Desafíos territoriales del terrorismo salafista-yihadista en el mundo árabe, tras la derrota del Daesh en Irak y Siria

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Análisis GESI 26/2018

Resumen: Desde las denominadas Primaveras Árabes en el 2011, el mundo árabe se ha visto sacudido tanto por los numerosos reclamos de democracia y libertades como por la irrupción de grupos armados, en un escenario de “proxy war” que ha transformado el paisaje regional.

Países como Yemen, Siria o Iraq se han visto convertidos en tableros de ajedrez geopolítico en el que terceras potencias regionales como Arabia Saudí, Turquía o Irán, y planetarias como EEUU, Reino Unido o Rusia se disputan la hegemonía en función de sus respectivos intereses. Un escenario caótico donde por causalidades estructurales se han propiciado escenarios favorables a la proliferación de grupos terroristas de corte salafista-yihadista, puesto que la mayor fragilidad de algunos estados ha posibilitado el crecimiento de una vulnerabilidad social pre-existente, y en el que además las narrativas que distorsionadamente asocian el islam a la violencia son difundidas por grupos terroristas sin encontrar como barrera una fuerte contra-narrativa capaz de trasladar la lucha anti-terrorista al terreno cultural e ideológico . Este artículo pretende analizar por qué, a pesar de la derrota del DAESH en Iraq y Siria y de las “horas bajas” de dominio territorial directo de grupos terroristas, el salafismo-yihadista mantiene casi intacta su capacidad de acción y sus peligrosas capacidades adaptativas de mutar.

 

Introducción

Entre los mayores retos para la seguridad mundial encontramos inequívocamente al terrorismo salafista-yihadista. Aunque desde algunos medios occidentales parezca, en ocasiones, un fenómeno que afecta y amenaza casi en exclusividad a Occidente, la realidad es un tanto más compleja y (geo)políticamente multipolar, donde cabe decir que más del 85% de las víctimas mortales del DAESH han sido musulmanas, según la ‘Global Terrorism Database’ (Picazo y Sánchez, 2016). De hecho, quizás los mayores retos que esta etiología terrorista ha planteado sobre el terreno han sido en el mundo arabo-islámico; en países como Somalia, Yemen, Libia, y el conocido (y no tan reciente como aparenta) caso del ISIS en Irak y Siria. Amenaza que trasciende el mundo árabe generando también conflicto en el mundo islámico en general, puesto que, en países como Afganistán, Pakistán, Nigeria o Malí, han arraigado, de forma más o menos relevante, las premisas del salafismo-yihadista, llegando incluso a un estricto control territorial.      

La derrota del autoproclamado Estado Islámico, que no es Estado ni es Islámico, en Irak y Siria va poco más allá de lo territorial, puesto que la ideología y las causas estructurales sobre las que se sustentó en su día la conquista y control de amplio terreno se mantienen presentes y latentes. Una problemática traducida en un duro dominio territorial por parte de grupos terroristas que no sólo se ha planteado en Irak y Siria, ni tampoco exclusivamente en los últimos 4 años. El falso califato controlado por el DAESH desde el 2014 en Irak y Siria no es más que un triunfo territorial tras varios intentos en años previos. De hecho, el propio DAESH tiene sus raícen en la Al Qaeda de Irak, a las órdenes del fallecido Al-Zarqaoui, quien ya desde 2004 mantenía una política de línea dura, pretendiendo diferenciarse así incluso de Al-Qaeda central. Separación que, aunque no oficializada, se convierte en un hecho pocos años más tarde.       

Esta política de línea dura, basada en la implementación por la fuerza de dominio territorial, ha estado presente también en otros países, dentro del seno de las diferentes filiales de Al-Qaeda, yendo frontalmente contra las directrices de la dirección de Osama Bin Laden, y más tarde, fallecido este, contra la dirección de Ayman Al-Zawahiri. Es así que en países como Yemen o Malí en 2012 se intentó instaurar un “califato”, o en Somalia en 2008 (McCants, 2016, pp.63-89). Por lo que las pretensiones de dominio territorial de grupos terroristas de corte salafista-yihadista viene de más atrás, y plantea así un reto allí donde arraigan socialmente. Aunque casos como el de Malí o Nigeria son paradigmáticos e importantes, en este trabajo nos centraremos exclusivamente en los principales países que, en el mundo arabo-islámico sufren presencia territorial importante de estos grupos. 

