Los frentes abiertos del presidente Obama contra el Estado Islámico

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Análisis GESI, 25/2014

La irrupción de Estado Islámico (EI) y su autoproclamado Califato en junio de 2014 está causando más de un quebradero de cabeza al presidente estadounidense Barack Obama.

El avance y la consolidación de las posiciones de dicha insurgencia yihadista salafista, casi un ejército, en el noreste de Siria y en una tercera parte del territorio iraquí, incluida la conquista de la segunda ciudad más importante de este último Estado, Mosul, ha provocado la intervención militar de Estados Unidos y su vuelta al teatro de operaciones iraquí que abandonó en diciembre de 2011. 

Después de atender la petición de ayuda lanzada desde Bagdad e iniciar los primeros ataques aéreos contra posiciones de EI en Irak a mediados de agosto, Obama se vio forzado a presentar una estrategia militar el pasado 10 de septiembre para “degradar y finalmente destruir” a dicha insurgencia yihadista ante la incapacidad de la Guardia nacional iraquí de frenar su avance. Dicha estrategia militar, que ampliaba los objetivos dentro del territorio sirio, era la respuesta a lo que Estados Unidos consideraba una amenaza terrorista real y directa contra su seguridad nacional tras la ejecución de dos ciudadanos estadounidenses por parte de EI. 

La estrategia militar ideada por el staff más cercano de Obama y aplicada en la actualidad por una coalición internacional liderada por Estados Unidos, “Operación Resolución Inherente”, está basada en cuatro puntos: 1) campaña aérea de bombardeos contra EI en Irak y Siria; 2) equipar y entrenar a grupos de la oposición “moderada” siria (si es que queda alguno) que a medio plazo se conviertan en las tropas sobre el terreno en Siria, al mismo tiempo que se incrementa el apoyo a las fuerzas que combaten a EI tanto en Irak como en Siria; 3)cortar la financiación y el flujo de combatientes extranjeros hacia EI aumentando las operaciones y capacidades contraterroristas; y 4) seguir con la asistencia humanitaria a los civiles y desplazados. Todo ello con la premisa de no desplegar tropas estadounidenses sobre el terreno. 

Sin embargo, dicha estrategia no sólo ha abierto el frente militar contra EI, sino que al mismo tiempo ha provocado la aparición o reaparición de dos “frentes” más con los cuales el presidente Obama y su staff deberán convivir en los dos últimos años de su mandato si no se reconduce la situación: el primero, el enfrentamiento ya público con el Pentágono y una parte de la comunidad de inteligencia que han criticado la viabilidad de la estrategia y la gestión de la agenda de EI realizada por Obama hasta la fecha. Y el segundo frente, con representantes del Partido Republicano que aprovechando la campaña electoral de las midterm elections para renovar la Cámara de Representantes y una parte del Senado estadounidense, han vuelto a criticar la política exterior de Obama y su figura acusándole de ser un presidente blando en su agenda internacional y de debilitar la imagen de superpotencia de Estados Unidos ante sus adversarios.

 

Obama frente a Estado Islámico ¿estrategia o wishlist? 

Bajo mi punto de vista, la estrategia militar diseñada desde el staff de la Casa Blanca y la aproximación que hace Obama al problema que supone EI es errónea porque parte de un mal diagnóstico. Ello se puede apreciar analizando conjuntamente el discurso de presentación de la misma, puro marketing político, y su estrategia militar, aunque más que estrategia se podría hablar de wishlist o “lista de deseos”. 

Empezando por su discurso, el mismo contiene tres grandes errores que quedan reflejados en la estrategia: en primer lugar, no se puede “destruir” a EI como no se ha podido lograr con Al Qaeda a lo largo de 13 años dentro de la “War on terror”. Se puede debilitar a EI o minimizar su impacto que es un objetivo más real y alcanzable. Además, no se lucha sólo contra grupos terroristas o insurgencias, se combate a una ideología yihadista salafista radical que requiere algo más que una intervención militar. 

