Evolución de la doctrina militar en la Segunda Guerra Mundial: Preludio: La drôle de guerre

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Tras la invasión de Polonia, el 9 de octubre de 1939, Hitler ordenó a la Wehrmacht el inicio inmediato de una ofensiva en el Oeste, con fecha de inicio el 25 de noviembre. Sin embargo, las Fuerzas Armadas alemanas no podían cumplir esa orden de ninguna forma: las existencias de munición no lo permitían, pero, además, las Divisiones móviles – que eran la columna vertebral del Ejército – habían sufrido tales pérdidas de vehículos (en combate, pero, sobre todo, por averías y accidentes) que difícilmente hubieran podido emprender una ofensiva (las pérdidas alcanzaban en algunas de ellas casi el 50% de los vehículos con los que habían iniciado las operaciones el 1 de septiembre). Sin embargo, las objeciones de los generales alemanes tuvieron muy poca influencia en Hitler, y solo la necesidad de ocupar Noruega para preservar los vitales suministros de hierro sueco que llegaban a través del puerto noruego de Narvik, y el mal tiempo (que reducía enormemente la eficacia de la Luftwaffe) forzaron a Hitler a retrasar la ofensiva en el Oeste.

Por su parte, el enfoque estratégico aliado reflejaba su experiencia de la Gran Guerra: esperaban un largo conflicto en el que los respectivos potenciales industriales y humanos serían la clave de la victoria. Dada la relación de población y recursos entre los contendientes, los aliados consideraban que el tiempo jugaba a su favor. Además de ello, el curso de la Gran Guerra parecía demostrar que la entidad de los enormes Ejércitos que las naciones industrializadas eran capaces de desplegar hacía imposible destruirlos en una batalla decisiva. Para los aliados, el nuevo conflicto europeo sería – como en la PGM – una sucesión de batallas de desgaste cuyo efecto acumulativo llevaría a la victoria del bando industrial y humanamente más poderoso, que era el suyo. Puesto que el tiempo les favorecía, los aliados esperaron pacientemente a que los alemanes iniciasen una ofensiva, cediendo la iniciativa. Las únicas acciones ofensivas que ejecutaron fueron bombardeos “estratégicos” de la RAF sobre objetivos alemanes, iniciados casi desde el principio de la guerra. Sin embargo, las cuantiosas pérdidas y los escasos resultados obtenidos llevaron a que se cancelaran a partir de diciembre de 1939.

Por su parte, para los alemanes, la declaración de guerra aliada les ponía en una situación estratégica desesperada. En efecto, en 1939, la Wehrmacht no estaba preparada para un conflicto, y, además, el generalato alemán (especialmente el más conservador) compartía el análisis estratégico aliado: la guerra la ganaría el bando industrial y humanamente más poderoso, que no era el suyo… Consecuentemente, las prisas de Hitler por atacar en el Oeste no eran absurdas: cada día la ventaja militar aliada crecía (o eso pensaba el alto mando alemán, a nivel político y militar), por lo que no había tiempo que perder. Alemania no podía mantenerse a la defensiva, pues esa actitud equivalía a aceptar la derrota en un futuro más o menos cercano.

Coherentemente con su enfoque estratégico, los franceses ocuparon sus posiciones y se mantuvieron en ellas, dedicados a guarnecerlas frente a la (entonces, inexistente) amenaza alemana, mientras que los británicos transportaban su fuerza expedicionaria British Expeditionary Force (B.E.F.) a territorio francés. Esta era una fuerza compuesta de un núcleo procedente del Ejército Regular (profesional) de cinco Divisiones, que fue reforzada con Divisiones de reservistas del Ejército Territorial (hasta ocho, pero de ellas, tres carecían de instrucción de combate real, y solo eran aptas para servicios de retaguardia). La B.E.F. estaba completamente motorizada (tenía más de 25.000 vehículos). Se integró en el 1er Grupo de Ejércitos francés, en la frontera franco-belga, donde se dedicó a preparar posiciones fortificadas (en la denominada Línea Maginot “extendida”). Además, sus Divisiones iban rotando una tras otra en posiciones de la línea Maginot, a efectos de mejorar su adiestramiento en el combate desde posiciones fortificadas, lo que da una idea del enfoque aliado de la guerra en 1940.

