Túnez 2030: dos posibles escenarios

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Análisis GESI, 31/2017

Resumen: El presente texto se trata de un trabajo de prospectiva realizado en el marco del Taller de estudios estratégicos y construcción de escenarios en el norte de África y Oriente Próximo, desarrollado en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad de Granada durante el curso académico 2016-2017.

En este caso, tras hacer una descripción y posterior análisis de los principales drivers que incidirán en el devenir de Túnez, se plantean dos escenarios extremos que podrían darse dentro del horizonte temporal 2030, y ello mediante posibles combinaciones de esos drivers. La selección de Túnez se justifica por ser el único país que, tras la primavera árabe, ha transitado hacia una democracia. Así mismo, que los dos escenarios plateados sean, en cierto modo, los dos más extremos que hemos podido construir se debe a que con ello pretendemos romper con el pensamiento lineal y estar preparados para acontecimientos que, en un principio, nos podrían parecer muy poco probables.

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Introducción

Pasados más de seis años desde el inicio de la primavera árabe, Túnez es el único país en el que se ha producido una transición a la democracia. Sin embargo, el país no está exento de problemas. Con una situación económica que, aunque se recupera de forma paulatina, no es nada halagüeña, una corrupción rampante que carcome a una sobredimensionada Administración, una parte de la población sumida en unas situaciones de precariedad extremas y un estado de amenaza constante fruto del terrorismo yihadista, Túnez tiene por delante una serie de retos que ha de afrontar en el corto y medio plazo.

Precisamente, los obstáculos a los que el país tendrá que hacer frente es lo que justifica que tratemos de reducir la incertidumbre aplicando técnicas como la construcción de escenarios. Para ello se han tenido en cuenta los estudios prospectivos elaborados por la Delegation for Strategic Affairs (2013), el National Intelligence Council (2012), el Institute for Security Studies (Gaub & Laban, 2015), el Development, Concepts and Doctrine Centre (2014) y por el Atlantic Council (Engelke, Aronsson & Nordenman, 2017). Son trabajos que tratan de identificar, analizar y anticipar la evolución de las tendencias regionales[1] o globales que afectarán a la seguridad y estabilidad en el largo plazo, en un horizonte temporal que oscila entre 2025 y 2045.

La estructura de este trabajo se descompone en tres apartados. En el primero se describen y analizan los drivers seleccionados. A continuación se exponen los dos escenarios de futuro considerados[2]. Por último, se presentan las conclusiones extraídas tras la elaboración del trabajo, que consistirán dilucidar cuáles son los drivers más determinantes para la situación socio – política futura del país, pues sobre ellos habrán de trabajar las autoridades públicas.

 

¿Qué drivers serán determinantes en el futuro de Túnez?

Teniendo en cuenta los estudios prospectivos consultados, y tras haber realizado una revisión bibliográfica sobre la situación del país tras la primavera árabe, consideramos seis drivers determinantes en el devenir de Túnez. A saber: movimiento yihadista, situación regional, influencia de actores extra – regionales, situación económica nacional, situación socio - regional nacional y fortaleza del Estado.

Driver 1. Movimiento yihadista

El proceso de transición democrática y el esfuerzo de recuperación económica en Túnez están transcurriendo al mismo tiempo que el terrorismo yihadista se encuentra en auge, asunto preocupante para la estabilidad y seguridad del país. Una de las consecuencias de este aumento de los ataques terroristas ha sido el descenso del turismo. De los 570 hoteles que hay en Túnez, más de la mitad están cerrados, y en 2015 el ingreso por turismo fue de un 35% menos que el año anterior (Ghilès, 2016).

Al deterior del sector turístico y al daño causado por los ataques perpetrados por organizaciones terroristas en suelo tunecino hay que sumar el elevado número de foreing fighters que han viajado a Libia o Siria para hacer la yihad, cuyo retorno supondría una potencial amenaza para la seguridad del país. En el primer caso se habla de unos 1.000 ciudadanos, mientras que en el segundo la cifra asciende hasta los 3.000 (Duch Ramos, 2016)[3]. La manera en la que se acoja a esos retornados y sus propósitos definirán el futuro de Túnez[4], país que se ha convertido en

enemigo a batir para todos aquellos interesados en generar inestabilidad y caos con el fin de alcanzar sus objetivos ideológicos y políticos, que se traducirían en el control de territorios gobernados bajo los criterios del salafismo y bajo el imperio de (…) la Sharia. (Duch Ramos, 2016, p. 10).

Tras el derrocamiento de Ben Ali, aproximadamente 300 yihadistas fueron amnistiados y liberados en 2011 (Petré, 2015). Los diferentes Gobiernos de transición llevaron a cabo políticas laxas de corte integrador respecto al fenómeno salafista, factor que facilitó la expansión del yihadismo en Túnez. No obstante, el hecho de que bajo el anterior régimen se castigase la pertenencia a corrientes religiosas de pensamiento ha favorecido el arraigo del salafismo yihadista y la aparición de nuevas organizaciones. Un ejemplo de ello es el surgimiento de la ya ilegalizada Ansar al-Sharia en Túnez (AST) tras la Revolución de los Jazmines (Altuna, 2015a).

La desarticulación de AST propició la aparición de un vacío de poder que fue aprovechado por Daesh, cuya presencia en el país magrebí data de 2015 (Kausch, 2015). Desde entonces, la amenaza ha aumentado cualitativa y cuantitativamente, pero las autoridades tunecinas no fueron conscientes del peligro que suponía esta organización hasta que se produjeron tres importantes atentados en 2015:

ataque contra el Museo Nacional de Bardo, en marzo de 2015 y con 21 muertos; ataque en las playas de Sousse, en junio y con 38 muertos; y ataque contra el autobús de la Guardia Presidencial, en Túnez capital en noviembre, con 12 muertos. (Echeverría Jesús, 2015, p. 16.).

De esa toma de conciencia por parte de las autoridades se derivaron acontecimientos como la aprobación de una nueva ley antiterrorista y el establecimiento de nuevos vínculos de relaciones exteriores para fortalecer la lucha contra el terrorismo.

La nueva ley antiterrorista de 2015[5], que viene a sustituir a la de 2003, ha sido objeto de críticas por numerosas organizaciones no gubernamentales[6] por entender que carece de las salvaguardias necesarias contra los abusos y que pone en peligro los derechos humanos. La nueva norma otorga amplios poderes a las fuerzas de seguridad en cuestiones de supervisión y vigilancia, amplia de seis a 15 días el período de detención “y permite que los tribunales celebren vistas a puerta cerrada y que se oculte la identidad de los testigos a los enjuiciados” (Amnistía Internacional, 2015), además de contemplar la pena de muerte. La ley ha despertado viejos fantasmas en una parte de la ciudadanía tunecina ante el miedo a que la nueva norma pueda acabar siendo un instrumento de control social y político.

