El desafío de Corea del Norte al “sistema tributario imperial” chino

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Análisis GESI, 4/2013

El pasado 7 de marzo, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó un nuevo paquete de sanciones en la Resolución 2094 contra Corea del Norte como resultado del ensayo nuclear subterráneo realizado por el régimen de Pyongyang tres semanas antes, concretamente el día 12 de febrero, y que sirvió de carta de presentación del vástago y sucesor de Kim Jong-Il, Kim Jong-Un, ante la comunidad internacional.

El tercer test nuclear oficial de la historia del programa nuclear norcoreano vuelve a situarlo como uno de los temas centrales en la agenda de la seguridad internacional por el desafío que supone para la misma y para el régimen de no proliferación nuclear, además de las consecuencias regionales que ello implica no sólo por la escalada de la tensión resultante, sino también por cómo está afectando a las relaciones bilaterales entre dos aliados históricos en la región: China y Corea del Norte.

Y es que la peculiaridad del nuevo paquete de sanciones contenido en la resolución del CSNU reside en que China, previa negociación con Estados Unidos, votó a favor de la misma enviando un claro mensaje de descontento hacia el régimen liderado por Kim Jong-Un. Así, el ensayo nuclear norcoreano y el posterior endurecimiento de las sanciones contra Corea del Norte han provocado un incremento de la retórica belicista en la península coreana agravado por la celebración de las maniobras militares conjuntas entre Corea del Sur y Estados Unidos, las Foal Eagle, y los ejercicios militares anuales, Key Resolve, que coinciden en el tiempo y son las primeras efectuadas con la nueva presidenta nacionalista surcoreana, Park Geun Hye, en el poder. Las mismas ya han sido calificadas por las autoridades de Pyongyang como una declaración de guerra en toda regla. Como consecuencia de ello y hasta el momento, las autoridades norcoreanas han decidido anular el acuerdo de armisticio de 1953 que puso fin a la Guerra de Corea, aunque técnicamente las dos Coreas siguen en guerra porque dicho acuerdo no es ningún tratado de paz, así como los pactos de no agresión y cualquier vía de comunicación directa con el gobierno surcoreano, además de amenazarlo junto a Estados Unidos con un ataque nuclear preventivo.

Por su parte, desde el otro lado de la frontera no se quedan atrás y han amenazado con “borrar de la faz de la tierra” a su vecino del Norte si este inicia algún tipo de hostilidad. Este contexto de alto voltaje regional provocado por Corea del Norte y que en principio debería quedar en un cruce de declaraciones, ciertos movimientos de tropas y muestra de capacidades de disuasión y el restablecimiento de los acuerdos anulados, sí está irritando de forma especial al principal aliado hasta el día de hoy del régimen de Kim Jong-Un, la República Popular de China, que se encuentra en pleno proceso de transición política en sus principales cargos de presidente y primer ministro.

En este sentido, China interpreta el comportamiento de Corea del Norte y la realización del ensayo nuclear como una desautorización a su liderazgo y estatus de potencia regional, así como un serio contratiempo a la consolidación de su arquitectura de seguridad basada en la estrategia del ascenso pacífico (heping juequi). De hecho, las autoridades chinas se mostraron contrarias al test e instaron a Corea del Norte a no realizarlo una vez les fue comunicado previamente, incluso con la amenaza de reducir la ayuda prestada al régimen de Pyongyang en un gesto sin precedentes en la relación bilateral entre ambos Estados. Por ello y una vez realizada la prueba nuclear, el embajador de Corea del Norte en Pekín fue llamado a consultas y el ministro de Exteriores chino, Yang Jiechi, rápidamente expresó su oposición a tal acción que se considera una insubordinación pública por parte de Corea del Norte hacia China.

Ello repercute directamente a su imagen exterior de aspirante a superpotencia tanto a nivel regional como internacional, además de ser un desafío de Corea del Norte al llamado “Sistema Tributario Imperial” chino que según el Dr. Eric Teo Chu Cheow, del Singapore Institute of International Affairs, sirve de base para la estrategia del ascenso pacífico. Así, cuando Hu Jintao accede a la presidencia de China en 2002 para tomar las riendas del gigante asiático, su objetivo es mantener el desarrollo y crecimiento económico sin cambios políticos, consolidar a China como potencia militar regional y aumentar su presencia internacional evitando cualquier tipo de conflicto. Así, la cuarta generación de líderes chinos adopta el concepto del “ascenso pacífico” ideado por Zhen Bijian, uno de los asesores chinos más influyentes en política exterior, que lo hace público en 2003. El ascenso pacífico es la respuesta a la teoría de la amenaza que propugna que China, como consecuencia de su crecimiento económico y militar y su cada vez mayor presencia internacional, tarde o temprano va a entrar en conflicto y en un enfrentamiento bélico con las otras potencias regionales, así como con Estados Unidos por el estatus de superpotencia. Frente a la teoría de la amenaza y según afirma Teo Chu Cheow, China recupera la mentalidad del Sistema tributario imperial a través del ascenso pacífico que también guía su estrategia de seguridad.

