Contrabando, tráfico de
drogas y la configuración de circuitos institucionales para su protección en
México
Contraband,
Drug Trafficking and the Configuration of Institutional Circuits for their
Protection in Mexico
CARLOS ANTONIO FLORES PÉREZ
Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social -Golfo, México
Resumen: En este artículo se analizó la evolución, a lo largo
del siglo XX, de redes criminales que tenían participación en tráficos ilícitos
-contrabando de armas, bienes y drogas psicoactivas ilegales- en los estados
mexicanos de Nuevo León y Tamaulipas, en la frontera con Texas, Estados Unidos.
A partir de la información contenida en documentos gubernamentales que se
encuentran en el Archivo General de la Nación (AGN) de México, cortes penales
federales de Estados Unidos y fuentes hemerográficas, se muestra el rol central
que tuvieron actores institucionales federales y estatales para consolidar a
estas redes y sus actividades ilegales a través de la garantía a su impunidad.
Estos actores, junto con sus socios en los ámbitos empresariales y delictivos,
configuraron circuitos institucionales para proteger semejantes tráficos y
permitir la integración de capitales ilícitos en la economía formal.
Palabras clave: Circuitos institucionales, Economía informal, Narcotráfico.
Abstract: In this article analyses
the evolution, throughout the XX century, of criminal networks that had
participation in illicit trafficking goods and illegal psychoactive drugs- in
the Mexican states of Nuevo León and Tamaulipas, in the border with Texas,
United States. Based on the information contained in government documents found
in the General Archive of the Nation (AGN) of Mexico, federal criminal courts
of the United States and newspaper sources, I show the central role played by
federal and state institutional actors to consolidate these networks and their
illegal activities through the guarantee of impunity. These actors, along with
their partners in the business and criminal fields, set up institutional
circuits to protect such traffics and allow the integration of illicit capital
in the formal economy.
Keywords: Drug trafficking, Informal
economy, Institutional circuits.
Recibido: 22 de febrero de 2019. Aceptado: 5 de marzo de 2019
Introducción
A finales de los 1950s y principios de los 1960s, Robert
Dahl y C. Wright Mills, distinguidos exponentes de la ciencia política y la
sociología, respectivamente, debatieron sobre la forma en que se alcanzaban las
decisiones políticas en Estados Unidos (Dahl y Levy, 2009). Mientras que Mills
abogaba por una percepción elitista, según la cual, estos procesos eran en
general controlados por una élite de poder (Mills, 2013 [1956]), Dahl sostenía
el argumento de la existencia de una multiplicidad de grupos que ejercían un
proceso complejo de pesos y contrapesos mediados por el gobierno, para
determinar, de manera plural, el sentido último de la decisión (Dahl, 1974
[1961]). La concepción de Dahl fue la más favorecida dentro de ciencia política
estadounidense -su libro Who Governs ganó el Premio Woodrow Wilson de la
Asociación Americana de Ciencia Política en 1962- y, en buena medida, ha
permeado de manera lineal las premisas con las que esa disciplina ha sido
empleada para analizar los procesos políticos de otros países, con la
presunción tácita de Estados y regímenes democráticos-liberales por la mera
celebración de procesos electorales periódicos más o menos competidos. La
noción de que todas las decisiones de interés público son la derivación de
actores y procesos sujetos a reglas de pluralidad, legalidad y visibilidad ha
penetrado con frecuencia estos análisis, que suelen dar por sentada su vigencia
sin mayor cuestionamiento.
Décadas después, autores como Charles Tilly
(1985) realizaron otros análisis sobre el Estado, en los que éste aparece
lejano a semejantes premisas ideales. Según este enfoque, el Estado, en su
dimensión histórica, no ha surgido como resultado de un pacto civil, sino de la
gradual consolidación del monopolio de la violencia de actores que no persiguieron
necesariamente un interés público, sino el beneficio sustantivo de sus propios
intereses y de aquellos que se les asociaron en el financiamiento de sus
pretensiones guerreras. No en balde, comparó esta lógica de construcción del
Estado con la propia de la delincuencia organizada. Desde este enfoque, las
estructuras de regulación que el Estado articula no necesariamente constituyen
una garantía de igualdad en la aplicación de la norma, sino elementos
discrecionales que permiten la continuidad de ese beneficio sesgado hacia
grupos y actores específicos.
La incorporación de un enfoque más descarnado del
Estado, que recupera el análisis de la constitución y evolución de alianzas
específicas de grupos de individuos para beneficiar sus propios intereses en
función de su control de circuitos institucionales regulatorios, puede brindar
nuevos elementos a la comprensión de hechos que muestran profundas
contradicciones respecto a lo que formalmente cabría esperar de un Estado que
funciona en condiciones propias del tipo liberal-democrático ideal. Es el caso,
por ejemplo, de la protección y el auspicio de actividades prohibidas, por
parte de aquellos actores institucionales formalmente encargados de
reprimirlas. Tal contradicción pone en entredicho el apego a la legalidad, el
sentido de la regulación y el interés público que se persigue con la gestión
institucional de semejantes funcionarios.
La constatación de semejantes procesos suele
escapar al escrutinio público: quienes participan en ellos procuran evitar su
visibilidad, como medida imprescindible para evitar presiones sociales que
clamen por su castigo y permanecer impunes. Esta condición ha representado una
dificultad para el análisis politológico más difundido en la actualidad para
adaptar premisas y metodologías para comprender y analizar semejante fenómeno.
Aquellas corrientes de la ciencia política que privilegian la aplicación
exclusiva de métodos cuantitativos para indagar hechos susceptibles de ser
medidos en función de preferencias, percepciones y/o correlaciones estadísticas
suelen pasar por alto estos hechos o sugerir que no pueden ser analizados
“científicamente”.
Otra metodología de la disciplina puede ofrecer,
en cambio, elementos de análisis relevantes para la comprensión de hechos
semejantes. En las páginas siguientes, desde el enfoque del institucionalismo
histórico, se analizará evidencia sobre un caso mexicano, referente a la
articulación de redes de poder que medraban de actividades formalmente ilegales
-el contrabando y el tráfico de drogas- y las protegían a partir de su rol e
influencia institucionales, a lo largo del siglo XX.
Un caso de análisis en México
La región noreste de México está conformada por tres
estados: Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. Se ubican en la franja fronteriza
con Texas, en el suroeste de Estados Unidos. La historia de esta región muestra
una fuerte interconexión entre los estados que la integran, que traspasa no
sólo los límites de la división política interna, sino incluso las propias
fronteras nacionales, por los estrechos lazos con grupos y comunidades texanas.
A lo largo del tiempo, la región noreste de
México ha sido un punto de internamiento del contrabando de armas y bienes
comerciales de origen estadounidense, al tiempo que es también una plataforma permanente
para la introducir en ese país otros bienes que han estado sujetos a regímenes
restrictivos: primero alcohol, y después drogas psicoactivas.
Entre las redes criminales más poderosas que
operaron el tráfico ilícito de sustancias en esta región, una de ellas fue
bautizada por los medios de comunicación como el Cártel del Golfo, hacia
mediados de los 1990s (Figueroa, 1996)[1]. En los años 1980s y 1990s,
esta estructura delictiva tuvo por figura principal a un individuo originario
de Matamoros, Tamaulipas, de nombre Juan García Abrego, quien junto con otros
individuos de su confianza introdujo grandes cantidades de droga a Estados
Unidos, especialmente mariguana y cocaína.[2] No obstante, esta red
criminal era una derivación genealógica de actores más antiguos que habían
participado en el contrabando de bienes y sustancias proscritas desde los años
1930s, en esa misma región, con el tío de García Abrego, Juan Nepomuceno Guerra
Cárdenas (Juan N. Guerra), como operador más connotado.
Los inicios de esta red delictiva pueden
rastrearse hasta los años de la prohibición estadounidense del alcohol, cuando
algunos contrabandistas aprovecharon para trasladar bebidas embriagantes hacia
ese país y, en el viaje de retorno, armas a México. Estas prácticas se
extendieron a lo largo de los años 1930s, pues la Prohibición perduró en las
leyes estatales de Texas por más tiempo que la cancelación de la Ley Volstead.
