Verdades a medias: la gran armada de Drake y el mito patriótico inglés

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La mal llamada ‘Armada Invencible’ ocupa un lugar destacado en la galería de mitos patrióticos ingleses. Es uno de los acontecimientos estrella del reinado de Isabel I, que recibe una particular atención en las películas y documentales, como estos del Canal de Historia o de la BBC, que alimentan la cultura popular.

Su trascendencia va por tanto mucho más allá de los libros de Historia. La marca país se construye con elementos objetivos y subjetivos del presente, y con episodios selectos del pasado. Entre estos últimos uno de los más sobresalientes de la Inglaterra del siglo XVI es la derrota la Gran Armada de Felipe II, que la historiografía patriótica inglesa del siglo XIX y primera mitad del XX –en pleno apogeo de su imperio– interpretaría como preludio de la superioridad naval británica.

Pero en este post no voy a centrarme en la Gran Armada y en los estudios realizados al respecto por hispanistas británicos, destacando entre sus obras el libro de Geoffrey Parker y Colin Martin The Spanish Armada. Ni tampoco en las críticas que sus datos y conclusiones han generado en otros trabajos historiográficos de autores españoles, como por ejemplo los de José Luis Casado Soto o el más reciente y también muy documentado La Invencible y su leyenda negra de Antonio Luis Gómez Beltrán. En este HistoCast puede escucharse una tertulia de dicho autor exponiendo los problemas que plantea la visión predominante en la historigrafía y en el imaginario colectivo del Reino Unido.

Prefiero destacar un aspecto muy concreto de aquel acontecimiento y es el tratamiento que ha recibido la gran armada de Drake y Norris de 1589 –un año después de la famosa Gran Armada– por parte de dos hispanistas reconocidos: el propio Geoffrey Parker y Henry Kamen.

Creo que la cuestión es significativa porque el episodio de la Gran Armada de Felipe II queda incompleto si se obvia la respuesta de la Inglaterra de Isabel I. De hecho, son dos acciones destacadas en una guerra que abarca desde 1585 a 1604, pero claramente entre ellas hay una asociación importante. Salvando las distancias es como si la Primera Guerra Mundial terminase con la invasión alemana de Bélgica y el noreste de Francia sin mencionar su freno por la ofensiva francesa del Marne y todo lo que siguió después; o si la evacuación británica de Dunquerque pusiera fin a la intervención de Reino Unido en la Segunda Guerra Mundial.

Tanto es así que la gran expedición de Drake y Norris habría asestado un golpe formidable a la Monarquía Hispánica si hubiera conseguido los objetivos estratégicos marcados por Isabel I:

  • Instalar en el trono a don Antonio, prior de Crato, que disputaba la corona de Portugal a Felipe II, desgajando así del imperio hispánico todos los territorios portugueses en América y Asia. En 1582 Francia había apoyado a don Antonio en la campaña de las Azores, siendo derrotada por la escuadra de don Álvaro de Bazán. En esta ocasión era Isabel I la que prestaba ayuda militar a cambio de convertir Portugal en una especie de satélite de la corona inglesa.
  • Destruir los buques que habían retornado de la Gran Armada –aproximadamente tres cuartas partes, incluyendo casi todos los galeones españoles–, que estaban siendo reparados en Santander. De este modo, se neutralizaba cualquier nuevo intento de invasión por parte de Felipe II y, sobre todo, se obtenía la superioridad naval en el Atlántico con la amenaza que ello suponía para la conexión entre la Península y América.