El mero empuje militar que ha ejercido, y sigue ejerciendo, el terrorismo no explica por sí sólo la amenaza. Puesto que es la existencia de graves causas estructurales la que empuja a personas a encontrar seductoras las premisas salafistas-yihadistas y que así acaben engrosando las filas de estos grupos terroristas. Es decir, este empuje militar es el resultado de la existencia de una vulnerabilidad social creada por estados fallidos o frágiles, y de la inexistencia de una contra-narrativa que combata ideológicamente al terrorismo, además de una islamofobia creciente en Occidente que otorga a los reclutadores yihadistas facilidades para retorcer su propaganda hasta tornarla en seductora.    
Obviando Irak y Siria, preocupantes son los casos de Somalia, Libia y Yemen. En Somalia al-Shabab llegó a controlar en 2006 incluso la capital del país. En Libia el ISIS pudo controlar allá por 2015 unos 200 kilómetros de costa, en pleno Mar Mediterráneo. Y en Yemen, que sufre hoy quizá la mayor crisis humanitaria del planeta, Al-Qaeda en la Península Arábiga (AQPA) ha mostrado en ocasiones su fortaleza, como en la organización de los atentados de la revista satírica francesa Charlie Hebdo en 2014. Así que, teniendo en cuenta estos precedentes y la actualmente convulsa y delicada situación geopolítica de la región en un escenario post primaveras árabes, es crucial valorar los factores de riesgo latentes que pueden ocasionar repetir escenarios de dominio yihadista similares a los acontecidos. 

       

 Al Qaeda y Daesh; diferencias doctrinales y estrategia   

Existen numerosos grupos terroristas que operan en el mundo árabe e islámico, tales así como Boko Haram (Nigeria), Al Shabab (Somalia), Al Nusra (Siria), etc. Pero son Al Qaeda e ISIS quienes mantienen una cierta hegemonía del terrorismo global, y a quienes se adhieren, siguen o juran fidelidad todos los demás grupos salafistas-yihadistas del mundo, aunque estas llamadas filiales luego mantengan cierta autonomía e independencia. Es necesario, por tanto, conocer las diferencias doctrinales existentes entre estos dos grupos, puesto que es en la tensión doctrinal entre ellos que se ha generado una diferencia clave en la forma de actuar de todos los demás grupos, y por ende, ha dado como resultado, entre otros, la proclamación del falso califato en Irak y Siria. De hecho, ambos grupos entraron en un conflicto, llegando a ser el ISIS (entonces llamado ISI O IS) expulsado de Al Qaeda por sus planteamientos más violentos y agresivos (McCants, 2016, Op cit, pp.109-115).   

Las premisas de la que parte tanto el ISIS como Al-Qaeda, se enmarcan en un discurso basado en antagonismos totales basados en a la diferenciación marcada entre el “ellos” (Occidente) y el “nosotros”, que beneficia tanto a la tarea de reclutamiento terrorista como a la radicalización islamófoba, compartiendo así la misma base doctrinal, pero las diferencias estrategias de difusión ideológica y crecimiento son, a veces, muy diferentes. La postura de AQ respecto de cómo debe ser la forma en la que conquistar hegemonía y engrosar sus filas es la llamada “estrategia de los corazones y mentes” (ibidem, pp.172-176). Que como su denominación indica pretenden ganarse los corazones y las mentes de los musulmanes, consiguiendo así reclutamientos para su lucha terrorista. Para ello plantean como importante no sobrepasarse con las poblaciones autóctonas y no proclamar estados islámicos sin haber conseguido previamente un significativo apoyo social de la población autóctona. Un largo manual, que traducido del árabe se llama “Llamada a la resistencia islámica global”, publicado en numerosas webs yihadistas, recoge la estrategia de AQ de los corazones y mentes, y es que como apunta su autor, el salafista Abu Musab al-Suri (2004, p.1518), “el movimiento islámico solo puede establecer la sociedad musulmana través de una yihad popular”. Este manual fue bastante acogido en su momento por las bases de Al-Qaeda, y aunque no siempre fue respetado en su petición de “mesura” por parte de los grupos terroristas, servía de modelo estratégico perfecto para cómo lograr la seducción mediante las premisas del salafismo-yihadista.   

