Una introducción al concepto de innovación militar

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Análisis GESI, 6/2014

Es habitual que las organizaciones ofrezcan resistencia a los grandes cambios. Una resistencia que suele aumentar cuanto mayor es el tamaño de la organización, más tiempo tiene de existencia y más profundos son los cambios que se pretende llevar a cabo. Como afirma Stephen P. Rosen (1991: 2) “casi todo lo que conocemos en teoría sobre las grandes burocracias sugiere no sólo que son difíciles de cambiar, sino que están diseñadas para no hacerlo”.

Los ejércitos no son una excepción a este respecto. Es más, algunas de sus notas distintivas (lógicas, dada la peculiaridad de su función) como la jerarquía, la disciplina y la tradición ponen freno a las innovaciones de gran calado. Pero, sin embargo, la experiencia nos muestra que los ejércitos –como organizaciones vivas que son– evolucionan, y a veces se transforman de un modo revolucionario. Lo que nos lleva a preguntarnos por qué y cómo.

La respuesta a ambos interrogantes ha dado cuerpo a una rama de estudios académicos sobre innovación militar dentro del tronco común de los Estudios Estratégicos. A pesar de que ya cuenta con casi tres décadas, su reflejo en los escritos sobre Defensa en lengua española es mínimo, salvo en lo que se refiere al estudio de las revoluciones militares.

Inauguramos con este análisis una serie de trabajos que iremos publicando en GESI sobre los conceptos, teorías y hallazgos empíricos relacionados con la innovación militar. De este modo pretendemos contribuir al arraigo de este tipo de estudios en la comunidad de Defensa hispanohablante. Al mismo tiempo, como autor de estos trabajos estaré encantado de recibir todos los comentarios, aportaciones y críticas constructivas que los lectores me quieran hacer llegar a mi correo electrónico. Gracias por adelantado.

La importancia de los estudios sobre innovación militar trasciende el mero interés académico. Los objetivos políticos que se pretenden alcanzar con las operaciones militares, y la vida de quienes participan en ellas, dependen en buena medida de la capacidad real de los ejércitos. Y dicha capacidad se fundamenta en la adecuación de su doctrina, orgánica, adiestramiento y materiales a las características del entorno estratégico, operacional y táctico. Un entorno cambiante, marcado por la incertidumbre y que, en consecuencia, requiere una actitud sensible a la innovación.

En este primer Análisis GESI vamos a delimitar teóricamente el término innovación militar y a ponerlo en relación con otros conceptos. En próximos documentos profundizaremos en algunas de las cuestiones que planteamos hoy y prestaremos atención a otros aspectos como, por ejemplo, los factores que impulsan la innovación militar.

 

Hacia una definición de innovación militar

La literatura sobre innovación militar tiene cerca de treinta años de existencia y en ella podemos encontrar varias definiciones de su objeto de estudio. Para no aburrir al lector mencionaremos exclusivamente algunas de las más citadas y a partir de ellas haremos un esfuerzo de síntesis para obtener una conceptualización clara que nos permita trabajar con rigor en los siguientes documentos.

Una de las primeras definiciones fue propuesta por Stephen Peter Rosen (1988: 34) en un artículo publicado en la revista International Security. Rosen definía una gran innovación militar (major innovation) como:

 

un cambio que obliga a una de las armas primarias de combate de un ejército [en el vocabulario castrense español un Arma como infantería, artillería, caballería, etc.] a modificar los conceptos de operaciones y su relación con otras armas de combate, y a abandonar o pasar a un segundo plano las misiones que había realizado hasta el momento. Tales innovaciones suponen un nuevo modo de hacer la guerra, con nuevas ideas en lo que respecta a las relaciones de los componentes de la organización y en lo que respecta a la relación con el enemigo, así como nuevos procedimientos operacionales acordes con dichas ideas. Ello entraña cambios en tareas críticas, en torno a las cuales giran los planes de guerra.

