Violencia, victimización y actitud hacia la democracia en América Latina

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Análisis GESI, 6/2018

Resumen: El presente trabajo tiene el objetivo de examinar si existe correlación, por un lado, entre violencia y actitud hacia la democracia y, por otro, entre victimización y actitud hacia la democracia. Para tal fin se toma como ámbito geográfico América Latina y el periodo 2005 – 2015. Los datos acerca de las variables son recabados de las encuestas de la Corporación Latinobarómetro y de la base de datos del Banco Mundial. 

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Introducción

América Latina es la región en paz más violenta del planeta. Sin embargo, las amenazas y riesgos a su seguridad no provienen del exterior, sino de la inestabilidad de sus Estados causada por problemas estructurales como la corrupción, el crimen organizado, la fragilidad democrática, los altos niveles de desempleo, la falta de seguridad jurídica, unos altos niveles de desigualdad y, en algunos países, la pobreza extrema (Castillo Castañeda, Martín Peccis y Ríos Sierra, 2015).

En este sentido, el escenario de violencia en la región no viene determinado por conflictos interestatales, sino por robos, violencia intrafamiliar, secuestros, feminicidios, trata de personas, accidentes de tráfico, homicidios, entre otros (Martín Cubel, 2016). Esta situación suele plasmarse de forma inmediata en percepción de inseguridad personal o sobre la economía, ya sea mediante la falta de inversión o el cierre de empresas. Pero quizá lo más importante sean sus efectos a largo plazo.

Cabe preguntarse qué repercusiones puede tener el clima de violencia e inseguridad sobre la democracia. No sólo en referencia a la erosión de la credibilidad de ciertas instituciones, sino en cuanto al deterioro de la actitud de los ciudadanos hacia la democracia. Hay autores que sostienen que para que una democracia funcione es necesaria una cultura política acorde con ella. En este sentido, los efectos de la violencia y la inseguridad en América Latina sobre la cultura política de los ciudadanos de la región deberían constituir una preocupación.

En línea con lo anterior, Cruz (2000) plantea la idea de que la violencia, el crimen y los problemas de inseguridad que predominan en Latinoamérica, en tanto que afectan la cultura política, constituyen uno de los mayores problemas para la legitimidad de la democracia. Las repercusiones que dichos problemas pueden tener en la política es un tema poco estudiado, como señala Bergman,

Similar changes in the economic and political landscape [of Latin America] would have surely triggered a torrent of books and research interests. Yet, one of the most puzzling questions in the literature is why such a drastic deterioration in public security and rise in criminal activity have not produced a wave of new volumes in the field. (2006: 213).

La elaboración del presente trabajo tiene el humilde propósito de contribuir a paliar esa falta de estudios. Así, el objetivo de las siguientes páginas es el de examinar si la tasa de homicidios y los porcentajes de victimización están relacionados con el apoyo a la democracia y la satisfacción con la misma. El periodo estudiado es 2005 – 2015, y los países escogidos son los 18 en los que la Corporación Latinobarómetro realiza encuestas (excluyendo a España).

El trabajo se divide en cinco partes. En un primer epígrafe se expone la teoría sobre las variables que se suelen utilizar para examinar el estado de la democracia y se revisan algunos estudios de caso en América Latina sobre la incidencia de la violencia y la victimización en la actitud hacia la democracia. A continuación, se detalla la metodología empleada. En un tercer acápite se muestran los resultados de las correlaciones entre variables. En cuarto lugar, se señalan las conclusiones y se termina con un apartado de referencias.

 

Efectos de la violencia y la victimización sobre la cultura política democrática

La calidad de la democracia en algunos países de América Latina aún es baja (Mainwaring y Pérez - Liñán, 2015). Aunque casi todos los Estados de la región han adoptado un sistema de Gobierno democrático, lo cierto es que una gran parte de ellos adolece de una serie de problemas, siendo algunos de ellos potenciales peligros para la democracia. Quizá, los más acuciantes sean la corrupción, la debilidad institucional, la violencia, la inseguridad o el crimen organizado, pero no a todos se les ha prestado la misma atención desde las Ciencias Sociales. No obstante, para examinar el estado de la democracia, se han venido utilizando variables económicas, institucionales y culturales.

Tomando variables económicas, autores como Lipset (1992) o Przeworski (2007) señalan que un país tiene más posibilidades de mantener una democracia cuanto mayor sea su desarrollo económico. En estos estudios se suele utilizar el PIB per cápita como variable independiente. Sin embargo, en algunos casos esta hipótesis se ha visto refutada. Por ejemplo, el Informe 2017 del Latinobarómetro muestra que democracia y desarrollo económico no van en la misma dirección. Hay una menor cantidad de hogares que tienen dificultades para llegar a fin de mes, pero al mismo tiempo se está acentuando el declive de la democracia.

