¿Es necesaria una doctrina de Contrainsurgencia?

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En mis tiempos de Caballero Cadete en la Academia General Militar y en la Academia de Infantería, las maniobras estrella —salvo en 5º curso, que eran las Cierzo— siempre consistían en un ejercicio de guerrillas y contraguerrillas. Ya como teniente, mis últimas maniobras en el, ya extinto, Batallón de Infantería Ligera “Lanzarote”, las realicé como jefe de la guerrilla.

Para un joven oficial, este tipo de ejercicios transmiten una atracción muy especial: requieren de una gran iniciativa en los escalones más bajos de mando, la uniformidad no es tan exigente como en los ejercicios convencionales, se suelen ejecutar fuera de los campos de maniobras tradicionales y, en ocasiones, está permitido el trato con la población civil. Y qué decir de la tradición guerrillera española: la sensación de estar combatiendo contra un invasor como los celtíberos que lucharon contra los romanos, o los guerrilleros de la Guerra de la Independencia, nos hace dar lo mejor de nosotros mismos. Además, la forma de luchar del guerrillero (y la de la contraguerrilla que adopta también su forma de combate) es muy atractiva: una mezcla de operaciones de inteligencia, vigilancia o emboscadas por una lado; y operaciones de búsqueda, patrullas, protección de convoyes y puntos sensibles, por otro.

Al final, tras una o dos semanas de campo, se celebra un juicio crítico para evaluar lo realizado y extraer lecciones, se recoge el material, se regresa al cuartel, donde se limpia el armamento y se pasan las últimas revistas. Luego, una ducha y a descansar. La guerra ha terminado.

Sin embargo, la realidad es totalmente diferente: la lucha contra la insurgencia es incómoda para los ejércitos convencionales. La población civil se mezcla (voluntariamente o no) con un enemigo volátil, por lo que aumenta la posibilidad de provocar daños colaterales. Para colmo, este enemigo no se empeña en combates decisivos. Todo ello obliga a transformar y adecuar los procedimientos de combate para adaptarse a un enemigo difuso e invisible.

Enemigo y población. Esos son los dos factores principales a los que nos enfrentamos cuando hablamos de contrainsurgencia. Pero:

  1. ¿Es necesario equipararlos en importancia?
  2. ¿Es la destrucción del enemigo la clave para ganar este combate?
  3. ¿Y si la clave está en el terreno?

Como veremos a lo largo de este artículo, la lucha contra la insurgencia se ha basado casi siempre en la búsqueda de la destrucción del enemigo[1], el control total del territorio y el aislamiento de la población. Pero, ¿es necesario destruir al enemigo? ¿Por qué es tan importante la posesión del terreno? ¿Cómo incluimos a la población en la ecuación?

Y, en última instancia, ¿es necesaria una doctrina de contrainsurgencia (COIN) más allá de una serie de técnicas, tácticas o procedimientos; o es posible resolver el problema en base a los principios de la guerra convencional?

 

Las tres patas del banco

Cualquier mesa o silla necesita apoyarse al menos en tres patas para sustentarse. La hipótesis que pretendemos defender en este artículo también reposa sobre tres patas:

  • Enemigo
  • Terreno
  • Población

A continuación, describiremos brevemente el encaje de estos tres elementos en la lucha contra la insurgencia.

 

Enemigo

Un enemigo convencional viste uniforme, combate en base a una doctrina establecida, suele presentar batalla y está sujeto a una serie de convenciones (el Derecho Internacional Humanitario entre otras) que hacen que las consecuencias del hecho bélico sean mitigadas en lo posible. Esta forma de combatir implica una serie de actividades que hacen posible que la maquinaria militar se ponga en funcionamiento: los oficiales son formados para que actúen conforme a una serie de doctrinas y procedimientos comunes; el material y el personal está encuadrado en una serie de unidades y estructuras que facilitan la acción del mando y; finalmente, se dispone de una serie de reglamentos, manuales, leyes y otras normas que sirven de pegamento y cohesión entre los miembros de las Fuerzas Armadas. Por eso, cuando se combate a un enemigo convencional, el militar parte de una serie de certezas que le ayudan a acudir al combate de una forma más confiada. Por ejemplo, sabe que si cae prisionero su integridad física debe ser respetada; asume que las ambulancias y otros medios de evacuación del personal herido no a van a ser atacados y; esto es muy importante, que el enemigo va a combatir conforme a unos procedimientos que, si bien no son predecibles en su totalidad, sí le van a ayudar a realizar un planeamiento de las operaciones en base a una serie de supuestos aceptados.

