Doctrinas de fuego y doctrinas de maniobra

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La Primera Guerra Mundial supone la aparición de dos tendencias doctrinales. Una de ellas abarca aquellas doctrinas que basan la maniobra en las posibilidades de su sistema de apoyo de fuegos, y que se suelen denominar ‘doctrinas de desgaste’ o ‘doctrinas de fuegos’. En estas doctrinas, la maniobra se construye alrededor de planes de fuego muy potentes, planeados hasta el último detalle, centralizados al máximo nivel y coordinados por procedimiento (por horario, por hitos de avance…). La doctrina aliada de la I Guerra Mundial es un caso paradigmático de ‘doctrina de fuegos’. 

La ‘doctrina de maniobra’, definida por oposición a la ‘doctrina de fuegos’, es aquella en la que los fuegos apoyan a la maniobra en el sentido de facilitarla, pero no la condicionan. En la I Guerra Mundial, la Alemania Imperial intentó recuperar la maniobra, recurriendo a tácticas de infiltración por sectores poco guarnecidos y a ataques por sorpresa, evitando los avances metódicos precedidos de masivos bombardeos artilleros. La victoria alemana en Caporetto (1917) o la ofensiva Kaiserschlacht (1918) son ejemplos de este tipo de tácticas. En ellas toma un papel fundamental el concepto tradicional prusiano de auftragstaktiks, que la OTAN traduce hoy como misión command o ‘mando orientado a la misión’.

En las ‘doctrinas de fuegos’, la iniciativa no es un valor deseable: lo que se espera de las unidades es que ejecuten con precisión milimétrica su parte del plan. Un movimiento realizado antes o después de lo previsto puede hacer que una unidad propia avance sin apoyo de fuegos o, peor aún, que sea víctima del fuego de artillería propio.

En las ‘doctrinas de maniobra’ ocurre lo contrario: el subordinado debe ‘buscar la información’, y adecuar su modo de actuar a la información conseguida, siempre persiguiendo cumplir con la misión asignada por su nivel de mando superior. Esta misión es mucho más genérica que en el caso de las ‘doctrinas de fuego’ y no debe condicionar la libertad del subordinado para ejecutarla. Un buen ejemplo de esta forma de actuar fue la espectacular acción del entonces Teniente Erwin Rommel en la batalla de Caporetto en 1917, que condujo a una victoria casi decisiva frente a Italia. Rommel relató estas acciones y su proceso de toma de decisiones en su conocido libro ‘¡La Infantería al ataque!’ (1937).

Las ‘doctrinas de fuego’ obligan a generar órdenes muy detallas y voluminosas, que contemplen todos los posibles desarrollos del combate. En consecuencia, requieren grandes Puestos de Mando y precisan mucho tiempo para alcanzar una decisión. A cambio, no precisan tener una gran calidad en las unidades subordinadas, por lo que son muy adecuadas para Ejércitos de leva. Este tipo de doctrinas favorecen a los Estados industrialmente poderosos, pues, al final, se basan en la aplicación de enormes masas artilleras, sólo sostenibles gracias a un poderío industrial equivalente. Este tipo de doctrinas suponen la traducción directa del poderío productivo de la Revolución Industrial en poder militar. Por todo ello, no es sorprendente que los aliados siempre prefirieran ‘doctrinas de fuego’.

Las ‘doctrinas de maniobra’ permiten emitir órdenes muy genéricas, fijando cuál es el objetivo que espera conseguir el Mando superior, y confiando el modo de hacerlo a la iniciativa de los niveles subordinados. Esta simplicidad de procedimientos permite procesos de toma de decisiones muy rápidos y generan órdenes muy breves (incluso verbales) y también permite Puestos de Mando muy reducidos y muy móviles. A cambio, exigen una elevadísima calidad de mandos a todos los niveles. Implican la búsqueda de la batalla decisiva y la asunción de importantes riesgos. Los alemanes fueron los principales valedores de este tipo de doctrinas.

Carlos Javier Frías es Teniente Coronel del Ejército de Tierra español, destinado actualmente en Cuartel General del Ejército de Tierra