Por otro lado, tomando variables institucionales, autores como Ayala Espino (2002) afirman que la erosión de la democracia obedece a un diseño institucional inadecuado, por lo tanto, la variable principal a tener en cuenta a la hora de estudiar el estado de la democracia son las instituciones. En este sentido, Dhal (2012) señala que la democracia requiere una serie de requisitos para su subsistencia. Estos serían elecciones libres, imparciales y frecuentes, fuentes de información alternativas, libertad de expresión, autonomía de las asociaciones y una ciudadanía inclusiva. Sin embargo, no son pocos los autores que han advertido que el cumplimiento de tales requisitos no asegura la pervivencia de la democracia, sino que, además, ésta requiere de una cultura política que la apoye.

Conjugando los enfoques anteriores, Mainwaring y Pérez – Liñán (2015) toman una serie de variables institucionales y económicas para estudiar el estado de la democracia en América Latina, concluyendo que un mayor nivel de desarrollo, un Estado sólido, un sistema de partidos institucionalizado y un liderazgo prodemocrático son variables que contribuyen a afianzar la democracia. Afirman que, en una gran cantidad de países de la región, la calidad de la democracia aún es baja. Es más, detectan algunos casos[1] en los que la democracia se está erosionando. Es decir, casos en los que se da un proceso de deterioro de la calidad de la democracia de forma sostenida, aunque sin que ello conduzca al establecimiento de un régimen autoritario mediante un golpe abrupto.

No obstante, aunque no dan un tratamiento profundo a las implicaciones que la violencia puede tener sobre los regímenes democráticos, sí que apuntan al socavamiento de las democracia colombiana y guatemalteca por la presencia de actores armados. Precisamente, la existencia en Colombia de la guerrilla, los paramilitares y el narcotráfico son elementos que hacen que el país presente déficits democráticos. Por otro lado, también limitan gravemente la democracia la existencia, en algunas zonas de determinados países de América Latina (como México o Brasil), del crimen organizado y de las respuestas militarizadas por parte del Estado[2].

Adoptando variables culturales, Almond y Verba (1992) fueron pioneros en el intento de construir una teoría sobre la cultura política. Afirmaron que la democracia necesita de unos ciudadanos con una determinada cultura política. El argumento es que un sistema democrático requiere una cultura política acorde con él. Estos autores definen la cultura política como aquellas “orientaciones específicamente políticas, posturas relativas al sistema político y sus diferentes elementos, así como actitudes relacionadas con la función de uno mismo dentro de dicho sistema” (Almond y Verba, 1992: 179). Plantean que la cultura política congruente con la democracia es la cultura cívica, un tipo mixto que combina lo moderno con lo tradicional o, según sus propias categorías, una cultura que mezcla las orientaciones participativas y súbditas. En definitiva, se espera que los ciudadanos se sientan implicados en la democracia y sean parte activa de la misma.

Inglehart (1988) y Diamond (1993) también defienden que las actitudes relacionadas con la cultura política “pueden tener consecuencias políticas fundamentales, estando estrechamente vinculadas a la viabilidad de las instituciones democráticas” (Inglehart, 1988: 46). Aunque la teoría de la cultura política ha sido criticada, sigue siendo un concepto fundamental en el análisis de las democracias. Los factores culturales por sí solos no explican la constitución o el desempeño de un sistema democrático, pero también es cierto que, junto a factores institucionales y económicos, están relacionados con la aparición y persistencia de las instituciones democráticas.

Para superar las críticas recibidas, Almond elabora junto con Binghan Powell (citado en De Cueto y Smolka, 2011), una propuesta en la que la cultura política se entiende como la dimensión subjetiva del sistema político. Éste se divide en tres niveles: sistemas, procesos y estrategias de Gobierno, a cada uno de los cuales les corresponde una cultura. La cultura de sistemas consiste en los juicios, conocimientos y sentimientos con respecto a los funcionarios, a las autoridades políticas, al régimen y a la nación. La cultura de procesos está compuesta por los juicios, conocimientos y sentimientos de los miembros del sistema político sobre sí mismos como actores y respecto al resto de actores políticos. Por último, la cultura de estrategia de Gobierno se refiere a los juicios, conocimientos y sentimientos hacia las políticas externas e internas del sistema.

