El futuro más inmediato del movimiento yihadista global. Un análisis de prospectiva

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Análisis GESI, 3/2019

Resumen: La reciente pérdida de la ciudad de Baguz pone fin al califato yihadista establecido por Daesh en junio de 2014. Este contexto de incertidumbre de cara al futuro a corto plazo en cuanto a la evolución del fenómeno yihadista se presenta como una buena oportunidad para realizar un ejercicio de prospectiva.

En este trabajo se realiza un análisis DAFO a partir del cual se plantearán los distintos escenarios hacia los que puede mutar el movimiento del salafismo yihadista, centrando el objeto de estudio en las dos grandes organizaciones terroristas actuales: al Qaeda y Daesh.

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A modo de contexto: una breve trayectoria del fenómeno yihadista

El yihadismo se ha mostrado como un fenómeno global en permanente mutación desde su origen, hace ya tres décadas. Las organizaciones que, desde entonces, han seguido esta ideología poniéndola en práctica a través de su actividad violenta han sabido adaptar a lo largo de su existencia su modus operandi y las estrategias diseñadas con el fin último de conseguir su supervivencia en el tiempo y satisfacer sus objetivos. No obstante, son muy limitadas en términos cuantitativos las entidades que no solo han conseguido este propósito, sino que además han logrado ejercer un papel fundamental en el desarrollo de los acontecimientos regionales e incluso internacionales durante un periodo de tiempo más o menos prolongado.

El contexto en el que aparece el yihadismo, entendido en su concepción moderna, se sitúa en la guerra de Afganistán, cuyo encuadre histórico corresponde al período de la Guerra Fría, iniciada en el año 1979[1]. A grandes rasgos, la intervención soviética se tradujo en el primer gran llamamiento a la yihad en defensa del islam, siendo escuchado y respondido por miles de musulmanes dispuestos a combatir, pasando estos a ser conocidos como muyahidín,  procedentes de distintas regiones geográficas.[2] [3] Es a partir de este momento cuando la figura de un joven saudí llamado Osama Bin Laden comienza a ganar cierta reputación gracias a su intensa actividad en lo que concierne a la creación de campos de entrenamiento y el reclutamiento de nuevos adeptos a la causa. Pronto sería conocido por su famosa libreta en la que reflejó por escrito durante años a todos los yihadistas que engrosaban las filas, así como la ubicación de los campos de entrenamiento. Esa libreta era conocida como “la base”, cuya traducción al árabe es al Qaeda[4].

A medida que avanzaba el conflicto afgano y poco antes de que el presidente Gorbachov tomase la decisión para que las tropas soviéticas abandonases Afganistán, en Peshawar se reunieron los líderes de los grupos yihadistas más representativos en el enfrentamiento contra la URSS. Esto sucedió el 11 de agosto de 1988 y en este cónclave, Bin Laden propuso aglutinar a todos los grupos representados en una sola organización que permitiese dotar de mayor coordinación al movimiento que había surgido y evitar echar a perder todo lo conseguido durante esos años. Apenas una semana más tarde, el proyecto político y religioso de al Qaeda veía la luz, siendo el líder saudí elegido como cabeza visible de la organización. La retirada de las tropas soviéticas sería vista como la primera gran victoria de este fenómeno que acababa de nacer.

Una vez finalizada la guerra afgana, algunos de estos muyahidín que se habían sumado al movimiento decidieron volver a sus lugares de origen con el propósito de trasladar la yihad para derribar a sus propios gobiernos, a los que consideraban apóstatas por su alianza con Occidente. No fue hasta el momento en el que Bin Laden fue expulsado de su propio país y perdió la nacionalidad saudí como consecuencia de sus planteamientos radicales y la fuerte crítica a la Casa de los Saud por sus relaciones con países occidentales cuando al Qaeda decidió dar un giro a su estrategia y priorizar en la lucha contra el enemigo lejano, personificado en Estados Unidos e Israel.[5]  Su argumento, desde entonces, se centró en afirmar que durante las décadas anteriores se apreciaba la continua y persistente intromisión e injerencia por parte de los dirigentes occidentales en asuntos que atañían exclusivamente al mundo árabe y a los gobiernos de Estados musulmanes.  Esta doctrina sería plasmada años más tarde en la fatwa que contenía la declaración del “Frente Islámico Mundial contra los Judios y Cruzados” firmada por varios líderes yihadistas y publicada en 1998 en el diario Al Quds al Arabi, editado en Londres.

La amenaza de al Qaeda hacia objetivos occidentales no tardó en materializarse. Los atentados sobre las embajadas estadounidenses de Kenia y Tanzania en ese mismo 1998, seguidos de otra acción terrorista en el año 2000 sobre el USS Cole en Yemen fueron los antecedentes más inmediatos al mayor atentado terrorista de la historia. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 fueron la carta de presentación a nivel global de Al Qaeda, marcando el inicio de un nuevo paradigma en el campo de la seguridad internacional y en las estrategias de defensa nacional. Este hito obligó a todos los países a una adaptación forzosa para hacer frente a un nuevo actor internacional de carácter no estatal alejado completamente de la amenaza que hasta ese momento podía representar otro Estado convencional.