Por último, en cuanto al establecimiento de nuevos vínculos de relaciones exteriores para fortalecer la lucha contra el terrorismo, tras los atentados perpetrados en el Museo del Bardo y las playas de Sousse, el anterior Presidente de los EE.UU., Barack Obama, designó a Túnez como “aliado principal no miembro de la OTAN[7]”, abriendo la puerta a la organización de entrenamientos conjuntos y a la entrega de artículos excedentes de defensa. Aunque la decisión de otorgar a Túnez ese estatus especial ya estaba tomada desde mayo de 2015, no fue hasta julio cuando Obama hizo efectiva su decisión. Ésta también fue acompañada de la intensificación del uso de drones estadounidenses en territorio tunecino para ejercer un control más efectivo de la actividad yihadista en las zonas fronterizas.

Para el año fiscal 2016 / 2017, la ayuda externa de EE.UU. a Túnez ha sido de 140 millones de dólares, cuya distribución por partidas es la siguiente: 19% para la promoción de los derechos humanos, la democracia y el buen gobierno; 36% para apoyo económico; y 45% para la ayuda relacionada con la seguridad (Satloff & Feuer, 2017).

Por otro lado, las relaciones del Túnez post Ben Ali con Francia también han sido muy estrechas, por lo que a las numerosas visitas mutuas de dirigentes políticos hay que añadir la ayuda financiera que el país galo ha venido concediendo a Túnez. Un ejemplo de ello es la concesión de una ayuda financiera por valor de 20 millones de euros para estrechar las relaciones en la colaboración en la lucha antiterrorista y entre los respectivos servicios de inteligencia[8].

Pero además del aumento de las relaciones con estos dos países, tras el atentado en Sousse,

Túnez inició un proceso de coordinación de la asistencia de seguridad con los países del G7 más Bélgica, España y la UE. El proceso, denominado G7 + 3, se organiza en torno a tres líneas de esfuerzo: la seguridad fronteriza, la infraestructura turística y la lucha contra el extremismo violento. (Muasher, Pierini & Djerassi, 2016, p. 8).

Este proceso ha posibilitado que se haya producido una planificación y coordinación interministerial entre el Ministerio de Defensa y el Ministerio del Interior para elaborar una estrategia de seguridad integrada.

Driver 2. Situación regional

La situación geográfica de Túnez hace que su devenir esté fuertemente vinculado al de sus Estados vecinos[9], los cuales, en diferente grado, se encuentran sumidos en una situación de inestabilidad.

Libia lleva inmersa en una situación de anarquía política desde la caída de Gadafi en 2011. Tras más de cuatro años de conflicto armado, en diciembre de 2015 se firmó en Marruecos, en la ciudad de Sjirat, un acuerdo de paz entre los dos parlamentos libios (con sus respectivas sedes en Trípoli y Tobruk). Este pacto determinó la creación de un Gobierno de unidad nacional, formado el 17 de enero de 2017, momento desde el cual el Gobierno asentando en Tobruk ya no goza del respaldo de la ONU ni de la UE[10]. El Primer Ministro de ese Gobierno de unidad, Fayez Serraj, apoyó la convocatoria de elecciones para 2018, pero las experiencias pasadas nos llevan a pensar que las divisiones entre las partes harán muy difícil que el país consiga llegar a una situación de estabilidad.

Este panorama de incertidumbre constituye un elemento de gran potencial desestabilizador para Túnez, ya que un elevado número de nacionales tunecinos viajaron a Libia para participar como combatientes (González Francisco, 2016), hecho que se podrá seguir produciendo mientras no se ponga fin al conflicto.

En Libia precisamente se planearon los ataques contra el Museo Nacional del Bardo, las playas de Sousse, la Guardia Presidencial tunecina y la ciudad fronteriza de Ben Guerdane (Echeverría Jesús, 2016; Meddeb, 2017). Pero no sólo preocupa lo que ocurrirá con la vuelta de los foreing fighters sino que, en lo más inmediato, cuestiones como la situación en la frontera entre ambos países, el número de refugiados libios en Túnez, los conflictos tribales y el comercio informal en la zona fronteriza entre ambos países son factores que afectarán la economía, la estabilidad y la seguridad de Túnez (Kartas, 2013).

La porosidad de la frontera entre Libia y Túnez es un elemento idóneo para el ascenso de militantes radicales y del contrabando[11]. El sustento de muchas comunidades locales depende del comercio transfronterizo ilegal, por lo que un cierre de la frontera sin plantear alternativas de futuro a los ciudadanos de esas zonas propiciaría el caldo de cultivo ideal para el aumento del apoyo a los grupos yihadistas violentos.

Por cuanto a la cuestión de los refugiados libios en Túnez, en febrero de 2015 la cifra se estimaba en dos millones, hecho que ha suscitado quejas entre los ciudadanos tunecinos por la saturación de los servicios públicos, el aumento del precio de la vivienda y, sobre todo, por el “consumo de subsidios por parte de los residentes libios” (Kausch, 2015, p.4). Por otra parte, se teme que la polarización existente entre los miembros de la comunidad libia residente en Túnez haga que las tensiones políticas y el conflicto libio se trasladen a territorio tunecino.

Respecto al tema del comercio informal en la zona fronteriza, aunque es cierto que ya existía bajo los regímenes de Ben Ali y de Gadafi, su dinámica ha cambiado. Antes de que estallase la Primavera Árabe, ambos dirigentes permitían que las tribus locales asentadas en la frontera entre ambos países controlasen el comercio informal, sobre el que se basaba la economía de la región. Empero, este acuerdo tácito excluía, “al menos teóricamente, permisividad en lo que se refiere al tráfico ilícito de armas y drogas” (Duch Ramos, 2016, p. 8). Esta relación implicaba que esos actores monopolizasen el control de ese espacio socioeconómico, evitando que otros actores desarrollasen tráficos ilícitos. Las revueltas en ambos países causaron un descontrol en sus fronteras, y “la naturaleza del contrabando ha cambiado en los años recientes: su valor ha incrementado y los actores clave ahora portan Kalashnikovs, unidades de cuatro ruedas y usan comunicación por satélite” (Ghilès, 2016, p. 2).

Las repercusiones que sobre la economía pueda tener esta situación también merecen ser analizadas. Debido a sus fuertes vínculos económicos, durante el período 1995 – 2013 hubo una estrecha relación entre los niveles de PIB de Libia y de Túnez. El promedio de las exportaciones hacia Libia representó el  35,4% del PIB de Túnez durante el período 2008 – 2013, por lo que la actual crisis libia afectará el desarrollo económico tunecino a medio y largo plazo. Por otro lado, la situación en Libia también ha afectado al sector turístico de Túnez, visitado por aproximadamente 1,8 millones de turistas libios cada año, cifra que cayó un 30% en 2011 (Kausch, 2015).