Sin embargo, el insurgente, guerrillero, partisano o como queramos llamarlo, no siempre viste uniforme; está compuesto por una mezcla de ciudadanos y personal con formación militar que no suele seguir los procedimientos establecidos (lo que lo hace imprevisible), evita la batalla decisiva, y no suele estar constreñido a las limitaciones que el Derecho Internacional Humanitario impone a las fuerzas convencionales.

Es por ello que a los ejércitos occidentales, que están formados sobre la base de ejércitos convencionales, les es muy difícil hacer frente a fuerzas insurgentes. A todo ello hay que sumar un par de consideraciones culturales que añaden mayor complejidad a la resolución del conflicto:

  1. La primera consideración nos enfrenta a la renuencia de nuestras sociedades a aceptar bajas propias. Por suerte, desde el final de la II Guerra Mundial, el continente europeo ha vivido (con la excepción del conflicto balcánico) una era de paz y prosperidad jamas soñada. Las dos últimas generaciones de europeos no saben lo que es un conflicto en suelo patrio. Es fácil comprender que mandar a sus jóvenes a lejanos y exóticos países sea un plato de difícil digestión.
  2. La segunda consideración está muy ligada a la primera. Al igual que nos producen una gran reluctancia las bajas propias, la opinión pública occidental tampoco es muy proclive a infringir grandes bajas al enemigo y, mucho menos, a aceptar daños colaterales de civiles.

Lo expresado anteriormente tiene una consecuencia muy grave en las decisiones que toma el comandante de la operación: El jefe se ve gravemente constreñido por una serie de limitaciones a la hora de realizar el planeamiento de esta, ya que no puede asumir determinados riesgos porque pondría en peligro a sus tropas. Otra limitación está en la disminución del espíritu ofensivo de las operaciones para evitar daños colaterales, o una destrucción demasiado sangrienta de la potencia de combate del enemigo.

 

Terreno

En el juego de la oca, cada vez que lanzamos un dado tenemos la posibilidad de caer en casillas que nos benefician o que nos perjudican. Si, por ejemplo, caemos en una oca, saltaremos a la siguiente más avanzada y lanzaremos el dado de nuevo. Si, por el contrario, caemos en La posada, perderemos un turno.

El terreno es nuestro tablero de la oca particular. Al igual que en el juego, el terreno condiciona nuestra actuación. Su compartimentación, la presencia o ausencia de ríos, bosques, montañas y otros accidentes, determinan nuestro modo de movernos y combatir. El juego de la oca es un juego de azar, dependemos de lo que marquen los dados. Sin embargo, lo que hagamos en el tablero que llamamos terreno depende de su configuración, de nuestra voluntad y de la voluntad del enemigo.

Sigamos utilizando la analogía del tablero de juegos. Si consideramos los distintos accidentes del terreno como si fueran las casillas de un tablero, podemos darles diferentes valores a cada una de ellas. Para ganar una partida, no haría falta ocupar todo el tablero sino solo las casillas más valiosas. Desde un punto de vista estratégico, es de vital importancia mantener el control de las vías de comunicación y de las infraestructuras principales. Estas serían nuestras casillas de más valor.

Y, ya que hemos mencionado las infraestructuras y las vías de comunicación, es el momento de realizar un breve receso histórico.

 

Del cazador recolector al homo urbanensis

Cuando nuestros antepasados cazadores recolectores decidieron dejar de viajar tras la caza y los frutos estacionales, lo hicieron asentándose en lugares que les garantizaban el sustento durante todo el año. En términos históricos, la agricultura y la ganadería no tardaron en aparecer. Los excedentes acumulados eran un tentación muy golosa para otras tribus de cazadores recolectores que todavía no se habían convertido en sedentarios. También, aquellos asentamientos que no habían tenido suerte con la cosecha, o cuyo ganado había sido diezmado por las enfermedades o las inclemencias, podrían intentar salvar la situación atacando poblados con más suerte. Es fácil adivinar que estos asentamientos recurrieron a las murallas y a las empalizadas en momentos muy tempranos.

Con el tiempo, el desarrollo de la agricultura y la ganadería propició una suerte de revolución tecnológica que implicó el uso de metales y de otras materias primas. Los yacimientos de estas materias también fueron ocupados y defendidos.