En un segundo error, se trata a EI como una simple organización terrorista cuando la realidad indica que es un actor híbrido que ha mutado a insurgencia, casi un ejército, que utiliza tanto la guerra de guerrillas como tácticas militares convencionales. Por ello, la estrategia no puede basarse en operaciones contraterroristas (clear) sino en operaciones de contrainsurgencia (clear, hold and built con todos sus matices). Y finalmente, no se puede comparar el escenario sirio sin tropas fiables sobre el terreno y con actores como Irán y Rusia involucrados en la guerra civil y apoyando al gobierno de Bashar Al Assad, con las operaciones contraterroristas con “drones” y equipos de operaciones especiales llevadas a cabo por Estados Unidos en Somalia, Yemen o Pakistán. 

Estos tres errores se ven reflejados en el contenido de la lista de deseos de Obama. Para que una estrategia pueda ser considerada como tal, dos de sus premisas son que se establezcan objetivos alcanzables –“destruir” a EI no lo es, sí debilitarla– y que se fijen los medios adecuados para lograrlos. Es en esta segunda premisa donde aparecen los tres puntos más problemáticos que abren la confrontación entre el staff de la Casa Blanca más próximo a Obama y el Pentágono, por un lado, y por el otro, reabren el frente del presidente estadounidense con los republicanos. 

Las tres fuentes de debate en cuanto a los medios se centran en la coalición internacional, en las tropas sobre el terreno tanto en Siria como en Irak, y en la ausencia de una estrategia política (state-building) para Siria que acompañe la propuesta de Obama. Respecto a la formación de la coalición internacional, los miembros que la componen tienen demasiados intereses contrapuestos en la región a corto, medio y largo plazo que provocarán divergencias entre ellos, especialmente entre la coalición regional. Nótese que la coalición es una mini-representación de los “Amigos de Siria” que en dos años y medio no han sido capaces de organizar un gobierno opositor estable a Bashar Al Assad. 

Además, Obama anuncia su estrategia militar sin tener cerrada la coalición regional para hacer frente a EI. De hecho, ésta se establece al día siguiente con la Declaración de Jeddah pero con una sorpresa inesperada: Turquía, actor clave en los planes de Obama, apoya a la coalición pero no firma la declaración, adoptando un perfil bajo dentro de la misma hasta día de hoy. 

A pesar de lograr que algunas monarquías del Golfo y Jordania participen con sus fuerzas aéreas en los bombardeos contra EI en Siria (uno de los pocos éxitos de Obama hasta el momento), el encontronazo con Turquía acarrea ciertas críticas a Obama por no tener negociada y cerrada la coalición antes de presentar sus planes. En este sentido, Turquía argumenta que el gobierno sirio de Al Assad debe ser incluido como objetivo y que se debe fijar una estrategia política para Siria e Irak ya que también se combate una ideología y sólo con bombas no se va acabar con ella, así como un nuevo Plan Marshall para Oriente Medio para estabilizar la región. 

Precisamente, este segundo punto de fricción, la ausencia de una estrategia política para Siria y a largo plazo para Oriente Medio, también es señalada por el propio secretario de Defensa estadounidense, Chuck Hagel, en una memo de dos páginas enviada a principios de mes de octubre a la consejera de seguridad nacional, Susan Rice, donde pide a Obama que aclare y defina la política respecto al gobierno de Al Assad. Hagel es inmediatamente desautorizado por el núcleo duro del equipo de Obama del cual cada vez está más alejado. 

Sin embargo, éste no es ni el primer ejemplo de las divergencias que hay entre el Pentágono y el staff de la Casa Blanca, ni el primer caso de desautorización que sale del círculo más cercano del presidente hacia aquellos oficiales que critican su plan contra EI. De hecho, el primer gran encontronazo viene provocado por el tercer gran debate y quizás el que más desacuerdos y conflictos está generando, la necesidad de enviar tropas estadounidenses sobre el terreno o no. 

