Evolución de la doctrina militar en la Segunda Guerra Mundial: Los planes de operaciones aliados en la campaña de Francia

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Pocos jefes militares en la historia han recibido críticas más duras que el Comandante en Jefe de los Ejércitos aliados en 1940, el General francés Maurice Gamelin. Y, sin embargo, con la perspectiva de la época, su plan de operaciones era perfectamente lógico. El esquema defensivo francés descansaba sobre algunos elementos fijos y que gozaban de amplio consenso:

  • La consideración de que el tiempo jugaba a favor de los aliados, al permitir la movilización para el esfuerzo de guerra de los superiores recursos industriales y humanos de sus imperios coloniales. Consecuentemente, se asumía que una defensa fuerte del territorio continental aliado sería suficiente para alcanzar la victoria, lo que excluía la necesidad de una costosa ofensiva sobre territorio alemán, actitud además perfectamente coherente con el pacifismo dominante en la sociedad francesa de la época.
  • La línea Maginot se consideraba un obstáculo suficientemente sólido como para garantizar la seguridad de la frontera francesa a lo largo de su trazado. Esta obra fortificada permitía además liberar tropas para constituir una masa de maniobra apta para proteger el resto de la frontera francesa.
  • La línea Maginot terminaba en la frontera entre Bélgica y Francia, en el espeso bosque de las Ardenas (aunque se extendía con obras de fortificación menores a lo largo de la frontera entre Francia y Bélgica, formando la ‘línea Maginot extendida’). Las Ardenas carecían de ferrocarriles y contaban con una limitada red viaria, compuesta de carreteras sin asfaltar y en su mayoría aptas para la circulación en un solo sentido. La espesa vegetación hacía casi imposible salir de las carreteras, lo que impedía ningún despliegue de combate. Además de ello, la escasa red viaria y sus pobres características hacían imposible la alimentación logística de un Ejército ‘moderno’ (concepto que los aliados entendían como los desplegados al final de la PGM, basados en un enorme apoyo artillero, y por ello necesitados de un constante flujo de municiones). En consecuencia, ninguna operación de gran envergadura podía emprenderse en esa zona. Un jefe militar del prestigio de Pétain, el ‘vencedor’ de Verdún, había declarado en la Asamblea Nacional francesa en 1934 que las Ardenas eran ‘impenetrables’, y el General Gamelin también consideraba que el Mosa – que constituye el límite Norte del macizo de las Ardenas - era ‘el mejor obstáculo contracarro de Europa’ (Frieser, 2015, pág. 241). En cualquier caso, los franceses calculaban que los alemanes necesitarían no menos de dos semanas para cruzar el Mosa por el sector de las Ardenas, si se decidiesen a atacar por allí, lo que les daba tiempo suficiente para reorientar su despliegue defensivo: los alemanes necesitarían entre cinco y nueve días para atravesar las Ardenas y en torno a una semana más para preparar el cruce en fuerza del Mosa, lo que implicaba desplegar una masa suficiente de Artillería, acumular la munición necesaria y batir las posiciones francesas (los tiempos calculados por los franceses eran solo ligeramente más largos que los que hizo el OKH alemán para el caso de una ofensiva encabezada por sus Ejércitos ‘de Infantería’: Halder consideraba que en ese caso el paso del Mosa podría iniciarse no antes del noveno día de ofensiva).
  • El trazado de la línea Maginot dejaba a los alemanes como única opción de invasión el cruce de Bélgica, como en el ‘plan Schlieffen’ aplicado en la PGM.
  • La preservación de las zonas en las que se concentraba la industria era crucial para una guerra como la que se esperaba, en la que el potencial económico y productivo constituía la clave para alcanzar la victoria. El 40% de la industria francesa se concentraba en los departamentos fronterizos con Bélgica, por lo que era necesario evitar que los alemanes alcanzasen esas regiones. En consecuencia, era imperativo detener a los alemanes en suelo belga, lo más lejos posible de la frontera francesa.
  • Para los británicos, era fundamental evitar la caída de la costa belga en manos alemanas. Desde allí, los submarinos y los aviones alemanes podrían cerrar al tráfico marítimo los principales puertos británicos, situados en la costa sur de las islas británicas. Las vías de comunicación marítimas eran esenciales para el esfuerzo de guerra británico, por lo que debían ser preservadas a toda costa. Esto suponía otro poderoso argumento para detener a los alemanes en territorio belga.
  • Bélgica - intentando preservar su neutralidad a toda costa - impedía el despliegue aliado en suelo belga antes de que se produjese una agresión alemana. Sin embargo, como se ha explicado, el Estado Mayor aliado consideraba que la invasión de Bélgica era la única posibilidad con la que contaban los alemanes, por lo que era inevitable. En consecuencia, la ‘masa de maniobra’ aliada, compuesta finalmente por 65 de sus mejores Divisiones, desplegaba en la frontera franco-belga, esperando el momento del ataque alemán para ocupar posiciones defensivas en suelo belga.

