La preparación logística del ejército español en el periodo de entreguerras: dos informes de Intendencia de 1932

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La eficacia de la preparación de los ejércitos en el periodo de entreguerras (1918-1939) es un tema esquivo en la historiografía militar contemporánea. Valorar la organización y  calidad del adiestramiento de las unidades para el combate es complejo a priori, y el juicio se suele suspender hasta conocer el éxito o el fracaso de las operaciones  en las que dichas fuerzas intervienen. El excelente nivel de adiestramiento y profesionalidad de la Fuerza Expedicionaria Británica de 1914 fue insuficiente para contener el avance a través de Bélgica de un ejército alemán de reemplazo; la experiencia y extensa preparación de las fuerzas  japonesas desplegadas en China no pudo  derrotar a las tácticas de insurgencia de los inexpertos milicianos del partido comunista (1937-1945); la intensiva instrucción militar de los soldados franceses de 1939 fue incapaz de detener a las tropas alemanas en las primeras semanas mayo de 1940 [1]. Se suele decir que la verdadera prueba del instrumento militar es la guerra, por lo que en muchas ocasiones los historiadores militares parecen haber redescubierto la afirmación tan familiar a los  lectores de Dante de que las más espeluznantes profecías se escriben siempre mucho mejor después de ocurridos los hechos.

En el caso español, la literatura especializada sobre este periodo tiende a considerar que el ejército sufría severas deficiencias y mostraba un nivel de eficiencia muy discutible. Es un lugar común  hablar de unidades crónicamente mal pertrechadas, insuficientemente armadas y poco adiestradas. Los raros estudios sobre el tema, interesados por saber cómo era el ejército que después iba a combatir en la guerra civil, lo suelen comparar desfavorablemente con sus homólogos europeos. Como colofón, los informes de los agregados militares extranjeros sobre las maniobras de las grandes unidades durante esta etapa las describen más como previsibles y anticuados ejercicios de gabinete  que  como oportunidades para preparar en condiciones reales a mandos y unidades para afrontar un eventual combate moderno [2]. No obstante, apenas se conoce cuál era la opinión del propio ejército sobre el asunto en vísperas de la guerra civil: ¿Cómo de eficaz consideraba la preparación de sus fuerzas? ¿Se ajustaban su estructura y ejercicios tácticos a los principios y doctrina vigentes? ¿Eran estos aún válidos? ¿En qué medida el adiestramiento respondía al tipo de posible conflicto al que creían que podían enfrentarse? ¿Cómo condicionaba su preparación los medios y recursos materiales disponibles? ¿Qué se hizo para corregir las carencias y problemas observados?

Entre la documentación histórica que custodia la Dirección de Asuntos Económicos del Ejército de Tierra figuran dos informes de 1932 que constituyen sendos juicios sobre la situación operativa de las unidades de Intendencia en dos Regiones Militares, la Noroeste y la Este. Los informes referidos respectivamente a las grandes maniobras regionales del año 1932 y a la organización de la logística en campaña aportan alguna luz a un asunto hasta la fecha muy poco abordado.

 

El contexto europeo y español 

Entre 1918 y 1936, el ejército español tomó nota con cierto distanciamiento de las lecciones aprendidas  de la Gran Guerra. Alejado del conflicto europeo, con unas capacidades industriales muy por debajo de sus vecinos y carente de amenazas existenciales, su actuación se concentró en las funciones de policía colonial durante las campañas de Marruecos. En ese escenario, la actuación de las tropas españolas sobre las tribus hostiles del Rif tenía poco que ver con la  forma de combatir y la logística operativa de un conflicto moderno a escala continental.

La guerra europea había puesto de manifiesto que la potencia industrial y económica de los diferentes Estados era directamente proporcional a su capacidad militar. Su enorme coste humano e impopularidad produjo una revisión general de las doctrinas, organizaciones y medios militares empleados, entre las cuales se abrió paso una tendencia general que consideraba viable la creación de ejércitos profesionales, más reducidos, cuyo menor tamaño se compensaría con la aplicación extensiva de innovaciones tecnológicas, destacando entre ellas la motorización, la potenciación de la Aviación y el  incremento de la potencia de fuego en el campo de batalla por medio de la Artillería y de los carros de combate [3].

