Desarrollos doctrinales: el periodo de entreguerras

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La Gran Guerra supuso un cataclismo geopolítico: al final de ese conflicto, el mapa político del mundo era notablemente diferente del de 1914. Tres grandes Imperios (el alemán, el austro-húngaro y el otomano) habían desaparecido, mientras que habían surgido en Europa muchos nuevos Estados (Checoslovaquia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Finlandia, Yugoslavia…) y otros habían cambiado sus fronteras (Alemania, Hungría, Polonia, Bélgica, Dinamarca, Italia…). Rusia se encontraba inmersa en una guerra civil de resultado imprevisible, mientras que Japón aparecía como una nueva potencia. Alemania había perdido sus colonias en beneficio de franceses y británicos, que también se habían repartido el Oriente Medio que perteneció al Imperio turco. El nuevo mapa del mundo, implicaba cambios en las relaciones entre las viejas Grandes Potencias y entre ellas y los nuevos Estados.

Desde el punto de vista doctrinal, el periodo de entreguerras es un periodo extraordinariamente fértil, centrado en resolver un problema militar de importancia capital: evitar el estancamiento que había caracterizado al Ffrente Occidental durante la Gran Guerra, que, para todos los posibles contendientes, implicaba la asunción de una cantidad de bajas desorbitada en caso de un nuevo conflicto (poniendo en cuestión la propia utilidad de la guerra como instrumento de la política) y que, además, en el caso de los vencidos (especialmente de Alemania) los condenaba a ser derrotados inevitablemente en cualquier futuro conflicto con los industrialmente más poderosos aliados.

Los estudios doctrinales partían lógicamente de la experiencia táctica de la Gran Guerra, pero, obviamente, no podían ignorar factores estratégicos, económicos y sociológicos puestos de relieve por el conflicto. Cada una de las Grandes Potencias que participaron en ese conflicto abordó el problema de forma diferente, según su propia experiencia y su situación geopolítica.

Desde el punto de vista estratégico, Francia no podía ignorar que la vencida Alemania seguía teniendo una población de 60 millones de habitantes, por menos de 40 millones de Francia. Por ello, el principal objetivo político de Francia en 1918 era debilitar tanto a Alemania que no pudiera suponer una amenaza, evitando así una futura agresión alemana. Pero Francia también era la Gran Potencia que más pérdidas humanas había sufrido durante la Gran Guerra: el 28,5 % de la población masculina en edad militar resultó muerta o seriamente herida en ese conflicto; sobre unos 20 millones de hombres, 1,4 millones resultaron muertos y 4,3 millones resultaron heridos, cifras solo superadas (en proporción) por Serbia. En consecuencia, Francia asumía que, dado el coste humano de una ofensiva y su desventaja poblacional con respecto a Alemania, en caso de un nuevo conflicto una acción ofensiva contra Alemania era imposible. Además de estos factores estratégicos, la victoria alcanzada parecía confirmar la bondad de las ideas doctrinales puestas en práctica en 1918.

En el extremo opuesto, en Alemania, los factores estratégicos seguían siendo básicamente los de 1914, junto con otros nuevos derivados del resultado desfavorable del conflicto. Alemania seguía teniendo Estados hostiles en sus fronteras occidental y oriental (Francia y Polonia). Y, aunque Polonia fuese un enemigo muy inferior a lo que había sido el Imperio Ruso en 1914, a diferencia de entonces, las limitaciones impuestas por los vencedores a las Fuerzas Armadas alemanas hacían a la República de Weimar incapaz siquiera de defender su territorio frente al modesto Ejército polaco y absolutamente impotente para resistir al Ejército francés. Sin embargo, Alemania había perdido sus colonias, su flota y sus deseos de crear un Imperio ultramarino, lo que había eliminado cualquier motivo de conflicto con Gran Bretaña.

No obstante, las durísimas condiciones que los tratados de paz impusieron a los vencidos presagiaban un retorno a las hostilidades. En efecto, la serie de tratados que pusieron punto y final a la guerra (el Tratado de Versalles, con Alemania, el de Saint-Germain-en-Laye con Austria, los Tratados de Sèvres y Lausana con Turquía, el de Neully con Bulgaria y el de Trianon con Hungría) se caracterizaron fundamentalmente por el deseo francés de evitar un futuro resurgimiento alemán, imponiendo unas condiciones cuyo cumplimiento condenaba inevitablemente a Alemania a la pobreza, lo que abocaba a la recién nacida República de Weimar a una constante inestabilidad política, y a un inevitable incumplimiento futuro de estos Tratados.

