La Primera Guerra Mundial. La ‘batalla metódica’ aliada

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Los aliados llegaron a la conclusión de que, con suficiente concentración artillera, siempre sería posible conseguir una ruptura del frente (consideración que compartían los alemanes). Pero también que, puesto que la sorpresa era imposible y dada la velocidad de reacción de las reservas enemigas, una explotación en profundidad no era factible. En consecuencia, la victoria debería alcanzarse mediante una sucesión de batallas de poca profundidad donde se consiguiese agotar humana y económicamente a las potencias centrales, de forma que la superioridad industrial y humana aliada se tradujese en una ventaja militar que, a la larga, fuese decisiva.

Esta aproximación al combate mantenía en unos pocos km. la distancia entre el Mando y las unidades y el tiempo de duración de cada una de las operaciones individuales se limitaba, en general, a una sola jornada, reduciendo los problemas de enlace al suprimir los problemas de controlar a las unidades una vez alcanzados los objetivos iniciales. Esta limitación en los objetivos permitió a los aliados centralizar el mando al máximo y planear la batalla hasta el último detalle, independientemente (en teoría) de lo que hiciese el enemigo.

En realidad, esta concepción del combate tenía un inconveniente importante: el enemigo tenía que ‘colaborar’ en ella, enviando recursos a la batalla para que la Artillería aliada los pudiera destruir. Como ejemplo de este problema, en diciembre de 1916, los aliados planearon una gran ofensiva para la primavera de 1917 dirigida al saliente alemán limitado al Norte por el río Somme y al Sur por el Aisne.

Para ello, comenzaron un costoso proceso de redespliegues de unidades y de acumulación de municiones… Pero a principios de 1917, los alemanes acortaron su frente, abandonando precisamente ese saliente. Como consecuencia, los aliados tuvieron que variar sus planes, teniendo que retrasar su ofensiva entre seis y ocho semanas, para acomodarse a la nueva situación del frente. En efecto, si el enemigo no temía a una posible ruptura, podía simplemente limitarse a perder terreno, que siempre sería poco, pues la ofensiva no pretendía ir más allá del alcance de la Artillería (por ejemplo, en las últimas fases de la batalla del Somme en 1916, los británicos ocuparon 20 km2, al precio de 81.000 bajas), y conservar sus fuerzas. En consecuencia, las ofensivas aliadas siempre oscilaron entre la búsqueda del desgaste en sí y la posibilidad de una ruptura decisiva que colapsase el frente alemán, como forma de forzar a los alemanes a enviar unidades a cerrar la brecha.

En la concepción aliada, la concentración artillera debía ser suficiente para destruir cualquier resistencia o para abortar cualquier posible reacción enemiga, más aún cuando no se preveía el combate más allá del alcance de la Artillería aliada. En consecuencia, las operaciones se concebían sobre las posibilidades de la Artillería, siguiendo un rígido esquema en el que la Infantería acomodaba su ritmo de avance al desplazamiento del fuego de la Artillería. Estas tácticas se basaban en largos y potentes bombardeos artilleros, seguidos del avance de la Infantería a un ritmo marcado por el desplazamiento de una ‘barrera’ de fuego móvil (‘creeping barrage’ o ‘barrage roulante’), destinada a destruir las alambradas y neutralizar al puñado de supervivientes que quedasen en la zona de avance de la Infantería. La barrera era un medio de regular la velocidad de avance (cuestión importante en Ejércitos de leva poco instruidos), al tiempo que prometía neutralizar a las ametralladoras que pudieran quedar y destruir las alambradas que obstaculizasen el avance. Si la Infantería se mantenía suficientemente cerca de la barrera artillera, el fuego artillero obligaba al enemigo a mantenerse a cubierto, sin poder hacer uso de sus armas, permitiendo a la Infantería atacante asaltar las trincheras enemigas sin sufrir el fuego de ametralladoras o fusiles hasta prácticamente el momento del asalto.

Plano del avance de la ‘barrera móvil’ de la Artillería británica en la batalla de Yprès, en octubre de 1917. El plano marca los puntos de caída de los proyectiles y la hora prevista de ejecución. Los trazos más gruesos indican la situación de las líneas de coordinación en las que la Infantería debería esperar las órdenes de continuar su avance.

