Evolución de la doctrina militar: España y la Guerra Civil (IV)

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La introducción de armamento moderno tampoco proporcionó grandes novedades: los carros recibidos de Alemania e Italia (bando nacional) o la URSS (bando republicano) se emplearon de formas variadas, pero las conclusiones alcanzadas no fueron unánimes.

Inicialmente, el Ejército nacional recibió de Alemania 41 carros modelo Panzer I-A y 24 cañones anticarro PaK 35/36 de 37 mm (como parte de la Legión Cóndor), en septiembre de 1936. El Panzer I-A era un modelo esencialmente experimental, escasamente blindado y armado únicamente con dos ametralladoras. En total, 121 ejemplares de estos carros participaron en el conflicto (100 del modelo A y 21 del modelo B, ligeramente mejorados en cuanto a motor y transmisión, pero con igual armamento y blindaje).

Los cañones de 37 mm que llegaron con los carros se concebían como un medio de protegerlos del ataque de otros ingenios similares, frente a los que sus ametralladoras poco podrían hacer. Estos medios se organizaron en una plana mayor, dos compañías de carros de combate, una de transportes, una de mantenimiento, una unidad de Parque y un equipo de adiestramiento contra-carro. Hacia finales de octubre de 1936 llegará una compañía contra-carro adicional. Aunque, en principio, los alemanes se desplegaron en España en calidad de instructores, también combatieron, especialmente en las primeras etapas del conflicto.

Por parte italiana, en el verano de 1936 se empiezan a suministrar a Franco algunos Carri Veloce CV 3/33 y CV 3/35 (también llamado L3/35, la versión más empleada en España), una pequeña tanqueta armada con dos ametralladoras de 7,7 mm situadas en un afuste fijo hacia el frente, y tripulada por dos hombres, de las que llegaron a España entre 130 y 160 unidades, junto con algunas decenas de obsoletos coches blindados Lancia 1ZM. La mayoría de estos medios llegan a partir de 1937, cuando empieza el despliegue en España del Corpo di Truppe Volontarie (CTV), unidades de voluntarios italianos del Partido Fascista encuadrados en ocasiones por mandos regulares del Ejército italiano. Estos Carri Veloce son los únicos medios acorazados de que disponen los italianos en España. Como los Panzer I, sus posibilidades de éxito en combate frente a carros con cañón eran nulas.

Casi simultáneamente llegan a España carros y coches blindados soviéticos. Ya en septiembre de 1936 llega a Madrid una quincena de carros de combate T-26B (un total de 281 llegaron a España). Estos carros son de concepción mucho más moderna que los diminutos Panzer I, y, sobre todo, están armados con un potente cañón de 45 mm, capaz de destruir cualquier blindado en servicio en la época, al tiempo que su blindaje los hace invulnerables al fuego de ametralladora de los Panzer I o de los CV 3/33 o CV 3/35 italianos.

Los carros soviéticos intervinieron por primera vez en combate el 29 de octubre de 1936, en un ataque de flanco desde el sureste contra las columnas nacionales que se aproximaban a Madrid desde el noroeste. A diferencia de los Panzer alemanes, los carros soviéticos se emplearon reunidos, con la finalidad de efectuar una penetración en profundidad en la retaguardia nacional. La recién constituida I Brigada Mixta, mandada por Enrique Líster, debía romper el frente nacional y apoyar el avance de los carros. Se trataba de la aplicación, a pequeña escala, de las ideas contenidas en el entonces casi inédito manual PU-36 de Tukhaschevski, ya comentado.