Por su parte, Argelia se encuentra afectada por una serie de incertidumbres como son el retorno de la amenaza terrorista tras los ataques en 2013 y 2016 contra unas plantas procesadoras de gas en In Amenas y en In Salah respectivamente, la inestabilidad en el sur de Libia, el activismo de AQMI en la franja saheliana y la intervención por parte de Francia en Malí (Alvarado, 2013).

La evolución de la situación en Argelia es un factor a tener en cuenta en tanto que incidirá en el panorama tunecino y en la región en su conjunto. Son varias las dimensiones que habría que atender. En dimensión de política interna destacan la recomposición del aparato administrativo y de seguridad, así como la salud y futura sucesión del Presidente. En la dimensión económica destacan las incidencias que pueda ocasionar la caída continuada de los precios de los hidrocarburos, combinada con el crecimiento demográfico y la crisis medioambiental del país. A lo anterior hay que sumar la continuación de la amenaza yihadista que, aunque debilitada, no ha sido derrotada y se aprovecha para retroalimentarse de la coyuntura regional (Echeverría Jesús, 2015b).

Respecto a la dimensión política, son varias las incertidumbres por las que atraviesa Argelia, aunque la más discutida es la cuestión de la posible sucesión del Presidente. Desde que fuese reelegido en 2014, la incertidumbre sobre la salud de Bouteflika, unida a las reestructuraciones llevadas a cabo en los servicios de seguridad estatales, planteó preocupaciones sobre la estabilidad del país después de una hipotética sucesión presidencial. Aunque lo más probable es que los servicios de seguridad y los militares escojan a un sucesor y se produzca una sucesión suave, el nuevo Presidente tendrá que hacerse cargo de un Estado inmerso en un deterioro económico incapaz de comprar la paz social. El crecimiento de la protesta social podría hacer que los servicios de seguridad se concentrasen más en acallarla que en las operaciones antiterroristas en las zonas fronterizas, lo que aumentaría el riesgo de una mayor actividad terrorista (Satloff & Feuer, 2017).

En cuanto a la dimensión económica, el principal reto al que se enfrenta Argelia es su capacidad para llevar a cabo “las reformas necesarias que garanticen la continuidad de un sistema político basado en una economía rentista y muy expuesto a las fluctuaciones del mercado internacional de hidrocarburos” (Mañé Estrada, Thieux & Hernando de Larramendi, 2016, p. 27). A pesar de la fuerte dependencia que la marcha de la economía argelina tiene respecto a los vaivenes en los precios internacionales del sector de los hidrocarburos, el riesgo de un estallido social por causas económicas parece improbable la luz de tres indicadores[12]: 1) el crecimiento de la economía pese al descenso de los precios del petróleo desde 2014; 2) el buen nivel de reservas del país, a pesar de los saldos exteriores por cuenta corriente negativos de los últimos años; y 3) el nivel prácticamente nulo de endeudamiento de Argelia (Mañé, Thieux & Hernando de Larramendi, 2016).

Por último, respecto al incremento de la amenaza yihadista, la transnacionalización de la misma ha reforzado la percepción de vulnerabilidad. El ataque perpetrado por Daesh desde Libia en marzo de 2016 contra la ciudad tunecina de Ben Guerdane originó una gran preocupación en Argel y planteó nuevamente la necesidad de adaptar su política de seguridad. Varias han sido las medidas llevadas a cabo para hacer frente al terrorismo. En primer lugar, un aumento del presupuesto de defensa, que ha pasado de 6.054 millones de dólares en 2010 a 13.100 en 2015. En segundo lugar, un reforzamiento de la seguridad en las fronteras del país consistente en el despliegue de 75.000 nuevos soldados en el sur, la militarización de los pasos fronterizos y el cierre de 6.400 kilómetros de sus fronteras con Mali, Mauritania y Níger, medida que se suma al cierre de la frontera oriental con Marruecos, cuya vigencia data de 1994 (Mañé, Thieux & Hernando de Larramendi, 2016).

Driver 3. Influencia de actores extra – regionales

Las recomendaciones realizadas por el FMI bajo el régimen de Ben Ali no hicieron sino exacerbar las desigualdades y propiciar la concentración del poder económico en pocas manos. En junio de 2013, la junta directiva del organismo aprobó un préstamo (Stand-by Arrangement) de 1.750 millones de dólares para Túnez, a desembolsar en una serie de tramos en un período de 24 meses durante el cual se llevarían a cabo ocho exámenes del programa.

Este acuerdo se extendió finalmente durante siete meses más, y las propuestas presentadas por el FMI incluían, entre otras: una reducción de impuestos para el sector empresarial; aumento de una serie de impuestos al consumo; aumento de los precios de los combustibles, del gas y de la electricidad, así como una reducción de los subsidios a determinados productos; la desregulación del mercado de trabajo; la congelación hasta 2014 de los sueldos de los empleados públicos, etc. (Mossallem, 2015).

A pesar de que hay ciertos sectores de la población que viven situaciones bastante precarias, con la implementación de este acuerdo se ha logrado preservar la estabilidad macroeconómica y poner en marcha las reformas bancarias y fiscales necesarias. Sin embargo, Túnez ha de seguir enfrentando importantes retos como una actividad económica débil, unos altos desequilibrios externos y unas tensiones sociales persistentes (Mossallem, 2015).

En mayo de 2016 el FMI aprobó un nuevo préstamo de 2.900 millones de dólares durante 24 meses. Este programa también estará sujeto a ocho revisiones y su objetivo consiste en lograr un crecimiento más inclusivo y crear puestos de trabajo, centrándose la ejecución en cuatro pilares: i) consolidación de la estabilidad macroeconómica; ii) reforma de las instituciones públicas, iii) promoción de la intermediación financiera, iv) y mejora del clima de negocios. El programa está centrado en una serie de prioridades que, a grosso modo, consisten en reducir el déficit fiscal, congelar los salarios, flexibilizar el tipo de cambio, mejorar la intermediación del sector financiero y llevar a cabo una serie de reformas estructurales (del sistema fiscal, reducción de subsidios a la energía, etc.)[13]

El cumplimiento por parte del Gobierno de estos compromisos adquiridos con el FMI plantea varios problemas al respecto. A la oposición de la Unión General Tunecina del Trabajo (UGTT) hay que sumar el hecho de que muchas familias dependen del empleo público de uno de sus miembros. Además, reducir empleo público podría perjudicar la demanda agregada por el hecho de que las PYME podrían verse arrastradas ante la pérdida de capacidad de consumo de esos empleados a los que se despediría o se les reduciría el sueldo.

Los problemas económicos tunecinos y las profundas reformas que habrá de acometer plantean dudas sobre la capacidad del Gobierno para hacer frente a los compromisos adquiridos. El futuro de la estabilidad de Túnez depende en buena medida de la postura que adopte el FMI. Si este organismo sigue apostando por las mismas políticas económicas que desde mediados de los 80 y hasta el inicio del siglo XXI acentuaron la desigualdad y la pobreza en el seno de las sociedades de los países magrebíes (pese a la mejora de los indicadores macroeconómicos), muy probablemente, todos los pasos que hacia la democracia ha dado Túnez habrán sido en vano.