Así, el objetivo del Sistema Tributario Imperial, sistema que regía las relaciones de China con otros actores ideado en las dinastías Ming y Qing, es asegurar el liderazgo del Reino del Centro (China) sin necesidad de utilizar la fuerza y diluyendo la percepción que este Reino supone una amenaza para el resto. Dicho sistema se basa en tres grandes ideas: la primera, China se considera a sí mismo el corazón central de la región (zhongxin); en segundo lugar, China necesita un entorno exterior estable (waiwen) que asegure su estabilidad y prosperidad interna (neiwen); y, finalmente, el emperador chino, centro del sistema asiático, otorga más favores y recursos a sus aliados de los que recibe, a cambio de respeto y de reconocer la superioridad de China. Así, la reacción de China frente a su aliado norcoreano debe entenderse e interpretarse dentro de esta etapa concreta del ascenso pacífico y conforme a la mentalidad del Sistema Tributario Imperial que Corea del Norte ha desafiado. En mi opinión, existen varios motivos para justificar la posición de China y su enfado hacia su aliado norcoreano. Algunos de los más importantes son: En primer lugar, una potencia regional y aspirante a superpotencia no sólo necesita demostrar su liderazgo, sino que además debe marcar y controlar los contenidos y los tiempos de su agenda. Y en este caso, Corea del Norte se la ha modificado a China (el Reino del Centro) en pleno proceso de traspaso de poderes del presidente saliente, Hu Jintao, al entrante, Xi Jinping, así como en el cambio de primer ministro, de Wen Jiabao a Li Keqiang.

En segundo término, la prueba nuclear norcoreana viene a complicar un poco más la situación de conflictividad ascendente que vive la región en los últimos tiempos. Al incremento de las tensiones por las disputas territoriales que mantiene China con Japón, Filipinas o Vietnam, se añade la toma de posesión de gobiernos nacionalistas en Corea del Sur, con la presidenta Park Geun Hye al frente, y en Japón, con Shinzo Abe, así como una creciente carrera armamentística en la región. Todo ello dificulta el objetivo de mantener un entorno exterior estable fijado en el ascenso pacífico para que China pueda seguir su desarrollo económico. Un tercer punto tiene que ver con el sistema de alianzas y la arquitectura de seguridad regional. Frente al arco de contención que está ideando Estados Unidos a través del llamado Diamante de Seguridad formado por Australia, India, Japón y el propio Estado norteamericano para contener una posible expansión China, los nuevos dirigentes encargados de dirigir al Reino del Centro necesitan evitar fisuras en su sistema de alianzas para mantener el equilibrio regional y hacer frente a este Diamante, si fuera preciso.

En esta dirección, China quiere evitar que Corea del Norte se convierta en un outlier y salga de su esfera de influencia. En esta misma línea y en cuarto lugar, si Corea del Norte alcanzara el estatus de potencia nuclear implicaría de forma automática una reducción de la dependencia del régimen de Pyongyang hacia China en términos de seguridad y, con ello, una posible redefinición de las relaciones bilaterales y una autonomía de acción y decisión en manos de Kim Jong-Un que China no desearía. Y finalmente, a pesar de todo el apoyo diplomático y económico que le ha brindado y le sigue suministrando, China se siente traicionada por Corea del Norte al no acatar su orden de no realizar el test nuclear y romper así las reglas del juego del Sistema Tributario Imperial que implican relaciones de sumisión al Reino del Centro que Kim Jong-Un no ha respetado.

Sin embargo, Corea del Norte justifica su ensayo nuclear como una respuesta y una muestra de disconformidad hacia la Resolución 2087 del CSNU aprobada a finales de enero de este año y que aplica sanciones al Estado asiático por la prueba realizada en diciembre de 2012 con el cohete de largo alcance Unha-3 para poner en órbita un satélite. Recordad que los ensayos que se efectúan para desarrollar un programa espacial también son útiles para un programa de misiles balísticos o un programa nuclear. Pero desde el punto de vista de Corea del Norte, esta tercera prueba nuclear realizada tras las de 2006 y 2009 debe ser analizada desde otra óptica y en clave interna y externa.

En su dimensión doméstica, el éxito de dicho test refuerza la figura y el liderazgo del nuevo líder Kim Jong-Un que un sector crítico dentro del Ejército Popular había puesto en duda por considerar que era demasiado joven e inexperto para dirigir a Corea del Norte. Además y en su dimensión exterior, la prueba nuclear no sólo sirve para volver a dar visibilidad internacional al régimen de Pyongyang, sino que también es una demostración de fuerza ante la comunidad internacional con el claro mensaje que los sucesivos paquetes de sanciones impuestos contra el Estado asiático no paralizan ni afectan al desarrollo de su programa nuclear. Aunque para explicar el porqué de este ensayo nuclear también debería añadirse otra variable importante y que hasta el momento no se le está prestando la atención que merece: el Acuerdo de Cooperación científica, tecnológica y académica entre Corea del Norte y la República Islámica de Irán firmado por el Ministro de Ciencia y Tecnología iraní, Kamran Daneshjoo, y el ministro de Exteriores norcoreano, Pak Ui Chun, el 1 de septiembre de 2012 en Teherán ante la presencia del presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, del director de la Organización de la Energía Atómica de Irán, Fereydoun Abbasi-Davani, y del presidente de la Asamblea Popular Suprema norcoreana, Kim Yong Nam.