Teniendo en cuenta lo anterior, y haciendo hincapié sobre la cultura de sistemas, se realiza una revisión de algunos estudios que se han hecho sobre las variables que inciden en la actitud de los ciudadanos hacia la democracia, sobre todo teniendo en cuenta los trabajos que se centran en violencia y cultura política en América Latina. No obstante, debido a la cantidad de variables que manejan, antes es pertinente aludir al estudio realizado por Vargas Chanes y González Núñez (2013), quienes utilizan un modelo multinivel para explicar la satisfacción con la democracia en 17 países latinoamericanos usando variables macro (a nivel país) y micro (a nivel individual). Las variables micro más significativas son evaluación de la economía, satisfacción con la vida, nivel de educación, respeto de los derechos y libertades, percepción por género y tendencia ideológica. La variable macro más relevante es el PIB per cápita real en términos de poder de compra.

Como se ha apuntado anteriormente, trabajos como éste tienen una enorme importancia por la cantidad de variables que se toman en consideración. No obstante, el estudio del papel de la cultura política y la democracia no ha considerado lo suficiente el efecto de la violencia y la victimización en las actitudes de los ciudadanos hacia los regímenes democráticos. La mayor parte de los estudios que se han hecho han versado sobre el impacto del crimen en el desempeño de las instituciones, así como sobre violencia política y democracia, pero la literatura sobre violencia común y democracia no es muy extensa. Puede que esto no sea un problema en países donde los niveles de violencia e inseguridad son muy bajos, pero constituye todo un desafío para América Latina, ya que la violencia transforma la cultura política y afecta a los regímenes democráticos (Cruz, 2000).

Empero, esta idea no es compartida por todos los autores. Así, García Jurado (2006) cree que la cultura política no sólo se compone de lo que la gente piensa, sino de lo que la gente hace. Sin embargo, esta idea es bastante discutible, ¿o es que acaso no hay una pauta cultural previa correspondiente a cada actitud política? Desde un enfoque similar, Tilly & Goodin (2006) afirman que la insatisfacción política no necesariamente es perjudicial para el fortalecimiento o la consolidación de la democracia, sino que depende del tipo de insatisfacción. En las democracias contemporáneas, el atributo esencial de una cultura política emergente es la insatisfacción política (Dalton & Welzel, 2014). Siempre que se dé dentro del respeto a las normas democráticas, el descontento puede conducir a que las autoridades realicen reformas que supongan una mayor profundización de la democracia. Estos ciudadanos son denominados demócratas insatisfechos, cuyos atributos serían: 1) demandan más democracia; y 2) respaldan una serie de valores democrático liberales (Monsiváis – Carrillo, 2016).

No obstante, el presente trabajo se enmarca en la corriente teórica que defiende que, en Latinoamérica, el riesgo para la democracia no viene tanto de la amenaza de un posible golpe militar, sino de la aprobación ciudadana al regreso del autoritarismo como forma de hacer frente a la situación de inseguridad generada por las altas tasas de violencia. Y es que la cultura política tiene un papel esencial en la construcción de una gobernabilidad democrática y en la formación de sociedades democráticas (Lechner, 1997).

La falta de una cultura política democrática puede llevar al deterioro de la democracia en un determinado país, incluso aunque éste cuente con un diseño institucional adecuado y sea próspero económicamente hablando. Berrocal y González (2000) afirman que la cultura política democrática ha de rechazar las soluciones de fuerza para hacer frente a los problemas de una sociedad. Sin embargo, Cruz (2000) sostiene que los elevados niveles de violencia en Latinoamérica lastran el desarrollo de ese tipo de cultura política. Es más, potenciarían el auge de una cultura política autoritaria caracterizada por:

a) una reducción de los espacios públicos de participación ciudadana; b) actitudes autoritarias que postergan el respeto por las libertades civiles y los derechos humanos, […]; c) erosión de la confianza en las instituciones políticas del país; y d) simpatías a favor de liderazgos o regímenes de corte autoritario. (2000: 138 – 139).

En el caso de este trabajo, son los puntos b) y d) los que más interesan. La violencia, la victimización y la inseguridad afectan a los valores y actitudes de orden político, es decir, a la cultura política. Los ciudadanos, buscando hacer frente a las situaciones de inseguridad y violencia que marcan su día a día, pueden llegar a apoyar a líderes autoritarios o incluso a mostrar simpatías por políticas de mano dura que lleguen a socavar derechos y libertades, hipótesis que han quedado confirmadas en algunos estudios.

En este sentido, Pérez (2009) examina la relación entre el crimen y el apoyo a los golpes militares en América Latina, usando la base de datos del Barómetro de las Américas. Exceptuando Brasil, Bolivia, Ecuador, República Dominicana, Uruguay y Venezuela, los ciudadanos de los demás países expresan un apoyo con promedios superiores a 50 en una escala de 0 – 100 a golpes de Estado militares bajo condiciones de altas tasas de criminalidad. Además, la percepción personal de inseguridad y la victimización por crimen también aumentan el apoyo a los golpes de Estado militares.