 

Obama frente al Pentágono: los daños colaterales 

El inicio del distanciamiento definitivo entre el Pentágono y el staff de la Casa Blanca se produce una semana después del anuncio del plan contra EI cuando el jefe del Estado Mayor Conjunto de los Estados Unidos, el general Martin Dempsey, en una comparecencia ante el comité del Senado se desvía del discurso oficial impuesto por los asesores próximos a Obama y abre la puerta a desplegar tropas estadounidenses sobre el terreno si el teatro de operaciones iraquí y sirio así lo requirieran. Ello obliga a Obama a afirmar por enésima vez que bajo su mandato eso no ocurrirá. Sin embargo, este episodio muestra públicamente las diferencias de criterio sobre la estrategia a emplear contra EI existentes entre los dos centros de poder que incluso obligó al propio Obama a visitar el Pentágono para intentar apaciguar los ánimos. 

Para más inri, a finales de septiembre y en una entrevista al programa “60 minutes” de la CBS, Obama crítica abiertamente a la comunidad de inteligencia estadounidense por haber subestimado la amenaza que suponía EI. Esto obliga a James Clapper, director de la Inteligencia Nacional, a replicar al presidente haciendo público que el staff de la Casa Blanca recibió dos informes a finales de 2013 y en enero de 2014, tras la conquista de Faluya por parte de EI, en los que se les advertía de dicha amenaza. A ello hay que añadir la comparecencia del propio Clapper ante el comité del senado en febrero pasado presentando el Annual Threat Assessment en el que ya se incluía esta advertencia. 

Este incidente también provoca la división dentro de la comunidad de inteligencia entre los partidarios del criterio del Pentágono de la necesidad de enviar tropas estadounidenses sobre el terreno si ello fuera necesario, y el director de la CIA, John Brennan, uno de los hombres más fieles a Obama y uno de los principales ideólogos y artífice de las operaciones contraterroristas, que sigue apoyando al presidente. 

Abierto el debate, desde algunos sectores del Pentágono y varios analistas externos que ya participaron en el diseño de las operaciones de contrainsurgencia en Irak en 2007 –durante “The Surge”– que juntamente con el “Despertar sunni” en Anbar lograron reducir a la mínima expresión a Al Qaeda en Irak, el germen del actual EI - son partidarios de enviar entre 15.000 y 25.000 tropas estadounidenses sobre el terreno a corto plazo (e incluso dejar un retén de 15.000 a largo plazo) y en una primera fase centrada en Irak y en la frontera con Siria para luchar contra EI. Posteriormente, estos efectivos serían reemplazados progresivamente por tropas iraquíes tras haber recibido el entrenamiento adecuado, se habla de entrenar y equipar a tres nuevas divisiones con unos 20.000 efectivos. 

Según ellos, la actual situación del conflicto así lo requiere porque EI sigue avanzando tanto en Siria, donde se acaba de hacer con el control de dos campos petrolíferos en la provincia de Homs,  como en Irak a pesar de la campaña aérea. La insurgencia yihadista salafista casi controla la totalidad de la provincia de Anbar, en un mes se ha hecho con el control de las tres principales bases militares de dicha provincia, vuelve a estar cerca de Erbil, ha conseguido reunir a 10.000 de sus efectivos en las entradas norte y oeste de Bagdad y por primera vez como grupo, tiene presencia en un suburbio de la capital, Abu Ghraib, a 13 kilómetros del aeropuerto internacional y con posibilidad de realizar incursiones y fuego indirecto al centro de Bagdad. 

A la incapacidad del ejército iraquí para frenar a EI (con ellos, el tiempo estimado para preparar una ofensiva para recuperar Mosul es de más de un año), se une el hecho que ni las milicias chiíes, ni las fuerzas Quds iraníes (dos brigadas estacionadas en Bagdad y efectivos en las ciudades santas chiíes de Kerbala y Nayaf), ni los peshmergas kurdos presentes en el teatro de operaciones iraquíes y que hasta ahora son los únicos que han logrado recuperar terreno a EI, pueden entrar en la provincia de Anbar de mayoría sunní porqué ello provocaría un incremento de la tensión de la divisoria religiosa entre sunníes y chiíes en Irak. Además, el nuevo gobierno iraquí de Abadi no permite que tropas de estados árabes sunníes participen en ninguna operación militar dentro de su territorio. 

