Métodos de contrainsurgencia en el Ejército español durante el siglo XIX

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Durante la Primera Guerra Carlista (1833-1840), la infantería liberal se enfrentó inicialmente a unos voluntarios carlistas con un alto grado de motivación. Conocedora del terreno, la infantería carlista desarrolló una guerra de guerrillas que le fue favorable. Utilizando pequeñas unidades se enfrentaron al ejército cristino, cuyas unidades se movían de forma «compacta», transportando víveres y lo necesario para combatir.

Su táctica se basaba en la potencia de fuego que le proporcionaba las formaciones cerradas. Sin embargo, esto podía ser lo ideal en una batalla campal, pero los carlistas prefirieron en un primer momento la guerra de guerrillas, operando tanto de noche como de día, con la que obtuvieron buenos resultados. Los soldados carlistas se equiparon de manera mucho más ligera que los isabelinos, puesto que Zumalacárregui confiaba en la rapidez de las marchas para hacer frente al enemigo. No obstante, también sabía que si quería vencer al enemigo era preciso contar con una tropa regular y disciplinada, que formó «partiendo de sus unidades guerrilleras» (Fontella et al., 2007: 19-20).

La moral de los soldados isabelinos fue muy baja y estuvieron mal alimentados, equipados e instruidos. Sin embargo, la mejora económica producida a la vuelta de los progresistas posibilitó ir mejorando la situación. Y la liberación de Bilbao durante la Navidad de 1836 fue providencial, pues elevó considerablemente la moral de los soldados. A partir de entonces, la guerra se decantó del lado isabelino. Mientras tanto, el ejército no paraba de crecer y de mejorar en lo referente a la instrucción y equipamiento. Así, en 1838 contaba con 264.924 hombres: 167.801 regulares, 61.076 provinciales movilizados y 36.047 en cuerpos francos. Espartero mejoró la operatividad de este ejército, así como su instrucción, haciéndolo comparable al de sus homólogos europeos de la época (Puell  de la Villa, 1996: 161).

El ejército isabelino consiguió adaptarse a la situación y terminó venciendo en la Primera Guerra Carlista, además de haber mejorado su operatividad. La guerra irregular estuvo presente en esta campaña, y este tipo de guerra era algo a lo que no se era ajeno en España, pues la Guerra de la Independencia estaba aún muy reciente. Sin embargo, los fracasos iniciales parece ser que fueron olvidados, porque en posteriores guerras en las que se vio sumida España, como en Cuba o en el norte de África, volvieron a repetirse con funestas consecuencias. Las enseñanzas derivadas de la guerra irregular no fueron tenidas en cuenta y en los manuales y en las academias se siguieron estudiando los conflictos tradicionales, prestando nula atención a la guerra irregular.

Esto quedó patente en las primeras fases de la campaña de Marruecos de 1859-1860, donde inicialmente las armas españolas no pudieron doblegar a los cabileños, muy hábiles y maniobreros y, en consecuencia, ideales para la guerra irregular. Los procedimientos tácticos de la infantería española se basaron en fijar al enemigo para luego flanquearlo. Si esto no conducía al éxito, se le atacaba frontalmente con el apoyo de la artillería (Fontella et al., 2007: 21-22). No obstante, el ejército español se adaptó prontamente a los métodos enemigos. Por ejemplo, desplegaron largas filas de tiradores avanzados con el objetivo de impedir una maniobra envolvente enemiga (Jensen, 2014: 45).

El siguiente escenario en el que el ejército español tuvo que enfrentarse a unidades guerrilleras fue Cuba, isla en la que se sucedieron tres guerras hasta lograr su independencia de España. También se podría incluir la expedición a Santo Domingo entre 1863-1865 –donde una figura fundamental en la historia de la lucha contrainsurgente, Valeriano Weyler, tuvo su primera experiencia bélica en América– y la actividad guerrillera de los insurrectos filipinos. De la campaña de Santo Domingo Weyler escribió: «Injustamente olvidada ha sido esta campaña que ni siquiera nos proporcionó el único bien que los males traen consigo, es decir, aprender el camino para evitarlos en lo sucesivo» (Weyler, 2004: 54).

 Las condiciones en Cuba fueron especialmente duras para la infantería española, que no estaba adaptada al clima de la isla. Esto propició que se propagase entre la tropa una serie de enfermedades, como el vómito negro, la fiebre amarilla o el cólera, que causaron más bajas que los combates. A ello había unir que la geografía de la isla disfrutaba de la tupida selva que la hacía ideal para la lucha guerrillera. La primera de las tres guerras en Cuba fue la conocida como Guerra de los Diez Años (1868-1878). En este conflicto las operaciones ofensivas se realizaban mediante columnas que eran apoyadas por convoyes de suministros. Estos solían ser acosados desde la manigua por los insurrectos cubanos, bien mediante el fuego de sus fusiles o en sorpresivos ataques machete en mano (Fontella et al., 2007: 31-32).

Weyler fue nombrado jefe de Estado Mayor de las fuerzas que mandaba el general Blas Villate, conde de Valmaseda. De este militar español –de triste recuerdo para muchos por su posterior política de reconcentración en Cuba– se ha llegado a decir que fue el primero en España en desarrollar un programa de lucha contrainsurgente, aunque probablemente resulte una exageración. No obstante, su preocupación por la guerra irregular no fue común entre la oficialidad de la época, no solo la española (Jensen, 2014: 45). Lo que sí es cierto, tal y como se recoge en sus memorias, es que el dispositivo de marcha que dispuso en Cuba fue tan efectivo que el conde de Valmaseda le ordenó redactar una memoria del mismo con el fin de que fuese adoptado por todas las fuerzas españolas en Cuba. Weyler se había dado cuenta de que atacar al enemigo por los flancos era lo más eficaz para derrotar al enemigo, pues al prevalecer en este la acción individual, «no solían extremar la resistencia si se veían amenazados por la maniobra» (Weyler, 2004: 65).