Señala el autor que los individuos serán menos proclives a apoyar opciones extraconstitucionales en la medida en la que perciban que los Gobiernos democráticos realizan su trabajo de manera efectiva. Una de las labores de los Gobiernos es procurar seguridad a sus ciudadanos, algo que en América Latina no siempre consiguen. Esto conduce a que los ciudadanos apuesten por Gobiernos fuertes, llegando incluso a aceptar recortes de libertades con tal de que se les procure seguridad. De hecho, en un estudio anterior, Pérez (2003) señala que a medida que suben las tasas de criminalidad, los ciudadanos son más partidarios de que los Gobiernos tomen medidas de carácter represivo y antidemocrático. Por ello es que se afirma que el crimen erosiona el apoyo a la democracia.

Teniendo en cuenta las altas tasas de violencia existentes en América Latina, la comprensión de cómo este problema afecta la actitud de los ciudadanos respecto a la democracia es un elemento importante a la hora de promocionar una gobernabilidad democrática estable.  Tal y como señala Pérez (2009), en la medida en que los Gobiernos democráticos no sean capaces de hacer frente a los problemas de inseguridad y violencia existentes en muchos países, la legitimidad de la democracia disminuirá.

Un argumento similar plantea Kruijt (2006), quien afirma que la violencia supone una amenaza para la democracia en tanto que destruye los perímetros de la ciudadanía y los fundamentos morales del orden democrático. El autor señala el peligro que supone la violencia para la consolidación democrática, pero por el impacto que aquélla tiene sobre la fortaleza del Estado. Es decir, esa violencia, en muchos países, es ejercida por grupos organizados que disputan el control territorial. Sin embargo, no entra a analizar cómo la violencia puede erosionar el apoyo que los ciudadanos dan a una democracia.

Centrándose únicamente en la victimización, Bateson (2009), analizando las encuestas de la Corporación Latinobarómetro y del Proyecto de Opinión Pública en América Latina (LAPOP, por sus siglas en inglés), encuentra relación entre victimización e insatisfacción con la democracia, pero no con un apoyo a opciones no democráticas. En su estudio expone dos formas en las que el crimen puede afectar a la democracia en América Latina. En primer lugar, un mayor grado de victimización haría de los ciudadanos actores menos participativos (hipótesis que posteriormente refutó). La democracia se vería afectada porque ésta necesita un nivel mínimo de participación que se vería minado por las altas tasas de criminalidad. La segunda tiene que ver con el apoyo a opciones autoritarias. Una mayor victimización conduciría a rechazar la democracia como forma de Gobierno. Este último punto es grave porque, tal y como señala Diamond (1997), el apoyo a la democracia por parte de los ciudadanos es un componente importante para la consolidación democrática.

Acotando más el ámbito geográfico, Cruz (2003), para el caso de Centroamérica, realiza un trabajo en el que muestra que la inseguridad y la violencia suponen un obstáculo para los procesos de democratización, ya que reducen el apoyo de la población a la democracia. Las víctimas de violencia criminal tienden a mostrar un menor apoyo a la democracia, pues en estos casos los ciudadanos pueden llegar a creer que éste no es el mejor sistema para procurarles seguridad. Estos resultados son coherentes con lo que Burnett (2008) afirma al referirse específicamente a El Salvador, de cuya democracia señala que se encuentra en crisis debido a los problemas de inseguridad y violencia en los que se encuentra sumido el país centroamericano.

Por último, centrándose en México, Barahona y Rivas (2011) llevan a cabo un estudio en el que examinan la relación entre victimización y apoyo a la democracia y satisfacción con la misma (entre otras variables). Concluyen que las víctimas de delitos muestran un menor grado de satisfacción con la democracia, pero no un menor apoyo a la misma. Es decir, no existe una relación directa entre satisfacción con la democracia y apoyo a la misma. Además, encuentran una cierta relación entre percibir que la violencia no aumentó mucho en el último año y la satisfacción con la democracia, aunque no en todos los Estados de México.

 

Metodología

Teniendo en cuenta los trabajos previos, el objetivo de estas páginas es el de examinar si existe correlación entre violencia y victimización y actitud hacia la democracia. Concretamente, se tratan de analizar las siguientes correlaciones: 1) violencia y apoyo a la democracia; 2) violencia y satisfacción con la democracia; 3) victimización y apoyo a la democracia; y 4) victimización y satisfacción con la democracia. El ámbito geográfico estudiado serán todos los países de Latinoamérica que la Corporación Latinobarómetro tiene en cuenta a la hora de realizar sus encuestas[3].