Por su parte, DAESH toma unas formas estratégicas en las que la brutalidad que hemos visto con Al-Qaeda durante décadas se queda, paradójicamente, corta. No es que sean muchos más en número, ni que reporten una amenaza muchísimo mayor que AQ en cuanto a la seguridad mundial, pero los métodos son más directos, mediáticos y salvajes. Así, el manual que sigue el mal llamado Estado Islámico es el que ha sido calificado por algunos como “el Mein kampf de la yihad” (Aznar, 2015, p.2), sobre todo por la popularidad que posee entre los círculos salafistas-yihadistas. En dicho libro, su posible autor, Abu Bakr Naji, aunque expone que es importante ganarse el apoyo de la población mediante la implantación de un tejido social que posibilite la puesta en marcha de servicios públicos (Naji, 2004, p.11) y ganar el apoyo de las tribus locales, deja claro que la estrategia es el salvajismo y violencia sin paliativos, ejerciendo así, además, una desmesurada distorsión interpretativa del término yihad[1] (ibidem, p.31):   

“Quienes estudien la yihad tal como está escrita en el papel nunca entenderán bien este punto. […] Los veteranos y antiguos yihadistas saben que de lo que se trata es de violencia, crueldad, terrorismo, aterrorizar a otros y masacres. Los blandos que se aparte y se queden en casa.”       

 Es así como la doctrina y “filosofía” del ISIS sube un nivel más hacia la agresividad, tomando una estrategia en la que no importa lo que piensen los musulmanes del lugar, no importa si tienen su apoyo, y no es necesario derrocar al gobierno apóstata, sino que el deber y lo necesario es conquistar terreno y proclamar el califato por medio de la violencia y las armas. Este es, quizás, el cambio discursivo más importante respecto de las anteriores organizaciones terroristas (Stern y Berger, 2015, pp.108-109). Un cambio discursivo que no sólo se ha llevado a la práctica entre seguidores del DAESH, sino que ha sido una práctica previa a estos, dado que militantes internacionales de Al Qaeda, mucho antes del surgimiento del ISIS y contra las directrices de su dirección internacional, han proclamado o intentado proclamar, Estados islámicos (Somalia, Yemen o Malí). Intentos frustrados, en poco tiempo en su mayoría, pero que en algunos casos, como se verá en este texto, han servido de punta de lanza del avance por la hegemonía de la seducción de “los corazones y las mentes”.

 

Irak y Siria: Daesh     

Este es el caso más conocido, el más mediático. El caso del ISIS, el autoproclamado califato de Abu Bakr Al-Bagdadi. Entre 2014 y 2015, sus períodos de mayor éxito, llegaron a controlar extensiones de cientos de kilómetros en Irak y Siria, desde Aleppo (Siria) a Faluya (Irak), contando con ciudades como Mosul (Irak), la cual tiene más de un millón de habitantes. Llegaron a contar con miles de soldados, hay muchas fuentes hablando de diversidad de cifras, pero todas coinciden en mínimo unos 20.000 o 30,000 combatientes, llegando incluso a hablarse de más de 100.000 (2015, Caretti). Datos y cifras que no pueden ser tomadas a la ligera, debido al gran desembolso de capital económico que supuso el mantenimiento de esta organización, además de la efectividad y magnitud de difusión que supuso la maquinaria mediática de reclutamiento, en muchos casos exprés, destinada tanto a los países de mayoría islámica como en Occidente. Tanto por su potencial económico y radicalizador, esta organización merece mención especial, mostrando cómo fue su organización y de qué modo se “vivía” en sus territorios ocupados.         

Como se ha apuntado, todo grupo salafista-yihadista mantiene como fin último la creación de un supuesto califato, en donde las interpretaciones más distorsionadas del islam y la sharía rijan la vida pública. La diferencia está en que es el ISIS quien pretende conquistar territorios mediante una línea más dura que Al Qaeda, y en Irak y Siria lo llegó a conseguir.            