Por otro lado, es importante tener en cuenta la influencia de la UE, principal donante y socio comercial de Túnez. Así las cosas, es plausible pensar que, a medio plazo, la trayectoria económica de Túnez dependerá en buena medida de la UE. Como donante, la UE es esencial para acompañar las reformas estructurales y los desequilibrios macroeconómicos de Túnez. Como socio comercial es clave “para ofrecer incentivos a las reformas y apoyar el crecimiento con oportunidades de integración comercial, productiva y normativa” (Escribano, 2016, pp. 9 – 10).

Por último, en cuanto a las relaciones de Túnez con EE.UU., lo más destacable son los paquetes de material de defensa y ayuda económica aprobados por el ex Presidente Obama tras los atentados perpetrados en el Museo del Bardo y las playas de Sousse (Altuna, 2015b).

Driver 4. Situación económica nacional

Según el Gobierno de Túnez, en 2017 el PIB crecerá un 2.5%; el consumo privado un 3.6%; el IPC otro 3.6%; las exportaciones de bienes y servicios un 6.8%; mientras que las importaciones de bienes y servicios lo harán en un 5.7%[14]. No obstante, más allá de previsiones oficiales, lo cierto es que la situación económica de Túnez no atraviesa su mejor momento.

El país cuenta con tres motores de crecimiento: la inversión, el consumo y las exportaciones. El Gobierno se niega a impulsar el primero, mientras que los dos últimos se encuentran debilitados (Ghilès, 2016). En 2015, el crecimiento del PIB se estimó en un 3%, pero finalmente apenas alcanzó un 0.5%. La causa principal fue el estancamiento de los dos principales motores de la exportación: los fosfatos y fertilizantes y el turismo.

La parálisis de la producción de fosfatos se debió, sobre todo, a las huelgas mineras y bloqueos que se produjeron en el centro del país durante 2015, experimentando dicha producción una reducción de dos tercios respecto a su nivel de 2010, sobre todo debido a la crisis social en la cuenca minera de Metlaoui (Ghilès, 2016). Si a este hecho le sumamos la inseguridad en el sur del país y los bajos precios de las materias primas tenemos las razones del desinterés de los inversores extranjeros en Túnez (Escribano, 2016).

Respecto al turismo, éste se ha hundido con el auge de los atentados terroristas tras la Revolución. El descenso del número de visitantes internacionales ha acentuado la mala salud financiera de este sector y ha obligado a cerrar centenares de hoteles. Mientras que los ingresos por turismo en 2010 fueron de 2.645 millones de dólares, en 2015 la cifra descendió hasta los 1.354 millones de dólares (Organización Internacional del Turismo, 2016). No obstante, fuentes oficiales estiman para 2017 un incremento del 30% de turistas respecto al año anterior[15].

En cuanto al mercado laboral, el desempleo es del 15%, aproximadamente dos puntos por encima de la tasa pre – revolucionaria, cifra que alcanza el 40% en el caso del desempleo juvenil (Escribano, 2016). Los distintos Gobiernos han pretendido acabar con el desempleo mediante una mayor contratación en el sector público y aumentos salariales, haciendo que, de seis billones de dinares que representaba el gasto en salarios de los empleados públicos en 2010, la cifra haya ascendido hasta los 13.2 billones de dinares en 2016 (Muasher, Pierini & Aliriza, 2016).

Por otro lado, las remesas de nacionales tunecinos en el exterior han disminuido desde que estalló el conflicto en Libia. Previamente, alrededor de 100.000 tunecinos trabajaban en el país vecino, de los que un alto porcentaje procedía de zonas pobres y mantenía a sus familias con los ingresos obtenidos en Libia. En 2011 la mayoría comenzó a regresar, lo que ha implicado una pérdida de esas remesas y un aumento de la pobreza para comunidades especialmente vulnerables, abonando el terreno para un auge de la protesta social (Kausch, 2015).

El pasado año, el Gobierno de Túnez, en coordinación con sus asociados internacionales, propuso como solución una serie de reformas económicas entre las que se incluyeron una nueva ley sobre independencia del Banco Central de Túnez y la incorporación a éste de un equipo técnico estadounidense junto a una estrecha supervisión de los equipos técnicos del FMI.

En el mejor de los casos, estas reformas mejorarán el atractivo de Túnez para los inversores privados, lo que podría aumentar la inversión en proyectos de desarrollo que podrían aportar capital y empleo a Túnez. En el peor de los casos, romperán el viejo modelo económico sin garantizar una nueva alternativa, algo que podría exacerbar las desigualdades sociales y las tensiones políticas existentes. (Aliriza, 2016, p. 1).

Driver 5. Situación socio - regional nacional

La estabilidad y la consolidación de la democracia en Túnez dependerán, en buena medida, del grado de protesta y desigualdad social existente en los próximos años.

Tradicionalmente se ha priorizado el desarrollo de la zona litoral este sobre las tierras del oeste y del sur. El trato preferencial a esas áreas contribuyó a las flagrantes divisiones regionales. “El interior y el sur se quedan atrás en la industrialización, dependiendo principalmente de la agricultura, la construcción y algunos recursos mineros limitados para los ingresos" (Boukhars, 2016, p.2).

Las regiones del sur cuentan con unas infraestructuras muy precarias, mientras que el oeste está más atrasado en todos los indicadores sociales y económicos. Con una población menguante que migra a las zonas del litoral, unas infraestructuras precarias y unos trabajadores menos cualificados que los de la zona costera mediterránea oriental, las regiones del sur e interior son menos atractivas para la inversión empresarial. Aunque durante los dos primeros año de su Gobierno Ennahda incrementó en un 30% el monto de los fondos públicos destinados a las regiones más pobres, la dilación en la ejecución de los proyectos fue tal que la cantidad efectivamente gastada resultó inferior al nivel de la era Ben Ali (Boukhars, 2016).

El resultado de una estrategia económica centrada en el crecimiento y la estabilidad macroeconómica, ignorando las especificidades del país, ha sido el empeoramiento de las disparidades regionales. No obstante, éstas no sólo se deben a la falta de inversiones gubernamentales, sino que la burocracia y la inseguridad también vienen impidiendo que los proyectos de desarrollo, muchas veces destinados a mejorar la situación de las regiones del interior, se hayan llevado a cabo dentro de los plazos programados, haciendo que miles de millones de dólares permanezcan estancados (Muasher, Pierini, & Djerassi, 2016) No obstante, la mayor actividad económica se concentra en las zonas costeras, por lo que la brecha entre éstas y las áreas urbanas del oeste e interior del país va aumentando (African Economic Outlook, 2016).