A partir de estas premisas, la principal decisión a tomar era dónde establecer la línea defensiva en suelo belga. Las opciones consideradas fueron tres, basadas en las líneas defensivas ya preparadas por los belgas:

  • La línea del río Escaut. Esta opción era ‘minimalista’ en el sentido de que dejaría la línea del frente muy próxima a la frontera francesa, preservando exclusivamente una estrecha banda costera y algunos puertos. Esta opción era difícilmente admisible por los belgas, pues dejaba la mayoría del territorio belga en manos alemanas. Consecuentemente, fue rechazada.
  • La línea del canal Alberto, basada sobre el río Mosa hasta su confluencia con el canal Alberto en Maastrich. Esta opción, al contrario de la anterior, era ‘maximalista’: el canal Alberto está situado muy al Este del territorio belga. Indiscutiblemente era la preferida por el gobierno belga, pero era difícilmente realizable: implicaba que los belgas debían ser capaces de resistir la potente ofensiva alemana el tiempo suficiente para que las 65 Divisiones aliadas cruzasen la práctica totalidad del territorio belga y llegasen a tiempo de establecerse en defensiva en la línea del canal. El mando aliado dudaba de la capacidad belga para ganar el tiempo necesario, pese a las importantes fortificaciones construidas a lo largo del canal por los belgas (como el fuerte Eben Emael, que se consideraba el mejor de Europa), por lo que esta opción se consideraba poco realista.
  • La línea del río Dyle. Esta era una opción intermedia, que se apoyaba en el Mosa hasta su confluencia con el río Dyle en Namur, y que seguía el curso de este último hasta Anvers. Esta opción aportaba numerosas ventajas: por un lado, era la línea defensiva más corta de las tres opciones consideradas, lo que permitía una mayor densidad de tropas; por otro, alejaba suficientemente la línea del frente de la costa (exigencia británica) y de los departamentos industriales franceses, dando además profundidad a la defensa; finalmente, Bruselas y la mayoría del territorio belga quedaban fuera de la zona ocupada por los alemanes. Estas ventajas y la aceptación del gobierno belga, determinaron que ésta fuese la opción aceptada.

Originalmente, la línea del Dyle solo sería ocupada por diez Divisiones francesas y las cinco británicas que componían inicialmente la B.E.F., mientras que otras veinte Divisiones guarnecerían el Mosa y actuarían como reservas.

El 20 de marzo de 1940, como consecuencia de la información obtenida en el mencionado incidente de Mechelen, este plan se modificó para incluir la variante ‘Breda’: en caso de un ataque alemán a los Países Bajos, el 7º Ejército francés (el núcleo de la reserva operacional aliada) avanzaría más allá de Anvers, para desplegar en la parte occidental de los Países Bajos, enlazando con las defensas holandesas, completando la línea defensiva aliada en su sector norte. Esta variante tenía el importante inconveniente de debilitar decisivamente la reserva operacional aliada, lo que tendría consecuencias nefastas durante la ofensiva alemana. La variante ‘Breda’ implicaba aumentar hasta 65 el número de Divisiones aliadas que desplegarían en territorio belga, y requería además el despliegue de la práctica totalidad de las unidades francesas más rápidas, con el fin de alcanzar la zona de Breda y constituir un frente antes de la llegada de las tropas alemanas.