Aunque la historia del ISIS se enmarca en 2014, este grupo viene de mucho antes. Tras la invasión de EEUU a Irak del 2003, el jordano Abu Musab Al-Zarqaoui, fiel seguidor del también jordano y predicador salafista yihadista Abu Muhammad Al-Maqdisi, une su organización terrorista fundada en 1999, Jamaat Tawhid wal Yihad, a Al Qaeda, jurando fidelidad a la misma en el año 2004. Nace así Al Qaeda en Irak, a las órdenes de Al-Zarqaoui. Pronto comienzan las divergencias en cuanto a la estrategia para conseguir el ansiado califato. Zarqaoui, partidario de la línea dura del antes mencionado Naji, es directamente interpelado desde la dirección de AQ, tanto por Zawahiri como por Osama Bin Laden para que cese sus ataques a la población y rebaje tensiones. Muere en 2006, aunque sus objetivos de proclamar cuanto antes un califato son llevados a cabo por sus sucesores, Al Masri y Abu Umar Al Bagdadi, quienes ese mismo año proclaman el Estado Islamico de Irak, basándose en una profecía que aseguraba que el Mahdi[1] llegaría en menos de un año (McCants, 2016, Op cit, p.46). En 2010 mueren los dos dirigentes del ISI (islamic state of Irak), y es cuando el actual líder toma las riendas del EI, Abu Bakr Al-Bagdadi, quien en 2014 declara el Estado Islámico de Irak y Siria. Es a partir de aquí que comienza la maquinaria mediática de reclutamiento, y cambian los esquemas en Oriente Medio, inmerso todavía en las post-revueltas de las primaveras árabes.  

A new era has arrived of might and dignity for the Muslims” (una nueva era de dignidad y fuerza para los musulmanes ha llegado), así “luce” el primer número de la revista en inglés del ISIS, Dabiq (2014, p.8), acompañada de fotos profesionalmente cuidadas de los “impecables beneficios” que reporta el grupo a sus combatientes. Una estrategia enfocada al reclutamiento. En los territorios que gobernaron, los secuestros, los castigos corporales o las prohibiciones (fumar, música, deportes, etc) constituían una realidad para mantener la “rectitud moral” (Weiss y Hassan, 2015, p.203). Incluso también, muchos combatientes de otros grupos terroristas pasaron a engrosar las filas del ISIS atraídos precisamente por su brutalidad, igual que numerosos extranjeros radicalizados. Siendo la difusión de escenas violentas una de las estrategias de seducción del ISIS, que además de aterrorizar, les ha servido (y todavía podrían servir) para reclutar (Stern y Berger, 2015, op.cit, pp.72-73). Sin embargo, la brutalidad y salvajismo, aunque centrales, no constituyeron la única estrategia de arraigo para el ISIS. Puesto que funcionó en algunos aspectos, para ganarse el arraigo popular, como un Estado, llegando a cubrir necesidades básicas de la población, incluso mejor que con el gobierno central iraquí o sirio (Martín, 2015, p.17).  
Hoy nos encontramos que el DAESH ha perdido casi la totalidad de su territorio, reducido este a posiciones fronterizas en el desierto entre Irak y Siria, dónde poca población existe y son terrenos de escasa relevancia (geo)estratégica. Sin embargo, no debemos dar por muerta a esta organización, principalmente porque su ideología y legado siguen latentes, y entre otras cuestiones porque mantienen todavía un número de combatientes entre los 6.000 y los 10.000, que es más de lo que inicialmente en 2013 tenían (De la Corte, 2017, p.6). Aunque es cierto que su ansiedad por la pérdida de territorio y la desesperación les está empujando a rozar el ridículo mediante la reivindicación de cualquier hecho que parezca un atentado en el mundo, siguen todavía demostrado en varias ocasiones su poder de hacer daño allí donde se encuentran, con atentados de numerosas víctimas, siendo especialmente grave e importante la cadena de atentados suicidas que este pasado mes de julio dio como resultado más de 300 muertos en el sur de Siria (Alba, 2018). Como indica el analista Luis de la Corte (2017, op.cit. p.6); 

“Daesh podría recuperar poder territorial mediante la reconquista de todos o de alguno de sus territorios previamente sometidos a su control en el escenario sirio-iraquí: o bien gracias a la reimplantación de califato en algún otro territorio, previsiblemente en alguno de los países en que operan alguna de sus filiales”.