Este acuerdo que refuerza y consolida unas relaciones bilaterales y de cooperación existentes ya desde la década de los ochenta, sobre todo en relación a los programas de misiles balísticos respectivos con el intercambio de tecnología, componentes y transferencia de información, así como el establecimiento de delegaciones científicas y de observación conjuntas en ambos Estados, serviría de paraguas para impulsar los programas nucleares que desarrollan tanto Corea del Norte como Irán, los ahora denominados Estados del “eje de la proliferación”. En base a este acuerdo, se especula que el tercer ensayo nuclear norcoreano podría estar destinado al programa nuclear de Irán, Estado que habría pagado por el mismo y habría ofrecido ayuda económica y petróleo a su contraparte norcoreana a cambio. De hecho, se advierte de la presencia de una delegación de científicos y militares iraníes no sólo en este test, sino también en los dos ensayos del cohete de largo alcance Unha-3 realizados por Corea del Norte en abril y diciembre de 2012, respectivamente. Aunque este extremo ya ha sido desmentido en varias ocasiones por el portavoz del ministerio de Exteriores iraní, Ramin Mehmanparast.

A pesar de ello, si se confirmaran estas informaciones, no sólo implicaría una primera prueba de la posible dimensión militar del programa nuclear iraní, sino que además estaríamos frente a una diplomacia triangular entre China, Corea del Norte e Irán de delicados y difíciles equilibrios. Así y a pesar de su episodio de rebeldía, Corea del Norte necesita la ayuda económica de China y su paraguas diplomático para que el Estado no entre en colapso. Sin embargo, el régimen de Kim Jong-Un tampoco va a rechazar los ofrecimientos económicos y de cooperación de Irán porque es una vía alternativa de suministros que no puede despreciar. Y más, teniendo en cuenta que ambos Estados caminan juntos y de la mano en su objetivo de convertirse en potencias nucleares. Por su parte, Irán y en el supuesto que buscara el arma nuclear en un programa que se declara con fines pacíficos y civiles, ve en Corea del Norte al socio necesario para el desarrollo del mismo, como lo fue en su momento con el programa de misiles balísticos, a tenor de la evidencia que Irán no puede efectuar ningún ensayo nuclear en su territorio por las consecuencias que ello conllevaría. Pero al mismo tiempo, Irán no puede irritar a China, su principal comprador de petróleo, en un momento en el que las sanciones internacionales impuestas al régimen de los ayatolás han provocado que muchos Estados dejen de comprárselo con el resultado de la disminución en sus exportaciones y en sus ingresos. Aunque China también tiene sus necesidades con ambos Estados.

Para continuar con su crecimiento económico, el gigante asiático no puede prescindir de los recursos energéticos iraníes. Del mismo modo, China necesita retener a Corea del Norte dentro de su sistema de alianzas porque un posible colapso del Estado norcoreano podría desencadenar la unificación de las dos Coreas y tener a otro “enemigo” en su frontera natural. Por todo ello, uno de los retos inmediatos que deberán afrontar el nuevo presidente chino, Xi Jinping, y su primer ministro Li Keqiang, el nuevo “equipo de rivales” que dirigirá los destinos de China durante la próxima década, será reconducir la actitud de Corea del Norte. Para tal efecto, existen dos grandes objetivos: en primer lugar, que el régimen de Kim Jong-Un vuelva a la mesa de negociación sobre su programa nuclear del Six-Party Talks formada por las dos Coreas, la propia China, Estados Unidos, Japón y Rusia. Esta posibilidad se puede dar siempre y cuando Corea del Norte necesitara aligerar el régimen de sanciones que le es impuesto por su situación económica interna o se le diera otros incentivos para hacerlo. Y en segundo lugar, que Corea del Norte vuelva a acatar el “Sistema Tributario Imperial” chino y así se intente volver al entorno exterior estable, condición necesaria para el ascenso pacífico y para asegurar el camino de China como futura primera economía mundial.

Xavier Servitja Roca es investigador independiente en seguridad y política internacional. Máster en Política Internacional por la Universidad Complutense de Madrid en 2012 con una beca de la Fundación La Caixa. Licenciado en Ciencias Políticas/Relaciones Internacionales por la Universidad Autónoma de Barcelona en el año 2009 con Honores y Premio Extraordinario de Licenciatura. Entre los años 2009 y 2011, ha sido becario en la Fundación CIDOB (España), interno y asistente de investigación*, asistente de investigación del vicedirector Günther Maihold en el German Institute for International and Security Affairs - Stiftung Wissenschaft und Politik (SWP) en Berlín (Alemania), e Intern el departamento de riesgo político y amenazas transnacionales del International Institute for Strategic Studies (IISS) en Londres (Reino Unido).

Editado por: Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI). Lugar de edición: Granada (España). ISSN: 2340-8421.

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