Weyler fue consciente también de la necesidad de contar con soldados aclimatados, por lo que se requería disponer de unidades formadas en buena parte por cubanos, con lo que se evitarían las bajas por enfermedades que la falta de aclimatación de los soldados peninsulares producía. Una de estas unidades, mandada por él mismo, fueron los famosos Cazadores de Valmaseda, batallón de voluntarios que el comercio de La Habana había decidido crear a su costa. Entre sus reclutas hubo cubanos blancos y de color, así como europeos, muchos con cuentas con la justicia. Contaron con una rígida disciplina y su actuación en combate mereció numerosos elogios. Fueron, como señala Jensen, un antecedente de la Legión de Millán-Astray (Jensen, 2014: 47).

En la guerra de Cuba de 1895-1898, los insurrectos mantuvieron la iniciativa hasta la llegada de Weyler, quien probablemente era el único que podía reconducir la situación. Los insurgentes habían extendido la lucha por toda la isla, y al igual que en la Guerra de los Diez Años, evitaban el combate abierto, donde no tenían oportunidad de vencer a las fuerzas españolas. Weyler desplegó un plan que consistió básicamente en cortar las comunicaciones entre los insurrectos mediante trochas fortificadas y organizó también columnas móviles. No obstante, la medida más cuestionada y que le valió innumerables críticas internacionales y una fama inmerecida fue el de concentrar a la población en poblados con guarnición (Fontella et al., 2007: 39). Con esto se procuraba evitar el espionaje del enemigo y que la población ayudase a los insurgentes. Sin embargo, si bien esto se pudo evitar, no sucedió lo mismo con el hambre y las enfermedades entre los reconcentrados, muriendo miles de ellos (Cardona y Losada, 1997: 218). Como sucedió en la Guerra de los Diez Años, también en esta hizo Weyler uso de unidades de guerrillas y de voluntarios para combatir al enemigo.

Como vemos, Weyler fue uno de los pocos en España que se preocupó por la guerra irregular. Sin embargo, estos métodos no eran nuevos, porque ya en 1762 se habían creado once cuerpos de tropas ligeras para luchar en lo que se denominaba guerra de guerrillas, que no era otra cosa que escaramuzas sobre los flancos o retaguardia enemiga. Además, durante el reinado de Isabel II se habían creado unidades de cazadores (Puell de la Villa, 1996: 168). Estas últimas eran también idóneas para una guerra irregular.

Sin embargo, si se rastrea la literatura militar del siglo xix  es difícil encontrar muchas alusiones a la guerra irregular. Se puede mencionar a Manuel Gutiérrez de la Concha e Irigoyen, quien analizó la táctica guerrillera. Por otro lado, el general de brigada Martiniano Moreno escribió en 1878 un manual titulado Estudios sobre la táctica de infantería en el que la guerrilla se trata muy sucintamente. Y el Reglamento Táctico de 1898 tampoco la contemplaba. Asimismo, no se escribió desde el ejército español crónica alguna sobre las campañas en Cuba. Sí se publicó una extensa obra sobre la guerra irregular en dos volúmenes en 1883, titulada Guerras irregulares, escrita por J. I. Chacón, pero no tenía ningún estudio completo sobre la guerra de Cuba. Y en 1896, Virgilio Cabanellas publicó un libro de bolsillo titulado La táctica en Cuba, África y en Filipinas y en todo país cubierto y accidentado (sorpresas. Emboscadas e impedimenta) (Jensen, 2014: 48).

Esto era todo con lo que contaban los militares españoles en cuanto a la guerra irregular, por lo que no nos pueden sorprender los iniciales descalabros, de gran envergadura algunos, que el ejército español sufriría durante otra guerra irregular en la que se vio envuelto, si bien ya en el siglo XX: las campañas de Marruecos. Al no haber sabido sacar enseñanzas de las guerras anteriores, el ejército español se tuvo que enfrentar de nuevo ante un enemigo feroz, ágil y muy maniobrero que le infligió importantes derrotas, entre otras cosas porque no existía ni se elaboró una doctrina sobre la guerra irregular.

Alberto Guerrero es Doctor en Historia Contemporánea por la UNED y actualmente cursa el Máster en Paz, Seguridad y Defensa del Instituto Universitario Gutiérrez Mellado (IUGM). También es miembro de la junta directiva de la Asociación Española de Historia Militar (ASEHISMI).

 

Referencias

Cardona, G. y Losada, J. C. (1997), Weyler. Nuestro hombre en La Habana. Barcelona: Planeta.

Fontella et. al., (2007), Resumen histórico de la táctica de la infantería s. XIX-XX. Lorca: Fajardo el bravo.

Jensen, G. (2014), Cultura militar española. Modernistas, tradicionalistas y liberales. Madrid: Biblioteca Nueva

Puell de la Villa, F. (1996), El soldado desconocido. De la leva a la “mili”. Madrid: Biblioteca Nueva.

Weyler, V. (2004), Memorias de un general. Madrid: Destino.