 

Libia: AQMI y DAESH

El otro gran bastión del ISIS fue Libia, donde entre 2015 y 2016 llegaron a dominar algo más de 200 kilómetros de costa, incluyendo ciudades de importante población y relevancia como Sirte, Bengazi o Derna. Sólo el hecho de controlar cientos de kilómetros de costa en el Mediterráneo, mar que baña las costas de Europa, no es una cuestión baladí. Llegaron a mantener un número elevado de militantes, con alrededor de los 5.000-6.000 efectivos, según las fuentes que se consulten. Hoy no tienen el mismo poder, aunque siguen latentes y vivos, sino en las mismas formaciones fieles al ISIS, en una fuerte y renovada Al-Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI). Veamos cómo se ha llegado a esta situación.          
Antes del estallido popular de las primaveras árabes del 2011, Muamar el-Gadafi era el líder y dictador de Libia, bajo cuyo mandato existía cierta estabilidad política. Tras la intervención internacional del país en ese mismo año, comienza el camino del actual estado fallido o frágil debido la total ausencia de un plan de estabilización y democratización post-intervención. En 2014 se acrecienta la polarización y los conflictos armados de baja intensidad con la aparición de dos gobiernos enfrentados, uno reconocido por organismos internacionales como la ONU, en Trípoli, y otro en Tobruk, con mayor apoyo militar y popular. Conflicto que se mantiene hasta el día de hoy, y en el que los dos gobiernos siguen enfrentados, donde de por medio se encuentran multitud de actores con intereses muy dispares, desde traficantes de armas y órganos, pasando por milicias islamistas armadas a grupos de mercenarios que hacen las veces de “seguridad privada”. Mientras que el gobierno de Trípoli, con Fayez al-Sarraj al frente, carece de legitimidad y ejército, es el general Khalifa Haftar, apoyado por la cámara de representantes de Tobruk, quienes hoy ostentan el control de dos tercios de Libia y grandes reservas de petróleo, además de acumular sonadas victorias y campañas militares (Fuente Cobo, 2017, p.13).     

En este escenario caótico, donde la población se encuentra desprotegida, el terrorismo salafista-yihadista ha estado con presencia territorial desde el año 2011, cuando el extinto grupo terrorista libio Ansar Al-Sharia, parte de la órbita de Al-Qaeda en el Magreb islámico, tomó el control de la ciudad de Derna. Control dominado hasta 2014, cuando fue el DAESH quien logró conquistar esta ciudad, y poco tiempo después, como se ha dicho, llega a controlar gran parte de la costa libia. El DAESH pierde relevancia tras una gran derrota en Sirte en diciembre del 2016, donde murieron unos 2.500 combatientes terroristas (ibidem, p4), y los militantes restantes fueron derrotados en la costa, relegados a tomar posiciones en el sur desértico del país. Ahora bien, además del control de estas residuales zonas desérticas, todavía mantienen unos 1.000 combatientes en activo.

No se puede subestimar a los grupos terroristas libios, quienes encuentran un escenario favorable para el control territorial, puesto que la multitud de actores sobre el terreno y la caótica situación de combates entre sendos gobiernos, como en Sirte, crean las grietas suficientes como para no descartar que penetren grupos como DAESH (Fuente Cobo, 2017, op cit, p.9). A ello hay que sumarle que el acercamiento entre AQMI y el DAESH está cada vez más cerca con el propósito de luchar conjuntamente contra el general del gobierno de Tobruk, khalifa Haftar (Bachir y Khider, 2018), y la existencia de células durmientes del DAESH en el sur del país. Convertir Libia en un tablero de ajedrez geopolítico internacional tampoco beneficia a la paz y estabilidad, apoyando Qatar y Turquía a Trípoli, y Egipto, Arabia Saudí, Emiratos Árabes y algunos países occidentales como EEUU o Reino Unido a Tobruk (Fuente Cobo, 2017, op cit, pp.11-12).       

 En definitiva, tal como apunta para el “Middle East Eye”, un activista libio (Westcott, 2017); “Libia es el tercer país de DAESH, y estos terroristas prosperan donde hay conflicto. […] además, ambos bandos están haciendo la vista gorda frente al DAESH. Haftar espera que DAESH ataque a Trípoli, y viceversa”.

