Cambios doctrinales en la Primera Guerra Mundial: Conclusiones (2)

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Como consecuencia de este problema, los esfuerzos alemanes (y también los aliados, en menor medida) se dirigieron paralelamente a mejorar la movilidad de la Infantería.

En el caso alemán, ante las penurias de medios de los años finales de la Gran Guerra, su opción fue el movimiento constante: alcanzada la ruptura, las unidades de Infantería avanzarían rápidamente en la profundidad del despliegue enemigo, seguidas por la Artillería más ligera, sin esperar al redespliegue de su Artillería pesada. Sin embargo, la Infantería alemana a pie no podía igualar la velocidad de movimiento de las reservas aliadas en ferrocarril o en camión, ni la Artillería alemana (ni siquiera la más ligera) era capaz de avanzar rápidamente ni de mantener un apoyo eficaz a su Infantería sin las excelentes vías de comunicación necesarias para recibir munición de su retaguardia, y que no existían (y eran difíciles de construir) en el torturado terreno de la ‘tierra de nadie’ que había que cruzar para entrar en territorio enemigo.

Además de ello, al igual que ocurría con la Artillería aliada, cuanto más lejos se encontrase de su base de partida, menor sería la eficacia de la Artillería alemana, dado su progresivamente mayor desconocimiento del terreno. En consecuencia, durante la guerra, las unidades que realizaron la explotación de las rupturas del frente acabaron combatiendo en inferioridad de fuegos, siendo destruidas por las reservas aliadas. Los alemanes no fueron capaces de encontrar solución a este problema durante la Gran Guerra.

La solución aliada fue la introducción del carro de combate, medio por el cual obtenían tanto mayor velocidad como mejor protección. Las miserias del Ejército alemán en los años finales de la PGM excluían esta solución para los germanos, pese a que valoraban en su justa medida estos ingenios. Sin embargo, los carros de la Gran Guerra tenían muchos problemas: su movilidad era relativamente escasa (especialmente en el caso de los franceses, construidos sobre la base de tractores agrícolas norteamericanos Holt). Su falta de fiabilidad mecánica, su tendencia a quedarse atascados en cráteres y trincheras y su vulnerabilidad al fuego de Artillería (demostrada en Cambrai o en la ofensiva de Nivelle en el Artois, ambas en 1917) hizo que su empleo se centrase en actuar como medios auxiliares de la Infantería, fuertemente apoyados por la Artillería y operando siempre dentro de su alcance. Actuando de esta manera se alcanzaron los éxitos de Malmaison, Montdidier o Amiens (1918). Sin embargo, esta forma de operar hacía que los carros no fuesen más que un elemento auxiliar de la Infantería para el combate en la zona defensiva enemiga, sin añadir movilidad al conjunto del Ejército, ni posibilitar una ruptura operacional.

En cualquier caso, los combates de la Gran Guerra manifiestan sin ningún género de dudas que la Infantería ligera (entonces la Infantería sólo era ‘ligera’) era incapaz de sobrevivir en el combate de alta intensidad sin compensar de alguna manera sus limitaciones (en movilidad táctica, potencia de fuego y protección). De hecho, la Infantería que sale de la Gran Guerra guarda escaso parecido con la que la inició: desde el uniforme y el equipo del soldado (predominan los colores que permiten al soldado mimetizarse con el entorno, y las vistosas prendas de cabeza han sido sustituidas por cascos de acero), hasta la organización de las unidades (que dejan de ser exclusivamente ‘de fusileros’ para integrar ametralladoras – en muchos Ejércitos el arma principal de la ‘nueva’ Infantería -, morteros y ‘cañones de Infantería’; de la misma forma, se integran en las compañías de Infantería pequeños equipos de zapadores y de transmisiones…). En cierta manera, la Infantería se hace ‘interarmas’, en el sentido de que los viejos Regimientos de Fusileros se transforman en unidades mucho más complejas, dotadas de abundantes ametralladoras, morteros, ‘cañones de Infantería’ y encuadrando elementos de otras Armas (singularmente, de Transmisiones y Zapadores) …

De la misma forma, la Artillería de 1918 tiene poco que ver con la de 1914. Las dotaciones artilleras han crecido enormemente, al tiempo que han variado sus materiales y su forma de empleo. Predominan en 1918 los obuses sobre los cañones, la proporción de piezas pesadas es muy superior a la que había en 1914, y el tiro indirecto es la forma habitual de hacer fuego. Así, la Artillería emplea la ‘maniobra de los fuegos’ (las piezas no se mueven de sus emplazamientos, pero gracias al tiro indirecto pueden hacer fuego en cualquier lugar dentro de su alcance, cambiando de objetivos sin cambiar de posición), y, consecuentemente, está muchísimo más centralizada que en 1914, para conseguir concentrar masas de fuegos sobre puntos concretos del campo de batalla.