En 1939, Bélgica intentaba todavía evitar verse envuelta de nuevo en un conflicto con Alemania (que había supuesto enormes destrucciones en la PGM), por lo que no se unió a los aliados ni autorizó el despliegue de fuerzas aliadas en su territorio, evitando provocar a Alemania. Sin embargo, los aliados esperaban que, como en 1914, Alemania invadiría Bélgica, lo que permitiría el despliegue aliado en suelo belga. Así, las tropas aliadas situadas en la frontera franco-belga estaban preparadas para avanzar rápidamente sobre territorio belga, para ocupar una línea defensiva ya coordinada previamente - en estricto secreto y solo al más alto nivel - con las fuerzas armadas belgas.

Con el tiempo y ante la falta de acometividad por parte de los alemanes, los franceses comenzaron a conceder permisos a la tropa para ayudar en labores agrícolas o se empleó a los soldados en la construcción o mejora de fortificaciones. Sin embargo, poco o nada se hizo de instrucción de combate.

En consecuencia, la guerra entró en un periodo de calma que contrastaba fuertemente con el violento inicio de la PGM. La prensa francesa bautizó a esta etapa como la drôle de guerre o “guerra de broma”. La prensa alemana la llamó Sitzkrieg o “guerra sentada”.

En contra del periodo de calma que describía la prensa, este paréntesis de siete meses entre el final de la campaña en Polonia y el inicio de la ofensiva en el Oeste fue un periodo de actividad febril en las Fuerzas Armadas alemanas. Las deficiencias detectadas en la campaña polaca debían ser subsanadas, al tiempo que se creaban nuevas unidades en un acelerado proceso de movilización.

El principal esfuerzo alemán se dedicó a la formación de sus mandos de pequeña unidad. Es importante tener en cuenta que el Tratado de Versalles autorizaba a Alemania a disponer de un máximo de 4.000 oficiales, de los que 450 eran médicos y veterinarios y 500 se destacaron para crear la Luftwaffe. Esto dejaba un total de 3.050 oficiales formados para unas Fuerzas Armadas que llegarían a los 4,5 millones de hombres en abril de 1940. En consecuencia, en el centro de adiestramiento de Königsbrück se organizó una División de Adiestramiento, que organizó cursos intensivos de tres a cuatro semanas de duración, cada uno para 300 nuevos Jefes de Pelotón y de Sección, dirigidos por instructores veteranos de la campaña de Polonia. Por su parte, las unidades emprendieron un programa de adiestramiento extraordinariamente exigente, centrado en el ataque a posiciones fortificadas y en las operaciones de paso de ríos.

Pese a que la movilización industrial alemana dejaba mucho que desear, la producción de carros se aceleró, pasando de 151 carros Panzer III operativos en octubre de 1939 a 349 en mayo de 1940, los Panzer IV pasaron de 143 a 278 y los carros checos de 247 a 334. Este aumento en el número de carros disponible permitió convertir a las Divisiones Ligeras en Divisiones Panzer. En mayo de 1940, la Wehrmacht disponía de 2439 carros, pero de ellos 1478 eran los débiles y anticuados Panzer I y II). Frente a ellos, Francia alineaba 4111 carros – de ellos, 3254 en su frontera oriental -, mas 640 carros británicos de la B.E.F. (310) y de la 1ª División Acorazada británica (330), enviada posteriormente al continente (su despliegue se completó al final de mayo, en plena ofensiva alemana).

