Evolución de la doctrina militar durante el periodo de entreguerras: Conclusiones (I)

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El periodo de entreguerras fue un periodo fecundo desde el punto de vista doctrinal, fundamentalmente porque se mantuvo el impulso que se inició con la gran crisis de pensamiento militar de la Gran Guerra. Este periodo es esencial para comprender el desarrollo de la SGM, pues las doctrinas creadas en este periodo constituyeron la base de los desarrollos doctrinales empleados en ese conflicto.

El problema fundamental a resolver por los teóricos militares era cómo evitar una repetición futura de la pavorosa experiencia del Frente Occidental de la Gran Guerra. Las respuestas fueron variadas, de acuerdo con la experiencia de cada uno de los contendientes y con su situación estratégica tras el conflicto. Los franceses, simplemente, aceptaron la inevitabilidad de este escenario y se prepararon para él; los británicos se centraron en el uso del carro de combate como la panacea que evitaría la parálisis de la maniobra; los alemanes buscaron una adaptación de las exitosas tácticas interarmas de las Stosstruppen a las nuevas posibilidades técnicas… Por su parte, los soviéticos buscaron extender su propia experiencia de la Guerra Civil rusa a las posibilidades abiertas por la motorización de las Fuerzas Armadas, mientras que los norteamericanos apenas avanzaron en ningún campo (excepto en la Artillería), debido a la indefinición de su papel estratégico.

Es significativo que gran parte de los estudios doctrinales de la época partían de la base (caso de Alemania) o buscaban (caso de franceses y británicos) constituir Ejércitos más pequeños que las grandes organizaciones típicas de la Primera Guerra Mundial. Las obras de Fuller o Liddell-Hart o el libro Vers l’Armée de Métier de Charles de Gaulle, se centran en la organización y el empleo en campaña de Ejércitos más reducidos, profesionales, pero con gran potencia de combate, derivada de la mecanización y del uso extensivo de carros de combate, medios técnicamente complejos para cuyo empleo se estimaba que era necesaria la profesionalización. Una notable excepción a esta tendencia es el Ejército Rojo: los soviéticos nunca plantean la mecanización de sus tropas como una alternativa a los Ejércitos de masas, sino como una forma de incrementar exponencialmente su potencia de combate.

El periodo de entreguerras introduce dos aportaciones doctrinales fundamentales que, todavía hoy, constituyen elementos esenciales del combate moderno: el concepto de “arte operacional” o “nivel operacional” y las doctrinas modernas sobre el empleo de la Aviación.

El “arte operacional” lo formulan expresamente los teóricos soviéticos (Svechin, Isserson, Tukhaschevski…), pero el concepto subyace en las ideas doctrinales de la “guerra de movimiento” alemana. El concepto parte de la constatación de que los Ejércitos surgidos de la Revolución Industrial alcanzan un tamaño tal que resulta imposible destruirlos en una sola batalla, como había sido el caso hasta la Primera Guerra Mundial. Por ello, es necesario combatirlos en una serie de batallas encadenadas en la que cada una crea una situación favorable para emprender la siguiente, de forma que esa serie de batallas es la que debe destruir al Ejército enemigo. Puesto que todas las batallas están íntimamente ligadas y conducen a un  mismo fin, su dirección debe confiarse a un único jefe, y su planeamiento debe hacerse de forma coordinada y simultánea. Así, aparece un nuevo nivel de mando, entre el del jefe encargado de vencer en cada una de las batallas individuales (“nivel táctico”) y el jefe que dirige la guerra en su conjunto (“nivel estratégico”); este nuevo nivel se denomina “nivel operacional”.

En cuanto a la Aviación, es en este periodo donde aparecen las dos teorías que todavía hoy inspiran la doctrina aérea: la del “Poder Aéreo Estratégico” y la del apoyo a las fuerzas de superficie. Como se verá en epígrafes futuros, la decisión de optar por una o por otra tuvo (y tiene hoy) consecuencias capitales sobre la capacidad de combate de las fuerzas terrestres.