Las fuentes de materias primas y los primeros centros urbanos se comunicaron de forma natural con carreteras y caminos. El tráfico de estas primeras líneas de comunicación, por donde circulaban valiosos metales y minerales, también necesito de protección. De ahí la aparición de fortalezas en lugares clave que permitían el control de dichas rutas.

Con la aparición del comercio brotaron nuevas líneas de comunicación, no solo terrestres, sino fluviales y marítimas. Y, ya en nuestros días, aéreas.

La moraleja de este breve relato es muy sencilla: la posesión de un territorio se basa en el control de las vías de comunicación, las ciudades y los centros de producción.

 

Población

La tercera pata de nuestro banco es un sujeto que al mismo tiempo es activo y pasivo.

La población sufre las consecuencias de los conflictos armados. Cuando la violencia se desata, la economía sufre y la pobreza se generaliza. Los errores tácticos provocan daños colaterales en forma de víctimas mortales, heridos u hogares destruidos. En el caso de los movimientos insurgentes, estos suelen coaccionar a la población para que no colabore con las tropas gubernamentales o «de ocupación». Estos son algunos ejemplos como sujeto pasivo.

Pero la población no solo sufre las consecuencias del hecho bélico, también participa activamente en él convirtiéndose en un protagonista al que hay que prestar una atención especial. Cuando la situación se hace insostenible, las personas suelen migrar generando masas de desplazados o refugiados que se mueven buscando lugares más seguros. La población también tiene opinión y la manifiesta colaborando o torpedeando los esfuerzos bélicos de las partes. En consecuencia, hemos de aceptar que la población es un vector cuyo valor influye de forma determinante en las operaciones.

 

El nudo gordiano

En la ciudad de Gordión, capital de la antigua Frisia, había un yugo atado a una lanza con un nudo que parecía imposible de deshacer. Dicho nudo lo había hecho Gordias, el fundador de la ciudad y antiguo rey de Frisia. El oráculo dictaba que aquel que deshiciese el nudo conquistaría toda Asia. Cuando Alejandro Magno conquistó Frigia en su periplo hacia Persia, los habitantes de la ciudad lo llevaron al templo de Zeus, lo enfrentaron al nudo y le retaron a desatarlo. Alejandro, después de largas horas cavilando en la forma de resolver el problema, empuñó la espada y, tras pronunciar las palabras tanto monta deshacerlo como cortarlo, cortó la cuerda de un solo golpe.

Imaginemos por un momento que el terreno, el enemigo y la población no son las patas de un banco, sino tres cuerdas enredadas en un nudo imposible de deshacer. Este sería nuestro particular nudo gordiano. El problema es que para este nudo no sirve la triquiñuela de cortarlo de un tajo de espada. ¿O quizás sí?

El gran problema de las operaciones COIN es que terreno, enemigo y población están íntimamente ligados y forman una trenza o nudo de difícil desenredo. A continuación, vamos a hacer un pequeño análisis sobre cómo se ha tratado históricamente cada una de las cuerdas que forman este nudo.

 

Destrucción del enemigo

La mentalidad de los ejércitos occidentales está fuertemente condicionada por Clausewitz. La destrucción del enemigo es, según el tratadista, el objetivo final de la Guerra[2]. Y así ha sido siempre. El imperio romano en la antigua Judea, los franceses en nuestra Guerra de la Independencia, franceses y norteamericanos en Indochina (que luego fue Vietnam) y, más recientemente los casos de Afganistán e Irak, no son más que ejemplos de esta forma de proceder.

Sin embargo, Clausewitz ya matizó esta afirmación pasando de la destrucción física del enemigo, a la destrucción de su capacidad de combate. El libro dedicado a la defensa es prueba de ello.

Si, como ya hemos visto, el enemigo insurgente opera de forma diferente a la del enemigo convencional, ¿por qué nos empeñamos en emplear la misma filosofía en ambos tipos de conflictos? No se trata de cambiar los procedimientos. Eso es un hecho. Se trata de cambiar de mentalidad. Andrew Mack en su Por qué las grandes naciones pierden las guerras pequeñas cita a Henry Kissinger que en 1969, en pleno apogeo de la Guerra de Vietnam, afirmó: La guerrilla gana si no pierde.[3] Esta afirmación encierra, en tan pocas palabras, tanto conocimiento de lo que es realmente un movimiento insurgente que se podrían escribir varios tomos de una enciclopedia analizando todas las implicaciones que subyacen en ella.

