Evolución de la doctrina militar en la Segunda Guerra Mundial: La Wehrmacht en 1939 (I)

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La Segunda Guerra Mundial es un conflicto muy complejo desde el punto de vista doctrinal. Durante su desarrollo, los principales contendientes ensayaron, corrigieron y mejoraron las ideas doctrinales de la PGM y del periodo de entreguerras. Dentro de este proceso general de evolución doctrinal, como en el periodo de entreguerras, los diferentes Ejércitos contendientes siguieron caminos distintos, por razones derivadas de sus exclusivas características nacionales, de sus posibilidades técnicas e industriales y de su cultura militar.

Para su estudio, dividiremos el conflicto en tres partes: una primera fase, que duraría desde 1939 hasta 1943, en la que la Wehrmacht alemana ejecuta (y perfecciona) su concepto de ‘guerra de movimiento’, mientras que sus adversarios intentan imitarla desde la base de sus propias ideas doctrinales del periodo de entreguerras; una segunda fase caracterizada por el fracaso de la Wehrmacht y la derrota alemana y por el perfeccionamiento y configuración definitiva de las doctrinas de sus enemigos, abarcando el periodo entre 1943 y 1945; y una tercera parte con un sucinto análisis de los combates en el Pacífico, en lo que afectan a la doctrina terrestre.

A diferencia de lo hecho con la PGM, estudiaremos con algo más de detalle algunas campañas claves de este conflicto, pues sin ese estudio es difícil comprender los cambios realizados en la doctrina de todos los contendientes.

 

La Wehrmacht en 1939

Pese al convencimiento de la inevitabilidad de un nuevo conflicto europeo y a los prometedores desarrollos doctrinales explicados, en el otoño de 1939 la Wehrmacht distaba mucho de estar en las mejores condiciones para iniciar ese conflicto. De hecho, los diferentes planes de rearme y de reorganización contemplaban el año 1944 como el más próximo en el que las renacidas Fuerzas Armadas alemanas podrían estar en condiciones de batirse con sus enemigos tradicionales. Consecuentemente, la declaración de guerra de Francia y del Reino Unido que siguió a la invasión de Polonia supuso una desagradable sorpresa para la Wehrmacht y una seria crisis institucional.

El primer aspecto importante a tener en cuenta era el de la cantidad de personal adiestrado disponible. En teoría, Alemania tenía 4,5 millones de jóvenes en edad militar que hubieran recibido algún tipo de adiestramiento. Sin embargo, Alemania había abolido el servicio militar obligatorio en 1918, en aplicación de las cláusulas del Tratado de Versalles, y había organizado la Reichswehr como un Ejército profesional de un tamaño máximo de 100.000 efectivos, y cuyos componentes debían servir durante un mínimo de doce años (para evitar una alta rotación que condujese a crear una numerosa reserva de soldados entrenados). Esto implicaba que, en 1935, los alemanes menores de treinta y cinco años (edad correspondiente al último reemplazo llamado a filas en 1918, con 18 años) carecían de entrenamiento militar, con la excepción de los que hubieran servido como soldados profesionales en la Reichswehr. Puesto que el periodo mínimo de servicio duraba esos doce años, el número de jóvenes alemanes que habían recibido entrenamiento militar era muy reducido.

Como consecuencia, cuando se instauró el servicio militar obligatorio, el número de instructores disponibles era igualmente escaso, lo que hizo que la nueva Wehrmacht limitase su tamaño inicial en tiempo de paz a 480.000 efectivos en 1935, cifra que fue creciendo paulatinamente hasta 1939 (a efectos de comparación, en 1914, el Ejército Imperial alemán disponía de 2,2 millones de soldados, con una población prácticamente igual a la de 1939). Los diecisiete años en los que Alemania no había tenido servicio militar obligatorio implicaban también que sus posibilidades de incrementar rápidamente el tamaño de sus Fuerzas Armadas recurriendo a la movilización eran, en teoría, reducidas: simplemente, Alemania no tenía reservistas entrenados que movilizar, fuera de los reemplazos llamados a filas entre 1935 y 1939. No obstante, en ese tiempo, Alemania había hecho un importante esfuerzo de movilización y de adiestramiento de los reclutas ‘perdidos’ durante los años ‘en blanco’ de adiestramiento militar, pero también contaba con recuperar a los veteranos más jóvenes de la Gran Guerra. Con todo ello, en 1939 Alemania contaba con cinco categorías de personal de reemplazo (Frieser, 2015, pág. 55):

  • El personal encuadrado en ese momento en la Wehrmacht, compuesto de sus cuadros profesionales y de la tropa que se encontraba en ese momento realizando su servicio militar, con un total aproximado de 1.131.000 hombres.
  • La Reserva I, que agrupaba los soldados jóvenes adiestrados entre 1935 y 1939 y ya licenciados. Llegaba a los 647.000 hombres.
  • La Reserva II, compuesta por los más jóvenes de aquellos que no recibieron instrucción militar durante los años en los que Alemania no tuvo servicio militar. Estos jóvenes habían recibido un apresurado programa de entrenamiento de una duración de dos o tres meses. Unos 1.187.000 hombres se encontraban en esta situación.
  • Los componentes del Ejército territorial (Landwehr), formado principalmente por los veteranos de la PGM, con unos 1,2 millones de efectivos, pero sin conocimiento de las nuevas armas y procedimientos de la renacida Wehrmacht.
  • Los exmiembros del Ejército territorial con más de 45 años, que ejercían funciones de seguridad interior en territorio alemán o se dedicaban a trabajos de infraestructura (Bautruppen). Contaba con unos 427.000 efectivos.
  • Además de ello, hasta 4 millones de soldados potenciales no tenían ningún tipo de instrucción, ni era posible instruirlos a corto plazo.

