya producción sea dispersable?

Durante esta guerra ha quedado patente que, si tu industria está a tiro, es difícil que sobreviva, por lo que la necesidad de tener aliados y oferentes de material es imperiosa, tanto para reubicar las fábricas como para efectuar adquisiciones urgentes, y esto último ha sido tan vital para Ucrania, como para Rusia lo ha sido el contar con complejos de fabricación bien seguros en los Urales.

Para compensar la vulnerabilidad de la industria, cabe plantear iniciativas de toda clase, desde evaluar que bienes podrían ser producidos de manera descentralizada, hasta construir excedentes destinados a depósitos de larga duración, pasando por acuerdos de cooperación industrial en terceros estados, plantear el uso de fábricas embarcadas, estudiar los ajustes en la cadena de suministros global y el acceso a los mercados civiles y militares en caso de conflicto…

Pero junto a las medidas de carácter industrial, no podemos olvidar que estas son inviables si no existen socios, aliados o como mínimo países neutrales dispuestos a satisfacer -a menudo con urgencia- las necesidades más elementales.

Por lo pronto, podríamos apuntar que la primera solución obvia a este problema pasa por buscar cierta “sobreproducción” de equipos fáciles de poner a punto en tiempo de paz y al objeto de que puedan ser usados hasta 50 años después.

Defensa aérea

Rusia cuenta con una importante potencia aérea que se reparte entre la fuerza aérea, la aviación del ejército, la aviación naval y la aviación estratégica, es difícil establecer “rankings”, pero con más de 1.033 aviones de combate -entre los que se incluye más de un centenar de modernos Su-35-, 213 bombarderos (The International Institute for Strategic Studies, 2022).

Con semejante aviación podemos asumir que de haber podido aplicar su potencial sobre Ucrania, Rusia habría obtenido la victoria de manera casi indiscutible, sin embargo, eso no ha sucedido, ya que en ningún momento de la guerra Rusia ha disfrutado de la supremacía aérea, hecho que se debe a la eficacia demostrada por las unidades antiaéreas ucranianas.

Aunque numerosas bases de unidades antiaéreas fueron golpeadas el primerísimo día en la primera oleada de misiles -logrando un cierto desconcierto-, el mayor aliado de Ucrania probablemente fue la propia defensa aérea rusa, que con un cielo repleto de aparatos rusos corría un enorme riesgo de fratricidio, evidenciando de paso que la coordinación aérea-antiaérea exige de un elevado número de ejercicios que en Rusia probablemente no se alcanzaba. Ello explicaría la eficacia de los drones Bayraktar -limitada sobre todo a los primeros días del conflicto, cuando la falta de integración rusa les permitió operar con cierta impunidad, hecho que no se repetiría con la misma magnitud en ninguna otra fase del conflicto.

Otro de los problemas achacados a la aviación rusa fue una doctrina muy primitiva en materia de supresión de la defensa aérea, y una panoplia de misiles antiradiación y equipos de guerra electrónica también atrasada en comparación con la de Estados Unidos, a ello cabe sumar la escasez de armamento de precisión y de tipo “stand-off” lo que forzaba a adoptar perfiles de vuelo en misión más seguros pero de menor eficacia, al sacrificar la precisión en favor de la supervivencia.

Hubo excepciones a lo anterior, y claro está, la defensa aérea ucraniana no salió indemne del primer mes de la guerra, pero gracias a la movilización general, las generosas reservas prebélicas herederas de la filosofía militar-industrial soviética y las donaciones aliadas permitieron activar un buen número de sistemas de largo, medio y corto alcance que anularon la ventaja aérea rusa.

Desde 2022 se ha producido una cierta adaptación por parte de Rusia: de un lado han intentado desfondar a Ucrania mediante una presión aérea, de misiles y de drones que abarcaba toda la frontera bielorrusa, rusa, la frontera marítima e incluso la posibilidad de misiles disparados desde los submarinos de la clase Kilo que atacaban desde la retaguardia, desde la frontera moldava.

Esta presión ha podido ser completa gracias a la adquisición y posterior fabricación bajo licencia de drones iraníes de bajo coste -caso del Saheed-136 y de su variante rusa, el Geran-2- de hecho, la carestía de misiles antiaéreos para los S-300 obligó a Occidente a comprometer abundantes cantidades de misiles y sistemas que fueron entregados con urgencia en la primera mitad de 2023.

