Orden abierto y orden cerrado (segunda parte)

Versión para impresiónVersión para impresión

Las diferentes características del ‘orden cerrado’ y el ‘orden abierto’ hacían que fuese muy difícil a las unidades adiestradas en ‘orden cerrado’ (la apropiadamente llamada ‘Infantería de línea’) adoptar el ‘orden abierto’, mucho más familiar para las unidades de la antigua ‘Infantería ligera’ ‘cazadores’, ‘tirailleurs’, ‘jaeger’… que constituían una minoría de las unidades de Infantería en el siglo XIX. La Infantería ligera de los siglos XVIII y XIX se componía de unidades que combatían a pie, pero que no empleaban el orden cerrado. Combatían en orden abierto, formando una cortina de tiradores que cubrían al grueso de la Infantería de línea, desorganizando las formaciones enemigas. También combatían hostigando con sus fuegos a las fuerzas enemigas desde la distancia. Se les denominaba también ‘escaramuzadores’.

Con bastante justificación, los mandos de las unidades ‘de línea’ temían que los soldados adiestrados en combate en ‘orden cerrado’ fuesen incapaces de asumir la iniciativa necesaria para el combate en ‘orden abierto’. Este efecto era aún mayor para el caso de los grandes Ejércitos de leva de la época, en los que la instrucción de la tropa (y en muchos casos, de los mandos) era limitada. Se temía que, en la soledad del ‘orden abierto’, un soldado poco instruido cediese al miedo. Este temor al pánico de la tropa justificó el empleo en combate del ‘orden cerrado’ mucho después de fuese evidente la vulnerabilidad de este tipo de formaciones.

En Crimea (1854 – 1855) todavía se emplearon formaciones cerradas, pero se generalizó entre franceses y británicos el uso de fusiles basados en el sistema inventado por el Capitán francés Minié; eran fusiles de ánima rayada, pero de avancarga, empleando una bala cónica que permitía una recarga rápida (entraba con facilidad por el cañón rayado) y que se expandía al disparar, tomando las rayas del ánima. Los fusiles ‘sistema Minié’ permitían obtener un alcance eficaz de unos 600 m, con una cadencia de unos 4 disparos por minuto. Esta mejora de la potencia de fuego se tradujo en la posibilidad de disminuir la densidad de las formaciones de Infantería, permitiendo despliegues con menor cantidad de tropas, pero con una capacidad de combate igual o superior a la de sus predecesores. La introducción del sistema Minié se tradujo también en una mayor mortandad entre las formaciones cerradas de Infantería en ofensiva, limitando severamente su maniobra.

En las Guerras de la Unificación de Italia (1859), los infantes austríacos – mal instruidos en el manejo de sus nuevas armas - no supieron sacar partido de sus modernos fusiles Lorenz, versión local del ‘sistema Minié’, y fueron derrotados por los piamonteses, que empleaban formaciones cerradas, lo que supuso un breve renacimiento de las opiniones favorables a las formaciones de orden cerrado.

La Guerra Civil norteamericana (1863 – 1864) se caracterizó por el uso de armas muy variadas (fusiles tipo Minié – principalmente el Springfield 1861 -  junto con fusiles rayados más antiguos e, incluso, con mosquetes de ánima lisa) y por la convivencia de formaciones cerradas y abiertas, incluso ejecutadas por las mismas tropas y en las mismas batallas… Sin embargo, las cifras de bajas de esta guerra (650.000 soldados muertos – si bien 2/3 de ellos por enfermedad -, sobre una población total de 32 millones) comenzaron a poner de relieve que el orden abierto no era una solución suficiente cuando se enfrentaban a formaciones dotadas con armamento moderno.