Kissinger no estaba solo en su afirmación. El General Vo Nguyen Giap, en su Guerra del pueblo[4] ya nos advierte de que el éxito en este tipo de conflictos está en la lucha prolongada, en no perder si recordamos a Kissinger. La resistencia prolongada dará finalmente la victoria al insurgente.

La primera conclusión que podríamos diferir es que, si al enemigo le basta con no ser vencido y con resistir el tiempo suficiente, bastará con perseguirlo y destruirlo al principio del conflicto cuando aún es débil. Pero Giap ya se encarga de poner las cosas en su sitio: «…la guerra del pueblo se inicia con guerrillas de pequeño tamaño, de extraordinaria movilidad, diluibles completamente en la geografía física y humana de la región…»[5]. Nos enfrentamos a un enemigo que conoce el terreno a la perfección; que, de forma violenta o por convencimiento, somete a la población y es capaz de confundirse con ella. ¿Cómo podemos entonces vencerlo rápidamente?

 

El control del terreno

Si hay una frase que resume cualquier análisis sobre las últimas operaciones en Irak y Afganistán, esta es «Necesitamos más botas sobre el terreno». Es fácil encontrar dicha expresión en cualquier publicación especializada en la materia. Y es fácil de entender, la clave de cualquier victoria en un combate convencional está en la ocupación del terreno. Esto es una misión del componente terrestre de la operación, más concretamente de la infantería. Es por ello que no se pueden ganar guerras a base de artillería o de bombardeos aéreos. La Guerra del Golfo de 1991 fue una guerra inacabada desde el punto de vista convencional por dos motivos:

  1. No se destruyó el ejército enemigo
  2. No se ocupó terreno clave en Iraq.

La Guerra del Golfo de 2003 fue el punto final de la operación lanzada en 1991. Esta vez, el ejército iraquí sí que fue destruido y el país ocupado.

Por tanto, no es difícil comprender que en la mentalidad de los estrategas occidentales subyace siempre la idea de ocupar el terreno. Desde un punto de vista convencional, esta forma de proceder es acertada, pero solo hasta cierto punto, porque nos olvidamos de añadir un adjetivo al sustantivo terreno. Este adjetivo no es otro que el de clave. No es lo mismo terreno que terreno clave.

Cuando era profesor en la Academia de Infantería, a la hora de explicar como se analizaba el terreno, enseñaba a mis alumnos la siguiente regla nemotécnica extraída de algunas publicaciones del Ejército de los EEUU[6]: OCOKA que se refiere a:

  • O: Observation and field of fire. (Observación y campos de tiro)
  • C: Cover and concealment. (Cubiertas y ocultación)
  • O: Obstacles. (Obstáculos —naturales o artificiales—)
  • K: Key terrain. (Terreno clave)
  • A: Avenues of aproach. (Avenidas de aproximación)

El Terreno clave es aquel que proporciona una ventaja táctica tal que su posesión es vital para el éxito de la operación. Por eso se intenta conquistar o conservar según adoptemos el papel de defensor o de atacante. Un terreno clave, desde un punto de vista táctico, permite controlar los movimientos enemigos, negarle el acceso a determinadas zonas, facilita los fuegos, etc. Esta visión se puede extrapolar al nivel estratégico y operacional. Un terreno clave es, entonces, aquel que proporciona libertad de movimientos, apoyo de la población o el acceso a recursos naturales y económicos.

Qué terreno es clave y porqué se ocupa es una cuestión que se responde en base a los objetivos marcados en la operación. Jarret Blanc en su artículo We Need to Take the Best Deal We Can Get in Afghanistan[7] escrito para el Carnegie endowment for international peace[8] nos advierte:

We are not losing because of tactics or troop numbers but because of a catastrophic failure to define realistic war goals. After a messy but basically successful counterterrorism effort, we expanded our objectives in ways that were bound to fail. We mortgaged our counterterrorism objectives to more maximalist aims, making our original ambition harder to secure.[9]

No es solo Afganistán, cualquier operación reciente que analicemos evoluciona a partir de un inicio ofensivo a fases de reconstrucción que suelen afectar a la mayor parte del territorio de la nación donde operamos. Garantizar la seguridad de las tareas asignadas en aldeas pequeñas y alejadas es una labor harto difícil y que exige una enorme cantidad de botas.