 

Según Stephen P. Rosen una gran innovación militar puede llevar aparejada en ocasiones la creación una nueva rama dentro de un ejército. Lo que, de ser así, permite visualizar la magnitud distintiva del cambio. Por ejemplo, la incorporación de la aviación en algunos buques durante la Primera Guerra Mundial supuso una mejora en términos de reconocimiento, pero la gran innovación se produjo en el periodo de entreguerras –y fue avalada por los resultados de la contienda posterior– con el desarrollo de los portaviones, que acabaron convirtiéndose en los buques principales de la flota.  

Lo mismo sucedió con la introducción del helicóptero en las operaciones de las fuerzas terrestres. Aunque se hizo uso de él durante la guerra de Corea, fue en la guerra de Vietnam donde se produjo el salto cuantitativo y cualitativo en las fuerzas helitransportadas. Ambos ejemplos nos ayudan a comprender mejor en qué consiste una gran innovación militar, pero lógicamente no es necesario que la innovación se traduzca en todos los casos en el nacimiento de una nueva rama. Tres años más tarde Rosen mantenía sin cambios su definición en una obra clásica en la materia, Winning the Next War. Innovation and the Modern Military.

Otra definición frecuentemente citada es la que aportan Jeffrey A. Isaacson, Christopher Layne y John Arquilla en un trabajo publicado por la RAND Corporation en 1999, Predicting Military Innovation. Según ellos, la innovación militar se concretaría:

 

en el desarrollo de nuevos modos de hacer la guerra y/o de nuevos modos de integrar la tecnología. Estos últimos pueden incluir la revisión de doctrina, tácticas, adiestramiento o apoyo. Es importante reconocer que innovación militar e innovación tecnológica no son sinónimos. Seguramente la innovación militar vaya acompañada del empleo de tecnología avanzada, pero también es posible que no requiera tal tecnología.

 

Con el tiempo han ido apareciendo otras definiciones de innovación militar, algunas de ellas contradictorias. En un trabajo de revisión y síntesis, Adam Grissom (2007: 907) destaca tres elementos característicos de toda innovación militar:

  1. Es un cambio en el modo de operar de las fuerzas militares. Lo cual excluye las reformas de carácter administrativo, a no ser que tengan un efecto claro sobre la praxis operacional.
  2. Su impacto y alcance es significativo. Las reformas menores o aquellas cuya efectividad real es ambigua no se entenderían como una auténtica innovación
  3. De manera tácita se entiende que toda innovación conlleva un incremento sustancial en la eficacia de las fuerzas militares. Sólo las reformas que mejoran el modo de combatir son estudiadas como innovaciones, ya que pocos prestarán atención a cambios que resultan contraproducentes. 

 

La propuesta de Grissom se ha convertido en referencia de los artículos académicos sobre innovación militar de los últimos años. Haciéndonos eco de ese creciente consenso proponemos como definición de trabajo la siguiente:

 

Una innovación militar (positiva) es el resultado de un proceso de cambio integral que afecta sustancialmente a la doctrina, al adiestramiento y, a menudo, a la orgánica y/o materiales en una o varias ramas de un ejército, y que supone un aumento considerable de la efectividad al cumplir alguna o varias de las misiones asignadas.

 

De entrada, nuestra definición se refiere sólo a aquellas innovaciones que entrañan una mejora, por ello el término de aquí en adelante tendrá un matiz positivo. Un cambio que tuviera efectos nocivos sobre la efectividad de los ejércitos sería en puridad un cambio en el modo de operar. Barry R. Posen (1984: 29-30) pone como ejemplo de innovación contraproducente la línea Maginot francesa. Pero en términos funcionales sería un retroceso y, de acuerdo con Grissom, no tendría sentido convertirla en objeto principal de este tipo de estudios. Al mismo tiempo, hablamos de innovación positiva vs negativa, en lugar de exitosa vs fallida porque esta segunda dicotomía haría referencia a la culminación o no del proceso de innovación, no al carácter de sus efectos.