Para la campaña polaca, la Wehrmacht fue capaz de movilizar casi 1,8 millones de hombres (el Ejército en filas más la Reserva I).

La movilización de este personal tenía un efecto directo sobre la productividad de la industria alemana, pues estos reclutas eran en su mayoría trabajadores cualificados del sector industrial. En consecuencia, su servicio en filas implicaba un descenso en la producción industrial, factor crítico ya en 1939, cuando las demandas de armamento y equipo para las nuevas formaciones que se iban creando eran cada vez mayores. De hecho, durante todo el conflicto la industria alemana presionó al Gobierno para permitirle conservar el mayor porcentaje posible de sus obreros especializados, y muchos de ellos estuvieron siendo movilizados y desmovilizados según el curso del conflicto.

En cuanto al material, la Wehrmacht no era un Ejército excesivamente bien dotado. Pese a los publicitados planes de rearme, la situación de las unidades distaba mucho de ser óptima, y, objetivamente, era peor que la del Ejército Imperial en 1914.

A pesar de los planes de motorización, el Ejército alemán seguía moviéndose esencialmente a pie y a caballo. De hecho, De forma similar a lo ocurrido entre la guerra franco-prusiana y la Gran Guerra, a lo largo de la PGM las unidades habían ido incorporando una serie de equipos pesados (cañones de Infantería, morteros, lanzallamas, cañones contracarro, equipos de desminado…) que no podían transportarse a pie. El problema de la carencia de vehículos de motor se agravaba porque la Alemania del periodo de entreguerras había padecido una casi permanente crisis económica, que había impedido a las empresas, y a la población en general, adquirir vehículos de motor. En consecuencia, en 1939 la Wehrmacht pudo movilizar unos 120.000 camiones (como comparación, Francia movilizó 300.000). Además de ello, la capacidad de producción alemana de vehículos dependía de las importaciones de caucho y acero por vía marítima. El acero procedía de Kiruna, en Suecia, pero se embarcaba en Narvik (Noruega), mientras que el caucho solo podía llegar a Alemania por vía marítima, excepto una minúscula parte procedente de la producción propia de caucho sintético.

Las perspectivas de un bloqueo naval británico, como el sufrido en la Gran Guerra, implicaban la pérdida total de esas importaciones. La producción local de caucho sintético permitía fabricar unos mil vehículos por mes, menos del 1% del parque existente, cifra que se consideraba el número mínimo necesario para sustituir los vehículos perdidos por averías y accidentes en tiempo de paz. La falta de vehículos llevó a recurrir a los caballos, de forma que el Ejército alemán en 1939 se vio forzado a emprender un improvisado programa de ‘desmotorización’: muchas unidades que tenían previsto recibir vehículos en el futuro – y cuya organización se había modificado en ese sentido - tuvieron que ser apresuradamente reequipadas con caballos. El efecto final fue que la Wehrmacht, hacia 1939, empleaba más caballos (2.700.000) que el Ejército Imperial de 1914 (1.400.000) (Frieser, 2015, pág. 67).

Pese a los mitos de la propaganda, la Wehrmacht tampoco tenía abundancia de carros realmente efectivos. Debido a la prohibición de estos medios por el Tratado de Versalles, Alemania no comenzó a disponer de carros hasta los años treinta. Pese a ello, en los años veinte la Reichswehr ya hacía maniobras habitualmente con carros de madera y cartón, construidos sobre la base de coches civiles o incluso de bicicletas, obviamente desarmados. Mucho antes de la llegada de Hitler al poder, la Reichswehr desarrolló un oculto programa de cooperación con los soviéticos en Kazán (Unión Soviética) para el desarrollo de estos ingenios, que operó – en un ambiente de mutua desconfianza - entre 1927 y 1933; esta cooperación fue la que permitió la rápida producción de los primeros Panzer. Fruto de las experiencias obtenidas en ella, en 1932, la Reichswehr comenzó a desarrollar el Panzer I, que se empezó a fabricar en serie en 1934. Hasta ese momento, Alemania había carecido oficialmente de estos medios.

Los Panzer I habían mostrado sus carencias en España (especialmente la falta de cañón), y los Panzer II apenas eran mejores (tenían un pequeño cañón de 20 mm, inútil frente a vehículos mínimamente acorazados). Estos dos modelos constituían la mayoría del parque disponible en 1939, mientras que sus sustitutos apenas habían entrado en producción. Alemania disponía en septiembre de 1939 de unos 2.000 Panzer I y II, unos 300 Panzer III y apenas 200 Panzer IV, junto con medios capturados al disuelto Ejército checo tras la anexión de Checoslovaquia (244 Panzer 35(t) y 150 Panzer 38(t), algo inferiores al Panzer III) (Frieser, 2015, pág. 54). Los carros checos y el Panzer III montaban un cañón contracarro de 37 mm., que, sin embargo, no podía penetrar los blindajes de los carros pesados aliados (como el Char B-1 bis francés o el Matilda II británico). Por su parte, el Panzer IV montaba un cañón de 75 mm de baja velocidad, con menor poder de penetración de blindajes que el 37 mm del Panzer III.

Carlos Javier Frías es Coronel Jefe del Regimiento de Artillería Antiaérea 73, con sede en Cartagena, España.