Por otro lado, en cuanto a la protesta social, podemos destacar las huelgas de los trabajadores de los sectores minero, gasístico y petrolero y las manifestaciones de los jóvenes ante la falta de oportunidades. En Túnez, la lucha social contra las desigualdades estructurales tiene un largo recorrido, especialmente en las regiones en las que la presencia del Estado es menor. En estas zonas desatendidas, las protestas no violentas se han encontrado en muchas ocasiones con la represión de las autoridades estatales, algo que ha solido animar a muchos ciudadanos a unirse a esa demandas (Chomiak, 2016).

En las regiones del interior vienen siendo frecuentes las manifestaciones de jóvenes locales que exigen oportunidades de empleo en el sector minero, algo que en 2015 causó una parálisis temporal de la producción de fosfato en Gafsa. Pero las manifestaciones no sólo se circunscriben a ese sector ni a esas zonas, sino que las actividades de exploración y producción de gas y petróleo también se han visto perturbadas por ese malestar social. Un ejemplo de ello es la detención de la producción de gas que la empresa británica Petrofac tuvo que llevar a cabo durante casi todo 2016 en las islas Kerkennah debido a las protestas (Nakhle, 2017).

Regiones como Kasserine, Sidi Bouzid o Gafsa constituyen constantes focos de tensión social por sus altos porcentajes de desempleo juvenil, que suelen situarse en el doble de la media del país. Y no hay que olvidar que la desigualdad social y la falta de oportunidades para los ciudadanos de las zonas atrasadas, sobre todo para muchos jóvenes, fueron factores que estuvieron detrás de la Revolución.

Driver 6. Fortaleza del Estado

A la tradicional ineficiencia del sector público hay que sumar la añadida durante el período del Gobierno interino post Ben Ali. Éste, en un intento de resolver el deterioro de la economía, aumentó el número de empleados del sector público, algo que venía ocurriendo desde 2010, y que hasta 2013 representó una cifra del 26% (Apap & Leblanc, 2016).

En este sentido, la Administración pública, que emplea a más de 600.000 personas, suele ser percibida como uno de los impedimentos para el desarrollo y el crecimiento económico, absorbiendo una gran parte de la asistencia internacional. Además, muchas actividades económicas requieren una licencia gubernamental que suele demorarse de forma abusiva debido al solapamiento de regulaciones, sistemas de información anticuados, etc.

Por otro lado, también tenemos que destacar la corrupción endémica del Estado, factor que para algunos autores (como Altuna, 2015b) contribuyó al auge del yihadismo en Túnez y es uno de los principales desafíos para abordar las reformas económicas[16]. Además, este factor también ha llevado en ocasiones a la frustración social, siendo un ejemplo los disturbios tras la muerte de un hombre por electrocución mientras protestaba por su remoción de una lista de candidatos para trabajar en el sector público (Satloff & Feuer, 2017). Además, que la corrupción puede seguir exacerbando las tensiones sociales parece claro a la luz de los resultados de una encuesta realizada en 2016 por el International Republican Institute (2016), en la que para el 40% de los encuestados la reducción de la corrupción es la clave para abordar los problemas del país.

Pasando ahora a las fuerzas de seguridad, son muchos los analistas que coinciden en que es necesaria una reforma de las mismas (Duch Ramos, 2016; Bueno, 2016; Escribano, 2016; Boukhars, 2016). La principal dificultad para la reforma radica en que el proceso de adaptación de las fuerzas de seguridad al nuevo régimen se ha realizado al tiempo que éstas han tenido que hacer frente al auge de la amenaza terrorista.

Empero, también es cierto que las fuerzas de seguridad se encuentran fragmentadas y poco dispuestas a promover estándares de profesionalización, por lo que la reforma de este sector suele ser descrita “como una lucha entre fuerzas políticas con ambiciones democráticas y un aparato de seguridad con tendencias autoritarias” (International Crisis Group, 2015, p. 2).

Tras la Revolución, las fuerzas de seguridad comenzaron a organizar sindicatos con el objetivo de buscar su independencia respecto de las autoridades políticas. Pero esa lucha por su independencia ha sido comprendida por las fuerzas de seguridad como “una lucha contra las autoridades políticas con el objetivo de adquirir suficiente autonomía para retirarse del debate democrático sobre la seguridad” (International Crisis Group, 2015, p. 9).

En otro orden de cosas, la brutalidad con la que en ocasiones actúan los miembros de las fuerzas de seguridad en sus intervenciones también está incidiendo en la polarización social. Esto ocurre porque mientras las clases medias y altas están en contacto con policías trabajadores del registro civil o funcionarios fronterizos y aduaneros, los habitantes de las regiones atrasadas han sido víctimas de los excesos de los miembros de las fuerzas de seguridad, a los que llegan a ver como “ladrones uniformados” (International Crisis Group, 2015). En este sentido, el carácter cada vez más violento de las fuerzas de seguridad puede llevar a una mayor polarización de las comunidades y a la desilusión de los jóvenes.

 

Escenarios futuros

Escenario 1. Estado fallido

El fin de la guerra en Siria en 2020 provocó un regreso masivo de foreing fighters hacia el Magreb. Su perfil respondía al de militantes enviados por sus organizaciones para librar la yihad en otra región. Marruecos ha sido el país que mejor ha gestionado la situación, y Argelia en menor medida, mientras que Libia y Túnez se han visto desbordados. Éste último sufrió una escalada de atentados terroristas entre 2020 y 2022 que terminó por sumirlo en una situación de inseguridad e inestabilidad permanente. Las dinámicas de acción – reacción – acción hicieron que una gran parte de la población de las regiones más atrasadas desarrollase un sentimiento de rechazo hacia las autoridades y se sumase a la causa yihadista[17]. En este sentido, AQMI[18] resultó muy beneficiada, pues, aún entre algunos simpatizantes yihadistas, Daesh despierta recelos por las atrocidades cometidas contra la población del territorio que ha logrado controlar.   

Esto permitió que la ilegalizada AST se reconstruyese en 2023 y se hiciese con el control de Gafsa y de Kasserine. Aprovechando el inicio del conflicto interno en Túnez, efectivos del Daesh en Libia llevaron a cabo una actividad de insurgencia en Ben – Guerdane y consiguieron controlarla. El Gobierno de Túnez esperaba un rápido apoyo de la OTAN, pero la experiencia libia llevo a que el Consejo de Seguridad de la ONU no aprobase una resolución hasta un año más tarde. A día de hoy ninguna de las partes ha logrado imponerse y miles de refugiados procedentes de Túnez y Libia han llegado a las costas europeas[19].

Por cuanto a Libia se refiere, sigue siendo un Estado frágil sumido en una pugna entre un sinfín de grupos por hacerse con el control de partes del territorio. Desde 2021, Daesh volvió a tener una fuerte presencia, haciéndose con el control de Tripoli un año más tarde. Por su parte, una organización afín a AQMI tomó la ciudad de Bengasi en 2021, desde donde un año más tarde atacó la ciudad de Tobruk, que está bajo su control desde 2023. Desde entonces una miríada de grupos islamistas moderados y yihadistas luchan entre sí, ahora sin un proyecto de Gobierno de unidad y con los países occidentales centrados en la salida al conflicto sirio.