La forma lineal de la barrera se ajustaba además a la formación lineal de avance de la Infantería aliada (especialmente de la británica), lo que ayudaba a mantener la formación. Esta forma de combatir se denominó por los franceses ‘bataille conduite’ y por los anglosajones ‘methodical battle’. Un efecto añadido de este planeamiento detallado fue la eliminación de la iniciativa de los mandos subordinados: cualquier desviación del plan podía implicar el colapso de toda la operación, por lo que la iniciativa se consideraba contraproducente. Con respecto al Ejército francés de 1916, el Tcol. Lucas Pascal escribió:

‘El mando, que podía recabar información rápidamente sobre cualquier cosa que ocurriese, tendía a la excesiva centralización; no se podía hacer nada sin sus órdenes, y asumía toda la iniciativa y la responsabilidad… Nuestros cuerpos de oficiales y de suboficiales perdieron en esa escuela el gusto por la iniciativa y la responsabilidad…’

Sin embargo, la ‘barrera móvil’ tenía un problema capital: su rigidez. La barrera era un procedimiento de tiro extraordinariamente complejo, por lo que todo el cálculo artillero se realizaba con antelación, y los datos se introducían en las piezas según un rígido horario prefijado. Por ello, el movimiento de la barrera era constante, independientemente de las dificultades del terreno, de la resistencia enemiga o de cualquier otro factor que retrasase a la Infantería.

Esta forma de combatir hacía irrelevante el aprovechamiento de los accidentes del terreno para favorecer el avance de la Infantería, o la explotación de un posible colapso local de la resistencia enemiga: sólo se esperaba de las líneas de Infantería un avance ordenado a una velocidad constante y prefijada por el ritmo de movimiento de la barrera móvil. En avances cortos, estos problemas, siendo importantes, tenían una influencia menor, pero conforme aumentaba la profundidad planeada del avance, la rigidez del desplazamiento de la barrera hacía que, con el transcurso del tiempo, su movimiento fuese perdiendo coordinación con el de la Infantería. En la mayoría de los casos, la Infantería pesadamente cargada, avanzando por un terreno quebrado por el fuego de la barrera artillera y usualmente embarrado, iba perdiendo velocidad en su avance, quedando retrasada con respecto al avance uniforme y constante de la barrera artillera, de forma que ésta iba dejando a la Infantería tan retrasada como para perder su efectividad para protegerla.

La idea de la ‘barrera’ revela la mentalidad táctica aliada: el fuego de Artillería no buscaba directamente al enemigo, sino que se movía de forma uniforme por el terreno, siendo el enemigo un factor más, cuya conducta no afectaba en realidad al desarrollo de la operación. Todo el esquema se basaba en el fuego de Artillería, y la Infantería cumplía un papel secundario (una de las excepciones históricas a la consideración de la Infantería como arma principal del combate).

El fracaso de la ofensiva francesa de abril de 1917 en el Chemin des Dames, puso de relieve los graves problemas de este enfoque: la táctica defensiva alemana desarrollada en 1916 se basaba precisamente en minimizar los efectos del fuego de Artillería, situando las posiciones defensivas en lugares donde no había posibilidad de observación del fuego de Artillería por parte de los aliados, aprovechando las contrapendientes (lo que impedía a los aliados hacer un fuego eficaz sobre objetivos concretos), neutralizando así la pieza clave del dispositivo atacante. Pese a ello, los aliados consideraron que el problema podía solucionarse con más Artillería, de forma que la preparación por el fuego y la posterior ‘barrera móvil’ fuesen lo suficientemente potentes como para destruir cualquier posición alemana, con o sin observación del tiro. Así, hasta el final del conflicto, los aliados continuaron empleando el mismo esquema, con cantidades siempre crecientes de fuego de Artillería.

Sir John Monash justificaba, justo después del final de la guerra, esta forma de proceder:

“… el verdadero papel de la Infantería no es desgastarse a sí misma en un heroico esfuerzo, ni ser segada por el fuego inmisericorde de las ametralladoras, ni empalarse en las bayonetas enemigas, ni quedar diezmada en enfrentamientos (…) sino, al contrario, el de avanzar con la máxima protección posible, proporcionada por el máximo número posible de elementos mecánicos, en forma de cañones, ametralladoras, carros de combate, morteros y aeroplanos; avanzar con el mínimo de obstáculos; ser eximida en lo posible de la obligación de luchar para avanzar; marchar, resueltamente, sin reparar en el estruendo del campo de batalla, hasta el objetivo asignado; y allí, mantener y defender el territorio ganado; y recoger, en forma de prisioneros, armas y víveres, los frutos de la victoria…”

En realidad – como deja entrever Monash -, en la concepción aliada explicada, las batallas no son decisivas en sí mismas: el avance está limitado por la marcha de la Infantería protegida por los carros, la Artillería o la Aviación, pero los frutos de la victoria no son el colapso del frente enemigo, sino algo de terreno ganado, prisioneros, armas, víveres… y prepararse para el inevitable contraataque. En esta forma de combatir no se busca un Waterloo, no se pretende alcanzar la victoria completa en ninguna operación concreta, sino que se confía en el efecto acumulativo del desgaste alemán. Es lo que Von Falkenhayn denominó en 1916 materialschlacht, la ‘ofensiva del material’.

Carlos Javier Frías es Teniente Coronel del Ejército de Tierra español, destinado actualmente en Cuartel General del Eurocuerpo.