Por otro lado, la innovación es el resultado de un proceso. En un próximo Análisis GESI veremos que ese proceso se puede dividir en tres fases: exploración, experimentación e implementación. Y que puede continuar hasta acabar dando lugar a lo que Rosen denomina una gran innovación. A veces incluso por un ejército diferente al que inició el proceso. Por ejemplo, los británicos y franceses introdujeron el carro de combate en 1917, pero realmente fue el ejército alemán quien llevó a cabo una gran innovación en el siguiente conflicto, al integrar los medios blindados en una nueva doctrina, orgánica y adiestramiento.

En la definición enfatizamos el carácter integral del cambio. Y, por ello, la piedra angular del concepto es el cambio doctrinal (que a su vez debe afectar al adiestramiento). La innovación se distingue de la simple mejora técnica de los equipos militares. Aviones, carros, artillería o buques más avanzados tecnológicamente son resultado de innovaciones tecnológicas, y pueden favorecer o hacer posible nuevas doctrinas, pero no son sinónimo de innovación militar.

Es verdad que en ocasiones la innovación se deriva de un salto tecnológico –el ejemplo que acabamos de poner del carro de combate. Pero ese adelanto no asegura la innovación, si no va acompañado de cambios en la doctrina y el adiestramiento (ya a veces en la orgánica) que permitan obtener de él un rendimiento sustantivo en la operatividad del ejército.

A este respecto, Stephen Biddle (2004: 21) demuestra empíricamente que las mediciones del poder militar basadas exclusivamente en indicadores materiales (como las que ofrece cada año el Military Balance) son insuficientes por sí solas a la hora de predecir los resultados de las campañas militares (a no ser que la desproporción de fuerzas sea gigantesca). Biddle introduce otra variable clave para determinar el poder militar de los Estados a la que denomina ‘empleo de la fuerza’. Se refiere con ella al modo como los militares organizan, despliegan y operan sus recursos. Dicha variable explicaría resultados militares anómalos desde una perspectiva puramente material, de orden de batalla: desde la derrota de la marina rusa contra la japonesa en 1904-1905, a la victoria israelí contra sus adversarios árabes en junio de 1967. Por ello, el concepto de innovación militar ha de tener como eje central –aunque no exclusivo– el cambio doctrinal.

Al mismo tiempo, en nuestra propuesta conceptual matizamos que la efectividad se refiere al cumplimiento de las misiones de dicho ejército, no sólo a una mayor efectividad de éste en el combate (tal como proponen otras definiciones). Nuestro argumento es el siguiente. La innovación supone una mejora funcional, y lo cierto es que la funcionalidad de los ejércitos se demuestra en otros cometidos además de la guerra. Un ejemplo evidente son las misiones de estabilización, pero también lo son las de disuasión. Prueba de ello es que el ámbito de las fuerzas nucleares ha sido fértil en términos de innovación (por ejemplo, todo el desarrollo de la triada nuclear) y que afortunadamente no ha sido necesario recurrir a su empleo desde la primera vez que se utilizaron.

Por último, esta definición es compatible con lo que Rosen entiende como ‘gran innovación’. Nuestra conceptualización es de mínimos. A partir de ellos la magnitud de una innovación concreta puede aumentar sustancialmente, traduciéndose en la creación de la nueva rama dentro del ejército a la que alude Rosen, en modificaciones sustanciales en el reparto y la asignación de prioridades de los presupuestos de Defensa, o incluso cambiando la distribución de poder relativo y el equilibrio ofensiva-defensiva entre Estados.