En Argelia el panorama no es mucho más alentador. Tras la muerte del Presidente argelino, meses antes de las elecciones presidenciales de 2019, se abrió una pugna en el seno del Front de Libération Nationale (FLN) por la sucesión. Esta situación, unida a una serie de ataques terroristas en territorio argelino, llevó a que el General Bachir Tartag pasase a ocupar la presidencia hasta que fuese posible celebrar unas elecciones en un contexto más seguro y estable. Aunque ni a día de hoy se ha alcanzado tal entorno, una serie de protestas sociales y de luchas internas en el seno del FLN, los servicios secretos y los militares, llevaron a que en 2025 se celebrasen unas elecciones presidenciales en las que Saïd Bouteflika obtuvo la victoria.

En estos años de inestabilidad e incertidumbre no ha sido posible llevar a cabo las reformas económicas necesarias. Los continuos déficits presupuestarios hicieron que, para 2019, el Fondo de Regulación de Gastos quedase vacío. Además, los continuos atrasos en la realización de ajustes presupuestarios han agravado aún más la situación. No obstante, Argelia sigue siendo el país magrebí que más invierte en defensa, pues la caótica situación regional ha mantenido alerta a las autoridades ante la posible implantación de organizaciones terroristas en el interior del país, algo que hasta ahora se ha evitado gracias a la efectividad de los servicios secretos, a la práctica militarización de la seguridad en sus regiones y a que estas organizaciones se encuentran ocupadas combatiendo en Túnez y Libia, lo que no ha evitado que Argelia haya sufrido cuatro ataques terroristas de gran envergadura.

Volviendo a Túnez, el estancamiento del crecimiento económico y la falta de reformas estructurales hicieron que su economía quedase en manos de sus donantes y socios comerciales, sobre todo de la UE. Ésta ha ido enfrentándose a sus propios problemas, como la crisis de refugiados y la gestión de la futura salida de Francia de la organización, lo que ha hecho que la apuesta por la estabilización tunecina haya pasado a un segundo plano, como lo demuestra la reducción de donaciones y préstamos realizados al país.  

Esto no ha obstado para aliviar las exigencias del FMI. Tras los préstamos concedidos a Túnez en 2013 y 2016, se han sucedido continuas prorrogas y nuevos acuerdos a los que el país no ha podido responder, por lo que en 2022 esta institución optó por no concederle más préstamos hasta que las autoridades no aplicasen las medidas de ajuste demandadas. El problema es que un año después de esa decisión comenzó el conflicto interno, por lo que ha sido imposible para Túnez cumplir las exigencias.

La mala situación económica tunecina se ha debido a la debilidad de las exportaciones, el consumo y la inversión. En 2015, las exportaciones de bienes y servicios supusieron el 40,8% del PIB, pero desde el inicio del conflicto hasta la actualidad su contribución ha sido de una media anual del 20%, pues a la destrucción de decenas de fábricas de la industria textil hay que sumar el retroceso del sector agrícola y el cese de la producción de fosfatos. En cuanto al consumo, en 2016 se estimaba que en los próximos años sería el motor principal de la economía, pero el deterioro de las condiciones socioeconómicas de una parte de los ciudadanos tunecinos hasta 2023 y el inicio del conflicto posteriormente imposibilitaron que esas predicciones se cumplieran. Por último, la falta de inversiones públicas y privadas también ha supuesto un lastre para el crecimiento económico. Pese a los intentos de los distintos Gobiernos por atraer nuevas inversiones mediante medidas como la aprobación del Código de Inversiones en 2016, la celebración de la conferencia Túnez 2020, o los frecuentes viajes al extranjero de cargos ministeriales para atraer la inversión externa, la situación de inseguridad e inestabilidad primero, y el estallido del conflicto después, han ahuyentado la inversión privada.

Ante tal panorama no es de extrañar que la tasa de desempleo se sitúe actualmente en el 37%, mientras que la de desempleo juvenil ha alcanzado un 56%. Para comprender estos datos hay que tener en cuenta el fuerte descenso del turismo en el periodo 2015 – 2023 y la práctica desaparición del sector tras el inicio del conflicto. Además de que ningún sector ha tomado el relevo como motor del crecimiento económico, a día de hoy la economía informal y los tráficos ilícitos representan más del 65% del PIB. Esto ha hecho que el Estado haya perdido grandes cantidades de dinero por impuestos no recaudados, con el problema añadido de que se le han cerrado muchos cauces para pedir prestado al extranjero.

En este contexto se ha agudizado la polarización social. Desde 2018, ante las continuas protestas sociales, las élites de la capital y de la costa oriental comenzaron a pensar que el orden y la seguridad eran asuntos más importantes que la democracia. Mientras tanto, las comunidades marginadas del interior y sur, con peores situaciones socioeconómicas, comenzaron a defender un discurso anti - política y a simpatizar con la causa yihadista.

Donde más fuerte se ha sentido el crecimiento de las disparidades regionales ha sido en las gobernaciones más atrasadas. El porcentaje medio de pobreza en el centro este ha sido del 20% desde 2020 hasta la actualidad, en contraste con el 50% del centro oeste, el 40% del noroeste y el 34.5% del sudoeste. La ineficiencia de las autoridades y la corrupción sistémica de la Administración hicieron que las inversiones proyectadas para esas zonas no se materializasen. Además, hay que sumar la brutalidad con la que eran tratados los jóvenes de esas zonas por parte de las fuerzas policiales tras ser arrestados. Fue un craso error que en nombre de la lucha contra el terrorismo se convirtiese a los jóvenes de las zonas desfavorecidas en las principales víctimas. De hecho, incluso en las zonas que aún controla el Gobierno legítimo, hay algunos jóvenes que afirman que los problemas del país se solucionarían con la llegada de AQMI o sus filiales.

En este contexto, pese a los programas de coordinación de asistencia en seguridad que Túnez llevó a cabo durante el período 2015 – 2020 con algunos países, el empeoramiento de la inseguridad hizo que la reforma sistémica de las fuerzas de seguridad se pospusiese. El inicio del conflicto interno en 2023 despejó cualquier atisbo de reforma del aparato de seguridad, pues su prioridad desde ese momento pasó por luchar contra el terrorismo y mantener el control de las zonas leales al Gobierno legítimo.

Por último, la reforma de la Administración quedó paralizada cuando estalló el conflicto. El Gobierno decidió aumentar el número de empleados públicos como medida desesperada para que no se extendiese la protesta social. Esta decisión hizo que el reclutamiento se llevase a cabo de forma discrecional y arbitraria, por lo que la corrupción se encuentra hoy más extendida que nunca.