 

 Yemen: AQPA          

Actualmente en el país se vive la mayor crisis humanitaria del mundo, que según datos de organizaciones como Intermón Oxfam (2017), hay 22 millones de personas, el 75% de la población, necesitada de ayuda humanitaria urgente, además de más de un millón de personas afectadas por el cólera. Una situación insostenible que se mantiene desde 2015, en el inicio de la guerra actual, en la que la mayor implicada es Arabia Saudí. País que ha bloqueado los puertos de Yemen y fronteras terrestres. Enmarcado, todo, en un escenario de proxy war, donde el país sur arábigo se ha convertido en campo de batalla (otro más) para las grandes potencias regionales, Irán y Arabia Saudí, apoyando el primero a los rebeldes hutíes, y el segundo pretende reestablecer un gobierno afín contra los hutíes. Siendo los hutíes e Irán chiíes y Arabia Saudí sunní, se pretende dar un paso más en un conflicto geopolítico que es revestido con intención performativa de un falso conflicto confesional entre sunníes y chiíes.   
Aunque el control territorial de los grupos salafistas-yihadistas está actualmente en horas bajas, es posible que sea sobre el terreno de Yemen donde encontremos mayor implementación territorial, en este caso con mayor fuerza por parte de Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA), siendo considerados por EEUU la rama más peligrosa a nivel mundial de Al-Qaeda. No hay más que echar la vista atrás a los atentados del 2014 en la sede parisina del semanario satírico Charlie Hebdo, coordinados y perpetrados desde AQPA, por lo que esta filial de AQ presenta una mayor y peligrosa proyección internacional. La presencia relevante en Yemen de AQ se remonta a poco antes de principios de este siglo, manteniendo gran actividad en sus inicios, llegando a asesinar a 17 soldados estadounidenses en el famoso ataque al buque estadounidense USS Cole en el 2000, o ataques que ocasionarían la muerte de 8 turistas españoles (Igualada, 2017, p.10). Pese a esta actividad de AQ en Yemen, no es hasta 2009 cuando se crea oficialmente AQPA, una organización que absorbe a más grupos, adquiriendo mayor fuerza y territorio tras el caos y vacío de poder generado tras las protestas populares de las primaveras árabes en 2011 (el entonces presidente Saleh huyó del país), donde a las órdenes del entonces joven, y ya fallecido, Nasir al-Wuhayshi, se conquistaron ciudades como Zinijibar y se declaró un emirato “islámico”, aunque estos territorios fueron derrotados en el año siguiente por falta de medios y presión militar externa (McCants, 2016, op cit, pp.65-77).  

Más fuertes se hicieron tras el 2014 y 2015 con el comienzo de la guerra que sigue hoy, llegando a dominar grandes zonas del sur y este del país, por los vacíos de poder generados tras el escenario de proxy war que se ha apuntado anteriormente. Avanzaban a paso ligero a través de la conquista de territorios controlados por los hutíes (Igualada, 2017, op cit, pp.10-11). Hoy no guardan el mismo control territorial que hace uno o dos años, pero siguen manteniendo posiciones relevantes en sur y este del país, y una fuerte alianza externa con el grupo terrorista somalí al-Shabab, que les permite sostener una proyección internacional nada despreciable (Hamad y Gutiérrez, 2015, pp.9-10). A todo ello hay que añadir la presencia del ISIS desde 2014, que aprovechando la situación de estado fallido yemení y su proyección mediática internacional se ha colado en Yemen para quedarse, realizando atentados de gran envergadura como el ocurrido en Saná, la capital, en marzo de 2015, que dejó más de 140 muertos en mezquitas chiíes.   

 

Somalia: Al-Shabab  

El 14 de Octubre de 2017, Mogadiscio, la capital de Somalia, sufrió los atentados más sangrientos de la historia con más de 500 muertos, solo superados por los conocidos atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York (EEUU). La cobertura mediática occidental fue injustificadamente escasa, casi rozando la ignorancia internacional, dadas las cifras de víctimas. El artífice de estos execrables actos fue al-Shabab, la organización terrorista que opera con fuerza en el país, e incluso controla parte del territorio.           