 

Innovación sostenida e innovación disruptiva

Es importante distinguir entre innovación sostenida e innovación disruptiva. La diferencia entre una y otra tiene implicaciones prácticas severas, al menos en el mundo de las grandes empresas que es de donde procede la distinción entre ambas innovaciones. En los últimos años de la década de 1990, Clayton Christensen (2003) propuso la teoría de la innovación disruptiva para explicar el mecanismo que se escondía tras un patrón reiterado en el que grandes y prestigiosas empresas acababan fracasando al enfrentarse a productos nuevos (y a veces poco sofisticados) que se introducían en su mercado. En palabras de Christensen, una innovación disruptiva sería el proceso mediante el cual un producto o servicio arraiga inicialmente en aplicaciones simples en los últimos puestos del mercado y que progresivamente asciende hasta desplazar a los competidores tradicionales. Christensen pone como ejemplos de innovaciones disruptivas en el ámbito civil los teléfonos móviles frente a la telefonía fija y el correo electrónico frente a los envíos postales.

Therry C. Pierce (2004) ha aplicado extensamente esta diferenciación al ámbito de la innovación militar. La innovación sostenida da lugar a una mejora sustancial en el modo de operar de los ejércitos, siguiendo una trayectoria que tradicionalmente había sido valorada. Pierce (2004: 1) pone como ejemplo la introducción del fuego puntería continua en los buques de guerra de principios del siglo XX. Supuso un progreso importante en la artillería naval pero no cambió el rol que desempeñaban en aquel momento los acorazados. Por el contrario, la innovación disruptiva entraña una mejora en una trayectoria que tradicionalmente no había sido valorada. Y, en consecuencia, provoca un cambio profundo en el modo de operar de una de las principales ramas del ejército o, alternativamente, la creación de una nueva rama. Es decir, una innovación disruptiva coincidiría con lo que Rosen entiende como una gran innovación. Por tanto, y recurriendo de nuevo al ejemplo que ofrecía Rosen con la aviación naval, el protagonismo que adquirió la guerra de portaviones en la Segunda Guerra Mundial (desplazando en importancia a los acorazados) sería un ejemplo de innovación disruptiva.

La diferencia entre un tipo y otro de innovación resulta conveniente porque los ejércitos (al igual que las grandes empresas) suelen prestar atención a la innovación sostenida, privilegiando las mejoras en las trayectorias y modos de operar bien establecidos. Al descuidar la aparición de modos de operar o de combatir alternativos, los ejércitos corren el riesgo de verse superados por rivales que culminen con éxito procesos de innovaciones disruptiva. 

 

Innovación militar y adaptación

La innovación militar se encuentra estrechamente asociada a otros conceptos como son la adaptación militar, la emulación, la difusión militar, las revoluciones militares y los procesos de transformación. Comenzaremos por los tres primeros. Los dos últimos merecen un análisis GESI específico, y además ya han sido abordados en español por otros autores como Guillem Colom, Josep BaquésJosé Luis Calvo Albero.

En primer lugar innovación y adaptación. La diferencia entre ambos términos depende del autor que consultemos. Para Williamson Murray (2009), una referencia obligada en la materia, la innovación se referiría a los cambios de calado que se producen en tiempos de paz, mientras que la adaptación sería lo propio de los periodos de guerra. Ciertamente la innovación posee rasgos característicos en función de que el contexto sea bélico o pacífico, tal como señaló en su momento Rosen (1991: 8-39) y como veremos en próximos documentos, pero en este análisis no vamos a hacernos eco de la diferenciación terminológica de Murray.

Más útil en términos analíticos es la diferencia que establece Theo Farrell entre innovación y adaptación. Según Farrell (2010: 569), la adaptación es un cambio de menor calado que la innovación. La adaptación se refiere a modificaciones en las tácticas, técnicas y procedimientos (TTPs) para mejorar el desempeño operativo, que no requieren cambios en la doctrina formal.  