En el caso de la Aviación, como se ha citado, las Fuerzas Aéreas francesas y británicas habían centrado su doctrina de entreguerras en las teorías del “Poder Aéreo Estratégico”: la victoria se alcanzaría mediante la destrucción del poderío industrial enemigo, más que en el campo de batalla terrestre, que se esperaba tan indeciso y estático como en la PGM. Para poder iniciar esta campaña de bombardeos, era necesario alcanzar la superioridad aérea sobre cielo alemán, destruyendo a los cazas alemanes. Sin embargo, como se ha comentado, las cuantiosas pérdidas y los magros resultados obtenidos en los primeros ataques de la RAF sobre suelo alemán al inicio del conflicto llevaron a que se cancelaran a partir de diciembre de 1939, y a que se reconsiderase la viabilidad de una campaña de bombardeo sobre Alemania (que, sin embargo, había sido la orientación estratégica de la RAF y de l’Armée de l’Air desde los años 20).

Como ocurre muy frecuentemente en el mundo militar, británicos y franceses esperaban que la Luftwaffe actuaría igual que ellos. De hecho, los bombardeos de las ciudades polacas (con amplio eco mediático) parecían apuntar en el mismo sentido. Así, mientras incrementaban el número de sus aeronaves para la campaña que se avecinaba (Francia realizó importantes compras de aviones – especialmente norteamericanos - y potenció su producción propia en ese tiempo), dispersaron a su Fuerza Aérea por todo el territorio nacional francés y el sur de las Islas Británicas, con el fin de evitar que un ataque sorpresa alemán destruyese a la Aviación aliada, al tiempo que protegían sus ciudades y centros industriales. Como se ha comentado, la RAF solo desplegó una pequeña fracción de sus aviones con su B.E.F. El resultado final de todo ello, es que el esfuerzo aéreo que los aliados podían efectuar en la zona donde se produjo el ataque alemán era sólo una pequeña fracción del que realmente tenían disponible.

El caso alemán era diferente: la misión de la Luftwaffe era alcanzar la superioridad aérea en la zona donde se produjera el combate terrestre, y, en esa zona, asegurar el apoyo aéreo a las Fuerzas Terrestres, aislando a las unidades aliadas atacadas, impidiendo la llegada de las reservas operacionales y abortando posibles contraataques sobre las fuerzas que hubieran roto el frente enemigo. Consecuentemente, la Luftwaffe desplegó la práctica totalidad de sus medios en la zona elegida para el ataque. No es sorprendente que, pese a su inferioridad numérica, los alemanes fueran capaces de operar libremente en la zona donde ejecutaron su ataque, sin interferencias importantes por parte de las más numerosas, pero localmente más débiles, fuerzas aéreas aliadas.

Durante este periodo, la principal actividad aérea alemana en el frente del Oeste fue el reconocimiento. La observación aérea alemana de los ensayos y ejercicios aliados permitió al mando alemán tener una idea bastante exacta de cómo pensaban operar las fuerzas aliadas.

En lo concerniente a procedimientos, tras la experiencia polaca, los alemanes desarrollaron un sistema pionero en su época para gestionar el apoyo aéreo a sus fuerzas terrestres. Este se basaba en el despliegue de destacamentos de enlace del jefe de la unidad de la Luftwaffe encargada de ejecutar el apoyo (una Luftflotte, equivalente aéreo a una Gran Unidad Ejército terrestre) a los puestos de mando de los Cuerpos de Ejército y de los Ejércitos a los que tenía que apoyar. Estos destacamentos tenían dos partes: por un lado estaba el Kommandeur der Luftwaffe, o, abreviadamente, Koluft. El Koluft estaba a cargo de gestionar la actuación de las unidades aéreas de reconocimiento que apoyaban a la Gran Unidad terrestre en la que estaba destacado (un total de unos 450 aviones de la Luftwaffe estaban asignados a misiones de reconocimiento, bajo la autoridad del Ejército de Tierra). El Koluft podía ordenar misiones a esas unidades aéreas de reconocimiento. Estos aviones ejecutaban también misiones de corrección de tiro de Artillería, para lo que enlazaban vía radio con las Baterías en tierra.