Somalia es definida desde hace más de diez años como un estado fallido, es por eso que el grupo al-Shabab ha podido hacerse con el control de amplias zonas, incluso la capital, desde comienzos de siglo XXI. Este grupo salafista yihadista nació entre 2003 y 2004 con el nombre de Harakat Shabab al-Muyahidín, funcionando como rama juvenil del movimiento islamista Unión de Cortes islámicas (UCI), quienes lograron tomar el control de la capital en 2006. Ese mismo año Etiopía interviene militarmente Somalia consiguiendo derrocar a la UCI, y entonces al-Shabab gana gran relevancia social y militantes, puesto que se posicionó como única alternativa capaz de vencer al invasor etíope (González, 2013), quienes constituyen el enemigo histórico en el imaginario social somalí. Al-Shabab lleva vinculada a Al-Qaeda desde 2007, aunque no fue hasta 2013 que se oficializa dicha unión como matriz y filial (ibídem, 2013). Existen también diferentes tendencias internas en al-Shabab, mientras unos optan por encontrar apoyos sociales, otros apuestan por la línea dura para llegar al control territorial, además de la existencia de una polarización interna entre quienes buscan objetivos nacionalistas y locales en Somalia y quienes apuestan más por una (mal llamada) yihad global. Pese a estas diferencias internas, es innegable el desafío territorial que plantea al-Shabab en Somalia, incluso con proyección internacional, dado que por sus costas pasa más del 20% del comercio global, y porque desde 2007 esta organización ha atentado con fuerza en países del entorno como Uganda, Kenia o Etiopia, llegando a ocasionar decenas y cientos de víctimas en cada atentado. Y aunque no mantienen el poder previo a 2011, siguen controlando vastas zonas del sur y centro del país, muy próximas incluso a la capital Mogadiscio. Han sobrevivido a la intervención de la coalición africana (AMISOM), a quienes todavía hoy siguen atacando (Aljazeera, 2018). Y a ello hay que sumarle, además de la fuerte conexión con Al-Qaeda, la irrupción del DAESH en el país, quienes consiguieron que una parte de al-Shabab se escindiese y jurase fidelidad a su líder, Abu Bakr al-Bagdadi.        

En definitiva, la actual situación caótica del país mantendrá latente la posibilidad de expansión territorial, donde la excesiva falta de policía e inteligencia en el país (Díez, 2017, p.3), sumado al grave drama humanitario, permite a al-Shabab destruir con éxito cualquier atisbo de reinstauración de la estabilidad institucional (ibidem, p.8).     

 

Conclusión    

La reciente derrota del ISIS en Irak y Siria no puede hacernos llegar a la conclusión de que este grupo, ni el salafismo-yihadista operante en otros países, esté derrotado porque hoy se mantenga un menor dominio territorial que hace unos años. Las motivaciones estructurales para la radicalización siguen ahí, los estados fallidos o frágiles de ayer siguen siendo fallidos o frágiles hoy, pudiendo, incluso, ir a peor, particularmente en el caso de Yemen. Por lo que para derrotar al terrorismo salafista-yihadista, además de la crucial y efectiva tarea de apoyo militar a actores regionales, es necesario atacar con mucha más fuerza a las causas estructurales que llevan a una persona a ser seducida por el mensaje violento y distorsionado del islam que predican los grupos como ISIS, al-Shabab o Al-Qaeda. Así, para avanzar contra el terrorismo de esta etiología se deberían dar, al menos, tres factores; potenciación de contra-narrativas al discurso salafista-yihadista, desmontar la islamofobia y combate de las desigualdades y vulnerabilidad social existente en los países árabes e islámicos.    

La vulnerabilidad social viene propiciada por diversos factores, pero principalmente por las injerencias extranjeras en estos países, bien por intervención directa como el caso de Irak en 2003, Libia en 2011, o bien mediante el escenario “proxy war”, donde combaten terceras potencias regionales e internacionales como es el caso de Yemen o Siria. El problema principal radica en que estas intervenciones, por lo general, no tienen ningún plan de estabilización o democratización posterior, y pueden ocasionar en los países musulmanes escenarios de desestabilidad en los que en su mayoría se dan estados fallidos (Libia, Irak, Afganistán), los cuales no pueden cubrir las necesidades sociales de la población, y por lo tanto, se generan las condiciones propicias para que grupos insurgentes o terroristas como ISIS seduzcan a mayor población mediante su propaganda, la cobertura de ciertos servicios públicos, o directamente mediante el terror, aprovechando los vacíos de poder e imponiendo la lógica del miedo. En palabras de Javier Martín (2015, op.cit, p.14):                

“Libia […] otros estados fallidos, como Irak o Siria, a los que la carencia de un plan de transición política y social adecuado tras la caída de las dictaduras (forzadas por Occidente) ha sumido en un caos bélico en el que milicias islamistas, exmiembros de los regímenes derrocados […] señores de la guerra se lucran con el tráfico de armas, drogas, petróleo y personas. Un vacío de poder, pero sobre todo un pozo de frustración, rabia y desesperanza popular, del que se alimentan grupos yihadistas.”  

