La doctrina de Caballería antes de la Primera Guerra Mundial

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La doctrina de la Caballería antes de 1914 era sensiblemente similar a la utilizada durante las Guerras Napoleónicas. La Caballería se dividía en dos grandes grupos: la Caballería Ligera, dedicada a la exploración (estas unidades constituían ‘los ojos’ del Ejército) y a proporcionar seguridad (mediante la información, pero también realizando acciones encaminadas a retardar o canalizar el avance enemigo hasta que las tropas propias pudiesen reaccionar) y la Caballería Pesada, empleada fundamentalmente para perseguir a un enemigo en fuga o para provocar el colapso final de unidades enemigas ya quebrantadas, mediante el empleo de su forma favorita de acción, la carga.

Sin embargo, no puede decirse que la Caballería fuese ajena a las consecuencias de los avances en la potencia de fuego de los contendientes: sin perder su forma tradicional de combatir, la Caballería se fue dotando de fusiles (denominados, en general ‘tercerolas’, algo más cortos que los de la Infantería, para facilitar el movimiento del jinete a caballo), al tiempo que fueron proliferando las unidades de ‘Dragones’ (unidades que se movían a caballo, pero combatían a pie). De la misma manera, fueron añadiendo a sus plantillas un cierto número de ametralladoras. La Caballería concebía la ametralladora como un medio para compensar su inferioridad numérica en comparación con la Infantería cuando luchaba desmontada: puesto que el fuego de la ametralladora podía sustituir al de un gran número de fusileros, una Caballería dotada de suficientes ametralladoras podría ejecutar sus misiones tradicionales, y, además, luchar como Infantería.

Sin embargo, la creencia general era que la mayor vulnerabilidad del jinete al incremento de la potencia de fuego (el conjunto jinete-caballo presenta un blanco mucho mayor, que, además puede aprovechar mucho menos que un infante los pequeños relieves del terreno para protegerse), podría compensarse con su mayor velocidad, lo que le hacía estar menos tiempo expuesto al fuego enemigo. Para ello era necesario galopar no sólo en los cien últimos metros de una carga, sino al entrar en el alcance de los fusiles enemigos, lo que ampliaba está distancia hasta los ochocientos metros o más. Este era un requisito excesivo y poco realista para monturas y jinetes.

En cualquier caso, los combates que se preveían para la Caballería eran pequeños encuentros contra unidades similares o contra unidades de Infantería desprevenidas o desgastadas, por lo que se consideraba que la reacción por el fuego de esa Infantería sería insuficiente para compensar la velocidad de la Caballería.

Sin embargo, la carga de Caballería contra la Infantería dotada de fusiles de repetición se reveló cada vez más costosa. Ya en Balaclava en 1854, la Caballería rusa había sido incapaz de romper las líneas de la Infantería escocesa dotada de fusiles Minié, de la misma forma que la Caballería austríaca fracasó en idéntico propósito frente a la Infantería prusiana en Königgratz en 1866. En la guerra franco-prusiana, las cargas de Caballería frente a la Infantería se saldaron en episodios sangrientos con resultados poco esperanzadores, como la ‘carga de la muerte de Von Bredow’ (en la batalla de Vionville-Mars-La Tour, la Caballería prusiana del General Von Bredow cargó contra la Infantería francesa en retirada, sufriendo 380 bajas de un total de 800 jinetes en menos de cinco minutos), o las derrotas de la Caballería francesa en Woerth o Elsasshausen. Pese a ello, en vísperas de 1914 todavía se confiaba en la capacidad de la Caballería de llegar al choque al arma blanca, como recogía el British Cavalry Manual de 1907:

‘Debe aceptarse como un principio que el rifle, por efectivo que sea, no puede sustituir el efecto producido por la velocidad del caballo, el magnetismo de la carga y el terror del frío acero’.

Así, en 1909 se dotó de lanzas a las primeras filas de los Regimientos de Caballería británicos, mientras que toda la Caballería alemana disponía de ellas desde 1890.

Además de su mayor vulnerabilidad, las unidades de Caballería eran logísticamente muy exigentes fuera de las zonas naturalmente dotadas de forraje para los caballos (el despliegue de un gran contingente de Caballería británico en Oriente Medio en 1916 obligó a construir una línea de ferrocarril con el único fin de suministrar forraje). Como ejemplo, el Ejército británico transportó a Francia durante la Gran Guerra 5.269.302 toneladas de munición… transporte que requirió 5.919.427 toneladas de pienso para los caballos de tiro. 

Incluso cuando combatían como Infantería, el cuidado de los caballos requería dedicar a ello un elevado número de hombres, lo que reducía de forma notable la cantidad de combatientes disponibles (una División de Caballería británica de 1914 disponía de cuatro veces menos ‘fusileros’ que una División de Infantería). Para compensar esta menor potencia de fuego, los alemanes incorporaron en 1870 dos batallones de Infantería ligera (Jäeger) a cada una de sus Divisiones de Caballería.

Pese a esos inconvenientes, en el marco de la guerra fundamentalmente móvil que se preveía, las funciones de reconocimiento y seguridad de la Caballería Ligera eran imprescindibles, no existiendo en aquel momento ningún otro medio de realizarlas.

Durante la Guerra de Secesión norteamericana, la Caballería mantuvo su papel fundamental de reconocimiento y seguridad, pero además se la empleó con frecuencia en profundos raids en la retaguardia enemiga, dirigidos fundamentalmente contra las comunicaciones por ferrocarril y los centros logísticos enemigos. Un empleo similar a éste se dio en la Caballería alemana de la guerra franco-prusiana, muy por encima de episodios esporádicos de cargas como la citada de Von Bredow. En ambos conflictos, la Caballería se reveló extremadamente útil en este tipo de operaciones, por lo que nada hacía presagiar su irrelevancia en el Frente Occidental de la Gran Guerra (que no en otros frentes, en los que los mayores espacios – caso del Frente Oriental o de Oriente Medio - evitaron la parálisis de la maniobra).

Las guerras coloniales supusieron un incentivo para la mantener la importancia de la Caballería. Sus acciones de reconocimiento eran aún más necesarias en terrenos que, en muchas ocasiones, eran absolutamente desconocidos. La explotación del éxito frente a enemigos en huida permitía transformar un choque favorable con los indígenas en una contundente victoria (sin embargo, el efecto de sus cargas no fue el esperado, sufriendo cuando se intentaron, un número elevado de bajas). No obstante, incluso en los grandes espacios de Sudáfrica y frente a un enemigo con una potencia de fuego relativamente moderada, los bóers, la Caballería británica concluyó que los días de las cargas con arma blanca habían concluido. Las grandes distancias y las reducidas fuerzas empleadas en las guerras coloniales dieron aún mayor valor a la Caballería en su papel de ‘Infantería montada’, que se desplaza a caballo, pero combate a pie.

Las características propias de la Caballería (especialmente su dependencia de la movilidad y de la velocidad para el cumplimiento de sus misiones propias) la hacían de forma natural un Arma de vocación eminentemente ofensiva.

Carlos Javier Frías es Teniente Coronel del Ejército de Tierra español, destinado actualmente en Cuartel General del Eurocuerpo