A inicios de los años 30, el ejército español estaba básicamente  dividido entre las unidades peninsulares y las estacionadas en el norte de África, con características operativas diferentes. Las unidades peninsulares (aproximadamente el 80% de la fuerza) se encontraban pobremente dotadas y con escaso material moderno. El ejército había asumido en la medida de sus posibilidades económicas  determinadas soluciones técnicas  (fortificaciones desmontables, vehículos blindados, camiones cisterna y aviones) pero aplicadas a un contexto colonial que limitaba su empleo masivo y favorecía más bien una logística muy ligera, fundamentalmente hipomóvil y ajustada a la organización y movimiento  de columnas y convoyes de abastecimiento [4]. En cualquier caso, las particularidades del escenario marroquí, la beneficiosa neutralidad española en la Gran Guerra y las extraordinarias pérdidas humanas y materiales sufridas por los contendientes parecían confirmar la tendencia a considerar las experiencias  de la Primera  Guerra Mundial como algo de utilidad  limitada para el problema militar español y su logística en operaciones. Las características del conflicto marroquí pueden resumirse en una serie de rasgos:  se combate en una zona muy extensa para la envergadura de las fuerzas desplegadas, no existe un ‘frente’ al estilo europeo y las operaciones son una combinación de unidades móviles  ad hoc de entidad limitada (las ‘columnas‘),  junto  con una red de puestos fortificados fijos y relativamente aislados;  se lucha contra un enemigo disperso y poco fortificado y en muchos casos indistinguible de la población civil de la zona; las operaciones se ejecutan  en un terreno montañoso y desprovisto casi completamente de vías de comunicación, poco apto para el empleo de medios motorizados o para cualquier acción que requiera grandes contingentes y movimientos logísticos.

Sin embargo, tampoco las largas campañas de Marruecos parecían haber incidido en la doctrina y preparación de la logística operativa. Más que en resolver el apoyo logístico a grandes unidades muy móviles en escenarios de combate convencional o incluso irregular, el ejemplo europeo orientó buena parte las preocupaciones de la Intendencia de la época hacia cómo elaborar planes de movilización económica masiva en caso de guerra [5].  Incluso en una fecha tan tardía como 1929, el  nuevo reglamento de los servicios de Intendencia de campaña, parece más bien un producto doctrinal de la guerra franco-prusiana de 1870, que siguiendo el modelo francés se centra en un espacio de batalla defensiva,  muy rígido y donde no se encuentra ni rastro de las enseñanzas extraídas de las recientemente concluidas operaciones en el protectorado marroquí [6]. En puertas de la guerra civil española y de un nuevo conflicto europeo, la preparación para el empleo de las unidades logísticas del ejército español sigue anclada en los modelos del periodo de anteguerra.

 

Los informes de Intendencia 

A principios de noviembre de 1932, el Jefe de los servicios de Intendencia durante las grandes maniobras de otoño en la zona del Pisuerga eleva una memoria sobre la actuación del Cuerpo de Intendencia en las mismas [7].  Las grandes maniobras constituían los ejercicios anuales en los que participaban la casi totalidad de las unidades de la Región Militar. Los aproximadamente 14.000 hombres y 5.500 cabezas de ganado se dividían en  dos bandos con un tema táctico a desarrollar que solía durar algo menos de dos semanas y en el que se ejecutaban marchas y contramarchas diurnas para confluir en un despliegue, conocido y fijado de antemano, en el campo de batalla. Las unidades, concentradas normalmente por ferrocarril  en la zona designada para ejecutar las operaciones, eran aprovisionadas inicialmente desde sus acuartelamientos, y con posterioridad  por el servicio de Intendencia durante los doce días de duración del ejercicio.