A fines de esta década, la constante en su desarrollo era la relación de
protección que proporcionaban de manera discrecional los altos mandos del nuevo
aparato militar surgido tras el triunfo de la Revolución Mexicana, en beneficio
de algunos contrabandistas con los que entablaron relaciones cercanas.
Al paso del tiempo, muchos de estos militares se
convirtieron en comandantes de Zona Militar -la principal autoridad castrense
dentro de cada entidad federativa-, legisladores, gobernadores, altos
funcionarios del ejecutivo federal y poderosos empresarios. A pesar de ello,
mantuvieron su relación irregular con los tráficos ilícitos, como una forma de
continuar enriqueciéndose.
Hacia los años 1950s-1970s, tuvo lugar un gradual
reemplazo generacional, con políticos y funcionarios más jóvenes que
desarrollaron sus carreras bajo el cobijo de los anteriores, heredando de ellos
sus intereses irregulares. Diversos funcionarios, del rango de secretarios y
subsecretarios de Estado en dependencias del ejecutivo federal a cargo de la
hacienda pública, las aduanas, la seguridad y la procuración de justicia,
dieron continuidad a la protección de actividades ilegales y a la configuración
de circuitos institucionales para garantizar impunidad a quienes las operaban
en sociedad con ellos.
A finales de los años 1980s y principios de los
1990s, la red criminal que sería conocida como el “Cártel del Golfo” estaba ya
del todo dedicada al tráfico de drogas; en especial de cocaína sudamericana
hacia Estados Unidos. Y una vez más, contó con el apoyo de una nueva generación
de funcionarios: los herederos de los actores que brindaban semejante
protección en la etapa precedente, a veces vinculados con ellos por parentesco
directo.
1930s-1960s
Al término de la década de los 1930s, México enfrentaba
el riesgo de un nuevo estallido de violencia, apenas un par de décadas después
del término de la Revolución. El gobierno del General Lázaro Cárdenas había
aplicado los postulados de distribución de la tierra contenidos en la reforma
agraria y nacionalizado la industria petrolera en el país. Tales medidas
causaron un choque directo de la administración con los intereses de los
sectores más conservadores de la sociedad mexicana: empresarios que habían
alcanzado su bonanza original antes de la Revolución, compañías petroleras
extranjeras, e incluso con generales revolucionarios enriquecidos a partir del
reemplazo de la antigua élite porfirista.
Entre los primeros, el grupo más recalcitrante y
poderoso estaba asentado en Monterrey, el polo industrial del norte del país.
Su núcleo estaba conformado a partir de una red de parentescos que unía a las
familias Garza y Sada, propietarios de la Cervecería Cuauhtémoc.[3] La tensión estuvo al borde
de la ruptura en la sucesión presidencial de 1940. Con la expectativa de
detener y revertir las políticas de Cárdenas, los Garza-Sada y sus aliados en el
noreste del país apoyaron la candidatura presidencial del General Juan Andrew
Almazán, que hasta entonces había fungido como el comandante de la 7ª Zona
Militar, asentada en las inmediaciones de Monterrey (Saragoza, 2008: 166-170).
Pretendieron alcanzar su propósito no sólo a
través de maniobras políticas y electorales: también pusieron en marcha los
preparativos para una rebelión armada que encaminada a derrocar el gobierno de
Cárdenas. Con este fin, articularon operaciones de contrabando masivo de armas,
enviadas desde Estados Unidos, por la Standard Oil Company de California, una
de las empresas petroleras afectadas por la expropiación cardenista. Una parte
de las armas era destinada a Monterrey y otras ciudades del norte del país. En
el noreste, la introducción de pertrechos bélicos tenía también lugar por
Tamaulipas, en la frontera con Texas, donde algunos militares subordinados de
Almazán participaban en el contrabando. Entre ellos, un personaje que entonces
tenía el rango de Teniente Coronel, de nombre Tiburcio Garza Zamora. Informes
enviados al Presidente Cárdenas identificaban al referido militar como el mando
castrense que controlaba a los contrabandistas en esa región fronteriza (AGN,
LCR, 564.3/10).[4]
Las aspiraciones políticas de Almazán no se concretaron
y los antiguos subordinados militares que habían respaldado su movimiento
buscaron reconciliarse con el oficialismo. En su ocaso, el gobierno de Cárdenas
los reubicó para evitar que mantuvieran sus espacios de poder o los colocó bajo
supervisión de comandantes leales, sin ejercer mayor castigo en contra de
ellos. La administración tampoco hizo mayor esfuerzo por evitar la continuidad
de los contrabandos en las zonas donde tenían lugar, con los que estaban
involucrados los personajes en cuestión; simplemente reemplazó a quienes
operaban como sus reguladores fácticos. El nuevo gobierno, a cargo del General
Manuel Ávila Camacho, permitió que los desafectos se establecieran de nuevo en
sus zonas de influencia y adoptó esta misma lógica de simple cambio de
reguladores fácticos. En la región de interés, informes gubernamentales dieron
cuenta de que el nuevo gobernador de Nuevo León, el General Bonifacio Salinas
Leal, había reemplazado a Tiburcio Garza Zamora en el control irregular de los
contrabandistas y aseguraban que este último había ya perdido su influencia
sobre ellos (AGN, IPS, Box 127, Exp. 30: 32-33).[5] No obstante, Garza Zamora
se convirtió, en los años siguientes, en cercano amigo y colaborador de Salinas
Leal, con quien integró una camarilla de militares y políticos que tuvieron
amplia incidencia sobre los estados de Tamaulipas y Nuevo León en las décadas
siguientes. En 1946, ya concluida su administración en Nuevo León, el General
Salinas Leal fue designado comandante militar a cargo de Tamaulipas, y en esa
calidad mantuvo a Garza Zamora como uno de sus subordinados más cercanos. En
ese encargo, Salinas Leal suplía a otro de sus amigos, el General Anacleto
Guerrero Guajardo, a quien había sucedido también como gobernador en su natal
Nuevo León (El Norte, 1946: 1).
En 1946, el gobierno de Miguel Alemán Valdés, un
civil con formación de abogado, marcó el final de las presidencias encabezadas
por militares. Múltiples fuentes muestran la participación de su círculo
inmediato en diversas prácticas de corrupción. Por ejemplo, según documentos de
agencias del gobierno estadounidense, personajes que mantenían una estrecha
amistad y sociedad con Alemán estaban involucrados en el tráfico de drogas. Era
el caso de Carlos I. Serrano, Enrique Parra Hernández o Jorge Pasquel (Niblo,
2001: 178, 212-215 and 344-347; NARA, DEA, SFBNDD, RG 170 Box 22; NARA, DEA,
SFBNDD, RG 170 Box 23).[6]
En 1947, el Presidente Alemán maniobró, a través
del referido Carlos I. Serrano, para derrocar al gobernador de Tamaulipas y
reemplazarlo con quien entonces fungía como Subsecretario de Defensa, el
General Raúl Gárate Legleu. En ese estado, Alemán, Serrano y Gárate Legleu se
aliaron con el Comandante de Zona Militar, Bonifacio Salinas Leal y su
subordinado Tiburcio Garza Zamora, a cargo del puesto militar en Reynosa,
Tamaulipas. En conjunto, controlaban a la administración, el congreso y el
poder judicial de la entidad federativa. Este control se tradujo, por ejemplo,
en el nombramiento directo, por parte de Alemán, de otros tantos personajes con
quienes tenía amistad o parentesco para encargarse de las oficinas de aduanas
ubicadas en el estado (Flores, 2013: 133-139).
En ese mismo año, en la ciudad fronteriza de
Matamoros, Tamaulipas, Juan N. Guerra, un contrabandista con pésima fama pública,
atrajo la atención de las autoridades y medios de comunicación, tras asesinar a
su esposa (El Mundo, 1947: 1; Noticiero, 1947: 1; Brownsville Herald, 1947: 1).