La rápida respuesta de la comunidad internacional, liderada por Estados Unidos, a este atentado que dejó más de tres mil muertos no se hizo esperar. Tras la negativa de los talibán que gobernaban Afganistán a entregar a Bin Laden, la ONU aprobó la intervención militar dándose la primera ofensiva de la operación “Libertad Duradera” apenas un mes después del 11-S. El rápido desmantelamiento del régimen talibán se explica por la capacidad de las últimas innovaciones tecnológicas de carácter militar empleadas por Estados Unidos y una escasa resistencia por parte de los grupos talibán, conocedores de que poco tenían que hacer en un enfrentamiento directo, decidiendo abandonar sus posiciones y retirarse a zonas rurales montañosas a modo de repliegue táctico, donde los soldados estadounidenses veían dificultado el acceso (Rashid, 2000).

El éxito de la ocupación militar sobre Afganistán no se vio secundado por las labores de reconstrucción del país, ya que gran parte de los esfuerzos que tenían que destinarse a ello fueron invertidos en una nueva guerra, la cual en este caso no tuvo el mismo respaldo de la comunidad internacional. La Administración norteamericana tomó la decisión de invadir Irak, justificando su argumentación en la doctrina Bush[6]. Por otro lado, el envío de soldados se sostuvo en la doble idea manipulada de que el régimen de Sadam Husein se había convertido en el nuevo respaldo de al Qaeda[7] y en la existencia de armas de destrucción masiva en base a informes de inteligencia que así lo aseguraban. Ambas motivaciones fueron desmentidas en 2016 por el llamado “Informe Chilcot”[8], donde se afirmaba que además no se habían agotado todas las vías diplomáticas para conseguir la resolución pacífica del conflicto.

Pese a todo ello, en marzo de 2003 se iniciaron los bombardeos sobre Irak y en apenas tres semanas el gobierno de Sadam Hussein se desplomó. El día 1 de mayo, el presidente Bush a bordo del USS Lincoln proclamó el final de la guerra con su famosa frase: “Mission accomplished!”. El rotundo éxito militar quedaría ensombrecido posteriormente por las nefastas medidas adoptadas en cuanto a las tareas de reconstrucción.

La falta de previsión, organización y planificación de estas labores acabó por provocar la anarquía y el descontrol. Desde un primer momento, la nueva autoridad fue incapaz de garantizar la seguridad de los ciudadanos, centrando los recursos militares únicamente en proteger los lugares estratégicos, tales como los pozos petrolíferos o los bancos, mientras que los centros comerciales o los hospitales quedaron sin ninguna protección, facilitando así el pillaje y el auge del vandalismo (Prieto y Espinosa, 2017, Cockburn, 2016). En este contexto de inseguridad se produjo una de las decisiones que sirve como motivación principal para explicar el auge que los movimientos insurgentes van a tener a partir de los primeros meses de ocupación estadounidense.

En mayo de 2003, la autoridad provisional estadounidense disolvió los efectivos de las Fuerzas Armadas iraquíes[9]. Con este dictamen, de un día para otro quedaban sin trabajo y sin un salario con el que mantener a sus familias más de 400.000 hombres con formación militar y, en muchos de los casos, con el deseo de poder vengarse del que comenzaban a ver cada vez con mayor frecuencia como el enemigo invasor en lugar del aliado que les iba a liberar de un gobierno autoritario y corrupto. El deseo estadounidense de acabar con todo atisbo del régimen de Sadam Husein obedeció a la orden de desbaazificar Irak, implantando medidas que en el corto plazo resultaron ser contraproducentes y llegando en este caso a tomar decisiones contrarias a lo establecido en los manuales donde se reflejan los principios para combatir la contrainsurgencia, siendo dos de ellos el conocimiento de la realidad del país y el apoyo a fuerzas de seguridad nacionales (Cohen, Crane y Horvath, 2006). Asimismo, esta decisión llevó de la misma forma a dejar sin trabajo a miles de funcionarios que únicamente pertenecían al sistema del partido Baaz por el hecho de que si no se afiliaban a él no podían ejercer sus profesiones.

El resultado inmediato en cuanto a la disolución de las fuerzas armadas iraquíes fue que la mayoría de estas personas adiestradas en el uso de las armas fueron atraídas por los distintos movimientos insurgentes, entre los que pronto comenzaron a emerger organizaciones que compartían la ideología el salafismo yihadista. Esta circunstancia favoreció que se diese la cooperación y la puesta en práctica de filosofías distintas a la hora de ejecutar las estrategias, como es la guerra asimétrica de la insurgencia y la guerra tradicional de los ex militares baazistas. Con la suma de ambas, se potenció enormemente la capacidad operacional de los grupos terroristas en Irak, dificultando consecuentemente la presencia de las tropas de la coalición por las calles sin sufrir atentados.

