Evolución de la doctrina militar en la Segunda Guerra Mundial: La Campaña del Oeste. El Ejército francés en 1940 (1)

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Hasta cierto punto, el Ejército francés de 1940 podía ser el ejemplo de la afirmación de Fuller:

“En el pasado, muchos ejércitos han sido destruidos por discrepancias internas, algunos han sido destruidos por el enemigo, pero la mayoría han perecido por adherirse a dogmas nacidos de sus éxitos pasados - esto es, autodestrucción o suicidio por inercia mental”.

El Ejército francés se había anclado en la experiencia de 1914-18, por muchas y diversas razones, tanto militares, como económicas, políticas y sociales. Era un Ejército que había renunciado a la ofensiva, y que concebía el combate como una acumulación de batallas de desgaste en la que la superioridad económica e industrial de los aliados se impondría sobre una aislada Alemania.

Para ejecutar ese tipo de combate, el Ejército francés precisaba constituir un frente fortificado lo antes posible, de forma que se impidiese la maniobra en el campo de batalla. Una vez constituido ese frente, se comenzaría la larga serie de batallas de desgaste que culminaría en la victoria aliada. El Estado Mayor francés era consciente de la necesidad alemana de un conflicto corto, por lo que asumía que serían los alemanes los que iniciarían los ataques. Este planteamiento era coherente con la renuncia a la ofensiva que habían asumido el Ejército y la sociedad francesa en su conjunto.

El concepto defensivo francés se basaba en la línea Maginot. Por razones políticas, esta línea terminaba en la frontera luxemburguesa: no era admisible construir fortificaciones en la frontera de países amigos (caso de Luxemburgo y Bélgica); la construcción de estas fortificaciones reforzaría además la posibilidad de que Francia “abandonase a su suerte” a belgas y luxemburgueses en caso de un nuevo ataque alemán, lo que impulsaría a ambos países a buscar algún tipo de acomodo con Alemania, debilitando su vínculo con los aliados. Sin embargo, Francia no podía permitirse perder, como en 1914, los departamentos del Norte – 40% de la producción industrial francesa -, por lo que era imperativo que el frente estático que se preveía se mantuviese al Este de la frontera franco-belga. La línea Maginot constituía el núcleo de la estrategia militar francesa, y el principal empeño del Ejército francés desde la PGM. Consecuentemente, la oficialidad francesa había desarrollado una cierta tendencia a considerar la construcción de búnkers como la principal actividad de un Ejército en defensiva, mucho más que ninguna otra. Cualquier unidad de Infantería francesa recibía instrucción para construir búnkers, mientras que otras acciones similares – como el tendido de campos de minas, por ejemplo – recibía mucha menos atención.

De acuerdo con la doctrina francesa de la época, en caso de una penetración en el frente, la forma de ejecutar un contraataque era coherente con su forma general de actuar, y se realizaba en dos fases; “colmater et contra-attaquer”. En la primera fase, el jefe de las fuerzas que ejecutaban un contraataque asumía además el mando de las fuerzas francesas presentes en la zona donde se ejecutaría (y que se consideraban “derrotadas”): con éstas y con las disponibles en la fuerza de contraaataque se reconstituía el frente defensivo (“colmater”) en la nueva línea. Una vez conseguido un nuevo frente estabilizado, la Artillería batiría al enemigo el tiempo necesario para anular su capacidad de combate, y posteriormente, se ejecutaría un ataque “tipo 1918”, con una barrera móvil de Artillería y con los carros distribuidos entre las unidades de Infantería que avanzarían a pie, hasta expulsar al enemigo y reconstituir el frente (“contra-attaquer”).

Esta forma de actuar requería tiempo: el planeamiento detallado, el redespliegue de la Artillería, la acumulación de munición, el cálculo de los datos de tiro de la barrera móvil… eran actividades que requerían largo tiempo). No obstante, el espíritu de la “bataille conduite” se basaba en “evitar errores”, por lo que se confiaba que el planeamiento detallado y minucioso y el apoyo masivo de fuegos eran imprescindibles para alcanzar el éxito, mucho más que fiarlo a la improvisación de un contraataque improvisado.

Una característica importante de la doctrina francesa era la lentitud en la toma de decisiones: puesto que una ofensiva enemiga sería precedida de actividades fácilmente detectables (redespliegue de fuerzas, acumulación de municiones, preparación artillera…) y que, incluso en caso de obtenerse una penetración, el avance del enemigo, que se realizaría a pie, requeriría esperar al lento redespliegue de la Artillería, la velocidad de reacción no era un aspecto crítico. Para los franceses, la guerra “moderna” era una cuestión lenta, susceptible de ejecutarse mediante la aplicación de un “método”, aunque ello precisara un cierto tiempo.

A cambio, sí era importante la seguridad: desde que se concebía un plan (al nivel más alto) hasta que se ejecutaba (después de que todos los niveles intermedios hubiesen planeado a su vez sobre la base del plan del escalón superior), pasaba un tiempo relativamente largo. Este largo proceso daba tiempo al enemigo a prepararse para contrarrestar el plan propio, si era capaz de descubrirlo. En consecuencia, era importante preservar la seguridad de la información. Puesto que, durante la PGM, ambos bandos habían sido capaces de penetrar en las comunicaciones radio y telefónicas enemigas, los franceses dedicaron un esfuerzo importante a hacerse con protocolos de codificación en su mensajería.