En este sentido, las variables dependientes serán apoyo a la democracia y satisfacción con la democracia, que denominaremos conjuntamente como actitud hacia la democracia. Para extraer estos datos se han utilizado las encuestas realizadas por la Corporación Latinobarómetro durante el periodo 2005 – 2015, teniendo en cuenta que en 2012 y 2014 no se llevaron a cabo.

Para ver el apoyo a la democracia, la pregunta es “¿Con cuál de las siguientes frases está Ud. más de acuerdo?", y las categorías de respuesta son “La democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno”, “En algunas circunstancias, un gobierno autoritario puede ser preferible a uno democrático”, “A la gente como uno, nos da lo mismo un régimen democrático que uno no democrático”, “No responde” y “No sabe”. Se entenderá como apoyo a la democracia únicamente la primera categoría de respuesta. Por otro lado, para conocer la satisfacción con la democracia, la pregunta es “En general, ¿diría Ud. que está muy satisfecho, más bien satisfecho, no muy satisfecho o nada satisfecho con el funcionamiento de la democracia en (país)?” Y se entenderá por satisfacción con la democracia las categorías de respuesta “Muy satisfecho” / “Más bien satisfecho”.

En otro orden de cosas, las variables independientes serán violencia y victimización. La violencia se medirá en tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes, y se tomarán los datos del Banco Mundial[4]. Hay que advertir que, aunque el periodo estudiado es 2005 – 2015, hay algunos países para los que no todos los años hay datos (Argentina 2013; Bolivia 2013 y 2015; Brasil 2005 y 2006; Chile 2015; Ecuador 2015; Guatemala 2005 y 2015; Nicaragua 2013 y 2015; República Dominicana 2013 y 2015; y Venezuela 2013). Para el caso de la variable victimización, ésta se medirá teniendo en cuenta si la persona encuestada, o alguien en su familia, ha sido asaltada, agredida o víctima de un delito en los últimos doce meses. La pregunta de la Corporación Latinobarómetro que recoge esa información es la siguiente: “¿Ha sido Ud. o algún pariente asaltado, agredido, o víctima de un delito en los últimos doce meses? Y las categorías de respuesta son “Usted”, “Pariente”, “Ambos”, “No”, “No responde” y “No sabe”. En este trabajo, la variable independiente victimización es un constructo que discrimina entre ser víctima o no. Se toma como víctima a toda persona que conteste “Usted”, “Pariente” o “Ambos”.

Teniendo en cuenta lo anterior, las preguntas de investigación que guían este trabajo son: 1) ¿Qué relación existe entre violencia y actitud hacia la democracia (satisfacción con la democracia y apoyo a la misma)? y 2) ¿Qué relación existe entre victimización y actitud hacia la democracia (satisfacción con la democracia y apoyo a la misma)? Las hipótesis de partida son las siguientes:

H1. Los ciudadanos mostrarán un menor grado de apoyo a la democracia y satisfacción con la misma a medida que aumente la tasa de homicidios.

H2. Los ciudadanos mostrarán un menor grado de apoyo a la democracia y satisfacción con la misma a medida que aumenten los porcentajes de victimización.

La primera de las hipótesis está basada en la idea de que unos altos niveles de violencia conducen a una situación en la que las personas están dispuestas a apoyar un tipo de régimen no democrático y perder ciertas libertades con tal de sentirse más seguras. Por su parte, la segunda parte de la creencia de que la victimización pone en contacto a los ciudadanos con las instituciones encargadas de impartir justicia. En algunos países de América Latina, éstas difícilmente llegan a esclarecer los casos, por lo que son vistas por la ciudadanía como ineficientes, corruptas, etc., erosionando así el apoyo a la democracia.

Como se puede observar, lo que se sostiene es que se dará una correlación lineal negativa entre las variables. Es decir, a medida que aumenten los valores de las variables independientes (violencia y victimización), disminuirán los valores de las variables dependientes (apoyo a la democracia y satisfacción con la democracia), y viceversa.

El concepto de relación o correlación hace referencia al grado de variación conjunta que existe entre variables. En concreto, se pondrá el foco sobre la relación lineal entre dos variables. Una relación lineal positiva entre dos variables indica que a medida que aumentan los valores de la X también varían los valores de la Y de una forma similar. Una relación lineal negativa significa que los valores de las variables varían de forma inversa, es decir, a valores altos en X se dan valores bajos en Y.

