El cambio doctrinal, clave de la innovación militar

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Análisis GESI 15/2014

Las innovaciones militares son esencialmente doctrinales. Y los cambios de doctrina surgen porque se detecta una falta de adecuación de las fuerzas armadas a las condiciones actuales del combate. Dicha detección puede producirse por un shock (una derrota, un desastre militar…) o por un análisis de los cambios en la situación: nuevas tecnologías, nuevos modelos de combate….

El shock es más trascendente, y es un motor de cambio mucho más importante, por una razón muy sencilla: la prueba de la inadecuación de la doctrina al combate es incontrovertible, es la propia derrota o desastre que produce el shock.

La blitzkrieg nace de un shock (la derrota alemana en la Gran Guerra), de la misma forma que la renuncia a ella surge también de la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial. La ‘revolución Meiji’ nace de otro shock, la humillación de Japón ante la artillería del Comodoro Perry… El shock puede tener dos efectos: la innovación dirigida a sobreponerse a la causa que lo provoca (caso de la blitzkrieg, orientada a vencer en 1939 en la misma guerra que la Alemania Imperial había perdido en 1914, o los emperadores japoneses del siglo XIX, empeñados en modernizar el país) o bien en ‘huir’ de la causa del shock, como, por ejemplo, hizo el U.S. Army tras Vietnam (la AirLand Battle excluye completamente la contrainsurgencia) o Alemania tras la Segunda Guerra Mundial (paso de una sociedad militarista a una pacifista y abandono de la blitzkrieg, eminentemente ofensiva).

Cuando no se produce ese shock, la inadecuación de la doctrina a las condiciones del combate (desconocidas), es una cuestión susceptible de discusión. La propia definición de cuáles serían las hipotéticas condiciones del combate es un asunto altamente especulativo, sujeto a opiniones ‘autorizadas’ que pueden ser completamente erradas… o no. Como ejemplo, los ejércitos europeos de antes de la Gran Guerra esperaban que el combate en 1914 sería muy móvil y rápido (como las Guerras Napoleónicas, pero con ferrocarril). De hecho, los británicos llegaron a planear la supresión de toda la artillería de campaña de calibre superior a 75 mm, puesto que no creían que llegase siquiera a entrar en posición en el fluido combate que esperaban. La realidad posterior es conocida... Como consecuencia, esos cambios previos a la guerra nacen de apreciaciones discutibles y, en general, discutidas.

Cuando un ejército carece de experiencia en lo que se considera el combate ‘moderno’ (de cada época) tiende a imitar a aquellos otros que sí la tienen (o que cree que la tienen). Si el shock posee mucha más fuerza que la valoración de la inadecuación de la doctrina como elemento de innovación, la imitación tiene aún menos fuerza que ésta última: la imitación suele ser, en el mejor de los casos, parcial y superficial, y en muchos casos más aparente que real.

Cuando los cambios doctrinales propuestos implican dar más medios o recursos a un componente determinado de las fuerzas armadas, aparecen intereses corporativistas que favorecen o entorpecen la innovación propuesta. Las rivalidades inter-servicios e intra-ejércitos nacen de estas innovaciones, pero muy rara vez las crean: en la mayoría de los casos, no es la rivalidad inter-servicios/intra-ejércitos el ‘motor’ del cambio, sino que esa rivalidad es ‘consecuencia’ del cambio doctrinal propuesto.

En realidad, cada ejército (tierra, mar y aire) tiene su doctrina específica. No existe hoy en día una verdadera doctrina conjunta, más allá de arreglos ad-hoc, para cada caso y cada conflicto. En general, la puesta en práctica de una nueva doctrina específica requiere la adquisición de nuevos medios o recursos. Cuando, además, esta doctrina específica asigna el papel fundamental en el combate a un ejército determinado (normalmente, el que la propone), en perjuicio de los otros, aparece esa ‘rivalidad’ inter-servicios. El caso del nacimiento de las teorías sobre el ‘poder aéreo estratégico’ es un caso evidente de este proceso. De la misma forma, dentro de los ejércitos existen diferentes formas de entender el combate, que le dan prioridad a un componente de ese ejército frente a otro, repitiéndose el proceso explicado en un nivel inferior. Algunos ejemplos podrían ser:

 

Doctrina terrestre: fuego contra maniobra

Además de las diferencias acerca de las capacidades necesarias para las operaciones de alta intensidad y las de estabilización (un debate fundamental que merece tratamiento separado), los ejércitos de tierra occidentales se debaten entre dos orientaciones diferentes acerca del modo de combatir en ambiente de alta intensidad: las ‘doctrinas de fuego’ o las ‘doctrinas de maniobra’. Este debate nace durante la Primera Guerra Mundial y básicamente se refiere a la orientación de la fuerza militar hacia la destrucción física del enemigo (‘doctrinas de fuego’) o hacia la búsqueda de su colapso organizativo, sin que implique necesariamente su destrucción física (‘doctrinas de maniobra’).