En mayor detalle, dentro de los Ejércitos de Tierra, el periodo de entreguerras supone el cuestionamiento doctrinal del papel tradicional de la Infantería como “Arma principal del combate”, ya ocurrido de hecho durante la Primera Guerra Mundial. En efecto, en el campo específico de las doctrinas de Infantería, éste fue un periodo de consolidación de las lecciones aprendidas en la Gran Guerra, especialmente en el caso de la defensiva, pero también se centró en buscar el modo de recuperar la movilidad en el campo de batalla que la potencia de fuego había hecho desaparecer. En realidad, el impulso al desarrollo del carro de combate y, en general, a la guerra acorazada, buscaba el modo de devolver la movilidad a la Infantería, y, con ella, “resucitar” la maniobra. Sin embargo, la tradición de las Armas y la controversia sobre el papel de la Infantería como “Arma principal del combate”, surgida en los Ejércitos europeos durante la Primera Guerra Mundial, condicionó el proceso de desarrollo de la guerra acorazada, especialmente en el caso de británicos y franceses: habitualmente, un resultado exitoso tiende a desincentivar los cambios.

La Infantería sale de la Primera Guerra Mundial en una situación compleja: si bien empieza el conflicto en 1914 siendo indiscutiblemente el “Arma principal del combate”, en 1918 la situación no es tan clara. A lo largo del conflicto, en el bando aliado el empleo táctico de la Infantería había sido cada vez más dependiente de las posibilidades de apoyo de Artillería, hasta llegar a un punto (en 1916-1917) en el que el Arma principal ya no era la Infantería, sino la Artillería. Este cambio era más que evidente en el Ejército francés (modelo que copiaron los norteamericanos) y fue también así en el modelo británico (aunque se intentase volver a la situación de preguerra, en el marco de las misiones de “policía imperial”). En la concepción aliada, la misión de la Infantería en el combate de alta intensidad acababa siendo apenas la de amenazar al adversario con una ruptura para obligarle a enviar a su propia Infantería a las zonas batidas por la Artillería, en el marco de batallas de desgaste.

Al final, esta forma de combate se acaba traduciendo en que la Infantería era quien debía “poner los muertos” en esas batallas de desgaste, buscando que el balance final de bajas fuese favorable. Como consecuencia, en el periodo de entreguerras, la Infantería tiene muy escasa prioridad en la asignación de recursos, materiales o humanos. En la concepción táctica aliada, la Infantería es poco más que “carne de cañón”, por lo que recibe en mayor proporción que el resto de las Armas personal poco preparado o con limitaciones de algún tipo. En cambio, la Artillería es el Arma prioritaria, y la que recibe en mayor medida personal preparado y medios modernos. De hecho, bien entrada la Segunda Guerra Mundial, los alemanes consideraban a la Artillería británica como el Arma mejor mandada y más combativa del Ejército británico[1], muy por encima incluso del Royal Armoured Corps.

En el caso alemán, durante la Gran Guerra, la Infantería siguió siendo el “Arma principal del combate”, por más que la Artillería alemana creciese en importancia y capacidades, pero la necesidad alemana de una ruptura y de una batalla decisiva descartaba la posibilidad de basar la victoria exclusivamente en el poder destructivo de la Artillería. Esta necesidad alemana de evitar una guerra de desgaste (que era a lo que conducía la preponderancia de la Artillería) era aún mayor para el reducido Ejército alemán salido del Tratado de Versalles.

En Alemania, las tácticas de la Infantería sí sufren importantes cambios durante el periodo de entreguerras. La reducción del Ejército alemán y la experiencia de los combates en el frente oriental llevan a los alemanes a buscar la movilidad como elemento esencial de su forma de combatir. Para la Infantería, esto se traduce en un abandono consciente de la defensiva basada en grandes obras de fortificación, en una escasa consideración del valor del terreno en sí, prefiriendo siempre la “defensa de retardo” antes que cualquier otro modo de defensa, evitando el desgaste de las fuerzas propias y buscando la derrota enemiga mediante acciones ofensivas, antes que verse envueltos en costosas batallas de desgaste. La realidad de un Ejército de 100.000 hombres impuso que la defensiva alemana se orientase hacia retardar y canalizar el movimiento de las tropas enemigas, más que a buscar su destrucción en batallas defensivas.

