La ofensiva y la defensiva antes de la Primera Guerra Mundial (segunda parte)

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En el marco del renacimiento del pensamiento militar francés posterior a la derrota de 1870, los defensores de la “ofensiva a ultranza” (offensive à outrance) ocuparon puestos de gran influencia antes de la Gran Guerra: Foch fue director de la École de Guerre entre 1907 y 1911, y defiende la ofensiva en su obra Des Principes de la Guerre; el Coronel De Grandmaison, jefe de la Sección de Operaciones del Estado Mayor del Ejército de Tierra, autor en 1908 de  un libro dirigido a instruir a la tropa de reemplazo para constituir unidades de Infantería ofensivas, Dressage de l’infanterie en vue du combat offensif (De Grandmaison, 1908), y que en 1911 puso por escrito una serie de conferencias en las que defendía la necesidad de un ataque rápido, violento y frontal, criticando cualquier acción preparatoria que pudiera retrasar el ataque…

Sin embargo, ya a principios del siglo XX aparecieron opiniones influyentes en contra de esa actitud ofensiva. El banquero polaco Jan Bloch ya predijo la guerra de trincheras, la aparición de los frentes y la victoria por agotamiento de los recursos (humanos y materiales) del adversario, a finales del s. XIX (La guerre de l’avenir, 1898); el corolario que extraía Bloch de sus predicciones es que la guerra futura era imposible, dados los enormes costos que impondría a los contendientes (Impossibilités techniques et économiques d'une guerre entre grandes puissances, 1899). Bloch defendió sus ideas en enero de 1901 ante una audiencia profesional británica en el Royal United Services Institute. Bloch predijo en esas conferencias la aparición de frentes continuos (sin flancos que envolver) y estáticos, la guerra de trincheras y la inutilidad de la Caballería y de la Artillería (Bloch solo conocía el tiro tenso, ineficaz contra tropas atrincheradas) en ese escenario; sin embargo, la mayoría de sus argumentos tácticos quedaron eclipsados por su afirmación de que la guerra ya no sería posible, lo que llevó al escepticismo a sus oyentes.

De forma similar, los trabajos del General De Négrier, Observations sur le combat de l'infanterie, 1892, y sus artículos sobre el combate futuro publicados en La Revue de deux mondes, en 1901, preveían igualmente esa estabilización de los frentes ante la potencia del fuego defensiva. En la misma línea abundaban los escritos de Émile Mayer (Quelques idées françaises sur la guerre de l’avenir, aparecido en la Revue Militaire Suisse, en mayo de 1902 – firmado con el seudónimo “Émile Manceau” -, donde preveía la inmovilidad del combate futuro, debido a la potencia del fuego defensivo; ya en 1916 se publicó ampliado bajo el título Comment on pouvait prévoir l'immobilisation des fronts dans la guerre moderne).

Mayer explicitaba dos condiciones para que se produjese esa “inmovilización” de los frentes: una diferencia de medios de combate que no fuese excesiva entre atacante y defensor, y la inviolabilidad de los extremos de la línea, que, idealmente, deberían quedar apoyados sobre obstáculos que no pudiesen ser rodeados, como “el mar o la frontera de un país neutral”, como recordaba ese autor en 1938. Todos estos autores ya apuntaban a que la potencia de fuego del armamento moderno llevaría a la inmovilidad en el campo de batalla, y, como corolario, que un futuro conflicto europeo se decidiría por el agotamiento material y humano de uno de los contendientes. En los primeros años del siglo XX, con la principal aliada francesa, Rusia, muy debilitada tras su derrota ante Japón en 1905, esas conclusiones (que indirectamente preveían una victoria alemana en un nuevo conflicto franco-alemán, dado el mayor potencial económico y humano alemán frente a Francia) eran inaceptables para los franceses, y por ello fueron esencialmente ignoradas por su Estado Mayor. En consecuencia, el Ejército francés, aún más que antes, incidió en la necesidad de la ofensiva como clave de la victoria.