El avance aliado se iniciaría con el rápido despliegue de las tres DLMs francesas más allá de la línea del Dyle, donde constituirían un frente al abrigo de cual desplegaría el grueso de las Divisiones de Infantería francesas y británicas.

La pérdida de la reserva operacional (enérgicamente protestada por el Jefe del Grupo de Ejércitos Noreste aliado, general Georges) dejaba la labor de rechazar posibles penetraciones aliadas en manos de las cuatro Divisiones Acorazadas de Reserva (DCRs) francesas y de la todavía no desplegada 1ª División Acorazada británica. En ningún caso se esperaba más que alguna posible penetración local a cargo de alguna de las Divisiones Panzer alemanas, siguiendo el esquema empleado por los alemanes en Polonia. Si conseguían penetrar el sólido frente aliado, estas Divisiones Panzer sufrirían tales pérdidas que no deberían constituir un adversario real para las Divisiones acorazadas aliadas, dotadas de más carros, más potentes y mejor armados. En consecuencia, Gamelin consideraba que perder la reserva operacional era un riesgo asumible.

Como Manstein esperaba, el frente de Sedán se asignó a tropas de segunda categoría (el 2º Ejército del general Huntzinger), y la labor de detectar y en su caso, retardar una posible ofensiva alemana por esta zona se dejó en manos de los belgas... Sin coordinarlo con ellos.

Para los belgas, las Ardenas eran un problema muy secundario en comparación con la necesidad de proteger la zona de Amberes-Lieja, mucho más valiosa industrialmente y más próxima a los ejes de avance previstos de las fuerzas alemanas. Consecuentemente, solo se asignó a las Ardenas un Cuerpo de Ejército denominado ‘Groupe K’ (por el nombre de su jefe, el General Keyaerts), compuesto de la 1ª División de Caballería, la 1ª División de chasseurs ardennais o ‘Cazadores de las Ardenas’ (infantería ligera) y un puñado de unidades menores, fundamentalmente de Ingenieros. La misión del ‘Groupe K’ se reducía a construir una serie de obstáculos previamente planeados sobre las carreteras de las Ardenas y a continuación replegarse rápidamente a las posiciones defensivas establecidas al Norte del Mosa, en el sector comprendido entre Lieja y Namur. Este plan defensivo implicaba que los belgas pensaban bloquear las carreteras que atravesaban las Ardenas en el sentido general Sur-Norte (hacia la frontera belga), pero prestarían poca atención a las rutas Este-Oeste, hacia Sedán y la frontera francesa, precisamente las que resultaban vitales para el avance previsto por los alemanes. En otro orden de cosas, desde la PGM era una realidad conocida que los obstáculos no defendidos por el fuego tienen una eficacia muy limitada (o nula), por lo que el esfuerzo de los ingenieros belgas sería necesariamente muy poco fructífero. Las fortificaciones francesas de Sedán eran mucho más débiles de lo que los alemanes temían: el doble obstáculo del bosque de las Ardenas y del Mosa hizo que el mando francés asignase a la fortificación de ese sector de frente una prioridad muy baja, por lo que se dedicaron muy pocos medios a mejorar las añosas defensas de la ciudad y de sus alrededores, que databan de finales del s. XIX.

La adopción del plan Dyle-Breda dejaba un total de 65 Divisiones aliadas desplegadas al Este de Sedán, el punto de ruptura previsto por Manstein. Además de ello, la variante ‘Breda’ hacía desaparecer una de las principales amenazas al plan de Manstein: la reserva operacional aliada ya no podría desencadenar un contraataque desde Reims contra el flanco izquierdo de la punta de ataque alemana, al tiempo que incrementaba en quince Divisiones la fuerza aliada que quedaría embolsada en territorio belga.

