La evolución de la doctrina británica en el periodo de entreguerras (I)

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El caso británico es distinto: si, durante el periodo de entreguerras, franceses y alemanes profundizaron en su particular enfoque sobre el empleo de las Armas (especialmente de la Infantería y de la Artillería) desarrollado en la Primera Guerra Mundial, el pensamiento militar británico fue una reacción contra lo vivido en ese conflicto. Durante este periodo destaca la influencia de dos autores: J.F.C. Fuller y Basil Liddell-Hart.

J.F.C. Fuller era uno de los pioneros de los carros. Como Jefe de Estado Mayor del Royal Tanks Corps planeó el citado ataque de Cambrai, en noviembre de 1917. En 1918 publicó una pequeña obra llamada ‘Plan 1919’ en el que exponía su idea de la guerra acorazada, en la que narraba la hipotética ruptura y avance en la retaguardia alemana de una fuerza de 5.000 carros de combate, a la que nada podría detener. En realidad, Fuller sustituyó el eslogan francés de ‘la artillería conquista, la infantería ocupa’ por el de ‘los carros conquistan, la infantería defiende’, y, de forma similar, su aproximación al problema perseguía sustituir a Infantería, a la que consideraba incapaz de adaptarse a las condiciones modernas del campo de batalla, por un nuevo Arma, que pasaría a ser el Arma principal en el combate: el Arma Acorazada. Tras la guerra siguió siendo un apasionado defensor del carro de combate y de la motorización del Ejército británico.

Liddell-Hart había sido oficial de Infantería en el King´s Own Yorkshire Light Infantry Regiment, en el Somme, y su Regimiento había sido prácticamente aniquilado al principio de la batalla. Él mismo había sido gaseado y su precaria salud lo relegó a labores de adiestramiento en retaguardia. Liddell-Hart es conocido por sus obras sobre estrategia y por su influencia en el nacimiento de la ‘guerra relámpago’ o blitzkrieg, como la denominó la propaganda nazi (El término ‘blitzkrieg’ no aparece en la doctrina alemana en ningún momento (las Fuerzas Armadas alemanas denominaron a este concepto ‘guerra de movimiento’ o Bewegungskrieg). Sin embargo, es importante tener en cuenta que los primeros trabajos de Liddell-Hart se dedicaron al adiestramiento de la Infantería, y que su posterior evolución como abogado de los medios acorazados y mecanizados nació de su rechazo a considerar el sacrificio de la Infantería en batallas de desgaste como la forma ‘correcta’ de hacer la guerra.

Las ideas de Liddell-Hart y las de Fuller eran complementarias: Liddell-Hart describía cómo alcanzar una ruptura del frente, y cómo iniciar su explotación, y Fuller aportaba el medio para compensar la limitada movilidad táctica de la Infantería, con sus ideas sobre el empleo de los carros de combate.

Los defensores de la mecanización y los que mantenían que las circunstancias que habían dado lugar a la aparición del carro (los ‘frentes’) eran puntuales e irrepetibles, mantuvieron una dura pugna en el seno del Ejército británico, lucha prolongada que extremó las posturas. Así, los defensores del carro de combate llegaron a considerar que el carro de combate reunía en sí mismo el necesario equilibrio entre potencia de fuego, movilidad y protección, por lo que no se requeriría el concurso de ningún otro Arma, excepto de alguna unidad de Infantería para ocupar el terreno, y de algunas piezas artilleras para realizar asedios…