Además del Koluft y su equipo, existía un segundo sistema de enlace, consistente en un número variable (dependiente de la prioridad concedida a la unidad terrestre en el plan de operaciones y de sus necesidades previstas de apoyo aéreo) de Fliegersoffizieren, o Flivos, cada uno de ellos apoyados por un pequeño equipo de auxiliares. Los Flivos estaban encargados de asesorar al mando terrestre sobre las capacidades aéreas disponibles, asesorar sobre la prestación de apoyos de fuego aéreos y canalizar las peticiones de la unidad terrestre para operaciones en curso. Una Luftflotte destacaba un equipo de Flivos a una Gran Unidad Grupo de Ejércitos, un Fliegerkorps lo hacía a una Gran Unidad Ejército, y una División Aérea o Ala (Geschwader) a un Cuerpo de Ejército y (excepcionalmente) a alguna División.

Los Flivos se movían en vehículos terrestres acorazados, inicialmente proporcionados por las unidades del Ejército de Tierra a las que apoyaban, para permitirles mantenerse en contacto con los jefes de las Grandes Unidades terrestres (que tenían el hábito de “liderar desde el frente”, manteniéndose muy cerca de la primera línea de combates en los sectores críticos del frente). En 1940, los Flivos no tenían medios de enlace con los aviones, por lo que su función era de asesoramiento y enlace. Más adelante en el conflicto fueron dotados de equipos de radio que les permitían mantenerse en contacto con el puesto de mando de su unidad terrestre, y con las unidades aéreas. En 1940 las disponibilidades de personal eran muy escasas, por lo que solo había un Flivo por Cuerpo de Ejército, y no en todos. Los Flivos se desplazaban hacia las zonas donde estaba prevista o era más probable la ejecución de acciones de apoyo aéreo directo, y, con sus observaciones y las solicitudes del mando terrestre en beneficio de quien se realizaba el apoyo, coordinaban su ejecución directamente con el Nahkampffuehrer (oficial jefe de apoyo cercano) del puesto de mando de la unidad de la Luftflotte encargada de prestar el apoyo. Los Flivos no tenían autoridad para ordenar la ejecución de ninguna operación aérea, y su función era esencialmente de asesoramiento y coordinación en la ejecución del apoyo.

Un problema importante es que, en este sistema, no había relación formal entre Kolufts y Flivos. Como consecuencia, la coordinación entre los aparatos de reconocimiento asignados al Ejército de Tierra (dependientes del Koluft) y los cazas y bombarderos (cuyo enlace con las fuerzas terrestres se hacía a través del Flivo) era lenta y poco eficiente.

La falta de autoridad de los Flivos sobre las unidades aéreas y el aislamiento de los Kolufts (y de los aviones de reconocimiento que dependían de ellos) del resto de la Luftwaffe reflejaba las reticencias de Göring (y de la Luftwaffe, en general) a quedar subordinada al Ejército de Tierra.

Además de estas cuestiones organizativas, en 1940 el Ejército de Tierra y la Luftwaffe empleaban generalmente equipos de radio que operaban en bandas de frecuencia distintas, por lo que la coordinación en tiempo real entre ambas organizaciones no era factible.

Sin embargo, a pesar de los problemas explicados, el grado de coordinación entre la Luftwaffe y el Heer era muy superior al existente en ningún otro país en aquellos años.

En realidad, ésta es una de las diferencias más importantes entre la doctrina alemana y las ideas de los teóricos de los carros aliados: los alemanes contemplaron siempre la integración del apoyo aéreo en la maniobra terrestre como un elemento clave (quizá el más importante) de su doctrina, mientras que los aliados se enzarzaron en un estéril debate sobre las posibilidades “revolucionarias” del carro de combate. En gran parte por esa cortedad de miras, la imitación de la blitzkrieg alemana por parte británica y norteamericana tras la caída de Francia resultó mucho menos exitosa de lo esperado.

En resumen, la aparente inactividad alemana durante esta drôle de guerre enmascaraba una activísima preparación para una ofensiva. La desesperada situación estratégica alemana obligaba a la Wehrmacht a asumir riesgos enormes en el diseño de sus operaciones: Alemania necesitaba más que nunca vencer en una “batalla decisiva” que la mayoría de los profesionales de la milicia – de ambos bandos - consideraba imposible.

Carlos Javier Frías es Coronel Jefe del Regimiento de Artillería Antiaérea 73, con sede en Cartagena, España.