Indudablemente, la capacidad para organizar una defensa aérea integrada, con baterías en abundancia -por obsoletas que fueran- y redundantes ha sido clave, con todo, la aparición de drones de diversos alcances y bajo coste -muy inferior al de los misiles interceptores- fuerza a buscar métodos de interceptación más económicos que los actuales, optando por artillería antiaérea, aviación tripulada haciendo uso de su cañón o de misiles de corto alcance, o en un futuro el uso de cañones láser o de drones interceptores que permitan lidiar con grandes cantidades de aparatos.

En paralelo a lo anterior, la necesidad de integración y automatización del conjunto de la defensa aérea y de esta con la aviación resulta fundamental, aunque sin olvidar que sin ejercicios constantes y realistas, tal integración es inviable -por mucho material que se compre-.

En particular, un campo de batalla tan saturado de aeronaves no tripuladas, proyectiles y similares en un contexto de ofensiva terrestre exige un esfuerzo adicional del que siempre ha supuesto la cobertura antiaérea de una fuerza mecanizada tradicional, destacando en particular la defensa aérea de corto alcance en la que derribar drones puede ser una tarea tan antiaérea como derribar misiles antitanques lanzados desde cazas, municiones de mortero o helicópteros de combate.

Guerra naval asimétrica

¿Cómo es posible qué la superioridad de la armada rusa fuese insuficiente para permitir lanzar asaltos anfibios y mantener el bloqueo naval más allá del otoño de 2023 dada la superioridad material de la que gozaba?

Para empezar, cuando estalló la guerra Ucrania apenas podía contar con un puñado de embarcaciones de escaso porte armadas con cañones automáticos, dragaminas, así como con algunos drones Bayraktar TB2 turcos mejorados y los distintos destacamentos de las fuerzas especiales y un reducido número de misiles antibuque casi en la etapa de prototipo llamados “Neptune”.

Pese a tan escasa fuerza fue suficiente para evitar un bloqueo naval cercano durante los primeros días de la guerra, y además disuadieron a la escuadra de superficie rusa de aproximarse al litoral del Mar Negro para proveer fuego de apoyo naval o bombardear la costa mediante sus cañones, así como de intentar un asalto anfibio.

Si con la superioridad de la que disfrutaba Rusia no pudieron aproximarse al puerto de Mykolaiv u Odesa para lanzar un asalto anfibio o apoyar a las fuerzas de tierra mediante la artillería naval, resulta claro que no hizo falta mucha “exhibición” de poder defensivo para disuadir a una escuadra mucho más poderosa de aproximarse a la costa, pese a que este goce de una superioridad aplastante.

Por tanto, la primera lección es que, desplegando un cierto número de fuerzas y obstáculos defensivos rudimentarios, tales como minas navales, fortificando las playas y disponiendo artillería terrestre, drones y un cierto paraguas antiaéreo -acompañados con reservas para contraatacar- es posible disuadir a una flota muy superior de aproximarse a la costa.

Este hecho deviene de la asimetría entre el equipamiento tradicional de las grandes marinas y la de los modernos ejércitos de tierra, ya que la construcción naval es tan costosa y lenta como en el pasado, mientras que los medios defensivos son mucho más económicos, cuentan con ventajas tácticas al poder ocultarse en la tierra, por lo que -además- incluso si una flota puede aproximarse a la costa, necesita una potente fuerza para realizar el asalto anfibio y proteger a este último mientras es vulnerable.

Es decir, que el ataque desde el mar exige mucha inversión durante los decenios anteriores a la guerra, así como asumir un enorme riesgo táctico cuando llega la hora de la verdad, mientras que la defensa contra el ataque desde el mar puede incluso improvisarse con medios rudimentarios y que ni siquiera son específicos de la armada, tales como artillería, defensa aérea o fortificaciones.

Este problema está ligado a los éxitos de la guerra naval asimétrica librada por Ucrania -especialmente a lo largo de 2023- haciendo uso intensivo de drones de superficie kamikaze, fuerzas especiales y armas de largo alcance mediante planes minuciosos y bien integrados que permiten golpear tanto a los buques de superficie cuando se hacen a la mar, como a sus mismísimas bases navales, caso de Sebastopol y Novorossyísk.