Sin embargo, la Infantería republicana no disponía de vehículos para seguir el avance de los carros, que pronto se adelantaron hasta perder el contacto, encontrándose en una zona poco conocida, sin ninguna instalación vital a la que atacar (Puestos de Mando, unidades logísticas, Artillería – aunque destruyeron una solitaria batería de Schneider 75 mm -…) y en la que los defensores nacionales no entraron en pánico por ver a los carros avanzar en su retaguardia, sino que se atrincheraron en los pueblos (especialmente en Illescas y Seseña), desde donde frenaron el tímido avance de la Infantería republicana. La intervención de los CV 3/33 y CV 3/35 del Ejército nacional se saldó inevitablemente con la destrucción de varios de ellos y la retirada de los restantes. No obstante, los intentos de los carros soviéticos por desalojar a la Infantería nacional de los pueblos terminaron en la pérdida de varios T-26, por fuego de Artillería ligera o por cántaros y botellas de gasolina – los primeros ‘cócteles Molotov’ -, y la retirada de los restantes. En principio, las causas del fracaso se atribuyeron a la falta de instrucción de los infantes republicanos (que ciertamente existía), pasando por alto la carencia de vehículos que permitiesen a la Infantería acompañar el avance de los carros. Pese a ello, en octubre de 1937, en los repetidos ataques a las posiciones del Ejército nacional en Pina de Ebro, el Ejército republicano concentró de nuevo sus carros, esta vez en un compacto grupo de 50-55 T-26B y BT-5 (con igual armamento, pero más rápidos y mejor protegidos que los T-26B; 50 de estos carros llegaron a España), transportando cada uno de ellos algunos infantes para dar protección inmediata a los carros. Como en Seseña-Illescas, la Infantería no puedo seguir el ritmo de los carros, y los escasos infantes que transportaban los medios acorazados se revelaron insuficientes para aprovechar la ruptura conseguida. Pese al ‘empleo en masa’, el objetivo del ataque de Pina de Ebro no era una penetración profunda en la retaguardia nacional (caso del de Seseña-Illescas) sino el mucho más modesto de la ocupación del pueblo de Pina de Ebro.

En cierta forma, el Ejército republicano descartaba las operaciones en profundidad de los carros. Continuando esa ‘regresión doctrinal’, en la batalla de Teruel (diciembre de 1937), los carros disponibles se dispersaron a razón de un Batallón por División del Ejército republicano, renunciando completamente a las acciones independientes o profundas. A esta renuncia contribuyó poderosamente la caída en desgracia de Tukhaschevski (fue arrestado el 10 de mayo y fusilado el 12 de junio de 1937), principal impulsor de las ideas doctrinales contenidas en el PU-36. A partir de esa fecha, los mandos soviéticos renunciaron a aplicar las ideas doctrinales de Tukhaschevski (ante el riesgo de ser acusados de ‘contrarrevolucionarios’) y volvieron a las tácticas ‘ortodoxas’ de 1918.

Como puede verse, los repetidos fracasos de los carros soviéticos en sus operaciones cuasi-independientes forzaron a retornar a su empleo como apoyos de la Infantería o como reservas para cerrar las brechas en el frente. Para los soviéticos, la experiencia española – y la situación política interna, en el marco de las ‘purgas’ de Stalin - apuntaban a que los carros no eran capaces de operar más que en apoyo de su Infantería.

En el lado contrario, contrariamente a la creencia popular, tributaria de la propaganda de la blitzkrieg de la Segunda Guerra Mundial, el empleo inicial de los carros alemanes en España fue muy ‘conservador’ empleándose como medio de apoyo a la Infantería en la ofensiva nacional sobre Madrid. Como ejemplo, las dos Compañías de Panzer I disponibles en 1936 se asignaron como refuerzo de una Agrupación Táctica, con la misión de apoyar a la Infantería en el asalto a las posiciones fortificadas de los republicanos en Pozuelo de Alarcón (Madrid), el 29 de noviembre, apoyados por Aviación. La intervención de los T-26B soviéticos, armados con su cañón de 45 mm. obligó a retirarse a los Panzer I alemanes, mostrando las limitaciones derivadas de su reducido armamento y blindaje.