Para cuantificar el grado de relación existente entre las variables se utiliza el coeficiente de correlación de Pearson. Éste se representa con r, y adopta valores entre – 1 y + 1: un valor 1 indica relación lineal positiva perfecta; un valor 0 indica relación lineal nula; y un valor de – 1 indica una relación lineal negativa perfecta. No obstante, es importante advertir que correlación no implica causalidad. Dos variables pueden estar altamente relacionada sin que ello implique que una sea causa de la otra (Marín, s.f.). Además, hay que tener en cuenta que habrá ocasiones en que violencia o victimización y apoyo a la democracia o satisfacción con la misma estarán correlacionadas positivamente. Esto no quiere decir que a mayor violencia o victimización más se apoya una democracia o se está satisfecho con ella, sino que, simplemente, hay otras muchas variables que inciden en la actitud de los ciudadanos hacia el régimen democrático.

Para la interpretación de los resultados, hay que tener en cuenta lo siguiente: si el coeficiente de correlación es de entre 0 y 0,2, la correlación es mínima; si es de entre 0,2 y 0,4, la correlación es baja; si es de entre 0,4 y 0,6, tenemos una correlación moderada; entre 0,6 y 0,8 la correlación es buena; y, finalmente, si se sitúa entre 0,8 y 1, la correlación es muy buena. Lo anterior aplica en valores negativos (Lizama y Boccardo, 2014).

Por último, a pesar de que se ha podido ver que existen algunos trabajos acerca del objeto de estudio de estas páginas, creemos que el presente artículo constituye una propuesta novedosa por dos motivos: 1) no se ha encontrado ningún otro trabajo que contemple conjuntamente violencia y victimización en relación con apoyo a la democracia y satisfacción con la misma para toda América Latina; y 2) ninguno de los estudios revisados trabaja con un periodo de tiempo tan amplio.

El segundo motivo es especialmente relevante, ya que realizar un estudio sobre los efectos de la violencia y la victimización sobre la actitud hacia la democracia en un solo año puede conducir a extraer conclusiones desacertadas. Además, no se puede hablar de cambios en la cultura política en el corto plazo. Sobre dicha actitud inciden una multiplicidad de variables, y en un único año puede haber acontecimientos como la llegada al poder de un nuevo presidente o una coyuntura económica negativa que distorsionen la relación entre el resto de variables y la actitud hacia la democracia.

 

Resultados

Violencia y apoyo a la democracia

Tras hacer las correlaciones entre violencia y apoyo a la democracia en cada uno de los 18 países estudiados, el resultado es que en 12 de ellos la correlación es negativa. Es decir, sólo en estos se confirmaría la hipótesis. No obstante, hay que advertir que únicamente en Argentina, México, Paraguay y Perú la correlación es buena negativa, siendo moderada negativa en Chile y Colombia, baja negativa en Costa Rica, Ecuador y República Dominicana y mínima negativa en El Salvador, Guatemala y Uruguay. En los otros seis países las correlaciones son positivas o nulas (éste último caso sólo se da en Brasil), llegando a ser incluso moderadas en Bolivia, Panamá y Venezuela. Quiere esto decir que, aún en años en los que la tasa de homicidios ha ascendido en esos países, también lo ha hecho el apoyo a la democracia, por lo que parece claro que entran en juego otras variables.

De lo anterior merece la pena resaltar algunos datos. En primer lugar, llama la atención que en el Salvador apenas haya relación negativa entre tasa de homicidios y apoyo a la democracia. Durante el periodo estudiado, la tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes en este país no ha descendido de 41,3, y en el año en el que hubo un mayor porcentaje de apoyo a la democracia dicha tasa fue de 72,8. Por otro lado, Venezuela también es un caso en el que el porcentaje de apoyo a la democracia en el periodo estudiado ha sido relativamente alto si se compara con el resto de países de la región. El porcentaje más bajo fue de 67% en el año 2007. Sin embargo, el país siempre ha tenido una tasa de homicidios superior a 37 desde 2005 a 2015.

 

Violencia y satisfacción con la democracia

Teniendo en cuenta la correlación entre violencia y satisfacción con la democracia, ésta es negativa en 13 países. En cuatro de ellos es moderada negativa (Ecuador, México, Paraguay y República Dominicana), en tres es buena negativa (Argentina, Perú y Venezuela) y en uno muy buena negativa (Brasil), mientras que en los otros cinco que presentan correlación negativa ésta es baja (Chile y Nicaragua) o mínima negativa (Bolivia, El Salvador y Honduras). Los cinco restantes arrojan correlaciones positivas, por lo que sería en estos casos en los que no se confirmaría la hipótesis. No obstante, se puede advertir que la variable violencia tiene una mayor correlación negativa con la variable satisfacción con la democracia que con la variable apoyo a la democracia. Es decir, la violencia parece afectar más al grado de satisfacción con la democracia que al apoyo a la misma.