A pesar del testimonio de los testigos
presenciales del asesinato, Juan N. Guerra fue liberado por las autoridades
judiciales estatales. Sus relaciones con las mismas eran notables. En 1956, un
cercano colaborador del exgobernador Gárate Legleu, el juez Venustiano Guerra,
futuro presidente del congreso estatal y del comité estatal del partido
oficial; Partido Revolucionario Institucional (PRI) estuvo presente en la boda
de una hermana de Guerra (Noticiero Diario de la Tarde, 1956: 5). Un año más
tarde, Guerra figuraba entre los invitados a la fiesta de cumpleaños del
excomandante militar en Tamaulipas y exgobernador de Nuevo León, el General
Anacleto Guerrero. En el convivio, departió con el nuevo comandante militar de
la entidad, General Domingo Martínez, con el General Tiburcio Garza Zamora; con
el jefe de la Oficina Federal de Hacienda de Reynosa, Guillermo García; con
oficiales de Aduanas, como Francisco Yarritou; con el alcalde de Monterrey,
José Luis Lozano, y otros integrantes de los gobiernos del estado, e incluso de
la administración y el legislativo federales (El Porvenir, 1957: 2).
En 1960, un informe escrito por el Coronel Manuel
Rangel Escamilla, Director Federal de Seguridad –una institución federal
dedicada a tareas policiales y de inteligencia de la época– establecía que Juan
N. Guerra y su hermano, Roberto Guerra, estaban considerados como los más
conspicuos contrabandistas de armas, bienes comerciales y drogas psicoactivas
en el norte del país (AGN, DFS, Versión pública del expediente de Octavio Villa
Coss: 9-16).
Roberto Guerra ejerció una participación política
más visible: encabezó una organización local del PRI que maniobró, junto con el
General Tiburcio Garza Zamora, para apoyar la precandidatura de Raúl Morales
Farías –el abogado de Juan N. Guerra– al gobierno de Tamaulipas. Roberto Guerra
Cárdenas formaba parte de la camarilla política integrada por los generales
Raúl Gárate Legleu, Bonifacio Salinas Leal, Tiburcio Garza Zamora y el
empresario Lauro Villalón –un exdiputado federal, banquero y cuñado del General
Aarón Sáenz Garza- según señalaron otros documentos de la DFS (AGN, DFS,
Versión pública del expediente de Raúl Gárate Legleu: 10-21). Esta camarilla
apoyó a Praxedis Balboa Gojón, como candidato para encabezar la administración
estatal en el periodo 1963-1969. Tras el triunfo de Balboa, Roberto Guerra fue
designado titular de la Oficina Fiscal del Estado (Solorio, 1997: 360).
En 1960, Juan N. Guerra, había matado de nuevo,
por hechos relacionados con el contrabando. En esta ocasión, la víctima era el
Teniente Coronel Octavio Villa Coss, que se desempeñaba al frente de un
servicio de supervisión de las unidades de vigilancia aduanal. Villa Coss había
detenido un camión que transportaba contrabando de naturaleza incierta: unas
fuentes señalaron que se trataba de café, mientras que otras aseguraron que se
trataba de drogas (El Porvenir, 1960a: 8; El Porvenir, 1960b: 8).
El camión era oficialmente empleado para la
distribución de la cerveza Carta Blanca –el producto emblemático de la
Cervecería Cuauhtémoc, de la red familiar Garza-Sada– y pertenecía a Roberto
Guerra. Los hermanos Guerra y el General Tiburcio Garza Zamora –el antiguo
protector de los contrabandos y participante de la introducción ilegal de armas
para apoyar la rebelión de Almazán– eran todos distribuidores exclusivos de los
productos de esta empresa (AGN, DFS, Versión pública del expediente de Tiburcio
Garza Zamora: 49; AGN, DFS, Versión pública del expediente de Octavio Villa
Coss: 9-16).
El crimen atrajo la atención de los medios de
comunicación locales, e incluso de los nacionales, pues Villa Coss era hijo del
legendario revolucionario Francisco Villa. Desde la ciudad de México se envió
un grupo especial de investigación, integrado por miembros del Estado Mayor
Presidencial y otros oficiales que laboraban para la Secretaría de Hacienda y
Crédito Público, la dependencia a cargo de las aduanas.
Tras un corto periodo de tiempo en que se
adoptaron medidas como censar a los contrabandistas ya en prisión o la puesta
en marcha de campañas para convencer a la población de que entregara a la
autoridad las armas de fuego que tuviera en posesión, el grupo especial se
retiró. Antes de su partida, Juan N. Guerra se entrevistó con ellos, acompañado
de Francisco Castellanos Tuexi, su abogado y antiguo jefe –Guerra se había
desempeñado como agente de policía judicial invitado por un exgobernador
tamaulipeco, designado Procurador General de Justicia del Distrito Federal en
la administración de Ávila Camacho (1940-1946), que también fungió como
administrador de la aduana de Matamoros–. Los militares recomendaron a Guerra
no incurrir en escándalos ni hechos de violencia. Guerra había obtenido un
amparo por parte de juzgados federales en Nuevo León (Noticiero Diario de la
Tarde, 1960b:1 y 3).
Denuncias remitidas a la Presidencia de la
República, informaban que el líder de las actividades de contrabando en la
frontera tamaulipeca era el General Tiburcio Garza Zamora, quien, a lo largo de
las investigaciones por el homicidio de Villa Coss, había mantenido oculto a
Juan N. Guerra en un rancho propiedad del jefe militar, ubicado en el municipio
de San Fernando, cercano a Matamoros (AGN, ALM, 541/248, páginas sin numerar).[7] El informante solicitaba a
la Presidencia el envío de personal investigador de confianza, para que
pudieran corroborar los datos que proporcionaba. La solicitud no fue atendida. De hecho, a
pesar de que la agitación generada por estos eventos condujo a la depuración
del personal en las oficinas de aduanas de Tamaulipas, aquellos que fueron
reemplazados fueron funcionarios que no estaban involucrados en las pesquisas derivadas
de los hechos de sangre. Éstos, por el contrario, fueron ratificados en sus
cargos (Noticiero Diario de la Tarde, 1960a).
Aunque la Dirección Federal de Seguridad (DFS) no
tenía dudas respecto a la responsabilidad de Juan N. Guerra en el asesinato de
Villa Coss, según expuso su director, el Coronel Rangel Escamilla, no
existieron investigaciones adicionales en su contra por el crimen, ni tampoco
se indagaron las denuncias referentes a la protección que le brindaba el
General Garza Zamora. Ninguno de estos hechos evitó que este último fuera
nombrado Comandante de Zona Militar en Chihuahua y, después, en Nuevo León, en
los años siguientes. Para entonces, a pesar de permanecer como militar en
servicio, Tiburcio Garza Zamora ya se había convertido en un acaudalado
empresario: era propietario de la compañía que brindaba electrificación a la
ciudad de Reynosa, de un periódico, de la mayoría de expendios de licores y, en
general, controlaba el aprovisionamiento de bebidas alcohólicas a la zona roja
de la misma localidad. Además, era distribuidor exclusivo de la cerveza Carta
Blanca, producida por la Cervecería Cuauhtémoc (AGN, DFS, Versión pública del
expediente de Tiburcio Garza Zamora: 29-30, 58, 61-62).[8] De hecho, en los años
1950s, fundó en Tamaulipas una institución financiera: el Banco de Reynosa, en
asociación con el General Aarón Sáenz Garza (Diario Oficial de la Federación,
1957: 2-3).
1970s-1980s
En la sucesión presidencial de 1970, la referida
camarilla de militares y políticos apoyaron las aspiraciones del tamaulipeco
Emilio Martínez Manautou, que fungía como Secretario de la Presidencia –una
oficina de apoyo de coordinación y apoyo directo del Presidente de la
República– en el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970). Sin embargo, la nominación
del PRI recayó finalmente en Luis Echeverría Álvarez, Secretario de Gobernación
de esa administración –con funciones equivalentes a un Ministerio del Interior,
de la que dependía orgánicamente la DFS–.
Durante su campaña electoral en el noreste,
Echeverría tuvo reuniones especiales con notables y relevantes figuras de la
política local, incluyendo al General Tiburcio Garza Zamora, ya a cargo de la
7ª Zona Militar, con cuarteles cercanos a Monterrey. En una de esas reuniones,
el candidato hizo referencia a su larga amistad con éste y con el General
Bonifacio Salinas Leal y los ex gobernadores de Nuevo León Eduardo Livas
Villarreal y José S. Vivanco (El Porvenir, 1970: 1 y 11, segunda sección).
Estos últimos tenían estrecha relación con Garza Zamora y Salinas Leal: el
primero fue secretario particular de Bonifacio Salinas (Camp, 2011: 538),
mientras que el segundo alcanzó la gubernatura gracias a su apoyo.