Con el tiempo esos cambios adaptativos pueden ser incorporados a la doctrina provocando la modificación de esta última. También pueden incentivar cambios importantes en la estructura, en el adiestramiento y/o en los materiales. En caso de que así fuera, las adaptaciones acabarían dando lugar a auténticas innovaciones militares. Un ejemplo de ello habrían sido las numerosas adaptaciones realizadas por las fuerzas norteamericanas en Irak y Afganistán que acabaron siendo incorporadas al Manual de Campo de Contrainsurgencia del US Army y del US Marine Corps, publicado en 2006, bajo la dirección del General Petraeus.

Farrell apunta también que el proceso adaptativo tiende a seguir una dirección abajo-arriba (bottom-up), desde las unidades sobre el terreno hacia los escalones superiores, y que además suele ser especialmente frecuente cuando los ejércitos participan en operaciones reales. En este aspecto, las innovaciones que proceden de adaptaciones se diferencian de otro tipo de innovaciones (sobre todo de las grandes innovaciones) resultado de procesos arriba-abajo (top-down). En próximos documentos abordaremos esta cuestión con más detalle.

 

Innovación militar y emulación

Pasemos ahora a la relación entre innovación y emulación. Se emula cuando se importan instrumentos o modos de operar de otros ejércitos. La emulación supone un cambio en el ejército, pero puede ser de naturaleza diferente al generado por la innovación. La innovación se produce a través de un proceso de especulación (donde se debate intelectualmente sobre la necesidad y el tipo de cambio a adoptar), de experimentación y de implementación. Sin embargo, la emulación puede ser en ocasiones una imitación acrítica de los cambios efectuados por otros ejércitos, sin estudiar en profundidad la conveniencia de asumir tales cambios en el propio ejército.

La emulación suele estar impulsada por una de las tres siguientes razones: responder a los cambios del entorno estratégico tratando de estar a la altura de eventuales competidores, ser capaz de interoperar con ejércitos aliados, o fortalecer la identidad del ejército.

La emulación puede estar justificada por un cálculo racional en la medida en que se trata de asumir un cambio que ya ha sido desarrollado y experimentado con éxito por otros ejércitos extranjeros. Desde esa perspectiva la emulación es una estrategia eficiente, pues ahorra los costes que conlleva todo proceso de ensayo y error. Al mismo tiempo, la emulación también es racional si la innovación a importar es necesaria y se cuenta con los recursos necesarios para asumirla.

Sin embargo, Theo Farrell (2008: 781) advierte que en ocasiones los procesos de emulación son resultado de impulsos no tan racionales. En esos casos el afán de imitar estaría relacionado fundamentalmente con el fortalecimiento de la identidad, con la construcción social de la imagen institucional. Es decir, lo que movería a ese ejército a innovar no sería tanto un incremento de su eficacia, como una mejora de su ‘prestigio’ nacional e internacional. Farrell pone como ejemplo el intento por parte del ejército irlandés de crear una fuerza mecanizada en la década de 1930. Un proyecto que excedía sus recursos y cuya necesidad real era más que cuestionable.    

 

Innovación y difusión militar

Un tercer concepto relacionado es la difusión militar. Everet Rogers (2003: 11) entiende la difusión –aplicada a la innovación en general, no sólo a la militar– como el proceso por el cual una innovación se comunica a través de ciertos canales y a lo largo del tiempo entre los miembros de un sistema social.

Según Michael C. Horowitz (2010) la difusión militar se produce cuando un proceso de innovación alcanza un nivel de progreso que le permite ‘debutar’ o demostrar su efectividad tanto en la guerra como en tiempo de paz. Es en ese momento cuando el resto de actores cuentan con información suficiente para comprender el significado de esa innovación concreta y, en consecuencia, algunos de ellos se sienten impulsados a emularla. Otros, sin embargo, no lo hacen porque no lo necesitan, no cuentan con los recursos necesarios para ello o porque sus organizaciones militares no favorecen el cambio. También existe la opción de que otros actores innoven militarmente pero no imitando sino desarrollando capacidades que contrarresten la innovación del primero.

