Enseñar análisis internacional en la era de las redes sociales

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La época en la que las carreras universitarias consistían solo en tomar apuntes y realizar un examen final ya es cosa del pasado. Incluso aquellos docentes más reacios a la innovación se han visto forzados a introducir algún tipo de práctica en sus materias; si bien los resultados de este modelo no son siempre positivos. El nuevo sistema es mucho más exigente para el profesorado, pero también para los alumnos, que ahora tienen que entregar innumerables ejercicios además de preparar los exámenes (y en muchos casos, trabajando a la vez para pagarse los estudios).

En las asignaturas sobre política y seguridad internacionales, la implantación de “Bolonia” requiere que desarrollemos competencias como el análisis de problemas de actualidad, algo muy útil para el futuro profesional de nuestros graduados. Esto puede lograrse mediante distintas actividades de aprendizaje: desde aquellas de más reciente introducción en la universidad española, como las simulaciones (tan habituales hoy que hasta pueden saturar a los estudiantes), hasta otras más clásicas, como las exposiciones orales o los trabajos escritos.

Sin embargo, hacer que nuestros alumnos representen el papel de un analista (un asesor político, un diplomático, un experto de un think tank, un funcionario de una organización internacional o de un servicio de inteligencia…) tampoco está exento de dificultades y riesgos:

  • El profesor debería tener una mínima experiencia en alguno de esos perfiles profesionales, antes de poder enseñar dichas habilidades. Es difícil que alguien acostumbrado a escribir únicamente textos científicos sepa “cambiar el chip” cuando le toque explicar cómo se prepara una nota o memorando para un decisor político. Lo cual no significa que sea imposible: en Internet existen numerosos recursos (por ejemplo, sobre cómo escribir policy memos) que puede utilizar para sus prácticas.
  • Muchos estudiantes se ven limitados por sus propias inseguridades y miedos, como el “síndrome del impostor”, a la hora de afrontar un trabajo como este. Al verse incapaces de analizar un problema real en el que intervienen multitud de variables, y cuyo resultado final es aún desconocido, pueden optar por aferrarse a lo que les es más familiar: es decir, repetir información de manera descriptiva, sin explicación o valoración alguna.
  • En el extremo opuesto, se encuentran los alumnos que ya han comenzado a publicar sus propias reflexiones sobre política internacional, normalmente en un blog o en Twitter. Se trataría, en principio, de algo beneficioso para su aprendizaje, ya que suelen estar mejor informados que sus compañeros y su estilo de redacción es más fluido. Pero, en casos extremos, esto puede llevar a algunos a despreciar el feedback o las correcciones del profesor, puesto que ya se consideran verdaderos “analistas” y se presentan así en sus redes sociales.
  • La separación entre clases teóricas y prácticas tiende a hacer que los estudiantes las perciban como ámbitos desconectados. Por supuesto, esto no es así. Cualquier análisis internacional parte de unos presupuestos tanto teóricos como metateóricos (ontológicos y epistemológicos) sobre qué es y cómo funciona la parcela de realidad que constituye nuestro objeto de estudio. Al analizar una cuestión de actualidad, los estudiantes deberían hacer explícita la perspectiva teórica que de facto están empleando; deteniéndose en considerar las fortalezas y debilidades de ese marco interpretativo, en comparación con otros posibles.

Diseñar actividades interesantes y que motiven la participación de todos, por un lado, y transmitir valores como el rigor intelectual y la conciencia de las propias limitaciones, por otro, son los principales retos de este tipo de prácticas para los docentes. No obstante, las ventajas y oportunidades (al menos, en mi propia experiencia) superan claramente a los obstáculos:

  • Los estudiantes de las edades típicas del grado (18-22 años) son más capaces que nosotros de encontrar soluciones originales y pensar “outside the box”, precisamente por no contar con ideas asentadas por una trayectoria profesional. Nuestra labor como profesores será introducir ciertas dosis de realismo; pero tratando de no descartar por sistema cualquier iniciativa de los alumnos, lo que podría hacer que terminen por desentenderse del trabajo.
  • El análisis de un fenómeno internacional, identificando sus causas y posibles escenarios futuros, y proponiendo medidas a los decisores políticos, permite adquirir conciencia de nuestra responsabilidad ética. Las ideas que promovemos, lejos de ser simples discusiones abstractas, acaban teniendo consecuencias reales (no siempre para mejor) en las poblaciones de otros países: su libertad, bienestar, seguridad… incluso sus posibilidades de supervivencia.
  • Al tener que representar el papel de un experto, los alumnos suelen ser más cuidadosos a la hora de emplear los términos de forma correcta. En todo caso, es conveniente facilitarles documentos o vídeos donde aparezca un lenguaje similar al que deban utilizar en sus análisis, evitando así que caigan en expresiones coloquiales o del habla juvenil (como la muletilla “en plan”) por simple desconocimiento.
  • El carácter multidimensional de los fenómenos internacionales, y muy especialmente, los de seguridad, hace posible aplicar los conocimientos de distintas materias al análisis de un mismo problema. De hecho, lo ideal sería realizar la práctica entre grupos de varias asignaturas, o incluso entre distintas titulaciones, formando equipos multidisciplinares. Por ejemplo, un análisis sobre ciberseguridad redactado por estudiantes de Ciencia Política, Derecho e Ingeniería Informática.
  • La dimensión prospectiva de los análisis permite comprobar posteriormente cuál ha sido su grado de acierto, dando la oportunidad a los alumnos de que identifiquen sus propios errores. También pueden compararse las decisiones adoptadas por los decisores políticos con las recomendaciones formuladas por la clase, debatiendo sobre si habrían tenido o no más éxito que las reales.

Nuestros estudiantes tienen al alcance de un “clic” la posibilidad de difundir instantáneamente sus ideas a un público de miles de personas. En un mundo en el que cada vez es más difícil diferenciar entre el análisis y las meras opiniones o bulos (y donde hasta el líder de la única superpotencia ha llegado a negar la evidencia científica), nuestro deber es enseñarles a utilizar esa tecnología con responsabilidad. Para empezar, asumiendo que convertirse en analista es un proceso de muchos años: además de una formación de grado y postgrado, hace falta adquirir un conocimiento profundo del tema o región geopolítica en los que uno desea especializarse, trabajando primero bajo la supervisión de alguien con más experiencia. Y recordando siempre que en esta profesión nadie lo sabe todo; ni siquiera los expertos más veteranos están libres de cometer errores.

Javier Morales es Profesor Ayudante Doctor de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid. Twitter: @jmoraleshdez