Pocos días después de que Echeverría inició su
mandato, en diciembre de 1970, el delegado de la DFS en Nuevo León escribió un
informe dirigido al director, el Capitán Luis de la Barrera. Informaba de una
reunión celebrada en Cerralvo, para organizar los tráficos ilícitos en la
región, de conformidad con los lineamientos establecidos desde la Primera Zona
Aduanal, con sede en Monterrey (AGN, DFS, Versión pública del expediente de
Lino González Pérez: 9-10).[9]
Entre los asistentes figuraron Juventino González
Ramos, que de acuerdo con la misma fuente acudía en representación del
exgobernador Eduardo Livas Villarreal; también el Capitán Alfonso Domene, quien
fungía como Segundo Comandante de la Primera Zona Aduanal, amigo cercano de su
titular, el Comandante Fidel Cuéllar Treviño. Asistió José Cruz Contreras, quien
se había desempeñado como alcalde de Reynosa. Además, estuvo presente Juan N.
Guerra, a quien el informe describía como un connotado contrabandista, lenón y
traficante de drogas, al tiempo que añadía que había sido contribuyente de la
precampaña del ya referido Emilio Martínez Manautou, en su búsqueda de la
nominación a la candidatura presidencial por el PRI. Como beneficiario de esas
contribuciones económicas, el informe señalaba también a José Juan Domene,
antiguo colaborador de Martínez Manautou y hermano del Capitán Alfonso Domene,
que laboraba en la Primera Zona Aduanal. El reporte señalaba, incluso, que el
titular de la misma, Fidel Cuéllar, era compadre de Juan N. Guerra (AGN, DFS,
Versión pública del expediente de Lino González Pérez: 9-10).
En 1974, la DFS había integrado un grupo especial
para investigar la introducción masiva de armas contrabandeadas, que tenía
lugar a lo largo de la frontera norte. En el mes de julio, el grupo informó
que, en general, la corrupción de funcionarios públicos era una constante a lo
largo de la frontera, hecho que favorecía la continuidad del contrabando. Sin
embargo, añadió que en el noreste esa corrupción estaba organizada con mayor
complejidad (AGN, DFS, Versión pública del expediente de Francisco Guerra: 14).[10]
De acuerdo con el reporte, entre las
instituciones federales afectadas por la corrupción asociada al contrabando y
el tráfico de drogas, se contaba a las oficinas de aduanas y a la Policía
Judicial Federal, que no solamente tenían conocimiento de la operación de los
tráficos ilícitos, sino que les brindaban protección (AGN, DFS, Versión pública
del expediente de Francisco Guerra: 3).
La Primera Zona Aduanal comprendía a los estados
de Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas e incluso San Luis Potosí. Cada uno de estos
estados tenía un Administrador de Aduanas, que dependía de los cuarteles
centrales ubicados en Monterrey. Cada una de las Administraciones de Aduanas en
las mencionadas entidades establecía diversos puntos de revisión en los cruces
fronterizos, en diversas vías de comunicación internas, e incluso en distintas
ciudades ubicadas en su territorio.
El titular de la Primera Zona Aduanal, como se ha
mencionado ya, era el Comandante Fidel Cuéllar Treviño quien, según el informe
del grupo especial de la DFS, se vanagloriaba de haber sido designado por
instrucciones directas del Subsecretario de Investigación Fiscal, Enrique
Cárdenas González y del propio Presidente Luis Echeverría (AGN, DFS, Versión
pública del expediente de Francisco Guerra: 16).
De acuerdo con el reporte, Cuéllar había
establecido un sistema de corrupción institucionalizada. Vale la pena referir
brevemente algunos puntos de su integración. De los cinco comandantes que
supervisaba de manera directa, cuatro habían sido designados por él mismo, mientras
que el restante lo había sido por jerarquías superiores dentro de la Secretaría
de Hacienda –que sólo podían ser el Director General de Aduanas, el
Subsecretario Cárdenas González o el Secretario José López Portillo–. Entre el
círculo de funcionarios cercanos a Cuéllar se incluían oficiales directamente
señalados como partícipes en el contrabando de mercancías y en el tráfico de
drogas. Es de destacar el oficial aduanal Ariel Guerra Barrera –quien fungía
como el asistente personal del Comandante Fidel Cuéllar– y era considerado un
traficante de drogas: era hermano de Héctor Santiago (a) “El Flaco” y Francisco
Guerra Barrera (AGN, DFS, Versión pública del expediente de Francisco Guerra:
16-17), que operaban estos tráficos ilícitos en el municipio de Miguel Alemán,
también en Tamaulipas. El reporte mencionaba también a Juan N. Guerra. Como se
recordará, información previa de la DFS correspondiente a 1970, identificaba a
éste como compadre del Comandante Fidel Cuéllar.
Fidel Cuéllar era también compadre de otro
poderoso contrabandista y traficante de drogas vinculado con Juan N. Guerra. Su
nombre era Juan González (a) El Chapeado, originario de Agualeguas, Nuevo León
(AGN, DFS, Versión pública del expediente de Francisco Guerra: 25-26).
El Comandante Cuéllar había establecido un
sistema clandestino de pagos periódicos a cambio de la protección al
contrabando y el tráfico de drogas: un tráiler cargado debía pagar MXN$8,000
por viaje; una camioneta MXN$6,000 y un automóvil MXN$4,000. De acuerdo con el
informe de la DFS, cada punto de revisión generaba MXN$20,000-MXN$25,000
diariamente, mismos que eran recolectados y distribuidos de manera proporcional
entre el personal involucrado, incluyendo a agentes de la Policía Judicial
Federal y del Ministerio Público Federal, para evitar que investigaran sobre
estas irregularidades en las aduanas. Cuéllar pagaba mensualmente MXN$25,000 al
Visitador General de Aduanas, un funcionario encargado de supervisar que no
existieran prácticas corruptas dentro de la institución (AGN, DFS, Versión
pública del expediente de Francisco Guerra: 18, 21-23).
Más allá de los nombramientos efectuados por
Cuéllar, la articulación de ese sistema superaba a la Primera Zona Aduanal. En
la Ciudad de México, el homólogo de Cuéllar era su amigo Feliciano Guerra,
cercano también al Subsecretario Cárdenas González, quien le nombró en el
cargo. A su vez, Feliciano Guerra tenía como encargado de la vigilancia
operativa a un oficial de nombre Felipe García, que había estado involucrado en
los hechos que condujeron al asesinato de Octavio Villa Coss en Matamoros, en
1960. También era allegado de Juan N. Guerra, quien cometió el crimen, según se
vio con anterioridad (AGN, DFS, Versión pública del expediente de Francisco
Guerra: 19-24).
Aunque el grupo especial de la DFS solicitó
mayores recursos para profundizar las investigaciones, no se ubicó en el AGN
información adicional que permita verificar la continuación de las pesquisas.
Aparentemente el grupo fue disuelto y sus integrantes fueron destinados a otras
tareas.
En contraste, dos años más tarde, en agosto de
1976, la prensa regiomontana consignó una nota donde informó de la celebración
de la boda de la hija del Comandante Fidel Cuéllar, en el municipio de San
Pedro Garza García, una zona privilegiada en el área metropolitana de
Monterrey. Entre los invitados especiales figuraban el aún Presidente Luis
Echeverría –quien fungió como padrino de boda–, Enrique Cárdenas González
–quien había dejado de ser Subsecretario de Investigación Fiscal para convertirse
en Gobernador de Tamaulipas–; el General Federico Amaya Rodríguez, Comandante
de la 7ª Zona Militar en funciones; el exgobernador de Nuevo León, Eduardo
Livas Villarreal; el Director General de Aduanas, Óscar Reyes Retana; la viuda
del General Tiburcio Garza Zamora, fallecido pocos años antes; y Juan N.
Guerra, quien desde mucho tiempo atrás había sido identificado plenamente por
las instituciones de seguridad mexicanas como contrabandista y traficante de
drogas (El Porvenir, 1976: 1 y 8, tercera sección).
De ninguna manera se debe asumir que la DFS
estaba libre de corrupción relacionada con el tráfico de drogas, en esta época.
