La difícil paz en Siria

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La derrota militar del Daesh y la pérdida de casi todos sus territorios ha marcado la pauta de las operaciones militares en Siria en los últimos meses. La decadencia del autoproclamado califato ha lanzado al resto de los beligerantes a una carrera para beneficiarse de su debilidad, ocupando rápidamente cuanto territorio ha sido posible.

Como resultado, el país ha quedado dividido en dos entidades principales con algunos añadidos. El gobierno controla gran parte de la “Siria útil”, la línea de centros urbanos, que va desde Damasco hasta Alepo, y que incluye la franja costera. A eso se añade la mayor parte de la Siria Central al oeste del rio Éufrates. Las milicias kurdo-árabes del  YPG/SDF, apoyadas por Estados Unidos, controlan por su parte el norte del país, a lo largo de la frontera con Turquía, y la franja de territorio al este del Éufrates.

La oposición, cada vez más dividida y debilitada, sigue dueña de la provincia de Idlib al norte, y gran parte del territorio en torno a Daraa, en el sur apoyado en la frontera jordana. Aparte de eso existen diversas bolsas de resistencia en los alrededores de las grandes ciudades, que en algunos casos han alcanzado acuerdos de alto el fuego con el gobierno, y en otros como ocurre en Ghouta Este, cerca de Damasco, están sometidas a bombardeos diarios.

La influencia de Turquía complica las cosas en el norte. El año pasado, milicias de la oposición siria apoyadas por fuerzas turcas crearon una zona que mantenía separados los territorios oriental y occidental bajo el control del YPG. Este año, Ankara ha lanzado una nueva ofensiva militar para eliminar la bolsa kurda en el oeste de Siria, en torno a la ciudad de Afrin. Al mismo tiempo, ha amenazado a Estados Unidos con una seria crisis si no convence a sus aliados kurdos de que deben replegarse al este del Éufrates, abandonando su actual cabeza de puente en Manbij. El gobierno turco intenta crear una franja de territorio en el norte que limitaría sensiblemente la influencia del YPG en la frontera, crearía una zona a la que podrían regresar muchos de los refugiados sirios actualmente en Turquía, y daría al gobierno de Ankara una fuerte baza para influir en la configuración de la futura Siria. 

Aprovechando la ofensiva turca, el gobierno de Damasco ha lanzado su propia ofensiva en el área rebelde de Idlib, reconquistando todo el territorio que debía serle devuelto según los acuerdos de Astana del año pasado, cuyo cumplimiento es por lo demás muy limitado. Resulta bastante lógico pensar que, tras el establecimiento de zonas seguras en los citados acuerdos, estamos asistiendo a reajustes territoriales e intercambios de zonas de influencia que pueden preceder a acuerdos de paz más sólidos.

 

Situación en Siria, 18 de febrero de 2018

Pero, ¿es posible una paz estable en Siria en las actuales circunstancias? No es fácil ser optimista porque los intereses de las partes enfrentadas, y de los actores externos que las apoyan, son difíciles de conciliar. Para Estados Unidos y Turquía el mantenimiento de territorios fuera del control del gobierno sirio es una carta clave para desalojar del poder a al-Assad, y configurar una Siria más acorde con sus intereses. Si Damasco se niega a un cambio de régimen, deberá también aceptar la partición del país de facto, algo que puede crear fuertes tensiones incluso entre los más fervientes partidarios del régimen. Pero si Ankara y Washington pueden coincidir en esta estrategia, las diferencias en torno al problema kurdo envenenan sus relaciones en otros aspectos. Para el gobierno turco, el YPG es una amenaza a neutralizar. Para Washington, su alianza con los kurdos en Siria e Iraq proporciona una significativa influencia en la región.

Rusia necesita un gobierno aliado en Damasco para mantener su influencia y sus bases militares en el Mediterráneo. La perspectiva de unas elecciones democráticas, en las que una mayoría de población kurda y árabe sunní vote contra al-Assad, no es demasiado atractiva. Cabe esperar que Moscú utilice su habitual ambigüedad diplomática para mantener el régimen en el poder mientras sea posible, y asegurarse la transición hacia otro régimen amigo si la continuidad de al-Assad se rebela insostenible.

Irán, por su parte, también desea mantener al régimen de Damasco en el poder, y tiene elementos sobre el terreno que pueden resultar decisivos para ello, desde Hezbolá hasta las numerosas y variopintas milicias chiíes desplegadas en Siria por las fuerzas Qods iraníes. Teherán ha visto muy reforzada su posición tanto en Iraq como en Siria, algo que Israel, Estados Unidos y las monarquías del Golfo ven cada vez con mayor preocupación.  Los constantes incidentes entre los aliados iraníes en Siria e Israel, que la pasada semana provocaron el derribo de un avión de combate israelí por primera vez en décadas, no auguran un futuro tranquilizador.

Finalmente, el régimen de al- Assad intentará sobrevivir y gobernar una Siria que incluya la mayor parte posible de sus territorios. Para ello volverá a utilizar esa combinación de resiliencia, brutalidad, flexibilidad, y oportunismo para aprovechar las contradicciones de aliados y enemigos, que tan buenos resultados le ha dado durante el conflicto. El régimen sigue teniendo presencia en varios enclaves en zona del YPG y ha mostrado tanta disposición a apoyar a las milicias kurdas como a luchar contra ellas, según sea su interés. Tampoco parece difícil explotar las diferencias entre Turquía y Estados Unidos sobre el apoyo al YPG, y no sería descartable que el propio régimen apoyase a alguno de los grupos islamistas en zona rebelde, o resucitase una nueva versión del Daesh, para debilitar a la oposición.

Los últimos enfrentamientos entre milicias gubernamentales y el YPG/SDF en Deir ez Zor, que han provocado una violenta reacción norteamericana, son probablemente una muestra de lo que nos espera en el futuro en Siria: un permanente situación de crisis en la que periódicos enfrentamientos para obtener ventajas locales se alternarán con fases de negociación y acuerdos.  Después de siete años de conflicto, y probablemente medio millón de muertos, es hora ya de que llegue la paz al castigado país, pero las condiciones políticas y militares para que eso se produzca son todavía inciertas.

José Luis Calvo Albero es Coronel del Ejército de Tierra y miembro del Grupo de Estudios en Seguridad Internacional de la Universidad de Granada (GESI)