La guerra étnica, el sectarismo y la incapacidad de las autoridades por hacerse con el control de la situación se convirtieron en el caldo de cultivo idóneo para la aparición de grupos radicales, que rápidamente fueron ganando prestigio, y adeptos a su causa pese a su extrema violencia. Uno de ellos fue la Organización para el Monoteísmo y la Yihad (Jama’at al Tawhid wal Jihad), cuyo líder fue Abu Musab al Zarqawi, organización que en 2004 se convertiría en la filial de al Qaeda en Irak. Por ese entonces, al Qaeda seguía centrando gran parte de su atención en golpear al enemigo lejano, como muestran los atentados del 11-M en 2004 en la capital española y el ocurrido en verano del año siguiente en Londres.

Poco después de la muerte de al Zarqawi, en el año 2006, se formaría el Estado Islámico de Irak (EII) tras formarse una coalición de grupos yihadistas. Ante este panorama en el que la insurgencia cada vez tenía una mayor capacidad fue necesario plantear una nueva estrategia por parte de Estados Unidos, siendo el General Petraeus el encargado de desempeñar esta labor con éxito. Esta estrategia fue conocida como “The Surge[10] y tuvo un éxito inmediato tras conseguir ganarse de forma progresiva a los líderes de la comunidad suní y aislar así el respaldo que tenían los grupos yihadistas, algo que debilitó enormemente a la insurgencia.

La situación dentro del contexto global para el fenómeno yihadista una vez transcurrida la primera década del nuevo milenio se presentaba con enormes dificultades. Por un lado, al Qaeda Central había sido golpeada en gran medida con los continuos ataques estadounidenses realizados con drones sobre el territorio pakistaní que habían acabado con parte de su jerarquía (Benjamin, 2014, Jordán y Baqués, 2014). No obstante, el golpe más duro ocurrió en mayo de 2011 cuando Bin Laden fue abatido durante el desarrollo de una operación en Abbottabad. Mientras, su filial iraquí, que se había convertido en la mayor amenaza en Irak estuvo al borde de la desintegración tras la consolidación de la estrategia liderada por el general Petraeus. En junio de 2010 “el 80 por ciento de los 42 máximos responsables del EII, entre ellos oficiales y financieros, habían muerto o habían sido capturados (Moubayed, 2016, p.131).

El estallido de las revueltas del mundo árabe, y concretamente en Siria, dio una oportunidad única a EII para sobrevivir. Este escenario fue idóneo para que el grupo decidiese trasladar el centro de operaciones a Siria, donde ya ejercía el Frente al Nusra, una organización yihadista establecida en este país por al Golani, quien pertenecía al propio EII y quien había recibido instrucciones, así como fondos económicos por parte de este grupo para poder crear un nuevo frente yihadista en este país.

No obstante, esto no tardó en convertirse en un problema, ya que las oportunidades de expandir el área de influencia por Siria provocaron el enfrentamiento entre al Zawahiri y al Bagdadi, nuevos líderes de al Qaeda y de EII respectivamente, por el deseo de este último de trasladarse a territorio sirio y absorber las competencias de al Golani y de su grupo. Los desencuentros del Estado Islámico de Irak y Levante acabarían provocando en el primer trimestre de 2014 la ruptura con al Qaeda, pasando a denominarse únicamente la organización de al Bagdadi como Estado Islámico, o Daesh por su acrónimo en árabe, iniciando así una rivalidad entre ambas figuras que perdura hasta día de hoy.

Por aquel entonces, la capacidad de Daesh había incrementado exponencialmente, teniendo una amplia presencia tanto en Irak como en Siria. La última muestra de ello antes de la proclamación del califato sería la toma de la ciudad de Mosul en junio de 2014.  A partir de esa fecha, se inicia un período de un año de sucesivas victorias que le permitieron hacerse con el control de un territorio en Siria e Irak similar al de Reino Unido. El éxito de Daesh, amparado por su aparato propagandístico, le permitió establecer numerosas provincias de su califato en varias regiones geográficas externas al territorio sirio-iraquí, así como iniciar una campaña de atentados en Europa, siendo perpetradas estas acciones o bien por células propias, como fue el caso de los atentados de París, o por individuos que decidieron actuar bajo el influjo de su ideología, como ocurrió en Niza o Berlín, por poner algún ejemplo. Asimismo, los llamamientos de Daesh hacia sus seguidores para que se desplazasen al califato para iniciar una nueva vida fueron escuchados tanto por los denominados foreign fighters que acudieron por miles, como por familias enteras.

El fulgurante ascenso de Daesh solo es equiparable a la velocidad con la que se desmoronó el califato yihadista a partir de 2016. En apenas dos años perdieron todos los territorios que habían dominado, volviendo de nuevo a sus orígenes hacia una estrategia insurgente que, desde el año 2018, tiene especial relevancia en Irak, un país en el que de forma diaria se siguen cometiendo atentados.

