Ataque simbólico en Siria

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El reciente ataque de los aliados occidentales contra Siria ha tenido más de símbolo que de voluntad real para cambiar la situación sobre el terreno o dar una lección a Al Assad. Los resultados desde un punto de vista militar son probablemente irrelevantes, y el régimen de Damasco ha salido más reforzado que debilitado de la crisis. Los símbolos, no obstante, tienen también su importancia, y en el complejo mundo de la estrategia pueden a veces abrir puertas insospechadas.

Es la segunda vez que el Presidente Trump decide castigar a Damasco por el uso de armas químicas en el conflicto. En ambos casos  (abril de 2017 en Idlib y abril 2018 en Douma) el ataque al que se pretendió responder tuvo una magnitud similar: entre 50 y 100 muertos y centenares de afectados. En ambos casos se sospechó del uso de gas sarín por parte del régimen, aunque nunca se tuvo una confirmación absoluta de la autoría del ataque.

Una pregunta habitual entre los analistas del conflicto es para qué necesita Assad utilizar armas químicas, con todos los riesgos de respuesta internacional que eso supone, cuando está claramente ganando la guerra sobre el terreno.  Una posible respuesta es el pánico que los ataques químicos producen entre la población. Tras el último ataque los rebeldes aceptaron inmediatamente un alto el fuego, y la entrega de la ciudad de Douma a las tropas sirias. Tampoco cabe descartar que los rebeldes puedan utilizar armas químicas capturadas sobre su propia población para forzar una respuesta internacional, aunque ni Damasco ni Moscú han presentado nunca pruebas de ello. En cualquier caso, aunque hay evidencias médicas de que en Siria se han utilizado periódicamente armas químicas contra la población, resulta difícil atribuir autorías fuera de toda duda.

En 2017 Estados Unidos lanzó 59 misiles Tomahawk contra la base aérea de Shayrat, identificada como el origen del ataque, causando daños moderados, que no obstante no llegaron a dejar la base inoperativa. En el ataque actual se han utilizado más de un centenar de misiles Tomahawk, Storm Shadow/SCALP y JASMM. En todos los casos se trata de misiles de crucero que fueron lanzados desde buques en el Mediterráneo y el Golfo Pérsico, o desde aviones que no llegaron a penetrar en el espacio aéreo sirio. Los objetivos fueron aparentemente un centro de investigación, un depósito de armas químicas y una instalación de mando y control. El grado de destrucción es difícil de determinar pero, teniendo en cuenta las repetidas advertencias previas que recibió el gobierno sirio, probablemente sea bastante limitado. Sólo se han reconocido algunos heridos y no parece que se haya afectado a ninguna capacidad militar esencial de Damasco.

El ataque ha tenido sin embargo sus efectos políticos. Esta vez Estados Unidos ha atacado junto a su fiel aliado británico y su no tan fiel, pero siempre importante, aliado francés. Una buena escenificación de solidaridad aliada de la que tan necesitada anda la administración Trump. Para el Presidente Macron la imagen de contundencia en la escena internacional es también beneficiosa. Algo similar ha debido de pensar Theresa May, enredada en una difícil negociación sobre el Brexit, y frecuentemente acusada de falta de liderazgo. El ataque es además una nueva y oportuna advertencia a Rusia, que recuerda a Putin que el poder militar al que puede llegar a enfrentarse es bastante superior al suyo.

Paradójicamente, el uso puntual y sin graves consecuencias de la fuerza militar que los tres gobernantes han llevado a cabo les permite mayor flexibilidad en la futura gestión del conflicto Es evidente que Trump desea desengancharse de él cuanto antes, pero teme las acusaciones de tibieza y debilidad que él mismo realizó contra Obama por no responder al uso de armas químicas en 2013. Los dos ataques contra Siria le proporcionan argumentos para contrarrestar esas acusaciones, en caso de que decida un repliegue de las fuerzas norteamericanas en el país.

Probablemente el ataque no le habrá quitado el sueño al Presidente Putin, que sabe que se trata de un simple gesto, del que hay que tomar nota pero que tiene muy pocas consecuencias prácticas. Reforzado por su reciente victoria electoral, Putin se dispone a iniciar un nuevo ciclo de la política exterior rusa en el que la resolución del conflicto sirio tendrá un lugar importante. Las ventajas militares obtenidas por el régimen de Damasco, el entendimiento con Turquía y el poco apetito de Estados Unidos por comprometerse con Siria a largo plazo juegan a su favor. 

Mientras Estados Unidos y sus aliados se entretienen en ataques simbólicos, Israel ha aprovechado la ocasión para continuar con su larga campaña contra el progresivo asentamiento de Hezbolá y la Guardia de la Revolución iraní en Siria. El 9 de abril, dos días después del ataque químico sobre Douma, varios asesores militares iraníes morían en un ataque aéreo sobre una base de drones cerca de Palmira. Esa guerra en la sombra, mucho más discreta que los fuegos artificiales de los aliados occidentales, es la que realmente importará en el futuro, especialmente si Irán consigue asentar su poder militar en territorio sirio, colocando a Israel ante una amenaza difícilmente aceptable.

José Luis Calvo Albero es Coronel del Ejército de Tierra y miembro del Grupo de Estudios en Seguridad Internacional de la Universidad de Granada (GESI)