Táctica de infantería del Ejército español durante la Guerra de los Diez Años de Cuba (1868-1878)

Versión para impresiónVersión para impresión

El clima y la geografía de Cuba eran ideales para la guerra de guerrillas. Sin embargo, en los comienzos de esta contienda el Ejército español mantuvo densas formaciones, típicas de teatros de guerra europeos. Además, no se prestó mucha atención a los flanqueos y a los reconocimientos, algo fundamental para el seguro avance de las columnas. Como es lógico, esto tuvo unas terribles consecuencias para los soldados regulares españoles, que además tenían que sufrir la falta de aclimatación y las enfermedades que de ella se derivaban. Dado que los procedimientos propios de la guerra regular no servían en un teatro de operaciones como el cubano, tuvieron que organizarse unidades de “contraguerrilla, con procedimientos similares a los de la guerrilla, con misiones de dar seguridad a las columnas y de combatir a los insurrectos con sus mismos métodos”[1].

Una de estas unidades contraguerrilleras fue el célebre batallón de Cazadores de Valmaseda, llamado así en honor del conde de Valmaseda, quien al iniciarse la guerra ostentaba el cargo de segundo cabo[2]. Esta unidad fue creada y pagada por el comercio de la Habana, quien encargó al entonces teniente coronel Valeriano Weyler la organización de un escuadrón de voluntarios. Se reclutó a un buen número de cubanos blancos y de color, así como a cierto número de extranjeros procedentes de diversos países europeos. Como no se les exigió ningún tipo de documentación, a la recluta se presentaron muchos “fugados o licenciados de presidio y no pocos que tenían cuentas pendientes con la justicia”[3].

Como bien señalan Cardona y Losada, el disponer de una tropa formada en su mayoría por naturales de la isla solucionaba el problema de la falta de aclimatación de los reclutas españoles. Además, su forma de combatir difería también de la del soldado regular, ya que estos voluntarios poseían una “acometividad incansable, dedicándose a perseguir a los guerrilleros hasta lo más recóndito de sus escondites, agotándolos y aterrorizándolos”. No tardaron en hacerse famosos por su valor en combate y los mambises los llamaban los perdigueros, “por su capacidad para rastrearlos”[4]. Se formaron pues al estilo de la Legión Extranjera francesa y se puede considerar a esta unidad de voluntarios como un antecedente de la Legión española, fundada en 1920.

Ahora bien, las tropas españolas se las tenían que ver con un enemigo que prefería acosar a los soldados desde el abrigo que ofrecía la tupida vegetación de la isla. De este modo, realizaban una descarga hiriendo o matando a varios reclutas españoles, para desaparecer otra vez en la manigua, como excelentes conocedores del terreno que eran. En ocasiones, y expertos como eran en el manejo del machete, atacaban a machetazos a los desprevenidos españoles y volvían a desaparecer. Esto dificultaba la marcha de las columnas españolas, y es que el ejército español se apoyaba en el empleo de estas para sus ofensivas contra los rebeldes, apoyadas por lentos convoyes de suministros cuando la columna contaba con varios miles de hombres. Evidentemente, estas columnas eran muy lentas en comparación con la movilidad de los insurrectos cubanos[5].

Weyler había luchado en Santo Domingo y había desarrollado unas ideas que se mostrarían muy efectivas en lo concerniente a la lucha contraguerrillera. Se encontraba como jefe de Estado Mayor del conde de Valmaseda cuando en los primeros compases de la guerra, en Altagracia, la columna que este mandaba tuvo su primer combate con los insurrectos. Como no se habían tomado las oportunas precauciones, la vanguardia perdió a todos sus oficiales y a un elevado número de soldados. Restablecida la situación, el conde de Valmaseda expresó la necesidad de volver al punto de partida, pues las bajas habían sido elevadas y el enemigo ofrecía una resistencia muy eficaz. Weyler se opuso, sosteniendo que ello “elevaría la moral enemiga”. La solución que propuso, y que el conde de Valmaseda aceptó, fue convoyar a los heridos hasta el ingenio cercano y continuar la marcha con el resto de la columna[6].

Lo interesante de esta acción es que la seguridad de la marcha de la columna se hizo siguiendo las indicaciones que Weyler. Tan satisfecho quedó el conde de Valmaseda de la gestión de Weyler, que, una vez regresados a La Habana, le ordenó redactar una memoria “para elevarla a la superioridad”, con el objetivo de que el dispositivo de seguridad diseñado por Weyler fuese adoptado por “todas las fuerzas en operaciones”[7].