Así, el Pentágono considera que la única manera de hacer retroceder a EI en Irak y debilitarlo es con tropas estadounidenses experimentadas en operaciones de contrainsurgencia sobre el terreno a corto plazo, que las mismas vayan siendo sustituidas gradualmente por tropas iraquíes entrenadas en una Guardia nacional reformada e inclusiva (uno de los compromisos asumidos por el gobierno de Abadi hacia la comunidad sunní) y que cuenten con el apoyo de la parte de tribus sunníes que se oponen a EI. Aunque una veintena de líderes tribales sunníes opuestos a EI y que se encuentran exiliados en Amman (Jordania) ya confesaron a un periodista de la agencia Reuters a finales de octubre que la situación es más complicada que en 2007. Básicamente porque la base más joven de algunas de estas tribus apoya a EI y por la implantación de esta insurgencia en el territorio. No hay que olvidar que de los veinte mandos conocidos de EI, incluyendo a su líder Al Bagdadi, diecinueve son de nacionalidad iraquí y el restante es sirio. 

En lo referente a Siria, el Pentágono se muestra escéptico con el plan de Obama de entrenar a 5.000 miembros de fuerzas “moderadas” de la oposición siria que sirvan como tropas sobre el terreno para enfrentarse tanto a EI como a las tropas de Al Assad. Desde el estamento militar no se entiende el cambio de opinión del presidente estadounidense que unos meses antes había declarado que no se podía armar a “ex doctores, farmacéuticos y granjeros” para derrotar tanto al gobierno de Damasco como a la insurgencia yihadista. 

Para el Pentágono, el plan es inviable porque ya no quedan “moderados” en Siria (además, las alianzas entre los casi 1.200 grupos rebeldes sirios de diferente ideología y tamaño que la CIA tiene contabilizados en el escenario sirio van cambiando semana a semana), porque el número de efectivos a entrenar es insuficiente, porque se requiere demasiado tiempo para ello, y porque aún entrenándolos y equipándolos no resulta creíble que puedan derrotar a ejércitos o grupos más numerosos y experimentados que operan en el escenario sirio como las tropas de Al Assad, los voluntarios de Hezbollah, los Quds iraníes y brigadas de voluntarios chiíes, o la propia insurgencia yihadista de EI. 

Sin embargo, el Pentágono tampoco tiene un plan específico para Siria más allá de intentar posicionar tropas en la frontera con Irak para cortar las vías de suministro y la logística de EI y dividir dicha insurgencia en dos. Así, la prioridad es Irak, mientras que para Siria y por la complejidad de dicho conflicto y los actores que intervienen en él, la solución sería más política que militar. 

Pero desde el staff de la Casa Blanca se ve desde otra óptica y tienen a Kobane (ciudad más simbólica que estratégica) en el punto de mira para calibrar su plan. Para ellos, su estrategia quedaría legitimada si las Unidades de Protección Popular kurdas conjuntamente con los peshmergas y el fuego aéreo estadounidense son capaces de frenar la ofensiva de EI y expulsarlos de la ciudad fronteriza con Turquía. Así, Kobane sería presentado como el ejemplo a seguir y fruto del acierto de la estrategia de Obama. Aunque en mi opinión sería un espejismo al existir los mismos problemas que en Irak: los grupos kurdos opuestos a EI no pueden ir más allá de su territorio. Por el contrario, si EI conquista Kobane, los asesores más próximos a Obama reiterarán la necesidad de equipar y entrenar a las fuerzas de la oposición siria “moderada” para hacerles frente. 