En algunos casos, el resultado de la emulación puede acabar siendo mejor que el alcanzado por quien inició el proceso innovador. Horowitz (2010: 1-3) pone como ejemplo a la Royal Navy de mediados siglo XIX y principios del XX. La armada británica asumió avances introducidos por la marina francesa, como fueron los buques con casco de acero, los torpederos o los submarinos, y prevaleció en ellos. ¿A qué se debió la ventaja británica?

Horowitz apunta dos razones que constituyen el argumento central de su teoría sobre el modo como se producen las difusiones militares: 1) hay Estados que disponen de mayor capacidad económica y/o industrial para desarrollar por cuenta propia las nuevas tecnologías, y 2) sus organizaciones militares son más eficaces a la hora de integrar los avances tecnológicos en su doctrina, adiestramiento y orgánica.

Cuando se trata de la última razón, lo que suele suceder además es que el país que inició la innovación lo hizo sólo desde el punto de vista tecnológico, mientras que el segundo –quien emuló y superó al primero– fue quien realmente culminó el proceso de una auténtica innovación militar. En el ejemplo que acabamos de mencionar, Horowitz explica que la resistencia institucional de su marina impidió que Francia culminara el proceso. Por su parte, los responsables de la Royal Navy mostraron un desinterés aparente en las declaraciones públicas, pero en secreto estudiaron a fondo los avances galos. Una vez convencidos de su utilidad, los hicieron propios, los mejoraron, adaptaron su doctrina y estructura, y aprovecharon su superioridad industrial para adelantar a Francia.

Por último, hay dos ideas que ya han salido pero que interesa subrayar al hablar sobre innovación, emulación y difusión militar.

Primero que innovación militar e invención no son sinónimos. La definición que hemos establecido habla exclusivamente de proceso de cambio. No hay problema en que el resultado sea un modo de operar que ya se había dado con anterioridad en la Historia o que ya aplican otros ejércitos. Por ejemplo, el desarrollo de la doctrina de contrainsurgencia (COIN) por parte del ejército y de los marines norteamericanos a raíz de sus experiencias en Irak y Afganistán no es una novedad absoluta para ambas instituciones. Las fuerzas de Estados Unidos ya habían hecho COIN en Filipinas a principios del siglo XX y décadas más tarde en la guerra de Vietnam; y, por supuesto, dicha doctrina tenía elementos comunes con lo que habían practicado otros ejércitos del mundo con anterioridad. Sin embargo, la aplicación de la doctrina COIN por parte del US Army y de los Marines a mediados de la década de 2000 supuso en aquel momento un cambio en el modo de operar de ambas fuerzas, y por tanto puede calificarse de innovación.

La segunda es que el éxito en la innovación de un ejército, además de alentar a la emulación, también puede dar lugar a contra-innovaciones por parte de otros ejércitos, con el fin de restar eficacia a la innovación del primero. Un ejemplo, sería el desarrollo de capacidades de denegación de área por parte de China (que incluye entre otros elementos los novedosos misiles balísticos antibuque) y que claramente se dirigen contra la innovación que fueron en su día los grupos de combate de portaviones de Estados Unidos.

Los procesos de contra-innovación son auténticas innovaciones cuando exigen cambios que se ajustan a la definición antes expuesta. Pero para no complicar más la terminología no vamos a canonizar este concepto. En la práctica muchas innovaciones son contra-innovaciones (por ejemplo, en el ámbito de la defensa aérea o de la lucha contra-carro). Simplemente conviene saber que existe esta dinámica en el origen de algunos procesos de innovación.

Una vez revisada la literatura y aclarados los conceptos, (una fase necesaria pero que puede resultar ardua al lector) en los siguientes análisis nos centraremos en cómo y por qué se producen las innovaciones militares.

Editado por: Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI). Lugar de edición: Granada (España). ISSN: 2340-8421.

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