Evolución de la doctrina francesa en el periodo de entreguerras (I)

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Por parte francesa, su Estado Mayor del periodo de entreguerras diseñó su Ejército, en palabras de Liddell-Hart, “como una lenta apisonadora de fuego que debería hacer retroceder gradualmente, como en 1918, a un ejército similar. Para los franceses, un ataque era “fuego que avanza”.

La citada aversión social a la guerra, consecuencia del enorme número de bajas de la Gran Guerra, hizo cambiar ligeramente esta percepción, en el sentido de renunciar a la ofensiva, y prepararse en su lugar para resistir a la “apisonadora” alemana, empleando esencialmente los mismos procedimientos que en 1918. El resultado más evidente de esta tendencia fue la construcción de la “Línea Maginot”[1], una posición fortificada del estilo de las que se construyeron en la Primera Guerra Mundial, pero diseñada desde tiempo de paz y construida con hormigón, en lugar de con sacos terreros.

Es interesante recordar que la Gran Guerra en el imaginario popular y militar francés está, todavía hoy, representado por la batalla de Verdún. Para Francia, Verdún fue una victoria que representaba el sacrificio del soldado francés, enfrentado a las “tempestades de acero” de la Artillería alemana, y que, pese a ellas, consiguió resistir y vencer… Para los franceses de los años 30, un futuro conflicto podría resultar favorable a Francia en una batalla defensiva que agotase el potencial ofensivo del Ejército alemán, como se había hecho en Verdún en 1916.

 

Fortificaciones de la “Línea Maginot” cerca de Menton, junto a la costa mediterránea. Las conclusiones francesas sobre la experiencia de la Primera Guerra Mundial llevaron a ponderar el valor de la defensiva y la fortificación.

Sin embargo, pese a la propaganda francesa de la época, el coste de la línea Maginot era inasumible para una Francia devastada por la Guerra (el 40% del tejido industrial francés se encontraba en las zonas más afectadas por los combates, y había resultado arrasado). Como consecuencia, el proyecto original de la línea sufrió modificaciones destinadas a reducir ese coste. Al final, la línea Maginot estaba infra-artillada (pese a que la doctrina francesa se basaba en el fuego) e incompleta, por lo que el Estado Mayor francés la concebía más que como una obra de fortificación en sí misma, como el esqueleto de un frente defensivo que debía completarse con fortificaciones de campaña y unidades de Artillería regulares, que desplegarían en los sectores menos protegidos de la línea. En consecuencia, el paso lógico fue el perfeccionamiento de las tácticas aplicadas en los años finales de la Gran Guerra.

La defensiva francesa seguía orientada hacia el terreno, y se denominaba “sin idea de retroceso” (sans esprit de recul). En ella, los franceses procuraban aprovechar al máximo los campos de tiro, reorganizando completamente los Batallones, segregando ametralladoras de la Compañía de Ametralladoras y agregándolas a Compañías y Secciones, para obtener la máxima eficacia de los alcances de sus armas y del cruce de sus campos de tiro. Esta reorganización debilitaba la cohesión de las pequeñas unidades y limitaba la capacidad de las organizaciones resultantes para actuar de forma independiente. En cualquier caso, la iniciativa no era importante, pero sí, como en 1918, el que cada elemento cubriese el sector de tiro asignado. Los morteros se empleaban como parte del plan de fuegos, cubriendo las zonas desenfiladas al fuego de las ametralladoras, en planes de fuego preestablecidos.

Cuando, a mediados de los años 30, los franceses comenzaron a desplegar cañones contracarro (reemplazando al “cañón de Infantería” Puteaux 37 mm TRP, mod. 1916), la doctrina francesa preveía su dispersión de forma regular por todo el campo de batalla (igual que se habían desplegado sus predecesores), actuando como elementos aislados que protegerían a las unidades de Infantería próximas de un ataque de carros. Esta medida era coherente con el propio empleo francés de los carros de combate, que se pensaba que desplegarían regularmente, avanzando intercalados entre la Infantería en un amplio frente, y que era lo que se esperaba que hiciese el enemigo. Sin embargo, esta dispersión de la capacidad contracarro hacía a la Infantería francesa muy vulnerable ante un ataque concentrado de medios acorazados.