En consecuencia, la doctrina de 1934-35 Truppenführung, describe la citada “defensa de retardo”, distinguiéndola de la “defensa” propiamente dicha. La primera está orientada a ceder terreno, retrasando al enemigo, mientras que la segunda busca conservar el terreno. En todo caso, los procedimientos defensivos que describen huyen de la situación de frentes estáticos, y contemplan amplias zonas del terreno, con operaciones en profundidad e incertidumbre sobre la situación y dirección de avance del enemigo. A diferencia de la doctrina defensiva de 1917, buscan abrir fuego a la mayor distancia y aprovechar siempre que sea posible el máximo alcance de las armas. Aunque no descartaban la defensa en contrapendiente cuando la superioridad artillera enemiga lo hiciera necesario, no era ya el método fundamental de defenderse de un ataque, ni es la defensiva el modo de destruir el potencial bélico enemigo.

En ofensiva, la Infantería alemana busca siempre la sorpresa y la búsqueda de sectores mal defendidos, moviéndose en orden abierto, en muy pequeñas unidades con gran autonomía, evitando las “fórmulas” (a diferencia de los británicos) y favoreciendo la iniciativa hasta el nivel más bajo, institucionalizando la práctica de los Stosstruppen. La Infantería alemana concede una importancia fundamental a la colaboración con otras armas (aspecto clave de la F.u.G. y de la Truppenführung), no concibiendo una actuación autónoma, pero en ningún caso llega a la dependencia de la Artillería a la que llegan los franceses. La Infantería alemana recibe numerosas armas pesadas para proporcionar capacidades complementarias incluso en los niveles de mando más bajos.

Para la Infantería alemana, el advenimiento del Arma Acorazada supuso un cambio importante: dejó de ser el “Arma principal del combate”, papel que recayó en las nuevas formaciones acorazadas, pero, sin embargo, mantuvo un rol fundamental en la ruptura de los frentes enemigos, en el combate en zonas de terreno difícil y en el apoyo a las formaciones acorazadas conservando puntos clave del terreno, reduciendo resistencias, manteniendo y ampliando las zonas de ruptura del frente… Sus tácticas ofensivas mantuvieron el espíritu y las tácticas de las Stosstruppen, mientras que en defensiva siempre que era posible aplicaba la “defensa de retardo”. Para defender zonas de terreno fundamentales se siguieron aplicando los procedimientos de “defensa elástica” de la Gran Guerra. Sin embargo, los alemanes distinguían entre las unidades de Infantería motorizada destinadas a apoyar a los carros de combate (a las que denominaban Schützen, creadas a partir de unidades de Infantería a pie y de unidades de Caballería reconvertidas) y la Infantería regular dotada de camiones (po cierto, muy escasa fuera de los Schützen).

No obstante, es importante tener en cuenta que la división que hacía el Ejército alemán de las Armas era mucho menos rígida que la existente en otros Ejércitos, siendo relativamente común el trasvase de actividades y de personal entre unas y otras Armas (como ejemplo, la asignación a la Infantería y a la Caballería de cañones “propios” o la creación de Batallones de Cañones de Asalto – de Artillería – empleados como Batallones de Carros). Los Schützen no pertenecían a la Infantería, sino que formaban un Arma separada, aunque esto parece deberse que los Schützen eran los “herederos” de las Kraftfahrtruppen, las “tropas móviles”, subterfugio empleado cuando Alemania debía realizar de forma clandestina los experimentos sobre el uso de las unidades motorizadas, mientras que la Infantería regular se motoriza de forma abierta a partir de 1934. En realidad, el empleo táctico de la Infantería regular dotada de vehículos y de los Schützen, es idéntica, si bien estos últimos estaban más habituados a colaborar con los carros de combate. En general, ambos tipos de unidad iban dotados de camiones o motocicletas, aunque se intentó dotar a los Schützen de transportes semioruga acorazados, pero ni siquiera en los años finales de la Segunda Guerra Mundial se llegó a hacerlo (incluso en las Divisiones Acorazadas, nunca hubo más de un Batallón de Infantería dotado de semiorugas, mientras que el resto sólo disponía de camiones).

El Sonderkraftfahrzeug (“vehículo de propósito especial”) 251/1 fue el vehículo de la Infantería Mecanizada alemana, pero nunca se produjo en cantidad suficiente.

Las diferentes ideas de cada uno de los Ejércitos europeos sobre el papel de la Infantería en el combate se traducen también en visiones divergentes sobre el empleo del carro de combate.

Carlos Javier Frías es Coronel Jefe del Regimiento de Artillería Antiaérea 73, con sede en Cartagena, España.


[1] VON MELLETHIN. Panzer Battles.