En 1978, un comandante de la corporación, de nombre Rafael Chao López, generó
un nuevo reporte sobre la operación de estas actividades y las personas
involucradas en la región noreste. A pesar de que este nuevo documento mencionó
a muchos de los traficantes mencionados en el anterior, no señaló a Juan N.
Guerra (AGN, DSF, Versión pública del expediente de Héctor Guerra: 1-6).[11] Su redactor, el Comandante
Chao López, reprimía y extorsionaba a otros grupos delictivos dedicados al
trasiego de drogas, mientras brindaba ya protección a la red criminal liderada
por Guerra, según consta en los testimonios vertidos en el juicio en contra del
sobrino de éste, Juan García Abrego, quien entonces incursionaba en el tráfico
de drogas dentro de la organización de su tío (US v. Juan García Abrego, doc.
336: 132-134 and doc. 338: 29-30).[12]
De acuerdo con el testimonio que rindió en el
juicio en su contra un antiguo colaborador, García Abrego era ya considerado el
principal jefe del tráfico de drogas en Matamoros y otros traficantes tenían
que obtener su permiso para efectuar operaciones de tráfico de drogas en la
zona. Por ejemplo, según esa fuente, García Abrego les cobraba USD$200,000 por
cada aeronave cargada de cocaína que aterrizara en la zona bajo su control (US
v. Juan García Abrego, doc.328: 262-264).
Durante esta época, Juan N. Guerra y Juan García
Abrego tenían una situación cómoda en Tamaulipas, pues Emilio Martínez
Manautou, -el antiguo amigo del primero, que recibía sus contribuciones
económicas en respaldo a sus aspiraciones políticas con miras a la sucesión
presidencial de 1970- gobernó la entidad entre 1981 y 1987. De hecho, en 1984,
el Gobernador Martínez Manautou maniobró para que un sobrino de Juan N. Guerra
fuera designado candidato del PRI a la alcaldía de Matamoros. Jesús Roberto
Guerra Velasco, hijo de Roberto Guerra Cárdenas y primo de Juan García Abrego,
fue presidente municipal de esa localidad entre 1984 y 1987.
Pero para Juan N. Guerra y García Abrego, el
periodo de mayor afluencia estaba aún por venir, en el sexenio del Presidente
Carlos Salinas de Gortari (1988-1994).
1990s
Las dimensiones que cobró la red criminal de Juan N. Guerra
y Juan García Abrego en el sexenio salinista se aprecian en diversa
documentación basada en investigaciones realizadas tras el fin de ese gobierno.
Por ejemplo, en 1995, el Centro de Inteligencia Antinarcóticos (CIAN), un
organismo que dependía del Estado Mayor de la Secretaría de la Defensa
Nacional, redactó un documento titulado “Avances en el Análisis del
Narcotráfico en México”, que se filtró a los medios de comunicación. Reputados
periodistas de investigación publicaron trabajos donde se reproducían diversos
extractos de la información ahí contenida, que daba cuenta de la protección al
tráfico de drogas otorgada por altos funcionarios de esa administración y la
participación de eminentes empresarios en el lavado de dinero procedente de esa
actividad (Boyer, 2001: 116; Veledíaz, 1998: 26-33).
Entre los datos reproducidos en estas
investigaciones se hacía referencia a vínculos añejos entre Juan N. Guerra y el
Secretario Raúl Salinas Lozano, Secretario de Industria y Comercio del gobierno
de Adolfo López Mateos (1958-1964), oriundo de Agualeguas, Nuevo León, y padre
del Presidente Carlos Salinas de Gortari. La amistad entre Guerra y el
funcionario se habría iniciado tras haber sido presentados por un asociado del
primero, nacido en esa misma localidad: un personaje conocido como Juan
González (a) El Chapeado. González, quien era una figura a la que misma DFS
había identificado desde 1972 como un importante contrabandista de armas, con
el nombre de Juan González Flores (AGN, DFS, Versión pública del expediente de
Pedro Canavati, legajo único: 4).[13] Ligado a contrabandistas de
la región de Mier y Miguel Alemán, Tamaulipas, Juan González Flores figuraba
como miembro del consejo de administración de un flamante negocio automotriz
que había sido inaugurado conjuntamente por los gobernadores de Nuevo León y
Tamaulipas en 1960. Integrante de ese mismo consejo era Carlos Salinas Lozano,
hermano del entonces Secretario de Industria y Comercio (El Porvenir, 1960c:
8). El negocio era propiedad de la familia de Germán Barrera González, amigo de
Juan González Flores y, además un personaje que, según reconocía en sus propias
memorias, había iniciado su fortuna como contrabandista de alcohol hacia
Estados Unidos con la protección de los jefes militares encargados de la seguridad
en la frontera norte mexicana (Barrera González, 1972: 9-13 y 44).
Por otra parte, en denuncias enviadas a la
Presidencia de Adolfo López Mateos en contra de los operadores del contrabando,
informantes diversos habían proporcionado incluso el domicilio de Juan González
(a) El Chapeado: Tulancingo #1548, col. Las Mitras, en Monterrey (AGN, ALM,
expediente 564.3/7).[14] Los antecedentes de ese
inmueble, contenidos en el Registro Público de la Propiedad permiten vincular a
un individuo de nombre Juan Manuel González Garza como su propietario
(Instituto Registral y Catastral del Estado de Nuevo León).[15] Resulta interesante que el
padrino de bodas del hijo de este personaje, en agosto de 1973, fuera
precisamente el hermano del secretario Salinas Lozano: Carlos Salinas Lozano
(El Porvenir, 1973: 7C). De manera que, fuera cual fuera el nombre real de Juan
González (a) El Chapeado, el hermano del Secretario de Industria y Comercio del
gobierno de López Mateos –y padre del futuro Presidente de la República en el
sexenio 1988-1994– aparece ligado a ese circuito. Semejante hecho apunta hacia
la confirmación de información publicada en medios impresos, que señalaron la
amistad añeja entre Raúl Salinas Lozano y su familia con actores dedicados al
tráfico de bienes y sustancias ilícitas, desde su paso por esa secretaría de
Estado (El Norte 1995), aludida también en el informe del CIAN al que se hizo
referencia más arriba.
Semejantes relaciones parecen haber tenido
efectos en la administración 1988-1994. Por ejemplo, el antiguo jefe de
ayudantes –que en el argot de la función pública mexicana hace referencia a
guardaespaldas– del Secretario Raúl Salinas Lozano, de nombre Enrique Guinea
Rivero (El Nacional, 1964: 6), fue nombrado Director General de Aduanas, en la
Secretaría de Hacienda y Crédito Público (El Nacional, 1988: 1). Según
información de prensa, en esa posición, Guinea nombró comandantes aduanales que
protegían las operaciones de Juan García Abrego y su asociado, Francisco Guerra
Barrera –parte de la red de contrabandistas de bienes y drogas que operaban en
Mier y Miguel Alemán, Tamaulipas, aludidos más arriba– (Reforma, 1996).
De acuerdo con lo expuesto por testigos durante
el juicio de Juan García Abrego en 1996 –que se tradujo en una sentencia
condenatoria en su contra–, entre estos comandantes aduanales figuraba un hijo
de Francisco Galindo Ochoa, Director de Comunicación Social en el gobierno de
José López Portillo (1976-1982) (US v. Juan García Abrego, doc. 338: 27-29). Un
testigo refirió que García Abrego proporcionaba pagos a un hijo de este
personaje, que fungía como funcionario de la Procuraduría General de la
República (PGR). Además, en el mismo juicio, un agente del Federal Bureau of
Investigation (FBI) que realizó labores de infiltración del grupo delictivo
expuso que gestionó la liberación del referido comandante aduanal hijo de
Galindo Ochoa, a petición expresa de Juan García Abrego, tras que el
funcionario había sido arrestado por un hecho menor en Brownsville, Texas.
Acceder a la petición formaba parte de su estrategia para ganarse la confianza
del jefe criminal (US v. Juan García Abrego, doc. 311: 54-55).