La doctrina defensiva francesa sólo asignaba a la Infantería la función de crear una barrera de fuego, desde posiciones estáticas. En una aplicación extrema de esta doctrina, al final de los años 30 se llegaron a desplegar Batallones de Ametralladoras independientes, sin apenas movilidad y con funciones estrictamente defensivas.

La aparente homogeneidad de la organización de la defensa se rompía en sectores clave, donde cada unidad francesa ejercía su effort principal, traducido en la asignación de una mayor proporción de fuerzas para su defensa.

Autoametralladora Peugeot F-1. La Caballería francesa combinaba el uso de medios a lomo con vehículos de motor sobre ruedas (y después sobre cadenas). La diferente movilidad de estos medios hacía poco viable su empleo coordinado por debajo del nivel División.

En realidad, el Estado Mayor francés no minusvaloró las capacidades del carro de combate: simplemente estimó que las capacidades de las nuevas armas contracarro superaban la protección de estos ingenios. Para los teóricos doctrinales franceses, la Gran Guerra se había decidido por la potencia de fuego, y la introducción del carro de combate apenas había supuesto un paréntesis a esta situación. En la guerra futura, la potencia de fuego (contracarro, en este caso) haría que el campo de batalla fuese tan letal para el carro de combate como lo había sido en la Gran Guerra para el infante a pie. Y la solución prevista para esta situación era la misma que en 1916-1918: el avance de los carros debía ser precedido de una “barrera móvil” de Artillería (buscando la destrucción de las armas contracarro, igual que en la Gran Guerra tomaba como blanco a las ametralladoras). En consecuencia, la velocidad de avance de los carros estaría limitada por la del avance de la “barrera móvil” (puesto que esta barrera batía todo el frente de avance, era necesariamente lenta, para poder asegurar la destrucción de los posibles asentamientos de armas contracarro del defensor), y la profundidad de su avance la marcaría el máximo alcance de la Artillería. Es decir, el campo de batalla sería gemelo al de 1916, pero con los atacantes sobre vehículos blindados, en lugar de a pie. Como consecuencia de este análisis, la defensiva seguía prevaliendo sobre la ofensiva, puesto que ésta sería siempre limitada, lenta y costosa.

No obstante, la capacidad de ruptura del frente de las nuevas divisiones Panzer alemanas no escapaba a los teóricos franceses. Sin embargo, consideraban que, disponiendo de unidades acorazadas potentes desplegadas como reservas operacionales, cualquier brecha enemiga podría ser contrarrestada mediante un contraataque a cargo de estas unidades. En consecuencia, a finales de los años treinta comenzaron a organizar las denominadas “Divisiones Acorazadas de Reserva” (Divisions Cuirassées de Reserve - DCR), de las que llegaron a disponer de tres en mayo de 1940. Su propio nombre dejaba claro el papel que se preveía para ellas. En esta apreciación de que las divisiones Panzer podrían ser frenadas por un sistema defensivo bien concebido, los franceses coincidieron con el diagnóstico de Liddell-Hart, que, a finales de los años treinta, consideraba que la defensiva siempre predominaría sobre la ofensiva, bajo la condición de disponer de unas eficaces reservas motorizadas.

En ofensiva, los franceses contaban con el despliegue rápido de sus Unidades de Caballería y autoametralladoras-cañón, con la finalidad de ocupar posiciones que limitasen el avance enemigo (concepto denominado force de couverture). Estas posiciones serían ocupadas posteriormente por la Infantería, estableciendo un frente continuo como en la Gran Guerra. Una vez constituido ese frente, en el caso de emprender una acción ofensiva, la Infantería francesa preveía un ataque “tipo 1918”, aplicando su máxima de que la Artillería debe allanar completamente el camino a la Infantería y a los carros. No es sorprendente que, hasta 1940, los franceses siguieran confiando en sus “barreras móviles” y en sus rígidos, centralizados, metódicos y potentísimos planes de fuego para abrir paso a su Infantería y a sus carros.

Carlos Javier Frías es Teniente Coronel del Ejército de Tierra español, destinado actualmente en Cuartel General del Ejército de Tierra.


[1] Su principal defensor fue el Ministro de la Guerra André Maginot, que, significativamente, había combatido como Sargento de Infantería en Verdún en 1916, siendo gravemente herido (arrastró una cojera el resto de sus días) y fue condecorado con la Medaille Militaire por su valor.