La complejidad técnica del tiro indirecto hace que las unidades artilleras incorporen potentes unidades cartográficas, elementos de cálculo de datos de tiro y medios de transmisiones para enlazar los escalones de fuego con los observadores avanzados. El enorme consumo de munición obliga a completarlas con grandes columnas de municionamiento… La Artillería se hace aún más técnica y más compleja. Desde 1916, la munición de Artillería llegó a suponer el 90% del peso y del volumen de todos los recursos logísticos enviados al frente, por lo que, en casi todos los Ejércitos, la logística acaba en manos principalmente de los artilleros.

La Caballería de 1918 se debate aún entre su vocación tradicional de Arma de choque, vinculada al caballo como elemento esencial de ella, y su empleo como ‘Infantería montada’. A este debate se suma, tras la experiencia del Frente Occidental, el de los partidarios de su sustitución por el carro de combate. En realidad, la experiencia de la Gran Guerra para la Caballería es ambivalente: si los combates del Frente Occidental parecen respaldar el fin del caballo, su empleo sólo como Infantería especialmente móvil o, incluso, su sustitución por el carro de combate, el amplio y efectivo uso de unidades a lomo en los combates en Oriente Medio o en las operaciones desarrolladas en los amplios espacios del Frente Oriental europeo, daba argumentos de peso a los que consideraban que el Frente Occidental europeo había sido una ‘anomalía’, que no tenía por qué repetirse, por lo que la Caballería a lomo todavía tenía un papel fundamental que desarrollar en ejecución de sus misiones tradicionales de información, seguridad y explotación del éxito. Las limitaciones mecánicas de los carros de combate y la falta de vías de comunicación en muchos posibles Teatros de Operaciones (desde la Europa del Este, al Oriente Medio o la mayor parte de las colonias europeas) ofrecían argumentos para defender la permanencia de las unidades montadas.

Los Ingenieros salen de la Gran Guerra con un papel mucho más relevante del que tenían en 1918: el amplísimo y eficaz uso de la fortificación de campaña durante la guerra había otorgado a este Arma una importancia mucho mayor. Sin embargo, estas fortificaciones habían sido mucho más habituales en el Frente Occidental que el en Oriental. Aún más, fuera del comparativamente reducido espacio del Frente Occidental, los intentos de mantener posiciones fortificadas en los amplios espacios del Frente Oriental o de Oriente Medio se habían saldado con notorios fracasos (como la derrota turca en Beersheba en 1917, precisamente frente a la Caballería británica que envolvió las posiciones fortificadas otomanas). En consecuencia, este papel destacado estaba también cuestionado por lo que consideraban que la experiencia del Frente Occidental era difícilmente repetible, por lo que rara vez serían necesarias las complejas obras de fortificación (y, recíprocamente, la apertura de brechas en ellas) que habían concedido a los Ingenieros la importancia alcanzada en 1918.

La logística adquiere un papel determinante para las operaciones, debido a la dependencia del combate del apoyo de la Artillería. Los consumos de munición artillera son tan grandes que limitan las operaciones a aquellas zonas dotadas de vías de comunicación de la calidad suficiente como para permitir alimentar a las unidades combatientes con esas ingentes cantidades de munición. En 1918, no se concibe ninguna campaña con los precarios medios logísticos con los que se inició el conflicto en 1914, ni se pueden elegir rutas de avance que carezcan de vías de comunicación de calidad.

En conjunto, la PGM está en el origen de la concepción moderna del combate, y gran parte de las ‘lecciones aprendidas’ en ese conflicto siguen siendo plenamente vigentes un siglo después.

No obstante, el estancamiento del Frente Occidental y el enorme número de bajas que imponía el combate en esas condiciones hacían imperativo un análisis del nuevo campo de batalla. Este análisis fue la principal tarea doctrinal del periodo de entreguerras.

Carlos Javier Frías es Teniente Coronel del Ejército de Tierra español, destinado actualmente en Cuartel General del Ejército de Tierra