Por otra parte, los análisis realizados de la guerra ruso-japonesa de 1904-1905 fueron contradictorios. En principio, Bloch parecía estar en lo cierto: ambos Ejércitos se atrincheraron, las ametralladoras se revelaron tremendamente eficaces en defensiva, la Artillería tuvo que recurrir al tiro indirecto, ante su ineficacia sobre las trincheras… Como concluía un informe oficial alemán sobre los combates alrededor de Port Arthur:

“Estos enfrentamientos demuestran que, independientemente del valor mostrado por parte del atacante, una posición débilmente fortificada, pero dotada con ametralladoras y defendida por una guarnición tenaz no puede ser tomada sin suficiente preparación artillera”.

 

Sin embargo, la guerra se combatió en espacios muy amplios, lo que llevó a bajas densidades de ocupación del terreno (como ejemplo, en la batalla del río Yalu, los 22.000 defensores rusos cubrían un frente de 250 km.; los 42.000 atacantes japoneses se concentraron en dos ataques, separados entre sí unas pocas decenas de km.). Esta dispersión de las tropas debilitó mucho la capacidad de defensa de los rusos. Al final, si bien quedó claro el elevado coste material y humano de la ofensiva, la victoria final de los japoneses, que prefirieron la ofensiva, ante los rusos, casi siempre en defensiva, parecía confirmar las teorías en vigor en los Estados Mayores: la ofensiva resultaría muy costosa, pero llevaría a la victoria.

La doctrina oficial francesa inmediatamente anterior a la guerra recoge explícitamente estas ideas. Así, el Règlement sur la conduite des grandes unités, (28 de octubre de 1913), recogía:

Para vencer es necesario romper por la fuerza el dispositivo de combate del adversario. Esta ruptura exige ataques llevados al extremo, sin dudas; sólo puede conseguirse a costa de sacrificios sangrientos [...] Sólo la ofensiva conduce a resultados positivos. El éxito en la guerra siempre ha llegado a los generales que han buscado la batalla; los que simplemente la han esperado siempre han sido vencidos…

En el mismo espíritu, el Règlement de manœuvre d'infanterie (20 de abril de 1914) establecía el choque a la bayoneta como el elemento esencial del ataque de la Infantería.

Significativamente, en 1914, el único texto doctrinal francés en el que se establecían medidas defensivas era el Règlement sur la manoeuvre et l’emploi du genie. Service en champagne, es decir, solo los Ingenieros tenían en cuenta la necesidad de la fortificación de campaña..

Una consecuencia indirecta de este desprecio por la ofensiva fue que el Estado Mayor francés no se molestó en planear el despliegue de las Divisiones en defensiva. Como consecuencia, los despliegues del Ejército francés se calcularon sobre el espacio de frente que podía cubrir una División en ofensiva, que se estimaba en una legua (4,3 km). En consecuencia, el Ejército francés de 1914, con ochenta Divisiones, sería capaz de cubrir un frente de 350 km, muy inferior a la distancia de más de 1.000 km que separaba la frontera suiza del Canal de la Mancha, lo que descartaba la “inviolabilidad” de los extremos de la línea defensiva que preconizaba Mayer como condición esencial para la inmovilización de los frentes.

La aversión institucional del Ejército francés a la defensiva llegó al extremo de causar en 1911 el cese del General Victor-Constant Michel (vicepresidente del Consejo Superior de Guerra – el presidente era el Ministro de Defensa – y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas en caso de conflicto), por intentar moderar la offensive à outrance, proponiendo la cancelación del “plan XVI” (plan de operaciones vigente en ese momento, que preveía una ofensiva sobre Alemania en caso de guerra, dejando desguarnecida la frontera franco-belga) y la adopción de una actitud inicialmente defensiva, orientada precisamente hacia la frontera belga (que, en 1914, fue la ruta de ataque del Ejército alemán, como preveía el “plan Schlieffen” desde principios de siglo). La negativa absoluta de ninguno de los generales franceses a apoyarle en esa pretensión ocasionó su cese. El ofensivo “plan XVI” fue sustituido en 1913 por el aún más agresivo “plan XVII”, en vigor al inicio de la Primera Guerra Mundial.

Carlos Javier Frías es Teniente Coronel del Ejército de Tierra español, destinado actualmente en Cuartel General del Eurocuerpo.