La obsesión por buscar y destruir al enemigo, ocupar el terreno y hacer frente a objetivos excesivamente ambiciosos conlleva una gran dispersión de las fuerzas. Entonces nos enfrentamos ante la disyuntiva que plantea Giap[10]: «Si el enemigo se concentra, pierde terreno, si se diluye, pierde fuerza». La pregunta lógica a priori es ¿qué debemos ceder: fuerza o terreno?. Pero la pregunta está mal planteada. Más bien, deberíamos elegir entre cuanto terreno ceder (y cual) y donde concentrar la fuerza.

 

Corazones y mentes

De todas las operaciones COIN habidas en la historia, probablemente la única que se considera exitosa[11] es la denominada «Emergencia Malaya». La frase que da título a este subapartado la pronunció el Mariscal Gerald Templer que asumió el mando de la campaña a partir de 1951. En concreto, dijo lo siguiente: La respuesta no está en introducir más tropas en la jungla, sino en los corazones y las mentes de la población.[12]

Medio millón de personas fueron sacadas de sus hogares y reubicadas en poblados fortificados y protegidos por fuerzas británicas y malayas. La clave del éxito consistió en demostrar a esta población que sus vidas serían más seguras y mejores si apoyaban a las fuerzas británicas y malayas que si abrazaban el régimen insurgente.[13]. Aun así, restaurar la paz en Malasia costó doce años.

Sin embargo, esta estrategia es difícil de aplicar y genera no pocas complicaciones. En primer lugar, parte del éxito de la operación Emergencia Malaya se debió a que los británicos jugaban en casa. No en vano, Malasia había sido una de sus colonias, sus militares habían estado presentes allí desde el siglo XVIII y no eran vistos como extraños. En otros escenarios, los ejércitos que aplican la lucha COIN, son ejércitos extranjeros, sin apenas lazos con la población local y que son vistos como fuerzas de ocupación por buena parte de los autóctonos. Por otro lado, la población sabe que, tarde o temprano las fuerzas extranjeras se retirarán y, si la operación no ha tenido éxito quedarán en manos de la insurgencia que los tratará como traidores o colaboracionistas. Recuerdo que, durante mi despliegue en Kosovo entre los años 2003 y 2004, ejerciendo el puesto de oficial de enlace de inteligencia, le recriminé a un oficial del KPS[14] su poca colaboración a la hora de registrar o arrestar a determinados miembros del UCK[15]. Me contestó de la siguiente manera: Tú te irás dentro de unos meses. Yo me quedo aquí con ellos y saben quién soy, donde vivo y quienes son mi familia.

En la actualidad, no se ejecutan éxodos de tal magnitud. En su lugar, se realizan acciones CIMIC[16] que tienen, entre otras, la finalidad de ganar el favor de la población. De ahí, como citábamos en el subapartado anterior, las acciones de reconstrucción, mejora de infraestructuras, etcétera. Y como ya hemos visto anteriormente, volvemos a la dispersión de tropas.

 

¿Es posible desatar el nudo?

Insurgentes, contrainsurgentes, población y terreno están íntimamente ligados unos con otros. El nexo de unión de todos estos lazos es el terreno. Sobre él se establecen todas las relaciones.

Podemos estudiar los lazos de los insurgentes y la población; pero estas se producen en base a ciudades o pueblos, vías de comunicación y zonas donde se puede extraer algún recurso natural. Podemos analizar los combates entre insurgentes y fuerzas COIN y veremos que el objeto de estos será el control de infraestructuras críticas, recursos naturales y vías de comunicación. Las relaciones entre las fuerzas COIN y la población se basan en los mismos parámetros que las de los insurgentes con estos: Terreno, terreno y terreno.

El terreno es el yugo donde Gordias ató una lanza, solo que en el caso que nos afecta, no son una, sino varias lanzas las que están anudadas al yugo y entre sí. Si queremos establecer una doctrina COIN coherente, esta debe ser una doctrina en la que el terreno sea el protagonista principal.

En cualquier campaña militar que estudiemos, vemos que los dispositivos defensivos colapsan en el momento en que es tomado un determinado valle, puente o montaña. Lo mismo pasa con la ofensiva, una posición de defensa elegida de forma inteligente puede detener adversarios múltiples veces superiores en número y calidad al defensor.

Así pues, si queremos vencer a la insurgencia o, cuando menos, debilitarla, hay que desplegar un mapa, ver dónde están los santuarios a los que puede acogerse el enemigo, de donde puede abastecerse de armas, municiones, alimentos y otros suministros clave y localizar las vías de comunicación que unen los santuarios con los recursos.

No debe importarnos que el enemigo se refugie en un santuario eternamente. Si no tiene acceso a los recursos que necesita, tarde o temprano colapsará.