Con este propósito los ingleses reunieron una gran armada de aproximadamente 180 barcos y cerca de 27.000 efectivos, contando marinería e infantería. Sir Francis Drake comandaba la escuadra y Sir John Norris el componente terrestre. Esos números también incluían aportaciones de los holandeses, en guerra con Felipe II. La repuesta inglesa era por tanto de una magnitud al menos similar a la Gran Armada hispánica, que el año anterior había integrado a 137 buques –aunque muchos de ellos de mayor tonelaje que los enviados por los ingleses– y aproximadamente 25.700 hombres entre marinos y soldados.[1]

La diferencia principal entre las expediciones española e inglesa fue que la financiación de esta última provenía de inversores privados. Como consecuencia la fuerza inglesa se desvió nada más empezar de su primer objetivo –destruir la flota española de Santander– y puso rumbo a la Coruña. Tras causar estragos en la Pescadería y en tres barcos de la anterior Gran Armada atracados en ella (uno de ellos el galeón San Juan, convertido en bomba trampa que acabó con los ingleses que lo asaltaban), la expedición inglesa fue incapaz de tomar el bastión principal de la ciudad sufriendo fuertes pérdidas entremedias: mil quinientos muertos y varios miles de heridos.[2]

De la Coruña la armada inglesa marchó a Lisboa, su segundo objetivo estratégico, donde debía establecer en el trono a don Antonio. La ciudad portuguesa estaba mucho mejor protegida que la Coruña: más de 5.000 efectivos bajo el mando del Conde de Fuentes, además de diversos buques, más la escuadra de galeras bajo el mando de Alonso de Bazán (hermano del fallecido don Álvaro).

Desestimando un ataque en fuerza sobre Lisboa los ingleses desembarcaron en Peniche, aproximadamente a cien kilómetros de Lisboa. La marcha del contingente terrestre fue hostigada hasta que se plantaron en los arrabales de Lisboa. Una vez allí sufrieron un ataque nocturno (una de las famosas ‘encamisadas’) en la que los españoles degollaron a doscientos ingleses.[3] Tras permanecer atrincherados ante la ciudad y fracasar el complot para conseguir apoyo de los partidarios portugueses de don Antonio, decidieron reembarcar sufriendo el acoso en el mar de las galeras, que aprovechando su movilidad frente a los buques ingleses detenidos por falta de viento los cañonearon a escasa distancia. A ello se añadieron las enfermedades en tierra y a bordo, mucho más mortíferas que las acciones de guerra.[4]

Puede consultarse un relato mucho más pormenorizado y detalladamente documentado de la campaña en el libro Contra Armada de Luis Gorrachategui, así como una versión resumida en este artículo del mismo autor o en esta tertulia con él en HistoCast. En definitiva, el resultado último de la Gran Armada inglesa fue el fracaso a la hora de conseguir sus dos principales objetivos estratégicos –y también en generar beneficios a los inversores privados–, así como unas pérdidas mayores que las sufridas por la Gran Armada de Felipe II. De los aproximadamente 180 barcos solo regresaron 102, y de los más de 27.000 hombres que partieron en la expedición al final de ella solo 3.722 se presentaron a recoger sus pagas. Una debacle en toda regla.

Es evidente que el mito patriótico inglés de la ‘Spanish Armada’ quedaría incómodamente empañado si el ciudadano británico de a pie supiera que un año después una escuadra igual de importante comandada por Drake (otra figura nacional) sufrió un descalabro al menos similar al de la expedición española. La pregunta es: qué visión reflejan al respecto Geoffrey Parker y Henry Kamen, dos hispanistas británicos expertos en Felipe II.

En su libro La gran estrategia de Felipe II, Parker dedica tres capítulos enteros a la preparación y ejecución de la Gran Armada hispánica, seguidos de otro capítulo que tiene por título “Después de la Armada” sobre sus nefastos efectos en la Monarquía Hispánica. En este último, Geoffrey Parker aborda la expedición de Drake y Norris del siguiente modo.

«una flota anglo-holandesa de gran tamaño (aunque mal dirigida) atacó a España y Portugal durante la mayor parte del verano de 1589, desembarcando en dos ocasiones una fuerza expedicionaria (algo que la Armada no había conseguido en absoluto) y causando un gran pánico».[5] Ni una palabra más al respecto. Presumiblemente, un éxito.

