La evolución de la doctrina militar soviética en el periodo de entreguerras (II)

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Por otro lado, por razones tanto ideológicas como militares, el gobierno comunista realizó un importantísimo esfuerzo industrializador. Por la parte ideológica, el triunfo del comunismo requería construir una sociedad de obreros - donde Rusia sólo tenía campesinos-, lo que implicaba crear una potente industria, cuna de una numerosa clase obrera, y, por la parte militar, la expansión del comunismo requería un instrumento militar ofensivo y potente. Además, el convencimiento de Stalin de la hostilidad implacable de las democracias occidentales hacia el modelo soviético y la invasión japonesa de Manchuria en 1931, hicieron que el Estado soviético realizase un importante esfuerzo de desarrollo de carros de combate y de Artillería, buscando crear un tipo de Ejército capaz de enfrentarse a los modernos Ejércitos de corte occidental. La nueva industria soviética y su vocación de modernidad en el campo militar determinaron la orientación soviética hacia la mecanización del Ejército Rojo, comenzando un vigoroso programa de desarrollo de carros de combate.

En 1933, la URSS producía más de tres mil carros por año, y, ya hacia 1935, el Ejército Rojo disponía de más carros, vehículos blindados y unidades de carros que el resto del mundo reunido. Sin embargo, la necesidad doctrinal de varios tipos diferentes de carros, la citada indefinición de características técnicas de cada uno y los avances técnicos de la época hacían que el parque soviético estuviese compuesto de modelos variopintos. Otros problemas adicionales derivaban de la escasez y de la falta de fiabilidad de los equipos radio, por lo que los carros soviéticos no estaban dotados de estos medios, excepto los carros de mando (en general, de nivel Batallón y superiores). Estos problemas de comunicaciones hacían muy difícil la ejecución de maniobras complejas.

Con inspiración inicial en la utilización francesa de los carros, los soviéticos desarrollan en los años veinte un modelo de carro destinado inicialmente al acompañamiento a la Infantería (el T-26 - copia del Vickers 6 Ton-A -, uno de los protagonistas de la Guerra Civil española, como se narra posteriormente), pensado como carro de apoyo a la Infantería en las operaciones de ruptura. El blindaje del T-26 era escaso para el papel asignado. En consecuencia, los soviéticos desarrollaron modelos más pesados y mejor armados, los T-28 y T-35. También a imitación francesa, y como ‘carro de maniobra coordinada’, los soviéticos crean carros pensados para operar profundamente en la retaguardia enemiga, dotados de gran autonomía y velocidad, los BT-5 (también presentes en la Guerra Civil), basados en los carros rápidos diseñados por Walter Christie en Estados Unidos. El T-26 se podía emplear alternativamente en uno u otro de estos papeles, llegando a producirse 11.000 ejemplares de este carro.

La experiencia de uso de estos medios en la Guerra Civil Española llevó a los soviéticos a desarrollar modelos de carros más pesados y mejor protegidos (caso de los KV-1 y KV-2 como carros de apoyo a la Infantería, y del T-34 como carro destinado a la explotación).

El carro soviético T-26, ‘viejo conocido’ de nuestro Ejército. El Ejército Rojo disponía en los años 30 del mejor parque de carros del mundo, en calidad y en cantidad

La ejecución de las ideas tácticas contenidas en el PU-36 requería la constitución de grandes unidades mecanizadas y acorazadas capaces de operar a gran distancia de las líneas propias, en la profundidad del dispositivo defensivo enemigo, y con la potencia de combate suficiente para derrotar a cualquier fracción de las fuerzas enemigas que quisiera detenerlas. Los Cuerpos de Ejército mecanizados soviéticos estaban destinados a esta función.

El énfasis ofensivo de la doctrina soviética tuvo como contrapartida un descuido en los aspectos defensivos, que se trataron relativamente poco. De la misma forma, la Artillería soviética era un Arma muy potente (en número y calidad de sus piezas), pero la escasa cartografía disponible y la falta de personal cualificado para emplear métodos de cálculo avanzados, y, sobre todo, las limitaciones de sus medios de transmisión, hacían que sólo pudiese recurrir al fuego indirecto en situaciones relativamente estáticas. En consecuencia, en los ataques móviles previstos en la profundidad del despliegue enemigo, la Artillería soviética confiaba en el tiro directo, menos eficaz, pero más sencillo.

En cualquier caso, a finales de los años 30, aparentemente, el Ejército Rojo era sin duda el mejor preparado para combatir en una guerra móvil.

Sin embargo, como en el caso alemán, este tipo de tácticas requería una gran iniciativa en todos los niveles de mando, especialmente en los más bajos. No obstante, la sociedad soviética se avenía mal con la iniciativa. El comunismo insistía en la planificación centralizada y la adhesión incondicional de todos los ciudadanos a los planes aprobados, exactamente el espíritu opuesto al pensamiento crítico necesario para aplicar la doctrina descrita en el PU-36. Esta circunstancia era tanto más relevante cuando cualquier desviación del plan podía considerarse como un ‘sabotaje’, con consecuencias frecuentemente fatales.

