¿Dónde están los límites de la inteligencia?

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El análisis de inteligencia es una actividad interdisciplinar[1], así que en ocasiones no resulta fácil distinguir los límites que la separan de otras disciplinas próximas, como la historia contemporánea, la ciencia política o el asesoramiento político. O incluso el periodismo. Esto se advierte de una manera muy clara en los trabajos que los alumnos elaboran en el marco de los numerosos programas sobre inteligencia que, por suerte, ofrecen nuestras universidades. Y es que resulta más fácil encuadrar algunos de estos trabajos en la ciencia política (o en cualquier otra de las disciplinas próximas que hemos mencionado), que en la inteligencia. Hablamos sobre todo, aunque no únicamente, de los estudios de país.

¿Dónde están los límites? ¿Cómo saber si un trabajo concreto es de inteligencia o de algo distinto?

Empecemos por recordar tres características fundamentales de la inteligencia y apliquémoslas después al trabajo que estemos considerando:

  1. La inteligencia explora la incertidumbre. Si no existe incertidumbre, no hay inteligencia. Esta incertidumbre puede obedecer a que estamos tratando de hechos futuros (a los que adoptan decisiones les interesaría, sobre todo, conocer qué es lo que va a ocurrir), pero también a otros motivos. Durante la Guerra Fría el sistema soviético era mal conocido (elevada incertidumbre en torno a sus características fundamentales), así que hechos pasados, recientes o no tan recientes, podían ser objeto de atención por parte de la inteligencia. Y lo eran.
  2. La inteligencia trabaja siempre en apoyo al proceso de toma de decisiones. Si no hay decisiones que adoptar, no hay inteligencia. Ese apoyo puede ser muy directo (por ejemplo, la identificación de programas de armas de destrucción masiva que eventualmente puedan afectar a nuestra seguridad) o más indirecto (por ejemplo, las perspectivas de desarrollo de la situación política en un país de interés para la UE, que va a ser objeto de discusión en el Consejo de la UE), pero en cualquier caso debe existir.
  3. La inteligencia (al menos, la inteligencia clásica) busca siempre ofrecer una ventaja competitiva al 'cliente', por lo que su difusión es necesariamente restringida. Un trabajo que tiene como objetivo informar al gran público, desde el oficinista de Betanzos al jubilado de Roquetas, no es inteligencia (en el sentido tradicional del término).

Dicho esto, veamos algunos casos prácticos para ilustrar las diferencias:

  • Algunos productos de inteligencia (sobre todo, los de 'inteligencia actual', 'current intelligence') pueden parecerse a informaciones de prensa. Se diferencian de ellas por dos características: a) frente a la prensa, de difusión tan amplia como sea posible, la inteligencia es de difusión estrictamente limitada; b) la inteligencia siempre se interesa por la interpretación de los hechos y por sus posibles consecuencias (el famoso '¿entonces qué', and so what?), mientras que la prensa no necesariamente lo hace (su ventaja comparativa está en el 'qué').
  • En ocasiones, productos de inteligencia pueden utilizar técnicas (o resultados) de Ciencias Sociales, en particular de Ciencia Política o Economía. Con prudencia, porque algunos clientes pueden no estar familiarizados con ellas y otros pueden encontrar que su uso es pedante (lo que iría en contra de la credibilidad del producto). En cualquier caso, esto no tiene que llevarnos a confundir ciencia política con inteligencia, porque las perspectivas son muy diferentes. En un trabajo de ciencia política (o en general, de ciencias sociales) buscamos hacer avanzar el conocimiento: típicamente, se utilizará un enfoque teórico y se pondrá a prueba una hipótesis, que se confrontará con la evidencia que podamos recoger a fin de validarla o rechazarla. En análisis de inteligencia, se intentará que una persona (o un órgano) que debe adoptar una decisión pueda hacerlo en condiciones óptimas, limitando en la medida de lo posible la incertidumbre que experimenta. Frente al conocimiento abstracto, un conocimiento muy concreto, aplicado.
  • Un análisis de inteligencia se diferencia de un estudio histórico en que su foco de interés es, en general, el futuro. En algunos casos puede serlo un pasado no muy lejano, pero solo en la medida en que siga siendo relevante para entender el futuro. En historia, sin embargo, lo que nos interesa es la comprensión del pasado. Es cierto que a veces documentos de inteligencia pueden contener resúmenes históricos, pero el papel de estas excursiones históricas no debe ir más allá de ayudar a comprender el problema sobre el que el análisis de inteligencia se focaliza (introducción y contexto).
  • Por último, el análisis de inteligencia se diferencia del asesoramiento político en que (al menos, según la comprensión clásica del papel de la inteligencia) no se preocupa en discutir cuál de las opciones de que dispone el decisor es la más adecuada, y menos aún en sugerir al decisor qué es lo que conviene que haga. Sí puede, en cambio, explorar las consecuencias posibles de distintas opciones que se estén considerando a la luz del conocimiento específico que la inteligencia haya podido generar[2]. Es verdad, en cualquier caso, que existe una tendencia moderna a integrar más la inteligencia en el proceso de toma de decisiones, algo que puede hacer que la frontera entre análisis de inteligencia y asesoramiento político se difumine un tanto. Lo que puede conducir a que directores de inteligencia (y, en ocasiones, otros altos funcionarios de los servicios) puedan representar un papel importante en el proceso de toma de decisiones[3].

Dicho esto, en el mundo real habrá casos en los que no resultará sencillo decidir si un producto concreto es inteligencia o es algo diferente. Al fin y al cabo, ¿no insistimos a menudo en que el de la inteligencia es un mundo misterioso, de fronteras imprecisas?

José-Miguel Palacios es Coronel de Infantería y Doctor en Ciencia Política.


[1] Y, en muchas ocasiones, también es multidisciplinar.

[2] Por ejemplo, la inteligencia podría construir escenarios de desarrollo de la situación, considerando como una de las variables la decisión que el cliente está considerando adoptar.

[3] Tom Fingar, que fuera adjunto al Director Nacional de Inteligencia norteamericano para asuntos de análisis (y anteriormente director del INR del Departamento de Estado), ha ofrecido un excelente ejemplo de lo difícil que puede ser en la actualidad distinguir entre inteligencia estratégica y asesoramiento político: “The second illustration is an exchange I had with Secretary Albright after I had briefed her on new information regarding a country in the Middle East. When I finished, and after she had asked a few factual and analytic questions, she said, ‘What should I do about this?' I replied, ‘Madam Secretary, I'm an analyst; you know I don't do policy.' She said, ‘Right, and I don't do analysis. Now, what should I do?'”. Ver FINGAR T.J. (2011). Reducing Uncertainty: Intelligence Analysis and National Security. Stanford University Press, pp. 45-46.