Por otro lado, hay que hacer el mismo estudio en referencia a las fuerzas propias. ¿Cuáles son nuestras infraestructuras clave? ¿Dónde están los centros de poder? ¿Dónde están los valiosos recursos naturales? ¿Qué vías de comunicación unen todo el dispositivo?

Lo que hemos hecho, en realidad, es darles valores a las distintas casillas del tablero que ya hemos citado en otras ocasiones. Lo que se pretende es ocupar y defender aquellas que suman más. Al mismo tiempo, buscaremos arrebatar al enemigo aquellas zonas que le son valiosas. Tendremos pues un terreno bajo control y otro cedido. Hay que asumir que en ese terreno al que, inicialmente, se ha renunciado, estará habitado. No es extraño que nos surja un dilema moral: ¿vamos a abandonar a su suerte a la población de los terrenos no ocupados?

Este es un falso dilema moral. En la práctica, está demostrado que es imposible ocupar todo el terreno. Por tanto, la solución no pasa por estar, sino por convencer a la población de que es mejor trasladarse a zonas seguras. Es la base de lo que hicieron los británicos en Malasia. La diferencia es que hay ganar los corazones y mentes de la población para que migren voluntariamente. El éxodo malasio fue algo excepcional y difícilmente podrá repetirse.

¿Cómo convencer al elemento civil de que debe migrar? Trataremos de dar una respuesta en el próximo apartado.

El propósito de esta forma de proceder no es otro que el de desgastar al enemigo sin desgastar en demasía las fuerzas propias. Una fuerza guerrillera aislada en sus santuarios, sin acceso a recursos, sin apoyo de la población de las zonas ricas, no podrá sostenerse por tiempo excesivo. Aunque, como ya vimos en la operación Emergencia Malaya, el poco tiempo no significa lo mismo para occidentales que para orientales.

 

La leyenda de la Ciudad sin Nombre[17]

La leyenda de la Ciudad sin Nombre (Paint your wagon en la versión original en inglés) es un western musical dirigido en 1969 por Joshua Logan. Sus protagonistas principales son: Lee Marvin, Clint Eastwood y Jean Seberg. La película está ambientada en la época de la fiebre del oro y narra las aventuras y desventuras de dos compinches (Ben y Socio) que comparten en matrimonio (en la Ciudad sin Nombre escriben las leyes según surgen los problemas) a Elizabeth.

Durante la película, detectan una diligencia cargada de prostitutas que se dirige hacia Sonora. Los mineros se reúnen para debatir sobre la conveniencia de secuestrar la diligencia y llevarla a la ciudad. Entre Ben (Marvin) y Socio (Eastwood) se entabla una animada conversación analizando los pros y los contras de ejecutar el secuestro o no:

— Socio: No puedes esperar que esos hombres construyan un edificio de dos plantas para albergar a las mujeres.

— Ben: ¿Y quién ha dicho lo de dos plantas?

— Socio: Alguien se tiene que encargarse de las mesas de juego de la planta baja.

— Ben: De eso se encargará Willy el Malasuerte.

— Socio: ¿Pretendes que Willy contruya un hermoso edificio con bellos candelabros, cuadros y espejos en las paredes del bar, salón de juegos y seis hermosas prostitutas arriba? Piénsalo, Ben. Nos llegarán forasteros de todas partes para gastar su dinero en tomar güisqui y en mujeres y en juego.

— Ben: ¿Y crees que eso es malo?… Es horrible. Convertirían este campamento en una ciudad floreciente, y no queremos eso.

— Socio: Entonces construirían otro salón de juegos…

— Ben: Los terrenos subirían de precio. Los propietarios ganarán más dinero del que han obtenido en su vida buscando oro.

Al final, cómo era de esperar, secuestran las prostitutas y la ciudad empieza a prosperar y a atraer nuevos habitantes en busca de riqueza.

Esta escena nos enseña que la riqueza, la prosperidad y la seguridad atraen a la población. Generar zonas prosperas y seguras, en las que sea más rentable integrarse que apoyar a la insurgencia es el camino para conseguir extraer a la población de las zonas pobres que, si queremos resolver el dilema moral que enunciamos en el apartado anterior, estarían a merced de los insurgentes.

La generación de zonas ricas y seguras no es algo que se consiga de forma instantánea. Hay que crear las condiciones necesarias para que el pueblo prospere. No siempre es el modelo occidental el más adecuado, hay que adaptarse a los modelos culturales de la zona donde queramos implantar una operación COIN. Para ello, entre otras cosas, de necesita tiempo.