A pesar de que Galindo Ochoa no tuvo un cargo
formal en el sexenio 1988-1994, formaba parte de circuitos políticos y
empresariales directamente ligados a los más altos funcionarios de la época,
incluyendo al Presidente Salinas de Gortari, a su hermano Raúl y al malogrado
candidato presidencial del PRI en 1994, Luis Donaldo Colosio Murrieta, que en
esa administración se había desempeñado como presidente de ese partido y
Secretario de Desarrollo Social. Estos políticos y otros tantos empresarios de
renombre constituían un círculo al que se hizo referencia como el “Grupo de los
Diez”. La participación de Galindo Ochoa puede verificarse en las indagaciones
que la PGR realizó sobre el homicidio de Colosio, en el tomo “Entorno Político
y Narcotráfico” (Procuraduría General de la República, 2000: 147, 322,
328-340).
Más aún, uno de los personajes que ejerciera el
cargo de Subprocurador Antinarcóticos de la Procuraduría General de la
República, durante la fase inicial de la administración de Salinas, Javier
Coello Trejo, fue también explícitamente mencionado en el juicio a García
Abrego como receptor de pagos periódicos que éste le enviaba a cambio de protección.
Según la información contenida en los documentos judiciales del mismo, el
subprocurador recibía los pagos en dinero u obsequios a través de sus
subordinados, como era el caso del Comandante de la Policía Judicial Federal
(PJF) Emilio López Parra y el Director de Enlace y Concertación de la Dirección
General de Investigación de Narcóticos de la PGR, Luis Esteban García Villalón
(US v. Juan García Abrego, doc. 336: 146, 153 y 246-247; también doc. 338:
25-26, 28, y 30-31) –sobrino del banquero Lauro Villalón Garza, integrante de
la camarilla de generales a los que se ha hecho referencia previa, en relación
a los años 1940s-1960s–.
El Presidente Salinas reemplazó al Procurador
General varias veces durante su administración, e hizo lo propio con el funcionario
encargado de la lucha antinarcóticos dentro de la institución. Hacia el final
de su mandato, designó en ese encargo a Mario Ruiz Massieu, quien era hermano
de José Francisco Ruiz Massieu, que en su momento había sido cuñado del propio
Presidente, pues había contraído matrimonio con Adriana Salinas de Gortari (El
Porvenir, 1971: 1 Tercera Sección).
Hacia el final del gobierno de Salinas, en 1994,
ocurrieron diversos hechos de violencia con repercusiones políticas relevantes.
Entre ellos, los asesinatos del candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo
Colosio, y del secretario general de ese partido, José Francisco Ruiz Massieu.
La investigación del segundo de ellos fue encargado a su hermano, el
subprocurador antinarcóticos de la PGR, Mario Ruiz Massieu, quien encabezó una
fiscalía creada con ese propósito dentro de esa institución. Antes de finalizar
la administración, Mario Ruiz Massieu renunció al cargo y declaró que había
existido una conspiración dentro del gobierno para llevar a cabo el asesinato
de su hermano. No obstante, a escasos meses de la conclusión de la
administración salinista, fue detenido en un aeropuerto de Nueva Jersey,
Estados Unidos, con dinero no declarado que excedía los límites permitidos por
las autoridades de ese país. Tras su arresto, el Departamento de Justicia
estadounidense inició un juicio para decomisar los recursos hallados en una
cuenta de banco abierta en esa nación a nombre del exsubprocurador
antinarcóticos mexicano, con fondos que en su mayor parte eran de origen
ilícito, derivados de la protección al tráfico de drogas desde su encargo
institucional (USA v. $9 041 598.68, doc. 1: 2).
En Estados Unidos, Ruiz Massieu había abierto una
cuenta bancaria en diciembre de 1993, aún durante su encargo como subprocurador
antinarcóticos de la PGR. Esa cuenta había recibido múltiples depósitos,
realizados por otro funcionario de la procuraduría encargado nominalmente de
detectar la corrupción dentro de la misma: el Visitador General Jorge Stergios.
En la frontera, Stergios había declarado a las autoridades aduaneras
estadounidenses la introducción de USD$ 416,771 a ese país. No obstante, la
investigación mostró que este monto era solamente el 5% de la cantidad
depositada en la cuenta de banco de Ruiz Massieu y que la cantidad total no
podía derivarse de los salarios devengados por ninguno de los dos
exfuncionarios públicos. Adicionalmente, los fiscales estadounidenses
constataron que Stergios había visitado a ejecutivos del banco que administraba
la cuenta, indagando cómo podría transferir los fondos a otro país sin dejar
huella (USA v. $9 041 598.68, doc. 1: 1-7, 10-11).
Los fiscales estadounidenses reunieron distintas
evidencias para probar el origen ilícito del dinero contenido en la cuenta de
Mario Ruiz Massieu, en el juicio en cuestión. Entre ellas, los testimonios de
testigos colaboradores. Uno de ellos, Marcos Torres, declaró haber presenciado
personalmente el pago mensual de cantidades que oscilaban entre USD$ 15,000,000
y USD$ 20,000,000, que Juan García Abrego enviaba a Mario Ruiz Massieu a cambio
de protección en sus operaciones de tráfico de drogas. Otra testigo
colaboradora era una mujer, que ya estaba bajo custodia del gobierno
estadounidense, tras ser arrestada por la introducción de varios kilogramos de
cocaína, en 1992, en el Aeropuerto Newark, en Nueva Jersey. Su nombre era
Magdalena Ruiz Pelayo. Ruiz Pelayo había sido detenida por operaciones de
tráfico de drogas y entre sus co-acusados figuraba Carlos Enrique Cervantes de
Gortari, primo de Carlos Salinas de Gortari (Los Angeles Times, 1997b). De
hecho, Magdalena Ruiz Pelayo se había desempeñado por varios años como
asistente personal de Raúl Salinas Lozano (New York Times, 1997), el padre de
Salinas de Gortari y suegro de José Francisco Ruiz Massieu, el hermano asesinado
del exsubprocurador antinarcóticos.
Magdalena Ruiz Pelayo aceptó testificar ante la
Corte estadounidense en el juicio para incautar los recursos depositados en la
cuenta de Mario Ruiz Massieu. Incluso, declaró en una prisión federal en la que
se encontraba recluida, ante fiscales del Departamento de Justicia, un agente
del FBI, oficiales de aduanas de ese país y su propio abogado, el 11 de julio
de 1996. Ahí afirmó tener conocimiento directo de pagos personales enviados por
Juan García Abrego a Mario Ruiz Massieu, a cambio de impunidad. Aseguró también
que había entregado personalmente a José Francisco Ruiz Massieu recursos
procedentes del tráfico de drogas, desde la época en que aquel fungía como
Gobernador de Guerrero y hasta que ella fue arrestada, en 1992.
Ruiz Pelayo añadió que había entregado a Mario
Ruiz Massieu, por órdenes de Raúl Salinas Lozano, cantidades que fluctuaban
entre USD$ 300,000 y USD$ 1,000,000. Declaró estar segura de que el dinero
provenía del tráfico de drogas porque había estado presente en múltiples
reuniones en las que se hablaba de aeroplanos empleados para ese negocio y del
ocultamiento de cocaína en latas de chiles. Afirmó que a esas reuniones
asistieron Raúl Salinas Lozano, su hijo Raúl Salinas de Gortari; los hermanos Ruiz
Massieu e incluso Juan García Abrego.
Para los fiscales que representaban al Estado en
el juicio para incautar los depósitos en la cuenta de Ruiz Massieu, el
testimonio de Ruiz Pelayo era clave. Por una vía indeterminada, el documento
oficial donde se transcribía la información proporcionada se filtró a la prensa
mexicana. Extractos del documento -que ya había sido presentado ante la jueza
Nancy F. Atlas, encargada de juzgar el caso y la propia defensa de Ruiz
Massieu- fueron publicados por un semanario nacional (Proceso, 1997). La
transcripción oficial de la discusión que sostuvieron al respecto la jueza
Atlas, la fiscal Melissa Anis y el abogado defensor Tony Canales -el mismo que
defendió a García Abrego en 1996- da cuenta de que la información dada a
conocer por el medio impreso era fidedigna y coincidía con el documento en
poder de la Corte (United States of America v. $9 041 598.68, doc. 125: 16, 18,
29-30).
Dada la filtración, Ruiz Pelayo se mostró
temerosa ante el hecho de testificar en el estrado en contra de Ruiz Massieu,
pues temía por la seguridad de su familia en México. Aunque los fiscales no la
llamaron a declarar, el documento que contenía su testimonio no fue desechado.