 

 

Escenarios futuros del yihadismo a través de un análisis DAFO

Una vez realizado un esbozo a grandes rasgos de la evolución del yihadismo hasta la actualidad, es momento de centrar la atención en los escenarios futuros. Si bien este análisis podría plantearse desde diferentes perspectivas, se ha decidido hacerlo desde una doble vertiente en la que el objeto de estudio se focaliza tanto en el devenir de las dos grandes organizaciones yihadistas (al Qaeda y Daesh) como en la estrategia que se marquen de cara al futuro más inmediato (local/regional, global o glocal[11]). De esta forma, se desea plasmar, a través de una comparativa de los distintos escenarios, las posibilidades que tiene cada uno de los dos grupos para sobrevivir y cuál de estos contextos beneficiaría más a su porvenir, así como aquellos otros que pueden poner en riesgo su propia existencia.

Escenario 1: Estrategia de ámbito local/regional

El primer planteamiento que se estudia a través del presente análisis DAFO es aquel en el que la actividad yihadista permanece focalizada dentro de una estrategia local/regional. A partir de esta, las organizaciones terroristas tienen como finalidad derrocar a los gobiernos apóstatas que dirigen los países musulmanes y buscan asentarse sobre un determinado territorio, sin mirar más allá de sus propias fronteras.

Partiendo de este escenario, la organización liderada por al Bagdadi tendría que saber adaptarse a un panorama en el que priorizar su agenda esencialmente a un ámbito reducido podría suponer la pérdida del liderazgo hegemónico a favor de al Qaeda a cambio de asegurarse su supervivencia. A día de hoy, esta opción se presenta como la más factible de todas las que se van a exponer, siempre y cuando las tendencias actuales sigan su cauce, algo que también resulta complejo dentro de un fenómeno en constante mutación como es el que se está tratando.  En este contexto, Daesh verá reducido su respaldo social, ya que su trayectoria está caracterizada por haberse convertido en uno de los grupos terroristas más violentos y eso le hará perder gran parte de su apoyo sobre la población musulmana que tuvo que hacer frente a su barbarie. Mientras, también sufrirá una pérdida de influencia sobre aquellos simpatizantes que se mostraron en su día dispuestos a luchar bajo su bandera como foreign fighters, ya que el hecho de que no sea una apuesta ganadora en estos momentos le dificulta mantener su atractivo.

Pese a ello, Daesh ha demostrado en distintas ocasiones a lo largo de su trayectoria tener una asombrosa capacidad de resiliencia ante las adversidades, así como adaptación a las nuevas realidades, lo que le ha permitido sobreponerse a los momentos más difíciles. No hay que olvidar que tras la llegada del General Petraeus el germen de lo que hoy es Daesh estuvo a punto de desaparecer, dado que apenas llegó a contar con unos pocos centenares de miembros. Sin embargo, supo aprovechar las oportunidades que le ofreció la inestabilidad del mundo árabe para resarcirse de esa situación de vital supervivencia. Asimismo, dentro de este contexto planteado y coincidiendo con la realidad, Daesh evoluciona de nuevo hacia la insurgencia, un campo en el que se encuentra la semilla de este grupo bajo el liderazgo de al Zarqawi tras la ocupación estadounidense de Irak. Por tanto, la experiencia a la hora de sobrevivir mediante el uso de esta estrategia insurgente puede considerarse como una garantía de éxito de cara al futuro.

De hecho, esta es una realidad que ya se está atestiguando en Irak, donde Daesh está comenzando a tener cierta presencia de nuevo en áreas que hasta no hace mucho estaban bajo su califato y de donde fueron expulsados sus combatientes. En cuanto a la situación de sus grupos afiliados y de sus wilayat (provincias) dentro de este escenario, que Daesh tuviese que reducir sus miras al ámbito local podría ser entendido como una muestra de debilidad, pudiendo traducirse en una pérdida de confianza y en la ruptura de algunos juramentos de fidelidad por parte de estas organizaciones vinculadas, las cuales podrían buscar la protección de al Qaeda. No obstante, difícilmente esto vaya a suceder porque Daesh es consciente de que a través de estas franquicias se garantiza la supervivencia de su legado y de sus siglas. Además, Bagdadi muestra un continuo interés por el devenir de sus grupos afiliados, ejerciendo la dirección y dando órdenes que afectan a estos, siendo un ejemplo reciente de ello el cambio en el liderazgo dentro del Estado Islámico en África Occidental, ya que todo indica que Abu Musab al Barnawi habría sido relevado de su puesto en favor de Abu Abdullah al Barnawi.

En cuanto a este mismo escenario local/regional planteado para al Qaeda se puede decir que se muestra coherente a su actual estrategia, la cual le ha permitido ocupar un segundo plano tras ceder todo el protagonismo a Daesh y así poder centrarse en recuperar el respaldo local de aquellas sociedades donde tanto el grupo como sus franquicias tienen presencia (Hoffman, 2018). Dentro de esta maniobra acorde a una perspectiva de futuro, su principal fortaleza reside en el hecho de presentarse como una opción moderada frente al uso de la violencia excesiva que ha mostrado Daesh desde la instauración del califato yihadista[12]. Por otro lado, la mira a largo plazo resulta ser un factor importante que plasma una vez más la capacidad de al Qaeda para ver más allá de la propia realidad del momento, siendo esta una cualidad que marca la diferencia de forma considerable con el planteamiento ofrecido por Daesh, cuyas ideas cortoplacistas explican tanto la celeridad de la aparición y expansión de su califato como su rápida desintegración.

