El legado de Obama en las relaciones ruso-estadounidenses

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Blog Mosaico

Obama se despide de la presidencia de Estados Unidos (EEUU) con un gran fracaso en política exterior. Las relaciones con la Rusia de Putin están en su peor momento desde el fin de la Guerra Fría.

El último capítulo de esta relación de desencuentros (crisis en Ucrania, crisis en Siria, escudo antimisil, etc.) es la expulsión de 35 diplomáticos rusos, conocidos espías. La Casa Blanca había ya declarado a finales de 2016 que Washington se reservaba el derecho de emprender represalias a causa de la presunta injerencia de Moscú –o de actores vinculados al Kremlin– en el proceso electoral estadounidense. Pese a los intentos del presidente designado Trump de desacreditarlos, los servicios de inteligencia del país confirman las sospechas y apuntan al Kremlin.

El objetivo de las maniobras rusas, que se llevarían a cabo a través de varios ciberataques y una no mejor explicada manipulación del electorado, habría sido provocar la derrota de la candidata demócrata a la presidencia, Hillary Clinton. De hecho, el mandatario designado en noviembre y confirmado en diciembre por los grandes electores, Donald Trump, es percibido como un presidente más cercano a los intereses del gigante euroasiático que su futuro predecesor.

La Central Intelligence Agency (CIA) cree que agentes rusos hayan generado algún tipo de influencia sobre el voto del país norteamericana. Estas acusaciones, algo impensable hasta hace unos años, han obligado al país considerado como el emblema de la democracia a plantearse la posibilidad de un recuento de los votos, para evitar que un fraude que habría afectado su proceso de elección presidencial, planeado y ejecutado desde el extranjero, tuviera éxito, como si de una novela de Tom Clancy se tratara.

Sin duda, los avances tecnológicos han abierto nuevos campos de batallas virtuales, y los efectos, reales o potenciales, no son menos destructores que los que se observan en los frentes donde silban balas de plomo que poco tienen de virtual.

Si nos preguntamos cuándo empezaron a desmoronarse las relaciones entre los dos colosos, es posible hasta indicar una fecha exacta: el 18 de marzo de 2014.

Ese día, la hasta entonces ucraniana península de Crimea y la ciudad especial de Sebastopol quedaron oficialmente anexionadas a la Federación Rusa. La anexión fue el resultado de meses de crisis e incertidumbre en Ucrania, que veía su oriente más rusófilo enfrentado al gobierno de Kiev y a sus políticas de acercamiento a la Unión Europea (UE). La comunidad internacional (léase Occidente) criticó y condenó el apoyo económico y militar que Moscú proporcionaba, al principio de forma discreta, luego ya abiertamente, a los milicianos rebeldes.

A partir de ese momento, prácticamente ha sido imposible llegar a entenderse entre los dos actores, que cada vez más se parecen a los líderes de aquellos bloques geoideológicos que monopolizaron los equilibrios internacionales desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta el principio de los Noventa. Cabe preguntarse de quién es la culpa –si es que es posible atribuir responsabilidades– de la actual situación de tensión y, ¿por qué no atreverse a decirlo?, total desconfianza, cuando no hostilidad, entre los aliados euro-atlánticos y Rusia.

Rusia ha, sin duda, tensado el equilibrio al intervenir militarmente en Ucrania con un renovado espíritu imperialista, en el intento de retener su espacio post-soviético de influencia y protección.

Por otro lado, la UE cometió un pecado de ingenuidad al no contar con Moscú en su proceso de expansión hacia el Este, a la hora de incluir en su discurso liberal, tanto a nivel político como comercial, países sobre los que Rusia tradicionalmente proyectaba su sombra. Unas negociaciones inteligentes habrían tenido que tomar en cuenta los intereses reales del Kremlin en Ucrania y en Europa Oriental, trabajar para cooptar sus dirigentes y compensar eventuales (percepciones de) pérdidas de poder o influencia por parte de aquellos.

La falta de diálogo, o la interrupción del mismo, junto a iniciativas apresuradas, han llevado a la situación actual. En el este de Ucrania, donde Kiev no ejerce un control soberano efectivo, se libra una guerra civil con un frente congelado. Pese a su desaparición de las portadas y de las pantallas, la violencia sigue azotando el oriente ucraniano.

Las sanciones económicas occidentales contra Moscú, activas desde entonces, no facilitan los esfuerzos para desactivar la tensión, que ha aumentado después de que Rusia apoyara abiertamente el régimen de Al-Asad en Siria, con una campaña de bombardeos, envío de tropas terrestres, de material militar y ayuda económica, contra los grupos rebeldes, algunos de ellos apoyados directamente o indirectamente por EEUU y sus socios europeos y regionales.

En el tablero medio-oriental, el inquilino de la Casa Blanca, con fecha de caducidad, y las cancillerías de las capitales europeas, critican la política intervencionista de Putin y las violaciones de los derechos humanos que supondría, en cierta medida solo por ir aquella en contra de sus intereses. En realidad, el Kremlin no hace otra cosa que la que haría cualquier otro actor con intereses a defender y proteger en la región: intervenir en apoyo de un aliado estratégico para su proyección mediterránea (al igual que lo que EEUU ha estado haciendo en Oriente Próximo en las últimas décadas y, sobre todo, en Irak).

Existe cierto riesgo en la pasividad con la que se está reaccionando a esta situación, que es demasiado parecida a la de la Guerra Fría del siglo pasado entre las dos mayores potencias nucleares. Un ejemplo: ya se han vuelto a producir ‘encuentros’ entre aviones militares rusos y occidentales en los límites de los espacios aéreos nacionales en el Atlántico del Norte, tal como ocurrió entre los años 50 y 80, cuando Rusia intentaba medir la capacidad de reacción y defensa de sus contrincantes, y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) trataba de ensayar su penetración a través del norte ruso.

Sin embargo, lo que más hay que lamentar es que, durante los años Noventa, la alianza había logrado acercar Rusia a su visión de seguridad, cooptarla a sus iniciativas, convertirla en un socio en la lucha contra nuevos desafíos a la seguridad representados por amenazas de actores no estatales, en desactivar las cuales Rusia y Occidente tenían un interés común.

Pasará mucho tiempo y harán falta muchas negociaciones para que las relaciones ruso-occidentales vuelvan a ser las que eran, y Rusia vuelva a sentirse cómoda al dialogar con el espacio “atlántico”, para participar en la estructuración de un entorno de seguridad inspirado por intereses comunes y valores compartidos.