Por el contrario, los enemigos del carro defendían que una nueva guerra europea era poco probable, y que, aunque estallase, el tamaño del Ejército alemán (con el tope de 100.000 efectivos fijado por el Tratado de Versalles) no le permitiría en ningún caso establecer un frente continuo, por lo que no habría oportunidad de romper ningún frente con una masa de carros. Incluso en el improbable caso de que estallase esa guerra, Gran Bretaña no tenía intereses que forzasen nuevamente su entrada en un conflicto europeo. En consecuencia, el Ejército británico debía volver a sus operaciones tradicionales de ‘Policía Imperial’, para las que los carros ofrecían pocas ventajas y muchos inconvenientes (especialmente logísticos). Al final, el debate se saldó con una victoria parcial de los defensores de la motorización: en 1939, el Ejército británico era el único completamente motorizado, pero carecía de una doctrina clara para emplear sus carros, fuera de algunas ideas (nunca probadas ni generalmente aceptadas) sobre la capacidad de los carros para actuar en solitario. De hecho, la doctrina y la orgánica de la Infantería británica al principio de la Segunda Guerra Mundial mezclaba elementos claramente enfocados hacia la guerra mecanizada con otros directamente derivados de la Gran Guerra, como los ataques a pie precedidos de ‘barreras’ de Artillería

Una de las tendencias británicas fue la de considerar que la Infantería había perdido su capacidad de maniobra, especialmente a nivel operacional, razonamiento que compartían los franceses. Como conclusión de ello, los franceses dedujeron que la maniobra a nivel operacional ya no era posible. En cambio, algunos destacados autores británicos (especialmente J.F.C. Fuller) concluyeron que el carro de combate era el elemento llamado a sustituir a la Infantería como ‘Arma principal del combate’, relegando a ésta a labores de apoyo. Para Fuller, la Infantería sería reducida a ‘jugar el juego de un espectador interesado’ en el combate. Más que la ‘reina de las batallas’, la Infantería se convertiría en la ‘reina de las fortalezas’ responsable de ‘mantener por el fuego y ocupar por el movimiento’ el terreno previamente conquistado por los carros de combate.

Por su parte, Liddell-Hart publicó numerosos escritos sobre disciplina, instrucción y táctica de Infantería. De importancia particular fue The ‘Ten Commandments’ of the Combat Unit –Suggestions on its theory and Training (‘Los ‘diez mandamientos’ de la Unidad de Combate –Sugerencias sobre su Teoría y Adiestramiento’), en el que defendía que la Sección se había convertido ahora en una ‘Unidad de combate’ en el sentido de que contenía ‘varias subdivisiones, cada una capaz de realizar maniobras de forma independiente’. También inventó los ‘battle drills’, métodos normalizados para instruir y adiestrar mediante repeticiones continuas, para ser aplicados en el combate y practicados en el campo de instrucción.

En la concepción de Liddell-Hart, la potencia de combate en el campo de batalla moderno estaba ligada a la potencia de fuego mucho más que al número de hombres. Esta potencia de fuego, forzaba una mayor dispersión de los combatientes, abriendo huecos en el despliegue que podrían ser aprovechados por pequeños grupos de infantes bien armados.

Para Liddell Hart, una unidad de Infantería era ‘un carro de combate humano’ reuniendo los tres elementos esenciales de estos ingenios: movilidad, potencia de fuego y protección. Su movilidad radicaba en las piernas de los infantes (lo que obligaba a mantener su equipo lo suficientemente ligero como para no impedirla), su potencia de fuego en su armamento (por lo que debía recibir armas automáticas y morteros) y su protección en su despliegue de combate, en orden abierto y disperso ‘que impide que más de una subunidad sea sorprendida por el enemigo’. Para asegurar esa protección (problema fundamental en la Gran Guerra), recomendó la adopción de despliegues sensiblemente abiertos como el rombo, el cuadrado o la cuña. Además, recomendó el uso de patrullas de cobertura avanzando a vanguardia por saltos, y el uso amplio de humos artificiales para ocultación.

En ataque la Infantería se articularía en tres elementos: un grupo de maniobra, otro de fijación y una reserva, en todos los niveles. El grupo de fijación proporcionaría información y seguridad, buscando puntos débiles en el despliegue enemigo. Si contactaba con un enemigo al que no pudiera superar lo fijaría mediante el fuego. El grupo de maniobra avanzaría a retaguardia del grupo de fijación, y, en caso de contacto con el enemigo, lo envolvería por uno o los dos flancos, aprovechando la acción fijante. La reserva reforzaría a uno u otro de los grupos, en caso necesario.