La principal oportunidad que esta estrategia ofrece es la recuperación de la hegemonía global como referente del movimiento yihadista, algo que posiblemente suceda viendo como la trayectoria actual de la organización es diametralmente opuesta a la marcada por Daesh, así como la recuperación del respaldo y el apoyo social perdido durante estos años. Pese a este favorable panorama, al Qaeda deberá hacer frente a ciertas debilidades que a la postre pueden acabar convirtiéndose en amenazas. Una de ellas, la falta de ambición que podría ser percibida por los núcleos más radicales dentro de la organización en el caso de que a medida que avance el tiempo se mantenga esta estrategia más localizada sin plantearse volver a golpear al enemigo lejano. En el caso de que esto sucediese, no sería extraño que apareciesen disputas internas que cuestionasen el liderazgo de Ayman al Zawahiri, siendo un contexto propicio para la aparición de la figura de Hamza Bin Laden, a quien no pocos consideran como el heredero legítimo de la obra que hace treinta años comenzó a edificar su padre. Asimismo, la pérdida de influencia en Oriente Medio debido a la actual presencia de Daesh, ya sea mediante el califato yihadista o a través de la actual insurgencia, continúa presentándose como una amenaza de cara a que vuelva a recuperar su papel dentro de esta región, debido a que en estos momentos se limita a ceder todo el protagonismo a Tahrir al Sham, la coalición de grupos yihadistas en Siria que ha evolucionado desde la formación de Al Nusra, representante de al Qaeda en este país.

Escenario 2: Estrategia de ámbito global

Este escenario, planteado desde el sentido en el que las organizaciones terroristas priorizarían su lucha frente al enemigo lejano de forma similar a lo ocurrido entre finales de siglo XX y el inicio del nuevo milenio, ofrecería una serie de posibilidades y riesgos para las dos grandes “multinacionales” yihadistas.

En lo que respecta a Daesh, la mayor debilidad que tiene el grupo en estos momentos es la pérdida de influencia y adeptos como consecuencia de la derrota militar y la consecuente caída del califato yihadista. Dentro de una estrategia global, ello se traduciría en una menor capacidad para poder planificar atentados, tanto en cuanto a recursos económicos como logísticos, y en un incremento de la dificultad a la hora de hacer llegar un nuevo mensaje para sus seguidores que sirviese como inspiración para perpetrar nuevos atentados sobre Occidente[13]. Aunque es muy remota la idea, todo ello, sumado a la recuperación del prestigio por parte de al Qaeda, podría poner en riesgo la supervivencia de la organización, ya que gran parte de los combatientes que participan de forma activa en la actual insurgencia en Irak no serían partidarios de adoptar en un futuro a corto plazo una estrategia global, porque esto desembocaría en una nueva respuesta por parte de la comunidad internacional, lo que pondría en riesgo la supervivencia de su propia estructura organizativa y operativa.

Por su parte, como elementos a favor dentro de este escenario, se encontraría la inercia dejada por la reciente oleada de atentados sobre Europa Occidental, pudiendo darse nuevas réplicas por parte de individuos radicalizados que teniendo como modelo los recientes precedentes decidiesen seguir el mismo ejemplo. En este sentido, juega a favor el legado propagandístico de Daesh durante todos estos años, el cual permanecerá accesible a través de Internet y las redes sociales, independientemente de que en la actualidad se haya constatado un descenso importante de su actividad en este ámbito. Otro factor que puede jugar a favor de la organización de al Bagdadi sería una cierta relajación por parte de las fuerzas de seguridad europeas a medida que transcurra el tiempo y no se perpetren nuevos atentados.

Esto se traduciría en una disminución de los niveles de alerta, dado que sería impensable y contraproducente para la propia seguridad mantener de forma prolongada estos niveles en el caso de que se vea reducida la amenaza que el yihadismo representa para la seguridad ciudadana. Ante ese panorama, cabría la posibilidad de que Daesh intentase de nuevo llevar a cabo nuevos atentados sobre Occidente, lo que sin duda le permitiría de nuevo ganar el prestigio adquirido en momentos puntuales como fueron la proclamación del califato yihadista o los propios atentados sobre suelo europeo.

En cuanto a al Qaeda, la vuelta a una estrategia global ofrece distintos riesgos y ventajas a analizar. Por un lado, las principales debilidades residen en el hecho de que actualmente la organización de al Zawahiri tiene una menor capacidad para inspirar ataques en Occidente en comparación con Daesh, quien ha sabido elaborar un mensaje atractivo para influir directamente sobre el público al que va destinado. En cambio, al Qaeda, pese a los esfuerzos y su intento de adaptación a las nuevas tecnologías, todavía está lejos de llegar a ejercer una influencia similar sobre los jóvenes de segundas y terceras generaciones europeos, pudiendo afectar todo ello a la hora de establecer de nuevo las redes internacionales de antaño o incluso pequeñas células que puedan perpetrar atentados en su nombre.