Escenario 2. Prosperidad árabe

En 2020 se produjo el fin de la guerra en Siria. El Gobierno de Túnez ya estaba prevenido ante el retorno masivo de foreing fighters, por lo que previamente preparó medidas de desradicalización, entre las que cabe destacar la aprobación en 2019 de la Reconciliation Bill. Aunque en un principio hubo protestas contra esa Ley, lo cierto es que a día de hoy pocos cuestionan su éxito. En el período 2020 – 2025 tan sólo se produjeron dos ataques terroristas, mientras que en los últimos cinco años no se ha producido ninguno.

Por otro lado, es evidente que el contexto regional también ha ayudado. Desde 2020 existe un único Gobierno en Libia como autoridad del Estado. Tras el retroceso de los rebeldes islamistas y de la pérdida del territorio por parte de los grupos yihadistas fue más fácil pasar a un contexto de relativa normalidad, con una sola autoridad estatal asentada en Trípoli.

Tras las elecciones de 2018, el mayor escollo era acordar la formación de un único Ejecutivo con el Gobierno islamista con sede en Trípoli, algo que sólo se consiguió cuando las milicias que le daban apoyo fueron sufriendo una serie de derrotas consecutivas frente a las fuerzas leales al Gobierno de unidad.

Si revisamos algunos datos, el panorama libio para Túnez es bastante alentador: el número de ataques terroristas durante el período 2020 – 2030 ha sido de 11, y no existe una fuerte presencia de grupos yihadistas en la región; aproximadamente 1,2 millones de turistas libios han visitado Túnez anualmente durante el período 2025 – 2029; y las exportaciones tunecinas hacia Libia han representado un promedio del 36% del PIB tunecino durante ese mismo periodo. En definitiva, la economía, la estabilidad y la seguridad de Túnez se han visto beneficiadas por la situación de su país vecino, cuya reconstrucción está trayendo a aquél ingentes beneficios debido al asentamiento de nuevas empresas.

Por su parte, las autoridades argelinas han conseguido suplir los bajos precios del petróleo mediante un aumento de las exportaciones. Con el mantenimiento del nivel de ingresos, el Gobierno argelino ha podido mantener su política de subvenciones, de la que ahora únicamente se benefician los sectores más desfavorecidos. Tras la salida de la jefatura del Estado de Buteflika en 2019, el nuevo Presidente, Ahmed Ouyahia, llevó a cabo reformas que han conseguido, entre otros logros, que actualmente la tasa de desempleo juvenil sea del 12% y que el crecimiento del PIB se haya situado en un promedio del 4% en la última década.

Muchos analistas presagiaban que Argelia pasaría por una situación caótica cuando Buteflika abandonase la presidencia. Sin embargo, la reestructuración que el ex Presidente realizó de los servicios secretos en sus últimos años en el cargo contribuyó a una sucesión ordenada. Pero que Argelia se encuentre inmersa en una situación de seguridad y estabilidad como nunca antes no se debe sólo al comportamiento de las élites, sino a la actitud de la sociedad civil y al contexto regional. Además, con el crecimiento de la economía argelina durante el periodo 2020 – 2030, así como debido al descenso del desempleo y al aumento de las inversiones en las zonas más desfavorecidas, el caldo de cultivo para actividades de proselitismo ha desaparecido casi por completo.

A este contexto de estabilidad regional se suma el aumento del apoyo político y económico que la UE ha dado al Gobierno tunecino. Para algunos países miembros de la UE, Túnez fue desde 2011 la mayor esperanza de que en el Norte de África se implantase una verdadera democracia liberal. A partir de 2020, una vez acabada la guerra de Siria, con el brexit ya consumado, y disipados los temores del desmoronamiento de la UE, ésta firmó con Túnez un acuerdo que permite el libre acceso del país al mercado único a medida que vaya adoptando distintos capítulos del acervo comunitario. Además, en dicho acuerdo se incluyó una cláusula que ha agilizado la concesión de visados a los tunecinos desempleados con mayor nivel educativo que quieran emigrar a países miembros de la UE para ocupar puestos de trabajo que requieran una alta cualificación, ayudando a su vez a reducir el desempleo de graduados en Túnez.

 A esto hay que añadir que el FMI alivió las exigencias realizadas a Túnez. Esta decisión posibilitó que, a medida que se fue fraguando la recuperación económica, el Gobierno tunecino aplicase reformas de forma paulatina con el objetivo de evitar el empeoramiento de las desigualdades sociales y territoriales. De este modo, en 2026 Túnez pudo pagar los préstamos concedidos por el FMI y desde entonces se financia acudiendo a los mercados financieros.

Por otro lado, la tasa de desempleo se sitúa actualmente en el 7%, mientras que la de desempleo juvenil es del 13%. El sector responsable de estos buenos datos es el turismo. Ante la ausencia de atentados terroristas en territorio tunecino y debido al periodo de estabilidad regional durante la última década, el turismo supone a día de hoy un 14% del PIB. Las nuevas cadenas hoteleras presentes en Túnez han dado empleo a miles de tunecinos, la mayoría de ellos jóvenes, requisito que puso el Gobierno para que esas empresas se lucrasen de beneficios fiscales.

A día de hoy se ha conseguido reducir la economía informal y poner fin a los tráficos ilícitos. La estabilidad de los países fronterizos, el control efectivo de las fronteras y las nuevas oportunidades que el Gobierno ha dado a los ciudadanos de las zonas fronterizas han evitado una oleada de protestas sociales. Aunque actualmente no se haya erradicado por completo la economía informal en Túnez, si tenemos en cuenta que hubo momentos en los que llegó a suponer en torno al 50% del PIB, hay que considerar como un éxito que en el año 2029 esa cifra se haya estimado en un 5%.

A lo anterior hay que añadir la fortaleza de las exportaciones, el consumo y la inversión. En cuanto a las exportaciones, cabe destacar que la balanza comercial ha sido positiva durante el periodo 2020 - 2030. En lo que respecta al consumo, en 2016 se estimaba que en los próximos años sería el motor principal de la economía, y en efecto así ha sido. La mejora de las condiciones socioeconómicas de la gran mayoría de los ciudadanos tunecinos ha posibilitado que esas predicciones se hayan hecho realidad. Por último, el aumento de las inversiones también ha supuesto un impulso para el crecimiento económico.

Que a día de hoy Túnez sea un país al que Fund For Peace situó en 2029 en la categoría de “estable”, otorgándole una puntuación de 51, también tiene que ver con que se hayan reducido las disparidades regionales y sociales y, por lo tanto, la conflictividad social. Aunque la diferencia entre regiones en cuanto al porcentaje medio de pobreza fue escandaloso durante el régimen de Ben Ali – algo que heredaron los primeros Gobiernos tunecinos tras la Primavera Árabe – desde 2022 ese ratio se ha reducido notablemente.