A partir de esta descripción, parece evidente que las ‘doctrinas de maniobra’ son preferibles. Sin embargo, la elección es más compleja: las ‘doctrinas de fuego’ ofrecen ‘garantías’ de victoria a los Estados industrialmente más poderosos, capaces de desplegar una enorme potencia de fuego y de asumir un desgaste importante; en cambio las ‘doctrinas de maniobra’ obligan a realizar maniobras arriesgadas, buscando infiltrarse en la retaguardia enemiga y aislar logísticamente al enemigo, operaciones en las que el fracaso siempre es una posibilidad.

Las ‘doctrinas de fuego’ son preferidas por los Estados industrialmente y poblacionalmente fuertes, mientras que las ‘doctrinas de maniobra’ son la opción con la que los Estados con fuerzas armadas reducidas intentan obtener resultados favorables. Estas diferentes orientaciones conllevan otras consecuencias: las ‘doctrinas de fuego’ no requieren tropas muy adiestradas (por lo que son aptas para los ejércitos de recluta forzosa), tienden a una gran centralización en el mando (que favorece el control político), desaconsejan la iniciativa de los niveles de mando subordinados, precisan tiempo para que la superioridad de medios se haga efectiva en el campo de batalla (lo que implica campañas largas) y la victoria se basa en agotar al enemigo (ocasionando conflictos cruentos y destructivos). Por su parte, las ‘doctrinas de maniobra’ precisan tropas de muy elevada calidad, con mandos con gran iniciativa (para aprovechar las oportunidades en el campo de batalla), prefieren campañas cortas que permitan la victoria antes de que la diferencia de medios incline la balanza en contra y buscan el colapso del enemigo, no su destrucción.

En Occidente, Estados Unidos y Francia han sido los principales valedores de las ‘doctrinas de fuego’, extendiéndose esta orientación al resto de los aliados a partir del predominio militar norteamericano tras la Segunda Guerra Mundial. La blitzkrieg alemana de ese conflicto fue un ejemplo de aplicación de ‘doctrina de maniobra’, y la derrota alemana contribuyó al ocaso de esa orientación.

En la década de 1960 se produce un ‘renacimiento’ de las ‘doctrinas de maniobra’ de la mano del ejército israelí, enfrentado a la inferioridad material similar a la de la Alemania de entreguerras. Posteriormente, el poderío soviético y la profesionalización del ejército norteamericano (con la consiguiente reducción de efectivos) obligó a Estados Unidos a reconsiderar su orientación doctrinal, llegando a la AirLand Battle de 1986. Posteriormente, el entonces Secretario de Defensa Donald P. Rumsfeld forzó al ejército norteamericano a adoptar una ‘doctrina de maniobra’ más decidida, durante la invasión de Irak en 2003, intentando extender este enfoque a través de la NATO Response Force (NRF).

La posguerra iraquí y la insurgencia afgana han pospuesto este debate, pero el anunciado final de las operaciones de estabilización hará que muy probablemente vuelva a ponerse de actualidad.

Ninguna de las dos orientaciones doctrinales terrestres citadas se plantea directamente el papel de las fuerzas terrestres en el combate. Sin embargo, sí tienen una diferencia fundamental: en las ‘doctrinas de fuego’, cada ejército puede actuar de forma casi independiente, siempre y cuando todos se enfoquen al agotamiento humano y logístico del enemigo. Por su parte, en las ‘doctrinas de maniobra’ las fuerzas terrestres cuentan con el fuego aéreo para evitar la dependencia de las unidades terrestres de la artillería de campaña y de la logística asociada a su municionamiento. En consecuencia, la ejecución de una ‘doctrina de maniobra’ implica necesariamente el concurso de medios aéreos (de ahí el nombre de AirLand Battle, que, sin embargo, es doctrina sólo terrestre).

 

Doctrina aérea: poder aéreo ‘estratégico’ o apoyo a superficie

Por su parte, las doctrinas de empleo de los medios aéreos oscilan entre dos polos: por un lado, las que defienden el ‘poder aéreo estratégico’, es decir, la capacidad de los medios aéreos de resolver una campaña de forma independiente y, en el opuesto, las que consideran que tienen un papel de apoyo a las fuerzas de superficie.

Aunque el origen del concepto de ‘poder aéreo estratégico’ es de los años veinte, el concepto ha evolucionado mucho, llegando a construcciones intelectuales complejas como la ‘teoría de los Cinco Anillos’ del Coronel (USAF) Warden. Es común a estos enfoques la idea de que el poder aéreo debe ser el elemento fundamental para la victoria, y que el resto de los medios militares deben apoyar su acción. La aviación debe dedicarse a la destrucción del sistema de mando y control enemigo o a la de sus instalaciones e infraestructuras críticas. En esta óptica, el empleo de medios aéreos para operaciones de apoyo a tierra sería una forma ineficiente de empleo del poder aéreo, y debería ser evitada.