En el fondo el éxito ucraniano más allá del mérito en la planificación de las acciones se debe a un problema en la naturaleza de las escuadras modernas -y en realidad en las antiguas- y que se resume en la centralización de los activos. Como los buques son grandes y complejos, necesitan instalaciones grandes y complejas, y como estas últimas son caras, es necesario concentrar los escasos grandes buques en bases aún más escasas si cabe, todo lo que constituye un orden de batalla peligrosamente centralizado alrededor de una serie de embarcaciones y de ubicaciones geográficas.

Por si lo anterior no fuera suficiente, el tamaño y complejidad de las embarcaciones es tal, que su reparación, mantenimiento y construcción apenas se puede improvisar durante el conflicto, y sus tempos de producción son tan lentos, que desde la perspectiva de la inversión de recursos en tiempo de guerra no merece la pena dedicarles grandes recursos.

En realidad, este problema lleva resurgiendo intermitentemente con cada nuevo conflicto que involucra grandes navíos de superficie, una cuestión que incluso en la Jeune École nos remite al siglo XIX.

Los buques son aún más caros, las armas aún más baratas, variadas y eficaces, y lo peor de todo es que si en el pasado un acorazado podía embarcar piezas de 300-400 mm contra las que los pequeños obuses de tierra no podían competir, hoy los buques solo pueden repetir ese éxito a partir de los misiles, a distancias de cientos de kilómetros, ya que si estas se reducen, el armamento terrestre y el naval se igualan en potencia de fuego y alcances, con la inmensa ventaja táctica de que en tierra es fácil esconderse.

Las lecciones por tanto son que invertir en preparar fuerzas de asalto anfibio es un lujo que se debe sopesar cuidadosamente, y en su lugar es mejor desarrollar capacidades para efectuar incursiones y golpes de mano puntuales con poca huella logística y necesidad de apoyo naval, aunque se debe mantener la capacidad de desembarcar en playas y puertos poco defendidos, así como usar las fuerzas anfibias para amenazar con un desembarco, aunque quizás por una cuestión psicológica es se debe mantener la apariencia de tener la capacidad de lanzar asaltos anfibios, a fin de poder engañar al adversario mediante fintas y despliegues falsos.

La segunda lección es que las grandes unidades de superficie o submarinas deben preservarse en armadas que deseen operar en aguas azules, en escenarios oceánicos o en mares que provean cientos o quizás al menos mil kilómetros de distancia entre los puertos propios y el territorio enemigo, y se debe reforzar la seguridad terrestre, naval y sobre todo aérea de los puertos.

En cambio, para marinas de aguas verdes, que pretenden operar a gran distancia sin ser oceánicas, así como para las oceánicas que pretenden proyectar fuerzas a tierra, es necesario tratar de inventar una alternativa a la actual filosofía de construcción naval, una alternativa que permita descentralizar el orden de batalla geográfica y de las embarcaciones mediante “bancos” de buques pequeños pero numerosos.

Es decir, que para volver a hacer creíble el asalto anfibio contra una costa adversaria defendida, convendría reducir los costes de esta clase de acción mediante un nuevo modo de proyectar fuerzas: en lugar de un sólo destructor o crucero, varias embarcaciones más pequeñas armadas con pocos misiles y sensores, o para transportar pequeños grupos de infantes y material, pero que al operar en red tengan más probabilidades de sobrevivir y de absorber la pérdida de embarcaciones.

Una posible idea pasaría por crear plataformas navales universales de pequeño tamaño y con un desplazamiento de pocos cientos de toneladas, veloz, marinero en alta mar, pero con espacio y sistemas que permitan instalar y desinstalar sistemas de armas terrestres -como cañones, guerra electrónica o defensa aérea-.

En esta concepción, los grandes buques se limitarían al combate a gran distancia de la base naval y a efectuar labores de “nave nodriza” y centro logístico del banco de embarcaciones menores. 

Nota sobre el autor:

Yago Rodríguez es Graduado en Derecho por la UBU, doctorando en Estudios Estratégicos y director del medio de comunicación “The Political Room”.

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