Como se puede observar, en El Salvador la correlación negativa también es mínima en este caso, de lo que hay que deducir que, en este país, son otras variables las que entran en juego a la hora de que los ciudadanos formen su actitud hacia la democracia. Por otro lado, hay que destacar que Argentina y Perú repiten en correlaciones buenas negativas, es decir, tanto violencia y apoyo a la democracia como violencia y satisfacción con la democracia se relacionan de forma inversa y similar, y ello a pesar de que la tasa de homicidios en ambos países es baja en si se compara con la media de la región.

También llama la atención el caso de Brasil, pues mientras que la correlación es muy buena negativa en el caso de violencia y satisfacción con la democracia, aquella es nula en violencia y apoyo a la democracia. Quiere esto decir que hay relación entre una elevada tasa de homicidios y una baja satisfacción con la democracia, pero no entre aquella y el apoyo a la democracia. Por último, es pertinente hacer alusión a la correlación existente en Venezuela entre violencia y satisfacción con la democracia, ya que es buena negativa. Esto contrasta con la correlación positiva que existe entre violencia y apoyo a la democracia, lo que significa que hay relación entre una elevada tasa de homicidios y una menor satisfacción con la democracia, pero no ocurre lo mismo con el apoyo, cuyo porcentaje ha ascendido incluso en años en los que la tasa de homicidios ha aumentado.

 

Victimización y apoyo a la democracia

Para el caso de la correlación entre estas dos variables, hay 12 países en los que es negativa. En dos de ellos es buena negativa (Costa Rica y Ecuador) y en cuatro es moderada negativa (Bolivia, Honduras, Panamá y Paraguay). En los otros seis es, por tanto, baja negativa (Brasil, Chile y Perú) o mínima negativa (Colombia, Nicaragua y Uruguay). Así mismo, hay seis casos en los que la correlación es positiva (aunque en dos es prácticamente nula, 0,05 en Argentina y República Dominicana), lo que quiere decir que, por ejemplo, pese a que ha habido años en los que el porcentaje de victimización ha aumentado en esos países, también lo ha hecho el apoyo a la democracia. Al igual que indicamos anteriormente, esto ha de deberse a que son múltiples variables las que influyen en el grado de apoyo que los ciudadanos muestran a la democracia. En síntesis, lo anterior significa que la hipótesis se confirma en 12 casos.

Respecto a la relación entre ambas variables, llama la atención nuevamente el caso de El Salvador, donde se da una correlación moderada positiva. Es decir, los porcentajes de victimización han aumentado al mismo tiempo que lo han hecho los porcentajes de apoyo a la democracia. Es más, en el año 2009, cuando hubo un mayor porcentaje de apoyo a la democracia (68%), también se dio el mayor porcentaje de victimización del periodo estudiado (71%). México también muestra una correlación positiva entre ambas variables, algo que, como se ha visto, no ocurre respecto a violencia y apoyo a la democracia o satisfacción con la misma. En este caso, parece tener más peso la variable tasa de homicidios que la variable victimización sobre las actitudes de los ciudadanos respecto a la democracia, y ello pese a que en México ha habido años en los que el porcentaje de victimización se ha situado en un 67% (año 2005). Por último, hay que destacar el caso argentino, pues, mientras que presenta unas correlaciones buenas negativas respecto a violencia y actitud hacia la democracia, la correlación entre victimización y apoyo a la democracia es nula.

 

Victimización y satisfacción con la democracia

En cuanto a las variables victimización y satisfacción con la democracia, se dan correlaciones negativas en 13 países. En cinco de ellos es moderada negativa (Chile, Ecuador, México, Nicaragua y Venezuela), en dos es buena negativa (Brasil y Costa Rica), en uno es muy buena negativa (Colombia) y en cinco es baja negativa (Argentina, Honduras, Paraguay, Perú y Uruguay). Es en estos casos en los que se confirmaría la hipótesis, ya que en los otros cinco países (Bolivia, El Salvador, Guatemala, Panamá y República Dominicana) las correlaciones son positivas. Empero, hay que advertir que, aunque hay países en los que no se confirma, la victimización parece tener una mayor incidencia negativa sobre la satisfacción con la democracia que sobre el apoyo a la misma, pues en éste último caso nuestra hipótesis se vio confirmada en un país menos.