El informe desgrana de forma detallada la organización del servicio para cada uno de los recursos logísticos gestionados. Dada la actuación predeterminada de las unidades,  el cálculo, adquisición, preparación y distribución de los mismos (subsistencias para personal y ganado, material de campamento, transportes   y suministro de combustibles y grasas) no supuso ningún problema: todo estaba fijado previamente y fue “de una extrema sencillez”. Más allá de algunas discrepancias administrativas, el despliegue de almacenes y parques,  los transportes por ferrocarril, y el suministro y reparto  de los diferentes artículos entre las unidades no contó con ninguna de las dificultades inherentes a un conflicto real. Sin embargo, a medida que el informe avanza comienza un juicio severo sobre los apoyos prestados. El carácter estático del despliegue no ofreció enseñanzas para el caso de operaciones muy móviles ni era válido para resolver el problema de apoyos logísticos a posiciones avanzadas o a agrupaciones tácticas separadas; los materiales eran vetustos,  el personal insuficiente, los transportes automóviles inadecuados y no resistían un empleo intensivo, y las propias unidades operativas confiesan su falta de experiencia y desorientación respecto al funcionamiento de unos servicios que tienen una reglamentación “retorcida” y poco eficaz. La envergadura del ejercicio tampoco sirvió para llevar a cabo un ensayo de movilización: a pesar de su papel relevante no hubo una gestión planificada sobre la red de ferrocarriles afectada  ni sobre la  compañía concesionaria de los carburantes ni sobre los servicios públicos de las numerosas localidades incluidas en la zona de operaciones entre Valladolid y Palencia.

Con un ejército en pleno proceso de reorganización, el informe contiene una fuerte crítica sobre el valor efectivo de las maniobras en su vertiente logística. En el fondo, la memoria no puede dejar de señalar que “la realidad de una campaña no habría sucedido así” y que su ejecución se limitó a verificar la aplicación más o menos correcta de principios y procedimientos reglamentarios. Para el Jefe de Intendencia,  no  formular un juicio crítico implicaría que el ejercicio carecería de la mínima utilidad práctica y se daría “una falsa impresión  de lo que habría de ocurrir en una acción real” para un Cuerpo de Ejército en operaciones.

En septiembre del mismo año, el coronel jefe de los servicios de Intendencia de 4ª División Militar (Barcelona) formula un informe sobre el estado de la Intendencia en tiempo de paz y sus capacidades frente un posible conflicto armado de carácter continental [8]. Es necesario inscribir su análisis en el marco del intenso ciclo de reestructuración militar puesto en marcha tras el cambio de régimen, y con la comparación de fondo de otros modelos europeos, en particular del francés. Bajo la premisa de que fue su organización logística la que sentó las bases del éxito militar de Francia en el pasado conflicto, el documento examina las competencias de Intendencia y la reordenación dada a los servicios logísticos en España. El repaso le sirve para contrastar la teoría normativa y doctrinal vigente con la realidad de las unidades, y no tiene concesiones al  retratar incisivamente un panorama donde afloran la insuficiencia de efectivos, la vejez de los materiales, la imposibilidad de efectuar una movilización rápida y, en definitiva, la falta de preparación para afrontar una campaña moderna. Sus conclusiones no dejan lugar a dudas:

“La extensión en el desarrollo de las funciones expuestas (…) unidas a las bruscas reformas introducidas, la creación de Juntas de Plaza y Guarnición, así como las (modificaciones) orgánicas anejas a las continuas reformas generales del Ejército y las consecuentes a los diversos criterios ministeriales derivados de las circunstancias de cada momento, han tenido por consecuencia una labor destructiva no acompañada de otra creadora, estando los servicios antiguos en verdadera ruina, y los nuevos en un periodo de iniciación sin criterio aún perfectamente definido”.

El autor no oculta que, a pesar de los buenos resultados mostrados por la Intendencia en el banco de pruebas de las campañas del norte de África, la situación y funcionamiento de las formaciones de apoyo logístico a principios de los años 30 no estaría a la altura de las necesidades derivadas de unas hostilidades europeas. No existen ni los planes abastecimiento ni las estructuras teóricamente diseñadas y ejercitadas desde tiempo de paz que permitan el tránsito a un dispositivo  de operaciones. Los recursos disponibles estarían adaptados exclusivamente a las exigencias de un servicio de guarnición, falto de toda modernidad, atendido de forma rutinaria y sin vinculación con las exigencias reales de una campaña.  En la práctica, su pobre nivel de adiestramiento, experiencia y medios implicaría, según sus palabras, “un serio descalabro” en caso de guerra internacional.