El resto de la evidencia que presentaron fue suficiente para convencer al
jurado de que la mayor parte de los recursos depositados en la cuenta de Mario
Ruiz Massieu procedían del tráfico de drogas. Sólo USD$1,100,000 de los USD$9
041 598.68 tenían un origen distinto, según el veredicto que fue entregado a la
jueza Atlas (USA v. $9 041 598.68, doc. 195: 1-7).
Con base en esta decisión, la jueza determinó el
decomiso del dinero ilícito. En el documento donde se expone la sentencia,
observó:
A Conspiracy Existed. The Court finds that
Government proved by a preponderance of the credible evidence that during the
period starting no later than 1990 through at least 1994, a conspiracy existed
to distribute and to sell cocaine and marijuana in the United States by
transporting the narcotics through Mexico and receiving payment for the sales
in Mexico. Co-conspirators included certain officials within the PGR, including
but not limited to Claimant Massieu, his subordinates (including Stergios and
Adrian Carrera Fuentes), Roberto Loyo (who allegedly carried money to Claimant
Massieu), various other named and unnamed officials working within the Mexican
Federal Judicial Police (MFJP) with authority for investigating violations of
and enforcing Mexico's narcotics laws, and other individuals with local law
enforcement responsibilities. Co-conspirators also included various narcotics
traffickers, including Juan Garcia Abrego, Adriano Felix, Amado Carrillo
Fuentes, and individuals who worked for them. While the identities of many of
the coconspirators was not established by the Government, unrebutted testimony
at trial established that numerous officials, from the local police up through
the highest ranks of the MFJP, including the Deputy Attorney General, received
payments of cash in exchange for allowing the traffickers to transport narcotics
during specified periods. The evidence established that the narcotics
traffickers used cash obtained from the sale of narcotics in the United States
to pay these officials (United States of America v. $9 041 598.68, doc. 214:
20-21).[16]
Mario Ruiz Massieu se suicidó mientras permanecía
en custodia de agentes federales estadounidenses, en septiembre de 1999. Apenas
un mes antes de ese suceso, la Corte Federal en Houston, Texas, había iniciado
un nuevo caso penal en su contra, con 25 acusaciones por lavado de dinero
(Texas City Sun, 1999: 6).
Por su parte, Juan García Abrego fue sentenciado
a 11 cadenas perpetuas y multado con USD$ 128,000,000 (Los Angeles Times,
1997a). Permaneció recluido 20 años en una prisión de máxima seguridad, antes
de ser transferido a otra instalación penitenciaria menos dura (San Antonio
Express News, 2016).
En contraste, Juan N. Guerra murió libre, en
Matamoros, Tamaulipas, en julio de 2001. Su muerte fue anunciada por otro de
sus sobrinos, César Dávila, entonces presidente de la Cámara de Comercio de esa
localidad (El Universal, 2001). Aparte de Mario Ruiz Massieu, ningún otro actor
institucional enfrentó juicio por los eventos relatados a lo largo de estas
páginas, ni en México ni en Estados Unidos.
Conclusión
Toda la información expuesta arriba apunta a la
existencia de redes de individuos que comparten intereses legales e ilegales y
trabajan de manera conjunta para hacerlos prosperar a través de acciones
concertadas entre integrantes del poder político, instituciones de seguridad,
empresas y delincuentes en sentido tradicional. Este tipo de operaciones pone
de manifiesto prácticas que van más allá de la mera corrupción administrativa,
en la cual, sólo algunos individuos aislados y de bajo rango aceptan sobornos
para permitir la comisión de algunos ilícitos. Por el contrario, los hechos
relatados muestran una configuración compleja de circuitos institucionales para
la protección de actividades criminales de gran envergadura, durante largos
periodos de tiempo, con la coparticipación de actores integrados en las más
altas jerarquías de decisión, tanto en los ámbitos institucionales
regulatorios, como en empresas que podrían haber ayudado a la integración de
recursos ilícitos en la economía legal.
¿Cuáles son las implicaciones que tiene para un
país el hecho de que aquellos que se han encargado de diseñar y operar los
entramados regulatorios del Estado de Derecho y de la economía, tengan al mismo
tiempo vinculaciones e intereses irregulares e ilícitos que permanecen lejos
del escrutinio público? ¿Más aún, que permanecen impunes ante los mecanismos de
procuración y administración de justicia formalmente existentes, que de facto
se han encontrado bajo su órbita de control? ¿Cómo se puede entender la
coexistencia de una estrategia formal de un régimen punitivo internacional
hacia algunas drogas psicoactivas, con amplios recursos invertidos en
burocracias regulatorias con presencia trasnacional, que no detectan o no
actúan regularmente en contra de acciones como las descritas?
En México, por ejemplo, varios de los actores a
los que apunta la evidencia recopilada han tenido una relación privilegiada con
otros tantos que ocupan las más altas esferas de decisión política y económica
en sus respectivos países, en el mundo global (Concheiro, 1996).
Algunas sentencias condenatorias derivadas de
juicios realizados en la Corte estadounidense permiten atisbar hechos sobre los
cuales las investigaciones no han profundizado o no han resultado en las
consecuentes acusaciones y enjuiciamientos penales. ¿Cómo explicar que
prácticas como las expuestas aquí hayan perdurado por tanto tiempo, si en
distintos momentos ya habían sido detectadas por las instituciones de
seguridad, sin mayor consecuencia? ¿Cómo entender, a la luz de lo anterior, la
insistencia en focalizar las estrategias de seguridad en el descabezamiento de
organizaciones delictivas, limitando la concepción de su liderazgo a sus
operadores directos, sin atender otras ramificaciones como las aquí señaladas?
Es obvio que un artículo de estas dimensiones no
puede ofrecer respuestas a todas estas interrogantes. Pero sí permite mostrar
vacíos cognitivos al respecto. En referencia a lo primero, que las metodologías
más tradicionales de las ciencias sociales que dan por hecho una coincidencia
estricta entre la realidad objetiva y su visibilidad pública pueden ser
insuficientes para analizar funcionamientos institucionales, articulaciones de
intereses y toma de decisiones donde semejante premisa no se cumple. El
principio de la navaja de Ockham sólo tiene sentido ahí donde el objeto de
estudio, sin importar la enorme complejidad que pueda tener, no cuenta con un
propósito específico de falsear los hechos que el investigador intenta
conectar. Esto no ocurre usualmente en el laboratorio, pero es hecho cotidiano
en la indagación de delincuencia organizada, como cualquier fiscal con
experiencia en la materia puede constatar. En este caso, los perpetradores
hacen todo cuanto está en su mano por ocultar su responsabilidad, por
transferirla a otros y por distanciarse de la comisión directa del delito. En
la historia del mundo, las conspiraciones políticas han tenido un lugar
manifiesto. Mostrar hechos que apuntan a una conspiración político-criminal no
equivale a interpretar en función de ello todo hecho político que ocurre en un
país o en el que pudieran intervenir algunos de los involucrados. En tal
sentido, la herencia pluralista de Dahl, que abreva también de preferencias
meta-teóricas, debe ponderarse. Si bien no todo hecho político es producto de
un proceso semejante, hechos como los relatados difícilmente pueden inscribirse
dentro de la lógica de la aplicación objetiva de la ley y la procuración del
interés público. Asemejan más a una acción concertada de actores específicos
para beneficiar sus propios intereses desde las posiciones de poder que
desempeñan que, en el caso de la materia que ocupó estas páginas, ha traído
graves consecuencias para la seguridad de la población mexicana. Negar la
existencia de toda conspiración o la posibilidad de analizarla con rigor,
porque las metodologías en boga no pueden medir sus hechos específicos, ni
realizar con sus datos regresiones estadísticas es, en el mejor de los casos,
ingenuo o estrecho de miras.
En todo caso, información como la expuesta
permite asentar sobre la mesa de discusión aspectos sustanciales para entender
a Estados que funcionan con regímenes formalmente liberales, pero que en los
hechos muestran grandes hiatos frente a sus premisas usuales, como muestra la
existencia de altos niveles de impunidad -particularmente benéfica hacia
públicos o actores determinados- una inaplicación selectiva del Estado de
Derecho y afectaciones notorias por fenómenos delictivos de gran escala.