En defensiva, Liddell-Hart defendía una articulación similar de las unidades de Infantería. A cada unidad se le asignaría una zona en la que combatir, más que un punto a defender, sin estar obligada a mantener a toda costa ningún punto concreto de su zona. Defendía la utilidad de los contraataques sobre los flancos enemigos y del empleo del fuego de enfilada y las reservas.

En realidad, a diferencia de Fuller, Liddell-Hart intentó buscar una solución táctica y no técnica al problema de la vulnerabilidad de la Infantería. No es sorprendente que sus conclusiones fuesen marcadamente similares a la táctica aplicada por los Stosstruppen alemanes: la Infantería debía aumentar su potencia de fuego dotándola de ametralladoras ligeras y morteros, debía articularse en pequeñas unidades bien armadas, que debían infiltrarse por sorpresa entre los puntos fuertes del enemigo… La Infantería debía basar su combate en la ‘maniobra inteligente de la potencia de fuego’, comparándola con el flujo de una corriente de agua explotando una brecha a través de un dique de tierra, rechazando el concepto de que un ataque debía presionar igualmente en todos los puntos.

La Infantería debía reconocer el frente de la posición enemiga por todas partes para encontrar o provocar un punto débil, y entonces explotar ese punto débil a fondo con el uso de las reservas. La principal diferencia del sistema de Liddell-Hart con el de las Stosstruppen se encontraba en que el británico sistematizó hasta el extremo su concepción, de forma que no dejaba apenas margen para la actuación de los jefes subordinados: era una ‘fórmula magistral’, susceptible de adiestramiento por repetición, mientras que el sistema alemán partía precisamente del convencimiento de que no existían fórmulas de aplicación universal.

Muchas de las ideas de Liddell-Hart se aplicaron en los manuales de adiestramiento, en la organización y en las tácticas del Ejército británico de finales de los años treinta. Así, la Infantería británica consideraba el Pelotón como una unidad indivisible, siendo la Sección la menor unidad capaz de ejecutar una maniobra independiente. La necesidad de mantener la movilidad del infante hizo que se descartasen las ametralladoras y los morteros pesados y los ‘cañones de Infantería’ como armas de dotación para la Infantería: las ametralladoras pesadas se encontraban concentradas en un Batallón a nivel Cuerpo de Ejército (excepcionalmente a nivel División), los Batallones de Infantería sólo tenían dos morteros de 76 mm, mientras que las Secciones tenían una Escuadra con un mortero de 50 mm… que sólo tenía granadas fumígenas.

Sin embargo, el manual de Infantería de 1937, Infantry training: Training and war, exponía tanto las nuevas ideas de Liddell-Hart como las tradicionales formaciones lineales y avances siguiendo la barrera móvil, típicos de la Gran Guerra, sin que quedase claro qué se esperaba de la Infantería británica en combate.

Fuller y Liddell-Hart tuvieron una estrecha relación epistolar, que les llevó a una gran coincidencia de pensamiento: como Fuller, Liddell-Hart fue defendiendo progresivamente un mayor papel para el carro de combate en el campo de batalla moderno. Como consecuencia de ese papel predominante previsto para el carro de combate, los experimentos británicos del periodo de entreguerras se dirigieron a diseñar carros de combate (y unidades de ellos) capaces de ejecutar las operaciones de ruptura de un frente fortificado (papel tradicional de la Infantería) y explotar esa ruptura (rol que la mayoría de los demás Ejércitos atribuían a la Caballería). Así, al inicio de la SGM, el Ejército británico era el único completamente motorizado.

Carlos Javier Frías es Teniente Coronel del Ejército de Tierra español, destinado actualmente en Cuartel General del Ejército de Tierra.