La experiencia de la Guerra de Secesión llevó al desarrollo por el General Emory Upton de un nuevo sistema de táctica de Infantería empleando el orden abierto, y basado en Pelotones de ocho hombres (hasta entonces, la unidad base era la Compañía). Los Pelotones de Upton buscaban esencialmente un medio de controlar el fuego y el movimiento. No estaba previsto que fuesen capaces de maniobrar por sí mismos, ni de servir como elementos de una Sección que maniobrara: la Compañía seguía siendo el elemento más pequeño capaz de ejecutar maniobras. El jefe de este Pelotón, por ejemplo, supervisaba la salva de fuego y se aseguraba de que todos los miembros del Pelotón tomaban parte en cada uno de los ‘saltos’ (movimiento a vanguardia a la carrera, seguido de la búsqueda de protección, normalmente en cuerpo a tierra) en ataque, pero siempre en el marco de la acción de su Compañía. El Pelotón de Upton respondía a la necesidad de controlar a los soldados cuando se combatía en formaciones abiertas, pero no pretendía dar iniciativa a las unidades menores.

Las Guerras de la Unificación alemana (la guerra de Dinamarca de 1864, la guerra austro-prusiana de 1866 y la franco-prusiana de 1870) se caracterizaron por la progresiva introducción de avances técnicos, destacando especialmente la ‘pólvora sin humo’ (compuesto químico fabricado sobre una base de nitrocelulosa). Este tipo de pólvora incrementó aún más la ventaja de la defensiva, desde el momento en que el atacante tenía más difícil localizar el origen del fuego defensivo. Este desarrollo tecnológico se unió a la aparición de fusiles de retrocarga, como el Chassepot francés (el primer fusil de cerrojo), o el prusiano Dreyse. La retrocarga permitía al defensor hacer fuego más rápido (siete disparos por minuto, por cuatro de un Minié) y recargar tendido en el terreno, protegido por cualquier pequeño obstáculo en el campo de batalla, lo que unido al uso de ‘pólvora sin humo’ dejaba al atacante en notoria desventaja. Pese a ello, en estas guerras se adoptaron formaciones de ataque en orden abierto o cerrado, según los casos. Las rápidas victorias prusianas sobre los austríacos (Sadowa/Königratz en 1866) y sobre los franceses (Sedán y Metz en 1870), produjeron el denominado ‘espejismo de Moltke’: parecía que una rápida movilización de las reservas, combinada con el empleo del ferrocarril y una decidida acción ofensiva podría permitir rápidas y victoriosas campañas.

Sin embargo, el rápido desenlace de ambos conflictos ocultaba el hecho de que la superioridad de los prusianos sobre los austríacos se había debido en gran medida al empleo de fusiles de retrocarga (modelo Dreyse, con sistema ‘de aguja’), mientras que los austríacos seguían empleando fusiles de avancarga (todavía del modelo Lorenz). En la guerra franco-prusiana eran los franceses los que contaban con el mejor fusil, el citado Chassepot, pero los prusianos más que compensaron esta deficiencia con una artillería superior a la francesa. Además de ello, los Oficiales del Ejército francés del II Imperio procedían, en general, de orígenes muy humildes, y en muchos casos apenas sabían leer y escribir, lo que se traducía en una baja calidad general de las Unidades, especialmente en las Armas técnicas: los Oficiales del Ejército francés procedían de personal de tropa, al estilo de los Mariscales de Napoléon; existía una aversión institucionalizada hacia el desarrollo intelectual, fuertemente enraizada en el Ejército francés. En palabras del General MacMahon (el derrotado en Sedán) ‘borraré de la lista de ascensos a cualquier Oficial cuyo nombre haya visto en la portada de un libro’.

Pese a ello, episodios como el ataque de la División de la Guardia de Prusia en Saint-Privat (donde esa División de elite sufrió 8.000 bajas – la mitad de sus efectivos – en veinte minutos, cuando intentó tomar esa pequeña población, atacando en orden cerrado demostraban que el fusil de repetición otorgaba a la Infantería una potencia de fuego que obligaba a un cambio de tácticas ofensivas.

Carlos Javier Frías es Teniente Coronel del Ejército de Tierra español, destinado actualmente en Cuartel General del Eurocuerpo