 

Conclusiones

La lucha contra la insurgencia ha sido una constante desde la existencia de estados, reinos e imperios. Bajo determinadas circunstancias, fuerzas a priori más débiles han hecho frente y vencido a enemigos muy superiores. Motivación, conocimiento del terreno, apoyo popular y, sobre todo, prolongación del conflicto en el tiempo son los pilares en los que los insurgentes basan su victoria.

Son muchas las formas de afrontar el reto COIN. Remy Mauduit en su artículo Murió la Contrainsugencia: ¿Qué más?[18] nos propone dos soluciones:

  1. Considerar la insurgencia como un asunto meramente militar y combatirla con todos los medios disponibles.
  2. Alentar una «insurgencia preventiva» o, como dice textualmente: «_ alentar “vigorosamente” a nuestros amigos y aliados autocráticos para que cambien sus sistemas._». Y, finalmente, «ayudar a construir estados-nación modernos que respondan a las necesidades de su pueblo.».

La primera opción no aguanta el más somero análisis. El objetivo de cualquier movimiento insurgente es el de subvertir el orden establecido, empezando por el poder político. Por otro lado, la población civil se convierte, desde el primer momento, en un factor clave en el desarrollo del conflicto. Y, por último, tenemos la subordinación de la guerra a la política tal y como preconiza Clausewitz.

Sin embargo, la segunda solución propuesta se parece bastante a lo que proponíamos en el anterior apartado: estados modernos que respondan a las necesidades de la población. Al mismo tiempo, la insurgencia preventiva que propone Mauduit es bastante interesante y se ha aplicado con relativo éxito durante años. El apoyo a regímenes autocráticos afines, con la idea final de empujarles poco a poco a un proceso de transición o apertura ha mantenido la paz en el norte de África durante las últimas décadas. El error estratégico se cometió cuando los países occidentales confundimos las mal llamadas primaveras árabes con verdaderos movimientos democráticos, aplaudiendo y, en ocasiones, apoyando el derrocamiento de antiguos aliados cómo Gadafi o Mubarak. La consecuencia, ha sido por tanto, una desestabilización de la zona que, entre otros desenlaces nos ha avocado a la tragedia migratoria que estamos sufriendo en la actualidad.

A pesar de que la lucha contra la insurgencia requiere de sus propias tácticas, técnicas y procedimientos; no hemos de olvidarnos de ciertos principios que rigen el combate convencional. El control de los puntos clave del terreno es uno de ellos.

Orientar, desde un punto de vista militar, las operaciones COIN en el control de cierta parte del terreno, en perjuicio de otras que se asumen como perdidas, supone una aproximación indirecta al problema. No se ataca directamente al enemigo, sino que se le niega el uso de parte del territorio, obligándole a refugiarse en santuarios o a ocupar zonas sin valor. En definitiva, privamos al enemigo de formas de sustento y de financiación.

Si la actuación militar se integra dentro de una estrategia mayor en la que la comunicación estratégica, las acciones legales tendentes a la congelación de activos bancarios y otras medidas de tipo político y legal; se puede conseguir aislar al insurgente de sus apoyos y acelerar su desgate.

Lo anteriormente expuesto exige asumir que el conflicto se va a extender en el tiempo. Pero ¿no ha sido esta la constante en todos los conflictos insurgentes?

Dejemos entonces que el enemigo, una vez aislado, se desgaste y se debilite hasta su destrucción.

 

Álvaro Fernando Moreno Hernán. Teniente Coronel de Infantería. En la actualidad soy el Jefe del Grupo de Abastecimiento I de la Agrupación de Apoyo Logístico n.º 21. He sido profesor en la Academia de Infantería del Ejército de Tierra du-rante cinco años. En los empleos de Teniente y Capitán fui Jefe de Sección y Compa-ñía de Carros de Combate. Curso superior de Logística de Materiales e Infraestructuras del ET. Master Universitario en Logística de los Sistemas de seguridad y Defensa por la Universidad Rey Juan Carlos. Misiones en Bosnia, Kosovo y Mali.

 

Bibliografía

Blanc, Jarret. «We Need to Take the Best Deal We Can Get in Afghanistan - Carnegie Endowment for International Peace». Accedido 6 de septiembre de 2019. https://carnegieendowment.org/2019/08/26/we-need-to-take-best-deal-we-can-get-in-afghanistan-pub-79738.