Esta postura inmovilista respecto a una estrategia que ofrece muchas dudas y con demasiados aspectos por definir agrava aún más el distanciamiento entre el presidente Obama y el Pentágono, al que se ha unido no sólo una parte de la inteligencia, sino también algunos ex secretarios de Estado y Defensa durante el primer mandato de Obama como Hillary Clinton, Robert Gates o Leon Panetta y varios medios de comunicación generalmente favorables a su administración que incluso exigen cambios dentro de su staff. De hecho, desde este sector, se acusa a ese grupo de asesores del staff de la Casa Blanca más próximos a Obama, a los que ya denominan con el apelativo de “The Bubble” (la burbuja), de tener al presidente encapsulado y alejado de la realidad de la política internacional. 

Concretamente se señala a su vicepresidente Joe Biden, al jefe del staff, Dennis McDonough, a los asesores en seguridad nacional, Tom Donilon y Susan Rice y al actual director de la CIA, John Brennan, entre otros. Algunos miembros de este staff llevan junto a Obama desde la precampaña de 2008 y tienen muy presente la promesa electoral de retirada de tropas en Irak y de no comprometer efectivos estadounidenses sobre el terreno en misiones de combate. Y al parecer quieren mantenerla hasta el último día de presidencia de Obama. 

La difusión pública de este enfrentamiento y el debate sobre la intervención militar estadounidense en Irak y Siria también está siendo aprovechada desde las filas del Partido Republicano para reabrir el frente político doméstico y atacar, una vez más, a Obama y su política exterior coincidiendo con las midterm elections que renuevan la Cámara de Representantes y parte del Senado estadounidense y en las que ya han conseguido mayoría tras celebrarse las elecciones. 

 

Obama frente al “hipsterismo” republicano: back to the eighties 

Enviar tropas sobre el terreno en Irak y Siria; mantener la presencia militar en Afganistán (objetivo ya lograda por Obama con el Bilateral Security Agreement firmado con el nuevo presidente afgano Ashraf Ghani que permite a 9.800 efectivos permanecer hasta 2016); más sanciones contra Irán; armar a Ucrania para hacer frente a Rusia; aumentar el presupuesto de Defensa y volver a la doctrina de las dos guerras...no, Ronald Reagan no ha resucitado. Pero sí, vuelven los ochenta a las agendas de política exterior y de seguridad de algunos miembros del Partido Republicano, si es que alguna vez se habían ido de ellas, ayudadas por el actual contexto internacional. 

Y es que el sector más duro del Partido Republicano siempre ha sido favorable a la posición de armar a los grupos rebeldes sirios para luchar contra Al Assad o de enviar tropas directamente al teatro de operaciones sirio e iraquí ante la irrupción de la amenaza de EI. Por ello, la estrategia presentada por Obama ha reabierto el frente con los republicanos que le acusan de no haber armado antes a la oposición siria allá en 2012 cuando no sólo ellos se lo demandaron, sino también su entonces secretaria de Estado, Hillary Clinton, su secretario de Defensa, Leon Panetta, y el director de la CIA, David Petraeus (el ya retirado comandante general que aplicó la estrategia de “The Surge” en 2007 en Irak). 

Además, desde el Grand Old Party se acusa a Obama de blando y de debilitar la imagen de superpotencia y de actor internacional confiable de Estados Unidos al fijar una línea roja y no cumplirla al no intervenir militarmente contra Al Assad en agosto de 2013. Por estos motivos, se le señala  como responsable indirecto de la aparición y expansión de EI tanto en Siria como en Irak, donde para cumplir su promesa electoral no quiso negociar la permanencia de un contingente de tropas más allá del año 2011 similar a lo que posteriormente ha hecho en Afganistán. 

En este sentido, el Partido Republicano pide al staff de la Casa Blanca una revisión de la estrategia y que se contemple enviar tropas sobre el terreno si el Pentágono así lo requiriera. Y es en este punto donde las midterm elections adquieren su importancia de cara al plan de Obama para Siria. El pasado 18 y 19 de septiembre, tanto la Cámara de Representantes (con mayoría republicana) como el Senado (con mayoría demócrata ) pasaron la autorización para equipar y entrenar a 5.000 rebeldes sirios con una partida presupuestaria de $500 millones tal y como había solicitado el propio presidente Obama. 