***

Siempre mencionada pero jamás estudiada, la preparación del ejército español de entreguerras ha sido una parcela descuidada por la bibliografía militar, que ha preferido centrarse en el papel jugado por la institución en la vida política nacional o en sus diversos proyectos de reorganización. No obstante, analizar su preparación puede explicar en qué medida las enseñanzas derivadas de la Primera Guerra Mundial, la experiencia de las largas campañas de Marruecos y las reformas emprendidas por el gobierno de la República afectaron al ejército, o más exactamente, mejoraron su adiestramiento, y en último término, aumentaron su capacidad de combate. Sin pretender evaluar al ejército por unos testimonios muy puntuales y ceñidos al ámbito de la logística de  campaña, el objetivo es aportar nuevos elementos a un asunto donde la documentación primaria escasea o bien se acude con cierto fetichismo a los análisis –sin matices, incompletos  y de relativa fiabilidad-  de los observadores militares extranjeros en España, cuyos informes han nutrido la literatura militar más difundida [9].

Los trabajos examinados ayudan a conocer de primera mano la visión de los propios protagonistas y  ponen de manifiesto el hecho de que los responsables militares españoles, en este caso ambos oficiales de intendencia con experiencia en combate, eran dolorosamente conscientes y nada condescendientes respecto a las debilidades logísticas que observaban en sus unidades. Sus conclusiones demandaban más y mejores medios  y más preparación, y sugerían guías de actuación para la mejora de los servicios. Los episodios recogidos en los informes de intendencia pueden ayudar, aunque sea de forma fragmentaria,  a completar la foto fija de una etapa particularmente decisiva para enjuiciar uno de los principales condicionantes de la capacidad operativa del ejército en vísperas de un conflicto de alta intensidad como fue la guerra civil.

 

Alfredo Vázquez Ramos es Comandante de Intendencia del Ejército de Tierra y diplomado de Estado Mayor.

 

Referencias

[1]. DOISE, Jean y VAÏSE, Maurice (2015). Diplomatie et outil militaire: Politique étrangère de la France 1871-2015,  Éditions du Seuil, pp. 413-435.

[2]. VIÑAS, Ángel (2012). Los ejércitos de Europa: ¿Eran distintos los militares españoles?, en  Los militares españoles en la Segunda República, coord. J. Martínez Reverte, Madrid, Editorial Pablo Iglesias, pp. 153-186.

[3]. FRIAS SANCHEZ, Carlos Javier (2018). Desarrollos doctrinales: el periodo de entreguerras, Blog en Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI), entrada del 24 de octubre. Recuperado https://www.seguridadinternacional.es/?q=es/content/desarrollos-doctrina...

[4]. COURCELLE-LABROUSSE, Vincent y MARMIÉ-MANIGLIER, Nicolas (2018). La Guerre du Rif : Maroc 1921-1926,  Éditions Tallandier, pp.305-336.

[5]. LACAL OTER, Ricardo (1922). Organización y funcionamiento de los Servicios de Intendencia de un Cuerpo de Ejército en campaña,  Madrid, Imprenta del Patronato de Huérfanos de Intendencia e Intervención Militares; DE DIEGO, Manuel (1929). Ensayo de movilización de recursos para caso de guerra, Madrid, Editorial J. Saiz;  DIEZ MIRO, Alberto (1933). Movilización de recursos sobre el Oeste de España, Madrid, Editorial Patronato de Huérfanos de Intendencia; JIMÉNEZ DE BLAS (s.f.). La movilización económica en el servicio de subsistencias militares, conferencia mecanografiada, documentación de la Secretaría Institucional del Cuerpo de Intendencia.

[6]. DIRECCIÓN GENERAL DE PREPARACIÓN DE CAMPAÑA (1929). Reglamento de los servicios de Intendencia de campaña, Madrid.

[7]. MORENO COLMENARES, José (1932). Memoria referente a la actuación del Cuerpo de Intendencia en las “Grandes maniobras del Pisuerga” en el otoño de 1932, texto mecanografiado, documentación de la Secretaría Institucional del Cuerpo de Intendencia.

[8]. JIMÉNEZ ARENAS, Francisco (1932). Conferencia leída por el coronel D. Francisco Jiménez Arenas, jefe de los servicios de Intendencia de la 4ª División Militar de la Comandancia Militar de la plaza de Barcelona, texto mecanografiado, documentación de la Secretaría Institucional del Cuerpo de Intendencia.

[9]. CORTADA, James (Ed.) (2012). Modern Warfare in Spain: American Military Observations on the Spanish Civil War, 1936-1939, Potomac Books; INQUIMBERT, Anne-Aurore (2009). Un officer français dans la guerre d´Espagne. Carrière et écrits d´Henri Morel, 1919-1940,  Presses Universitaires de Rennes/Service Historique de la Défense.