Calvo Albero, José Luis. «Contrainsurgencia: Corazones, mentes y “ventanas de oportunidad”». Revista Ejército, n.º 827 (2010).

Clausewitz, Carl. De la guerra : versión íntegra. Madrid: La Esfera de los Libros, 2014.

Giap, Vo Nguyen. Guerra del pueblo, ejército del pueblo:(Dien Bien Fu). Era, 1971.

Logan, Joshua. «Paint Your Wagon (1969) - IMDb». Accedido 22 de septiembre de 2019. https://www.imdb.com/title/tt0064782/?ref_=fn_al_tt_1.

Mack, Andrew. Why Big Nations Lose Small Wars: The Politics of Asymmetric Conflict. Vol. 27, 1975. doi:10.2307/2009880.

Mauduit, Remy. «Murió la Contrainsurgencia: ¿Qué más?» Air&Space Power Journal 25, n.º 3 (2013): 40-42.

U.S. Army. «FM. 6-0 Command: Command and Control of Army forces». Washington D.C.: Department of the Army, 2003.

 


[1] En los primeros capítulos de De la Guerra, Clausewitz distingue entre dos tipos de guerra, una que podríamos considerar real, y una guerra absoluta que es la guerra considerada de forma abstracta con fines filosóficos. A pesar de que la destrucción total del enemigo es el objetivo principal de la guerra absoluta, al tratar la realidad, Clausewitz suele matizar dicho concepto. Carl Clausewitz, De la guerra : versión íntegra (Madrid: La Esfera de los Libros, 2014)

[2] Ver nota 1

[3] The guerrilla wins if he does not lose en el original Andrew Mack, Why Big Nations Lose Small Wars: The Politics of Asymmetric Conflict, vol. 27, 1975, doi:10.2307/2009880

[4] Vo Nguyen Giap, Guerra del pueblo, ejército del pueblo:(Dien Bien Fu) (Era, 1971)

[5] Ibid., página 13

[6]  Por ejemplo U.S. Army, «FM. 6-0 Command: Command and Control of Army forces» (Washington D.C.: Department of the Army, 2003)

[7] Jarret Blanc, «We Need to Take the Best Deal We Can Get in Afghanistan - Carnegie Endowment for International Peace», accedido 6 de septiembre de 2019, https://carnegieendowment.org/2019/08/26/we-need-to-take-best-deal-we-can-get-in-afghanistan-pub-79738

[8]   El Carnegie endowment for international peace (https://carnigieendowment.org/about/) es, como indica su página web, una red global de investigación política centrada en Rusia, China, Europa, Oriente Medio, India y los EEUU. Se adjudican la misión de avanzar hacia la paz a través del análisis y desarrollo de políticas, y el compromiso y colaboración con los responsables de decidir en gobiernos, empresas y la sociedad civil

[9]   Traducción del autor: No estamos perdiendo por tácticas o número de efectivos, sino por un fracaso catastrófico a la hora de definir objetivos de guerra realistas. Después de un esfuerzo antiterrorista desordenado pero básicamente exitoso, ampliamos nuestros objetivos de formas que seguramente fracasarían. Hipotecamos nuestros objetivos antiterroristas con objetivos más maximalistas, haciendo que nuestra ambición original sea más difícil de asegurar.

[10] Giap, Guerra del pueblo, ejército del pueblo:(Dien Bien Fu) página 13

[11] Remy Mauduit, «Murió la Contrainsurgencia: ¿Qué más?», Air&Space Power Journal 25, n.º 3 (2013): 40-42

[12] José Luis Calvo Albero, «Contrainsurgencia: Corazones, mentes y “ventanas de oportunidad”», Revista Ejército, n.º 827 (2010)

[13] ibid.,

[14] Kosovo Police Service. Esta organización era un cuerpo de policía creado y tutelado por UNMIK(United Nations Mission in Kosovo) que pretendía ser el núcleo de la futura policía kosovar

[15] Ejército de liberación de Kosovo en albanés. Organización terrorista que buscaba la independencia de la provincia de Kosovo, primero de Yugoslavia y, posteriormente, de Serbia

[16] Civic and Military Collaboration

[17] Joshua Logan, «Paint Your Wagon (1969) - IMDb», accedido 22 de septiembre de 2019, https://www.imdb.com/title/tt0064782/?ref_=fn_al_tt_1

[18] Mauduit, «Murió la Contrainsurgencia: ¿Qué más?»