El Estado Mayor alemán se enfrentaba a un problema de solución casi imposible: crear, dentro del estrechísimo marco del Tratado de Versalles, unas Fuerzas Armadas capaces al menos de defender el territorio alemán. Las limitaciones impuestas por el Tratado de Versalles hacían aún más agudo el problema doctrinal a resolver: aceptar como las únicas posibles las tácticas empleadas en la Gran Guerra condenaba a Alemania a la derrota en el nuevo conflicto que parecía adivinarse. En consecuencia, Alemania inició una revisión completa de su doctrina casi desde el momento de la firma del armisticio. Siguiendo a Mahan, “la derrota grita pidiendo una explicación, mientras que el éxito, como la caridad, cubre una multitud de pecados”.

Desde el punto de vista sociológico, en un primer momento, los horrores de la Gran Guerra se tradujeron en un aborrecimiento general de la guerra y de la violencia. Sin embargo, las duras condiciones que los tratados de paz impusieron a los vencidos suponían no solo una humillación nacional, sino que crearon regímenes débiles e inestables, sumidos en una continua crisis económica y política. En consecuencia, el rechazo social a la posibilidad de una nueva guerra fue de corta duración en el bando perdedor (especialmente, en Alemania, la más castigada por las condiciones impuestas por los vencedores).

El inmenso coste humano del conflicto y la impopularidad social de la guerra, llevaron también a una tendencia general a considerar la creación de Ejércitos profesionales, más reducidos, en los que su menor tamaño se compensaría con la aplicación masiva de soluciones tecnológicas, destacando entre ellas la motorización y la potenciación de la Aviación.

La oposición social a la guerra tuvo consecuencias profundas en el campo doctrinal, acentuadas aún más por la gran diferencia de este rechazo entre vencedores y perdedores. Mientras que en Francia el rechazo a una nueva guerra era absoluto y llegaba a determinar la política del Estado francés, Alemania se preparó casi desde el momento de la firma del Tratado de Versalles para un conflicto que entendía inevitable. Por su parte, el Reino Unido, desaparecida Alemania como rival del Imperio Británico, no veía ningún interés en intervenir en un nuevo conflicto en suelo europeo y los Estados Unidos se mantenían en el convencimiento de que ninguna futura guerra europea llegaría a afectarles. Estas diferencias de enfoque se tradujeron en concepciones doctrinales diferentes: Francia adoptó una doctrina absolutamente defensiva, Alemania, por el contrario, necesitaba una victoria rápida que sólo la ofensiva podía otorgarle. El Reino Unido se vio atrapado entre dos requisitos contrapuestos: por un lado, la necesidad de encontrar una solución a la parálisis de la maniobra en el caso de un nuevo conflicto europeo (que, en cualquier caso, consideraba poco probable), y por otro la adaptación de sus Fuerzas Armadas a las labores de defensa de su ampliado Imperio.

Por su parte, Estados Unidos consideraba que su Ejército no volvería a ser empleado fuera del continente americano (valoraba un nuevo despliegue en Europa como una posibilidad muy remota), por lo que su interés en desarrollar nuevos conceptos para una muy improbable guerra de alta intensidad era prácticamente nulo. Por último, en 1918, Rusia, inmersa en una guerra civil combatida en espacios inmensos y con una bajísima densidad de ocupación del terreno, tenía problemas inmediatos más urgentes que la revisión de su doctrina. Sin embargo, la experiencia de la guerra civil rusa constituyó la base de los desarrollos doctrinales soviéticos a partir de 1921.

Pese a estas diferencias, desde el punto de vista estrictamente militar, el periodo de entreguerras se caracterizó por un importante desarrollo doctrinal, en gran medida como consecuencia del citado convencimiento de los alemanes de la inevitabilidad de un nuevo conflicto continental, y del deseo de franceses y británicos de encontrar una solución al problema de la parálisis de la maniobra que había caracterizado a la Gran Guerra. Mientras alemanes y franceses continuaron profundizando en “su” particular (y opuesta) solución al problema de la vulnerabilidad de la Infantería y de la Caballería, los anglosajones pensaban que podrían escapar a cualquier futuro conflicto europeo, lo que minaba sus esfuerzos para desarrollar una doctrina de combate para una nueva guerra en Europa.

Carlos Javier Frías es Teniente Coronel del Ejército de Tierra español, destinado actualmente en Cuartel General del Ejército de Tierra.