Sin embargo, el plazo de la autorización expira a mediados del mes de diciembre cuando el nuevo Congreso se constituya. Y desde las filas republicanas ya han anunciado que con mayoría en ambas cámaras la prolongación de dicha autorización no se debatirá hasta enero. Además, el senador republicano John McCain, futuro presidente del comité de asuntos militares del senado, ya ha declarado que pedirá a Obama que acuda al Congreso para pedir una Autorización para el Uso de la Fuerza Militar (AUMF en sus siglas en inglés) específica para intervenir en Siria. Según los republicanos, la actual AUMF de 2001 para actuar contra aquellos sujetos, grupos o estados directamente relacionados con el 11-S y que Obama utiliza en Siria contra EI sobrepasa dicha AUMF. Y es ahí donde los republicanos podrán presionar a la administración Obama para que modifique su estrategia actual y se puedan incluir algunas de sus propuestas. En otro caso, Obama debería ceder en otros temas como por ejemplo en el de las sanciones a Irán por su programa nuclear. Difícil tarea para el presidente. 

Así, Obama tiene tres frentes abiertos consecuencia directa de la irrupción de Estado Islámico: en primer lugar, el frente contra la propia insurgencia yihadista salafista que a través de su estrategia pretende “degradar y finalmente destruir”. En este frente deberá demostrar que su whislist es realmente una estrategia con objetivos alcanzables. Aunque queda demostrado que para ello debe hacer un buen diagnóstico del problema, en primer lugar, y revisar los medios posteriormente. De momento, sus únicos logros han sido la participación de Estados árabes sunníes en los ataques aéreos en Siria y haber reducido la producción de petróleo de los campos que domina EI de 70.000 bpd a 20.000 bpd, es decir, de ingresar unos tres millones de dólares a uno al día. 

El segundo frente, con el Pentágono que pide que se abra la estrategia a escenarios que contemplen tropas estadounidenses sobre el terreno y, junto a parte de la inteligencia, algunos medios de comunicación y varios miembros de su propio partido demócrata, que deje de estar en manos de “la burbuja” y haga cambios dentro de su actual staff de la Casa Blanca para aplicar una política exterior más asertiva y contundente en los dos años que le quedan de mandato. Y finalmente, el frente con los republicanos que tendrán en sus manos la continuidad de parte de la estrategia de Obama y la posibilidad de modificarla cuando se constituía el nuevo Congreso. 

Obama debería tener claro que no combate sólo a grupos, organizaciones o insurgencias como Al Qaeda o EI, se enfrenta a una ideología yihadista salafista que necesita más instrumentos para ser tratada. Para ello, es necesario incorporar una estrategia política a la militar. Sin embargo, a corto plazo Obama necesitará dejar de lado su orgullo y si se requieren tropas sobre el terreno debería autorizar su despliegue. 

Eso sí, acusar a Obama de ser un presidente blando es bastante relativo. Y más si se tiene en cuenta la elaboración de listas negras de nombres de militantes y su autorización para eliminarlos, y que ya llegan a casi 400. Una lista que ya tiene en ella a los mandos conocidos de EI. Más que blando, mejor se debería hablar de su preferencia por las operaciones contraterroristas antes que las de contrainsurgencia. Y en eso hay que recordar que un califato necesita a un califa... Sin califa, el califato no existe y se debilita a los grupos que lo apoyan. Aunque eliminar a Bin Laden no acabó con Al Qaeda, ni eliminar al califa “Ibrahim” acabaría con la ideología que se combate. 

Xavier Servitja Roca es analista en política internacional y seguridad internacional

Editado por: Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI). Universidad de Granada. Lugar de edición: Granada (España). ISSN: 2340-8421.

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