En cuanto a las amenazas de este escenario, focalizar la atención en combatir al enemigo lejano de nuevo tendría unas consecuencias similares a las dadas en el pasado, ya que al Qaeda se convertiría en el foco de los esfuerzos destinados a la lucha antiterrorista, a la cual se haría mayor hincapié si cabe debido a que la experiencia muestra el potencial real que puede llegar a tener la organización para planificar y ejecutar macroatentados. Además, esta circunstancia pondría en riesgo su vuelta a la hora de ejercer el liderazgo del movimiento yihadista global, ya que esto daría un respiro a Daesh para volver a recuperar parte del protagonismo perdido. Pese a todo ello, las posibilidades que ofrece una vuelta a la estrategia global son numerosas, siendo la experiencia y su capacidad para diseñar letales acciones terroristas dos importantes factores a tener en consideración. A estas fortalezas es preciso sumarles las enormes oportunidades que ofrecería la posibilidad de volver a cometer atentados de cierta envergadura a modo de una nueva carta de presentación, como ya hicieron con el 11-S, algo que sin duda les permitiría recuperar el papel protagonista. Por otro lado, no hay que pasar por alto los fuertes vínculos que mantiene al Qaeda en cuanto a la coordinación respecto a sus franquicias regionales, las cuales son capaces de ejecutar atentados sobe territorio europeo. Precisamente, el último atentado de al Qaeda en Occidente fue el ocurrido en la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo, ocurrido en enero de 2015 y reivindicado por la rama yemení de al Qaeda en la Península Arábiga.

 

Escenario 3: Estrategia de ámbito glocal

Este tercer y último escenario se propone como una alternativa a las dos anteriores opciones, pudiendo considerarse como una fusión de ambas. En este planteamiento, la agenda local y la global estarían equiparadas en cuanto a su importancia. El ejemplo más reciente en torno a ello reside en el propio Daesh, quien a partir de su idea de establecer el califato yihadista sobre Siria e Irak y mantener allí su estructura central (estrategia de ámbito local/regional), no abandonó en ningún momento su propósito de expandir su obra hacia otros nuevos territorios sobre los que acabaría estableciendo provincias o incluso creando otras capitales del califato, como fue el caso de Sirte en Libia, considerada por los yihadistas como la tercera ciudad más importante por detrás de Raqqa y Mosul (estrategia global).

La implementación por parte de Daesh de esta estrategia en un futuro próximo se desarrollaría en un paradigma diferente al comentado, por lo que las distintas circunstancias que influirían en él a la hora de analizar su posible evolución son factores fundamentales a tener en cuenta. En primer lugar, dentro de este escenario jugarían un importante papel las organizaciones afiliadas a Daesh, mostrándose como una debilidad el hecho de que el grupo dependiese en gran medida para desarrollar su actividad de estas estructuras locales repartidas por áreas geográficas tan dispares como el Sahel, Asia Central o el Sudeste Asiático. Todavía es pronto para saber el grado de fidelidad que mantienen estos grupos respecto a la matriz y no será hasta el momento en el que al Qaeda u otra organización adquieran una capacidad similar a la mostrada por el califato yihadista cuando se conozca realmente la fortaleza de los lazos de unión establecidos entre Daesh y sus grupos afiliados[14].

Por otro lado, una amenaza a la que debería hacer frente la organización liderada por al Bagdadi en este contexto sería el incremento del número de sus enemigos de forma similar a lo ocurrido con el califato yihadista a medida que expandía su territorio, chocando frontalmente con los intereses y las áreas de influencia de otros actores locales, regionales e internacionales. Sin duda, este es un factor que contribuye en gran medida a la hora de explicar la desintegración del califato, ya que Daesh no supo granjearse los apoyos necesarios, y en el momento en el que dejó de ser útil la instrumentalización de su amenaza por parte de los actores implicados su pervivencia en el tiempo acabó por tener los días contados. En cuanto a los elementos que juegan a su favor, es necesario tener en cuenta las conexiones internacionales a partir de sus wilayat y los grupos afiliados que mantiene en la actualidad, así como el uso de las nuevas tecnologías. El primero de estos factores le permitiría en cierto modo descentralizar su actividad, como ya hizo al Qaeda en el pasado, y ceder parte del liderazgo sobre sus filiales, mientras que el segundo le otorga la capacidad de ejercer una mayor presencia e influencia a nivel global sin necesariamente tener que destinar una gran cantidad de recursos económicos o logísticos.

Para finalizar, al Qaeda encontraría dos debilidades de partida a la hora de adoptar una estrategia glocal. Por un lado, y aunque resulte paradójico decirlo, el grupo de al Zawahiri no tiene una experiencia suficiente en este sentido, ya que a lo largo de la evolución de su discurso ideológico en ningún momento han coincidido ambas agendas en el espacio temporal. La explicación a ello reside en el hecho de que el giro estratégico dado a la hora de trasladar sobre el enemigo lejano el objetivo contra el que era preciso combatir este fue tan drástico que apenas se pudo apreciar una convivencia entre esa nueva línea discursiva y la que había sido hasta ese momento la necesidad de hacer frente al enemigo cercano. Por otro lado, la segunda dificultad para al Qaeda se encuentra en su actual estrategia de presentarse como una opción moderada focalizada en el ámbito local y regional, la cual necesariamente debería de ser reformulada para adaptarse a este nuevo escenario con el riesgo que conllevaría asimilar una estrategia exitosa a otra cuyo grado de incertidumbre sería elevado. Precisamente, este riesgo contendría de forma intrínseca la posibilidad de convertirlo en una oportunidad de cara al establecimiento de un nuevo paradigma ideológico que fuese resultado de la fusión de los dos planteamientos anteriores.

