Varias razones que hacen atractivas las estrategias en la ‘zona gris’ del conflicto

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Ya vimos en un post anterior que el conflicto en la ‘zona gris’ no es nuevo y que en gran medida la Guerra Fría se libró en esa franja situada entre la competencia pacífica y la guerra abierta.

Pero actualmente observamos una mayor actividad en la zona gris, que muy probablemente se mantendrá e incluso intensificará en los próximos años. La asertividad de Rusia demarcando su área de influencia (Ucrania, Georgia, Transnistria…) o azuzando la confusión –y distracción– política interna de sus rivales (elecciones en Estados Unidos y en varios países de la Unión Europea, incluyendo la cuestión de Cataluña) es muestra de ello. También se enmarcan en la zona gris las acciones de China en las aguas e islas en disputa de Asia Pacífico.

Esta tendencia obedece a dos motivos evidentes: 1) la progresiva vuelta a la multipolaridad, con grandes potencias y potencias regionales que desean alterar el orden liderado por Estados Unidos; y 2) la conciencia clara de que un enfrentamiento militar directo acarrearía consecuencias catastróficas e impredecibles. La guerra entre grandes potencias no es un instrumento válido a la hora de revisar el statu quo. Sí lo sería un modo de proceder menos lineal, que aporte ganancias sin cruzar líneas rojas que desaten una respuesta armada a gran escala.

Más allá de estas dos razones, las estrategias de la zona gris poseen varias ventajas:

  • Son estrategias para conseguir objetivos a largo plazo, lo cual permite avanzar poco a poco, de manera incrementalista. Y esto ayuda a dos cosas: generar ambigüedad y mantener la iniciativa. A la víctima no le resulta fácil determinar cuándo ha comenzado a aplicarse una estrategia contraria dentro de la zona gris, y ese tiempo cuenta a favor de quien la ejerce, que va alcanzado objetivos intermedios mientras tanto.
  • Como parte de ese gradualismo se opta por hechos consumados, algunos particularmente llamativos (Crimea por ejemplo). Esta última opción resulta más peligrosa aunque también tiene ventajas. Se desafía la disuasión del adversario pero, si éste no reacciona de inmediato, queda una posición incómoda. Después del hecho consumado ya no se trata de mantener el anterior statu quo, sino de cambiar una nueva realidad.
  • El carácter no democrático de algunas grandes potencias (caso de Rusia y de China) agiliza los procesos de toma de decisiones y ofrece mayor margen de maniobra a la hora de traspasar la legalidad internacional. Sus mecanismos de decisión poseen un alto grado de personalismo, están más centralizados y se enfrentan a menores contrapesos institucionales. Lo mismo puede aplicarse a determinados actores no estatales que optan por este tipo de estrategias. Esto les da ventaja cuando se enfrentan a democracias, que requieren mayor consenso antes de responder. Más aún si se trata niveles de toma de decisiones supranacionales (OTAN, UE). Su ciclo de decisión se ve abrumadoramente superado: como sucedió por ejemplo durante la crisis de Ucrania de 2014.
  • Los avances en tecnologías de información y comunicación, y el empoderamiento de los grupos e individuos gracias a ellas –especialmente en los sistemas democráticos– ofrecen numerosas oportunidades en la implementación de estrategias en la zona gris. Facilitan las operaciones de influencia, que incluyen la creación de marcos interpretativos interesados que después se respaldan con noticias falsas, teorías conspiratorias, desacreditación de enfoques rivales, acoso a periodistas críticos, etc. Se benefician además de la coincidencia de intereses con determinados grupos y sectores sociales del país adversario (es interesante observar el eco positivo que encuentran Putin y el canal de noticias RT en la extrema derecha y extrema izquierda). O se sirven de organizaciones y figuras transnacionales, como está siendo el caso de Julian Assange y Wikileaks. Todo ello contribuye a intensificar la ambigüedad, dividir la sociedad contraria, y complicar aún más el proceso de toma de decisiones políticas del rival.

Javier Jordán es Profesor Titular de Ciencia Política y miembro del Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI) de la Universidad de Granada