En el polo opuesto estarían los que defienden que el papel esencial de la aviación debe ser el apoyo aéreo a las fuerzas de superficie. Esta tendencia es muy minoritaria entre los aviadores, aunque tuvo sus defensores entre los pilotos norteamericanos que participaron en la guerra de Vietnam, o entre los fundadores de la Luftwaffe alemana en la década de 1930. Actualmente, el empleo del poder aéreo en las operaciones de Afganistán es esencialmente de apoyo táctico.

 

Doctrina naval: ‘blue waters/brown-green waters’

De forma similar al caso anterior, la doctrina naval oscila entre dos tendencias: una orientada al control de las rutas marítimas que constituyen el esqueleto del comercio mundial (en la línea de las teorías de Mahan), y otra más orientada a la proyección del poder naval sobre tierra.

La primera está orientada hacia un enfoque ‘económico’ de los conflictos: en una guerra entre grandes potencias, quien domine las rutas de comercio marítimo acabará por ‘estrangular’ la economía del adversario. Las armadas con esta orientación se componen de buques o submarinos oceánicos, diseñados para combatir en alta mar, capaces de operar durante largos periodos (‘blue waters navies’).

La segunda tendencia considera que el ‘poder naval’ constituye una excelente plataforma para ejercer poder militar directo sobre tierra, teniendo en cuenta que el 90% de la población mundial habita a menos de cien millas de la costa. Las armadas orientadas a este fin se componen de buques de proyección, de asalto anfibio y de combate de pequeño porte y escaso calado (‘brown/green waters navies’).

Las armadas de la Guerra Fría se centraban en el combate naval frente a los submarinos soviéticos (en nuestra Armada se tradujo en la adquisición de las fragatas F-80, a imagen de las norteamericanas clase Oliver Hazard Perry), y en defender a los portaviones frente a masas de misiles soviéticos (razón del desarrollo de los sistemas Aegis, base de nuestras F-100). Estas blue waters navies tuvieron que cambiar su enfoque hacia la proyección de poder naval sobre tierra, dando predominio a los medios costeros y anfibios, más adecuadas para las operaciones de estabilización. La US Navy está en proceso de desarrollo de un nuevo concepto de operaciones, oscilando entre el significativamente denominado Air-Sea Battle, enfocado nuevamente hacia el combate aeronaval de alta intensidad, y combinando el dominio de las rutas marítimas con la proyección de poder naval sobre tierra. Proyección basada en el empleo de aeronaves, y, que, por lo tanto, precisa el concurso del ‘poder aéreo’, y el llamado Offshore Control, menos agresivo, basado en el control de las rutas marítimas, excluyendo ataques a tierra.

 

Conclusión: la inercia organizativa de los ejércitos ante la innovación doctrinal

Los ejércitos son instituciones muy conservadoras, por motivos variados. El primero podría deberse a que las consecuencias de una derrota se pagan muy caras: bien con muertos, bien con pérdidas territoriales, bien con la desaparición de la entidad política que los crea y los mantiene. El general Abrams, jefe del TRADOC norteamericano, decía: ‘Doctrine kills!’ (¡la doctrina mata!). La buena doctrina mata al enemigo, la mala a los soldados propios. Como consecuencia, la innovación es un factor que no siempre se mira favorablemente. De hecho, los ejércitos tienden a repetir sus formas ‘tradicionales’ (y exitosas) de combate antes que poner en práctica una doctrina desconocida. Por eso mismo, entre otros factores, tienen una enorme inercia doctrinal y organizativa… Lo que no es siempre negativo.

En segundo lugar, en ausencia de un shock como los descritos, la variación en las condiciones del combate es, como se ha comentado, materia especulativa y discutible. Por ello siempre habrá opiniones divididas acerca de los cambios doctrinales propuestos, y, por eso mismo, una postura prudente ante los cambios radicales es siempre una opción fácil de argumentar.

Otros factores de inercia, menos importantes en teoría pero de importancia práctica real, serían de origen corporativista, de organización del sistema de enseñanza militar, de intereses industriales…

En conjunto, la innovación doctrinal es un proceso que siempre va a encontrar importantes resistencias. De hecho, la Historia militar universal está llena de grandes innovadores cuyas carreras militares fueron poco exitosas en su día, precisamente por su empeño en impulsar cambios de gran magnitud.

 

Carlos Javier Frías es Teniente Coronel de Artillería, Diplomado en Estado Mayor y Máster en Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional por la Universidad de Granada.

Editado por: Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI). Universidad de Granada. Lugar de edición: Granada (España). ISSN: 2340-8421.

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