A su vez, un riesgo que debería tomar al Qaeda mediante esta estrategia sería obligar a sus franquicias regionales a soportar una mayor presión por parte de las fuerzas de seguridad, dado que estas serían las encargadas de llevar gran parte del peso de la actividad a no ser que vuelva a reaparecer una fuerte y sólida estructura central de al Qaeda. Mientras, este escenario abriría una puerta a que se produjese un enfrentamiento directo entre los grupos con los que al Qaeda tiene vinculación y aquellos otros más próximos a Daesh. Sin ir más lejos, esta fitna ya se está produciendo sobre algunos escenarios particulares, como es el caso de Afganistán o Somalia, reflejando a escala local la rivalidad global que mantienen Daesh y al Qaeda por la supremacía del movimiento yihadista. Un enfrentamiento de este tipo se convertiría en sí mismo tanto en una oportunidad para el vencedor como en una amenaza de cara a la supervivencia de aquel que salga peor parado.

En esta misma línea, al Qaeda parte con cierta ventaja, dado que dos elementos importantes como son su propio prestigio, respaldado por una estrategia a años vista que ha escapado del éxito cortoplacista, y el mayor arraigo que tienen sus bases ideológicas y sus raíces dentro de aquellas sociedades en las que tiene presencia el grupo, especialmente sobre las regiones donde se encuentran sus franquicias regionales, son áreas en las que Daesh se ha visto con dificultad a la hora de penetrar y debido a ello ha obtenido escasos avances.

 

Conclusiones

El análisis DAFO realizado permite presentar diferentes panoramas en lo que respecta al devenir de las dos grandes organizaciones yihadistas actuales dependiendo del desarrollo que se de en los posibles escenarios planteados. En cada uno de ellos se ha profundizado en las ventajas y hándicaps a los que tendrían que hacer frente tanto al Qaeda como Daesh, barajándose múltiples contextos en los que la intervención o no de cualquier factor, ya sea de origen endógeno o exógeno, afecta notoriamente el resultado final.

Pese a las dificultades que esto conlleva, la opción más probable de cara al futuro, partiendo de los condicionantes actuales, sería aquella que apunta hacia una estrategia de ámbito local/regional, dado que ni Daesh ni al Qaeda están en condiciones de asumir las consecuencias de un posible incremento de la presión policial como resultado de una agenda más ambiciosa. Por un lado, la opción más plausible apunta a que Daesh focalizará su atención en la insurgencia iraquí, esperando a que la conflictividad social resurja con fuerza para sacar provecho de ella, mientras que por otro lado seguirá fortaleciendo los lazos que tiene con sus grupos afiliados, siendo consciente de que al Qaeda desea arrebatarle la influencia adquirida durante los últimos años.  Precisamente, el grupo liderado por al Zawahiri comienza a verse de nuevo como primera opción, gracias en gran medida a su planteamiento a largo plazo y la acertada decisión de presentarse estratégicamente como una opción moderada frente a la violencia sin control de su rival.

Teniendo en cuenta el permanente estado de volatilidad y transformación del fenómeno yihadista, así como su elevado grao de mutación dependiendo de las circunstancias del momento, cualquier parecido del análisis presentado con la realidad más inmediata pueden ser pura coincidencia.

Carlos Igualada Tolosa es doctorando de la Universidad Alicante y Director del Observatorio Internacional de Estudios sobre Terrorismo

 

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[1] Esta fecha es clave para comprender la realidad actual tanto de Oriente Medio como Asia Central, ya que a lo largo de ese año se produjeron acontecimientos de enorme relevancia, como fueron: 1) el citado inicio de la guerra de Afganistán con la ocupación soviética, 2) la Revolución iraní, la cual consiguió derrocar al Sha persa, instaurando en su lugar una república islámica que perdura desde entonces bajo el gobierno de los ayatolás, y 3) la toma de la Kaaba por parte de extremistas armados, algo que puso de manifiesto el descontento incipiente hacia la monarquía saudí dentro de los sectores más radicales por su alianza con Occidente.

[2] Si bien es cierto que fueron ciudadanos de decenas de países los que se sumaron a este movimiento, los más representados fueron aquellos procedentes del mundo árabe, concretamente de Argelia, Siria, Egipto, Jordania, Arabia Saudí y Yemen. Al conjunto de todos ellos acabó dándosele el sobrenombre de “árabes afganos”.