El inconveniente de esta política era que hacía falta un tiempo relativamente largo para codificar las largas y prolijas órdenes de operaciones en el Cuartel General que las emitía, y un tiempo aún mayor para decodificarlas en el que las recibía (una orden de cierta extensión podía necesitar unas dos horas para encriptarse en origen y otro tanto para decodificarse en destino; como ejemplo, un informe de una División tendría que pasar por su Cuerpo de Ejército, después por su Gran Unidad Ejército y posteriormente por el Grupo de Ejércitos para alcanzar el Alto Mando francés, por lo que podría tardar en llegar a ese nivel más de catorce horas, sin retrasos adicionales a los de encriptación)  No obstante, puesto que el tiempo no se consideraba un factor crítico, el Ejército francés no entendía que esto fuese un inconveniente fundamental. Se preferían las comunicaciones en código Morse, más fáciles de encriptar que las de voz, pero muy poco apropiadas para vehículos en movimiento (aviones o carros de combate). En cualquier caso, la escasez de equipos radio y la propia doctrina francesa hacían que tampoco hubiese mucha prisa por dotar a esos vehículos de comunicaciones radio.

El Ejército francés en 1940 se organizaba en 117 Divisiones, con unos efectivos totales de 6,1 millones de hombres. De ellas, 104 Divisiones (incluyendo diez de reserva) desplegaban en la frontera Este de Francia.

Pese a su doctrina de la “bataille conduite”, el Ejército francés disponía de un número importante de carros de combate (sólo por detrás de la Unión Soviética), estimado en mayo de 1940 en 4.111 (más 250 en África del Norte), de ellos 3.254 se encontraban desplegados frente a los alemanes. Los carros franceses eran de modelos variopintos, abarcando desde 315 añosos Renault FT17, hasta los modernos y pesados Char de Bataille B-1 bis (274 ejemplares), junto con algunos ejemplares del enorme y pesado Char de Bataille D.

El Renault R-35 (900 de ellos disponibles) y modelos similares como los AMR y AMC-130 (450 ejemplares), armados con el cañón Puteaux de 37 mm, tenían características intermedias entre las de los Panzer II y Panzer III alemanes; la versión de este vehículo dotada de la torre FCM (100 de ellos disponibles en mayo de 1940) armaba un cañón S-38, más largo y con mayor poder de penetración (similar al 37 mm de los Panzer III) que el Puteaux original. Estos modelos se construyeron para reemplazar a los viejos FT17 como carros ligeros de acompañamiento a la Infantería (su velocidad no superaba los 20 km/h en carretera, ni los 14 km/h en todo terreno, y su autonomía era de 130 km). Con esta finalidad, se organizaban en Grupos de Batallones de Carros de Combate (Groupements de Bataillons de Chars de Bataille o GBC), asignados a las Grandes Unidades Ejército. La idea era que estos carros se distribuyesen entre las Divisiones de Infantería situadas en primera línea de estos Ejércitos en operaciones ofensivas, o se asignasen a las que ejecutasen contraataques en defensa. En ningún caso se preveía un empleo independiente de estos carros. Las primeras versiones no llevaban radio, pero posteriormente algunos modelos recibieron equipos de radio ER 54, que debía manejar el Jefe de Carro.

Los Hotchkiss H-35 y Hotchkiss H-39 (770 ejemplares entre ambos) nacieron de la misma necesidad que el Renault R-35: carro ligero de acompañamiento de la Infantería. La amenaza de una nueva guerra europea hizo que el Ejército francés decidiese adquirir ambos modelos (Hotchkiss y Renault), para dotarse con suficientes carros en poco tiempo. Sus características y su empleo fueron muy similares a los descritos para el R-35. No obstante, su blindaje era notoriamente superior al de los modelos equivalentes alemanes (un H 39 tenía un blindaje máximo de 45 mm de espesor, mientras que un Panzer IV se quedaba en 30 mm).

Carros Hotchkiss H-35. Los carros franceses estaban mucho mejor protegidos que sus equivalentes alemanes, como pronto experimentó la Wehrmacht.

Además de estos carros, Francia desplegaba en 1940 unos 300 ejemplares del carro SOMUA (Société d´Outillage Mécanique et d´Usinage d´Artillerie) S-35. Este carro estaba armado con un cañón de SA-35 47 mm, dotado de un poder de penetración considerablemente superior al del Panzer III (o al del Panzer IV). Con una velocidad de 40 km/h y una notable protección, el S-35 era superior a los carros alemanes. Solo la funesta tendencia francesa de emplear torres en las que solo cabía el Jefe de Carro (mucho más económicas que las grandes torres de los Panzer alemanes) hacía al S-35 inferior a sus oponentes alemanes. A diferencia de los Renault R-35 y de los Hotchkiss H-35, el S-35 desplegaba en el seno de las Divisions Légères Mécaniques (DLM), en misiones de Caballería (reconocimiento, seguridad, persecución…). Estas DLM combinaban elementos de movilidad tan diferente que hacía que ni siquiera en ejercicios en tiempo de paz llegasen a actuar reunidas.

El B-1 bis (274 ejemplares en 1940) era un carro pesado de acompañamiento a la Infantería. Sus características lo hacían mucho más eficaz en este papel que los citados R-35 o H-35: Su armamento principal consistía en un cañón de 75 mm en montaje de barbeta en el frontal del casco, y la omnipresente torre monoplaza con un cañón SA-35 de 47 mm. Estaba fuertemente acorazado (como pronto comprobarían los alemanes) y pesadamente armado, mucho más que ninguno de sus oponentes alemanes. Sin embargo, la escasez de equipos de radio y las dificultades que implicaba la torre monoplaza limitaban sus capacidades reales. A diferencia de los R-35 y H-35, que se agrupaban en los GBC de las Grandes Unidades Ejército, los Batallones de B-1 bis se integran en las nuevas Divisiones Acorazadas de Reserva (Division Cuirasée de Réserve – DCR).

Carlos Javier Frías es Coronel Jefe del Regimiento de Artillería Antiaérea 73, con sede en Cartagena, España.