El ascenso de la geoeconomía y la política exterior de la administración Trump

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En su discurso en la cumbre de la APEC de noviembre de 2017, el presidente Trump identificó la seguridad económica como seguridad nacional y la definió como vital para la fortaleza nacional de Estados Unidos. De igual forma, a lo largo de su mandato, diferentes instrumentos económicos como la cooperación internacional para el desarrollo, la imposición de aranceles, el veto a la contratación con determinadas empresas tecnológicas como Huawei o las sanciones han tenido una importancia central en el marco de su política exterior. ¿A qué se debe este importante protagonismo reciente de instrumentos económicos para defender cuestiones de política exterior y seguridad nacional, antes consideradas un ámbito exclusivo de estudio de los economistas?

En una de las obras de más interés en los últimos años sobre la interrelación entre los elementos económicos y las cuestiones de seguridad nacional y política exterior, War by Other Means. Geoeconomics and Statecraft, Robert Blackwill y Jennifer M. Harris ofrecen una visión diferente de un objeto de estudio de reciente conceptualización: el de la geoeconomía.

La geoeconomía es un concepto que se ha puesto de moda en tiempos recientes y cuya definición está sometida a debate. Frente a conceptualizaciones previas como la de Edward Luttwak, Blackwill y Harris ofrecieron una visión sencilla y concreta: el uso de instrumentos económicos para lograr objetivos de política exterior, entendidos generalmente en términos de seguridad. Esta definición tiene la ventaja de valorar la importancia que los instrumentos económicos pueden tener a efectos políticos y ofrecer una interpretación desde una perspectiva política, a la que la mayor parte de economistas, por cuestiones teóricas o ideológicas, han sido enormemente reacios.

Los instrumentos económicos que incluiría la geoeconomía serían de diferentes tipos y abarcarían una amplia panoplia que iría desde las políticas comerciales hasta la imposición de sanciones, pasando por la política de cooperación para el desarrollo o la política de inversión en el extranjero. Algunos ejemplos de esta política irían desde el Plan Marshall hasta la Asociación Transpacífica propuesta por la Administración Obama.

Según estos autores y si bien en su ascenso como gran potencia, Estados Unidos hizo un amplio uso de estos instrumentos, en las últimas décadas ha existido un cierto abandono de dicha tradición de políticas de Estado en favor del uso de instrumentos militares, con la importante salvedad de las sanciones. En cambio, otras grandes potencias como Rusia y, especialmente, China harían un amplio uso de los instrumentos geoeconómicos para defender sus intereses nacionales. Incluso actores estatales de entidad menor a las anteriores como Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos también se han caracterizado por su empleo a gran escala cuando estaba en su interés hacerlo, como ha sucedido a la hora de apuntalar el régimen egipcio tras el golpe que derribó al presidente Morsi.

Blackwill y Harris defendieron la necesidad de que Estados Unidos recuperarse esta tradición política dada la importancia crítica que podría tener en el futuro para la defensa de sus intereses nacionales. Sin embargo, esta interpretación que parece incardinarse dentro de una tradición realista que siempre ha considerado la economía de un Estado como parte del poder duro del mismo, no tiene nada de novedosa.

Ya en 1962 y a raíz de una conferencia y posterior artículo sobre la ayuda exterior ofrecida por Estados Unidos: “A Polítical Theory of Foreign Aid”, el que es considerado por muchos como el padre de la disciplina de las Relaciones Internacionales y uno de los primeros y más importantes defensores de la corriente del realismo político, Hans Morgenthau, defendió la necesidad de utilizar instrumentos como la cooperación para el desarrollo a efectos de defender los intereses nacionales estadounidenses, dada la imposibilidad de hacerlo siempre a través de vías puramente diplomáticas o militares. Asimismo, resaltaba que la ayuda exterior es lo suficientemente importante a efectos políticos para ser un objeto de preocupación e interés por parte de los expertos en este ámbito, algo perfectamente aplicable a otros instrumentos geoeconómicos.

Si bien los instrumentos geoeconómicos ya fueron utilizados por la Administración Obama, especialmente en aspectos relacionados con el libre comercio, tal y como el caso del TPP -y, en menor medida, del TTIP- ejemplifica; los autores que se han ocupado de estudiar los aspectos geoeconómicos no podían esperar que fuese precisamente la Administración Trump, la que haya desarrollado y aplicado en mayor medida este tipo de instrumentos, recuperando esta antigua tradición estadounidense de hacer política exterior.

Con todo, no podemos dar por sentado que todas las decisiones tomadas por la misma tuviesen necesariamente una naturaleza geoeconómica en atención a sus finalidades de política exterior. El caso del libre comercio es un claro ejemplo de esto. Si bien los aranceles impuestos a los productos chinos y el veto a sus empresas tecnológicas pueden tener un sentido claramente geoeconómico, no está tan claro que otras decisiones como la imposición de aranceles a aliados como Canadá, Japón o la Unión Europea lo tengan. A este respecto y si bien la reducción del déficit, objetivo declarado de la Administración al respecto puede conducir a un fortalecimiento del poder duro estadounidense, hacerlo a costa de los aliados estadounidenses quizá no sea la mejor decisión estratégica al respecto. Consecuentemente, el presidente Trump parece haber priorizado objetivos de política interna e incluso electoralistas, como la recuperación del empleo en los estados afectados por la desindustrialización, elemento central para la elección y posible reelección del actual presidente.

La cuestión de las sanciones y de la cooperación para el desarrollo ofrecen una visión más clara sobre el uso de los instrumentos geoeconómicos. Ambas modalidades han sido utilizadas de manera reiterada y tienen una importante tradición en su aplicación por Administraciones precedentes para defender los intereses nacionales estadounidenses, aunque el caso de las sanciones no siempre produzca los resultados esperados, como el supuesto ruso ejemplifica. La cooperación para el desarrollo mantiene su continuidad en el ámbito práctico como instrumento geoeconómico y esta finalidad ha sido claramente defendida por el propio presidente Trump, tal y como se ha visto en supuestos como el de la contención de la inmigración ilegal procedente de Centroamérica, la lucha contra el terrorismo o el apoyo a la oposición venezolana.

La geoeconomía, entendida desde la perspectiva definida por Blackwill y Harris, está aquí para quedarse. El comportamiento de diferentes potencias que van desde Estados Unidos a China, pasando por Rusia, Arabia Saudí e incluso organizaciones internacionales como la Unión Europea, parecen claramente indicarlo. Sería interesante, en especial dado el comportamiento ocasionalmente errático de la Administración Trump, una mayor planificación estratégica en su diseño y una mayor prudencia en su aplicación, en especial con sus propios aliados.

Tal y como sostenía Morgenthau en 1962, si la ayuda militar es demasiado importante para dejarla en manos de los generales, la ayuda exterior es demasiado importante como para dejarla en manos de los economistas. Esta afirmación es perfectamente aplicable a cualquier otro instrumento geoeconómico y tiene una enorme actualidad. En consecuencia y a la vista de los acontecimientos, no podemos esperar sino que los instrumentos geoeconómicos vayan adquiriendo una importancia cada vez mayor en el marco de la competición entre grandes potencias en el sistema internacional contemporáneo, constituyendo un objeto de estudio del máximo interés para los especialistas que se ocupan del análisis de la política exterior y de las cuestiones de seguridad internacional.

Juan Tovar Ruiz es Profesor Contratado Doctor Interino de Relaciones Internacionales en la Universidad de Burgos.