De la misma forma, en las operaciones subsiguientes en la misma zona, el Ejército de Franco se organizó en cinco Brigadas, cada una de ellas apoyada por una Compañía de carros de combate (tanto Panzer alemanes como CV 3/33 o CV 3/35 italianos), dispositivo que evidencia el papel de mero apoyo que se concebía para los carros de combate. Es interesante recordar que la doctrina alemana de 1934 preveía que los carros, operando en estrecha cooperación con la Infantería y apoyados por la Artillería, los Zapadores y la Aviación participarían en la batalla de ruptura del frente, en el lugar decisivo y con el fin de penetrar en la posición defensiva enemiga y alcanzar la zona de despliegue de la Artillería enemiga…

El empleo de los Panzer en la Guerra Civil fue plenamente coherente con esa doctrina, que, sin embargo, sí preveía un posible empleo de los carros en operaciones en profundad, junto con otras unidades motorizadas en operaciones independientes. Sin embargo, la neta inferioridad de los Panzer I y los CV 3/33 y CV 3/35 italianos frente a los T-26B o BT-5 hacían inviables los intentos de emplear los carros en penetraciones profundas en la retaguardia enemiga, dada su incapacidad para enfrentarse a los carros soviéticos. Además, la carencia de esas ‘otras unidades motorizadas’ que citaba la doctrina alemana impedía la aplicación del enfoque ‘interarmas’ que constituía la esencia de esa doctrina desde la Gran Guerra. Como consecuencia, más por necesidad que por doctrina, el empleo de los carros se limitó al apoyo a la Infantería, y siempre dentro del alcance de la Artillería propia. En cualquier caso, este empleo de los Panzer suponía el retorno al modo de empleo desarrollado en los años finales de la Gran Guerra (aunque con la importante mejora de la estrecha cooperación con la Aviación).

La experiencia de la Guerra Civil demostró la absoluta indefensión de los carros armados solo con ametralladoras frente a los que disponían de cañones, y también la necesidad de una mejor protección frente a las cada vez más abundantes armas contracarro, lo que validó el diseño básico de carros de combate que ha llegado hasta nuestros días: blindaje suficiente (lo que implica un peso relativamente elevado) y torre giratoria dotada de un cañón capaz de destruir a otros carros. Sin embargo, el fracaso de las operaciones independientes de carros obligó a volver al empleo de los carros como apoyo a la Infantería, lo que parecía cuestionar la necesidad de grandes velocidades o de amplias autonomías para estos ingenios.

Quizá la principal novedad en el aspecto doctrinal de la Guerra Civil fue el impacto de la Aviación sobre las operaciones terrestres. De forma mucho más acusada que en la Gran Guerra, la Aviación se reveló como un factor fundamental en el desarrollo de las operaciones terrestres. Tan temprano como en la Batalla del Jarama, en febrero de 1937, solo la superioridad en calidad y cantidad de la Aviación republicana pudo impedir el colapso de su frente defensivo. Algunos autores defienden que la ‘madurez’ del Ejército (republicano) del Centro fue el elemento clave que posibilitó el éxito defensivo republicano en Guadalajara.

Sin embargo, según observadores profesionales contemporáneos de le época, este éxito se debió fundamentalmente a los ataques de la Aviación republicana (soviética) sobre las fuerzas italianas, casi inmovilizadas por el mal tiempo a lo largo de las escasas carreteras de la Alcarria (la penuria de los italianos en medios de cadenas – y la baja calidad de los vehículos disponibles, esencialmente carros CV 3/35, de cadenas muy estrechas y motores poco potentes - restringía la movilidad de las unidades motorizadas italianas a las carreteras), y a la falta de instrucción de las unidades de voluntarios italianas, que llevó al pánico frente a los ataques de la Aviación republicana. El papel de las tropas terrestres republicanas se limitó a explotar el pánico de los italianos y a capturar las grandes cantidades de material abandonadas en la huida.

A lo largo del conflicto, las capacidades de la Aviación para cooperar con las fuerzas terrestres fueron creciendo, al tiempo que se desarrollaban procedimientos cada vez más eficaces para coordinar ambos tipos de fuerzas. Este fenómeno fue mucho más acusado en el bando nacional: la progresiva superioridad aérea que fue alcanzando el bando nacional permitió aprovechar la experiencia acumulada para perfeccionar procedimientos, proceso que no fue posible en el bando republicano, dada su inferioridad en las etapas finales de la guerra. De hecho, la experiencia en España fue uno de los elementos claves para la aparición de la blitzkrieg alemana, en la que la Aviación jugaba un papel fundamental.

Carlos Javier Frías es Coronel Jefe del Regimiento de Artillería Antiaérea 73, con sede en Cartagena, España.