Una brevísima historia del 'hacktivismo'

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Hacktivismo es un término cuyo origen suele atribuirse a un grupo de hackers estadounidense que en 1984 adoptaron el nombre de “La Secta de la Vaca Muerta”, en referencia al matadero texano donde el grupo realiza sus reuniones. En su ideario se encontraba la proclama de que el acceso a la información online era un derecho humano universal, lo que les llevo a poner en marcha un proyecto llamado “Hacktivismo” destinado a luchar contra la censura de Internet y la prestación de apoyo técnico a los internautas que vivían bajo gobiernos opresivos. Sus acciones características incluían toda una serie de acciones implementadas a través de Internet, las cuales, a pesar de su carácter no violento, planteaban problemas en cuanto su legalidad.

A pesar de que el hacktivismo es relativamente reciente, no existe unanimidad en el ámbito académico sobre su conceptualización y elementos definitorios. En este sentido, las aproximaciones a este fenómeno han ido oscilando entre aquellas visiones que lo entendían como una nueva forma de participación política no convencional que aprovechaba las potenciales que ofrecía el ciberespacio, a aquellas otras posturas que lo han entendido como una táctica delictiva para avanzar en los objetivos de grupos de carácter ilegítimo. 

A principios de la década de los noventa, cuando los primeros grupos de hacktivismo hicieron su irrupción, fue frecuente desde el ámbito académico interpretar este fenómeno como una expresión natural del activismo político protagonizado por redes de ciudadanos.  Según esta visión, el fenómeno era el resultado de la intersección entre la disponibilidad del ciberespacio, las sociedades de la información y los modernos movimientos sociales de protesta y resistencia. Para algunos observadores, constituían el vínculo entre Internet y la globalización de la democracia participativa.

Esta visión establecía una clara distinción entre este tipo de activismo político, consistente en uso poco ortodoxo del activismo político a través del ciberespacio, con respecto a aquellas otras actividades catalogadas como ”cracking”, las cuales no dejaban de ser usos meramente delictivos de las nuevas herramientas informáticas.

Fue frecuente que las primeras aproximaciones al fenómeno hacktivista identificaran como el germen de estos grupos el mismo contexto socio-político que desencadenó el movimiento anti-globalización de mediados de la década de los noventa. Estos análisis explicaban, por ejemplo, el protagonismo mundial alcanzado por el movimiento zapatista de Chiapas (México) como una confluencia de estos dos fenómenos.

El hacktivismo haría, por tanto, referencia a un tipo de activista politico revestido de tres cualidades diferenciadoras: la apuesta por acciones simples pero de gran impacto social y mediático, una elevada cualificación técnica que le permite dominar las nuevas tecnologias de la información, su desprecio hacia los “normas establecidas”.

A pesar de que las primeras aproximaciones acádemicas al fenómeno partían de una valoración positiva sobre los componentes y objetivos de estos grupos, los medios de comunicación de masas tardaron poco tiempo en enfatizar aquellas carácterísticas que más suspicia generaban entre la ciudadanía. El carácter anónimo y virtual de las acciones puestas en marcha por los grupos de hacktivismo sirvió de base para el tratamiento sensacionalista de mucha de la información procedente sobre estos grupos. La predilección que sus miembros mostraron por adoptar nombres inquietantes tampoco ayudó a mejorar este enfoque: The Legion of Doom, Bad Ass Mother Fuckers, Toxic Shock, etc.

Esta tendencia se vió reforzada por el clima de inseguridad generado por los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Washington y Nueva York. La figura del hacker empezó a identificarse con la de criminal, y por extensión con la de ciber-terrorista.

Lejos de las visiones más idílicas sobre la naturaleza del hacktivismo y sus objetivos, empezaron a ganar peso las corrientes académicas que lo identifican básicamente como una nueva forma de participación política no convencional e ilegítima centrada básicamente en el recurso a los ataques, sabotajes y robo de información en el ciberespacio como instrumento de presión e influencia.

La trayectoria de grupos de hacktivismo como Anonymous fue interpretada como una premonición del poder que puede alcanzar una nueva generación de actores políticos generados exclusivamente a través de Internet.  A la altura de 2011, tan solo tres años después de sus primeras acciones, el grupo ya era percibido como una ciber-amenaza de primer nivel debido a la magnitud y frecuencia de sus operaciones de hackeo.  El nombre de Anonymous empezó a ser una palabra familiar en los informativos y en las declaraciones de políticos y responsables de las agencias de seguridad e inteligencia de medio mundo. Su estructura sin liderazgo y su lógica de funcionamiento basada en la espontaneidad y el voluntarismo de sus miembros, parecían una combinación invencible frente a la cual poco podían hacer las estructuras de poder clásicas.

Para saber más:

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