En este contexto, la esperada reforma del aparato de seguridad estatal se abordó a partir de 2020, momento en el que la lucha contra el terrorismo ya no era el principal objetivo. La formación que los miembros de las fuerzas de seguridad han venido recibiendo desde 2019 – gracias a la colaboración de algunos países de la UE y de EE.UU. –, la reforma de las leyes que rigen el sector y la puesta en marcha de un ambicioso plan de gestión de recursos humanos, han hecho que haya ido despareciendo la brutalidad en sus actuaciones.

Por último, hay que destacar la reforma de la Administración que el Gobierno ha realizado. Aunque desde 2015 se venían produciendo reformas parciales, no fue hasta 2019 cuando se apostó por poner fin a la disfuncionalidad de la Administración. De los 25 ministerios existentes en 2017 se ha pasado a los 16 actuales, medida que, además de suponer un ahorro de recursos, ha permitido acabar con la parálisis decisional que se venía produciendo durante la primera década posterior a la Primavera Árabe. Con la mejora de la situación económica también se ha conseguido acabar con la sobredimensión de la Administración, ya que a los antiguos empleados públicos se les ha ofrecido la oportunidad de conseguir empleo en el sector privado, al cual se le da un trato fiscal favorable con el objetivo de atraer la inversión.

 

Conclusiones

En este apartado procederemos a enumerar los drivers destacando cuáles suponen un mayor impacto en el devenir de Túnez, en relación a peor y mejor escenario. Para hacerlo de una forma didáctica se distinguirán igualmente los drivers cuya plasmación pueda ser modelada por los distintos Gobiernos tunecinos de aquellos sobre los que las autoridades nacionales tienen poca influencia, y ello por cuanto que una de las potencialidades de la técnica que hemos utilizado radica en reducir la incertidumbre bajo la cual las autoridades han de tomar las decisiones.

En este sentido, mientras que movimiento yihadista, situación económica nacional y situación socio – regional nacional son los drivers con mayor impacto sobre los escenarios futuros, influencia de actores extra - regionales es el que menos, siendo intermedio el impacto de los drivers situación regional y fortaleza del Estado.

En otro orden de cosas, los distintos Gobiernos tunecinos podrían tener mucha influencia en las variables situación socio – regional nacional y fortaleza del Estado, pero muy poca sobre situación regional e influencia de actores extra – regionales. Mientras que movimiento yihadista y situación económica son drivers sobre los que los Gobiernos tendrían una influencia intermedia. Así, queda en manos de un Gobierno la decisión de beneficiar a unas regiones en detrimento de otras o la de llevar a cabo reformas en la Administración pública y en las fuerzas de seguridad (aunque siempre hay que tener en cuenta las resistencias de las corporaciones), pero escapa de su control decidir sobre el devenir de Libia y Argelia o sobre las relaciones con actores extra – regionales, cuyas disposiciones a mantener esos vínculos también cuentan.

Por último, el motivo por el que hemos afirmado que movimiento yihadista y situación económica son drivers sobre los que los Gobiernos podrían influir de forma intermedia es que los valores que tomen cada uno de ellos dependerán tanto de decisiones de las autoridades tunecinas como de elementos que escapan al control de las mismas. Así, por ejemplo, el Gobierno de Túnez podría tomar las medidas que, dentro de sus posibilidades y de la legalidad, fuesen destinadas a la desradicalización y a la lucha antiterrorista, pero no por ello desparecería la amenaza del terrorismo yihadista. De forma similar, la situación económica no es algo que dependa exclusivamente de las autoridades tunecinas, sobre todo porque los mayores daños perpetrados contra aquélla han venido motivados por elementos externos.

 

José Carlos Hernández es Graduado en Ciencias Políticas y de la Administración por la UGR, estudiante del Máster en Estudios Latinoamericanos en el Instituto Iberoamérica de la USAL y miembro de GESI.

 

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       Túnez se convierte en aliado estratégico de Estados Unidos fuera de la OTAN (2015, 11 de julio). El Diario.




[1] De la región MENA, acrónimo que se utiliza en el mundo anglosajón para referirse a Medio Oriente y el Norte de África.

[2] Escenarios que serán narrados retrospectivamente.

[3] No obstante Gaub y Pauwels (2017) cifran el número de foreing fighters tunecinos en torno a los 6.500 para el total de zonas en conflicto, mientras que Meddeb (2017) estima que son unos 5.500 los que luchan en Libia, Mali y Siria.

[4] Tanto es así que Meddeb (2017) señala que “manejar bien a los yihadistas que regresan podría contribuir en gran medida a garantizar la seguridad nacional en Túnez” (p.8).  

[5] Loi organique n° 2015-26 du 7 août 2015, relative à la lutte contre le terrorisme et la répression du blanchiment d’argent. Disponible en http://www.legislation.tn/sites/default/files/news/tf2015261.pdf

[6] Amnistía Internacional, Article 19, Avocats Sans Frontières – Belgique, Euro Med Rights, Fédération Internationale des Droits de l’Homme, Human Rights Watch, Organisation Mondiale Contre la Torture y Centro Carter.

[7] Véase El Diario (2015, 11 de julio).

[8] Véase La Vanguardia (2015, 05 de octubre).

[9] Meddeb (2017) señala las repercusiones que la situación libia tiene sobre la estabilidad y la economía tunecinas.

[10] Véase Peregil (2016).

[11] Según Meddeb (2017), unos 15 grupos armados no estatales operan en la frontera de Libia con Túnez.

[12] Aunque otros analistas creen que la puesta en marcha de medidas económicas impopulares (como el aumento gradual de los precios del combustible y de los impuestos, del transporte, de los medicamentos, de las telecomunicaciones y de la electricidad) propicia la emergencia de un clima de incertidumbre política. Véase Sakthivel (2015).

[13] Véase International Monetary Fund (2016).

[14] Datos del Ministerio de Desarrollo  y Cooperación Internacional, disponibles en su web.

[15] Según Ridha Saidi, consejero económico del Primer Ministro. Véase Amara (2017).

[16] Según estimaciones del Banco Mundial, la corrupción le costó al país el 2% de su PIB en 2014. Citado en Muasher, Pierini & Djerassi (2016).

[17] No es descabellado plantear tal escenario si tenemos en cuenta que un estudio realizado por el Observatoire National de la Jeunesse, cuyos resultados fueron publicados el 14 de julio de 2015, indicó “que un tercio de los jóvenes tunecinos simpatizan con los aspectos de defensa y caridad del movimiento salafista”. Véase  Al Jazeera Center for Studies (2015).

[18] La expansión “silenciosa” de Al Qaeda es algo que está ocurriendo en la actualidad, por lo que puede ser plausible que siga en aumento. Para ampliar sobre este tema véase Lister (2017) y Stewart (2017a; 2017b). 

[19] Incluso a día de hoy, sin una situación de conflicto en Túnez, un 53% de los jóvenes tunecinos desea emigrar de su país. Véase Sánchez – Montijano & Girona – Raventós (2017). 

 

Editado por: Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI). Lugar de edición: Granada (España). ISSN: 2340-8421.

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