Aludiendo a algunos casos concretos, en primer lugar, El Salvador destaca nuevamente porque, pese a tener unos altos porcentajes de victimización y unas altas tasas de homicidios, no se encuentra una relación entre violencia y victimización y actitud hacia la democracia. Es más, la relación obtenida es positiva, de modo que la violencia y la victimización han aumentado a la par que lo han hecho la satisfacción con la democracia y el apoyo a la misma. Por otro lado, mientras que no hay correlación negativa entre victimización y apoyo a la democracia en el caso de México, sí que se da entre victimización y satisfacción con la democracia. Este dato es relevante porque, si anteriormente se ha visto que existen correlaciones negativas entre violencia y actitud hacia la democracia, no ocurre lo mismo con la variable victimización, la cual únicamente está relacionada negativamente con satisfacción con la democracia. Es decir, parece tener una mayor importancia la tasa de homicidios que la victimización en la actitud de los mexicanos respecto a la democracia. Por último, hay que resaltar el caso de Venezuela, país en el cual se da una correlación moderada negativa entre victimización y satisfacción con la democracia, pero una positiva (aunque sea mínima) entre victimización y apoyo a la democracia. Los venezolanos parecen apoyar un régimen democrático al margen de cómo evolucionen la tasa de homicidios y los porcentajes de victimización, lo que no obsta para que sí haya relación entre estas variables y la satisfacción con la democracia.

 

Conclusiones

En este trabajo se ha examinado la relación existente entre violencia (medida en tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes) y victimización y actitud hacia la democracia (apoyo a la democracia y satisfacción con la misma). Se ha realizado un estudio de área de la región latinoamericana por ser ésta la zona más violenta del mundo.

La preocupación que subyace detrás de la elaboración de estas páginas está basada en la idea de que la violencia y la inseguridad son elementos que erosionan la actitud de los ciudadanos hacia la democracia. De ser cierta, puede que la subsistencia de la democracia en América Latina no esté asegurada.

Para cumplir el objetivo del trabajo, se ha repasado la teoría acerca de las variables que inciden en la pervivencia de una democracia y se ha puesto un énfasis especial en la corriente culturalista. Además, se han revisado algunos estudios sobre la incidencia que la violencia, la victimización y la inseguridad tienen sobre las actitudes de los ciudadanos latinoamericanos hacia la democracia.

Lo que se ha tratado de hacer con el presente trabajo es superar la limitación que supone estudiar la incidencia de dichas variables sobre la cultura política de los ciudadanos en un único año. Así, tomando como referencia el periodo 2005 – 2015, y los 18 países latinoamericanos en los que la Corporación Latinobarómetro realiza encuestas, se plantearon dos hipótesis.

La primera afirma que existe relación entre una alta tasa de homicidios y un menor apoyo a la democracia y satisfacción con la misma. En el caso de la relación entre tasa de homicidios y apoyo a la democracia, la hipótesis se ha visto confirmada en 12 países, mientras que la relación entre tasa de homicidios y satisfacción con la democracia se ha confirmado en 13 países.

La segunda hipótesis plantea la existencia de una relación entre altos porcentajes de victimización y un menor apoyo a la democracia y satisfacción con la misma. Al igual que en el caso anterior, la relación entre altos porcentajes de victimización y un menor apoyo a la democracia se ha confirmado en 12 países, mientras que han sido 13 los países en los que se ha confirmado la relación entre altos porcentajes de victimización y baja satisfacción con la democracia.

Como se ha señalado, hay países en los que se confirma tan sólo una de las hipótesis, o incluso ninguna (con el caso más llamativo de El Salvador). No obstante, en términos agregados, es muy superior el número de países en los que se confirman ambas hipótesis. En futuros estudios habría que tener presente un mayor número de variables, como el nivel de estudios, el género, el PIB per cápita, y un largo etcétera. Sin embargo, estas páginas pueden arrojar luz sobre el interrogante de qué relación puede existir entre el clima de violencia e inseguridad existente en Latinoamérica y la actitud hacia la democracia de los ciudadanos de la región.

 

José Carlos Hernández es politólogo e investigador en el Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI). 

 

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[1] Durante el siglo XXI, los casos serían Bolivia, Ecuador, Honduras, Nicaragua y Venezuela.

[2] México es un caso paradigmático de militarización para enfrentar al crimen organizado. Felipe Calderón emprendió durante su sexenio (2006 – 2012) la “guerra contra las drogas”, y Enrique Peña Nieto también ha seguido en esta misma línea. De hecho, en fecha reciente se ha aprobado una Ley de Seguridad Interior que faculta a las Fuerzas Armadas para llevar a cabo labores de Policía, norma que ha sido criticada desde diferentes organismos defensores de los Derechos Humanos.

[3] Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, Uruguay y Venezuela.

[4] Excepto para Argentina, país para el cual casi no había datos al respecto y se tomaron de la web www.datosmacro.com

Editado por: Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI). Lugar de edición: Granada (España). ISSN: 2340-8421.

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