Adicionalmente, los poco concluyentes resultados obtenidos en nuestra Guerra Civil pusieron en entredicho el empleo previsto de los carros y su capacidad de efectuar la explotación en profundidad que constituía el núcleo de la ‘batalla en profundidad’.

A estos factores se añadieron las ‘purgas’ de Stalin, que afectaron especialmente al principal impulsor de la ‘globoki boi’, el Mariscal Tukhaschevski, y a su círculo de colaboradores, pero que se extendieron progresivamente hasta casi destruir completamente al Cuerpo de Oficiales del Ejército Rojo. En efecto, desde 1937, Stalin comenzó a ‘purgar’ el Ejército Rojo de ‘elementos antisoviéticos’. Las ideas innovadoras de Tukhaschevski y su independencia de pensamiento, junto a su creciente prestigio en el seno del Ejército Rojo lo pusieron en el punto de mira de Stalin, que lo hizo arrestar en mayo de 1937, y ejecutar en junio de ese año. A partir de ese momento, y hasta la invasión alemana en 1941, todos los Jefes de los Distritos Militares, el 80% de los Jefes de Cuerpo de Ejército y de División, y el 91% de los Jefes de Regimiento fueron arrestados, y, en su mayoría, ejecutados. De un total de 75.000 oficiales, unos 54.000 fueron arrestados y ejecutados o expulsados del Ejército (aunque unos 11.500 fueron reincorporados tras la invasión alemana).

Las ‘purgas’ pusieron en crisis a las Fuerzas Armadas soviéticas, deteniendo su desarrollo doctrinal, y haciéndolo regresar a tácticas mucho más primitivas basadas en las empleadas en la Gran Guerra y en la Guerra Civil rusa. La única (pero importante) excepción fue la aplicación de las ideas contenidas en el PU-36 por un todavía desconocido Zhukov frente a los japoneses en 1939, que se saldó con la brillante victoria soviética en Khalkhin Gol, en Manchuria.

Cuando se inicia la Guerra Ruso-Finlandesa (noviembre de 1939 a marzo de 1940), el Ejército Rojo estaba en el momento álgido de las ‘purgas’ de Stalin. La doctrina contenida en el PU-36, asociada al ‘traidor’ Tukhaschevski y desacreditada por la pobre aplicación que se hizo de ella en nuestra Guerra Civil, estaba descartada (en julio de 1939, una comisión especial sobre organización decidió disolver los Cuerpos de Ejército de Carros, piedra angular de la PU-36). En consecuencia, el Ejército Rojo revertió a las tácticas de ruptura empleadas en la PGM con las que ya no estaba familiarizado, y que dependían de la eficacia de su Artillería, en un terreno en el que carecían de cartografía. Los intentos de ruptura contra las defensas finlandesas de la ‘línea Mannerheim’, basada fortificaciones de campaña apoyadas en los numerosos cursos de agua de la zona, con búnkeres de hormigón en la pequeña franja de 32 km., llamada ‘el itsmo’, desprovista de estos obstáculos naturales, fracasaron.

El Ejército Rojo fue incapaz de coordinar adecuadamente la actuación de su Artillería, su Infantería y sus carros (el nombramiento del competente Isserson como Jefe de Estado Mayor del 7º Ejército soviético, el encargado de romper la línea Mannerheim, no consiguió remediar el problema). La Artillería soviética era ineficaz por falta de mapas adecuados y de medios de transmisiones que le permitieran un enlace fiable con sus observadores, lo que hacía que su fuego no se dirigiese a objetivos concretos si no a zonas del terreno preestablecidas, supuestamente ocupadas por el enemigo; además de ello, la penuria de vías de comunicación (una sola y anticuada vía férrea debía suministrar a todas las tropas soviéticas) hacía que la disponibilidad de munición fuese escasa. Como consecuencia, los ataques soviéticos eran precedidos de unos escasos treinta minutos de ineficaz preparación artillera. La dependencia del Ejército Rojo de las carreteras hacía que concentrase sus ataques en la zona del istmo, lo que eliminaba cualquier posibilidad de sorpresa. Como en España, los carros soviéticos dejaban atrás a su Infantería, perdiendo la protección que les aportaban los infantes, y quedándose sin apoyo frente a los cañones contracarro finlandeses. También como en España, los carros soviéticos demostraron que su protección era escasa frente a las armas anticarro finlandesas. Como en 1917 en Francia, los ataques soviéticos sobre la línea Mannerheim se ahogaron en un mar de bajas…

Por su parte, las operaciones móviles que intentaron los soviéticos en el centro (alrededor de Suomussalmi) y el Norte (área de Petsamo) de Finlandia se saldaron con estrepitosos fracasos: el Ejército Rojo estaba ‘atado’ a las escasas carreteras que permitían su alimentación logística, lo que hacía sus operaciones muy previsibles. Por su parte, los finlandeses operaban desde los bosques contra los flancos de las unidades soviéticas alineadas a lo largo de las escasas carreteras existentes, e incapaces de salir de ellas… Finalmente, los soviéticos se vieron obligados a retirarse dejando atrás la práctica totalidad de su equipo pesado.