La búsqueda desesperada de neutralidad de los belgas (y de los holandeses) de se tradujo además en una pobre colaboración entre los jefes de los Ejércitos aliados y los jefes belgas y holandeses: la coordinación entre los Estados Mayores se produjo al más alto nivel y en absoluto secreto, por lo que no hubo lugar a un planeamiento detallado, más allá de una idea general sobre el plan de defensa. Por ello, conforme era necesaria una coordinación más estrecha, mayores disfunciones fueron apareciendo, que se manifestaron especialmente al establecer los límites del despliegue previsto franco-británico y coordinarlo con las defensas belgas y holandesas. Una de las más graves consecuencias de esta falta de coordinación se produjo precisamente en la zona de las Ardenas, donde el frente defensivo belga propiamente dicho comenzaba en Namur, mientras que el frente francés acababa pocos kilómetros al Este de Sedán. Para los belgas, la defensa de las Ardenas en el tramo entre Sedán y Namur era tarea del Ejército francés, mientras que los franceses pensaban que ese tramo sería defendido por los belgas… Además de ello, los obstáculos y destrucciones previstos por los belgas no habían sido comunicados a los franceses, por lo que éstos desconocían que determinados puentes y carreteras no estarían disponibles para ellos, en caso de querer operar en la zona de las Ardenas. Y, en cualquier caso, los belgas planeaban acciones muy limitadas para retardar a los alemanes en la dirección general Sur-Norte, mientras que los franceses estaban interesados en retardar la progresión alemana en dirección Este-Oeste. En consecuencia, las acciones belgas resultaban muy poco útiles para los franceses y viceversa.

Pese al desastroso resultado final, el plan aliado no carecía de lógica – si se asumían como ciertas las premisas de las que partía -, y, en realidad, gozó de amplio consenso entre los generales aliados. De hecho, el ‘corte de hoz’ de Manstein era una operación que hubiera sido imposible para los Ejércitos aliados de 1940, e incluso para el propio Ejército alemán si hubiese operado como en Polonia pocos meses antes.

Sin embargo, una de estas premisas fundamentales se reveló incorrecta: las Ardenas no eran ‘impenetrables’. Y, además, los aliados contaban con opiniones autorizadas que apuntaban a ello: en 1928, Liddell-Hart visitó las Ardenas y manifestó al Ministerio de la Guerra británico su estupefacción por que los franceses lo considerasen ‘impenetrable’. Peor aún, en junio de 1938, el General francés Prételat realizó un ejercicio sobre plano, en el que reproducía el esquema de ataque que Manstein planeó en 1940. Sus conclusiones fueron que los alemanes podrían alcanzar el Mosa en 60 horas y atravesarlo en un día… Prételat solo se equivocó en tres horas, con respecto al ataque alemán de 1940 (las vanguardias alemanas alcanzaron el Mosa en 57 horas). El resultado del ejercicio de Prételat contradecía las afirmaciones categóricas de Pétain y de Gamelin. Este último desdeñó las conclusiones de Prételat, al que acusó de ‘ponerse en lo peor’ y ordenó mantener en secreto todo el ejercicio, a fin de ‘evitar inquietudes’.

La derrota aliada tuvo muchas causas, y no fue consecuencia solo de un mal planeamiento operacional ni de una mala ejecución táctica. Quizá la causa principal radicó en las decisiones doctrinales tomadas – por los aliados y por los alemanes - durante el periodo de entreguerras. A esta diferente evolución doctrinal se unieron la falta de visión de los aliados sobre la viabilidad de las Ardenas (consecuencia en gran parte de esa evolución doctrinal – o falta de ella) y los problemas de coordinación de una coalición levantada apresuradamente, y organizada en medio de una potente y bien planeada ofensiva enemiga.

Carlos Javier Frías es Coronel Jefe del Regimiento de Artillería Antiaérea 73, con sede en Cartagena, España.