Antonio Pirala en su Anales de la Guerra de Cuba recoge las palabras de “un testigo competente” que iba en la columna del conde de Valmaseda, Teodorico Feyjóo, quien relataba algunas de las características del dispositivo de flanqueo ideado por Weyler fruto de sus experiencias en Santo Domingo. En primer lugar, Weyler precisaba que los soldados se adentrasen en la manigua a la caza de los insurrectos. Por otro lado, desplegaba a los soldados a ambos flancos de la columna en guerrilla. En la vanguardia propuso destinar dos piezas de artillería, bajo la protección de dos compañías. Además, al frente del camino iban “diez o doce parejas de flanqueo, para el caso de ser atacados de frente poder contestar sus fuegos en el ínterin no avanza el resto de fuerza que viene en vanguardia con este objeto”[8].

En definitiva, el despliegue de las columnas se estableció en tres niveles: vanguardia, grueso y retaguardia. La vanguardia se dividía a su vez en varios escalones: en su punta iba un grupo de cuatro o seis exploradores, a caballo en ocasiones. A una distancia que variaba entre los 25 y 50 metros iba un pelotón y a unos 60 metros, el resto de la vanguardia, que llevaría las dos piezas de artillería anteriormente indicadas protegidas por dos compañías. A una distancia aproximada de 300 metros, el grueso de la columna y después la impedimenta. Por último, la retaguardia, formada por una o tres compañías, escalonada igual que la vanguardia, aunque en sentido inverso[9].

Normalmente, estas columnas estaban integradas por uno o tres batallones de infantería, un escuadrón de caballería y varias piezas de artillería, entre una y cuatro. Las hubo también de mayor peso, como la que recuperó Bayamo, que llegó a tener hasta 4.000 soldados[10]. Gracias al dispositivo de marcha de Weyler, estas pudieron marchar con mayor seguridad, ya que merced a los flanqueos era muy difícil que fuesen atacadas por sorpresa. Además, ahora las fuerzas españolas perseguirían a los insurrectos en la espesura de los bosques. En resumen, el empleo de las contraguerrillas en las vanguardias y en los flanqueos se demostró fundamental. Los resultados no se hicieron esperar y los insurrectos pasaron de perseguidores a ser perseguidos. Fue un duro golpe que hizo que las partidas insurrectas no pudiesen sorprender a las columnas, no quedándoles más salida que la de diseminarse para poder escapar mejor del continuo hostigamiento al que eran sometidas por las fuerzas españolas. El éxito fue tal que para 1872 habían quedado visiblemente reducidas de efectivos, aunque eso no impidió que la guerra continuase[11].

Alberto Guerrero es Doctor en Historia Contemporánea por la UNED y actualmente cursa el Máster en Paz, Seguridad y Defensa del Instituto Universitario Gutiérrez Mellado (IUGM). También es miembro de la junta directiva de la Asociación Española de Historia Militar (ASEHISMI).


[1] Fontella, D. et ali. (2004), “Resumen de la historia táctica de la infantería (siglos XIX y XX)”, Memorial de Infantería, 50, p. 24.

[2] El segundo cabo era el general con el mando inferior al de capitán general, cargo ostentado hasta enero de 1869 por Francisco Lersundi y Ormaechea.

[3] Weyler, V. (2008), Memorias de un general, Barcelona: Altaya, pp. 69-70.

[4] Cardona, G. y Losada, J. L. (1998), Weyler. Nuestro hombre en la Habana, Barcelona: Planeta, pp. 60-63.

[5] Fontella, D. et ali., op. cit., pp. 24-25.

[6] Weyler, V., op. cit., pp. 63-64.

[7] Weyler, V., op. cit., p. 64.

[8] Pirala, A. (1895), Anales de la Guerra de Cuba, Madrid: Imprenta de Felipe González Rojas, p. 334.

[9] Alcázar, A. (2011), La Guerra de los Diez Años. La primera guerra de Cuba (1868-1878), Madrid: Createspace Independent Publishing Platform, pp. 140-141.

[10] Íbidem, p. 140.

[11] Redondo, F. (1995), “La Guerra de los Diez Años (1868-1878)”, Monografías CESEDEN, n.º 14, pp. 48-49.