El curso desfavorable de la guerra finlandesa obligó al Ejército Rojo a replantearse la operación. Se abandonaron los ataques en el centro y el Norte del Teatro de Operaciones, concentrándose los medios soviéticos en la ruptura del istmo. Los ataques se detuvieron para permitir una adecuada acumulación logística, lo que permitió que la Artillería acumulase suficiente munición. Se desplegaron los nuevos carros pesados KV-1, fuertemente armados y acorazados, en sustitución de los poco protegidos T-26. Paralelamente, se intensificaron las patrullas y los reconocimientos sobre las defensas finlandesas, con idea de obtener información detallada de éstas. Finalmente, en febrero de 1940, el Ejército Rojo inició una ofensiva en la que la Infantería avanzaba tras una barrera artillera móvil, como las del Frente Occidental de la PGM, con los pesados KV-1 avanzando lentamente intercalados entre las formaciones de Infantería en orden abierto. La Artillería soviética, utilizando la información obtenida por sus patrullas, batía con eficacia los búnkeres finlandeses, mientras que su Infantería los rodeaba y los atacaba por los flancos y retaguardia… A finales de mes, la línea Mannerheim había caído, y, el 9 de marzo, Finlandia se veía obligada firmar un armisticio.

Pese a que la superioridad numérica e industrial soviética acabaron por imponerse, el Ejército Rojo había mostrado importantes defectos: su motorización lo hacía excesivamente dependiente de las carreteras, la baja instrucción de su Infantería le obligaba a emplear formaciones relativamente compactas y muy vulnerables, la cooperación interarmas era pobre… Esto impulsó un importante número de reformas dirigidas a mejorar el adiestramiento individual del infante soviético y a dar mayor autoridad a los Oficiales subalternos, con la idea de permitirles ejecutar maniobras de pequeña unidad al margen de los rígidos planes elaborados en los niveles de mando superiores. Se ‘purgaron’ nuevamente los cuadros de mando, pero esta vez siguiendo criterios de competencia militar: los Jefes que destacaron en la Guerra Ruso-Finlandesa y en Khalkin Gol ocuparon posiciones destacadas, pero también se realizaron numerosos ejercicios en los que se probaba la competencia de los mandos.

Simultáneamente, el éxito de las formaciones acorazadas alemanas en Polonia y Francia, llevó a anular la decisión de disolver los Cuerpos de Ejército de Carros. En julio de 1940, el Ejército Rojo creó ocho de estos Cuerpos, con una organización distinta de la de sus predecesores, haciéndolos unidades más potentes: de dos Brigadas de Carros y una de Infantería sobre camiones, pasaron a componerse de dos Divisiones de Carros y una División de Infantería motorizada, contemplando una plantilla de 1.107 carros y más de 36.000 efectivos. En febrero de 1941, se decidió crear veintiún Cuerpos más, totalizando veintinueve… Se dio máxima prioridad a la producción de los nuevos modelos de carros de combate (KV-1 y T-34), retirando de servicio progresivamente los modelos obsoletos…

Cuando Alemania atacó a la Unión Soviética en 1941, estas reformas ya estaban en marcha, con resultados desiguales: las mejoras de disciplina e instrucción de las unidades soviéticas contrastaban con una cierta desorganización. En efecto, como consecuencia de los relevos de mando derivados de la selección de mandos competentes, en junio de 1941, el 75% de los Oficiales había cambiado de destino hacía menos de un año.

A diferencia de la mayoría de Estados europeos, los soviéticos nunca se plantearon profesionalizar sus Fuerzas Armadas. Los procesos de modernización británicos, alemanes o norteamericanos o los propuestos por los reformadores franceses como D’Estienne y De Gaulle tenían dos caras: profesionalización (lo que implicaba una reducción de efectivos) y adopción de costosos medios (para compensar la pérdida de poder de combate). Esta dualidad nunca se planteó en la Unión Soviética, lo que explica en parte las enormes cantidades de carros que produjo en los años 30. Los estudios previos a la publicación de la PU-36 estimaban que, en caso de un conflicto de alta intensidad, el Ejército Rojo debería estar en condiciones de reemplazar sus principales unidades de combate cada cuatro-ocho meses, lo que obligaba a la URSS a mantener una enorme capacidad de producción de armamento. En la misma idea, la Ley de Servicio Universal de 1938 extendía el servicio militar obligatorio hasta la edad de cincuenta años, y creaba una amplia red de escuelas para adiestrar a los reservistas cuando hubieran cumplido su tiempo en filas. Como consecuencia, cuando los alemanes invaden la URSS en 1941, el Ejército Rojo disponía de catorce millones de reservistas con entrenamiento militar.

Carlos Javier Frías es Teniente Coronel del Ejército de Tierra español, destinado actualmente en Cuartel General del Ejército de Tierra