 En esta situación de vulnerabilidad social, dominada por la pobreza, enfermedad, escasez de recursos básicos y ausencia de planes individuales de futuro, que es aprovechada por los grupos terroristas para seducir los “corazones y mentes”, juega un papel crucial el factor identidad. El significante “islam” constituye un eje vertebrador de la identidad en todo el mundo árabe, por lo que es mediante la utilización apodícticamente distorsionada y viciada del significado del islam por donde se cuelan estas las narrativas salafistas-yihadistas, con la incuestionable finalidad de reclutar combatientes para una mal llamada “yihad global”. Es por esto que una potente contra-narrativa podría ser más eficaz que mil carros de combate sobre el terreno si se considera que la batalla contra el terrorismo se encuentra en el terreno cultural e ideológico, dado que el salafismo-yihadista presenta un conjunto de ideas asumidas como verdad incuestionable. Ideas y creencias que no son psicológicamente anómalas, dado que ayudan a disponer de cierta coherencia sobre la realidad, dan control conductual y eliminan la ambigüedad (Moyano y Trujillo, 2013, p.93). Es decir, los combatientes del ISIS o Al-Qaeda no están “locos” ni son psicópatas. Así, una contra-narrativa enfocada fuertemente a reforzar otra visión del islam, en tanto en cuanto este es eje vertebrador de identidad en el mundo árabe, sería una efectiva posibilidad si la pretensión es desmontar ideológicamente al salafismo-yihadista.         

Un último factor de riesgo importante es la islamofobia, y aunque a priori se presenta menos relevante para los desafíos estratégicos en el Mundo árabe, influye en tanto en cuanto las respuestas desde Europa y Occidente a los atentados en suelo occidental puedan contener una carga islamófoba. La crecida del discurso islamófobo en Occidente, mediante una asunción hipocondríaca del choque de civilizaciones de Huntington (1993), también es utilizada por organizaciones como el ISIS en su favor, para así tratar de conseguir reclutar combatientes residentes en Occidente, puesto que, y enlazando con el párrafo anterior, el significante islam también opera como piedra angular en la identidad de muchos europeos. Lo cual no es un tema baladí, puesto que miles de personas han engrosado las filas del DAESH en Irak y Siria desde Europa. Por ello, se debe marcar la urgente tarea de eliminar la peligrosísima y falsa conexión ideológica entre islam y terrorismo, que además de suponer un arma contra la islamofobia, también lo sería para desmontar las narrativas terroristas.

En definitiva, el control territorial por parte de grupos terroristas en el mundo árabe, aunque se encuentre en “horas bajas” respecto de los últimos 4 años, presenta un desafío todavía latente, por lo que no sería inteligente celebrar las victorias territoriales en Irak y Siria si se tiene en cuenta la más que demostrada capacidad de reinvención que mantienen estas organizaciones terroristas. Además de la evidente permanencia de los factores de riesgo (geo)políticos, estructurales e ideológicos que han hecho posible, en algún momento, el dominio territorial y aspiraciones terroristas en Irak, Siria, Libia, Yemen o Somalia.            

 

Javier Blanco Blanco, Criminólogo por la Universidad de Salamanca, especializado en Terrorismo salafista-yihadista en la Universidad Pablo de Olavide (Sevilla). Es estudiante de la Universidad de Granada en el Máster en ultura árabe, hebrea, y mundo árabe contemporáneo.

 

Bibliografía
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[1] La figura del Mahdi tiene diferentes connotaciones para sunníes y para chiíes, pero guardan en común el considerarlo como figura clave que aparecerá en el final de los días, el día del juicio final. Para el ISIS y demás grupos yihadistas existen numerosas profecías que indican que el Mahdi llegará al final de los días para dirigir a la Ummah (comunidad de creyentes) a una victoriosa batalla contra los infieles. Una de estas profecías hizo que para el ISIS fuese significativo el pueblo sirio Dabiq, el cual se apresuraron en conquistar pensando que el Mahdi allí aparecería inminentemente.


[1]En el pensamiento mayoritario islámico, la yihad (“esfuerzo” o “lucha” en castellano) no tiene connotaciones bélicas, sino que hace referencia al esfuerzo o lucha interna del creyente para persistir el resto de su vida en la fe musulmana tanto como sea le posible, y vivir acorde a ellos. La yihad bélica, según gran parte de la teoría sobre ellos al respecto, sólo se contempla a modo defensivo.

 

Editado por: Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI). Lugar de edición: Granada (España). ISSN: 2340-8421.

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