Nota
sobre el autor
Carlos Antonio Flores Pérez. Doctor en Ciencias
Políticas y Sociales, Maestro en Estudios Políticos y Sociales y Licenciado en
Ciencias Políticas y Administración Pública. Obtuvo estos grados en la UNAM,
todos con Mención Honorífica. Profesor-Investigador en el Centro de
Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) de México,
D.F. Ha sido profesor investigador asociado en la Universidad de Oslo y
profesor visitante en la Universidad de Connecticut. Es miembro del Sistema
Nacional de Investigadores, categoría I. El Centro de Derechos Humanos de la Universidad
de Connecticut lo ha designado Research Affiliate. Su línea de investigación es
la corrupción asociada al tráfico de drogas y la delincuencia organizada.
Profesor-investigador, CIESAS-Golfo, México. cflores@ciesas.edu.mx
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(1997b), “U.S. Trial
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el 2 de abril de 2018].
Noticiero (1947), “Comerciante de H.
Matamoros que asesina a su joven esposa”, 24 de julio, Ciudad Victoria,
Tamaulipas, p. 1.
Noticiero Diario de la Tarde (1956),
“Elegante enlace del señor Edemir Hernández y la señorita Leonor Guerra”, 9 de
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(1960a), “Destituye la aduana a los mejores y escoge a
los peores”, 2 de septiembre, Matamoros, Tamaulipas, pp. 1 y 4.
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(1960b), “Juan N.
Guerra expresa sus deseos de respetar la ley. Acudió hoy ante los militares de
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Proceso (1997), “Un gran jurado en Houston
ventilará lo que puede convertirse en el mayor escándalo narcopolítico.
Testimonios obtenidos por el Departamento de Justicia: Raúl Salinas Lozano, sus
hijos Carlos, Raúl y Adriana, los hermanos Ruiz Massieu y Colosio, ligados a
los principales capos”, 17 de febrero. Disponible en
línea: https://www.proceso.com.mx/174855/un-gran-jurado-en-houston-ventilara-lo-que-puede-convertirse-en-el-mayor-escandalo-narcopolitico, [consultado
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Reforma (1996), “Involucran con narcos a ex vocero
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San Antonio Express News (2016), “After decades at
‘supermax’, Mexican cartel capo gets transfer”, 21 de abril, San Antonio,
Texas. Disponible en línea: https://www.expressnews.com/news/local/article/After-decades-at-supermax-Mexican-cartel-capo-7294747.php, [consultado el
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shot to death”, 24 de julio, Brownsville, Texas, p. 1.
Archivos
AGN (Archivo General de la Nación, México)
AGN, DSF, Versión pública del expediente de Héctor
Guerra: 1-6
DFS, Versión pública del expediente de Francisco Guerra,
Caja 313: 14.
DFS, Versión pública del expediente de Lino González
Pérez: 9-10.
DFS, Versión pública del expediente de Octavio Villa
Coss: 9-16.
DFS, Versión pública del expediente de Raúl Gárate
Legleu: 10-21.
DFS, Versión pública del expediente de Tiburcio Garza
Zamora: 29-30, 58, 61-62.
IPS, Box 127, Exp. 30: 32-33
Presidente Adolfo López Mateos (ALM), 541/248
Presidente Lázaro Cárdenas del Río (LCR), 564.3/10
NARA (National Archives and Records Administration)
DEA, SFBNDD, RG 170 Box 22.
U.S. Federal Courts
United States of America v. Juan García
Abrego, CR. NO. H-93-167-SS, United Stated District Court, Southern District of
Texas, Houston Division.
o
Doc. 311.
o
Doc. 336.
o
Doc. 338.
United States of America v. $9 041 598.68,
H-95-3182, United States District Court, Southern District of Texas, Houston
Division.
o
Doc. 1.
o
Doc. 195.
o
Doc. 214.
[1] En 1996, la periodista Yolanda Figueroa escribió
la biografía delictiva de Juan García Abrego, un trabajo que tuvo por título
“El Capo del Golfo”, razón por la que medios de comunicación e incluso
autoridades comenzaron a denominar así a esta red delictiva, que en otros
momentos era identificada como “Cártel de Matamoros” o “Cártel de Tamaulipas”.
Cabe destacar que, en uno y otro caso, tales etiquetas fueron colocadas por
actores externos a la red delictiva. No fue sino hasta la década de los 2000s
que una nueva red criminal que se desarrolló en la misma región comenzó a
autodenominarse también “Cártel del Golfo”. No obstante, no existe una relación
gestacional directa entre esta última y aquella de la que aquí se trata.
[2] Entre los principales operadores que reconocían
a García Abrego como líder de la red criminal se encontraban Óscar Malherbe,
Luis Medrano, Carlos Reséndez Bertoloucci, José Luis Sosa Mayorga, José Pérez
de la Rosa, Francisco Pérez Monroy y Óscar López Olivares.
[3] Para los propósitos de este trabajo, esta red de
parentescos es identificada como “Garza-Sada”, dado el frecuente entrecruce de
relaciones derivado de la unión original de las familias de Isaac Garza Garza y
Francisco G. Sada Muguerza, en la segunda mitad del siglo XIX y a lo largo de
las décadas siguientes (Vizcaya, 1917: 85). Aunque dentro de la misma hay
familias que explícitamente conjugan ambos apellidos, la red familiar no se
limita a estas últimas.
[4] Ver Informe Confidencial A-2, 16 de agosto de
1939; también, una carta de Francisco R. Rodríguez a Lázaro Cárdenas, 25 de
abril de 1938.
[5] Del Inspector PS-1 al Jefe de Informaciones
Políticas y Sociales, 19 de junio de 1940, Monterrey, Nuevo León.
[6] De A.M. Monroy a Harry Anslinger, 22 de
septiembre de 1946, Phoenix, Arizona. También Memorándum del agente secreto
DJCTE2646987, 26 de enero de 1948.
[7] De celador aduanal anónimo al Presidente Adolfo
López Mateos, 24 de abril de 1960. El rancho Hualala, propiedad de Tiburcio
Garza Zamora, estaba ubicado en San Fernando, no en Reynosa, como señalaba la
fuente.
[8] Memorandos de la DFS, 8 de junio de 1960 y 17 de
julio de 1961. El periódico en cuestión era el Diario de Nuevo Laredo. En la
misma versión pública contenida en el AGN se puede encontrar consultar también
un informe de la DFS con los antecedentes personales del General Tiburcio Garza
Zamora, fechado en 1962.
[9] Ricardo Condelle, delegado en Nuevo León, a Luis
de la Barreda Moreno, titular de la DFS, 28 de diciembre de 1970, Monterrey,
Nuevo León.
[10] DFS Informe “Indicador. Paso del contrabando de
armas, municiones, drogas y mercancías varias”, 2 de julio de 1974, sin lugar.
[11] De Rafael Chao López al Director of Federal
Security, “Se adjunta relación de personas conectadas con el narcotráfico y
contrabando de artículos extranjeros, así como de robo de automóviles”, 24 de
junio de 1978, Ciudad de México.
[12] Testimonio de Francisco Pérez Monroy, 3 de
octubre de 1996, Houston, Texas; y testimonio de Carlos Reséndez Bertoloucci, 1
de octubre de 1996, Houston, Texas.
[13] Informe de investigación, 15 de noviembre de
1972, s. l.
[14] José Pérez Mendoza al Presidente Adolfo López
Mateos, s. f., s. l. La fecha de entrada del documento en las oficinas de la
Presidencia de la República es del 9 de julio de 1963.
[15]Registro Número 516 de 1958, Monterrey, Nuevo
León, México.
[16] Además del subprocurador Ruiz Massieu, las otras
personas mencionadas en la sentencia fueron Jorge Stergios, Visitador General
de la PGR; Adrián Carrera Fuentes, Director General de la Policía Judicial
Federal; Roberto Loyo, integrante de la Policía Judicial Federal. El nombre
“Adriano” constituye un error, en lo que parece ser una referencia al apellido
Arellano Félix, que es el de la familia que encabezaba el tráfico de drogas por
Tijuana, Baja California, México, en esos años. Amado Carrillo Fuentes era otro
poderoso traficante de drogas oriundo de Sinaloa, en la costa occidental
mexicana.