[3] Este fenómeno migratorio en términos cuantitativos solo ha sido superado por el llamamiento a la hijra realizado por Abu Bakr al Bagdadi, líder de Daesh, hacia el territorio sirio-iraquí desde el púlpito de la mezquita de Mosul el día que se anunció públicamente el establecimiento del califato.

[4] Un ejemplo de la enorme labor que realizó Bin Laden, junto a Abdellah Azzam, a la hora de reclutar y entrenar a miles de combatientes mujahidín se aprecia en la creación de la Oficina de Reclutamiento (Makatb al Jidamat) por la que se calcula que pasaron entre el sexenio de 1979-1985, más de 35.000 yihadistas.

[5] Un momento de inflexión en este sentido se produjo tras rechazar las autoridades saudíes el ofrecimiento de Bin Laden de un ejército muyahid para desalojar a las fuerzas iraquíes de Kuwait, eligiendo preferentemente en su lugar la intervención de las tropas americanas.

[6] La doctrina Bush tenía como principio considerar por igual como terroristas a organizaciones yihadistas y a los Estados que de alguna forma colaborasen o contribuyesen a la protección de estas. Esta misma doctrina sirvió como argumento para justificar la posterior ocupación de Irak, incidiendo en que era preciso derrocar aquellos gobiernos donde la seguridad de Estados Unidos se viese amenazada, incluso si esta amenaza no era inminente, así como la necesidad de realizar ataques preventivos cuando fuese necesario.

[7] En relación a ello se formó desde Estados Unidos la figura de Abu Musab al Zarqawi, acusándole de ser el nexo de unión entre el régimen de Sadam y el terrorismo de al Qaeda, y pasando de ser un completo desconocido a uno de los terroristas más buscados. En torno a su persona, Colin Powell, secretario de Estado de Estados Unidos, afirmó: “Actualmente, Irak da cobijo a una mortífera red terrorista encabezada por Abu Musab al Zarqawi, socio y colaborador de Osama Bin Laden y de sus lugartenientes de Al Qaeda”. Para profundizar en ello, véase: NAPOLEONI, L. (2005), Insurgent Irak. Al Zarqawi and the New Generation, Nueva York, Seven Stories Press.

[8] El resumen ejecutivo del citado informe puede consultarse en su versión online en el siguiente enlace: http://www.iraqinquiry.org.uk/media/247921/the-report-of-the-iraq-inquiry_executive-summary.pdf

[9] Se calcula que las Fuerzas Armadas estaban compuestas por 350.000 miembros del Ejército, 2.000 de la Armada, 20.000 del Ejército del Aire y 17.000 del Mando de Defensa Aérea, así como 44.000 hombres de las fuerzas policiales (Military Balance, 2003).

[10] Para profundizar en la evolución de la estrategia durante los años de implementación en Irak, véase: KNOWLTON, W. (2010), The Surge. General Petraeus and the Tournaround in Irak, Whasington, The Industrial College of the Armed Forces, National Defense University Press.

[11] La teoría de la glocalización fue planteada por Roland Robertson en el año 1995 en un capítulo titulado Glocalization: Time-space and homogeneity-heterogeneity y recogido en la obra Global Modernities. Esta idea aplicada a la estrategia de las organizaciones yihadistas en el sentido de la necesidad de combatir tanto al enemigo cercano como al enemigo lejano fue introducido por Isabelle Werenfels, en su artículo Going “glocal”: Jihadism in Algeria and Tunisia, publicado en el año 2015 en la revista Stifung Wissenschaft und Politik del German Institute for International and Security Affairs.

[12] Las franquicias regionales de al Qaeda (AQMI, AQPA y AQSI) son un buen ejemplo en cuanto a la materialización de esta estrategia. Desde hace varios años se observa cómo estos grupos han limitado sus acciones terroristas, focalizando sus ataques sobre las posiciones de las fuerzas de seguridad y evitando generalmente que estos atentados acaben afectando a la población civil. La principal lectura que se puede hacer de esta táctica es que, gracias a ella, especialmente AQMI y AQPA han conseguido mantener su hegemonía respecto a la influencia ejercida por Daesh y aquellos grupos que le juraron fidelidad sobre estas áreas de influencia, especialmente en el Norte de África, el Sahel y la Península Arábiga.

[13] Todo ello en términos comparativos respecto a la oleada de acciones terroristas que se dio entre 2015 y 2017 especialmente.

[14] Si bien es cierto que las alianzas prestadas entre grupos yihadistas resultan beneficiosas para las dos partes, no hay que olvidar que las agrupaciones locales, movidas únicamente por sus propios intereses, pueden decidir romper estos lazos en el momento en el que consideren que es más beneficioso para su supervivencia vincularse con otra organización. Existen numerosos ejemplos recientes en torno a ello acaecidos tras la proclamación del califato de Daesh, siendo un hito que alteró por completo las relaciones que hasta ese momento tenía al Qaeda con sus franquicias regionales y grupos afiliados, dado que se produjeron escisiones dentro de estas organizaciones o incluso un giro directo de subordinación de estas hacia Daesh.

 

Editado por: Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI). Lugar de edición: Granada (España). ISSN: 2340-8421.

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