En otro libro del mismo autor, El Rey Imprudente (en alusión a Felipe II), encontramos otro relato escueto y en gran medida similar sobre la expedición de Drake y Norris. Dice lo siguiente:

«En mayo de 1589, sir Francis Drake volvió a las costas de Galicia al mando de una numerosa flota angloholandesa e hizo desembarcar una fuerza expedicionaria, algo que la Armada española no había conseguido hacer en Inglaterra. Tras saquear La Coruña y quemar algunos galeones, Drake atracó cerca de la desembocadura del Tajo y sus tropas iniciaron la marcha hacia Lisboa. Aunque se retiraron antes de llegar, esta audacia enfureció al rey [Felipe II]».[6]

La lectura de este párrafo presenta de nuevo una expedición militar sin aparentes problemas, parcialmente exitosa –lograron desembarcar, no así la Gran Armada española–, y esencialmente audaz, motivo de humillación y enojo de Felipe II. Es una versión tan incompleta de lo sucedido que parece referirse a otro acontecimiento histórico.

Pasamos ahora Henry Kamen. En su libro Imperio. La forja de España como potencia mundial refiere lo siguiente:

«Los ingleses, sin embargo, consiguieron una importante ventaja temporal y en 1589 varios inversores londineses respaldaron una expedición que, al mando de Drake, se dirigió a Portugal con el objetivo de ayudar al pretendiente al trono Antonio de Grato. Se trataba de una gran flota –unas 150 naves con diez mil soldados a bordo-, pero sufría un defecto y es que no tenía más propósito que el saqueo. “Este ejército fue reclutado por mercaderes”, declaró un crítico de la época. Además, Drake era por mentalidad más un pirata que un general. La expedición causó estragos, pero no hizo mella en el poder de España.[7]

Otra visión sutilmente incompleta. Si Kamen fuera nuestra única fuente de información, concluiríamos que la gran armada de Drake fue un éxito táctico-operacional y un fracaso estratégico. Pero la realidad es que en todos los planos el balance fue deficiente.

El sesgo en la narración de Henry Kamen queda más patente aún en otro episodio del mismo libro: el ataque inglés a Cartagena de Indias siglo y medio más tarde:

«Vernon reunió en Port Royal lo que algunos llamaron: “la más formidable armada que jamás se vio en el Caribe”. Esta flota totalizaba treinta buques de guerra y cien transportes con más de once mil soldados. Pero perro ladrador, poco mordedor. La flota puso sitio a Cartagena en la primavera de 1741 pero se retiró ante el temor de que llegaran refuerzos para socorrer la ciudad[8] Las negritas son mías.

En opinión de Kamen, nada tuvo que ver el fracaso al asaltar en fuerza la ciudad, ni la resistencia de los sitiados capitaneada por Blas de Lezo... Vaya.

Ignoro los motivos que explican las narraciones objetivamente insuficientes de Parker y Kamen sobre la gran expedición de Drake y Norris. Lo que tengo claro es que un artículo con tales carencias tendría problemas para ser aceptado en una revista científica. Pero lo más destacable es que este tipo de verdades a medias trasciende lo puramente académico. Las ediciones en inglés de los libros de ambos autores son supuestas contribuciones eruditas al mito patriótico inglés y, a la postre, a la construcción de la imagen internacional de Reino Unido y España ante un público ilustrado.

Javier Jordán es Profesor Titular de Ciencia Política y miembro del Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI) de la Universidad de Granada.


[1] Luis Gorrochategui (2011), Contra Armada. La mayor catástrofe naval de la historia de Inglaterra. Madrid: Ministerio de Defensa, pp. 73-74.

[2] Ibid. pp. 93-167.

[3] Ibid. pp. 225-226.

[4] Ibid. 191-317.

[5] Geoffrey Parker (1998), La gran estrategia de Felipe II, Madrid: Alianza Editorial, p. 449.

[6] Geoffrey Parker (2008), El Rey Imprudente. La biografía esencial de Felipe II, Barcelona: Planeta. Versión Kindle: posiciones 7821-7822.

[7] Henry Kamen (2003), Imperio. La forja de España como potencia mundial. Madrid: Círculo de lectores, Versión Kindle: posiciones 6068-6069.

[8] Ibid. Posición 9341